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  • 9.12.17
Quienes tienen la curiosidad de acercarse a la obra de Platón, uno de los grandes filósofos de la Grecia clásica, y comienzan por la lectura de La República, se encuentran con los supuestos diálogos entre Sócrates, maestro del propio Platón, y otros participantes (Céfalo, Polemarco, Trasímaco, Adimanto) que hablan acerca de las cualidades que deben poseer aquellos que están encargados de gobernar.



Lógicamente, el personaje literario de Sócrates en La República se presenta como el defensor de los grandes atributos morales de quienes encarnan el poder, ya que deben saber gobernar administrando lo mejor posible los ideales de la justicia, por lo que deben de estar investidos de las altas cualidades del ser humano. No será, pues, una función sencilla si desean ejercer el cargo con la máxima ecuanimidad.

Si uno se para a pensar, en el fondo todos somos un poco “socráticos”, en el sentido de que instintivamente nos inclinamos hacia la postura de Sócrates, ese gran filósofo ágrafo cuyo pensamiento nos ha llegado a través de su discípulo Platón. Es decir, creemos que los líderes de los distintos países deberían ser personajes inteligentes, cultos, justos, abnegados, honestos, defensores del bien común, cumplidores de sus promesas y respetuosos con los valores y opiniones de los ciudadanos que los han elegidos para esos cargos.

Pero, ¡ay!, una cosa es la teoría y otra la práctica, o como se dice en el lenguaje popular “una cosa es predicar y otra dar trigo”. Esto lo comprobamos cuando tenemos cerca elecciones: antes de las mismas, abundan las grandes promesas de justicia, honestidad y regeneración democrática; pero estas promesas, que nos las creemos a medias, acaban convirtiéndose en palpables decepciones cuando pasado el tiempo comprobamos que las grandilocuentes frases y los firmes compromisos que realizan los aspirantes antes de ser elegidos se los han llevado el viento.

Encontrar a líderes políticos que respondan a los criterios que describía Platón, en supuesta voz de Sócrates, se nos hace tan difícil que es posible citar con los dedos de una mano aquellos que recordamos y que hayan quedado en la memoria de la gente como modelos de gobernantes.

En la actualidad, comprobamos que hay líderes políticos de todo género y pelaje: hombres y mujeres, gordos y flacos, altos y bajos, rubios y morenos… aunque en su mayoría son expertos en malabarismos lingüísticos que nos hacen ver como blanco lo que ayer era negro o capaces de hacernos creer que, por ejemplo, estar parado es un estado saludable y muy ecológico o que avanzamos imparables al pleno empleo.

Así pues, en este agitado y variado mundo que poblamos, especialmente hay dos de ellos que se han convertido en superlíderes, y no, precisamente, por sus grandes dotes de estadistas, sino porque logran hacernos temblar cada vez que realizan declaraciones, sea a través de Twitter, en uno de los casos, o porque sus mensajes nos llegan por medio de una hermética presentadora televisiva de la que no entendemos nada, en el otro.

Y es que las consecuencias que pueden derivarse de sus ocurrencias y chifladuras, productos de sus mentes anómalas, posiblemente un día nos lleven al borde del abismo o a una catástrofe de rasgos apocalípticos.

Como ya todos sabemos, se llaman Donald y Kim, nombres que bien podrían ser los apelativos de un pato parlanchín y pendenciero y de un orondo y risueño ratoncito que hubieran salido de la factoría Disney para disfrute de los más pequeños.

Pero hay que tener mucho cuidado con Donald y Kim, personajes extremadamente fanfarrones y peligrosos, pues tienen en sus manos unos juguetes en forma de carteras que con solo apretar un botón de las mismas pueden hacer que se inicie una especie de tercera guerra mundial

El primero de los dos, ya septuagenario, abronca y amenaza en inglés; el segundo, más joven que el anterior, aunque de edad imprecisa, aparte del coreano se desenvuelve en inglés y alemán, ya que su padre, Kim Jong-il, lo envió a estudiar a un colegio privado en Berna, la capital de Suiza.

Esto quiere decir que Kim se entera perfectamente de lo que dice Donald cuando le amenaza con responder a las bravatas de Corea del Norte, dado que, como bien afirmó durante la campaña electoral en la que competía contra Hillary Clinton, “le gustaría ganar una guerra”. Y nada mejor para él que empezarla eliminando a Corea del Norte del mapa, tal como apuntó en su discurso en las Naciones Unidas, puesto que intuye que Kim se ríe de él “tomándole el pelo” (lo peor que puede hacerle un gordito norcoreano con un corte de pelo inaudito).



