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  • 3.8.17
En estos tiempos en los que parecía que la especialización cada vez mayor a la que nos conducen los grados universitarios y los másteres de todo tipo estaba acabando con el conocimiento multidisciplinar universal, se erige, imponente y salvadora, la figura del tertuliano como luz y guía de ese tipo de saber que pensábamos extinto.



Un tertuliano lo mismo opina sobre la última subida del IPC y el impacto negativo que tendrá en los precios que se pagan a los agricultores por sus productos, tan alejados de los que pagamos los consumidores, como sobre la última reforma legislativa de turno.

Opinar a fondo sobre alguna cuestión requiere un amplio conocimiento del tema a tratar y algún tipo de experiencia personal o profesional relacionada con la materia: no debe tener para nosotros la misma validez la opinión de un médico en ejercicio sobre la privatización de la Sanidad que la de algún señor que se pasea de plató en plató, suponemos que con su licenciatura en Periodismo, sentando cátedra sobre lo divino y lo humano basándose en las posibles lecturas de la prensa que haya podido hacer minutos antes de entrar al plató.

El problema es que han conseguido convertir a estos charlatanes del todo y la nada en los portavoces de lo que ellos llaman “opinión púbica”; concepto que ha degenerado en una manera de analizar y sintetizar los asuntos de actualidad superflua, banal, inútil y que se mueve al ritmo informativo que nos imponen desde los gabinetes de prensa de los partidos políticos.

Peligroso ejercicio este del tertuliano en el que ya no solo nos dicen sobre qué tenemos que hablar: también nos dicen qué tenemos que decir.

PABLO POÓ

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