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  • 17.4.17
Sé que lo que escribiré a continuación no será probablemente del agrado de buena parte de los que lean esta columna, ya que es una opinión particular acerca de una celebración religiosa muy arraigada en el orbe católico, especialmente en España, que se desarrolló durante toda la pasada semana.



Me refiero, claro está, a la Semana Santa, que va desde el Domingo de Ramos hasta el de Resurrección y en la que el fervor popular por la Pasión de Jesucristo, siguiendo las leyendas y la tradición, se hace apabullante con esa exhibición de imágenes que marchan en procesión por las calles, día y noche, dando pie a oficiar solemnes misas en unas iglesias que se abarrotan de gente para visitar los pasos de las cofradías, antes o después de hacer su estación de penitencia.

Pese al enorme trastorno que ocasiona en la rutina y en la movilidad urbanas, se trata de una semana esperada para la expresión pública de una fe que congrega a miles de creyentes y curiosos al paso de las hermandades y cofradías de nazarenos en todas las ciudades de España, lo cual, aparte de la religiosidad que supuestamente la motiva, sirve de reclamo fundamental para el turismo y la actividad económica de cada localidad.

Tanto es así que es imposible separar una cosa de la otra hasta el extremo de que, aunque el germen religioso regresara a la intimidad sombría de los templos y al alma silenciosa del católico, cosa tal vez mucho más acorde con el íntimo sentir religioso, la celebración pública de la Semana Santa no podría suprimirse sin más por el enorme menoscabo que ocasionaría a la hostelería, al turismo, al negocio hotelero y demás industrias o actividades que obtienen beneficios de ella.

Esta es una de las razones por las que considero a la Semana Santa de todo, menos santa. El espíritu que la anima parece, más bien, comercial, como casi todo lo que contamina el mercado en nuestra sociedad del consumo.

Quede constancia, no obstante, de mi respeto a quien vive sinceramente su devoción religiosa con especial intensidad durante esa semana del año, pero no entiendo que para ello se tenga que participar de todo ese entramado comercial que abarca desde alquilar sillas en la vía pública o adquirir trajes de nazareno para celebrar estación de penitencia, hasta consumir en la calle, pertenecer a alguna hermandad religiosa y pagar papeletas de sitio, contribuir a la compra de mantos bordados en oro, varales de plata, velas, flores y demás exornos de los tronos, contratar bandas de música, lucir peinetas y mantillas o vestir traje y corbata para demostrar públicamente el fervor religioso y exigir que todo el mundo, sea creyente o no, acepte esta conducta exhibicionista como la más natural y apropiada de un cristiano católico, y que todo el ceremonial espectacular en la vía pública sea considerado una muestra irrefutable de la religiosidad de la población.

Que esta costumbre rayana en la idolatría, nacida originariamente por iniciativa seglar y gremial, sea “cuantificable” de esta manera es esgrimida por la jerarquía católica como argumento para exigir del Estado la correspondiente compensación económica y de privilegios como confesión de preponderancia social. Es, por tanto, una tradición semipagana que continuamente se refuerza y no se combate desde las instancias religiosas, aunque no guarde coherencia con su propio credo.

Y esta es otra de las razones que me apartan de la festividad semanasantera: la de la evidente contradicción existente entre la prohibición de adorar imágenes y el uso de éstas para exacerbar el fervor religioso que comentamos, muy apegado a la costumbre pagana de venerar imágenes para atraer a la gente, algo expresamente prohibido y condenado por las Escrituras bíblicas, desde el Antiguo Testamento hasta hoy.

Es verdad que la Iglesia intenta diferenciar entre adorar y venerar para justificar sus templos repletos de imágenes y advocaciones de vírgenes y santos a los que rinde culto y veneración. Tanta sutileza queda cuestionada por los enfrentamientos entre hermandades, que en algunas localidades llega hasta la intolerancia, y el apego irracional a unas determinadas imágenes y el rechazo visceral a otras.

No son pocos los que dedican mayor atención a las hermandades que a la religión. Aunque las imágenes sean una representación que ayuda a recordar al Dios que se dice adorar y al que se dedica todo culto, lo cierto es que esa veneración mariana e imaginaria constituye la razón principal en muchos creyentes católicos, vivida con un fervor idólatra que se hace patente en Semana Santa.

Y como todas las tradiciones vigentes, acaban asumiéndose como un componente cultural, artístico y sociológico, aparte del económico, que hay que mantener como rasgo de una identidad colectiva y, en el caso religioso, preservarlo de todo cuestionamiento crítico o racional.

Todo ello, a pesar de que gran parte de la ciudadanía simplemente aprovecha que Jesús –sea Dios u hombre– fue crucificado hace dos mil años y gusta rememorarlo, formando parte de la muchedumbre, en la vía pública, para disfrutar desinhibidamente con la familia y los amigos del espectáculo callejero.

Al fin y al cabo, es una ocasión festiva para tomar unas breves vacaciones, y a lo que no hay que darle muchas vueltas, salvo si estás en contra de que tantas supersticiones influyan y mediaticen la vida de las personas, cohibiéndoles incluso mostrar su disconformidad para no ser tomados por herejes. Pero, de ahí a que la semana sea santa, como afirma el discurso oficial, va un abismo.

DANIEL GUERRERO

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