El problema que tiene Donald es que no entiende por qué Kim Jong-un siempre se está riendo, cosa que él no hace, porque a lo máximo que llega es a gesticular una mueca. Cree que debe ser algo idiota o que tiene una “diarrea mental” superior a la suya (palabras que una vez le escuchó a uno de esos latinos que quiere echar de Estados Unidos porque son drogadictos y violadores, según nos cuenta).

“¿Pero de qué ríe este tío si está solo delante de una carretera por la que no pasan coches?”, “¿Y qué hace fumándose un cigarrillo que seguro que será rubio americano de contrabando?”, se preguntará Donald al ver esta fotografía. “Además”, añadirá, “¿por qué está tan gordo, tan redondo y con corte de pelo tan estúpido? ¿No será que se está cachondeando de mí y de mis últimas advertencias?”.



Lo cierto es que Kim no solamente se ríe cuando está solo, sino que también lo hace en los momentos en los que se prepara para contemplar alguno de los cohetes que su país lanza de vez en cuando, esperando que lleguen a territorio de su archienemigo, el de la peluca rubia. Porque a Kim, por encima de todo, lo que le divierte mucho es ver cómo suben directos hacia arriba dejando una estela de fuego en la tierra, aunque después se ahoguen en el mar cerca de Japón.

Y es que esta afición la heredó de su padre, cuando le llevaba de niño a ver los gloriosos desfiles militares, aquellos en los que los soldados se movían al unísono como si fueran auténticos robots programados, mientras el pequeño Kim se emocionaba observando los grandes cohetes que se mostraban como expresión de poder del heroico pueblo norcoreano, tal como le contaba su progenitor henchido de orgullo.



Kim, por entonces, no imaginaba que un día llegaría a ser el sucesor del ‘Amado Líder’, como llamaban a su papaíto, ya que él era el cuarto de los hermanos de la tercera esposa de su padre; vamos, que había otros delante suya en la lista para heredar “el trono” de la república norcoreana.

Pero lo que sucede en su país no está al alcance de las mentes del capitalismo global, como la de Donald, que no entiende por qué los norcoreanos quieren a sus líderes más que a sus propios padres, cuando lo que tendrían que amar es al dinero, como él mismo hace las veinticuatro horas del día.

Tampoco comprende por qué Kim se ríe a carcajada limpia, tanto en las preparaciones de los lanzamientos de esos cohetes, que le hacen tan feliz, como al comprobar que han subido a lo más alto, abrazándose jubiloso con todo el que se encuentra a su alrededor, mientras le llegan los entusiastas aplausos de quienes le profesan un fervor incondicional.



Pero a Kim no solo le quieren los militares, que tanto abundan en su país, sino también los funcionarios, los campesinos, los carteros, las enfermeras, las secretarias, los maestros, los guardias de tráfico, la presentadora de la televisión que jubilosa da las noticias de los grandes logros con los cohetes lanzados… En fin, que en Corea del Norte todo bicho viviente quiere a su amado líder que les conduce por el camino recto y del que no se desvía ni un milímetro.

Pero lo más sorprendente es que hasta los pequeños le adoran. Multitudes de niños y niñas, enfervorizados, se agrupan en cualquier parte del país para recibir un trozo de la felicidad que se desprende del guía que conduce al pueblo. Todos iguales, todos risueños, todos aplaudiendo, todos deseando acercarse a su sonriente figura, aunque solo sean cuatro de ellos los que con indescriptible emoción logren asirse de sus firmes brazos.

Y esto sí que a Donald lo tiene totalmente desconcertado. “¿Qué hacen todos esos ‘chinitos’ que, en vez de aprender a usar las armas junto a sus padres, tal como hacen aquí los miembros de la Asociación Nacional del Rifle, se agrupan alrededor de ese gordo que no hace más que reír? ¿No les han dicho que nosotros somos la nación más poderosa del planeta, la que ya usó las armas nucleares contra otros ‘chinitos’ parecidos a ellos y que todavía estamos dispuestos a utilizarlas?”, se interroga, al tiempo que le pide a Melania que le prepare el ordenador porque va a soltar unos cuantos tuits para incendiar el Próximo Oriente con la declaración de Jerusalén como capital de Israel.

AURELIANO SÁINZ

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