:::: MENU ::::
  • 21.2.16
Portugal, ese país hermano tan cercano y tan poco conocido por una significativa parte de los españoles, es territorio de grandes escritores, a pesar de que para la mayoría de nosotros los nombres que nos suenan sean solo los del poeta Fernando Pessoa y del novelista José Saramago, este último premio Nobel de Literatura en 1998.



Siempre me parecido un grave error o una enorme injusticia que no se le concediera este premio a Pessoa, uno de los grandes referentes culturales del país vecino. Pero es que tampoco se lo otorgaron a Miguel Torga, a pesar de estar denominado en varias ocasiones al mismo; pero ya sabemos que esto de los premios suele ser una especie de lotería en la que muchas veces los resultados están bastante trucados.

Personalmente, tengo que reconocer que mi conocimiento de Miguel Torga fue un tanto tardío, puesto que mis lecturas de este gran escritor y poeta luso comenzaron en el 2006, cuando en la Casa del Libro de Madrid adquirí la primera parte de sus Diarios, que cubre su trayectoria entre 1932 y 1987.

Su lectura me fascinó, pues no solo era una bella prosa lo que tenía delante de mis ojos, sino que la sinceridad con la que hablaba me acercaba emocionalmente un hombre de carne y hueso, con sus alegrías, sus temores, sus penas, su visión del mundo de que le rodeaba… y todo impregnado de esa saudade (palabra intraducible al castellano) que es tan característica de ese pueblo por el que siento tanto cariño.

Adolfo Correia da Rocha, que así era su verdadero nombre, nació en 1907 en el pueblecito de São Martinho de Anta, en la provincia de Coimbra. Su profesión fue la de médico, que ejerció mayoritariamente en Coimbra hasta que fallece en la misma ciudad en 1993, a la edad de 96 años. Su cambio de nombre se produce debido a la admiración que sentía por el escritor y filósofo español Miguel de Unamuno.

Así pues, adopta un nombre castellano, al tiempo que su nuevo apellido, Torga, en portugués equivale a brezo, ese humilde arbusto que tanto se daba en su pequeño pueblo.

Al igual que José Saramago, era un entusiasta defensor de la unidad de nuestra Península: consideraban que España y Portugal, países que estuvieron juntos durante sesenta años (entre 1580 y 1640, en los reinados de Felipe II, Felipe III y Felipe IV), podrían formar un Estado federal o confederal, en la línea opuesta de lo que algunos defienden actualmente.

Quisiera apuntar que personalmente suscribo esta posición, aunque soy consciente de que en España esto parece una idea exótica y alejada de la realidad; no así en Portugal, puesto que muchos portugueses hablan español sin problemas y, a pesar de la arrogancia con la que se les suele mirar por parte de algunos compatriotas que visitan este país, siempre se muestran cálidos y acogedores, como corresponde al carácter de este pueblo.

Paradójicamente, la segunda parte de sus Diarios, escrita entre los años que van desde 1987 hasta 1993 (este último, año de su fallecimiento), se editó con anterioridad en nuestra lengua por la editorial Alfaguara, por lo que cayó en mis manos de forma un tanto tardía.

En ambos Diarios se entrecruzan comentarios de la actualidad, anotaciones, experiencias personales, poemas y reflexiones personales acerca de la vida de los seres humanos.

Puesto que para realizar un artículo sobre Miguel Torga, dentro de la sección de Aforismos y pensamientos, necesariamente hay que seleccionar unos cuantos párrafos de los dos extensos volúmenes, me centraré en aquellos que anota en los últimos años de su vida, cuando atisba el final de su larga existencia.

Siempre fechaba estos estos textos fragmentarios, al tiempo que indicaba el lugar en el que fueron escritos. Presentaré ocho de ellos, numerados, al tiempo que realizo un breve comentario de los mismos.



1. Coimbra, 24 de julio de 1988. Trabajar. Es degradante, pero ayuda a pasar esta vida cotidiana. Si no nos atontase una ocupación constante, el ocio permanente y la permanente angustia del espíritu se debatirían en este mar de lodo, preguntando por qué y para qué. Y así, no. Cavamos nuestro huerto y enterramos la metafísica. Lo absurdo es tener tiempo de sobra.

¿Por qué y para qué? Eternas preguntas de los humanos que siempre nos acompañarán a lo largo de la existencia. Miguel Torga no era creyente, pero siempre habitaba en su espíritu esa nostalgia de un Dios que le diera explicaciones a tantas preguntas como se hacía.

2. Coimbra, 21 de agosto de 1988. ¡Ah, tiempos felices en que este día era para mí y para los que me estimaban igual a los demás! Sin edad en mi inquietud y en su recuerdo, la vida tenía la eternidad que yo le inventaba.

