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  • 6.1.19
El año 2019 viene cargado de tantas expectativas, y tan profundas, que será difícil que se puedan realizar. Tendría que ser un año excepcional e histórico para que la mayor parte de esos “buenos” deseos acaben materializándose en hechos y alcancen a cada uno de sus destinatarios. Y no es que se pida la luna –que seamos ricos, guapos y eternos–, sino que la situación que deja en nuestro país el año que despedimos el pasado 31 de diciembre es lo más parecido a una catástrofe o una escombrera.



La que sigue es una lista breve de propósitos para este año que acabamos de estrenar, más deseables que realistas, que sería bueno, si no de culminar, sí al menos de perseguir en la medida de nuestras posibilidades, con la mejor de las intenciones y dejando de lado las trincheras y el cainismo. Es decir, pensando en todos, en la sociedad de la que formamos parte, y no en nosotros, en el individuo exclusivamente.

Ya sé que es mucho pedir, porque si hay algo que caracteriza a los españoles es la imposibilidad de ponerse de acuerdo, pero sin deseos previos, sin ganas de intentarlo, no se consigue siquiera tender hacia ninguna mejora.

1) Un Gobierno para España. Ojalá 2019 traiga un Gobierno estable, transparente y transformador que consiga conducir al país hacia objetivos de crecimiento económico, progreso material y bienestar social, sin dogmatismos ni demagogias. Un Gobierno con apoyos parlamentarios suficientes, que no mayoría absoluta, para pactar un programa de modernización, eficacia y equidad de la sociedad española, que permita mayor justicia, igualdad de oportunidades y recursos para todos los ciudadanos, independientemente de su condición.

Un Gobierno que construya un país en el que cada cual pueda desarrollar sus habilidades e idear un proyecto de vida sin más dificultad que ponerse a ello mediante el estudio y el trabajo. Un Gobierno abierto y dialogante para un país de españoles con diversidad de pareceres, costumbres e idiosincrasias que enriquecen al conjunto.

Un Gobierno exento de sectarismos, sin tacha y dedicado por completo a cumplir con su deber y no a contentar a sus fieles ni actuar en función de las encuestas. Un Gobierno que se abra a todos los españoles y nos abra al mundo para participar de una globalización que no debe ser solo comercial o económica, sino también cultural y social, posibilitando un espacio sin fronteras para competir y compartir sueños y oportunidades.

Un Gobierno con un proyecto de futuro, no administrador de la coyuntura. En definitiva, un Gobierno para un país como el nuestro, rico en historia, cultura y recursos y que es la octava potencia económica del planeta. Nos merecemos un Gobierno a la altura del país.

2) Un Gobierno para Andalucía. Andalucía, la región más poblada del país, ha tenido una mala suerte histórica que ha lastrado su desarrollo. Ha tenido que partir del caciquismo feudal para acceder a una autonomía que le fue regateada en los inicios de la democracia.

Ese hándicap de tierra colonizada por unos, sumida en el subdesarrollo por otros, amarrada a la dependencia cuasi colonial por los detentadores del capital y la política, le hizo confiar en quienes interesadamente la defendieron cuando las libertades aflojaron sus ataduras y pudo aspirar a ser tratada en igualdad al resto de territorios del Estado.

Y aunque los socialistas han modernizado sus pueblos, han ampliado infraestructuras, han intentado una reforma laboral que la libere de latifundios y han potenciado su economía, no ha sido suficiente y, sobre todo, han caído en los abusos que cometen los señoritos: creer que Andalucía era suya y para los suyos.

Y tras 36 años gobernando la comunidad, acaban de perder la mayoría necesaria para seguir haciéndolo. La conjunción de las derechas, incluida la ultra de extrema derecha, le ha arrebatado la posibilidad al PSOE de continuar en el Gobierno. Pero si es bueno la alternancia, para evitar la patrimonialización de las instituciones, es malo cambiar a peor.

