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  • 15.7.17
Me encantan las mujeres valientes, esas que cogen las riendas de su vida y no esperan a príncipes, ni creen en los milagros. La vida me proporciona historias continuas, como la de Teresa, una enfermera jubilada que he conocido esta tarde. Se me acercó para preguntarme una dirección y, por la forma de pronunciar la erre en francés, sabía que era española.



Concretamente, es de un pueblo de Sevilla. Y cuando te encuentras a una compatriota, y más si es de tu tierra, del sur, se produce una conexión automática. La acompañé a donde iba: quería visitar el Panteón y, por el camino, me contó con una sonrisa pícara en los ojos que era madre soltera de una hija que le había dado dos preciosos nietos.

Me paré en seco y mis pestañas se separaron todo lo que pudiera para poder admirar a esa mujer que tenía delante porque, en cuestión de segundos, hice una analepsis en mi cabeza y viajé en una máquina del tiempo a los setenta, a una España que despertaba de una larga pesadilla pero en la que aún imperaba "el qué dirán" y la acusación con el dedo, sin importar si el verdugo o la verduga que condenaba podía tirar la primera piedra.

Y es valiente porque ante la apoteósica frase de su novio cuando ella estaba ya de dos meses –"si me caso contigo es por el bombo", le advirtió–, lo tuvo claro. Teresa no se quería casar por compromiso, ni para arreglar algo: quería un compañero, un hombre que la quisiera, que la cuidara y que la respetara.

Tuvo presiones, por supuesto. El cura retrógrado de su hospital la acució para que borrara la mancha con el sacramento del matrimonio. Estoy recordando lo que le contestó y no me puedo creer que esta mujer pequeñita, tierna, entregada a los demás, de dulces maneras y alegría constante fuera capaz de decirle que ella tenía su trabajo y que si lo perdía se echaba a la calle a prostituirse para sacar a su criatura adelante. Ser capaz de decir "no" a una boda sin amor, rodeada de ojos juzgantes y en un pueblo de Andalucía de los setenta en el que seguían viviendo las Bernadas Alba... Yo la miraba alucinada.

La educación sumisa de la Sección Femenina no hizo mella en ella. Tener claro, con ventipocos años, que una se merece algo bueno y no tragar, ser capaz de decidir en una sociedad de mujeres incapaces legalmente, abandonar al que debería ser su señor y mirar solo hacía un futuro de dos: el de su hija y el de ella... Solo me viene a la cabeza la palabra "admiración".

Y es que, a pesar de siglos y siglos de intentar someternos, siempre ha habido mujeres audaces, estrellas brillantes en la noche más oscura, que han ido construyendo una vía láctea por la que podemos pasear las féminas de hoy en día.

Nos han hecho el mayor de los regalos: la libertad. Libertad para decidir, para decir "no"; para querer a quien nos dé la real gana; para buscar y buscarse; para caminar sin apoyos; para soñar con un mundo mejor; para construir puentes entre las personas; para crear, para llegar a sitios prohibidos. Nos han regalado una vida: la nuestra.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

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