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Mostrando entradas con la etiqueta La putada de ser piano [Carlos Serrano]. Mostrar todas las entradas
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  • 5.1.13
Jamás reconocería lo nervioso que estaba. Fue de un lado a otro de la oficina, sin rumbo. Con su inseparable cuaderno y mordisqueando un bolígrafo azul. Bebió más café del que era capaz de soportar. Era importante, no podía echarlo todo por la borda. Había trabajado muy duro, nadie le había regalado nada.

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El gran día. Siete de la tarde. Veinticinco de febrero. El año no es lo importante. Estaba enfrente suya, el gran tipo perfectamente preparado para la ocasión. Todo lo que hubiese leído sobre él no importaba ahora. Las preguntas fueron enviadas con dos semanas de antelación.

Confiaba en poder sacar de la chistera algunas cuestiones que le hiciera tener alguna posibilidad en el combate dialéctico que tendría lugar en unos minutos. Se estaba atragantando con su propia saliva, se deslizaba por su garganta haciendo un ruido imperceptible para los demás pero que, para él, era un espectáculo acústico.

Repaso de las notas con las manos temblorosas. Se le cayeron al suelo. La voz anunció lo inevitable. "Estamos en el aire en tres, dos, uno…". Sonaba al verdugo anunciando la ejecución. Alea iacta est.

Al principio todo fue como esperaba. El invitado era un experto: decir mucho sin decir nada. Más de un espectador se estaba conformando con aquellas respuestas que no conducían a ninguna parte, pero había demasiado en juego.

No soportaba su falsedad, era como un pacto de no agresión. Su tono de voz era el de un ser superior que tenía todas las respuestas correctas sintiendo piedad por los insignificantes de su alrededor. Inadmisible, no iba a dejarse pisotear.

Pero no iba a ser sencillo. Había que reconocer que el adversario era de categoría, y cada vez quedaba menos tiempo. El enemigo número uno en su negocio. Como se descuidara, no podía asegurar que tuviese una nueva oportunidad.

No sabría explicar cómo ocurrió exactamente, pero sucedió. Respiró profundamente y realizó la pregunta. La mayor satisfacción fue cuando aquel individuo congeló su risa. Creía que saldría impune del encuentro.

Por desgracia, dio con alguien que no iba a conformase con un “todo va bien”. Las versiones oficiales son las menos oficiales de las versiones. Publicidad. Hizo caso omiso a los gritos del realizador y director. Se reía del productor.

La victima no sabía dónde meterse. Se encaró alegando falta de ética y de rigor profesional. El profesional sonrió tímidamente y aguantó el chaparrón. Se largó diciendo que hizo su trabajo. Se largo de allí, mandando todo a la mierda.

CARLOS SERRANO
  • 24.11.12
En 1863, los tejanos que luchaban por independizarse de Méjico fueron sitiados en El Álamo, cerca de San Antonio, por las tropas mejicanas al mando del general Santa Anna. Entre los sitiados se encontraba el legendario David Crockett. En 1960, John Wayne dirigió la magnífica película El Álamo. Una de las escenas que más recuerdo trascurre en una cantina de San Antonio. En ella, David Crockett, interpretado por Wayne, dice al capitán del ejército independentista que lucha contra Santa Anna. “Hay ciertas palabras que se atragantan en la garganta. Libertad es una de ellas. Me gusta cómo suena.” Recuerden la frase.

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Salieron a la calle con banderas y pancartas. El mejor ideal posible como escudo. Pero siempre estarán las mismas grietas que no lograrán taparse. La mejor arma cuando se lucha por defender los Derechos es el respeto. Voltaire, perdónenme si me equivoco con el autor, lo expresó en su inmortal cita: “No comparto lo que dices, pero defenderé hasta la muerte tu derecho a expresarlo”.

Hay que luchar, de acuerdo. Pero no todos pueden. Por desgracia para muchos, la lucha se convirtió en un lujo. No existe el gris. Estás con ellos o contra ellos. Carreteras con objetos punzantes, trabajadores insultados por acudir a su puesto de trabajo, un largo etcétera que muchos dicen que no son incidentes graves. “Es lo que pasa siempre” aunque, con que pase una vez, ya es indignante.

Todo por un baile de cifras. Contra los que protestaron, un fracaso. Incluso algún medio de ideología cercana, muy cercana al Gobierno, cree que lleva la razón cuando los llama "fracasados" en su portada. Si ellos han fallado como “huelguistas”, vosotros habéis manchado con esa portada el buen nombre del periodismo. Habéis fracasado como personas. Los que salieron a la calle dirán que fue un éxito sin precedentes.

