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  • 11.3.16
Desde hace tiempo, el día 8 de marzo está dedicado, internacionalmente, a reconocer los valores y la labor de la mujer, ya sea joven o vieja, trabajadora, madre, compañera o esposa, casada, soltera o viuda, recordándonos que es parte básica del conjunto humano. Admitir que las mujeres tienen los mismos derechos que el hombre es todavía un hecho relativamente reciente en algunos países e incompleto o inexistente en otras latitudes. Incluso el que sea reconocido en los papeles no lo refrenda la realidad como podemos apreciar mirando a nuestro alrededor.



El Día Internacional de la Mujer se institucionaliza mundialmente, por parte de la ONU, el 8 de marzo de 1975. Los antecedentes próximos arrancan de la huelga que se declaró en Nueva York en protesta por la muerte de 146 mujeres en el incendio de una fábrica.

La trayectoria de dicha llamada de atención empieza de forma oficial en Estados Unidos donde, a propuesta del partido socialista, se celebrará el 28 de febrero de 1909 el Día Nacional de la Mujer que será ratificado al año siguiente, en Copenhague, como evento internacional.

La reivindicación en pro de dicha igualdad viene de muy lejos. Desde entonces se han conseguido algunos logros hacia una paridad real, pero aun queda camino por recorrer. El lema propuesto por la ONU para 2016 es: “Por un Planeta 50-50 en 2030: Demos el paso para la igualdad de género”. ¡Cuán largo me lo fiáis, amigo Sancho…!

Resumo algunos de los objetivos a conseguir de aquí a dicha fecha: acceso por igual a una enseñanza Preescolar de calidad que permita el paso a una Educación Primaria y Secundaria gratuita y equitativa. Acabar con la discriminación femenina, la explotación sexual, el matrimonio precoz forzado y la mutilación genital femenina, así como con las muchas variantes de violencia pública y privada.  

El video adjunto hace un rápido repaso de momentos esenciales en el recorrido hacia la igualdad entre mujeres y hombres a lo largo del tiempo. Unas pinceladas de historia. Las primeras reivindicaciones femeninas, en pro de dichos derechos, las podríamos situar en el ámbito de la Revolución Francesa, cuando Olimpia de Gourges, en 1791, escribe la “Declaración de Derechos de la Mujer y de la Ciudadana”.

Desde la Revolución Francesa, como hito reivindicativo de la igualdad, ha transcurrido tiempo, han cambiado situaciones pero la paridad real entre hombres y mujeres aún está por obtenerse. Se da una asimétrica que en la práctica ocasiona una relación de dominio, donde, cómo no, sigue perdiendo la mujer.

El final del siglo XVIII marcará el inicio de una lucha por la igualdad y la liberación del colectivo femenino y la lenta incorporación al trabajo fuera del hogar como asalariada, hecho que cambia su forma de vida abriéndole unas puertas pero, a partir de entonces, duplica la faena siendo explotada en los dos frentes –hogar y trabajo–.

Será a finales del siglo XIX cuando más se intensifiquen dichas reclamaciones en pro de la igualdad. Por ejemplo, en España a finales del siglo XIX e inicios del XX, mujeres como Concepción Arenal, Emilia Pardo Bazán, Federica Montseny o Clara Campoamor, entre otras, reivindicarán la igualdad de derechos entre hombres y mujeres. No resultará fácil.

En 1931 se les reconoce el derecho al voto, situación esta que vuelve a cambiar tras la guerra incivil, quedando de nuevo sometidas al marido en lo social y en lo civil. Habrá que esperar al Referéndum de 1976 y a las elecciones democráticas de 1977 para que se recuperen los derechos perdidos.

Mucho ha llovido desde aquellos primeros pasos en pro de la igualdad, por desgracia aun no conseguida pese al esfuerzo de muchas mujeres y también de hombres, y a la labor de organizaciones nacionales e internacionales.

