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  • 20.5.19
La herida es la última novela del escritor argentino Jorge Fernández Díaz (Buenos Aires, 1960), un thriller político encerrado dentro de una gran novela policial. Pero este libro es también una novela de aventuras y de misterios, así como un friso de personajes y de hechos de la nueva política. En definitiva, un diagnóstico de qué es la trastienda de la política y cómo funciona la mafia política.



En esta historia, una monja desaparece dejando un misterioso mensaje y un colaborador del Papa Francisco encarga a dos agentes de Inteligencia buscarla por cielo y por tierra. Uno de ellos es Remil, el polémico personaje de su anterior novela, El puñal.

Fernández Díaz, como analista político que es, lanza algunas pullas contra Bergoglio, pero no contra su papado, solo de lo que hace secretamente en Argentina cuando juega a la política. Pero también lo alaba cuando habla de los curas villeros, que andan por las zonas más pobres del país luchando contra los narcos, la prostitución y la pobreza.

Lleva treinta años en el periodismo de trinchera, como él lo llama, pero sus novelas son una batidora donde mezcla realidad y ficción. Piensa que en el financiamiento de los partidos políticos está la clave del resurgir y el germen de esta mafia. Dice que en el Vaticano leen de manera minuciosa sus textos y dice también, irónicamente, que Francisco nunca soñó con ser el Papa, sino que soñó con ser Perón en la década de los sesenta.

A los 19 años era de la llamada Izquierda Nacional que votaba al peronismo. Hoy es el más crítico con el peronismo. No es alto, pero es elegante. Tiene una mirada de haber consumido la vida a cada minuto y una apariencia de dandi exitoso. Amable, de oratoria que destila conforme construye cada frase.

Se siente argentino en España y español en Argentina. Arrastra una prosa florida de recursos múltiples que lo han consolidado como un grandísimo escritor. Su obra mezcla realidad y ficción, periodismo y literatura. Es autor, entre otros libros, de Mamá, La logia de Cádiz, Las mujeres más solas del mundo, Te amaré locamente o El puñal. Ha recibido la Medalla de la Hispanidad del Gobierno español, es académico de la Academia de las Letras de Argentina y académico correspondiente de la RAE.

—Comienza su novela describiendo cómo una monja se desnuda y desnuda baja al sótano y arroja sus hábitos a la caldera y, con ellos, “su antigua vida”. Como buen periodista, cuida el arranque de sus libros.

—Sí, sí. Porque cuando un libro me engancha, me engancha en la primera página. Y además me gusta que me creen intriga, misterio, algo que va a tirar de la trama hasta el final. Y esa escena, como verás, es fundamental para toda la historia.

—La herida es un 'thriller' político dentro de una novela policial, donde se cruzan cuatro misteriosas historias de amor.

—Sí. Sin revelar, porque todas esas historias de amor son secretas curiosamente. Así que no puedo revelar sin destruir la trama. He trabajado mucho los personajes femeninos. Me interesa muchísimo la mujer. He sido un cronista político durante 30 años pero también he hecho de cronista sentimental, en el sentido de que he hecho historias de amor de gente común en mis libros. He entrevistado a mi propia madre, que es asturiana. Y todo eso me dio una experiencia emocional y grande.

La mujer como personaje literario me parece fascinante, porque la mujer está en un momento de revolución, donde está cambiando su relación con el mundo, con el mundo del trabajo, con el hombre. Y, bueno, por eso te digo que un hombre depredador es peligrosísimo; una mujer depredadora es letal, porque la mujer tiene la inteligencia emocional.

Yo he creado una serie de personajes. La monja es uno de ellos. Beatriz Bella, una operadora política, es otra. Y después, una actriz, la diva. Hay una serie de personajes secundarios, mujeres que las he trabajado muy minuciosamente. Conozco sus historias, aunque no están contadas en el libro, pero era necesario que alguna tuviera una historia y un modo de moverse, etcétera.

Y son, porque soy muy admirador, primero, de los grandes pintores, que siempre han dedicado mucho a las pequeñas figuras secundarias, tanto o más inteligencia, intenciones, talento y tiempo que a los personajes centrales de las grandes figuras. Y, además, porque soy admirador de las viejas películas de Hollywood de los cuarenta, de los cincuenta, de los sesenta.

