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  • 17.10.15
Cabalgo sobre una escoba a lo largo de la playa. En el mar resuena la inconmensurable melodía de "Norte y Sur", aquella memorable miniserie de la televisión de los años 80. Hago prácticas de mosquetón. Con la escoba. Napoleón podía permitirse ser derrotado. Yo no asimilo que mi sentido común haya quedado en el Mar Negro. Soy un retrato ecuestre con unos cuentos de más y unos centavos de menos. Sin caballo. Sin rendijas tras las que esconderme. Una engañifa. De la rama política de los mentecatos.



Documentos inéditos: Yo, Simbad el Marino, me enamoré de verdad. De verdad de las buenas. Pero en una dársena equivocada. Sí, y con un discurso invencible. Invencible hasta que arrimaste tu aliento y tu saliva.

¿Qué versión prefieres que ofrezca de tí, Alicia?

Dime. Dime algo que dé sentido al puñetero Sistema Solar. ¿Doy la versión del perverso Alain Dellon, la del inmisericorde Atila, la de un Robert de Niro al cabo del miedo?

¿Qué puede exponer aquí un corazón como el mío que está como Godzilla, encerrado en una trampera de madera y alambre?

¿Qué versión doy de tí, una vez que ya me has desahuciado de tu vida? ¿Qué significa este frío montaje?

Contaré, te imputaré si hace falta, cómo me hiciste desaparecer en un tocador de pizarra, tú borraste las fechas, sembraste en tu puerta un nido de ametralladoras. Y no me quedó más remedio que volverme Fauno y enumerar el ejército de los persas en cada hora cruel en que necesitaba sellar los ojos.

Aún no doy crédito a esa versión tuya de cómo llegó a malograrse lo nuestro. ¿Merezco tener una orden de arresto internacional? Tengo mis defectos pero estoy seguro de que cuando muera tendré mis gusanos en orden. Soy adicto a mis opiniones, eso es cierto; sin ser perito de nada. También.

Fue por asomo. Por mi asomo. La primera vez. Lo lamento. Sobrevino lo peor. Cuando la ceniza se esparció y el cenicero cayó muy lentamente contra el suelo. Necesitaba respirar y dejar caer los casquillos de bala de mi pecho. Tú siempre tan vistosa, tan hermosa en la cama, llevándote la lengua a los labios, la agonía de una bengala en tu garganta, el vaho de tus fauces en los cristales titánicos.

Sí, después de ser tu vaca de ordeño necesitaba ver la ciudad empequeñecida, ver la liquidación en las tiendas, ver pasar a los ganados y esperar una vez más a que el dichoso halcón se posara sobre mi hombro.

Aquel sacristán abandonó el templo, tomó un Cetme y mató de un disparo preciso a la paloma que ponía la tilde en la palabra de Dios. Mano dura, Señor.

Y aquella otra paloma murió envasada al vacío en una plaza de parking que no le correspondía.

Cerca, un aserradero de madera. Y alguien estaba narrando la parábola del hombre rico y el hombre pobre. Y una oración religiosa era quemada por un pirómano. A esas horas, los viejos tomaban el vermú y tú leías pornografía mientras los demás miraban.

Y unas jovenzuelas hablaban de cielos tormentosos relativos al sábado. Más allá, alrededor del mundo, sodomías con baño de sol.

La culpa no fue mía. Ventanas en oscilo batiente, pintar el dormitorio color ciruela. Decisiones del Alto Estado Mayor.

Ventanas en oscilo batiente. El viento ya pega tiros. Me asomo desnudo. Por segunda vez. Ahora ya la tengo floja, en blanco, babeando como una oveja. Pero ondea al viento aunque presente un bocado regurgitado.

Hay un chorreo de cuervos, latas en el río, la trompa de Allan Poe y las trompetas del Poema de Miocardio.

Estrellas muy calientes, arterias de mi nena.

Espera, han desplegado pértigas en el río. Deben de andar buscando al chico que se tiró ayer por el puente.

Un dibujo suave y frágil de Wall Street se deja ver a través de las cremalleras. Tu persa azul sufre un desafortunado accidente. Se me queda el pellejo del mosquetero entre los dedos. Y sí, estaba afilando el cuchillo del jamón, joder. Un descuido.

Cuando tu gato se precipita en su inmensa y tontuna curiosidad caníbal, yo escucho aporrear mi mente, una fuerte sacudida telúrica como cuando estaba en el vientre de mi madre y no cesaba de repetirse aquella cantinela del 73: "Muy cerca de la del cruce con Maldonado".

