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Mostrando entradas con la etiqueta Desde la nostalgia [Juan Navarro Comino]. Mostrar todas las entradas
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  • 26.7.16
Hay personas jóvenes, no todas, que solo sirven para quejarse y lamerse las heridas, como se suele decir vulgarmente. Personas que no saben vivir sin quejarse y sin autocompadecerse. Yo conocí en una ocasión a una mujer joven que, en todas las situaciones de su vida, siempre estaba agobiada: si trabajaba, estaba agobiada; si no trabajaba y solo tenía los trabajos de su casa, se agobiaba; al tener niños, el cuidado de sus hijos le agobiaba. Siempre de mal humor y autocompadeciéndose.



En una ocasión yo le comenté –y no le hizo mucha gracia mi comentario– que en mis tiempos de juventud, las mujeres trabajaban ocho horas en un turno en fabrica; a veces trabajos duros pues, en aquellos tiempos, exigieron en los convenios de trabajo los mismos derechos en todo que los hombres. Pero, eso sí, tenían que desarrollar los mismos trabajos.

Por las mañanas, o bien por las tardes –según el turno–, les tocaba llevar la casa, hacer la compra –y sin coche pues, en aquellos años, pocas personas tenían vehículo–, llevar los niños al colegio, etcétera. Algunas contaban con la ayuda de sus maridos; otras no. Pero, de todas maneras, era un buen sacrificio.

Mujeres luchadoras que nunca se quejaban por tener que atender a sus dos o tres hijos, llevarlos al médico, cuidarlos con cariño, o pasar una mala noche si enfermaban y al día siguiente trabajar. Y no se quejaban, ni se autocompadecían. Tal vez esas mujeres estaban hechas de otra pasta. Luchadoras, trabajadoras a tope, y sin quejarse. Sus obligaciones no le daban tiempo a quejarse.

Quizás esto se deba a que la juventud ha crecido con toda clase de comodidades y caprichos, y ahora, con el hecho de la crisis y no tener acceso al trabajo, se han acomodado tan bien que solo saben lamentarse. La mayoría de las cosas que andan mal comienzan a materializarse cuando nos lamentamos. No pierdan el tiempo en lamentaciones y preocupaciones, pues solo traen enfermedades.

JUAN NAVARRO COMINO
  • 15.6.16
Les voy a relatar un poco sobre historia de la encantadora villa en la que llevo viviendo ya unos años, de unos 6.600 habitantes más o menos. Se llama Santpedor, se encuentra en la comarca del Bages, a unos seis kilómetros de la ciudad de Manresa. Antes era totalmente agrícola y en la actualidad, también, pero no con tanta intensidad.



Hace años hicieron dos polígonos industriales con muchas empresas y adquirió un buen auge. Actualmente, con la crisis, la cosa ha ido a menos, lamentablemente. La agricultura sigue, gracias a unos labradores que, con sacrifico y esfuerzo, la van aguantando, pero no con el esplendor de épocas pasadas. Debido a eso la llamaban "El granero de la comarca del Bages".

Conserva un casco antiguo pequeño pero muy bonito. La Plaza Grande, en la cual desembocan las calles del alrededor, acoge el Ayuntamiento, con sus porches, una muestra de la arquitectura civil antigua caracterizada por los grandes portales con ventanas góticas, arcadas del Renacimiento y balcones barrocos.

La restauración a la que fue sometida en el año 1984 dejó una Plaza Grande preciosa, con la escultura del tamborilero que han sabido conservar contra viento y marea. Aún tiene dos puertas antiguas de las que en el siglo XIV llamaban "puertas de entrada a la ciudad". Todo esto lo conservan lo mejor que pueden y el Ayuntamiento es muy estricto en el tema de reformas en el casco antiguo. Y que siga así por muchos años. Aquí lo nuevo se construye fuera del casco antiguo, que es intocable.

En esta ciudad tan acogedora nació, allá por 1790, un joven llamado Isidre Lluçà i Casanoves, “El Timbaler del Bruch” o “El tamborilero del Bruch”, traducido al español. Cuando en el año 1808 las tropas del general francés Duhesme atravesaron la frontera francocatalana y ocuparon sitios estratégicos del territorio catalán, la reacción popular frustró en gran manera los planes de Napoleón y comenzó la Guerra de la Independencia, conocida en Cataluña como "La Guerra del Francés".

Un primer episodio importante, desde el punto de vista moral y como símbolo de la voluntad de resistencia, fueron las batallas del Bruch, en las que una columna de 3.800 soldados franceses comandados por el general Swchars fue derrotada el día 6 de junio de 1808 por tropas regulares y voluntarios de los alrededores.

El paso de los franceses por el Bruch dejó un triste resultado de siete vecinos muertos por los tiros de los franceses, pero ellos acabaron la jornada con 300, que quedaron sobre el campo de batalla. Manresa se libró del desastre solo por unas semanas, ya que finalmente los franceses la asaltaron. Pero esta es otra historia.

El Dr. Antonio Vila, comenta que el somatén de la villa de Santpedor –una institución propia de Cataluña, formada por gente armada que no pertenecía al ejército y que se reunía a toque de campana para perseguir a los criminales o bien defenderse del enemigo– se encontró con catalanes de diferentes sitios que habían llegado allí para enfrentarse al ejército francés mientras hacía parada en el Bruch.