Cuando vos ves esas películas, visceralmente las ves porque los personajes secundarios te deparan siempre alguna nueva sorpresa. No viste algo o lo ves de otra manera. Entonces, he trabajado mucho esas mujeres que viven historias de amor, en algún caso triangular, todas secretas, todas se han ido revelando a medida que avanza la investigación.

—Recupera a su agente Remil, a quien un colaborador del Papa Francisco le encarga investigar la desaparición de la monja con la que arranca la novela.

—Así es. Hay un vínculo ahora nuevo entre la Argentina y el Vaticano, que antes no existía, muy claramente. El Papa es argentino. En este caso, tengo algunas críticas de Bergoglio pero no a nivel de con su papado y lo que se ve a nivel mundial, sino lo que hace secretamente en la Argentina, que juega a la política. Yo soy un analista político, lo he criticado varias veces.

Lo que no puedo criticar, de ninguna manera, es lo que creó en las zonas más pobres de la Argentina, y es una red de curas, los llamados curas villeros. Estos curas son legionarios que van con la fe a luchar contra los narcos, contra la prostitución de la plata, la prostitución al pobre, y realmente son héroes a quienes he visto, entrevistado, los conozco personalmente.

La monja es un personaje surgido absolutamente de esa realidad. Yo te puedo asegurar que la monja no existió, porque es un personaje de ficción, pero es la radiografía de todo lo que aparece en La herida. O ya tengo un expediente, o me lo contaron, o lo vi personalmente. No lo hice de una manera en clave, sino con todo lo que conocía, con treinta años de periodismo en la trinchera, con todo eso que en periodismo no puede entrar, porque no puedes probar muchas cosas.

Yo realmente lo he metido todo en una batidora y he construido los hechos y los personajes. Yo empecé, bueno, una aventura de misterio y de repente se me heló el pecho. Y dije esta es la realidad. Esta es la realidad. Y efectivamente, es una novela de aventuras y de misterios que crea, sin embargo, un friso, una galería de personajes y de hechos de la nueva política, de lo que ocurre en la trastienda de la política, de cómo funciona la mafia política. Cada país tiene la mafia política que merece, pero todos los países la tienen. Todas tienen el mismo origen además. Que es el financiamiento de los partidos políticos.

—Paralelamente a esta historia, una operadora política es controlada por el gobernador de un feudo de la Patagonia para mejorar su imagen en las próximas elecciones.

—Sí. Ahí lo que quise mostrar es una mujer terriblemente inteligente, una gran operadora política. Lo que quise mostrar es cómo funcionan las nuevas técnicas de la teatralización de la política, de construcción de hegemonías. Cómo le crean un pasado heroico que no tuvo y crean una épica, dividen a la sociedad en dos.

Sobre esa épica hacen una campaña que hace cambiar su imagen, lo hacen trabajar sobre un guión, compran a una parte de la oposición, vigilan a los jueces, a los jueces que se portan bien los ascienden, a los que se portan mal los hunden. Y cultivan, sobre todo, los servicios de inteligencia para vetar dosieres, para vetar gente, para vigilar gente. Eso es algo que no creo que sea privativo de la Argentina, sino que es una tendencia.



—Dice usted que los periodistas solo cuentan el 20 por ciento de lo que saben. Con 'La herida' trata de ficcionar precisamente aquello que no puede contar como periodista.

—Es cierto. Es un límite que nosotros no debemos cruzar como periodistas. Nosotros tenemos un contrato de lectura con nuestros lectores que dice lo que no podemos comprobar no se puede publicar. Cuántas cosas sabemos los que hemos estado viviendo durante treinta años, que son cosas fundamentales de cómo funciona la trastienda, de verdad, del poder. Miles de cosas. Simple. Eso para mí fue un material interesante. Por eso que recurrí para contar ese material como literatura.

—Aquello que no cuenta como periodista puede tener dos razones para no hacerlo. Lo sabe, pero no tiene pruebas. Tiene pruebas, pero teme represalias.

