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  • 6.2.16
Parece ser que últimamente no está bien visto decir que estás triste, que la pena te agobia, que sientes dolor, que la soledad te asfixia, que la gente te decepciona, que has tenido una cita penosa... Parece ser que lo importante es parecer... Nunca he tenido muchas amigas. Sé que no soy fácil, exijo mucho: pido que me devuelvan lo que doy y eso no se lleva. Mucha gente quiere recibir sin dar nada, sólo quieren ver tu cara A, la resplandeciente, la luminosa, la máscara alegre de la comedia; no le interesa esa otra máscara que tiene los labios torcidos hacia abajo, esa que sufre, que esconde la oscuridad de las esperanzas marchadas; esa que es débil por ser humana, esa cara B que todos tenemos, pero muy pocos son los valientes que la muestran.



Aquí estoy yo, una chica de 28 años –ya me queda poco, el mes que viene a es mi cumpleaños– que tiene días negros, blancos, grises, multicolor y que busca el equilibrio en la tragicomedia de la vida. No quiero ser un escaparate, no quiero tener una sonrisa dibujada sobre una cara triste, quiero ser yo, quiero ser humana. Si hoy quiero llorar, lloraré y si mañana quiero saltar y correr como una loca, lo haré.

Creo que mi gran frustración ha sido siempre ser feliz todo el tiempo. Mi psicólogo me lo dice: eso es imposible... Nadie puede estar contento siempre. Pero esta sociedad que nos rodea y asfixia parece ser que no admite la derrota, la caída, no quiere ver la parte opaca de la existencia. Creo que esta es la causa de muchos suicidios: la falta de éxito, la meta no alcanzada de una vida de matrimonio feliz e hijos rubios con los ojos azules, con una pareja perfecta, un trabajo ideal y una salud de hierro.

¿Quién ha conseguido el cuento? Nadie, eso es lo que no nos cuentan las películas, ni los libros. Que la belleza o el talento dan la felicidad y el amor... que se lo digan a Marilyn Monroe o a Elvis Presley y a tantos otros iconos de cartón piedra que sufrieron porque nadie les dio un abrazo reconociéndolos como seres humanos que enfrentan la soledad existencial como pueden. Seguramente, su lucha fue más dura. Una cosa es sentirte solo y otra muy distinta es la soledad acompañada de voces que gritan. Esa es devastadora.

Me refugio aquí para poder sacar lo que siento. Hace poco que tengo Facebook, el escaparate actual. Tengo pocas amistades: algunas chicas del internado y algún extranjero que conocí un verano. El otro día, viendo la biografía de una conocida, sentí pena. Ahí estaba ella con su marido y sus dos hijos rubios y con los ojos azules, con una felicitación de Navidad envidiable: todo sonrisas, todo alegría... la ganadora.

Pena porque yo conozco su historia real, la historia de una mujer que por no estar sola ha aceptado y acepta la humillación de saber que su marido frecuenta camas ajenas. Pero lo importante es parecer...

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

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