Los sanpedorenses contaban con un centenar de labradores y cazadores bien armados, capitaneados por José Viñas y con Isidro Llusá. El tamborilero, un chico de unos 17 años, se puso a tocar el tambor animando enérgicamente con su sonido a todos los del somatén, y el eco de las montañas de Montserrat asustó a los franceses, que creyeron que se trataba de un gran ejército. Esa caja de guerra que dicen que el chico tocaba asiduamente, según el teniente coronel Francisco X Cavanes, dio un empuje muy grande al somatén para así derrotar a las tropas francesas.



Actualmente, en la carretera del Bruch hay un monumento a El tamborilero del Bruch. Y aquí en Santpedor, su pueblo, en la plaza del Ayuntamiento tiene un monumento que conmemora aquella gesta.

También quiero recordar a los seguidores del Barça que en Santpedor nació José Guardiola, y como es lógico, es terreno culé cien por cien. Y ahora más, después de haber pasado unos años practicando un fútbol precioso. Como madridista, lo reconozco. Pero este año, con la undécima, les hemos callado un poco, aunque los radicales, que son muchos, solo despotrican. De toda la vida ha sido así.

Yo, como merengue, les digo a mis hijos y nietos, que son culés, que vivo en territorio comanche, pero he conseguido que el pequeño de ocho años sea madridista a tope, para conservar así la estirpe merengue en la familia.

Así que aquí estamos ahora, aguantando el chaparrón y esperando que no sea por mucho tiempo más la borrasca. De todas formas, lo mejor de todo son los lunes, en los comedores de la empresa. Allí se forma un buen guirigay, se suelta toda la adrenalina y, después, todos tan amigos y a trabajar, cada uno con sus ideales.

Yo tengo muy buenos amigos culés pero, a la hora de ver el fútbol, prefiero verlo solo. De esta manera, sigo conservando su amistad. Eso sí, al día siguiente de los partidos en los que se enfrentan Barça y Madrid tenemos nuestras tertulias y, como es natural, con diferentes putos de vista, pues estos culés con su madriditis aguda no tienen remedio.

JUAN NAVARRO COMINO
  • 31.5.16
Hace unos días me encontré con un amigo de la infancia que hacía casi cincuenta años que no veía. Nos abrazamos llenos de alegría y comentamos cómo ha cambiado todo en la vida, cómo ha avanzado la tecnología en todos los aspectos. Recordábamos los primeros años de aprendizaje de mecánico.



−¿Recuerdas cuando trabajamos con el embarrado de correas en las máquinas? Cuando la broca de diámetro de 30 milímetros no cortaba lo suficiente, se salía la correa del embarrado y se quedaba el torno parado...

Los dos reíamos recordándolo.

−Cómo ha cambiado todo, ¿verdad Félix? −señalaba Juan− A propósito, el otro día, mi hija me enseñó una especie de recuerdo de aquellos años que había encontrado husmeando por Internet. Dame tu correo, que te va a gustar.

Se lo di y nos despedimos con un abrazo. Al recibir su correo, leí que una tarde, un nieto estaba con su abuela hablando y preguntando temas de la vida actual. De pronto, le dice:

−Abuela, ¿qué edad tienes?

−Vamos a ver, Carlos, déjame pensar un poco. Préstame atención y lo sabrás. Nací antes que la televisión; que las vacunas contra la polio; las comidas congeladas; la impresora; el fax; y la píldora anticonceptiva.

Cuando yo nací no existían los radares para los aviones; ni la tarjeta de crédito; ni los rayos láser; ni los teléfonos portátiles. Aún no se había inventado el aire acondicionado; ni teníamos microondas; ni lavavajillas; ni secadoras de ropa. Entonces, la ropa se tendía a secar para que le diera el sol y el aire fresco.

Hay más cosas aún, Carlos. "Gay" era una palabra respetable en inglés que aludía a una persona, contenta, alegre y no homosexual. De las lesbianas nunca habíamos oído hablar y los muchachos nunca se ponían aretes en las orejas. Entonces también conocíamos la diferencia entre los sexos, pero a nadie se le ocurría cambiar el suyo.

La gente no se comunicaba por Internet, ni se hacían citas y, menos, concertar matrimonios a través de la Red de Redes. Mi madre se casó; muchos años más tarde también lo hice yo, y vivíamos juntos; y en cada familia había un papá y una mamá. El hombre aún no había llegado a la Luna y no existían aún aviones para viajeros supersónicos.

No había trasplantes de órganos; se remendaban los calcetines con un huevo de mármol y se destapaban caños. Ahora se destapan las arterias del cuerpo humano. No había dobles carreras universitarias; aún no se dictaminaba el estrés ni traumas prenatales; ni las terapias de grupo con psicólogo.

Jugábamos en la calle al trompo y a las canicas, no teníamos Nintendo. Hasta que cumplí 25 años llamaba a cada hombre "señor", y a cada mujer, "señora" o "señorita". Como podrás ver, Carlos, la vida actual no es como cuando yo nací y me crié. En mi tiempo, la hierba era una cosa que se cortaba, no se fumaba como ahora. La palabra “coca” era una gaseosa y no se inhalaba; la música de Pop Rock era la que la hacia la mecedora de la abuela. Además, fuimos la última generación que creyó que una señora necesitaba un marido para tener un hijo. Y ahora, dime, Carlos, ¿Cuántos años crees que tengo?

−Más de cien, abuela.

−No mi amor. Solamente tengo sesenta.

JUAN NAVARRO COMINO
  • 18.5.16
¿Cómo se produce la envidia? Todos hablamos de ella y nadie reconoce que la tiene. Sería bueno analizarlo. Es como una especie de sentimiento muy triste y agudo que se produce cuando nos damos cuenta de que un semejante tiene una cosa, un objeto, algo, que uno no tiene. Se produce, por ejemplo, cuando una persona de nuestro nivel social tiene algo que nosotros no tenemos o bien consigue un triunfo el cual nosotros no hemos podido conseguir. Y nos sentimos frustrados.