Carrero Blanco, que lo han matado. Debería de ponerse de moda esto de los magnicidios. No me va la repugnancia ni el celo vengativo. Más bien deberíamos tomarlo como una quita de deuda. Sólo eso.

¿Me culpas a mí de que la caballería no llegase a tiempo? ¿A la mamma mia? A Del Bosque. A los percebeiros. A la Revolución Francesa. A ese erotismo tan manoseado.

Tú y tu lenguaje de Guantánamo. Ni me miras. Una nueva invasión, contraes tu vagina. Sólo quiero protegerte con un tango. Tus pechos, como vivas dunas, apagados unicornios. Te colocas la camisa, hilo a hilo, el chal te estrangula. Y yo, desaliñado, con dientes postizos, en la misma zona oxidada de todos los reproches. Yo, el ciervo que ofrece una copa de vino a los mil ojos de los mil fusiles.

No son cosas de poetas eso de ir tirando mansiones y matando gatos. ¿Qué soy un lobo agraz y carne de manicomio?. ¡No sé cambiar de euro a yuan! ¿Y ese edredón de seda de la China? De la comunista no, de la otra. Vamos, hombre, no me vengas con esas.

¿O tal vez alguien te ha hecho lo que yo? Comer espuma de limón y leer un pasaje de Drácula entre tus labios mayores y tus labios menores: "Entonces me detuve y miré al conde. Había una sonrisa burlona en su rostro hinchado que pareció volverme loco".

Diste un portazo y pude experimentar en tus ojos la floración del mismo mal.

Ayer fui un solitario cactus, un cadáver de juventud. En un siniestro barrizal. Vagando sólo, engarrotado por el frío.

Todas la mañanas muerdo un denario de oro. Y honro tu memoria celebrando un funeral. Sé que es de oro pero me gusta hacerlo como si se tratase de una femme blanche. Soy insaciable tierra adentro, capaz de conmoverme entre dos renglones. Escribo en mis carnes de mapamundi y en mi piel de gallina. Y recito mientras pongo herraduras a las sombras, inmerso en mí mismo.

Los taninos iluminan mis huellas dactilares. Ardo mal, pero consigo escribir algo. Y abandono mis huesos y me sumerjo en tus muñecas. Insomnio= cunnilingus. Tarde de teatro. Te digo que tu sujetador huele a geranio y sándalo. ¿Recuerdas?

Contemplo nuestro castillo árabe con frío del menos cero. Olor duradero a Mimosín. Desarmo la cerradura y entro a buscarte por paralelos y meridianos, hablando el indio como Cabeza de Vaca. Macramé, Lancome, la vaporetta, condondes de sabores. Tu cuerpo aún huele a portal de Belén.

Nuestra habitación ciruela. Té blanco, té rojo, té verde, fantasías humeantes. Cuando extraías como una hormiguita el rocío de miel de tu oruguita. Y te sentabas a horcajadas sobre el cabecero de la cama, blandiendo la pistola liliputiense de Hitler y frotabas la lámpara mientras a la Torre de Londres se le caía la pus y el moco.

Cuando alcanzabas el orgasmo, Quand je reve aux loups, cuando vienen los lobos, es Lola que sangra. Eres tú, nena, que sangras.

¿Quieres que te de caña?. ¿Qué hora es? Mañana a estas horas estaré muerto.

Sales del baño transformada en Samurai, piernas largas de cristal dejando migas, el ovillo de Ariadna a Teseo para indicarle el camino de regreso.

La cafeína y tus caderas, la micronesia en tus gemidos, tus pezones, besarte la nuca, tirar los canapés. Monedas de oro en nuestra cama. Cuando tú, mi criatura, ponías a mi disposición el color azul cielo, los labios blancos y los lunares estratégicos.

Siempre se te caían las monedas cuando llegabas a casa, siempre te abrazabas a tu estúpido gato aunque él no quisiera.

Siempre a la defensiva, que...¿cuántos propósitos tengo? ¡Te he dicho que no quiero crucifijos!

Me duermo en las misas y cuando no, lloro como una vieja y me froto los ojos porque soy un ratón en esta vida.

¿Escuchas la motosierra? Soy yo, tomándola con tu ramo de flores. ¡Cuánto dinero se lleva el amor a territorio enemigo!

Mis vasos sanguíneos forman parte de la TDT. Enciendo el televisor y decido clavar mil lanzas de chonta a los informativos matinales, alancear a esos presentadores de trajes blandos y sonrisas a cuadritos. Clavo mil lanzas indígenas a toda reunión monetaria, a todo aquel que ahorca a los mejores chicos desde las antenas del arcoiris.

¿Quién paga hoy las copas en África? Los elefantes, of course.

