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  • 28.2.16
Cada ocho años, los medios de comunicación de todos los países nos informan, de manera puntual y constante, acerca de las elecciones Primarias que se organizan dentro de los partidos Demócrata y Republicano para elegir al candidato que competirá a ser presidente (¿o presidenta?), en la Casa Blanca, o lo que es lo mismo, del Estado más poderoso, militar y económicamente, del planeta Tierra.



Ya sabemos que por el lado Demócrata, aparte de Hillary Clinton, la actual Secretaria de Estado, se presenta, nada más y nada menos, que un socialista llamado Bernie Sanders. Y esto es algo que se sale del guion, puesto que para el estadounidense medio la palabra socialista le suena a ‘comunismo’, a ‘economía estatalizada’, a ‘Corea del Norte’… y, si se me apura, ‘a campos de concentración’.

Pero lo más llamativo de toda la contienda que estamos presenciando es que en el Partido Republicano ha saltado a la palestra un personaje que se me antoja como la mezcla perfecta del histrionismo de Adof Hitler, del reaccionarismo de Margaret Thatcher (esa señora que decía que la sociedad no existe; que solo contaban los individuos) y de una facundia digna del Pato Donald.



Me estoy refiriendo, cómo no, a ese esperpento llamado Donald Trump, un verdadero analfabeto racista, pero multimillonario, que enciende pasiones entre una parte la población americana, esa que pasa los fines de semana en alguna de las megatiendas de Wal-Mart, la misma que enseña a sus niños de pequeños en el manejo de las armas de fuego, la formada por fervientes partidarios de la pena de muerte o del proyecto de construir muros que separen el sur de Estados Unidos de Méjico para que no entren esas ‘cucarachas’ que vienen a quitarles los puestos de trabajo a los nativos y honrados trabajadores de piel blanca y muy rubios.

La verborrea de este individuo es impagable. No se corta un pelo de esa extraña pelambrera que luce cuando tiene que despotricar contra los emigrantes latinos que, procedentes de Méjico o cualquiera de los países centroamericanos, se juegan la vida para salir de la pobreza en la que se encuentran y lograr un trabajo con el que sobrevivir.

Expresiones del tipo “México manda a su gente, pero no manda lo mejor. Está enviando a gente con un montón de problemas (...). Están trayendo drogas, crimen y violaciones” o que son "criminales, narcotraficantes, violadores", por lo que describe a Estados Unidos como "un basurero para México".

Si esto dice de la población de un país vecino, no quiero ni pensar lo que diría y las medidas que tomaría contra la población que proveniente de Siria y de otros países envueltos en guerras acuden desesperados a Europa para salir de una situación insostenible. Me imagino que, a su lado, el xenófobo presidente húngaro, Viktor Orbán, sería casi un humanista.



Siguiendo paso a paso sus declaraciones, es posible comprobar que no tienen desperdicio. Su discurso, extremadamente reaccionario, es el de aquellos que dividen el mundo dos partes: el perteneciente al “nosotros” y el de “los demás”. “Los demás” son sus enemigos porque no siguen sus directrices. No es de extrañar que se reitere en sus intervenciones diciendo: “Nuestro país tiene verdaderos problemas… Nuestros enemigos se hacen más fuertes y nosotros, más débiles”.

Personalmente, su figura de telepredicador fanático me resulta, por un lado, repulsiva, aunque, al mismo tiempo, me inquieta que un individuo como este pueda ser presidente de los Estados Unidos, sabiendo que en Andalucía tienen las bases de Rota y Morón a su disposición para cuando las quieran utilizar.

Dada la sorpresa que nos concita semejante individuo a los que vivimos en este lado del Atlántico, una pregunta que podemos hacernos es la siguiente: “¿De dónde nace el encanto de Donald Trump para que tanta gente le siga enfervorizada?”.

Como no podía ser de otro modo, de la fortuna que ha logrado acumular. Ya sabemos que los ricos no necesitan tener ideas profundas, ni dotes oratorias, ni un conocimiento de la compleja realidad para encabezar un partido político… Basta que tengan mucho dinero.

¿Acaso nos hemos olvidado de Silvio Berlusconi, ese espantajo que durante años estuvo gobernando Italia? Sí, el mismo país que fue la cuna del Renacimiento, o lo que es lo mismo, el periodo más brillante de la historia del continente europeo; y, sin embargo, ahí le vimos años y años hasta que la Justicia italiana lo apartó por corrupción de menores.

¿Y dónde residía el encanto para que Berlusconi fuera respaldado en Italia? Pues, sencillamente, en el dinero. Ni más ni menos. Y es que el vil metal parece que tiene efectos magnéticos en la mente de la gente, por lo que uno imagina que funciona el siguiente silogismo: “Si este tío se ha hecho rico es porque sabe cómo manejar el dinero. Tonto no puede ser. Además, seguro que no dará trabajo o algo por el estilo…”.



Una de las encontradas polémicas de Donald Trump la tuvo con el Papa Francisco, hombre sencillo y campechano, que habla español con acento porteño, la misma lengua que sus odiados mejicanos, o nicaragüenses, o guatemaltecos, o hondureños… porque para él todos esos son la misma escoria.

¿Y qué le dijo Jorge Bergoglio para “ofender” a tamaño personaje? Pues sencillamente, que “no era cristiano”. Cualquiera con un coeficiente intelectual mínimo entendería que se refería a que el trato que pretendía dar a los inmigrantes en nada se parecía a los valores que se describen y se deducen de los Evangelios. Esto lo sabe hasta un niño de parvulario.

Pero eso de amar al extranjero, de compadecer al que sufre, de ayudar al que lo necesita… parece ser no lo había escuchado nunca en ninguna de los cientos de sectas denominadas cristianas que pululan por el territorio americano.

¿Y qué le respondió el precandidato republicano? Pues, dado que por cerebro tiene un colt del 45, lo que manifestó ante sus enfervorizados seguidores fue lo siguiente: “Si llegara a suceder un ataque al Vaticano realizado por Isis, lo que todos sabemos sería el trofeo más grande para el grupo terrorista, puedo asegurar que el papa Francisco va a desear y rezar en ese momento que Donald Trump hubiera sido presidente de Estados Unidos”.

Es decir, que para él todos los problemas de la humanidad se resuelven con las armas. Nada de diálogo, nada de acuerdos, nada de diplomacia. Bombardeando se acaba con los enemigos que cuestionan la superioridad y las poderosas razones que le asiste al país más poderoso.

Esto también lo tendría que saber el Papa, quien, a pesar de sus 79 años, no se entera que en el mundo debe haber alguien que ponga orden de verdad; y si es él, Donald Trump, seguro que lo logra en muy poco tiempo. (Esperemos que no sea así).

AURELIANO SÁINZ

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