¿Cómo se puede saber si la envidia nos está afectando? Sería cuestión de analizar si nos alegran los triunfos de los demás o, por el contrario, nos deprimen. La envidia puede arruinar la capacidad de la persona para disfrutar de las cosas buenas de la vida. “¡Mira qué coche se ha comprado Jaime! Yo no me lo puedo comprar y no me lo podré comprar nunca. ¿Cómo lo hará el puñetero?”.

La envidia se combate con mucha humildad y mucha modestia, virtudes que nos permiten valorar las cualidades y las habilidades de los demás en vez de obrar y actuar por egoísmo o presunción. Si nos pasamos el tiempo envidiando a los demás, no nos quedará tiempo para nosotros y, de esta forma, no podremos obrar bien. Si permanecemos fieles a obrar bien y a no sentir envidia, viviremos plenamente nuestra vida y aseguraremos para ella un éxito infinito.

JUAN NAVARRO COMINO
  • 27.4.16
Los niños de una separación me parecen como los gorrioncillos: se siente desamparados y los padres tendrían que ser conscientes de lo que les ocurre. En la vida actual ya no nos extrañan los divorcios ni las separaciones. Generalmente, las parejas más jóvenes se separan, sin más. Si hay hijos de por medio, pues se les pasa la pensión y nadie piensa en ese hijo que queda desarraigado del cariño del padre o de la madre. A ese tema parece que nadie le da importancia.



El niño se queda generalmente con la madre; en pocas ocasiones con el padre. Nadie se ha parado a pensar en esa criaturita que, sin saberlo, sin entenderlo y sin tener nada de culpa de la situación, se queda sin el padre y ve con el paso del tiempo que el sitio del padre es ocupado por otra persona que, aunque se encariñe con ella, no es como su padre, y más para esos niños que desde bien pequeños han tenido la figura del padre como un ídolo.

Yo conozco a un niño que, con dos añitos, sus padres se separaron. Este niño tiene ya ocho años y aun no entiende lo ocurrido. Sus padres no se entendían. Para mí que los dos tienen la culpa pues, en la vida, hay que dialogar y pensar un poco más en la criaturita que dejan casi desamparada del cariño del padre. Esto no lo asimila un niño tan pequeñito, por mucho psicólogo y por muchas ayudas técnicas que le den.

Y no hablemos ya de la mujer, la segunda mujer de su padre. Vamos, la madrasta. Muchas, al principio, comienzan con un cariño que el niño en ese momento lo asimila, pero los niños no son tontos y se dan cuenta de todo con el tiempo.

Entramos en el tema de la llegada de nuevos hermanos. Entonces la madrastra, al tener sus propios hijos, comienza a pasar de dar cariño al niño de su esposo. Vamos, pasa de él como si nada, no le hace ni puñetero caso. Él se da cuenta, dentro de su corto entendimiento de que ese cariño no es real, que todo es ficticio. La cosa ha cambiado y él está de más en esa familia.

Su madrastra ya no le hace carantoñas, ni mimos, y entonces él cambia de actitud y se escuda. Comienza a ignorar a la madrastra y la rehúye, pues le ha perdido toda la confianza que él tenía depositada en ella y, por añadido, comienza a distanciarse del padre y a no querer nada con él.

Se refugia en su madre, que es la que está con él ahora siempre. Él no entiende cómo sus padres se llevan bien pero no viven juntos. No lo entiende y no lo sabe asimilar. Comienzan los despistes en el colegio, no presta la suficiente atención y se lleva mal con todos los que le quieren porque él nota la falta de su padre. No lo puede remediar. A partir de aquí comienzan las visitas al psicólogo, visitas que le hacen bien pero que a él no le sacan de que su padre no esté, que es lo que él quisiera.

Con el tiempo, todo su entorno se da cuenta de que al niño hay que prestarle más atención. La madrastra parece que cambia un poco, está más receptiva hacia el niño. Entonces el niño comienza a darse cuenta, se acerca más a su padre y a sus hermanos, y parece que la cosa comienza a funcionar. El niño se siente más a gusto, que al fin y al cabo es lo que importa.

JUAN NAVARRO COMINO
  • 13.4.16
Mi amigo Manolo me lo comentaba el otro día. "Paco, ya no podemos con nada: los achaques nos tienen bien condicionados; muchas cosas de la vida cotidiana las hemos perdido para siempre. Sólo nos quedan cosas sencillas y simples a las que ahora les damos mucha importancia". Y así es. Yo, por ejemplo, y con mi enfermedad, lo referente al sexo está olvidado. Eso sí, me alegra la vista ver una buena mujer con un tipo exuberante. Eso me pone contento. Pero, lo que más me gusta es el día que mi esposa se encuentra bien y no padece. La pobre lleva lo suyo.



Pues a mí, Manolo, me encantaba escuchar música. Cuando trabajaba disponía de poco tiempo, sin embargo, ahora, por las tardes me pongo música de orquesta del extraordinario –y ya por desgracia desaparecido– James Last. Y, de paso, me pongo a leer un libro, cosa que antes tampoco podía. Así paso una tarde bien agradable.