Hay una verdad incómoda. Aquellos que se atreven a decir que defienden a los trabajadores, los que llaman a la movilización, son los que están constantemente llenándose los bolsillos con dinero del Estado. Incluso aplican sus reformas laborales entre su plantilla. Una revolución pagada. A ellos se les llenará la boca con hermosas palabras, y la gente alzará los puños y gritarán. Pero no cambiará nada.

El que les llamó a tomar la calle, seguirá con su propina por ser un buen muchacho. El muchacho es humano. Es selectivo. Sabe cuándo debe encenderse “la bombilla revolucionaria”. Cuando se le toca el bolsillo. O cuando el habitante de Moncloa no sea de su agrado. Con unos mucho ruido; con otros, agacho la cabeza y, de vez en cuando, enseño los dientes. Pero muy de vez en cuando, que no se diga.

Ahora, todo parece claro. Quiero ver esa determinación, esas ganas de cambiar el mundo, tomar las calles, con los bolsillos llenos. Hay motivos para tomar la calle todos los días, no cuando se desbordó el vaso.

Es preocupante luchar contra problemas presentes con mentalidad pasada. ¿Derecha, izquierda? ¿Fascistas, rojos? Todos actualmente representan lo mismo. La idea no varía. Existe un gran pastel y todos quieren su pedazo.

Se protesta contra un Gobierno que salió triunfante con el “místico proceso” de “estos lo hicieron mal, es el turno de los otros”. En esta “juerga general” había muchas manos que no votaron. Se desentendieron de su derecho y ahora pagan las consecuencias.

De voto en blanco en voto en blanco… podrían cambiarse las cosas. Al sistema se le vence con las normas del sistema. Desde dentro. Pasadas veinticuatro horas, silencio. Contra un Gobierno que no es el mio, a la yugular; si fuera mi candidato, me convertiría en cordero.

Vamos en un barco que se está hundiendo, por no decir que se hundió ya. Tenemos que remar todos en la misma dirección para evitar ahogarnos. Abandonemos el circo de una vez. Fuera banderas rojas, azules, fuera. Fuera logotipos que no representan a nada ni nadie.

Debe ser un solo grito, un grito común. Hay que crear una alternativa. El virus que ataque desde dentro con la normativa actual. La gran victoria. Esta idea tachada de “herejía” por el 15-M es el camino.

El cambio es posible, y más necesario que nunca. Existe el poder y lo tenemos de crear un nuevo e invencible caballo de Troya. Más fuerte que los piquetes, que todas las cargas policiales... No sabemos cómo usarlo. Esto es la pesadilla. Ese es el poder de los políticos, banqueros, FMI de este mundo.

¿Seguimos como hasta ahora o levantamos todos juntos la espada para decapitar a la bestia? A esto es lo único a lo que tienen miedo aquellos que nos tienen en sus manos. “Hay ciertas palabras que se atragantan en la garganta. Libertad es una de ellas. Me gusta cómo suena”. Llevémosla a la práctica.

CARLOS SERRANO
  • 20.10.12
Lo confieso, es mi vicio. Vivir. Tengo esa mala costumbre. Disfruto del primer café de la mañana, de las cervezas, o lo que pida cada uno, con amigos; de poder tener la excentricidad de llevarme bien con mi familia. Del cine, y la buena literatura. Diría también de un buen programa de televisión, pero no me gusta tomar a la gente por estúpida.

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De las grandes frases que te sueltan algunos pesados anónimos –no es plan dar nombres propios- en el autobús, o en el tren. Cuando voy andando no me paro a hablar. Voy andando a un sitio concreto, no tengo tiempo de hacerlo. Otra cosa es cuando llegue a donde sea. Que quizás pudiera ser más comunicativo con los que me rodean, de acuerdo. Pero coño, algún defecto hay que tener. Ser todo virtud es un coñazo. Y se folla menos.

Morirse es una putada. Para empezar, debes tener cuidado de cómo de grande es tu cuenta corriente. El tamaño importa. Que no es lo mismo el entierro de un cualquiera que el de un alto cargo. La muerte no nos hace iguales. Siendo sincero, nunca vi al poderoso en una fosa común.

Una vez fiambre, un doctor te abre en canal para confirmar eso, que estás fiambre. Sin invitarte antes a una copa o una cena. Los doctores se cogen mucha confianza por aquello de que no vas a presentar una denuncia por negligencia en caso de que metan la pata. Total, peor no van a dejarte.

