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  • 15.1.17
El año pasado se llevó a cabo en el Museo del Prado una exposición antológica de las obras de El Bosco. El éxito fue rotundo, dado que, de todas las monográficas habidas en la zona de ampliación del Museo, fue la que contó con mayor asistencia de gente. Gentes de distintas nacionalidades que deseaban ver reunidos en nuestro país los cuadros y dibujos del genio holandés.



Gran parte de las obras expuestas del Bosco correspondían a las que realizara en los inicios del siglo XVI, ya que su vida transcurrió a caballo de dos siglos: entre el XV y el XVI. Y si hago referencia al dieciséis se debe a que también esta época conoció a otro singular pintor: el italiano Giuseppe Arcimboldo.

A diferencia del genio holandés, creador de mundos tan sorprendentes que aún hoy son motivo de indagación y estudio, Arcimboldo se centra en la metamorfosis pictórica de rostros humanos generados a partir de frutas, hortalizas, plantas, hojas, peces, etc.

De todos modos, hay un punto que les une, ya que sus cuadros no son respuestas visuales de lo que el hombre percibe en su entorno; responden, más bien, al espacio de los sueños y de las fantasías que habitan en cualquier ser humano, por lo que para encontrar dignos continuadores de ambos tenemos que desplazarnos al siglo XX y acercarnos a surrealistas como Salvador Dalí, René Magritte o Giorgio de Chirico para entender que el mundo onírico también es representable en imágenes.

A diferencia de las frías tierras holandesas que vieron nacer a Jeroen Anthonissen van Aken (ver ¿Irás al infierno?), Giuseppe Arcimboldo vino al mundo en 1527, a las cálidas tierras de Milán y dentro de una familia de pintores.

El entorno familiar fue un factor decisivo en su vida, dado que desde muy pequeño estuvo en contacto permanente con el taller artístico paterno. De su adolescencia y juventud no se conocen obras significativas. Se sabe que, a la edad de 22 años, tanto él como su padre recibieron el encargo de diseñar las vidrieras de catedral de Milán, así como una serie de tapices para la catedral de Como.

Estos trabajos de diseño, consistentes en la realización de los bocetos y dibujos previos a la ejecución de los mismos en las vidrieras, configuraron la base de su formación antes de dar el salto definitivo hacia la pintura que, desde el punto de vista de los estilos pictóricos, se la suele encuadrar dentro del manierismo.



Giuseppe Arcimboldo se dio a conocer más allá de las tierras milanesas cuando tuvo la singular idea de pintar rostros a partir de frutas y hortalizas, circunstancia que despertó amplia curiosidad entre los reyes europeos, deseosos de novedades con las que mostrar sus renovados gustos a los miembros de sus cortes.

Esto dio lugar a que fuera pintor de la corte de los Habsburgo durante veinticinco años, entre 1562 y 1587. Para ello, tuvo que dejar su taller de Milán e ir a residir, primeramente, a Viena, para después instalarse en la ciudad de Praga.

Puesto que su esquema compositivo lo fijó de modo muy preciso, como ejemplo prototípico del modo en el que el construía los rostros de sus personajes muestro el retrato que hiciera en el año 1591 para el emperador Rodolfo II, y que actualmente se encuentra expuesto en el museo Skokloster de Estocolmo.



Quizás el tema más popular de todos los realizados por Arcimboldo fuera el que, a instancias del emperador Maximiliano II, plasmara como “Las cuatro estaciones”, es decir, cuatro personajes que simbolizan cada uno de ellos la primavera, el verano, el otoño y el invierno.

Su punto de partida sería expresar, en distintos rostros humanos puestos de perfil, los cambios que se producen y se muestran en la naturaleza a través de las conocidas estaciones que marcan los ritmos anuales.

En este caso, y puesto que la forma equilibrada de mostrar los rostros es mirándose uno al otro, traigo una de las versiones correspondiente a los lienzos referidos al verano y a la primavera, dado que esta temática fue muy repetida por el pintor milanés.



Pudiera sorprender que haya incluido a un pintor como Giuseppe Arcimboldo dentro de la serie Arte y horror, dado que sus lienzos parecen festejar la vida a través de los frutos que la naturaleza nos proporciona.

Ciertamente, el carácter festivo, alegre y vitalista está de modo continuo en sus cuadros; sin embargo, esas metamorfosis que evolucionaban de las plantas y frutos hacia los rostros humanos, en ocasiones, provocan cierto horror y repulsión en el espectador que los contempla.

Esto que indico puede comprobarse cuando observamos su versión de “El invierno”, cuadro que es posible contemplar directamente si visitamos el Museo del Louvre en la capital francesa, ya que es en esta pinacoteca el lugar en el que se encuentra una de las versiones más conocidas.



A la sensación de desagrado que provoca el tronco del árbol con el que construye el rostro de “El invierno”, se unen las de agobio y cierta repugnancia que surgen al contemplar los lienzos titulados “El agua” y “El jurista”.

Ciertamente, el primero de los indicados, “El agua”, construido con animales marinos (peces, pulpos, tortugas…), resulta bastante desagradable; más aún, si pensamos que se trata de un rostro de mujer, dado que la palabra ‘agua’ es femenina, tal como el autor nos lo hace ver con el collar de perlas que añade al conjunto.

“El jurista” lo pintó en 1566. El cuadro se encuentra también en el Museo Nacional de la capital de Suecia, es decir, en Estocolmo. Como puede apreciarse, el rostro se compone de pollos desplumados y de pescado, de modo que del mismo se desprende una desagradable mueca de desprecio en la boca del personaje que surge de esta composición.



Giuseppe Arcimboldo fue un pintor muy popular en vida. Sin embargo, llegó un momento en que sus obras ya no causaban el asombro de sus inicios, por lo que, tras su fallecimiento, en 1593, no hubo continuadores de las mismas, hasta que los surrealistas del siglo pasado retomaron las ideas que subyacían en sus pinturas para profundizar en el mundo de los sueños, el erotismo o el absurdo de la existencia.

Cierro este breve recorrido por su obra trayendo otros dos lienzos en los que podemos comprobar cómo también se adentró en la elaboración de personajes a partir de objetos, tal como podemos ver en “El camarero”, pintado en 1574, y que nos muestra a un personaje resultado de la articulación de barriles, vasos, jarras, etc., elementos de la vida cotidiana de las tabernas de entonces.

AURELIANO SÁINZ

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