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  • 25.3.16
En todas las culturas existe un elenco de frases, refranes, dichos populares usados para referirse a situaciones relacionadas con el tiempo, las cosechas, fiestas, costumbres, y para dar énfasis a los valores apreciados por la comunidad. Dicho conjunto de sabiduría popular elogia o afea comportamientos que son aceptados o rechazados por el grupo.



A mi corto entender surge un conflicto con el llamado lenguaje políticamente correcto cuando toda una corriente, supuestamente renovadora, insiste, a la par que afea, en la necesidad de cambiar un gran número de términos tenidos por inadecuados. El rosario de voces no correctas aumenta a velocidad caprichosa y con ellas aparece la necesidad de disfrazarlas por otras edulcoradas, unas necesarias y otras triviales.

Vocablos como moros, gitanos, negros, ciegos, subnormal o retrasado, inválido, enano, gordo y un largo etcétera, dicen que deben ser sustituidos por expresiones no ofensivas como “magrebíes, minorías étnicas, personas de color, invidentes, personas limitadas intelectualmente, con incapacitada física, persona pequeña, obeso, homosexual… ¿De verdad creemos y asumimos que decir gay pierde intencionalidad porque suena mejor en inglés?

El lenguaje que usemos puede ser enormemente correcto, pero si la mentalidad sigue anclada en la incorrección racista y xenófoba, segregadora nada hemos conseguido. La realidad es la que es y desde luego camuflar el lenguaje no da paso a un cambio de actitudes. Pregunta inocente ¿modificamos el lenguaje para así no tener que cambiar la realidad? Como ejemplo, creo que significativo, en Marbella nunca hubo moros y sí árabes ¿!? A buen entendedor...

La columna de hoy, aparentemente frívola, pretende reflejar algunas ideas sobre parte de nuestro hablar diario al usar una serie de palabras o expresiones que si las decimos estando presente la persona a quien van dirigidas, parece que queramos suenen solo a chirigota desenfada, no así si dichas expresiones las aplicamos a personas ausentes que sí suelen ir cargadas de toda su intencionalidad ofensiva, en la mayoría de casos.

Vuelvo al tema de los insultos e insultillos. Bien es verdad que en la actualidad, y por aquello de lo políticamente correcto, expresar determinados vocablos dicen que suenan a insulto. Curiosamente la rigidez religiosa que otrora pudiera existir en este tema, ha sido sustituida por la corrección política, dando entrada a una reinvención eufemística de determinados insultos y ofensas verbales.

Por desgracia el hecho de emplear un lenguaje supuestamente correcto no cambia las actitudes racistas o machistas o sexistas o las que queramos añadir. La consideración y el respeto debido a toda persona sea mujer, hombre, niño o niña, joven o vieja es lo que realmente dignifica. Los Derechos Humanos son algo más que un bautizo de palabras.

Desciendo de lo políticamente correcto a la cotidiana realidad que nos circunda y en la que nos movemos. El libro Inventario general de insultos de Celdrán permite entender algunos improperios que utilizamos contra el vecino. Unas veces en plan ofensivo total y otras veces sólo jocoso sin intención de despreciar al prójimo. En nuestro ambiente cotidiano empleamos algunas expresiones en cuyo origen está la ofensa pero le hemos quitado leña al darle cierto tono de campechanía. Son muchos los ejemplos a aducir.

La palabra “bastardo” ofrece un amplio abanico de significaciones. Su sentido original era el de “hijo ilegitimo”, pero con la salvedad que sólo se aplicaba a los vástagos de noble cuna nacidos fuera del matrimonio, porque el resto de mortales no legítimos, los de baja cuna son “hi(jos)deputa”, como lo recoge el libro sobre insultos. ¡Cuestión de clases!

A propósito de “hijo(de)puta”. Fue un insulto soez y muy grave con clara intención de ofender a la persona contra la que se usaba. Dicho improperio estuvo castigado por la ley. Con el tiempo ha perdido parte del contenido ofensivo pasando a ser usado en el ámbito coloquial con cierta ligereza y familiaridad y sin intención de injuriar.