¿Tú recuerdas, Manolo, en nuestra juventud, cuando aún no se habían inventado las discotecas y acudíamos a las verbenas y estábamos bailando hasta las cuatro y pico de la mañana? Y, a las seis, al trabajo; llegar a casa, coger el bocadillo que nos preparaba nuestra madre y a trabajar sin dormir. Pasábamos un día un poco fastidiado de sueño pero lo dábamos por bueno por el disfrute de la noche anterior.

Eso sí que no es como ahora, que la gran mayoría de la juventud, no digo toda, después de la discoteca viene el revolcón, y bien que hacen. La vida hay que vivirla en su momento y disfrutarla a tope, que el tiempo perdido ya no vuelve.

Me hacen gracia los jóvenes que te dicen que este fin de semana se marchan con su novia a la playa a un hotel y allí que se marchan bien contentos. Por aquel entonces, nosotros, con la dictadura eclesiástica que marcaba que todo era pecado, había que ir con recato. Y era un tabú absurdo, pues todo era pecado y no decíamos nada.

Nos aguantábamos y pasábamos los calentones como mejor se podía pues, en casa de la novia, lo primero que te advertían es que no fueras a hacerle una barriga a la chica. Aunque había quien la hacía. Ahora me doy cuenta de que, a pesar de que nos lo pasábamos bien, la juventud de hoy en día se lo pasa mejor en este aspecto. Eso sí, en el tema de las drogas ni pensar, eso hay que dejarlo de lado.

—Paco, lo que yo no encuentro bien es el hecho de cómo aguantan algunas jóvenes estos novios tan celosos que hacen correr la mano con alguna que otra bofetada. Estas criaturas no se dan cuenta que, de seguir por ese camino, el día que se casen su vida será una ruina, de bofetada en bofetada y de malos tratos. Tendrían que abrir los ojos y dejar a estos tipos de lado, pues son cobardes y ruines, y denunciar que no pasa nada, que al tipo ese maltratador lo pongan a raya. A la mujer hay que respetarla porque, con el tiempo, será la madre de sus hijos y es el ser más maravilloso que creó Dios nuestro Señor.

—Y tanto, Manolo. Y tanto.

—¿Qué haríamos sin las mujeres?

—Nada Manolo, nada. Seríamos ceros a la izquierda.

JUAN NAVARRO COMINO
  • 9.3.16
Recuerdo que era por el año 1964, un día de Navidad, como en los cuentos de película. Era por la tarde y el frío que hacía era bajo cero, de los que rajaban. Con el abrigo y la bufanda se podía soportar un poco. Gabriel caminaba paseo abajo junto a su amigo Manuel.



−¿Dónde vamos esta tarde, Manuel?

−Pues no sé Gabriel, pero atiende. ¿Qué te parece si nos vamos a la sala del Cisne a probar? Allí no piden el DNI.

−Vamos a ver, Manuel, que ya tenemos los dieciocho. No hace mucho, pero ya los tenemos.

−Me han comentado que van unas chavalillas muy apañadas.

−Pues vamos a probarlo, chico.

Llegaron a la puerta de la sala, sacaron las entradas y Gabriel le comentó a su amigo:

−Con estas treinta pesetas me quedo casi sin blanca. Habrá que llorarle a mi madre.

−Pero Gabriel, ¿tú no te quedas con tu sueldo?

−No, yo lo entrego todo en mi casa y mi madre me da 50 pesetas para la semana. Cuando voy un poco fastidiado, me socorre un poco.

Así entraron y comenzaron a observar el panorama. Había ambiente. Alrededor de una mesa vieron sentadas a dos chicas solas. Una iba con un moño muy atractivo; la otra no y era, a simple vista, un poco gruesa.

−¿Qué te parece? ¿Vamos por ellas?

−Pues vamos, Manuel −dijo Gabriel−, con la del moño bailo yo.

−¡Vaya hombre! A mi me vas a dejar la gordita... ¡Tío, las he visto yo!

−Vale, Manuel, vale.

Los dos se acercaron a las chicas y les pidieron bailar, a lo que ellas accedieron. A Gabriel le tocó bailar con la gordita. La verdad, bailaba con ella por no hacerle un feo, ya que era un poco patosa. Al terminar la pieza, ella le propuso acercarse a la otra chica, que era su hermana pequeña, y comenzaron a conversar.

Con la siguiente pieza, la chica del moño invitó a Gabriel a bailar, que aceptó encantado, aunque a su amigo Manuel no le hizo mucha gracia.

−¿Tú cómo te llamas? −le preguntó Gabriel.

−¿Yo? Araceli.

−Eres jovencita.

−Pues sí, me han dejado entrar porque venía con mi hermana. Yo solo tengo 16 años. ¿Y tú cómo te llamas?

−Gabriel. Araceli, chica, estás pero que muy guapa y eres muy, pero que muy simpática −le comentó Gabriel mientras siguieron bailando−. ¿Vas a venir mañana?

−Pues no te lo puedo decir, depende de mi hermana, si quiere ella venir. Ya veremos.

−Bien, yo vendré −le contestó Gabriel− y espero que tú también.

Araceli miró su reloj.

−¡Qué tarde! Nos tenemos que ir.

−¿Me dejas que te acompañe?

−No. Si nos ven…

−¿Qué tiene que ver el hecho de que te vean? −reclamó Gabriel.

−Tú no conoces a mi familia.

−Bien, te acompaño hasta la puerta.

Gabriel y Manuel acompañaron a las chicas hasta la puerta, donde la hermana mayor le insistió a Araceli para marcharse.

−Hasta mañana, que es San Esteban. Te espero, Araceli –se despidió Gabriel.

Cuando las chicas se marcharon, la hermana no tardó en avisar a Araceli que ella no acudiría al día siguiente.