En este desdichado tema la realidad es tozuda, porque una cuestión es lo que decimos de cara a la galería y otra distinta la intrarealidad del asunto. A los hechos me remito con la triste lacra de la violencia doméstica, silenciada incluso por la misma mujer, en muchos de los casos. O las agresiones a transexuales y homosexuales acaecidas en Madrid en la última semana que no dejan de ser un lamentable ejemplo de violencia sexista.

Han transcurrido algo más de dos siglos y aunque, en teoría, la mujer ha conseguido la mayoría de metas marcadas, en la realidad falta mucho hasta lograr la plena igualdad. Es cierto que las leyes la garantizan pero la mentalidad y actitudes de muchas personas no han cambiado o lo hace lentamente.

A través de la historia, la mujer siempre ha estado discriminada. Si partimos de que hay un espacio público y otro privado, podemos observar que el primero siempre ha estado ocupado por el varón (la política, la vida pública) y la mujer se le ha relegado al privado (el hogar, la crianza). Por eso la historia, escrita por los varones, da valor a las hazañas de éstos y olvida que la mujer también participa en esa historia de manera muy activa.

Hay que repetir que la mujer lo que reivindica es superar todo tipo de segregación hasta conseguir la total paridad. Dichas demandas se han de plasmar en lo social rompiendo las barreras entre la vida privada y la vida pública y poder desarrollar todo su potencial humano donde quiera.

En lo político, obtenido el derecho al voto y en igualdad, desempeñar los mismos cargos públicos que el hombre. Está garantizado el voto, la igualdad plena no está lograda. En lo laboral falta por conquistar que a similar trabajo corresponda un salario equivalente. Las diferencias salariales continúan desequilibradas a fecha de hoy.

Educar en la igualdad para conseguir la meta del 50-50 propuesta por Naciones Unidas, implicaría conciliación. ¿Cómo? Conciliar trabajo y hogar, supone reparto de las faenas caseras, cuando ahora aun pensamos y decimos “no, si yo ayudo en casa…”. No se trata de ayudar y sí de compartir las tareas domésticas de las que el hombre se escaquea. Los valores transmitidos desde la educación no pueden diferir por razón de sexo y la meta será alcanzar la plena co-educación.

Tumbar roles macho-hembra no se soluciona cambiando muñequitos con faldas en los semáforos ni quitando la palabra "diputados" del Congreso, ni repitiendo "niños y niñas", "ellos y ellas", "compañeras y compañeros"… La letanía del abuso de género masculino-femenino es interminable. Con todos mis respetos, más bien suena algo frívolo.

Con cambiar el lenguaje, lavado de cara que dudo pueda llegar a ser de gran utilidad, no conseguiremos enmendar las actitudes de dominio de un sexo sobre el otro. El tema es hiriente y grave como para banalizarlo. La paridad es algo más importante, más grande y sublime que todo esa verborrea.

Lo grave es que hemos sustituido valores básicos como el respeto a la otra persona, sea hombre o mujer, la empatía, el derecho a ser diferente, la igualdad, la responsabilidad, la confianza, la asertividad, el esfuerzo. Valores esenciales para enfrentarse al rebaño y decir no a la humillación, los hemos sustituido por lacerante desprecio y vil acoso.

Son necesarios cambios de mentalidad mucho más profundos, esenciales y necesarios. La igualdad será eficaz cuando admitamos que a igual trabajo corresponde igual sueldo, que las cargas familiares deben ser compartidas, que nadie es propiedad de nadie, que todos somos necesarios y nos complementamos, que somos seres con la misma dignidad y dignos del mismo respeto.

La carrera, por desgracia, no ha terminado. Incluso suponiendo que somos parte de un colectivo civilizado, respetuoso, sensible ante la injusticia, sin embargo estamos lejos de cumplir con dichos derechos. No es la primera vez que insisto en este tema y supongo que tampoco será la última porque en el terreno de las igualdades avanzamos a paso de tortuga. ¡Lentos que somos!

PEPE CANTILLO
FOTOGRAFÍA: DAVID CANTILLO

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