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Cualquiera sabe que la trayectoria del juez Baltasar Garzón (Torres, Jaén, 1955) le ha llevado a la investigación de los delitos más dispares y de mayor relevancia, ya sean crímenes contra la humanidad, terrorismo, terrorismo de Estado, narcotráfico, corrupción política, crimen organizado o delincuencia económica. Su vocación por la justicia es invulnerable. Él lo dice así: “Me gusta pelear por las víctimas”.



Ahora lo cuenta todo en En el punto de mira, un libro de más de mil páginas, después de que la editorial le podara otras quinientas. Cuando escribe, igual que cuando habla, le gusta hacerlo con tiempo por delante. Confiesa que incluso las dedicatorias de sus libros son extensas.

Dirige la defensa jurídica del fundador de Wikileaks, Julian Assange, y el despacho de abogados ILOCAD, y preside la Fundación internacional que lleva su nombre, FIBGAR, que centra su actividad en la defensa y promoción de los derechos humanos y la Jurisdicción Universal.

Además, es autor de nueve libros y múltiples artículos. En 2012, el Tribunal Supremo le condenó a once años de inhabilitación por la interceptación de las comunicaciones entre los máximos responsables de la organización criminal Gürtel y quienes los visitaban en la cárcel, incluidos los letrados.

Viste traje de color gris, camisa blanca y corbata de un rojo apagado e indefinido. Habla con la elocuencia del profesor y la contundencia del juez que encuentra en sus argumentos indicios de elocuencia y de verdad contrastada. A veces, habla en tercera persona cuando cita al juez el ciudadano que está sentado frente a la grabadora para recrear recuerdos que ya están impresos.

No le molesta que le llamen "juez estrella", pero le apena una expresión que no sabe con certeza qué significa. Colecciona viñetas en las que él es el protagonista. Su libro está trufado de estos dibujos ingeniosos, a veces mordaces, o justos, o soeces. Dice que nunca pensó, cuando inició la investigación, que la equis de los GAL fuese Felipe González. Pero en julio de 1995 planteó ante el Tribunal Supremo la posible responsabilidad de distintos aforados y entre ellos destacaba el presidente del Gobierno.

Fue pionero en el uso de los “arrepentidos” como método de investigación. Su modelo estaba muy relacionado con el de jueces como Giovanni Falcone o Pablo Borsellino y fiscales como Caponnetto o Pietro Colombo. Hizo frente al terrorismo de ETA, GRAPO, Terra Lliure, los GAL o la extrema derecha.

El asesinato de Carmen Tagle fue el atentado que más le conmocionó. También él sufrió un atentado frustrado. Intentaron colocar una bomba debajo de la casa en que veraneaba la familia. Quemaron además el vehículo de su hija aparcado en el domicilio.

Pintaron el coche de su segunda hija con una cruz gamada. Envenenaron a la perra. Además, ha recibido más de sesenta querellas por su actividad en la Audiencia Nacional. En 1990 comenzó a investigar el terrorismo yihadista. Reconoce que ya entonces el peligro era latente Él lo dice de esta manera: “Era evidente que nos iban a comer”. Siempre sereno, sonríe, escruta el paisaje cerrado de esta sala de hotel, y mira adentro de él mismo la respuesta oportuna, argumentada, extensa, sólida, cierta.

—Cuarenta y tres años dedicado al estudio y aplicación del Derecho, como universitario, opositor, juez, profesor, abogado, activista de los derechos humanos y ahora como aprendiz de escritor, como usted dice. ¿Cómo se las apañó para estar siempre en el punto de mira?

—A veces, no lo busca uno. Sin lugar a dudas es por la posición de responsabilidad y también por la forma de afrontar los temas. Si te quedas quieto, casi nunca ocurre nada. Si te mueves, el propio movimiento conlleva riesgo y, si además, afrontas retos que son difíciles, sin lugar a dudas vas a ser objetivo o puedes serlo, para bien o para mal.

Por tanto, es verdad que yo siempre, a lo largo de mi vida, he tomado decisiones que me han llevado a estar siempre en el filo de la navaja, en el punto de mira o, en cualquier caso, en riesgo de que tus decisiones comporten unos resultados que no siempre son favorables. Pero creo que merece la pena.

—Juez estrella, juez mediático, juez vedete, juez protagonista, juez campeador. No le molesta, pero le apena la ligereza con la que se abordan cosas tan serias.

—No me molesta. Efectivamente, "me apena" es la expresión. Y sobre todo el hecho de que no se profundice. Que te pongan una etiqueta pero que después se profundice en el trabajo que haces, sea con visión crítica o favorable, eso es lo correcto. Esto es como los titulares. El periodista hace la entrevista y luego quizás los titulares principales se ponen porque van en la línea editorial. Por tanto, yo nunca me fijo en el titular, sino en el contenido. Cuando el titular y el contenido van en línea, pueden ser muy duros, muy ácidos, pero yo lo acepto. Cuando no, pues me pueden molestar, pero en todo caso respeto.

