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  • 7.5.17
Quienes visiten por primera vez el Museo del Prado lo más probable es que se pierdan entre los cientos y cientos de cuadros que se encuentran expuestos en sus salas. Y eso que no se muestran todos los fondos que posee, pues habría que crear un espacio similar para exhibir lo que esta prestigiosa pinacoteca guarda.



También es posible que en ese recorrido algunos acudan a contemplar los lienzos de uno de los grandes pintores de nuestro país: Francisco de Goya. En ese caso, tropezarán con una de las imágenes más terribles que se hayan pintado: Saturno devorando a su hijo.

Para entender el significado de esta obra, y la que realizara previamente Peter Paul Rubens sobre el mismo tema, hay que acercarse a las mitologías griega y romana con el fin de saber quién era Saturno y por qué acababa devorando a sus hijos.

Dentro de la mitología romana, Saturno, dios de la agricultura y la cosecha, se le identificaba con el titán griego Cronos, de modo que se entremezclaban ambos mitos. Los griegos consideraban que el Cielo era el más antiguo de los dioses y al que le denominaban Urano. Al unirse este con la diosa Cibeles, que representaba la Tierra, nacen dos hijos, el segundo de los cuales era Cronos (en la antigua Grecia) o Saturno (en la Roma clásica).

Saturno obtuvo de Titán, su hermano mayor, el favor de reinar a cambio de la condición de que no tuviera hijos. Una vez que Saturno se casa, para evitar ser destronado y cumplir su promesa, decide ir devorando a sus propios hijos.

Saturno (o Cronos) a lo largo de la historia se le representa como un anciano con barba espesa y larga y con una hoz o guadaña en la mano. De este modo, Cronos acabó simbolizando el tiempo que todo lo destruye, entre los que también se encuentran los seres humanos que acaban muriendo. Recordemos que, en nuestro idioma, “crono” se convierte en un prefijo que alude al tiempo: crono, cronología, cronometría, etc., son términos de medición temporal.

Todos, inevitablemente, un día seremos devorados por el titán griego Cronos o por el dios romano Saturno. Y de esta terrible amenaza que se cierne sobre nosotros se encargaron de plasmarla en dos terroríficas escenas Rubens, en el siglo XVII, y Goya, en el XIX.



El lienzo de Rubens, de 1636, titulado sencillamente Saturno, fue un encargo que le realizara el rey Felipe IV para decorar la Torre de la Parada con obras que se inspirarían en la Metamorfosis de Ovidio. En el texto del poeta romano se indica que Saturno ha sido advertido de que sería destronado por sus hijos, por lo que decide devorarlos. De este terrible castigo solo se salvaría Zeus (dios griego) o Júpiter (dios romano).

En el cuadro, de gran tamaño y en formato vertical, aparece Saturno con la imagen de un anciano casi desnudo, cubierto por una sencilla tela negra, que camina apoyándose en una guadaña, símbolo de la agricultura, al tiempo que aparece desgarrando el pecho de uno de sus pequeños hijos. Sin que pueda oírse, estremece imaginar el grito de dolor del niño que aleja la cabeza al tiempo que se muestra con mirada extraviada.

Pero si resulta impactante la obra del pintor germano, más aún es la que casi dos siglos después, entre los años 1821 y 1823, realiza Francisco de Goya, y que, de igual modo, puede contemplarse en el Prado.

Para entender el horror de esta imagen hay que saber que Goya había adquirido, dos años antes de que comenzara este cuadro, la denominada Quinta del Sordo, nombre que había recibido de su anterior propietario, quien, al igual que el nuevo dueño, también perdió la audición. Es la época en la que el pintor aragonés inicia las denominadas "Pinturas negras".

Goya, que por entonces ya había cumplido los setenta y cinco años, se encontraba sordo y había sobrevivido a dos enfermedades. Quizás fuera la fuerte sensación de que su vida se acababa, de sentir cercana su propia mortalidad, lo que le llevara a pintar esta inquietante obra, pues Saturno (o Cronos), tal como he apuntado, simboliza metafóricamente el tiempo, ese tiempo que arrasa con todo.

En esta obra, Saturno se muestra casi como un animal desnudo, con pelo o melena larga, los ojos desorbitados y enloquecidos, manteniendo agarrado entre sus manos el pequeño cuerpo, de espaldas y también desnudo, de uno de sus hijos, desangrado y al que le falta su cabeza.

¿Era esta la imagen del fin que Francisco de Goya sentía cercana? ¿Es este el sentimiento que le acompañaba en sus últimos años de vida? No lo podemos saber, aunque la interpretación del mito griego y romano no pudo ser más aterradora.

AURELIANO SÁINZ

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