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  • 12.12.15
Llevo varios días, no sé cuántos, moviéndome como si fuera un metrónomo, ese aparato que sirve para indicar el tiempo o el ritmo en las composiciones musicales. Me ha sido imposible escapar del balanceo. Hasta hoy no he podido huir para venir a refugiarme aquí contigo. Tú eres el único que me entiendes y me escuchas. Mi buen diario.



El golpe que ha desatado este movimiento viene, como siempre, del mismo lugar. Desde que murió mi abuela, la única persona que de verdad me ha querido, he tenido que pasar las Navidades con mi padre y con su mujer de turno.

El año pasado decidí que era el último. No soporto estar con él, ni con esa muñeca de plástico con la que se ha casado. Pero hoy me ha llamado para exigirme que vaya. Quiere organizar un gran oropel para que sus amigotes sepan que es rico y quiere que yo, una de sus posesiones, esté presente.

Siempre me había gustado la Navidad. En esas fechas podía salir del orfanato... La mente me ha jugado una mala pasada y ha sacado al consciente cómo me he sentido toda la vida: huérfana. No, yo no he estado en un orfanato. Quería decir salir del internado.

Cuando empezaba el frío, a mí se me dibujaba una sonrisa en la cara. Ya quedaba menos. El día 20 de diciembre llegaba a la humilde casa de mi abuela Manuela y todo se llenaba de color, aromas y abrazos.

Me sigue pareciendo increíble que ese hombre que dice ser mi padre sea hijo de mi tierna abuela. Daría cualquier cosa por estar de nuevo en esa pequeñita cocina, con sus dos sillitas al lado de esa chimenea en la que mi abuelita cocinaba. Ponía su olla de la que salían esas sopas que te calentaban por dentro. Y aquel arroz caldoso con un pollo recién matado por ella... Aún se me hace la boca agua cuando lo pienso.

Los días más felices de mi vida están dentro de esa cocina, de esa casa de fachada blanca de un pequeño pueblo cordobés. No había normas. Podía pasar el día en pijama, comer lo que quisiera. El recuerdo de su vocecita diciéndome "chiquita, ¿qué quieres que te haga hoy?" me entristece, a la vez que me consuela porque ella existió y me quiso...

Las lágrimas de felicidad y de pena se entremezclan en mis ojos. Y aquellos "jeringos" –era como ella llamaba a los churros– con su junco que me compraba por las mañanas... Nunca he comido nada mejor, ni en esos restaurantes minimalistas carísimos a los que a mi progenitor le gusta ir.

El calor de aquel hogar no venía de la candela permanente sino de aquella mujer fuerte que sobrevivió a catorce hijos. Solo mi padre y mi tío José viven. Algunos de sus hermanos nacieron con una enfermedad genética que hacia que se muriesen a los pocos meses. A otros los mató mi abuelo y sus borracheras. Y mi tía Antonia, la madre de Laura, la atropelló hace un año un desalmado que iba drogado. Laura nunca tuvo padre.

Ahora siento que solo tengo dos personas en el mundo que me cuidan: mi prima y mi tío. Podría hablarte de mi madre, pero prefiero irme ya a la cama con los abrazos de mi abuela.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ


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