Yo soy una persona que, a pesar de que teniendo que tomar decisiones graves en investigaciones judiciales y que han sido arriesgadas, y que me han comportado prejuicios personales y profesionales, soy sumamente respetuoso con la opinión divergente. Entonces, "juez estrella", nunca he sabido qué querían decir con esto. Nunca me lo han sabido decir. "Es que sale mucho en los medios". Bueno, será porque me sacan ustedes.

Yo cuento alguna anécdota. Durante algún tiempo traté de ser algo diferente. Decían: "es que entra por la escalera de la Audiencia Provincial". Digo, bueno, voy a entrar por el garaje. Y entonces: "se esconde entrando por el garaje". "Va con la chaqueta en los hombros". No, va sobre el brazo. Cómo quieren que lo haga. O cuando vas con un maletín y tropiezas al entrar en la Audiencia Nacional y casi te caes, pero no te caes. Y te pasan casi seis meses reproduciendo la misma foto. Bueno, no sé.

—Su libro está ilustrado con las viñetas en las que usted es protagonista y que fueron publicadas a lo largo de los años en la prensa de todo el mundo. Algunas amables y otras crueles o groseras. ¿Se identifica en algunas, no se reconoce en otras, le molestan o no les hace ni caso?

—Me gusta coleccionarlas, porque creo que la viñeta, el dibujo humorístico o no humorístico, es un arte. A mí me ha impresionado siempre, porque con cuatro trazos te identifican lo que muchas veces no consigues explicar en cien páginas. Siempre me ha gustado verlo. A veces, comparto su visión. A veces, duelen. Porque dices quizás les falta una información o quizás es un análisis superficial, y otras dan certeramente en el clavo.

En un caso y en otro, lo que ocurre es que me gusta coleccionarlas. Y de ahí surgió la idea del libro En el punto de mira, que pretendía ser más viñetista y menos comentarista y al final se convirtió en lo contrario. Pero no quería dejar de incluir las viñetas que, efectivamente, unas son críticas, otras favorables, otras ácidas, otras complicadas.

—Dice que lo más difícil ha sido transmitir la vorágine que suponía llevar el Juzgado Central número 5, un constante hervidero de abogados, imputados, testigos, policías. ¿Tal era la actividad?

—Era una actividad muy frenética. Hubo momentos en que yo tenía 250 presos preventivos. Entonces era un conglomerado de actuaciones que no trascendían a los medios de comunicación, salvo la punta del iceberg. Y sin embargo, no llegaban nunca a la complejidad de funcionamiento de un órgano judicial como el Juzgado Central de la Audiencia Nacional, donde simultáneamente tenías importantes casos de narcotráfico, de corrupción, de actividad económica, de terrorismo nacional, interior, de crímenes de lesa humanidad y a la vez podías tener un fraude de IVA que a nadie le interesaba o un Fórum Filatélico con 300.000 víctimas, unas víctimas en 30 países de todo el mundo, cooperación jurídica internacional.

En definitiva, era muy complejo, muy difícil de transmitir lo que todo eso supone. Y reuniones permanentes con grupos de Policía, de Guardia Civil, de policías autonómicas, coordinando operaciones. En fin, muy complejo.



Lo que he procurado en el libro es tratar de entrelazar de forma ágil para que el lector se dé cuenta de que no solo es lo que cuento sino que hay un trabajo muy duro permanente y, sobre todo, en equipo. Es decir, no es Baltasar Garzón, aunque en la portada del libro aparezca mi imagen. Es todo un conjunto de trabajo y lo digo. Por eso le dedico el libro a quienes han trabajado conmigo, a funcionarios, jueces, fiscales, abogados, letrados de la Administración de Justicia. Incluso a mis enemigos, que no lo son míos.

—A las pocas semanas de llegar al Juzgado inicia el caso GAL. Cita usted en el libro las acciones de determinados medios contra usted por la investigación de los GAL, portadas en las que se cuestionaba su compromiso en la lucha contra ETA y las intervenciones del ministro Belloch “interfiriendo en el desarrollo de sus investigaciones sobre los GAL”.

—Sí. Yo nunca he comprendido cómo personas que proceden del mundo de la Justicia, cuando llegan a la política, se olvidan de que la independencia es uno de los sellos de la justicia y una de las garantías y traten de mediatizarla o desvirtuarla en función de los intereses políticos que en ese momento se tengan. Y es una constante fricción, confrontación, que no es malo que se produzca, pero cuando hay una invasión o se trata de politizar una acción o de judicializar por la política, por ejemplo, nunca me ha gustado.

Lo que ocurre es que son temas tan sensibles los que se debates en la Audiencia Nacional o en ese momento se debatían que, quieras que no, había una tentación muy grande de deslegitimar la acción. Que para mí, y lo digo con honestidad y con serenidad, fue en el caso del GAL un grave error esa interferencia para que no se descubriera hasta sus últimas consecuencias lo acontecido.

Porque descubriéndose, lo primero es que nadie es imprescindible en ningún lugar, y el que haya tenido una responsabilidad, si se puede determinar, es mucho mejor a que se quede oculta. Porque si se queda oculta genera desconfianza hacia la ciudadanía. Si se limpia, se potencia el sistema y la gente confía en la justicia y no le ponen marcos diciendo es de un sitio, es de otro. Y ahí nos debatimos en aquel momento.