−Si no me haces este favor, cuenta que nunca te ayudaré en nada –respondió Araceli.

−¡Araceli, si eres una cría! Si se entera el padre, ya verás –respondió la hermana.

−Si se entera es porque tú se lo digas, yo pienso venir –recriminó Araceli a su hermana-. Ese chico me gusta, ¿vale? Y como no me acompañes. me las pagarás...

−Mira la mocosa ésta cómo se me pone..

−Bien, tú misma. Si no me acompañas, te acordarás. Tarde o temprano te voy a hacer falta.

−Vale, está bien. Te acompañaré –accedió su hermana.

Al día siguiente, a las seis de la tarde, Gabriel y Manuel estaban en la puerta de la sala El Cisne.

−¿Entramos o no? −le preguntó Manuel.

−Pues claro que entramos.

−¿De dónde has sacado las pelas? Ayer decías que te quedabas sin blanca.

−Pues chico, recurriendo a mi madre –respondió Gabriel. Le he llorado un poco y me ha aflojado otras cincuenta pesetas.

−Yo no entiendo, Gabriel, cómo tienes que entregar el sueldo en casa, chico.

−Mi padre lo quiere así, es lo que hay. Bien, vamos a ver si han venido.

Gabriel dio una ojeada y, en un rincón, vio a las dos chicas.

−¡Vamos, Manuel!

−Qué remedio toca. De hecho, si tengo que seguir con la gordita, no te acompaño más –advirtió Manuel.

Gabriel se acercó primero. Fue en busca de Araceli.

−Buenas tardes, guapetona, ¿bailamos? –le preguntó Gabriel, antes de acercarse al centro de la pista a bailar−. Me gusta que hayas venido.

−Si, he venido, pero casi de pelea con mi hermana. Ella no estaba por la labor de venir, pero estamos bailando, que es lo que cuenta.

Mientras tanto, Manuel se acercó a la hermana de Araceli y le invitó a bailar, aunque ella lo rechazó con la excusa de no tener ganas. Manuel, tras dar media vuelta y alegrarse de la mejor decisión que podía haber tomado la hermana de Araceli, se fue a buscar la vida y, al poco rato, ya bailaba con otra chica más de su agrado.

−¿Sabes que me gustas mucho? –le decía mientras tanto Gabriel a Araceli−. ¿Quieres que te acompañe y te venga algún día por la noche a buscar al trabajo?

-¿No corres mucho Gabriel?

−No corro porque, acuérdate de lo que te digo, tal día como hoy tú vas a ser la madre de mis hijos con el tiempo, y llegaremos los dos a mayores. Y con muchos nietos...

Y así fue. Gabriel y Araceli llegaron a la vejez con muchos nietos después de pasar por todas las trabas que les puso la vida.

JUAN NAVARRO COMINO
  • 23.12.15
Ya lo avanzó hace unos meses el “número uno” de la CUP, Antonio Baños: dado que el “sí” no había ganado el plebiscito, descartaba una declaración unilateral de independencia y, por ende, el apoyo en la sesión de investidura a Artur Mas. Ahora, con los inciertos resultados cosechados este domingo, habrá que ver si hay alguien que se siente con los catalanes a negociar los temas importantes.



En este apartado no tengo demasiada confianza en Mariano Rajoy, que durante todos estos años se ha cerrado en banda, sin transigir en nada, dando pie a que el tema se enquiste. Y sí, el asunto catalán se le ha ido completamente de las manos. El erre que erre con no transigir, tanto tiempo con negativas a todo, unido a un Artur Mas que no ha querido dejar de seguir insistiendo, ha hecho que temas importantes como la nueva organización de la Hacienda o la aplicación del Estatut se hayan quedado aparcados por la tozudez de ambos mandatarios. Y por si fuera poco, el Gobierno central, con los recortes, se lo ha cargado todo y de ahí vienen los problemas y las protestas, con todo el motivo.

Yo no quiero entrar en polémica, pues la política no es mi fuerte. No obstante, recuerdo en mis años jóvenes, cuando vivía en Manresa, cómo corríamos por la calle del Borne y la calle San Miguel, con la policía a nuestras espaldas, gritando y luchando por el Estatut de Autonomía. Lo sentíamos como propio pues era una mejora para todos los que vivíamos en Cataluña y, por aquel entonces, nadie hablaba de independencia, aunque es cierto que había unos pocos radicales a los cuales prácticamente no se les hacía caso.

Recuerdo que en los últimos años del dictador, en los colegios aun no se enseñaba el catalán como idioma. Por eso, mi esposa y yo, gracias a que trabajábamos los dos, decidimos matricular a nuestros hijos en un colegio privado, el Paidos, donde nos pasaron una circular en la que nos decían, más o menos, que los padres que quisieran que sus hijos aprendieran catalán en el colegio tendrían que firmar un documento por el que se hacían responsables, ya que el Gobierno central no lo permitía. Y mi esposa y yo decidimos que nuestros hijos, como catalanes, tenían que aprender el catalán y el castellano, por eso firmamos dicho documento. ¿Qué nos podría pasar?

Había tal vez unos pocos padres radicales y no recuerdo que ninguno firmara el documento: tenían miedo de las represalias del dictador y, la verdad, la cosa siguió adelante y no ocurrió nada. Yo, por aquel entonces, comprendía que eso del catalán era bastante importante para los niños del colegio. Al fin y al cabo, eran catalanes. Con el tiempo, todos los niños lo iban aprendiendo, ya que con la democracia se incluyó en el currículo académico en todos los centros públicos.

