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  • 17.6.18
Desde que Donald Trump accediera a la presidencia de Estados Unidos, los equilibrios políticos, económicos y sociales que de alguna manera posibilitan un cierto orden en el mundo, basado en reglas por todos asumidas y acuerdos internacionales entre Estados que, sin ser perfectos, generan estabilidad y prolongados períodos de paz, han saltado por los aires.



El mandatario norteamericano se ha propuesto –y lo está consiguiendo- desbaratar los delicados consensos conseguidos después de la Segunda Guerra Mundial y que han servido para evitar, de entrada, una tercera guerra planetaria (provocaciones no han faltado) y, por si fuera poco, trenzar lazos económicos y políticos que han proporcionado al mundo desarrollado décadas de progreso, bienestar y seguridad como nunca antes en la Historia.

Es evidente que no se trata de un sistema perfecto de convivencia global, pero es el que mejores resultados ha deparado a unas naciones condenadas a entenderse, mantener relaciones y afianzar la paz a sus poblaciones, en beneficio común de todas ellas. Y que, salvo conflictos regionales muy delimitados, es el que ha permitido que el mundo haya disfrutado de relativa calma y armonía, confiando en ese orden estable y en las normas legales y diplomáticas que lo regulan. Aunque tal orden es susceptible de mejoras, de momento no existe otro que lo sustituya, por lo que torpedear y romper el existente es una iniciativa suicida propia de ignorantes o lunáticos.

Y eso es, justamente, lo que está haciendo con sus decisiones el presidente más bocazas, impulsivo e impredecible de Estados Unidos. y sus populistas políticas supremacistas, englobadas bajo el lema “América primero” (America first) con el que ganó las elecciones, contando con el apoyo encubierto de Rusia, detalle este último que continúa investigándose por parte de un fiscal especial.

No ha habido acuerdo internacional ni normas implícitas y explícitas de ese orden mundial que no hayan sido despreciadas por Donald Trump, haciendo que Estados Unidos faltase a su palabra, incumpliera tratados ya en vigor y comprometiera objetivos ambiciosos que afectan a millones de personas. Exhibiendo un claro desdén hacia la diplomacia convencional, Trump impone su veleidosa personalidad (de comercial charlatán) para “ganar” objetivos tangibles a su concepto de nación providencial hegemónica, aun a costa de aislarla del resto de la comunidad internacional y de distanciarla de sus aliados históricos y estratégicos.

Así, nada más asumir el poder se autoexcluyó del Acuerdo Transpacífico que su antecesor, Barack Obama, había impulsado y suscrito un año antes con once países de Asia y América. También ha obligado a renegociar, sin ningún fruto hasta la fecha, el Acuerdo de Libre Comercio para Norteamérica (NAFTA, en sus siglas en inglés) que mantenía con Canadá y México, a los que acusa de obtener ventajas. Y es que sus intenciones proteccionistas chocan frontalmente con todo convenio comercial regido por la reciprocidad y la equidad entre distintas áreas económicas del mundo.

Pero mucho más grave y peligroso aun es la ideología visceral e imperialista que le ha motivado retirarse del Acuerdo del Clima de París para la lucha contra el cambio climático, siendo Estados Unidos uno de los países más contaminantes del mundo, y del Pacto Nuclear de Irán, que impedía la fabricación de armas atómicas a cambio de levantar las sanciones económicas.

El Pacto había sido trabajosamente elaborado y suscrito entre el país persa y Estados Unidos, contando con el y aval de China, Rusia, Francia, Reino Unido y Alemania, pero era duramente criticado por Israel, país protegido por Estados Unidos que desconfía de Teherán y no desea perder su capacidad de influencia y la supremacía en la región.

Pero donde ese fanatismo proteccionista se ha exhibido con más descaro ha sido durante la reciente cumbre del G-7 (grupo de países más industrializados del mundo: Estados Unidos, Canadá, Alemania, Reino Unido, Francia, Italia y Japón. Rusia ha sido excluida por la anexión de Crimea en el conflicto bélico que mantiene con Ucrania), donde el presidente norteamericano, fiel a su estilo provocador y maleducado, volvió a acusar al mundo entero de robar a Estados Unidos por preferir un libre comercio mundial, recíproco y equitativo, sin aranceles ni intervencionismo estatal.