—Claro. Sí. La más clásica es la represalia de tu propia empresa o algo por el estilo. Pero yo no he sentido nunca eso. He sentido, sí, el hecho de cómo voy a contar esto si no tengo más fuentes que un documento que lo respalda. Pero yo sí sé que es cierto. Yo sí sé que es verdad. Pero no puedo traicionar ese código férreo.

Me parece que hay dos cosas que no se deben traicionar en el periodismo. Una es esa. Y otra es no intoxicarse con los servicios de inteligencia, que es una gran tentación esta, porque te traen dosieres enteros que a veces son verídicos. Pero también estás sirviendo a alguien oscuro que quiere destruir a otro, digamos.

Así se ha hecho el periodismo de investigación de todos los tiempos. Pero yo he procurado contenerme a distancia de los servicios de inteligencia, a pesar de que ahora varios agentes de inteligencia son fanáticos de Remil.

—Esta subcultura del entramado mafioso, dice que, hace veinte años, era colateral pero hoy es central. ¿Argentina va hacia donde ya llegó México?

—Bueno, hay un gran peligro con la droga. Sí, sí. Hay un gran peligro. No sé si vamos a saber detenernos a tiempo, sobre todo porque hubo unos 12 o 14 años donde se miró para otro lado. Oficialmente no existía el narcotráfico. Y estaba entrando apoderándose de un montón de cosas. Así que me parece que va a ser difícil deshacernos de esto.

Todavía no somos un país productor de cocaína, sí productora de paco (pasta base), que es la droga de los pobres. Espero que no lleguemos nunca a México, pero aun así la mafia política está formada de otra cosa. Muchas veces los policías les cobran, a los narcotraficantes, comisiones por mirar para otro lado. Y muchas veces, parte de esa comisión sube al político para su política. Pero hay otras formas de corrupción. O sea, que las mafias, con o sin narcotráfico, las mafias políticas funcionan.

—Como ha dicho, usted ha sido crítico también con muchas políticas del Papa Francisco que le han acarreado algunos dolores de cabeza. Pero también elogia su lucha contra los narcos.

—Nunca tuve dolor de cabeza. Sería exagerado si dijera eso. No, no. Sé que ellos en el Vaticano leen minuciosamente los textos que yo escribo. Lo que pasa es que yo soy un analista político de los domingos. Y si ellos se meten en política, entonces intensamente caen en la mirada de los articulistas políticos.

Cuando yo les critico por algo que hacen, proceden hábilmente y dicen nosotros somos pastores. Son pastores, pero participan decididamente. Es totalmente desconocido para el mundo. Eso para el patio de atrás. Y yo siempre digo irónicamente que Francisco nunca soñó con ser Papa: soñó con ser Perón en la década de los sesenta. Y todavía le gusta mucho, mucho, la política de su país.

No tiene una enorme gravedad, pero sucede. En esta novela no se denuncia eso. Para nada. Te diría que esta novela reafirma la heroicidad de las personas y lo que les pasa a las personas que Bergoglio puso en la miseria, para confortar a la gente que vive allí.

—Sí condena la situación de su país. Para usted, 24 años de peronismo solo han permitido la proliferación de la pobreza. “Hasta han traicionado al primer Perón”, dice.

—Está claro que a los 19 años yo era de la llamada Izquierda Nacional que apoyaba al peronismo porque el peronismo era el proletariado y, bueno, por una serie de cosas, éramos trotskistas, una serie de trotskistas nacionalistas, cosa rara, y he votado al peronismo muchas veces. Primero, por convicción y estupidez. Luché todo el tiempo contra esa idiotez propia. Y después, por resignación. Hasta que el peronismo se convirtió en un solo partido, el partido hegemónico de la Argentina, que gobierna y que, cuando no gobierna, no deja gobernar.

¿Qué pasó en la provincia de Buenos Aires? La mitad de los que vienen a la provincia trabajan en negro, no tienen vacaciones, obras sociales, seguros médicos. O sea, no tienen nada. Eso es la negación del primer Perón que, justamente, vino a traer eso en 1945.

La provincia de Buenos Aires es la provincia más grande, es un país entero, el 70 por ciento de la población no tiene servicio de alcantarillado, no tiene lo básico. Si vos después de 25 años de gestión ininterrumpida en la provincia de Buenos Aires, lo que produjiste fue eso y, además, una pobreza que está oficialmente a nivel nacional en un 30 por ciento, que es enorme.