El Estatut se llegó a conseguir, pero con los años han ido recortando todos los derechos que estipulaba para el pueblo catalán y, miren ustedes por dónde, me gustaría que se sienten a negociar y se entendieran, pues yo me he criado en esta tierra: aquí he crecido como persona y no quisiera tener que marcharme por que si llega una independencia radical. Sería una lástima.

Por ello me reitero que negocien y que lleguen a un acuerdo, el cual costará pues está todo muy mal. En las últimas elecciones autonómicas quedó muy claro que hay 1.800.000 catalanes que quieren la independencia y 2 millones de ciudadanos que vivimos en Cataluña y que no la queremos. Pero, eso sí, respetamos los resultados y las negociaciones que pueda haber por el bien de Cataluña.

JUAN NAVARRO COMINO

  • 1.5.14
Qué vamos a comentar de nuestra madre que no sean cosas inolvidables por cariñosas y buenas… Cuántos de nosotros, a los que nos falta, nos acordamos de sus buenos consejos, del saber estar siempre, de los ánimos en momentos delicados y difíciles… De la acaricias y el cariño constantes, del mimo de madre… En fin, de todas esas cosas que la vida cotidiana conlleva y que ahora, cada día, echamos de menos.

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Yo tuve una madre ejemplar y el día que me faltó me quedó un vacío tan grande que mi esposa, mis hijos y mis nietos no lo han podido llenar de la misma manera. Y es que una madre es algo irremplazable aunque, naturalmente, la vida sigue con sus idas y venidas.

Prácticamente, cada día hay momentos en los que pienso qué consejo me daría mi madre para dar solución a algún problema. Reconozco que, de joven, era muy impulsivo: no me paraba ni un momento a meditar una decisión y la gran mayoría de las veces me equivocaba. Pero después de tener una conversación con ella, me hacía recapacitar con sus buenos consejos.

Recuerdo qué broncas más grandes me echaba, y con razón, por no asistir a clases de Maestría. En aquellos momentos pensaba que era mejor para mí acompañar a las chavalas y faltar a clase en el colegio.

Cuando alcancé la pubertad fue mi madre quien me dio toda clase de explicaciones, pese a que en aquellos años el tema de la sexualidad era tabú. De hecho, eso de dar explicaciones en el colegio –como ahora ocurre con mi nieta de 8 años- era impensable. Pero mi madre tal vez iba adelantada en ese aspecto tres o cuatro décadas y lo cierto es que todas las explicaciones y detalles que me dio me sirvieron de mucho.

Recuerdo al cumplir los dieciocho años que celebraba que había terminado ya el aprendizaje y me hicieron oficial de tercera en el trabajo. Como es lógico, nos fuimos con unos compañeros a celebrarlo y como no estaba acostumbrado a beber, cogí una borrachera de órdago.

Cuando llegué a casa, mi madre, con mucha diplomacia, supo disimular mi estado y ni mi padre ni mis hermanos mayores se dieron cuenta, por lo que me libré de pasar vergüenza. Después, muy hábilmente, me curó la resaca.

En los albores de la democracia yo tenía un amigo –vamos, yo pensaba que lo era, aunque más tarde me desengañé- que estaba metido en política, concretamente en el partido PSUC. A veces iba con él a reuniones y, en una de ellas, nos sacó la policía del local y un poco más y me detienen. Pero él fue más avispado y salió por otra puerta.

Más adelante llegó a ser diputado en las Cortes catalanas y, a partir de aquí, ya no se codeaba con los amigos de la juventud. Recuerdo que cuando venía a mi casa y escuchábamos a Juan Manuel Serrat tomándonos una copita de Machaquito con hielo, mi madre me decía: "Ese chico no te conviene; él tiene amistad contigo porque le interesa y tanta política no es bueno… Tú dedícate a tu trabajo y a estudiar". Y acabó teniendo razón, como siempre.

Cuando me casé, al tener nuestro primer hijo, mi madre se transformó en un espécimen aún más vigoroso, o sea, en una abuela, que es esa madre en dosis dobles que siempre fue apoyo para todo.

Y sin más ni menos, sin pedir permiso, sin hora marcada y sin tiempo para la despedida, mi madre se fue, dejando la lección de que las madres son para siempre.

Yo no sé si la vida es corta o demasiado larga para nosotros. Sólo sé que debemos demostrar nuestro amor a las personas, mientras ellas están por aquí. Hay que comprender la importancia de decir a tiempo "te amo" y darle a ese ser tan querido el espacio que se merece. Nada en la vida será más importante que Dios nuestro Señor y tu familia y, dentro de ella, la madre.

Es por eso que tenemos que amarlas siempre, pues nunca sabemos cuándo van a partir y el vacío que nos va a quedar nunca conseguiremos llenarlo. Por eso, para los que aún la tienen a su lado, los invito a amarla, a quererla y a abrazarla siempre. Y para los que no la tenemos, guardemos sus recuerdos en lo más profundo de nuestro corazón.

Ahora, donde quiera que ella esté, siempre estará; va a llorar si tú lloras y va a sonreír si tú sonríes. También velará por tus sueños, como cuando eras un niño pequeño e indefenso. Como cuando cogías anginas y se pasaba la noche entera a tu lado; si tenias fiebre alta, te daba el Piramidom y no se movía de tu lado hasta que tú te rehacías.

O bien cuando volvías de la calle con las rodillas ensangrentadas y ella, con mucho cariño, te las curaba lo mejor que podía; o te contaba infinidad de cuentos infantiles, pues en aquellos años no teníamos televisión que nos distrajera: sólo teníamos la calle para jugar aquellos partidos de futbol interminables.

