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  • 20.2.16
Llevo varios días o semanas matando el tiempo hasta eliminarlo. Las horas sentada en este sofá se me antojan una cadena perpetua. Me gusta la soledad, mi casa y mi sofá, pero solo cuando yo elijo que este sea mi refugio, no cuando el perro de dientes de hielo me atrapa la pierna y me retiene aquí como un cancerbero que me impide salir al exterior.



Cuando no puedo andar, necesito volar y sólo subiéndome a un libro puedo coger la fuerza necesaria para planear. No sé cuánto tiempo llevo encerrada en mi casa, comiendo cualquier cosa o sin comer y corriendo de una novela a otra de la Austen –lo de correr aquí es una metáfora porque mi extremidad inferior izquierda ha decidido tomarse unas vacaciones, sin viaje de regreso que se sepa–.

A veces pienso que voy a terminar como Don Quijote, loca de atar con tanto leer, pero en mi caso espero que no me juegue el autor la misma mala jugada y me haga recobrar la cordura justo antes de que la parca venga a buscarme –parafraseando a Serrat–.

Por favor, universo, quiero ser la señorita Elizabeth Benet hasta el final; quiero mi señor Darcy, con su Pemberley y su estanque y sus bosques; sobre todo, los bosques de árboles de hoja perenne y aroma verde. Pasear sintiendo su mano en la mía mientras me vuelve a contar la historia de El Monje y sus problemas con su padre... Creo que estoy mezclando libros. ¿O era marino Darcy?

No sé si es el encerramiento o esas pastillas relajantes que me ha aconsejado un médico que tiene cara de buena persona y receta historias encantadoras que él mismo imagina. ¿Puede haber mejor medicina que una buena historia narrada con un lirismo sutil?

Algún día me compraré una pluma de plata y empezaré a escribir la vida de una heroína que tenga las virtudes de las que yo adolezco. Le crearé una trama salvable, un país imaginario y un amor eterno.

Tildan de románticas las obras de Jane Austen, yo creo que deberían estar en las estanterías de la ciencia ficción: mujeres que deciden ser la única protagonista de su vida en el siglo XIX, que son fuertes para evitar que la sociedad y sus normas encosertadas las asfixien y que, además, su lucha tenga un premio: el amor verdadero. Poco probable y posible... aún hoy.

Creo que voy a pasar la tarde con una celestina joven que, sin darse cuenta, cae en uno de sus enredos y descubre que a veces lo que buscas o necesitas está más cerca de lo que crees...

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

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