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  • 20.4.16
La coincidencia del título de esta columna de opinión con el de la legendaria canción de Gabinete Caligari, aunque buscada, nada tiene que ver ni con la ciudad castellanoleonesa de ese nombre ni mucho menos con el referido grupo de rock español de la tan mitificada Movida madrileña. La verdad, respetado lector, es que solo intento atraer tu atención y, con este fácil juego de palabras, aprovechar la reciente y precipitada dimisión del ministro Soria, que fuera titular de la cartera de Industria, para reflexionar contigo sobre un tema al que, si algún conferenciante de ocasión tuviera que darle nombre para alguna de sus charlas, bien podría ser éste: “La mentira como camino hacia el éxito”.



No quiero esta vez hablar de política, lector sufrido, aunque el contexto y los personajes lo impiden. Por delante vayan mi respeto y mi constitucional presunción de inocencia hacia el señor Soria, paralelos al hecho constatable de que el susodicho, siendo ministro, negó su participación en empresas familiares radicadas en paraísos fiscales y, tras recibir el respaldo público de sus compañeros de partido avalando sus palabras, la aparición de un documento con su firma estampada puso en evidencia que no había dicho la verdad y dejó en comprometida situación a los compañeros que lo apoyaron.

A partir de entonces, el señor Soria carga con la sospecha de en qué otras mentiras que le hicieron prosperar pudiera haber incurrido durante su carrera política.

Porque es de pensar que si el dimisionario ministro hubiese hecho públicas en su momento sus ahora criticadas actividades empresariales, aunque en ningún modo estaban fuera de la legalidad, su carrera política no hubiera sido tan afortunada y quizá no hubiera llegado a ser ministro, lo que viene a confirmar que, en la vida, la verdad suele cerrar muchos caminos y, en cambio, mintiendo podemos llegar muy lejos.

Sin quererlo, el señor Soria nos ha mostrado con su ejemplo que hay un camino a seguir para todos aquellos que aspiran a ser triunfadores: el llamado camino “Soria”, que consiste en asumir que lo censurable del mentiroso no está en mentir, sino en que se descubra que mintió. Otra cuestión será la conciencia ética de quien ejerce la mentira, así como la esclavitud en la que cae el que hace de su persona un retrato de aquel personaje de Moliere llamado Tartufo.

Creo, sinceramente, que no es relevante que el señor Soria sea militante de un partido político concreto, pues opino que bien podría estar en cualquier otro y, es más, apostaría incluso a que no hay partido político, tanto de los de la “casta” como de los “descastados”, que no tenga entre sus filas firmes y convencidos seguidores del camino Soria en la carrera política.

Y lo más triste es que este tipo de personas, cuando son desenmascaradas y puesto en evidencia su tartufismo moral, causan un perjuicio mucho mayor que el que eventualmente pudieran provocar con sus mentiras: pueden hacer que ciudadanos como tú, lector, se sientan engañados, desencantados de la política y tiren la toalla para dejar a esos charlatanes de feria que campen a sus anchas. Yo me resisto en caer en ese dañino pensamiento. No creo que esos individuos puedan burlarse de la gente honesta. No quiero creerlo. ¿Tú qué opinas?

ANTONIO SALAS TEJADA

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