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  • 27.3.16
En la literatura clásica española hay tres obras de enorme grandeza: La Celestina, Don Quijote de la Mancha y El Criticón. De las dos primeras, especialmente de la segunda, se suele hablar con frecuencia; sin embargo, El Criticón de Baltasar Gracián se la cita en los círculos de los especialistas dentro de esta disciplina.



La obra de Gracián, en la que se mezclan la narrativa y ciertos planteamientos filosóficos, ha tenido grandes admiradores fuera de nuestra frontera, caso del filósofo alemán Schopenhauer, apasionado lector del religioso jesuita nacido en Calatayud en el año 1601.

La vida de Baltasar Gracián ha sido abordada por diferentes investigadores. Una de las más significativas es la que llevó a cabo el profesor de Lengua y Literatura Castellana Miguel Jordá, ya que realizó su tesis doctoral sobre el escritor y filósofo aragonés.

Ello da lugar a que este pequeño trabajo lo aborde extrayendo algunos párrafos de lo que Jordá (El Viejo Topo, nº 330-331) manifiesta en la extensa entrevista que le realizan, al tiempo que intercalaré ocho aforismos extraídos de El Discreto y Oráculo manual y arte de la prudencia, dos libros de consejos de carácter moral de Gracián.

PIE DE FOTO“Gracián fue un rebelde frente a la Compañía de Jesús, de la que formaba parte, frente a la monarquía absoluta de su tiempo, cuyas injusticias, abusos y corrupción denunció como pudo, y frente a muchas de las ideas y costumbres aceptadas también fue un inconformista y en mi libro pongo de manifiesto datos indiscutibles que prueban su orientación homosexual”.

1. Prevenir las malas voces. Tiene el vulgo muchas cabezas y, así, muchos ojos para la malicia y muchas lenguas para el descrédito. Acontece correr en él alguna mala voz que desdora el mayor crédito y, si llegare a ser apodo vulgar, acabará con la reputación. (…) Es muy fácil cobrar la siniestra fama, porque lo malo es muy creíble y cuesta mucho borrarse. Excuse, pues, el varón cuerdo estos desaires, contrastando con su atención la vulgar insolencia, que es más fácil prevenir que remediar.

“Gracián pertenecía a una familia aragonesa de origen judeo-converso. Tal origen le marcó profundamente, y tuvo que experimentar la animadversión hacia su casta por parte de la sociedad de su tiempo. Su vida, y especialmente su obra, puede entenderse como una reacción, como un sobreponerse a ese ambiente de difusa hostilidad. (…) Su visión de las cosas es fundamentalmente secular y profana. (…) Gracián no es un filósofo metafísico, es un moralista, es decir, un pensador que propone pautas al individuo para triunfar en un medio hostil como era la sociedad de su tiempo”.

2. Arte para vivir mucho: vivir bien. Dos cosas acaban presto con la vida: la necedad y la ruindad. Perdiéronla unos por no saberla guardar y otros por no querer. Así como la virtud es premio de sí misma, así el vicio es castigo de sí mismo.

“Los españoles de origen judeoconverso, es decir, descendientes de judíos bautizados para que no les echaran de España, estaban marcados por ese estigma que debían ocultar, porque la sociedad española todavía en el siglo XVII se cebaba con ellos y los miraba con hostilidad”.

3. Tener amigos. Es el segundo ser. Todo amigo es bueno y sabio para el amigo. Entre ellos todo sale bien. Tanto valdrá uno cuanto quisieren los demás, y para que quieran se les ha de ganar la boca por el corazón. No hay hechizo como un buen servicio y para ganar amistades el mejor medio es hacerlas. Depende lo más y lo mejor que tenemos de los otros.

“La reflexión de Gracián sobre la amistad no es algo secundario en su pensamiento, sino que constituye uno de sus ejes capitales, hasta tal punto que elabora una teoría sobre ella partiendo de los clásicos paganos. Solo hay que ver que su obra capital, El Criticón, en el fondo no es más que un diálogo de dos amigos que conviven y viajan juntos a lo largo de la vida. En un mundo hostil como el suyo, la amistad es el único remanso de paz. El amigo es la mitad que nos falta para ser completos”.

4. No se han de dar armas a los tránsfugas de la amistad, que hacen con ellas la mayor guerra. Al contrario con los enemigos, que siempre esté la puerta abierta a la reconciliación y sea de la galantería: es la más segura.