Pero nosotros sabemos que en la provincia de Buenos Aires esa pobreza es más grande, por lo menos del 40 o 45 por ciento. Bueno, ese es el partido que nos iba a sacar de la pobreza. Trabajó creando pobreza y que los pobres dependan de él. Creo que soy una de las personas más críticas del peronismo que hay en la Argentina. Eso sí me trae de vez en cuando dolores de cabeza (sonríe).

—Su libro 'Mamá' es el resultado de más de 50 horas sentado al lado de su madre, una asturiana emigrante, escuchando su historia de vida. Todo comenzó después de una consulta psiquiátrica. Mientras ella hablaba, el psiquiatra lloraba.

(Ríe). Sí. Eso me impactó muchísimo. Entonces fui corriendo y escribí “La mujer que hacía llorar a su psiquiatra”. Pensé: es una experta en calamidades, llora, mi madre tiene una historia que contarme. Por supuesto, yo conocía la historia. Yo me crié en el barrio de Palermo, donde nació Borges también, un lugar de clase media baja, donde eran todos estudiantes.

Mi abuelo disimulaba que no era español, porque no era fino español. Fino era ser un caballero argentino. Estoy hablando de cuando la Argentina era otra cosa. Y mi madre, claro, tuvo una historia muy dramática. La conocíamos, pero era la historia de nuestros padres.

Si vos y cualquier lector toma a su padre o a su madre, si tiene la suerte de que está vivo todavía, y si lo empieza a entrevistar como si fuera un periodista durante varios días, tomando notas, preguntándole a fondo, lógicamente no dejándole que salte, cuestionándole incluso algunas cosas que diga, bueno, lo que encontramos es impresionante.

Creo que en el árbol genealógico, si nosotros sabemos estudiarlo bien, estamos inscritos nosotros en ese árbol genealógico. Somos un pedazo de este primo, de este tío. Imaginariamente el árbol genealógico va formando nuestro propio rostro si uno tratara de dibujarlo.

Ese libro es un libro que no le iba a interesar absolutamente a nadie, que era la historia de una persona desconocida y fue un longseller impresionante. Vendió muchísimo en distintos países, incluso en España vendió 18.000 ejemplares, que es muchísimo. Lo publicó RBA hace 17 años. Ya está inencontrable. Ahora lo va a publicar Alfaguara. Actualizado, va a tener otras partes porque siguieron sucediendo cosas.

Eso te digo que me cambió mi vida, porque descubrí la importancia de la emocionalidad en el periodismo y la idea de que el periodismo y la literatura podían ir juntas, no escindidas, juntas, porque eso es una novela-reportaje, es una novela verídica, es todo eso junto.

—Igual que le ocurrió a Vargas Llosa, su padre, Marcial, no quería que usted perdiera la vida escribiendo. Hasta se retiraron la palabra. Aunque después todo se arregló.

—Sí. Fue un episodio que yo digo que es la herida fundamental. De eso hablo en este libro. Es un libro de espionaje pero Remil tiene que transferir un problema emocional que yo he tenido. Esa siempre es la clave. Yo le transfiero a estos canallas superprofesionales problemas personales que yo tengo.

En la primera, la desesperación amorosa –quién no ha tenido una desesperación amorosa– se la transmito a Remil. Y en la segunda, el conflicto con su jefe, que es el conflicto que yo he tenido con Marcial. Marcial, a sus 15 años, decidió que la literatura y la vagancia eran lo mismo. Y te digo que fue algo grave, grave. Y cuando te digo grave, es que no nos hablamos durante ocho o nueve años de verdad. No hablábamos. Él me dio por perdido y me profetizó la ruina. Por perdido. No quería saber más nada conmigo.

Realmente lo que pasó es que era un camarero de bar. Yo lo comprendo perfectamente porque traía otra cultura. A los 25 años, cuando yo era cronista de sucesos, escribí una novela negra por entregas y en un capítulo hay un periodista que lleva un dinero para un rescate, lo deja en un piso en el bolso y se da la vuelta, y pasa corriendo un chico de la calle y se lo roba. Termina el capítulo dramáticamente.