Torpemente, algunos hablaban de desprestigiar a quien investigaba y no profundizaban en el hecho gravísimo o atentatorio contra el sistema democrático que era generar una dinámica delictiva para combatir el delito. Yo creo que se refuerza el sistema y el Estado de Derecho cuando se consigue hacer frente también a esa deriva peligrosísima que es actuar fuera de los márgenes de la ley.

—¿De verdad nunca pensó que la X de los GAL fuera Felipe González?

—Nunca me lo planteé. Muchas veces lo he dicho y lo sigo diciendo. Cuando yo inicio la investigación de los GAL en marzo de 1988, yo no tenía el background que puedo tener ahora. Yo no excluía ninguna responsabilidad, pero tampoco predeterminaba cuál era la responsabilidad posible.

Es decir, partiendo de unos indicios que me indicaban claramente que dos funcionarios policiales y una serie de hampones o de personas relacionadas con el crimen organizado estaban actuando ilícitamente, secuestrando, asesinando, persiguiendo, colocando explosivos en el sur de Francia, había una responsabilidad por arriba. Claro que sí. ¿Qué nombre ponerle? No lo sabía en ese momento. Y por eso puse la equis. Era a partir de los superiores, como yo dije. Eso se puede interpretar de forma muy amplia.

Lo que ya hice como juez fue ir haciendo jalones, subiendo peldaños por donde los indicios y las pruebas me permitieron. A partir de ahí ya no pude decir otra cosa. Pero recuerdo que en julio de 1995 yo planteé ante el Tribunal Supremo, ante la Sala Segunda, la posible responsabilidad de distintos aforados; y entre ellos estaba el presidente del Gobierno, que en ese momento era Felipe González. No lo valoré, dije, no puedo valorar. Decidan ustedes si aquí hay material o indicios. El Tribunal Supremo dijo que no. Posteriormente, en el caso de Guerra, dijo que no. Por tanto, a eso nos atenemos.

—Sus indagaciones levantaron suspicacias, por decirlo de algún modo. Le dijeron que le traerían complicaciones y le proporcionaron protección policial.

—Y curiosamente, la primera protección oficial que tuve en el año 88 fue debida a los GAL y no a ETA. También es verdad que los medios que me dieron para investigar los GAL fueron bastante pocos. Un policía primero y uno más después. Y ahí nos quedamos. Y todo, trampas, dificultades, negociaciones respecto de fondos reservados, de actividades.

Y fuimos peldaño a peldaño, consiguiendo pequeños elementos, indicios, hasta construir lo que aparentemente había sido una trama bastante importante. Y la protección, cuando vienen los dardos desde dentro, por mucha que te pongan, siempre es insuficiente.

Es verdad que eso duró un año, porque desgraciadamente después del asesinato de la fiscal Carmen Tagle, en septiembre de 1989, nos pusieron protección a todos los jueces y fiscales ya por ETA. Y estar en las listas de los objetivos de ETA pues era lo normal porque eras juez de la Audiencia Nacional y siempre íbamos a estar en esa lista.

—Para usted, la pervivencia del crimen organizado y del narcotráfico es uno de los mayores fracasos de las estructuras de poder de las sociedades modernas. Usted siempre fue partidario de apuntar al corazón de las organizaciones criminales. ¿Y de legalizar la droga?

—Más que de legalizar la droga, yo he sido y sigo siendo partidario de la investigación del crimen organizado pero no por los laterales, no por las ramas, sino de ir al núcleo. El núcleo en una organización criminal es su estructura financiera, es el objetivo para el que existe una organización criminal. Existe para enriquecerse o bien para una lucha política o bien para una lucha económica y obtener un beneficio político, económico.

Cuando se trata de la industria del narcotráfico, llevamos casi cien años peleando contra esa estructura. Fue en el Tratado de Versalles de 1919 cuando se prevé por primera vez la penalización del contrabando de opiáceos. Lo que ocurre es que hay toda una superestructura de represión y se ha marginado posibles soluciones o alternativas.

Hay iniciativas en países latinoamericanos al máximo nivel donde, bueno, si la industria de la droga se potencia con esa represión a ultranza que genera mayores demandas y ofertas simultáneamente, combatámoslo de otra forma. Por qué no ser selectivos, por qué no ver al drogodependiente como una víctima, por qué no atacar esas estructuras financieras, por qué no dar un sentido diferente, una educación responsable. Convivir con determinados elementos sin necesidad de usarlos.

No está tan lejos aunque esté lejos, pero aquellos grandes de la policía, como Eliot Ness, y todos estos que lucharon por el tráfico ilícito de alcohol y de las apuestas y tal. Hoy existen las apuestas, existe el juego, el alcohol está legalizado, el tabaco está legalizado y, sin embargo, hacen tanto daño como pueda ser el consumo de marihuana o de cocaína.