Volvemos al tema bancario. Si nuestros fondos e “importancia” son de consideración, puede que venga hasta el Rey. Pero tranquilos por el protocolo, los muertos no lo usan. Si no alcanzas el “caché mínimo”, no hay que preocuparse. El agujero en la tierra no te lo quita nadie. Eso sí, no tendrás la visita del Rey.

No saldrás en los medios, siendo positivos, al menos que algún desalmado publique tu esquela. Te ahorras el marrón mediático. Estarás fallecido, pero la intimidad es sagrada. Lo único que nos da la muerte es la “santidad”. No se dirá nada malo de un cadáver reciente. Hay que ser muy, pero muy hijo de puta para que nadie diga nada bueno sobre ti el día de tu fallecimiento.

Comprobadas la cuenta corriente y la “santidad”, prosigamos. Llega para el creyente el momento aureola, nubes y alas. También disponen de tridente, cuernos y azufre. Esto es muy serio. Te mueres, suficiente castigo, pero no te dejan en paz.

O pintas ridículo, ya que eso de la eternidad entre nubes no tiene pinta de ser divertido, o quemarte vivo. Que esto último supone el paraíso del pirómano. No tengo claro las fronteras entre cielo e infierno.

¿Cómo se financian? ¿Fondos públicos o privados? Creo que públicos. Mucha organización y burocracia, mucha factura. Lo privado no es amigo de esas cosas. Lo único bueno de morirse es que das puestos de trabajo. Eso es más de lo que hacen muchos políticos hoy en día.

Es un gran negocio. Ataúd, flores, etc. Si te lo montan bien. Curiosamente, si no dejas claro qué quieres que hagan contigo antes de palmar, no pintas nada en la organización de tu entierro. Será la primera vez que entierran a un candidato a la incineración. O viceversa. O eres ceniza o barra libre para los gusanos. Quizás con los años, mejore el menú.

CARLOS SERRANO
  • 22.9.12
Buenas días, por decir algo. Estoy harto. "Hijo de puta" me dicen. "Cabrón". Ya está bien. Hoy voy a dejar las cosas claras, de una vez por todas. No sabría decir cuándo empezó todo. En el colegio, supongo. Dejaba dar mordiscos al bocadillo especial de mi madre, a cambio de unos cromos. Si alguien no me daba su cromo, la próxima vez que se compraba un nuevo paquete, me lo quedaba entero.

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Me acuerdo de mi primera vez. Estaba muy nervioso. Tanto por hacer y no tenía idea por dónde empezar. Hablé con ella todo el tiempo, muy lentamente, mirándola fijamente a los ojos, diciendo todo lo que llevaba dentro de mi. No había hablado así con nadie en mi vida. Al final, todo salió de lujo.

Firmó la jodida hipoteca a cincuenta años. Tipo variable. Así me hice hombre. Quería una casa en la playa y un coche que, por supuesto, no iba a poder pagar. Gracias a ella, me nombraron "empleado del mes". Menos mal que no fue la única ese año.

Pero yendo al grano. Me fastidia el pesimismo que hay en el ambiente. Que la vivienda está muy mal. Mentira. Será por puentes en este país... Vale, Rajoy los ha quitado, pero siempre quedará el trabajo, que tampoco está tan mal. Solo hay que dar unas patadas a un balón, aprender algo de portugués y te ficha el Real Madrid.

Yo sí que lo paso mal. De tener coche oficial –voy al trabajo en un Mercedes, ojo, pasado de moda ya-, de dirigir una sucursal, pasé a colaborar con una pequeña empresa de electricidad. No puedo dar nombres. La llamaremos "Endesa". He visto recortado mi sueldo una barbaridad. De cuatro semanas que solía pagar, solo puedo pagar tres en el spa de lujo donde veraneo.

Me echan en cara mis amistades. Uno no elige a sus amigos. Hay quien tiene de amigo a un fontanero, a un camarero, a un profesor, a un mecánico. ¿Qué culpa tengo yo de que mis amigos sean el presidente del Gobierno, sus ministros o empresarios? Que hay mal pensados que dicen que el Gobierno solo ayuda a los poderosos en esta crisis. Yo solo le regalé un traje y un coche; otros le han regalado una Presidencia.

Qué ignorantes los pobres. Hay que distinguir. Es normal que no nos traten igual. Que cuando me ayuda a mí, un simple banquero, o a un exministro o empresario, ayuda a un amigo. Cuando ayuda al resto, son desconocidos que no saben nada de él. No es que pase, es que no hay confianza; que la gente habla mucho sin saber nada.

