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  • 27.10.17
Ahora que los días se alargan como el chicle, creciendo por ambos lados, que los colores despiertan y el gris se va disipando, se acerca el tiempo de mi abandono; se aproxima mi viaje hacia el sur. Las aves vuelven y yo me voy. Cambio la gran urbe de la Revolución por una capital del Reino.



Dejo atrás las calles milimétricamente dibujadas por la libertad de callejuelas antiguas y nuevas. Permuto la lluvia casi perenne por los extremos de temperatura; los campos Elíseos por la Gran Vía; el Louvre por el Prado y la comida prohibitiva por la tapa. Como diría Sabina: pongamos que hablo de Madrid.

París siempre será París y valdrá mil misas pero, para mí, en este tiempo no ha sido un hogar. Mi jefa, el estrés, el cielo siempre triste... no han ayudado. Me voy justo cuando llega la alegría.

Antes de partir quiero montarme otra vez en un Bateau Mouche y contemplar la ciudad de noche, mirar cómo la orilla izquierda me muestra las joyas de la antigua Paname. La primera vez que lo hice comprendí por qué Yves Saint Laurent le dedicó uno de sus perfumes: Rive Gauche.

Y cómo no, contemplar desde lo más alto de la Torre Eiffel todos esos haces de luz convertidos en avenidas radiales por las que siempre transitan miles de almas. Ver Trocadero con sus estatuas doradas y sus fuentes, oasis de las tardes de estío de los parisinos.

No creo que me dé tiempo, pero sería maravilloso escaparme a Versalles a jugar a ser pastora, como lo hizo María Antonietta, y perderme en sus caminos ocultos y poder ver ese palacio que fue la envidia y la inspiración de tantas casas reales europeas.

Recuerdo los lugares destinados a organizar bailes en verano, cómo mi profesora de Francés nos los descubría, cómo insistía en que contempláramos todo el oropel y lujo de todas las estancias de los dos pabellones palaciegos. Pero lo que nunca olvidaré fue su genial frase, dicha sin inquina, ni sobresalto: "¿Veis por qué había que cortarles la cabeza?". Ella era una flor salvaje en aquel colegio asfixiante. Como era de esperar, huyó en cuanto pudo.

Despedirme de mis niños será lo peor: ellos me aprecian y yo les tengo mucho cariño. Cada cultura es diferente, pero lo que está claro es que toda la gente necesita abrazos y cercanía y más cuando uno es pequeño y se siente desprotegido. Para eso somos buenos los españoles: el contacto es nuestro fuerte.

Su madre, fiel a su frialdad fruto de una amargura personalmente elegida, solo me ha dado un consejo a modo de despedida: "Marta, búscate un novio pronto; los hombres a partir de los 40 pierden la ilusión". ¿Será verdad que los hombres de cuarenta no tienen ilusión?

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

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