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  • 23.12.15
Ya lo avanzó hace unos meses el “número uno” de la CUP, Antonio Baños: dado que el “sí” no había ganado el plebiscito, descartaba una declaración unilateral de independencia y, por ende, el apoyo en la sesión de investidura a Artur Mas. Ahora, con los inciertos resultados cosechados este domingo, habrá que ver si hay alguien que se siente con los catalanes a negociar los temas importantes.



En este apartado no tengo demasiada confianza en Mariano Rajoy, que durante todos estos años se ha cerrado en banda, sin transigir en nada, dando pie a que el tema se enquiste. Y sí, el asunto catalán se le ha ido completamente de las manos. El erre que erre con no transigir, tanto tiempo con negativas a todo, unido a un Artur Mas que no ha querido dejar de seguir insistiendo, ha hecho que temas importantes como la nueva organización de la Hacienda o la aplicación del Estatut se hayan quedado aparcados por la tozudez de ambos mandatarios. Y por si fuera poco, el Gobierno central, con los recortes, se lo ha cargado todo y de ahí vienen los problemas y las protestas, con todo el motivo.

Yo no quiero entrar en polémica, pues la política no es mi fuerte. No obstante, recuerdo en mis años jóvenes, cuando vivía en Manresa, cómo corríamos por la calle del Borne y la calle San Miguel, con la policía a nuestras espaldas, gritando y luchando por el Estatut de Autonomía. Lo sentíamos como propio pues era una mejora para todos los que vivíamos en Cataluña y, por aquel entonces, nadie hablaba de independencia, aunque es cierto que había unos pocos radicales a los cuales prácticamente no se les hacía caso.

Recuerdo que en los últimos años del dictador, en los colegios aun no se enseñaba el catalán como idioma. Por eso, mi esposa y yo, gracias a que trabajábamos los dos, decidimos matricular a nuestros hijos en un colegio privado, el Paidos, donde nos pasaron una circular en la que nos decían, más o menos, que los padres que quisieran que sus hijos aprendieran catalán en el colegio tendrían que firmar un documento por el que se hacían responsables, ya que el Gobierno central no lo permitía. Y mi esposa y yo decidimos que nuestros hijos, como catalanes, tenían que aprender el catalán y el castellano, por eso firmamos dicho documento. ¿Qué nos podría pasar?

Había tal vez unos pocos padres radicales y no recuerdo que ninguno firmara el documento: tenían miedo de las represalias del dictador y, la verdad, la cosa siguió adelante y no ocurrió nada. Yo, por aquel entonces, comprendía que eso del catalán era bastante importante para los niños del colegio. Al fin y al cabo, eran catalanes. Con el tiempo, todos los niños lo iban aprendiendo, ya que con la democracia se incluyó en el currículo académico en todos los centros públicos.

El Estatut se llegó a conseguir, pero con los años han ido recortando todos los derechos que estipulaba para el pueblo catalán y, miren ustedes por dónde, me gustaría que se sienten a negociar y se entendieran, pues yo me he criado en esta tierra: aquí he crecido como persona y no quisiera tener que marcharme por que si llega una independencia radical. Sería una lástima.

Por ello me reitero que negocien y que lleguen a un acuerdo, el cual costará pues está todo muy mal. En las últimas elecciones autonómicas quedó muy claro que hay 1.800.000 catalanes que quieren la independencia y 2 millones de ciudadanos que vivimos en Cataluña y que no la queremos. Pero, eso sí, respetamos los resultados y las negociaciones que pueda haber por el bien de Cataluña.

JUAN NAVARRO COMINO


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