“Pese a ser sacerdote y religioso jesuita, descubre que sus verdaderos intereses e incluso su vocación no es la vida religiosa ni la teología sino la literatura, el arte, la historia y la filosofía. [Por otro lado] todo lleva a pensar que Gracián no creía que el ser humano fuera un compuesto de un cuerpo material y un alma espiritual inmortal. Él comparaba al ser humano con una cebolla: capas y capas y más capas… y, tras la última, nada”.



5. Tener un punto de negociante. No todo sea especulación, haya también acción. Los muy sabios son fáciles de engañar porque, aunque saben lo extraordinario, ignoran lo ordinario del vivir, que es más preciso. La contemplación de las cosas sublimes no les da lugar para los manuales. (…) Procure, pues, el varón sabio tener algo de negociante, lo que baste para no ser engañado y aun reído.

“Gracián tuvo que ser hermético, si no, no hubiera podido publicar lo que dijo en su tiempo. Por miedo, efectivamente. A causa de eso se le ha considerado un autor difícil, oscuro y hasta incomprensible. (…) Diseminó de manera estratégica y sistemática en sus obras frecuentes ‘reverencias’ ritualizadas al poder constituido y a los principios político-religiosos que lo sustentaban. Tuvo que echar mano de este recurso porque fue muy crítico con los poderes, las ideas y la sociedad de su tiempo”.

6. No ser inaccesible. Ninguno hay tan perfecto que alguna vez no necesite de advertencia. Es irremediable de necio el que no escucha: el más exento ha de dar lugar al amigable aviso, ni la soberanía ha de excluir la docilidad. Hay hombres irremediables por inaccesibles, que se despeñan porque nadie osa llegar a detenerlos.

“Las críticas a Gracián a la monarquía española de su tiempo son seguramente las más duras de su época. Para él, la autoridad y mérito son indisociables; por eso, considera irracional que pueda gobernar alguien sin méritos. (…) Era un intelectual que combatía con la pluma. La Inquisición lo tenía en el punto de mira. De hecho, fue la propia Compañía de Jesús la que acabó quitándolo de circulación, aislándole, prohibiéndole escribir y sometiéndole a un régimen de vida durísimo que nadie dudaría en calificar de tortura”.

7. Diferenciar el hombre de palabras del de obras. Es única precisión, así como la del amigo de la persona o del empleo, que son muy diferentes. Malo es, teniendo palabra buena, tener obra mala: peor, no teniendo palabra mala, no tener obra buena. Ya no se come de palabras, que son viento, ni se vive de cortesías, que es un cortés engaño. (…) Las palabras han de ser prendas de las obras y así han de tener valor.

“Gracián despotrica de la teología escolástica. Sus autores predilectos eran los paganos grecolatinos. Llama la atención que uno de los autores por el que más simpatía manifestó fuera un sofista: el descreído Luciano de Samosata, que era un sirio de la antigüedad de cultura griega. Para entendernos, fue una especie de Voltaire de su época que en sus libros se burló de su tiempo y de las creencias irracionales predominantes entonces”.

8. Todas las fachadas de los cargos son ostentosas, mas las espaldas humildes. Corónanse de vítores las entradas de las dignidades, y de maldiciones las salidas. ¡Qué aplaudido comienza un cargo, ya por el vulgar gusto de mudar, ya por la concebida esperanza de los favores particulares y de los aciertos comunes! Pero ¡qué callado final! Que aún el silencio le sería favorable aclamación.

“Creo que Gracián se la jugó y llevó su vida y sus críticas muy al límite. De hecho, acabaron encerrándole y sacándolo de la circulación… Sobre todo en sus últimos años tuvo denunciantes influyentes que buscaban a toda costa que la Inquisición lo encausara. Considero que fue torturado psíquicamente (aislado, humillado, incomunicado) y físicamente (dieta a pan y agua). Posiblemente, como pruebo en mi libro gracias a la inestimable ayuda de tres doctores en medicina, la enfermedad que le causó la muerte fue desencadenada y agudizada por esta situación”.

A diferencia de Miguel de Cervantes, que tuvo que vérsalas con la Santa Inquisición, Baltasar Gracián se libró del terrible tribunal. No obstante, la Compañía de Jesús no le permitió salir de ella tras haberlo solicitado: la solución, tal como nos indican Miguel Jordá y otros investigadores, fue la reclusión, el confinamiento y la alimentación a pan y agua. El 6 de diciembre de 1658, Gracián fallece, un año después de esa ‘tortura’ a la que fue sometido. Lógicamente, nadie puede sobrevivir mucho tiempo alimentado con pan y agua.

AURELIANO SÁINZ

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