La cuestión no está en esos consumos. La cuestión está en saber convivir con este tipo de consumos dañosos para la salud y seleccionar las conductas más graves. Por ejemplo, cuando se implica a personas especialmente vulnerables.

—Usted fue pionero en el uso de los “arrepentidos”, como medio de investigación, al estilo de los ‘pentiti’ en Italia.

—Es cierto que mi modelo de investigación estaba muy relacionado con grandes jueces como Giovanni Falcone, como Pablo Borsellino, con fiscales como Caponnetto o fiscales anticorrupción del pool de Milán, como Pietro Colombo. Fuimos contemporáneos también con muchos de ellos.

Recuerdo la fecha terrible del asesinato de Giovanni Falcone en mayo del 92 y cuando asistí en Palermo a su entierro. Cosa impresionante. Y consiguió con su muerte lo que no se conseguía en vida por los políticos: confrontar el crimen organizado en forma coordinada.

Uno de los mecanismos era el de los arrepentidos, el de los pentiti. Es verdad que comporta unos riesgos, pero desafortunadamente todavía al día de hoy no hemos sido capaces de regular otro tipo de conductas o de colaboración. Que tiene que tener sus contrapesos, evidentemente. Pero, hoy por hoy, lo podemos trasladar a lo que se conoce como los denunciantes, la confidencialidad de las denuncias en los casos de corrupción o de seguridad del Estado de grandes secretos de legalidades, de grandes contratos fraudulentos de armas y demás y, sin embargo, no somos capaces.

Decimos que hay que perseguir la corrupción y a quien combate la corrupción denunciándola no lo protegemos. Los dejamos después abandonados. ¿Cómo es posible eso? Nadie lo va a hacer. Por tanto, hay una doble moral permanente en que se dice es interesante este sistema pero a la vez no se legisla y no se protege adecuadamente.

Recuerdo el caso de los arrepentidos en la Operación Nécora. Realmente no existió nunca un mecanismo de protección adecuado. Hasta el punto de que ellos se volvían años después contra el único que conocían que era yo, el juez de instrucción.

Pero el juez de instrucción estuvo un tiempo y después perdió la competencia. Legalmente no podía hacer nada. Y, sin embargo, hacía todo lo posible porque se le mantuvieran una protección oficial, pero no hubo ni hay, que eso es lo más grave, un sistema de protección para potenciar con todos los requisitos y limitaciones ese tipo de colaboración.

—Desde 1998 hizo frente al terrorismo, no solo de ETA, sino de los GRAPO, Terra Lliure, los GAL o la extrema derecha. Intento de atentado al Rey, el secuestro de Ortega Lara, el asesinato de Ernest Lluch, etcétera. ¿Qué hecho le conmocionó más desde un punto de vista personal?

—Sin duda, el asesinato de Carmen Tagle me impactó muy fuerte. Pero todas las acciones terroristas igualmente me impactaron. Todos y cada uno de los atentados que he vivido. El caso de Ortega Lara, tenerlo enterrado en vida por más de 500 días, era tremendo. Es decir, hasta dónde llega la insensibilidad del ser humano y la bajeza, pero también cuando confrontas investigaciones de la dictadura argentina, de Pinochet. No puedo olvidar todos los testimonios y hasta dónde la degradación puede llegar.

Han sido muchos escenarios. Las víctimas de la droga... En fin. La verdad es que no podía decir cuál de todos ellos me ha impactado más., sino que es el conjunto y, sobre todo, el dolor y el daño a las víctimas y la insensibilidad respecto de las víctimas. Cuando esta procedía del ámbito judicial, me revelaba y me repugna. Es decir, no tener esta sensibilidad frente a quien sufre las consecuencias del rito que, desgraciadamente, se produce a veces es muy duro.

—También usted sufrió un atentado frustrado, le “blindaron” el despacho. “Acabaré contigo”, juró un GRAPO. “No se me va a olvidar tu cara”, amenazó otro. Dice usted que todo esto va en el cargo. ¿Se sobrelleva igual el trabajo cuando le quieren de esta manera?

—Intentaron colocar una bomba debajo de la casa donde veraneábamos. También en un barco que íbamos a utilizar. Sabes a lo que te arriesgas. Nadie me obligó a estar en la Audiencia Nacional. Fue una decisión voluntaria. Y si tú vas a un puesto donde tienes que confrontar, investigar y enfrentarte a organizaciones criminales, que no son precisamente amables, si tienes que decretar una prisión del segundo narcotraficante de la guerrilla del mundo, que impasiblemente por teléfono ordenaba el asesinato de una persona en Berlín y tener que perder los segundos para llegar y evitarlo, sabes que lo mismo te puede tocar a ti.

Cuando este tipo mandaba sus alijos, porque después fue puesto en libertad por un error del tribunal, mandaba alijos de heroína desde Turquía y decía: “Esto es mejor para la salud que Garzón”. Bueno, eran mensajes. O cuando Silva Sánchez dijo: “No se me va a olvidar tu cara”. Bien, cuando aparecías en una lista o cuando decían: “El kilo de carne de Garzón está bastante barato”.