Nostalgia del tiempo pasado en el que se había sentido feliz. Saudade que siempre acompaña al alma portuguesa.

3. Chaves, 6 de septiembre de 1989. ¡Lo que es preciso hacer y decir para desatar el nudo ciego de algunas almas! Almas oscuras, como todas las almas, pero celosas de esa oscuridad en que viven. Acongojadas en cada momento de la vida, ansían libertad sin desearla de verdad. Parecen adictas a la desesperación. Y disimulan con mal disimulada desconfianza a quien procura ayudarlas, enseñándoles la luz. Años y años de resentimiento han creado en ellas una segunda naturaleza, tímida, cerrada, esquiva. Y es en el fondo del pozo donde se sienten seguras.

La experiencia humana, en ocasiones, nos hace tropezar con personas de ‘almas oscuras’, tal como dice el escritor portugués. Seres cuya existencia parece que tiene como única finalidad amargar la otra existencia de quienes les rodean. Son aquellos que al ver el mínimo atisbo de luz de felicidad en los demás están prestos a apagarla, puesto que no soportan ver notas de dicha en cuerpos ajenos.

4. Coimbra, 1 de marzo de 1990. Libertad. Me he pasado la vida cantándola, siempre con su identidad en el pensamiento, sabiendo que es el supremo bien del hombre. Nunca podemos ser plenamente felices, pero podemos en toda circunstancia ser enteramente idénticos. Solo que, si el precio de la libertad ya es alto, el de la identidad lo duplica. La primera, puede sernos otorgada hasta por decreto; la otra, es siempre de nuestra entera responsabilidad.

Cierto, que lo más difícil de portar a lo largo de los años es lo que Miguel Torga denomina ‘ser enteramente idéntico’, es decir, ser noble, sincero con los demás y con uno mismo, al tiempo que mantener esa nobleza con el paso de los años. No es fácil, en un mundo el que la apariencia que habitamos, las medias verdades, las autojustificaciones, y, por qué no, la cobardía cubierta con múltiples ropajes es lo que se vende en el siglo en el que vivimos.

5. Coimbra, 6 de diciembre de 1990. Mano a mano televisado de los dos principales candidatos de la República Portuguesa. Un espectáculo triste, que entristece a todo el que crea en la democracia. Y yo creo. Tiempo vendrá en el que dialogar cortésmente sea un acto natural de todos los hombres civilizados, incluso cuando se disputan el poder, que sea una manera plebiscitaria de servir mejor, y no un trampolín para cualquier megalomanía o ambición inconfesada.

¿Nos suena lo que manifiesta el escritor portugués? Pareciera que lo que afirma sobre el mundo de los políticos aupados al poder se extendiera como mancha de aceite por los distintos países: cinismo, mentiras, corrupción, apropiación de bienes públicos, puertas giratorias… Un espectáculo que es necesario acabar con el mismo los antes posible.

6. Coimbra, 22 de julio de 1991. No tener futuro. Ni siquiera el día de mañana. Vivir indiferente a la vida, con los dedos sintiendo el pulso y esperando el doblar de la última campanada del corazón.

Se acerca el final de la vida. Se palpan los últimos rayos de luz. En el ocaso se atisban los límites del propio cuerpo. La vida ya se siente como ajena y perteneciente a un pasado imposible de recuperar.

7. Coimbra, 23 de septiembre de 1991. No querría otra patria. Pero vivo avergonzado de ser en ésta contemporáneo de algunos de mis más notorios compatriotas y, por serlo, sentirme responsable moral de todas las villanías que en ella cometen.

Paradójicamente, la existencia vivida con honestidad se tiñe de la tristeza al comprobar que ha estado acompañada de la vileza de gente cercana cuyo afán se ha cimentado en la búsqueda de notoriedad a costa de disfrazar sus más ruines comportamientos.

8. Coimbra, 27 de marzo de 1993. Envejecer no es para cobardes. Y morir, mucho menos. Valientemente he envejecido, y valientemente me voy muriendo. Pero me llevo una duda: ¿he sido, de veras, valiente, o he vivido siempre en pánico, como miedo a no serlo?

Envejecer no es para cobardes… Nunca había escuchado una sentencia tan contundente, tan clara y definitiva, dicha por un hombre que tuvo como meta ser honesto y sincero consigo mismo a lo largo de la vida. No todo el mundo puede decir lo mismo cuando se acerca el final de sus días.

Para mi amigo Juan Daniel, persona de gran nobleza.

AURELIANO SÁINZ

DEPORTES - MONTALBÁN DIGITAL

FIRMAS
Montalbán Digital te escucha Escríbenos