Un nuevo Gobierno para Andalucía condicionado por un partido radical, misógino, antiautonómico, racista y ultranacionalista no puede ser solución para el recambio del socialismo, máxime cuando exige a cambio de su apoyo la eliminación de las ayudas contra la violencia machista que sufre la mujer, está en contra de la memoria histórica, quiere expulsar sin miramientos a los inmigrantes, pretende vaciar de contenido al Gobierno autónomo renunciando a algunas de sus competencias y, si lo dejan, impondría volver a cantar el Cara al sol (himno fascista) en las escuelas.

Andalucía necesita un Gobierno sin mácula ni sospecha. Un Gobierno que mejore lo que se deba mejorar, sin revanchismos ni purgas. Un Gobierno que dé un empujón a la Comunidad hasta auparla al nivel en educación, sanidad e industria de las más desarrolladas del país. Un Gobierno fuerte que la saque del marasmo de la burocracia y del clientelismo político, cultural y económico para situarla entre las regiones con mayor dinamismo y potencialidad de Europa.

Un Gobierno fiel a su compromiso por Andalucía y responsable ante los andaluces, sin tutelas ni con Madrid ni con nadie, pero solidario con todos, en especial con los más desfavorecidos. Un Gobierno que crea en Andalucía y no la utilice como palanca para alcanzar otros objetivos. Un Gobierno de, por y para una región vasta, diversa y plural, pero con una riqueza inconmensurable en su patrimonio histórico, cultural, agrícola, turístico, pesquero, mineral, emprendedor, innovador y en sus gentes.

Andalucía merece un buen gobierno para crecer con más rapidez y lograr un desarrollo que erradique el paro, la pobreza y los prejuicios con que es identificada desde los estereotipos y la ignorancia. La mayor región de España ha de tener un Gobierno que la convierta en la locomotora del país, por su peso demográfico, su voluntad transformadora, su riqueza natural y su ejemplo de cohesión de la diversidad en la unidad estatal.

3) Un Gobierno para Cataluña. Los conflictos que dividen dramáticamente a la sociedad catalana han de poder ser tratados desde el respeto a la legalidad, la voluntad de diálogo y de manera pacífica, sin animadversión y violencia. También con amplitud de miras y mutua comprensión, teniendo siempre presente hasta dónde es posible llegar sin romper las reglas democráticas de juego, sin violar las leyes e ignorar la Constitución. Sin tremendismos ni irredentismo, con lealtad institucional y capacidad intelectual para conocer la historia y reconocer la evolución histórica que posibilite una lectura fidedigna del presente.

Y para ello hace falta un buen Gobierno en Cataluña, que gobierne para el bien común y no que administre la estrategia rupturista de una minoría, por amplia que sea. Que respete los deseos y ambiciones de todos, no solo de los independentistas. Que defienda los derechos y libertades de la totalidad de catalanes y que no se limite a propiciar, propagar y proteger a los que hacen de la estelada un motivo de división y enfrentamiento, una bandera para el sectarismo y la exclusión, una enseña de odio y no de convivencia.

Cataluña necesita sosiego y paz y un Gobierno que trabaje para ello, que persiga armonizar la pacífica convivencia con las legítimas aspiraciones de mayor autogobierno y hasta de una configuración distinta del Estado de las Autonomías que sea más parecida a uno federal.

Un Gobierno que evite la confrontación estéril en beneficio del progreso y desarrollo de la comunidad, para que no huyan más empresas de la región y la modernidad, no sólo arquitectónica, siga siendo una de sus señas de identidad.

Un territorio donde el catalán, el vasco, el gallego y el castellano sean sinónimos del español, de la riqueza también lingüística que poseemos, y no distingos infranqueables de división y dogmatismo, más altos que los Pirineos. Un Gobierno que haga una Cataluña fuerte dentro de una España vigorosa en una Europa unida.

4) Un tren para Extremadura. Es incomprensible que Extremadura no disponga, tras 40 años de una democracia que ha descentralizado el Estado, de vías ferroviarias electrificadas y de alta velocidad como el resto del país. Que sus trenes sufran de unos ramales estrechos y antiguos que los hacen ir más despacio que un coche y, con demasiada frecuencia, tener accidentes de diversa consideración que convierten cada viaje en una odisea.