Cuando le queman a mi hija el vehículo aparcado en mi domicilio. Cuando le pintan a mi otra hija una cruz gamada en su vehículo. Cuando te envenenan la perra. Cuando entran en tu casa. Cuando te aflojan los tornillos de las ruedas del coche. Cuando te intervienen las comunicaciones. Sí, efectivamente, no es agradable. Pero, bueno, es el cargo.

Yo permanecí allí porque quería estar y me fui porque me echaron. Y me dieron la posibilidad de llegar a una especie de pacto, un contubernio espurio; es decir, si te marchas, toda la acción judicial contra ti se paraliza. Que cada cual asuma su responsabilidad. Yo asumo la mía y sigo peleando por ella.

—Recibió un total de 54 querellas por su actividad en la Audiencia Nacional y solo una prosperó, la de las escuchas Gürtel, un procedimiento que, desde un comienzo, estuvo encaminado a condenarle. Pero veo que le querían en todas partes.

—Sí. Me siguen queriendo, porque se han ido produciendo algunas más. Lo mismo que yo hice, hizo el juez siguiente a mí, ratificó todas las medidas que yo tomé, las amplió y nunca se le molestó. Podía haber sido de otra manera, sí. También atender una querella de Manos Limpias por la investigación de los crímenes franquistas, cuando menos es bastante triste. Y, sobre todo, luego implementar los escritos de acusación porque no se acomodaban a lo que imantan las reglas procesales, pues también dice poco de un alto tribunal.

Finalmente, se dice: "bueno, se le absuelve porque no calibró las consecuencias". No. Sí las calibré. Además, la protección de víctimas y las persecución de los crímenes contra la humanidad, claro que sí. Yo creo que hay que tomar esas decisiones. Al final, me condenaron por un delito que no existía. Así lo mantengo yo.

Se creó una sentencia y, curiosamente ahora, la reforma de la ley de de 2015 prevé exactamente lo que yo hice. Cuando menos, es paradójico (ríe), que ni siquiera de oficio hayan dicho si esto no es delito cómo sigue condenado Garzón. Pero, bueno, así son las cosas. Hay que seguir adelante.

—En 1990 comienza a investigar el terrorismo yihadista. Confiesa que la soledad en aquellos años era total y sorprende que ningún compañero suyo asumiera que estábamos ante una actividad que se pudiera considerar terrorista.

—Así es. Solo un pequeño grupo policial, casi se puede contar con los dedos de la mano, trabajaba en ese ámbito. La Unidad de Información Exterior de la Policía. Y era solo la Policía, porque la Guardia Civil en ese tiempo no investigaba nada de esto. Eran cuatro o cinco personas y, cuando te planteaban las investigaciones, veías que era evidente por dónde íbamos y dónde está. Estaba cambiando. Era el final de la ocupación soviética en Afganistán. Eran los árabes afganos que volvían de zonas de Afganistán a zonas de conflicto. Era el surgimiento de los talibanes con financiación de la CIA.



Después abandonándolos. Era evidente que aquello se iba cociendo y, de hecho, los grupos que dieron lugar luego a la formación de Al Qaeda tenían su representación en España. Investigarlos no era una prioridad para nadie. Parecía como que estábamos analizando algo que era impensable. Incluso con el GIA argelino. No veían que era un lugar de reaprovisionamiento, un lugar de remanso donde se están reforzando para ir a otros lugares.

Lo que ahora se considera que está haciendo en todas las acciones del Estado Islámico, ya se estaba incubando allí. Entonces, yo soy crítico, y lo digo muy claro, porque la Historia avala esta posición, respondimos tarde. No obstante, en España respondimos antes que en ningún otro sitio. Y quizás por esto, aunque sufrimos el mayor atentado después de las Torres Gemelas por el terrorismo yihadista, en España no tuvimos que modificar ninguna ley para perseguir el terrorismo.

Hubo eficacia porque se había hecho ese camino antes, aunque no hubiese producido un resultado material, porque no había esa sensibilidad. En serio, yo decía: ¿cómo es posible que no comprendamos que esto es otro tipo de terrorismo?

Cuando yo oía a un presidente Aznar que decía no hay terrorismo, solo hay un terrorismo. No, hay muchos terrorismos. Al menos, en su mecánica, en su dinámica, hay una organización horizontal, no piramidal, es de células, están descoordinadas pero es de otra forma. Y ahora ves esto y todo el mundo dice "claro, claro". Pero quizás, solo quizás, si hubiésemos conseguido otros objetivos, otros resultados.

A mí me resulta muy grave que, por ejemplo, se dejara escapar a Amer Azizi, de la Operación Dátil, por la descoordinación entre servicios y que después este Amer Azizi fuera uno de los responsables, o que ideó, los atentados del 11-M. Bueno, pues esas son cosas que han ocurrido en España. Yo no digo que hubiese sido de otra forma, pero en el momento creo que se perdió demasiado tiempo en analizar el sexo de los ángeles en vez de atacar el problema que teníamos y que era evidente que nos iba a comer.

—La manipulación del Gobierno de Aznar para hacer creer que ETA estaba detrás de los atentados del 11-M le parece vergonzosa. ¿Y un tanto pueril?

