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  • 29.1.16
Carla, Jokin, Aranzazu, Diego y otros más son algunos nombres para no olvidar. Inicio estas líneas con el contenido de la carta de despedida de Diego González antes de tirarse al vacío desde un quinto piso. Amigos lectores, por favor, oíd la carta porque las palabras cuando suenan en nuestros oídos son capaces de llegar hasta las entretelas del corazón. Cada frase, cada palabra, va cargada de sensata madurez. Llama poderosamente la atención, en un crío de 11 años, lo siguiente: “tú me has enseñado a ser persona y a cumplir las promesas”, le dice al padre. Fina lección para una despedida eterna.



Estamos hablando de jóvenes en la flor de la vida. Dice Diego: “no aguanto ir al colegio y no hay otra manera de no ir” (suicidio será la salida). Dicen que Aránzazu “…no tenía muchos amigos… Amenazas, insultos, extorsión, difamación por las redes sociales... Día tras día acercándola al abismo. Y los profesores no vieron nada”. Nadie vio nada o quizás sí, pero nadie hizo nada. Total, son cosas de críos.

“Según la Organización Mundial de la Salud y Naciones Unidas, cada año se suicidan en el mundo alrededor de 600.000 adolescentes y jóvenes, entre los 14 y los 28 años, y al menos la mitad tiene alguna relación con el bullying” (acoso escolar).



Lo que propongo es un ejercicio de reflexión, de atención, de alerta, de responsabilidad cívica ante un problema que nos afecta a todos, tanto si se tienen hijos en edad escolar como si no. Propongo una catarsis, no como liberación sino como toma de conciencia. ¿Ñoñería? ¿Sensiblería barata? No, porque jugar con la vida sale caro, sobre todo para el muerto, para la familia y para la sociedad, salvo que dicha sociedad esté podrida.

Desde la semana pasada, que se retomó el duro y fatal asunto del acoso escolar, los titulares saltan solos porque parece ser que quieren hacernos creer que el tema es importante y urgente. ¿Ahora? ¡Claro que lo es! Como si ya no lo supiéramos. Desde distintos frentes se viene avisando y tomando medidas ante este problema, teniendo en cuenta que el asunto es grave.

El caso del suicidio del niño de Leganés ocurrió en octubre pasado. Antes ya se habían dado otros sucesos similares. El acoso escolar está ahí como un cáncer que cuesta sufrimientos, depresiones, fracaso y, por desgracia, vidas. Podemos seguir añadiendo calificativos hasta agotar el diccionario.

Acoso en general ha existido siempre, puesto que parece que no disfrutamos si no puteamos, de una u otra manera, al vecino; el acoso escolar, también. Los patios de los centros escolares guardan, en muchos de sus rincones, información más que suficiente como para escribir unos cuantos tomos de una “Enciclopedia del Acoso”. Quizás lo que no abundaba tanto en otros tiempos era el derribo.

Lo fatídico de todo esto es que dicho acoso empieza por una diversión, como un inocente juego. En la grabación que la semana pasada se ofreció de unos menores, que participaron en el asunto de tirar al río al hincha de futbol, es escalofriante oírles decir que ellos “así se habían ganado el respeto de la hinchada”. El comentario apesta.

Se entiende por acosar el hecho de “perseguir sin darle tregua ni reposo, a un animal o a una persona”. Disiento con la RAE al llamarles personas a este tipo de energúmenos. Para mí, el calificativo apropiado sería bazofia o, si les parece muy duro, lo dejamos en gentuza (“gente despreciable”). En otro momento hablaremos del perfil del acosador.

Como siempre no se presta especial atención a un asunto de vital importancia hasta que no ocurre una desgracia grave que, en este caso, no es la primera y tampoco será la última. La voz de alarma hace ya mucho tiempo que se dio pero da la impresión que eso era “solo un juego de niños”. Pues no. Estamos ante una problemón bastante grande con consecuencias de un alcance incalculable y que nos puede reventar en la cara a todos. ¿Pesimismo? ¿Alarmismo?

"¡Venga ya, no será para tanto…!", puede que piense alguien. Basta con que demos un repaso a la prensa para enterarnos de que, en muy corto plazo, las víctimas de acoso escolar se han duplicado. En Madrid, según la Asociación Madrileña contra el Acoso Escolar (Amacae) el número de casos denunciados pasó de 17 en el año 2014, a 71 en 2015. En lo que va de año, ya han atendido cinco denuncias.