Celdrán cita como variantes del mismo los siguientes: “fijoputa, ahijuna (hijo de una puta) o el hijueputa y juepucha” usado por los argentinos. Pero insultos como bastardo, hijo adulterino, hijo natural, hijo de la Gran Bretaña, de la grandísima perra, hijo de las mil leches, de su madre, etcétera, quitándole hierro a la pulla, suenan menos ofensivos, algo más suaves.

En el diccionario de la RAE, “bastardo” aparece como algo que degenera de su origen. En dicho sentido es a lo que habitualmente llamamos “borde”, término que aplicamos a las personas cuando éstas se muestran impertinentes o muy antipáticas y quisquillosas.

Pero mira por donde, el vocablo borde (bordión), también significa “hijo o hija nacido fuera del matrimonio” que es tanto como decir “hideputa, hijo puta, fill de puta”.

Borde proviene del latín “burdus”, algo así como burdo cuyo significado es el de “basto grosero”. Y a su vez bastardo nos lleva a burdel “lugar donde se ejerce la prostitución”. En catalán el vocablo “bord” suena bastante fuerte.

Basto nos llevaría a tosco, grosero, falto de refinamiento y pulimiento; persona rustica y poco dada al trato cortés y educado. También lo referimos a alguien cuando, en plan coloquial, solemos decir “eres más basto (tosco) que unas bragas de esparto”. No hay que confundir basto con vasto cuyo significado es extenso. Como curiosidad añadir que también se utiliza en lugar de “cursi” referido a la persona que pretende ser elegante sin conseguirlo (sic).

En fin, que entre bastardo y borde hay similitud de significado. No olvido que borde hace referencia también a una planta que no ha sido injertada ni cultivada. Habrá que tener cuidado cuando decimos a alguien ¡eres un borde!, por aquello de estar llamándole tanto hijo de puta como planta que no dará fruto bueno.

Nuestro refranero dice que “entre falso, borde y lisonjero, hay de diferencia un pelo”. Quiero suponer que cuando le decimos a alguien “eres un hijo de puta”, bien sea como ofensa, al tratarlo de bastardo y mala persona, o en plan “familiar y cariñoso”, como un insultillo juguetón, estamos dándole a la expresión su genuino significado. Desde luego hi(de)puta, hijo de su madre, es un insulto y “ahijuna” queda como un insultillo.

Sin embargo cuando queremos enfatizar y decirle a alguien “pero que reborde que eres”, parece que en absoluto buscamos ofender a esa persona, dado que su acepción vendría a significar impertinente, antipático, mal intencionado…, palabras estas que no contienen mayor maldad porque son o las consideramos irrelevantes.

El lenguaje puede ser todo lo correcto que queramos, pero la mentalidad sigue anclada en la incorrección racista, xenófoba, homófoba y todas las fobias que queramos añadir. El lenguaje está cargado de intencionalidad, positiva o negativa, como se puede apreciar en sentencias, refranes, dichos, palabras con doble sentido, de nuestro acervo cultural.

¡Ojo! No preguntemos a alguien si tiene novio o novia porque, según lo políticamente correcto, estaremos descartando, segregando de un plumazo a lesbianas, gay, bisexuales o transexuales. Pregunta ¿cuando hablamos de violencia de género, referida solamente a la mujer, estamos excluyendo y limitando el resto de preferencias sexuales?

Otras lindezas. Pintarse la cara de negro es incorrecto. Nunca digas que trabajas como un negro o como un chino y no se te ocurra regatear como un judío y menos decir judíos conversos -si acaso digamos “jodíos (jodidos) conversos”-. Al usar dichas expresiones estaremos ofendiendo al personal (dicen), porque pueden ser políticamente incorrectas o racistas.

PEPE CANTILLO
FOTOGRAFÍA: DAVID CANTILLO

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