—A mí lo que me avergüenza del tema del 11-M respecto de las reacciones, el dolor es inconmensurable, la discriminación de víctimas es tremenda, los ataques a Pilar Manjón, por ejemplo, y a víctimas del 11-M en España ha sido tan brutal, tan conscientemente brutal, por determinados responsables políticos, mediáticos, que ha durado más de una década. Ha hecho un daño en España tremendo. Y lo he dicho muy alto, muy claro, desde que comparecí en la Comisión de Investigación en julio de 2004 en el Congreso hasta el día de hoy. Y lo voy a seguir diciendo.

El episodio del ácido bórico, aquellas historias que se montaron eran unas cosas tremendas. Y mientras tanto, el mal, el yihadismo, seguía creciendo. Y aquí estábamos mintiendo a la gente cuando yo creo que es tratar como menores de edad a los ciudadanos. Explíquenles ustedes lo que ha pasado. No ocurre nada. Probablemente, los ciudadanos lo van a entender.

No somos suficientes para atajar este problema. Nos han sorprendido, pero vamos a ponernos todos a trabajar en este sentido. ¿Por qué mantener una mentira? ¿Por qué seguir alimentando esas dudas del propio Estado, cuestionando a jueces, cuestionando a fiscales, con campañas tremendas, diciendo "se está ocultando"?

Se implicó a servicios de inteligencia, a servicios policiales. Todos aparecían como un magma que después se volvió a repetir cuando el caso Gürtel. Y el primer condenado es un juez. Es un poco fuerte, ¿no? Y siempre la misma técnica. Es una técnica perfectamente estudiada. Se comienza por la difamación y se continúa avanzando por las acusaciones.

—Todos recordamos su paso por la política como 'número dos' por Madrid en las listas del PSOE en las elecciones de 1993. ¿Qué quedó de aquel periodo? ¿La frustración de un sueño incumplido o las ganas algún día volver al teatro político?

—Quedó la convicción de que el servicio público, sea desde la Justicia, sea desde la política, sea desde cualquier otro foro, es necesario para fortalecer la democracia. Yo siempre he creído que el Estado de Derecho se fortalece desde todos los puntos de vista. La actuación en punta de lanza frente a fenómenos criminales o políticos es necesaria con la diversidad, con la discrepancia.

Por tanto, yo quizás no calibré las fuerzas que podía despegar. Esa fue una acción que pensé que podía contribuir a esa regeneración que se prometía y no fue así. Entonces, creo que en política hay que ser coherente. Recuerdo que, en un programa de Antena 3 de 15 de abril de 1994, dije si nadie dimite de un Gobierno, tendré que dimitir yo para denunciar que eso está ocurriendo. Tres días después le presenté mi dimisión por escrito a Felipe González.

Y luego se trató de deformar políticamente para no recibir el gol. "Es que Garzón quería ser ministro". Si yo hubiera querido ser ministro, tenía nada más que haberlo pedido. Sencillamente. ¿O alguien duda que en ese momento en que el PSOE está en horas bajas, y por eso se me incorpora, iba a negar algo Felipe? No, no. Lo que pasa es que yo lo entendía de otra forma.

Después no se cumplió y yo consideré que mi contribución más positiva era irme. Por tanto, no me arrepiento. ¿Me equivoqué? Quizás. Pero me quedaron las ganas de seguir peleando políticamente porque creo que es una obligación de todos los ciudadanos.

—Igual se equivocó también Felipe no nombrándole ministro.

—Mire, esa es una decisión que le correspondía a él. Lo que puedo decir es que muchos años después me dijo: “Me equivoqué”. Bueno, pues vale. Decidido ya está. Yo entiendo la acción política, que puede ser de liderazgo en algunos puntos, pero yo la entiendo de equipo, de trabajo, de convicciones, no de repartos de cargos. Nunca he sido partidario del reparto de cargos.

—¿Ha pensado alguna vez que no le nombró ministro por miedo, porque no se fiaba de usted?

—Aquí hay que preguntárselo a él. No me interesaba serlo, de verdad. Yo pedí ser el número dos por Madrid. Eso sí lo pedí. Porque pensaba que siendo independiente y no formando parte de la estructura del PSOE, esa posición me permitía tener un peso político y que cualquier discrepancia tuviera una trascendencia potente.

Me enfrenté al aparato, me enfrenté en el momento en que lo tuve que hacer. Cuando no se cumplió lo que nos habíamos comprometido con los ciudadanos, yo me marché. Creo que era la decisión más honesta por mi parte. Haberme quedado para ver tiempos mejores no sería coherente con mi forma de ser. Entonces fui a mi puesto para seguir prestando servicio al Estado y a los ciudadanos.

—En la carta de dimisión que escribió a Felipe González el 18 de abril de 1994, le decía que había perdido el contacto con la gente sencilla, le pedía que reformara la Administración, que tomara medidas serias contra la corrupción y que, como nadie dimitía después de tanto escándalo, “quizá tenga que hacerlo yo”. Y dimitió. Cerraba la carta con esta frase: “No puedo ser cómplice, aunque sea por omisión, de la degeneración progresiva del sistema”. ¿Hoy firmaría la misma carta?