"Que no recortan a la Iglesia", dicen. Normal. Esa gente trabaja para el hombre, para la mujer, lo que sea, que inventó el petróleo. No conviene cabrearlos. Que recorten a los futbolistas. Claro, mantenemos entretenido a la gente en la televisión… ¿Con documentales? Lo próximo será recomendar que la población lea un libro.

Que no pueden recortar en Investigación y Desarrollo. La gente es sabia y tiene muy claro lo que desea. Mas yo por hija mato. Y menos tubos de ensayo. En el campo de la sanidad, el copago. Es normal. Vamos a ver. Que si tengo un pequeño resfriado, que si me duele un poco el brazo. "Doctor, llevo tres meses esperando para mi operación".

Hay mucho cuentista. Así solo va al médico quien verdaderamente lo necesita. Si estás dispuesto a comprar unos medicamentos que, en verdad, no tendrías por qué pagar, es porque de verdad los necesitas. Quien diga eso de "es que ya no puedo pagar las medicinas" no estaría tan enfermo.

Luego, lo que más me fastidia son las manifestaciones. Que no se aclaran ni ellos mismos. Que te digo "recorte a los panaderos", nadie mueve un dedo. Solo los panaderos. Que les toca a los agricultores, solo se mueven ellos. Cada uno a su bola. Y quieren vender que están todos unidos contra esta situación.

Mientras sigan así, por mí, perfecto. Anda que no me he pasado buenas horas viendo a líderes sindicales firmar convenios. Tienen un sentido del humor los muy jodidos... Único, diría yo, hablando de revoluciones pagadas por el Gobierno.

Resumiendo, que no somos tan malas personas. Somos gente normal, con sus amigos, con sus hobbies... Aficiones caras, de acuerdo, pero una vez te acostumbras a un nivel de vida, cuesta mucho dejarlo.

CARLOS SERRANO
  • 8.9.12
Limpió cada pieza minuciosamente. Ordenó todo unas cinco veces para asegurarse de que todo estaba correcto. Tras estar satisfecho con su trabajo, se vistió. Salió a la calle sin mirar el reloj. Tenía en su cabeza perfectamente dividido el día. Contabilizado cada minuto que iba a usar. La improvisación era una espada capaz de decapitar su trabajada rutina.

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No había detalle en el barrio que escapara a su radar. No es que fuera una persona cotilla, simplemente se sentía seguro estando bien informado. Todo el día con su cámara fotográfica. Captando cada instante. Desde el insignificante vuelo de una paloma, hasta una madre dando el pecho a su hijo en un parque.

Es curioso cómo la vida de un barrio entero puede caber entre las tapas de un álbum. Tras su ronda de tecnología voyeur, desayuna sin prisa alguna y lee el periódico. Maldice al político o entrenador de turno. Pontifica con los colegas en la partida de mus y dominó. Tras ello, vuelta a casa.

Analiza las fotos. Coloca cuidadosamente las elegidas en su cárcel de plástico. El resto irá a una carpeta. Nunca verán más mundo que un viejo cajón de escritorio. El café de las cinco da paso a una larga pausa mirando por la ventana, decidiendo cuáles serían sus siguientes retratados.

Le gustan los retratos divertidos. Ya hay demasiada tristeza fuera de los marcos fotográficos. Aunque últimamente no había mucha alegría por su calle. Las viejas droguerías dejaron paso a los carteles de "Se traspasa" negros y naranjas. El mercado antiguo ya no tenía el mismo ambiente. Las obras paradas sin ancianos dando instrucciones a los obreros de cómo se han de hacer las cosas.

Pretendía cambiar eso a golpe de Photoshop y balance de blancos. Ojalá fuese todo tan fácil. Apretar un botón de una máquina cualquiera. Infantil la idea, sí, pero un poco de optimismo nunca viene mal. Venga a golpe de cámara o no.

La noche no le sienta bien. Demasiada calma. Necesita bullicio como el respirar. Deambula por los pasillos a la espera de algo que lo salve del aburrimiento. Podríamos decir que aquellos fotogramas, los que decoraban su cuarto y el salón, el dormitorio, sustituían a las palabras. Todo lo que provocaba alguna reacción dentro de sí caía víctima de su foco, que tanto tiempo y dinero le costó conseguir. Era hombre de pocas palabras y de mucho “disparo”.

Algunas veces tuvo problemas, ya que su especialidad no era pedir permiso a la gente que retrataba. Siempre salía ileso de las situaciones incómodas, regalando las imágenes en cuestión. Rápidamente se creó fama de buen fotógrafo, aunque excéntrico. Incluso llegó a ganar algunos premios importantes. Pero su modestia le impedía sacar pecho por ello.

