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  • 26.4.16
La escena tuvo lugar en la Universidad, en el aula paraninfo, que estaba a rebosar de gente. Muchos no eran estudiantes ni del ámbito universitario. Estaban allí no para participar en un acto académico, aunque de tal apariencia estaba revestido, sino para escuchar un discurso sobre una ideología que, en la opinión de los organizadores, estaba llamada a transformar España.



Un profesor de aquella Universidad, metido en política desde hacía poco, peroraba, a manera de conferencia, acusando e insultando, con nombres y apellidos, a quienes tenían la osadía de criticar la doctrina de la que se hacía apóstol.

Los aplausos eran profusos. En ese momento, alguien de los presentes tomó la palabra para defender el derecho a opinar distinto, pedir respeto y discrepar de las premisas doctrinales allí proclamadas. El conferenciante contestó en tono chulesco descalificando a quien osó interrumpir. La voz del espontáneo quedó ahogada entre abucheos de la gente y el acto terminó con vítores y aplausos a los líderes del movimiento político que allí se ensalzaba.

Puede, estimado lector, que este suceso, así descrito, te parezca una anécdota entre muchas. No obstante, en un manual de Ciencias Políticas, aparecerá como un ejemplo de cómo se vive bajo un régimen político totalitario.

Lo narrado ocurrió hace ochenta años, durante la guerra civil española, un 12 de octubre de 1936 en la Salamanca ocupada por el ejército franquista. El encargado de pronunciar el discurso era un tal Francisco Maldonado, un mediocre profesor de Literatura, y el espontáneo que se atrevió a discrepar en voz alta se llamaba Miguel de Unamuno, a la sazón, rector de la Universidad donde se celebraba el acto.

Entre los que ahogaron las palabras de Unamuno con vítores necrófilos y arengas patrióticas fue un tal Millán-Astray, militar de la legión cuya presencia, por faltarle un brazo y un ojo, no pasaba desapercibida. Unamuno fue detenido, puesto en arresto domiciliario y, de manera imprevista, su fallecimiento fue anunciado a los dos meses del incidente.

Hace no más de una semana, también en un espacio universitario rebosante de gente, un líder político, en un discurso apologético de la ideología que promocionaba, arremetía contra los profesionales del periodismo y los medios de comunicación críticos con su partido. La gente aplaudía enfervorizada. Una periodista presente interrumpió para pedir respeto a la libertad de prensa y al derecho a informar y opinar sin censura. El referido político, en tono de burla, descalificó a la atrevida periodista, cuya voz quedó ahogada entre sonoros abucheos de la gente, viéndose obligada a abandonar la sala.

En mi opinión, los dos incidentes mencionados mantienen cierto paralelismo y me llevan a reflexionar sobre la facilidad con la que el totalitarismo cala en una sociedad democrática hasta conseguir que deje de serlo.

El totalitarismo se nutre de la gente, en cuyo altar sacrifica a las personas hasta anularlas. Por eso, fue la gente la que ahogó la voz de Unamuno y también fue la gente la que expulsó a aquella periodista que pidió respeto a la libertad de prensa. Para el totalitarismo, la voluntad de la gente lo justifica todo y se impone ante todo.

La gente es la muchedumbre, es una masa intocable, anónima e impune a la que todo se le permite y que está por encima de la propia ley. Y es la propia gente la que le otorga a su líder la misión de interpretar los deseos y la voluntad de ella, hablar por ella, pensar en lugar de ella, decidir en nombre de ella… Espero que en mí país, que también es el tuyo, querido lector, nunca ocurra esto.

ANTONIO SALAS TEJADA

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