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  • 20.9.17
Querido amigo Luis: mañana voy a morir. Me eliminarán unos desconocidos que no tienen ningún interés en matarme. Me imagino que no me dará tiempo para ver sus rostros. El nerviosismo y el terror de ese momento me dejará ciego de miedo. Creo que lo peor de esto es estar quieto. Temiendo el segundo mortal. Esperando las balas que te van destrozar el cuerpo. Quizá un ojo, la boca, o mejor, el propio corazón.



Es inquietante intentar conocer el momento exacto. Me han comunicado la hora, pero no sé el instante en que me quitarán la vida. Será mañana a las seis, al amanecer, como casi todos los fusilamientos de cuento. En la madrugada, unos hombres apuntarán sobre mi corazón para quitarme la vida. La misma vida de la que ellos seguirán disfrutando.

Por eso, querido amigo, te escribo esta carta. Necesito aliviar con alguien cercano como tú este desagradable momento. Hace tiempo que no sé de ti. He pedido como última voluntad, a través de Cruz Roja, que te hagan llegar la carta. Sé que te pasaste al bando franquista después de que unos exaltados mataran a tu hijo Pedro. Creo que no tenía más de 17 años. Me contaron que le descerrajaron un tiro en la nuca en plena calle de Atocha.

En los dos bandos hay criminales. En una guerra civil se desata todo lo extremo. Los buenos son más malos y los sicópatas campan a sus anchas en nombre de cualquier bandera.

También sé que estás cerca de las trincheras de Arganda tirando con tu fusil contra los que un día consideraste camaradas. No te guardo rencor. Si mi hijo hubiera muerto en esas circunstancias, tal vez yo también me habría pasado al otro lado..

A mí me han cazado cerca de casa. Fue la semana pasada, cuando un comando de la quinta columna me secuestró en pleno barrio de Argüelles. No entiendo por qué arriesgaron tanto por mí. Si yo no soy nadie. Un simple teniente de Estado Mayor.

Me acusan de ser uno de los colaboradores directos del general Rojo, y de estar detrás del asesinato de un grupo de falangistas. Pero eso no es cierto. Tú mismo, amigo Luis, estoy seguro de que sabes que sería incapaz de participar en ninguna matanza.

¿Te acuerdas cuando jugábamos de pequeños en la Puerta de Toledo? Nuestras madres bajaban hacia el río para lavar la ropa y nosotros las acompañábamos hasta que ellas terminaban la colada. Recuerdo el colorido de las ropas limpias colgadas y las risas de las más jóvenes que no se tomaban tan en serio la guerra.

Amigo Luis: me gustaría que estuvieras conmigo ahora, y me entretuvieras con esos recuerdos para no mirar hacia la próxima madrugada. Qué miedo da la muerte cuando se sabe cerca y no se conoce el momento exacto.

Todos sabemos que algún día nos llegará la hora, pero no lo vivimos. Esquivamos esa realidad y el sentimiento profundo de saber que vas a dejar de existir no lo experimentamos nunca. Nos creemos eternos. Que la muerte no nos va a tocar.

Donde más aprecio yo esa sensación general es en los entierros. Cuando la gente acude a los funerales se siente inmortal frente al finado. Hasta que llega el día. Es entonces cuando se nos nota en la cara que vamos a morir. No me gustaría, amigo Luis, verme ahora. Por eso pedí que me retiraran el espejo que tenía en la celda. Para no ver mi cara.

No me quiero imaginar el momento, pero tiene que ser espeluznante. Aunque quizá sea diferente. No me imagino cómo me van a empujar hacia el vacío infinito. Hacia una oscuridad sin fin. Creo que cuando llegue el momento los miraré para disfrutar un poco más de la luz de mi última mañana. Eso es lo que haré, amigo.

Acaban de despertarme y tengo que reunirme con los fusileros. La mayor parte de esta carta te la envié ayer a través de Cruz Roja, como ya te dije. Espero que algún día puedas leerla, viejo amigo.

De todas maneras, voy a seguir contigo, hablándote en mi propio interior. Por eso, he decidido que no voy a dejar de escribirte. Lo voy a hacer hasta el último momento. Y como no lo podré llevar a cabo con papel y pluma, lo haré directamente dentro de mi mente, en mis pensamientos. Intentaré, viejo amigo, que no te pierdas detalle de mis últimos momentos.

Ya sé que esto que ahora escribo en tiempo real nunca lo leerás pero yo me quedo tranquilo contándolo. Me llevan en un camión militar y recorremos todo Madrid en dirección hacia la Ciudad Universitaria, donde están los compañeros defendiendo nuestro último trocito de libertad.

Ahora entiendo los tiros que se oían al otro lado del frente cuando visitaba las trincheras. Se dedican a fusilar a la gente en la misma frontera, donde los nuestros defienden con ahínco ese lema que nos ha hecho fuertes: “No pasarán”. Hace frío, mucho frío. No sé si estoy temblando por las bajas temperaturas o por el miedo.

Y los que me van a matar… Algunos estarán obligados, y los demás, simplemente dispararán sin sentir que asesinan a un ser humano. Creo que después de la primera vez es más fácil. Sólo tienes que pensar que no vas a matar a un hombre.

Si a mí me tocara, si yo tuviera que participar en un pelotón de fusilamiento, haría lo mismo: intentaría imaginar que voy a tirar contra un monigote que se embadurna en salsa de tomate.

Ha llegado el momento, Luis. Esto parece que va a durar poco. El sol ya se está levantando en el horizonte. Joder, ya no voy a volver a ver amanecer. Ellos están tan callados…

El que manda el pelotón creo que está un poco afectado. Será que lo va a hacer por primera vez. Ese hombre va a decidir cuántos minutos me quedan de vida. Y sin embargo, no sé cómo se llama. Lo veo desde lejos y no muy bien porque me han quitado mis lentes.

Se está acercando. Cuando esté a mi lado le preguntaré su nombre. Quiero saberlo. Necesito conocer el nombre de la persona que va a ordenar mi muerte.

—¿Cómo te llamas?

—Me llamo Luis. Sí, soy Luis. Terminemos esto cuanto antes. ¿Por qué estás tan callado? ¿No dices nada? ¿Ya no me hablas? Pues bien, yo tampoco quiero hablar contigo. Puedes odiarme si quieres. Sí, soy tu viejo amigo. Y la carta que me escribiste ayer la acabo de leer. Dentro de unos minutos me cagaré en tu cadáver y después me limpiaré el culo con ella.

Soldados, prepárense...

¿Por qué me miras así? Yo no soy culpable de nada. Solo cumplo órdenes, ¿te enteras? Y sigue sin hablar, que no me importa…

Eso, así me gusta. Calladito.

Soldados, vamos a matar a este perro. Carguen armas. Apunten... Un momento, Gómez. ¿Qué coño te pasa? ¿Cómo es posible que te pongas a llorar? ¡Un soldado no llora más que por su patria! Venga, carga el arma o serás tú el que después se ponga en ese paredón. ¡Terminemos con esto! ¡Todos a la vez!

Carguen armas. Soldados, apunten… ¡Fuego!

GONZALO PÉREZ PONFERRADA

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