Tenía en mente un plan. Cuando consiguiera llevarlo a cabo, sus días como “cazador” habrían terminado. Era muy consciente de que no era una tarea sencilla. Debía lograr la foto perfecta. Aquella que superase todo su trabajo anterior. Todo el mundo le preguntaría cómo la había logrado. Sería la joya de la corona. La niña de sus ojos.

Varias veces había estado a punto de lograrlo. Pero siempre tropezó en la línea de meta. Un empujón inoportuno y fortuito de algún transeúnte despistado, cambios de luces repentinos... La lista es interminable. Pero no se rinde.

Un nuevo día. Ha bajado la avenida principal rodeando la catedral. Esta vez iba a lograrlo. La esperará el tiempo que haga falta. Nadie lo había logrado antes. Acabaría con la “maldición” de aquella mujer a la que nadie ha visto sonreír. Se mantiene en sus trece de que es imposible. En algún momento del día, ella debe reírse. Recordando un chiste, hablando con un amigo... O reír por el gusto de reír.

Él estaría allí para guardar aquel momento para siempre. Como el soldado que espera con fe de hierro en la trinchera, con el fusil pegado al cuerpo, esperando al enemigo. Era muy cabezota. “Una mujer bonita debe tener una sonrisa bonita”. Era su obsesión particular. Tarde o temprano, se hará realidad. Con el objetivo preparado. El dedo rozando el botón con delicadeza exquisita. Lograr atrapar en red digital la sonrisa sin testigos.

CARLOS SERRANO
  • 25.8.12
A pocos importó que Juan López Lledio se cortara las venas un diecinueve de julio a las tres de la mañana. Nadie puede decir mucho sobre él. Todo lo que hay en los archivos roza más la fantasía que los hechos. “Escribe unas líneas”, me dijeron. Qué fácil se ve todo desde fuera.

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Siempre miraba al patio. La ventana de enfrente tenía echada aquella horrible persiana verde. Le gustaban los diferentes murmullos procedentes de la calle, llenaban de vida su habitación. No salía mucho. Lo suficiente, según él, para darse cuenta de si ese día merecía la pena el esfuerzo de haber salido de la cama.

Me gustaría poder escribir sobre sus costumbres, pero estaría mintiendo. El párrafo anterior se lo debo a su enfermera, Doña Elena Fernández, quien estuvo con el señor Lledio hasta sus últimos momentos. Lo único que he sacado en claro es que le encantaba el mar.

No podría explicar lo que le pasaba por la cabeza cada vez que lo miraba. La arena movida de un lado a otro por el levante, el olor a tierra mojada. Solo se sentaba y miraba aquel inmenso confidente de agua durante horas.

Se sentía dichoso en aquel momento de silencio. Si miraba al horizonte veía la belleza que sólo es capaz de ofrecer la naturaleza a aquellos que saben observar. Volvía a la infancia; a correr en la calle, cuando el máximo peligro era rasparse un poco las rodillas. Volvía a los partidillos de fútbol que duraban toda la tarde; a los "¿quieres ser mi novia?" junto a los columpios en el recreo. Volvía a cuando todo era más sencillo.

Según sus colegas de Facultad, no podemos decir que fuera el alma de las fiestas, pero siempre se le echaba en falta si se perdía alguna. Pasaba de ir a las clases: hacían perder el tiempo. Aun así logró concluir la carrera como el primero de su graduación. Curiosamente, jamás llegó a ejercer como abogado, al contrario que su padre y abuelo.

He de reconocer que le echó un par cuando abrió su propio negocio en el extranjero. Se arruinó un año más tarde, pero al menos lo intentó. Una persona poco amiga de razonar, pero valiente. Creo que si hubiese podido leer un poco más sobre él, me habría caído bien.

Disfrutaba como pocos de la buena literatura. Aquel que no fuera amigo de los libros, era mejor que no se le acercara. Su casa era un verdadero almacén literario. Gran jugador de póker, no se le daba nada mal ir de farol. Desgraciadamente, eso no te vale fuera de la mesa de juego.

Alumno de la mejor filosofía vital posible: nada merece ser tomado en serio. Más de una vez se le recriminó semejante ideología. Pero qué iba hacerle, era de esos pocos iluminados que veían en todo un gran chiste.

"Ya habrá tiempo de seriedad cuando estemos todos bajo tierra, no queda otra". Esto es cosecha propia. Es la impresión personal que me dio Juan López Lledio una calurosa noche de julio, antes de que decidiera cortarse las venas y a nadie le importara.

CARLOS SERRANO

GRUPO PÉREZ BARQUERO


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