Recuerdo que, con un lenguaje sencillo y llano, te apercibía para hacer el bien; para ser educado y cortés. Por esto y por tantas cosas, no esperéis a que vuestra madre se vaya para darle amor, pues algún día no muy lejano descubrirás que ella fue la persona que más te amó en la vida.

Hay veces que no nos atrevemos a decir lo que sentimos, más bien por timidez o bien porque los sentimientos nos abruman. En esos casos se puede contar con el idioma de los abrazos. Y un abrazo con ternura y cariño es mucho.

Si tu madre está aún a tu lado, dale un beso y un abrazo y dile con mucho cariño y ternura lo que ella siempre quiso oír: "Madre, yo te amo. Gracias por existir". Y si ella ya no está contigo porque Dios se la llevó, cierra los ojos, cruza los brazos sobre tu pecho y dedícale una ferviente oración.

JUAN NAVARRO COMINO
  • 22.3.13
Hace unos días fui a comprar a un supermercado y, mientras estaba en la cola, esperando mi turno para pagar en la caja, presencié una escena estremecedora. Delante de mí había una señora joven con una criatura de unos cuatro años y, al ir a pagar, se dio cuenta de que no le llegaba el dinero para algunas cosas, entre ellas, aceite, leche y galletas.

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La chica, abrumada, le comentó a la cajera que iba a dejar algunas cosas, pero el pequeño empezó a gemir: "¡Mamá, las galletas y el Cola-cao no!". La señora trató de hacerle entender que no tenía suficiente dinero pero el niño parecía no tener consuelo.

Entonces, otra cliente que estaba cerca le pidió a la cajera que le cobrase a ella la leche y las galletas, para no dejar al chiquillo sin ellas. Un gesto que nos llevó al resto de personas que estábamos en la cola a pagar toda la compra, algo a lo que la muchacha no se negó y no sabía ni cómo agradecer.

Desgraciadamente, casos así se dan a miles: personas que van a comprar y no tienen para lo más indispensable. Y mientras, este país nuestro está lleno de chorizos de guante blanco, que roban y roban sin pudor alguno y, lo peor, sin que les pase nada.

Me indigna que el Gobierno sólo se limite a poner excusas y a negar la verdad ante los casos de corrupción y ante las muchas penalidades por las que pasan los parados de nuestro país.

Ojalá algún día esta crisis tenga solución, al menos para esta juventud llena de ilusión por trabajar y por tirar para adelante. Los jóvenes quieren vivir su vida, quieren ver hechos realidad sus sueños, pero no pueden y se sienten impotentes ante la situación que nos ha tocado vivir. Pasan muchas fatigas y necesidades y tienen que seguir viviendo con los padres o con los abuelos.

De igual manera, las familias que tienen a todos sus miembros en paro lo pasan de manera horrible y sólo de pensar en el futuro que les espera, se sienten muy mal y frustrados e impotentes.

¿Pero quién tiene ganas de cambiar esto? Los políticos, de momento, bien poco, pues sólo piensan en sus intereses. Sabemos ya que en el mundo, dos de cada tres personas sufren desnutrición y que a muchas personas aquí, en nuestro país, las echan a la calle con los desahucios, empujando a muchos al suicidio.

Si no ponemos todo nuestro esfuerzo en ayudar a quienes más lo necesitan, la miseria nos condenará a todos. Esta espantosa situación de España es alarmante. Pese a ello, la inconsciencia de los pudientes –que no ponen todo su esfuerzo en ayudar a todos los que sufren- se ensancha cada día más.

En consecuencia, estas personas sabrán que continuarán sufriendo sin nadie lo remedia. No se trata de que todos seamos iguales en todo sino que se combata la excesiva desigualdad, empezando por quienes atesoran tanto a costa de los demás.

Porque algunas personas estén menos dotadas que otras y tengan menos posibilidades materiales o intelectuales no debemos consentir que sufran un presente angustiado. En contra de lo que algunos sostienen, la gran mayoría no se lo ha buscado sino que la maldita crisis los ha abocado a esta penosa situación.

Por el contrario, a los corruptos, a los mangantes y a los ladrones que nos han llevado a esta situación –y que son todos como las aves de rapiña- les ha importado bien poco la naturaleza humana y las necesidades de la sociedad: ellos han ido a lo suyo, los muy sinvergüenzas; han pensado sólo en llenarse los bolsillos, cuanto más, mejor.

Muchos de ellos eran simples currantes antes de la crisis y no tenían dónde caerse muertos. Por eso, tendrían que reflexionar, escuchar a su conciencia si es que les queda y ayudar y esforzarse por los que no tienen nada. De este modo, ayudarían directa o indirectamente a paliar la futura miseria que se nos avecina a la gran mayoría. Pero, sinceramente, lo veo tan imposible como pasar un camello por el ojo de una aguja.

JUAN NAVARRO COMINO
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  • 9.12.12
Como bien saben, no soy médico (qué más quisiera yo), pero hoy les quiero relatar las vivencias de un matrimonio muy pero que muy allegado que ha tenido la mala suerte de recibir en casa una cruel enfermedad. Trabajadores y con una situación económica estable, sus tres hijos les han traído a este mundo varios nietos, de varias edades, con lo que la situación familiar era dichosa y extraordinariamente cordial.