Viajar en tren por Extremadura es lo más parecido a viajar en locomotoras de vapor, cuando su velocidad era superada por un caballo al galope, las averías eran cotidianas y el bienestar de los viajeros se limitaba a bancas de madera. Casi, casi, es la actual red ferroviaria de Extremadura, región castigada por la desidia gubernamental de la nación y por una concepción radial de las infraestructuras, que convierte a muchas de ellas en insostenibles.

Lo que no se entiende es que se construyan vías de Ave hasta Lérida, por ejemplo, y no se puedan construir hasta Badajoz si no llegan hasta Lisboa. O que, al menos, no se electrifiquen y renueven las viejas vías, muchas de ellas con traviesas aún de madera, para que circulen trenes modernos y de media velocidad.

Aparte de otras necesidades que se cubren para permitir que las regiones accedan al desarrollo, Extremadura precisa de un tren como el que disfrutan las demás autonomías del país. Si, además, fuera diseñado atendiendo a las particularidades de un territorio con más tráfico y desplazamientos de norte a sur que de este a oeste, sería actuar con la lógica, atendiendo a la demanda real de los ciudadanos y a los flujos económicos y comerciales de la región. No sé si eso será pedir demasiado. Pero lo cierto y perentorio es que Extremadura necesita el tren. Y lo necesita ya.

5) Fin de la violencia de género. Asesinatos de mujeres por sus parejas o exparejas y asesinatos de mujeres por desconocidos que abusan de ellas para después matarlas. Existe en nuestro país una intolerable tendencia hacia el feminicidio, a asesinar a la mujer por el mero hecho de ser mujer, que es necesario frenar y erradicar.

Una violencia que arrastra un número de víctimas mayor que la del terrorismo de ETA, pero que no percibimos de la misma gravedad y casi acostumbrados a que medio centenar de mujeres mueran cada año a manos del machismo asesino como si fueran accidentes inevitables de carretera.

Ni la educación, ni el nivel económico ni la libertad, conquistas extendidas a toda la sociedad, han proporcionado a las mujeres el respeto escrupuloso a su igualdad y dignidad. Siguen siendo consideradas ciudadanas de segunda clase, hasta en los salarios, o simples objetos de satisfacción para los hombres-macho.

Ya es hora de atajar esta lacra y poner medidas contundentes que castiguen con dureza cualquier atentado contra la mujer, ya sea abuso, maltrato, violación o asesinato, para que ningún hombre, que confunde igualdad con debilidad y virilidad con animalidad, se crea con derecho a imponer su santa voluntad o desfogar sus más bajos instintos sobre ninguna mujer. Hay que poner fin a la violencia de género.

6) Un trabajo digno. Si la recuperación económica registra datos de franco beneficio para las empresas y el sistema financiero, también debería favorecer el empleo y los salarios. La austeridad, tal vez inevitable en momentos de crisis, ha de ser sustituida por la restitución de derechos y condiciones laborales existentes antes de su estallido.

Se ha de recuperar el trabajo estable y la remuneración acorde con la productividad y los beneficios empresariales. Las medidas excepcionales adoptadas durante la última crisis financiera deberán ser anuladas cuando esta finaliza y comienza un ciclo de expansión y crecimiento.

Una economía es sólida cuando el trabajo que genera es igualmente sólido y estable, sin descansar en una volatilidad laboral que castiga al trabajador innecesariamente para reducir costes. Si el mercado laboral no corrige sus desequilibrios, será necesario regularlo para evitar abusos y atropellos de los derechos de los trabajadores. Ya es hora de recuperar un trabajo y un salario dignos para que la recuperación alcance a todos.

7) Un futuro para los jóvenes. Que exista un porvenir de esperanza para quienes ahora se preparan para tomar el relevo a la generación que les precede. Un horizonte para los que se afanan en sus estudios, para los que luchan por un puesto de trabajo, para los que aspiran a emprender un proyecto de vida y ven imposible adquirir una vivienda, convertida en mercancía de especulación antes que en derecho reconocido. Sin renovación generacional no hay sociedad que perdure cohesionada.