Ese día suena el teléfono en la redacción, yo atiendo y mi padre me dice: “Te quiero hacer una pregunta. ¿Va a recuperar el dinero?”. Y yo le digo: “¿Por qué lo preguntas, papá?”. “Porque aquí todos los parroquianos me están diciendo que quieren saber qué va a pasar mañana. ¿Va a recuperarlo?”. A mí se me saltaron las lágrimas. Disimulé que no lloraba y le dije: “Sí. Lo va a recuperar”. “¿Estás seguro?”. “Sí, sí”. Cortó. Yo me fui al baño a llorar. Y la literatura, que nos había distanciado, nos unió.

Y yo tomo este conflicto y lo traslado a Cálgaris y a Remil. Remil, durante toda la novela, va a intentar demostrarle a su padre simbólico que está equivocado y a sí mismo. Todos nosotros tenemos una herida que nos infligieron en la infancia, en la adolescencia. A veces, consistente o inconsistente, no tiene que ser algo muy grave. Pero siempre es algo serio. Todos nosotros luchamos fantasmalmente con esa herida.

—En el ritmo de sus textos ha tenido mucha influencia Tomás Eloy Martínez, uno de los mejores narradores de América Latina. Dicen que inventó la escritura de leyendas basadas en la realidad.

—Así es. Así como he tenido en Arturo Pérez-Reverte una relación muy grande, la he tenido con Tomás Eloy Martínez. Experiencia doble, cosa de periodistas y escritores de ficción también. Él usaba también los materiales de otro modo, pero usaba los materiales que le había dado el periodismo para ficciones. Santa Evita, la novela de Perón, crea un Perón y crea una Evita que son hoy para mí más verdaderos que el propio Perón y que la propia Evita. Es impresionante lo que hace.

Yo lo traje de Estados Unidos a Buenos Aires para que volviera a hacer unos suplementos, que hemos hecho con mi mujer y con él, el suplemento ADN Cultural de La Nación. Y he tenido una relación en los últimos tiempos áspera porque él hace mucho que no volvía a las redacciones y, bueno, quería hacer las cosas a su manera y su manera era anticuada.

Yo ya me fui hace cuatro años de la redacción y ahora vuelvo y estoy seguro que estoy oxidado, seguro. Pero al final de su vida, tuvo un final horrible pero muy poético también. Es decir, tuvo un tumor en el cerebro que se le fue cerrando como compuertas, como si se estuviese quedando paralítico pero con una lucidez absoluta. No podía mover nada. Y él mandó llamar un día para despedirse de mí.

Como siempre nos contábamos los libros que íbamos a escribir y mirándonos a los ojos él sabía que me estaba contando un libro que no lo iba a escribir. El libro que no iba a escribir era que el periodismo y la literatura eran lo mismo si uno los trataba como arte verdaderamente. Un ensayo que nunca sabremos cómo sería lo que él hubiera querido escribir. Y me acuerdo que él se tiraba de la cama y se arrastraba por el piso cada día para escribir una línea más. Eso siempre me pareció una metáfora de la vocación esencial, volcánica, de un escritor verdadero.



—En Argentina nada más salir vendió 80.000 copias de 'La herida', en un país donde un 'bestseller' se cuenta a partir de los 2.000 ejemplares.

—Bueno, nos ha sorprendido a todos. Yo salí el mismo día que Braun, que es como estrenar tu película al lado de La guerra de las galaxias más o menos. La gente volvía a comprar El puñal. Entonces, los dos libros subieron en el ranking de ventas. Es la primera vez en la Historia que hay, pongámoslo así, un detective, un personaje de la novela negra, que es un fenómeno editorial en la Argentina. Es la primera vez.

—Sus novelas están basadas en expedientes que ha leído porque necesita el sabor de la realidad. ¿A partir de qué momento empieza a ficcionar?