—Sí. En cierta forma, sí. En 1994, unos cuantos abogamos por luchar contra la financiación ilegal de los partidos políticos. Se ha conseguido en 2014, es decir, 21 años después. Y mientras tanto, ¿qué se hizo? A lo mejor hubiese sido diferente.

—No le gustó que el PSOE se abstuviera para que gobernara Rajoy.

—Yo no puedo participar en una abstención para facilitar el gobierno del PP y ahora tratar desde el Parlamento de paralizar todo. La situación es la que es. Esperemos que esa acción, por ejemplo, se concrete en una reforma de la ley de Jurisdicción Universal, que sea real, que haya planteamientos contrarios al Gobierno, pero que pueda agilizar una transparencia y una transformación real. Y, si no, tendremos que ir otra vez a las urnas.

Es muy grave para mí con el magma de corrupción que hay y la implosión del sistema para adentro por la corrupción nuestra y la de otros. Hasta que no superemos los unos y los otros, no vamos a estar en disposición realmente de superar ese fenómeno.

—Uno de los momentos culminantes en su carrera como juez fue cuando dictó orden de detención contra el exdictador chileno Augusto Pinochet por crímenes de lesa humanidad. Tuvo sus consecuencias, porque incluso Henry Kissinger canceló un viaje a Londres para no arriesgarse a que le pasara lo mismo.

—Yo creo que sirvió de mucho. Desgraciadamente, en España al final sirvió de poco porque el PSOE modificó la ley de Jurisdicción Universal en 2009 y el PP la remató en 2014. Esperemos que ahora se reactive con la iniciativa de todos los grupos, salvo el PP.

Sirvió porque fue un toque de atención en la impunidad generalizada que había en ese momento en muchos países. Sirvió para que las propias jurisdicciones internas de los países respectivos, de Chile a Argentina, de Guatemala, se reactivaran e hicieran lo que tenían que hacer. Es decir, investigarlos.

Yo no me siento menoscabado porque después la justicia chilena, a consecuencia de la detención de Pinochet, se activara, y no le juzgó y condenó porque se murió. Pero ha habido centenares de condenas. Ni tampoco porque Argentina esté ejerciendo la persecución de crímenes de lesa humanidad.

Se activaron como consecuencia de las investigaciones de aquí. Pero ese es el aporte fundamental. La Jurisdicción Universal tiene un componente que no solo es el de seguir los crímenes universales en una jurisdicción y cuando no es posible en un Estado, hacerlo en el suyo donde acontecieron sino colaborar, coadyuvar sin invadir. Hay cesión de soberanía, hay una soberanía compartida cuando son fenómenos criminales que afectan a la humanidad. Aquí no hay fronteras. No es cuestión de soberanía. La soberanía es la de la humanidad en sí misma.

Por tanto, no se pueden alegar fronteras para proteger la impunidad. ¿Cómo perseguimos el narcotráfico? Son fenómenos transnacionales. También los de lesa humanidad –genocidios, crímenes de guerra– afectan a toda la humanidad. Por tanto, no deben de ponerse impedimentos.

—¿Referéndum de autodeterminación para Cataluña y el País Vasco?

—El derecho de autodeterminación de los pueblos es un derecho reconocido en la Carta de Naciones Unidas. Lo que quizás en España falta es aceptar que somos una pluralidad de naciones, que somos una pluralidad de pueblos y tenemos que encontrar el sistema de convivencia federal correspondiente.

La Constitución española determinó un modelo de distribución territorial que, probablemente, era lo que se podía hacer en ese momento. Pero no es intangible. Por tanto, hay que encontrar ese modelo de convivencia en una sociedad cada vez más universal, más participativa. Y yo creo que es posible hacerlo. Desgraciadamente, tal como van las cosas, cada vez se encona más la situación.

—Su libro aparece en pleno juicio del ‘caso Gürtel’. Usted fue su primer instructor. Pese a tanta corrupción, el PP sigue ganando votos.

—Bueno, eso tendríamos que preguntárselo a los ciudadanos, ¿no? Es decir, ¿por qué? Que cada uno haga su reflexión. Quizás van en línea con que todavía en España no se han superado determinados ítems. Es decir, todavía hay "los míos" y "los otros". Cuando se habla que "se superó el franquismo", yo tengo mis dudas.

Mientras que se levanten ampollas porque se trate de proteger a las víctimas del franquismo, es grave. Mientras haya afirmaciones de que el franquismo no fue malo, es grave. Mientras que se haga un revisionismo permanente justificando determinadas conductas, es grave. Por tanto, habrá que preguntar a quienes así se comportan por qué lo hacen. Yo, desde luego, no voy a coadyuvar con mi decisión y mis votos a quienes no han combatido la corrupción como se debe, como exige una democracia.



—¿Por qué no prosperan en este país las investigaciones sobre los crímenes del franquismo, los niños robados, los muertos en las cunetas? Chile o Argentina han revisado su historia. Han estudiado los restos de Allende, de Neruda o de Víctor Jara. Aquí no sabemos aún dónde está enterrado Lorca.

