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  • 21.3.17
No descubro nada nuevo al afirmar que la idoneidad de los exámenes como método para evaluar el nivel de conocimientos de un alumno es escasa. Son múltiples los factores que pueden influir el día del examen y darnos una idea equivocada de lo que sabe o no nuestro alumno. En este sentido, quizá sea el trabajo diario y la variedad de tareas evaluables las que salven estas deficiencias de las que adolecen los exámenes.



Pero no podemos olvidar que el sistema educativo superior, aquel en el que se adentra el alumno a partir del Bachillerato, se basa, precisamente, en estas pruebas tan denostadas actualmente: la Universidad se basa en un sistema de calificación casi exclusivamente basado en exámenes. Incluso para acceder a determinadas profesiones, como la que ejercemos los docentes, tenemos que aprobar –y dentro del rango de plazas disponibles para ese año– un examen terrible: las oposiciones.

La paradoja es tremenda: ¿cómo no preparo a mis alumnos para un sistema académico y profesional basado en exámenes? Cuando surge el debate no puedo sino tener la sensación de que estamos empezando la casa por el tejado: dejemos de hacer exámenes en clase, busquemos métodos de calificación alternativos, fuera las clases donde el profesor explica, ¡arriba los vídeos de menos de cinco minutos!

Y cuando acaben 4º de ESO, ¿qué será de ellos? ¿Es razonable cursar un Bachillerato sin realizar un solo examen como aquellos a los que se habrán de enfrentar en Selectividad? ¿Es razonable entrar en una Universidad sin saber hacer correctamente un examen, o memorizar, o prestar atención durante más de cinco minutos a un humano que te habla en directo?



Lo más sangrante es que, en demasiadas ocasiones, los mismos que te tachan, cuando menos, de decimonónico por hacer exámenes son los mismos que piensan que eres un profesor de segunda por ser interino. ¿No habíamos quedado en que los exámenes son injustos y antipedagógicos? ¿O es que solo durante la etapa escolar?

No podemos renunciar a los exámenes como método de evaluación mientras el futuro académico y profesional de nuestros alumnos se encuentre condicionado, precisamente, por saber realizarlos correctamente. Cambiemos el sistema si es necesario, pero empezando por arriba. Si pretendemos eliminar la natación, antes habrá que vaciar la piscina.

PABLO POÓ

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