Por eso hay que asegurar el día de mañana de los jóvenes, de confiar en sus capacidades y de facilitarles la consecución de sus sueños e ilusiones. Que todos nuestros esfuerzos se concentren en dejarles un mundo mejor, una España que les motive a formarse y aportar su contribución imprescindible cuando les corresponda. Hay que ofrecer un futuro prometedor y sin nubarrones a nuestra juventud.

8) Una sanidad y una educación públicas. Que no solo sirvan para redistribuir la riqueza nacional, sino para extender la igualdad de oportunidades a toda la población y como palancas de mejora social y equidad. Una sanidad accesible a todos los ciudadanos que los ayude a recuperar la salud en tiempo y forma, y una educación que alimente el afán de conocimientos y los estudios académicos de quien tiene disposición de formarse, aunque no disponga de medios o recursos. Que ni la salud ni la educación sean obstáculos para el desarrollo integral de las personas, independientemente de donde vivan o de cualquier otra condición, sino simplemente por ser españoles.

9) Una vejez confortable. Es lo menos que se le puede desear a nuestros mayores cuando ya dejan de ser “activos” para la sociedad. Que dispongan de unas pensiones que garanticen su sustento y necesidades, sin que estén continuamente cuestionadas por la coyuntura económica.

Establecer un sistema público de pensiones que sea estable, equitativo y sostenible para que ningún anciano, independientemente de sus cotizaciones, se sienta desamparado y sin un lugar donde caerse muerto. Pero más allá de lo material, hay que procurar que la senectud esté reconocida como estadio de la experiencia, de la autoridad, de la madurez.

Que la vejez no sea equivalente de inutilidad o decrepitud, sino referencia útil y serena para los “activos” de la comunidad, empezando por la familia, libres ya de la fogosidad impaciente de la juventud. Que nuestros viejos disfruten de una tercera edad confortable, sin exclusión social y con aprecio de lo que dieron y de lo que todavía pueden aportar con sus consejos, colaboración, conocimientos y larga experiencia. Tengámoslos en cuenta y no los arrinconemos en asilos que asemejan trasteros humanos.

10) Barrer la corrupción de la actividad política y económica. Que las prácticas corruptas sean lacras de tiempos pretéritos y de políticos expulsados de todos los partidos e instituciones. Que la transparencia y los controles impidan cualquier tentación de engaño y fraude, y que la mera sospecha de ilegalidad, irregularidad o corrupción acarree el descrédito y la condena de cualquier tramposo en cualesquiera actividad que desenvuelva. Que ningún enriquecimiento ilícito vuelva a ser tolerado ni percibido como virtud por la sociedad. Y que el nuevo año sea el tiempo de los honrados y decentes en todos los aspectos de la vida.

11) Que los ultras caigan en la insignificancia. Sean de derechas o izquierdas, por ser residuales y patéticos con sus idearios sectarios, racistas, misóginos, supremacistas, antidemocráticos y reaccionarios. Que su misma radicalidad los condene a no alcanzar nunca gobiernos e instituciones desde donde propagar sus mensajes de odio y de retroceso en derechos y libertades.

Y que carezcan de influencia sobre el miedo e inseguridades de la gente, que no tengan capacidad de manipularlas para conseguir sus fines retrógrados. Que existan como rémoras de un peligro que acecha nuestra democracia y convivencia y que nos obliga a mantener una alerta constante para defenderlas cada vez que votamos.

12) Una cultura de emancipación. No de sumisión y pensamiento único; una cultura que contribuya a ampliar miras, expandir horizontes, abrir cerebros, crear criterio propio, romper ligaduras que atan a lo establecido, a lo tradicional, a los convencionalismos, y que dé alas a la creación artística y a la libertad de pensamiento.

Una cultura de emancipación del ser humano que lo aleje del consumismo y de la sociedad del espectáculo que imperan en la actualidad en cualquier manifestación, ya sea política, religiosa, cultural, deportiva o social. Una cultura no sometida a las leyes del mercado, pero sí estrechamente ligada a las necesidades espirituales de las personas y a su afán por descubrir lo ignoto, lo prohibido, lo inimaginado de la realidad.

Estas son las propuestas utópicas para un 2019 que nos impele a soñar.

DANIEL GUERRERO

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