—Pues porque hay una situación que no se asume. En la Transición española se buscó esa fuga hacia adelante, hacia el modernismo, el europeísmo, y ponernos una barrera de olvido que no funciona. Porque los olvidos impuestos siempre fracasan. Los perdones decretados oficialmente, también. Las reconciliaciones, lo mismo. Esto es algo muy íntimo. Tú perdonas a quien quieres perdonar y te reconcilias con quien te reconcilias.

Lo importante es que, si en un momento histórico como puede ser la Transición, no se pudieron afrontar determinadas cuestiones, se haga después. Pero negar y dejar que todavía personas de 80, 90 años sigan pidiendo justicia es de tal vergüenza, es de tal ignominia, que a mí me cuesta trabajo aceptarlo como español.

Me resulta muy difícil explicarlo en otros países cuando me preguntan "¿qué hacen ustedes?", cuando organizaciones internacionales dicen "investiguen ustedes"; cuando el Tribunal Supremo cierra toda posibilidad. Que todavía no se reconozca en España a las víctimas del franquismo significa que no hemos superado todavía esto. El día que se cambie la calle de un dictador a cualquier otro líder democrático y eso no levante ampollas, estaremos en buena disposición.

—¿Le gustan las sentencias impuestas a Urdangarin y a la infanta Cristina?

—Yo las sentencias las respeto y las critico. Las respeto porque son hechas por un órgano judicial independiente. Las critico si no estoy de acuerdo con ellas, o las apoyo. En el caso de Urdangarin no soy capaz de decirle si tiene muchos años o pocos años. Ha habido una condena, ha habido una valoración de pruebas y, por tanto, ha habido una respuesta que habrá que ver si el Tribunal Supremo la ratifica o no.

En todo caso, lo reprobable es que, utilizando la posición social, institucional en este caso, como yerno del Rey en su momento, emérito hoy, cuñado de Su Majestad, el rey actual, pues se aproveche de circunstancias para cometer hechos delictivos ya sentenciados. Eso es lo reprobable.

Para mí lo fundamental, y falta todavía, es que se vea la necesidad de tomar decisiones graves y drásticas respecto de quienes alteran el sistema económico, el sistema bancario, los que provocan una rescate bancario, los que utilizan la sociedad con un enriquecimiento propio y no hay una respuesta adecuada.

—Trabajó con Luis Roldán. Intentó investigar a fondo el engaño de los papeles de su supuesta entrega en Laos, pero el fiscal general del Estado le dio carpetazo. ¿La película de Alberto Rodríguez, ‘El hombre de las mil caras’, se acerca mucho a la verdad?

—No la he visto. Me han dicho que está muy bien. Lo que sí sé es que había muchas caras de Paesa. Que Paesa tenía un dolor persistente de cabeza respecto de una persona que era yo, porque le había aplicado una orden de detención. Lo relato en el libro y me dolió mucho cuando estando en el juzgado, en horas de trabajo, se armó la presentación de Francisco Paesa en la Sala y se le puso en libertad y se me fue remitido ya con él en libertad para que le tomara declaración.

Eso fue manifiestamente irregular. Entonces ahí consta que se protegió a Francisco Paesa, claro. Pero lo hicieron tan mal, tan zafio, que hubo un momento que hasta el fax estaba en determinado edificio público y, cuando se iba a intervenir, dijeron hay que desactivar esta investigación. Bueno, Luis Roldán era director de la Guardia Civil y se aprovechó de esa posición.

Yo recuerdo que le dije a Felipe: “Hay que tomar medidas cuando estamos en política. Esto no es política, esto no es aceptable”. Recuerdo que él me decía: “Pobre Luis”. Bueno, pobre Luis, sí, pero se escapó. Nos puso en solfa absolutamente a todos. Le costó el puesto a un buen ministro de Interior como Antonio Asunción, y luego se le agarró como cabeza de turco, como si fuese el único ejemplo que había.

Y sin embargo, no se penetró en profundidad en la lucha contra la corrupción a pesar de que se creó la Fiscalía Anticorrupción; a pesar de que hubo fiscales, como Carlos Jiménez Villarejo, que pelearon; que peleábamos desde la Audiencia Nacional... Pero no hubo ejercicio potente frente a la corrupción global e integral. Y de aquellos vientos vinieron estos lodos. Y así hemos estado navegando y seguimos todavía navegando en que si sí, en que si no, en que si un fiscal, en que si otro fiscal. En fin.

—Ahora que ha pasado el tiempo, ¿qué piensa que le queda por hacer?

—Todo. Me queda por hacer todo. Cada día es una realidad nueva. Me queda, y siempre voy a estar hasta el final de mis días, pelear por las víctimas. Es un norte que me ha dado mucha gratificación, dolor también, pero que creo que es necesario. Es construir la verdad, la memoria, como algo presente y futuro porque es lo que da fortaleza a un pueblo.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO
FOTOGRAFÍAS: ELISA ARROYO

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