Paso a otra versión de la vida: Decidido, soy de los fascisti y de los comunistas. Un Fascis Comunis, rara avis, lo sé. Pero es lo más razonable para ser español. O ambidiestro: ¿Se puede ser de derecha para comer y de izquierda para chutar el balón?Tan sólo necesito una cabina de teléfonos para cambiarme el traje. La pasión hay que renovarla para que la picha siga dura. Y no enfrentarse a la pasión, que eso trae traumas y violencias innecesarias. Quisiera ser campeador con todos los pasaportes, joderme a todas las camareras que me pestañeen más de la cuenta. Mis ojos se vuelven asesinos implacables. Voy a entrar en coma, en muerte, en un "fumar mata" por comerme todos los cartones de Ducados.

Voy a morir por exceso de inspiraciones, por poner el culo en la playa como un pato patoso.

La imaginación me ofrece mucho más: carreras de galgos, pulmones y sangres, penes muy desarrollados, negras que menean el culo a lo perrito. En las dos mitades de aquellas negras suenan timbales y excavadoras comiéndose el mundo.

¿Qué dice hoy El Heraldo? Cuenta sobre conquistadores que predican el amor y la caridad con armas multimillonarias. Corren los moratones y las cortinas, el sheriff del condado, los militares juramentados.

Hoy me siento cazador de cabelleras, cazador microscópico en cualquier espacio aéreo. Abandono mi guarnición de "drink and food". Abandono los formalismos y dejo el fuselaje de mi vida insepulto sobre los escarabajos del buen Jesús, del buen Jesús Escarabajo (egipcios mediante).

Voy al teatro. Sólo, sí. Me pregunto por la vida subterránea de las bacterias y me detengo ante aquellos caballos del decorado deslizándose como algas en un continuo orgasmo. Vomita mi mente un cofre con mejillones, líquenes, cuarenta limones y demás atrezzo milenario. Con piratas muertos, piratas buenos congregados: Juan Antonio Canta, Pedro Casariego, Giovanni Falcone, Borsellino, el bueno de mi perro deshojando una espada como el que pone en bolas una margarita. Y el jodido Pentobarbital, brotando como vinagre pero que al atardecer se convierte en un ossobuco de canciones de Roxette.

Sigo mis pasos.

El camino metido dentro de mis zapatos, las cancelas del coliseo resuenan igual que una entrevista de trabajo. Resuenan igual que el nudo en la faringe, que el cierre de la yugular, que el hecho de doblarte la espalda. Puto trabajo y puto dinero. Sangra el gladiador.

En las calles: coches japoneses, mujeres en camisa, olores limpios y femeninos en ese octubre de Lenin. Vainillas y flujos mezclándose con los obreros enlosando y tecleando.

Precipitaciones en forma de lluvia, de pringue, de cerdos sacrificados, de miseria, de pescuezos. Un mendigo yace enterrado en cuclillas. Me hallo exánime sobre una acera. Hay un redoble de tambor en un callejón cualquiera, como en un acto de rendición. Alguien ha cubierto con sábanas el bosque. Espero una llamada, un algo, un alguien que mueva los dados de una jodida vez. Un correo electrónico no corre maratones, me digo. Y comprendo que hoy es la última batalla del Rey Arturo. No me llamarás. Me despierto sobresaltado pero no ha sido la coz del teléfono.

Paseo por la playa.

El agua salada pesa en mis oidos.Y me detengo y detengo el mar con un placaje, lo vuelvo de látex, flota la mano de Cervantes para que yo la tome. Que se joda el mar, quiero matar al mar a puñetazos. Disparar sobre las luces de la ciudad.

Y el cerebro tiene las horas contadas, sigue perdiendo fichas. La luz encendida en la parte trasera de mi coche.

Y mi espalda suda el arroz que Harry Truman dejó caer con el Enola Gay.

Regreso a casa.

El ferrocarril hormigueante me visita a hurtadillas en las noches. Esas noches de tallo suculento y tallarines gruesos, de cachetes duros, pedazos de nosotros, escalofríos de placer, cancerosos deseos...noches donde he reducido mis follajes para no hacerte el amor. Noches de Reyes, de Reyes Magos y visigodos de chocolate.

Esas noches con cabeza nuclear, con turcos sin cabeza. Esas noches de arte rupestre. Las noches donde comienzas a vivir y comienza a rolar el viento.

¿Nadie más ha conseguido ver un revólver en la Santa Cena?

Escribo esto último y una hoja de papel se desliza por debajo de la puerta.

"Hasta soñé un día que hicimos el amor. A las doce perderé mi zapato de cristal".

A todas las cenicientas que andan por ahí descalzas.

J. DELGADO-CHUMILLA

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