Nos enfrentamos a una plaga de maltrato que, por desgracia, se da en cualquier tipo de centro escolar ya sea público, privado, concertado, laico o religioso, independientemente del ideario del centro. Un problema serio ante una situación grave con el inconveniente de que la mayoría de centros son reacios a admitir y denunciar los hechos y en otros ni se enteran.

Quiero ir más lejos y al meollo del tema. Hay que llamar la atención ante este tipo de lamentables sucesos. Hay que poner medidas tajantes y castigos (lo siento porque la palabra "castigo" no gusta al personal) a los supuestos maltratadores o acosadores ocurra dicho acoso, directamente en el colegio, por las redes, en la calle o en el deporte. Ante posibles dudas valdría la pena consultar lo que dice y cómo actúa el juez de menores Emilio Calatayud.

Desgraciadamente, no entendemos ni cambiamos de actitud hostil si no hay una contrapartida severa. Con buenas palabras, y mejores intenciones, no se consigue nada en este tema de la violencia física, psíquica o moral que puedan ejercer sobre otros iguales, sujetos o sujetas “capaces de perseguir sin darle tregua ni reposo a una persona” (sic).

La definición completa de acosar incluye a un animal o a una persona. Casi seguro que al animal lo tratamos mejor que a la persona. No es un secreto que nos hemos convertido en grandes defensores de los animales y, sin embargo, pasamos de los iguales. Tener animales de compañía (mascotas) no nos hace mejores individuos.

Por si vale de algo, matizo que los humanos también somos animales –racionales– aunque muchos defensores de los no racionales no se lo crean. ¿Estoy en contra de la defensa de los animales? ¡Pardiez, que no! Sí que estoy en contra de los animales humanos que acosan, maltratan, humillan, intimidan al vecino hasta acorralarlo y le empujan al abismo hasta el punto de suicidarse.

Una aclaración conveniente. El animal no humano ataca cuando se ve acorralado o en defensa de la prole; carece de conciencia moral pero no del instinto de conservación; cuando dicho animal es humano embiste por divertimento, por “malquerencia nacida en el ánimo por desengaños sufridos en la consecución de deseos o en los empeños de la vanidad” (sic). En definitiva, este animal humano tiene la conciencia infectada, drogada, anestesiada, animalizada.

En el fondo de todo este entramado macabro y violento subyace un desprecio hacia los demás. La solución pasa por potenciar el respeto elemental por la otra persona que tiene los mismos derechos y deberes que los acosadores, esos gallitos de pelea, que son unos perversos diablos, la mayoría de las veces frustrados, con la estima por los suelos y que, a lo más que llegan, es a ejercer de violentos matones.

Otra solución pasa por cultivar esa bonita flor de la con-vivencia porque no estamos solos, porque nos necesitamos unos a otros, porque podemos ayudarnos mutuamente. Para ello necesitamos compartir una serie de valores considerados básicos para dicha con-vivencia.

Claro que se cohabita en compañía de otros si es que somos personas de cierta categoría humana y también para los demás, si la propia madurez nos hizo crecer en la solidaridad que nos adhiere al próximo para lo bueno y, por desgracia, para la malignidad cuando incurrimos en la insolidaridad y la malquerencia.

En resumen, nuestro deber de ciudadanos nos compromete a regenerar la convivencia, promocionarla, crear hábitos y actitudes de sociabilidad y de tolerancia, a rechazar y denunciar todo tipo de conducta agresiva. El problema pasa por prestar atención al tema tanto padres, como docentes e incluso compañeros. Ser capaces de denunciar agresiones es un deber moral y contar con el respaldo judicial es una obligación social.

El tema no acaba aquí. Pasa por detectar para poder ayudar; conocer los tipos de acoso y sus consecuencias; importancia, uso y abuso de las nuevas tecnologías; mediación, etc., y sobre todo implicarnos familia, docentes y Administración. Pedir ayuda sería lo ideal para poder atajar dicha violencia.

PEPE CANTILLO
FOTOGRAFÍA: DAVID CANTILLO

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