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Sin embargo, un mal día, su hija –la mediana, que actualmente no ha cumplido aún los 40 años-, en plena flor de la vida, emprendedora y madre de dos pequeños, recibe el mazazo de una enfermedad muy cruel y muy difícil de llevar: Esclerosis Múltiple Progresiva, una enfermedad neurológica que se suele presentar en adultos jóvenes.

Por lo que he podido leer, sus orígenes y su cura son desconocidos, a pesar de que la investigación sobre la misma no cesa. Precisamente en estos estudios reside la esperanza de tantos y tantos enfermos que esperan encontrar pronto una solución definitiva a esta cruel dolencia.

La evolución de la enfermedad varía mucho: mientras, en unos casos, permite realizar una vida más o menos "normal", en otros, como el que les comento, la calidad de vida puede verse muy condicionada. Podría decirse que la Esclerosis Múltiple Progresiva es una enfermedad caprichosa, enigmática e impredecible.

Como comprenderán recibir el diagnostico de esta enfermedad es un trago bastante difícil de asimilar, tanto para la persona afectada en plena juventud como para sus familiares y amigos –aunque muchos de estos "amigos" terminan desapareciendo como las ratas en un naufragio- .

Para tratar de convivir con esta enfermedad es muy importante estar muy bien informados, consultar fuentes bien fiables y mantener el espíritu crítico. Piensen que en España hay 40.000 personas con Esclerosis Múltiple; en Europa, 500.000 y más de dos millones en todo el mundo.

Uno de los síntomas más característicos de la Esclerosis Múltiple es la Espasticidad, que acarrea trastornos visuales, fatiga, pérdida de movilidad, alteraciones gastrointestinales, problemas de vejiga, dolor general, problemas de equilibrio, vértigo, alteraciones de la sensibilidad, pérdida de memoria, falta de concentración, problemas sexuales, problemas de habla y deglución…

¿Y por qué aparece? Como saben, las células básicas del sistema nervioso se denominan "neuronas" y están protegidas por una especie de “vaina” (del mismo modo que un cable eléctrico está protegido por plástico) formada por una sustancia proteica llamada mielina. Las neuronas transmiten las señales necesarias para el correcto funcionamiento de nuestra capacidad motora y sensitiva.

El sistema nervioso central (que incluye el cerebro, el cerebelo y la médula espinal) es el responsable de procesar estas funciones lo que permite, por ejemplo, que unos músculos se contraigan y otros se relajen cuando se realiza un movimiento. Esto se consigue porque el cerebro envía mensajes a la médula espinal y, de ésta, a los músculos.

En la Esclerosis Múltiple, estos mensajes no se transmiten adecuadamente porque las vías entre el cerebro, la médula y los músculos están dañadas. Así, los mensajes se hacen confusos y varios grupos musculares se contraen a la vez cuando no deberían hacerlo. De esta forma, el control preciso se va perdiendo progresivamente y los músculos extensores y flexores, al contraerse al mismo tiempo, provocan una falta de coordinación con resultados dolorosos y debilitantes.

Como todos los síntomas asociados a la Esclerosis Múltiple, la Espasticidad es el resultado de la degradación progresiva de la mielina y de las fibras nerviosas. Esto provoca un trastorno en la señal transmitida por las neuronas que conducen los impulsos del cerebro y la médula espinal hasta los músculos, lo que genera una activación excesiva. Además, las neuronas especialmente afectadas son las "motoras alfa", responsables del inicio de la contracción muscular.

Una vez diagnosticada esta enfermedad, si quien la padece es alguien joven, como es este caso, esta persona se hunde para toda su vida. Y los familiares no digamos, al ver a una hija tan joven con una grave enfermedad degenerativa e incurable. Se les viene el mundo abajo, literalmente, pero se tienen que armar de ánimo y tirar para adelante aunque vean que su hija se va apagando como una vela.

Mis admirados amigos tienen que hacer de enfermeros, de cuidadores, de animadores… Para ellos se han acabado las salidas, las diversiones… Los familiares más allegados sufren la enfermedad y ayudan en lo que pueden; los conocidos, por su parte, preguntan para hurgar en la herida porque, de ayudar y dar ánimos, nada de nada. Y los "amigos", como ya he comentado antes, desaparecidos como las ratas en un naufragio.

Ante esta situación, estos padres no tienen ánimos para nada: es una dedicación constante, durante las 24 horas del día, y compensada sólo por el agradecimiento de la enferma –y no siempre porque, en muchas ocasiones, su hija no se da cuenta de su situación y proyecta sobre sus padres su estado de ánimo tan variable, debido a la cruel enfermedad-.

De esta forma, mis amigos tienen que armarse de buenas sensaciones y, contra viento y marea, sonreír cuando tienen ganas de llorar, algo que hacen sólo cuando se encuentran solos y sin que ningún otro miembro de la familia pueda verlos.

Se dan casos de enfermos que han sido abandonados por sus esposas e hijos y que se encuentran solos y desmamparados ante la enfermedad. En otros casos, la familia decide ingresarlos en una residencia, pues no están dispuestos a soportar tanta carga y verse privados de todo lo mundano.

Y ante esta situación, yo me pregunto: ¿hay muchos padres como estos? Para mí son unos auténticos padres coraje que, ante tan mala situación, luchan noche y día para poder darle a su hija el bienestar posible dejando todo lo mundano a un lado. Nada, por tanto, de salir de paseo, a cenar, de pasar un día de excursión o a ver a la familia. Y todo por su hija, que desgraciadamente se va apagando poco a poco. Os quiero un montón, amigos José y Conchi. Un abrazo y mucho pero que mucho ánimo.

JUAN NAVARRO COMINO

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