Los países que integran el G-7 representan más del 65 por ciento de la riqueza del mundo, por lo que en estas reuniones coordinan posiciones y mecanismos de colaboración sobre el entramado económico y político mundial que pueda beneficiarles. Y a esta cumbre Trump acudió dispuesto a hacer valer su visión aislacionista de la política económica norteamericana.

Llegó a defender los aranceles que está imponiendo a muchos productos importados con el argumento de la “seguridad nacional”, lo que generó las críticas del primer ministro de Canadá, país anfitrión de la cumbre, al recordar que soldados de ambos países “habían luchado hombro con hombro en tierras lejanas en conflicto desde la Primera Guerra Mundial”. Estas "verdades del barquero" hicieron reaccionar con furia al mandatario norteamericano quien, vía Twitter como suele, menospreció a su homólogo canadiense, tachándolo de “débil y deshonesto”.

Y es que Trump no acepta que se le cuestione y, menos aún, se le haga aparentar debilidad. Inmediatamente, tras conocer estas críticas, ordenó retirar su firma del comunicado final conjunto de la cumbre, lo que ha provocado un cruce de acusaciones entre los mandatarios allí reunidos que ha hecho estallar una crisis diplomática.

Más que acuerdos y estrategias, la última reunión del G-7 ha evidenciado las divergencias existentes entre todos contra uno y las mutuas desconfianzas. Francia y Alemania han expresado su hartazgo con la política incendiaria del presidente norteamericano y sus exigencias de que el mundo entero baile al son que más le conviene a los intereses comerciales cortoplacistas de Estados Unidos. Nadie está conforme con la postura de Donald Trump, salvo Rusia, expulsada del grupo, e Italia, gobernada ahora por un gobierno populista y xenófobo que ha prohibido el desembarco de refugiados socorridos por un barco frente a las costas de Libia.

Este es el nuevo “desorden” mundial que ansían los dirigentes ultranacionalistas y demagógicos, como Trump y los adláteres que desea surjan, con ayuda de sus ideólogos radicales, en otras partes del mundo, fundamentalmente, Europa.

Sus contradictorias y veleidosas iniciativas desde que gobierna en la Casa Blanca están socavando el orden mundial tan difícilmente conseguido en las últimas décadas por motivos espurios de proteccionismo comercial y preponderancia imperial. Se deja llevar por sus instintos empresariales, sin tener en cuenta sus responsabilidades como estadista de la primera potencia del mundo.

Afectado de egocentrismo, muestra admiración por personalidades autoritarias, de las que le gustaría ser reflejo, sin importar que sean adversarios, como los prebostes gobernantes de Rusia o China, al tiempo que desprecia a los líderes amigos y aliados, de los que desconfía patológicamente. Y no duda en comportarse, si ello le procura réditos mediáticos, del mismo modo que había criticado ferozmente en sus predecesores, especialmente del Obama que proponía diálogo y negociaciones con Irán, Cuba o Venezuela.

Ha necesitado sólo un año para entablar lo que denostaba: un diálogo de banalidades, sin compromisos concretos ni fechas, con el sátrapa de Corea del Norte, conteniendo aquella verborrea hiperbólica, bélica y humillante con la que calificaba a Kim Jong-un de “hombre-cohete”, para poder vender al mundo un ”éxito” diplomático que ha sido incapaz de conseguir desde que conquistó la presidencia de Estados Unidos.

Con tal de incluir en su currículo la firma de un acuerdo retórico, que no histórico, no ha tenido empacho en desdecir y rectificar su propia actitud cuando cesó sin contemplaciones a Rex Tillerson, su anterior secretario de Estado, por mostrarse a favor del diálogo con Corea del Norte.

Este que emerge es el nuevo "desorden" que persigue Trump: sin normas, sin valores y sin reglas que garanticen unas relaciones internacionales basadas en la reciprocidad, la equidad, la lealtad y la legalidad. Él quiere “america first”, América a su manera, y los demás que se jodan.

No es de extrañar, por tanto, que Angela Merkel calificara su proceder en la cumbre del G-7 de “aleccionador y deprimente”, y que Emmanuel Macron expresara en el mismo foro su resignación de que “nadie es eterno”. Pero, mientras tanto, Donald Trump puede todavía hacer añicos el delicado orden mundial. ¡Dios nos coja confesados!

DANIEL GUERRERO

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