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  • 27.2.16
"Ahora relajo el cuerpo sobre este frágil colchón y quedo suspendida en el aire. Ahora floto sobre la tierra. Ya no estoy en pie para que me golpeen y me hieran. Todo es suave y dócil, maleable", dice Rhoda en Las olas, de Virginia Woolf. Esa es la sensación que yo quiero, la que yo busco. Últimamente no encuentro descanso ni en el sueño, no hallo la postura en la cama para que mi cuerpo se rinda, caiga y se deje flotar en unas sábanas azules transparentes tejidas de ingravidez. No paro de dar vueltas huyendo del malestar físico, de la rutina tediosa de los días, del sinsentido que a veces es mi vida.



He soñado que volaba infinidad de veces. Dicen que significa querer alejarse de los problemas. Solo recuerdo la sensación de que alguien quería atraparme y yo batía mis brazos y me izaba por encima de los árboles, escapando si rumbo fijo. Era maravilloso poder volar, sentir mi fuerza para elevarme y ver todo desde una perspectiva más favorable; ver el mundo como un conjunto de paisajes en los que los seres humanos solo son puntitos. Trato de describir mi emoción, pero en realidad en esos sueños no había colores, ni caras, ni nada tangible. Ni siquiera yo.

Me encantaría tener un sueño en el que yo fuese una de esas novias a las que Marc Chagall pinta flotando en el aire, suspendidas, sin tener que hacer ningún esfuerzo para mantenerse y desafiar a la gravedad. Recuerdo cuando conocí a este pintor que navega en lo onírico. Fue en un verano que me mandaron a Zurich a estudiar alemán –idioma imposible para mí, su música nunca me ha conquistado– y nos llevaron a visitar la iglesia Fraumünster. Sus vidrieras están llenas de escenas de la Biblia que transcurren en un planeta donde todos pueden volar dentro de un azul añil brillante.

Nunca había llamado tanto mi atención la vida de Jesús como en ese lugar. Su vida era un todo fragmentado azul, con pinceladas de color aquí y allí, que representaban al propio Mesías y a las personas que formaron parte de su existencia terrenal. Los cuadritos de los vidrios creaban la sensación de puzzle en el que las piezas hubiesen sido diseccionadas sin miramientos.

Los pobres Adán y Eva tenían sus cabezas en un cuadrado mientras que el resto de su cuerpo había caído dentro de otro. Quizás tenga un sentido. Al fin y al cabo, ellos pecaron con su mente y con sus labios. Su pecado no fue de carácter erótico. Por cierto, es curioso que siempre ha sido éste el que más ha perseguido la Iglesia católica: el que atenta contra el sexto mandamiento.

Tengo que irme a dormir, es tarde. Pero antes de dejarme arrastrar por Morfeo, voy a visualizar cómo Chagall me pinta con el cuerpo ligeramente inclinado y flotando sobre una noche estrellada.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

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