—Todo lo que vos leés ahí es ficción. Ahora, muchas veces solo con la ficción se puede contar la realidad. Esta es la gran paradoja. Solo haciendo ficción se puede contar la verdad. Eso es lo que buscan estas novelas. Nunca transcribo cosas directas de la realidad. No me interesan historias verídicas, porque si no las haría del periodismo. Y si no las pudiera probar, no las haría. Pero siempre que veo algo que no se puede contar en la realidad, busco un equivalente ficcional a eso.

Un día me llamaron y me dijeron hay un club de fútbol que lo compró un cartel de la droga y a los jugadores de fútbol los llevaron de fiesta a todos juntos a Las Vegas con putas a jugar y qué sé yo. Pero no lo puedo probar. Y no se pudo probar nunca. Hasta ahora. Pues yo lo introduzco en La herida.

—Remil, como usted, es huérfano. Sus lectoras se enamoran de él y los lectores se tomarían una copa con él. ¿Hay mucho de él en usted?

(Ríe). No, no. No. No es que las mujeres se enamoran de mí. En ese sentido, no. Qué tengo yo que ver con Remil, nada. Remil es un agente capaz de matar, de torturar, de cualquier cosa. Sin embargo, no es cierto. Nadie escribe finalmente sobre lo que no es. Por supuesto, yo no soy ese canalla, pero llevo ese canalla dentro. Ese canalla que llevamos y que, por suerte, no dejamos salir. Ese que mataría, ese que tiene como arrebatos que, por supuesto, los reprimimos gracias a dios.

Déjame decirte que la novela me parece que yo la planteé como una cacería. Él es un cazador que atraviesa una jungla de asfalto, la que describe, y va buscando una presa. Creo en verdad que toda la novelística policial es eso, es una novelística de la cacería, donde el detective es el cazador. Hay presas, hay huellas, hay depredadores. Y si es una buena novela, en general, describe la sociedad.

—Todos tenemos una herida, consciente o inconscientemente. Usted también tiene la suya, como dice. ¿Ya cicatrizó o se ha abierto alguna nueva?

—No, no. Creo que hay heridas a lo largo de la vida. Pero esa fundamental hay que trabajar mucho, mucho, para eliminarla. Yo no creo haberla eliminado. De hecho, yo soy un trabajador adicto. Mi padre murió hace más de diez años, pero yo le sigo respondiendo fantasmalmente. Acojonante, verdaderamente.

—¿'El puñal' pronto llegará a las pantallas?

—Me lo compraron. Se lo dieron a un montón de guionistas. No les gustó a ninguno. Es muy difícil hacer una adaptación de una novela. Y ahora estoy haciendo yo el guión. No sé si sirvo para hacer un guión. Vamos a ver. He hecho algunas colaboraciones. Es otro tipo de lenguaje.

—Eres argentino de padres españoles.

—Yo me siento muy español en la Argentina y muy argentino en España. Todavía mi cultura española es muy grande. De hecho, me condecoró el Rey y el Gobierno de España por los vínculos, por la cultura española, porque todos los escritores importantes de España han sido presentados por mí allí. Tengo una relación directa, además de las relaciones humanas con mis amigos y con mi familia que todavía sigue aquí, allí en Asturias. Leo todos los días periódicos españoles, conozco a los personajes más estrambóticos de España, así como conozco a los argentinos. Estoy muy ligado a España, sí.

—¿Qué escribirá ahora?

—Primero, voy a tratar de terminar el guión y después sí me voy a poner con la tercera novela de Remil, que necesita mucha planificación. Como todas estas, no son improvisadas. Tienen estructuras especiales que no son las lineales absolutas, pero a la vez tienen que ser populares, tienen que tener una serie de enigmas descubiertos siguiendo una premisa de Borges, que decía que, cuando le das una sorpresa a un lector, cuando revelas el enigma, que no sea estrambótico, que no sea raro, que él no lo vea venir, pero que, cuando llegue, diga es lógico, no podía ser de otra manera.

Y aquí en La herida hay cuatro o cinco de esas sorpresas. Una detrás de otra en las últimas cien páginas. Para estudiar eso, me lleva un tiempo largo. No te diría que de documentación. Como diría García Márquez, la carpintería. Tiene que funcionar, tiene que ser fluida, verosímil y a la vez emocionante. Muchas cosas al mismo tiempo.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO
FOTOGRAFÍAS: ELISA ARROYO

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