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Mostrando entradas con la etiqueta La vida empieza hoy [José Antonio Hernández]. Mostrar todas las entradas
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  • 12.2.21
En primer lugar y para que no surjan dudas os confieso –queridas amigas y amigos– que me gusta el Carnaval pero también os digo que –como me ocurre con el fútbol, con la política y con el periodismo– lo vivo de una manera moderada, sin excesivo apasionamiento, sin idolatría y sin fanatismo. Por eso procuro mantener cierta distancia que me permita disfrutarlo y, además, analizarlo y criticarlo.

En mi opinión, las agrupaciones nos muestran unos espejos, cóncavos o convexos, en los que se reflejan, alargados o achatados, nuestros rostros y nuestros gestos, nuestras virtudes y nuestros defectos, nuestras aspiraciones y nuestras frustraciones.

Este año, debido a la crisis sanitaria, se han suprimido todos los actos púbicos, no saldremos a las calles y a las plazas pero podremos disfrutar con el buen humor de las coplas desde nuestros hogares gracias a la televisión.

El buen humor, aunque no está relacionado necesariamente con el amor, sí tiene mucho que ver con la amabilidad. Por eso aplaudo el humor que humaniza las relaciones humanas, ese humor al que se refieren muchos de los amigos que nos visitan, cuando nos dicen que el rasgo que más les llama la atención es el fino e ingenioso humor de los habitantes. Se refieren al humor amable que ha de constituir para nosotros un reto, un desafío y una responsabilidad.

El humor es un lenguaje que la Estética lo considera como arte, la Poética como resorte literario y la Antropología como una manifestación cultural: es la consecuencia natural de la facultad humana del lenguaje que puede servir para construir la sociedad o, a veces, para destruirla. Por eso, justamente en estos momentos de preocupación por la dichosa pandemia, nos viene bien condimentar nuestra convivencia ciudadana con algunas pizcas de la sal y de la pimienta de nuestro buen humor.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ
FOTOGRAFÍA: JOSÉ ANTONIO AGUILAR
  • 5.2.21
En esta ocasión me permito comenzar mi comentario semanal mostrando mi agradecimiento a la editorial Hermida Editores por su decisión de editar en español la novela Distrito del Sur, publicada en inglés en 1936, unos meses después de la muerte de su autora, la periodista y novelista Winifred Holtby, a los 37 años.


En mi opinión, estos momentos de pandemia son especialmente oportunos para establecer una comparación entre los graves problemas que en esta obra se relatan y las importantes cuestiones que nos preocupan en la actualidad en España y en Europa.

Me ha llamado la atención cómo las dolorosas consecuencias de la profunda depresión que sufrió Inglaterra tras la Primera Guerra Mundial guardan una estrecha analogía con las desgracias sanitarias, económicas y sociales que estamos sufriendo como consecuencia de la actual pandemia del coronavirus.

Me ha sorprendido cómo la protagonista, Sarah Burton, una mujer dechado de lucidez, de generosidad y de coraje, se convierte en la abanderada de las batallas por la justicia y por la igualdad, en una luchadora contra “nuestros enemigos comunes: la pobreza, la enfermedad, la ignorancia, el aislamiento, el desequilibrio mental y el desquiciamiento social” (p. 8).

Tras veinte años enseñando en Londres, llega a Yorkshire y, superados los prejuicios de los directivos, Sarah logra el cargo de directora de la Escuela Superior de Kiplington impulsada por la firme determinación de transmitir a las alumnas la convicción de que el futuro les pertenece en contra de las férreas convenciones tradicionales y a pesar de las severas dificultades económicas.

Ante la esterilidad de los ciudadanos que, aunque son conscientes de que el mundo está cambiando, no se ponen de acuerdo, ella decide luchar por la educación de las mujeres y por la transformación de las situaciones extremas en oportunidades para los más necesitados económica, social y sanitariamente. Pone en práctica su convicción de que unas nuevas pautas en el régimen educativo y social pueden moldear las actitudes y cambiar los comportamientos de los individuos.

Esta obra –que responde al modelo de literatura vigente en la actualidad– muestra cómo el espíritu humano, cuando se enfrenta con episodios dolorosos, posee una estimulante capacidad para ayudarnos a “releer” de diversas maneras la vida.

Partiendo del supuesto de que la literatura –la buena literatura– nos proporciona una nueva visión de las cosas, en esta situación de honda preocupación, la lectura de esta novela puede ser un estímulo contra la apatía y un recurso contra el aburrimiento, una defensa contra el miedo y una invitación para que vivamos plenamente cada uno de los intensos segundos que componen nuestra –siempre corta– existencia.

A mi juicio, la autenticidad, la sensibilidad y el compromiso de Sarah Burton –una mujer convencida de que “la técnica adecuada de una directora de escuela consistía en quebrantar todas las reglas del decoro y en justificar la infracción”– constituyen estimulantes invitaciones para que pensemos, para que leamos, para que interpretemos y para que vivamos la vida de una manera más plena.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO
  • 29.1.21
Para leer, interpretar, valorar y disfrutar con el libro Prisionero en la cuna, publicado en la Editorial Encuentro, hemos de partir de un supuesto: la literatura nos descubre las cuestiones más palpitantes de la vida y estimula la supervivencia de los valores humanos más acreditados; nos ayuda a acercarnos y a alejarnos de la realidad, a penetrar en nuestro interior y a contemplarnos desde fuera.


Nos hace pensar y reflexionar, sentir y emocionarnos, recrearnos y sufrir, llorar y reír, y, en cierta medida, nos puede servir para que humanicemos nuestras relaciones, aunque a veces la usemos para deshumanizar la sociedad. Esta es la conclusión a la que he llegado durante la lectura de esta obra en la que Christian Bobin relata su infancia en la ciudad francesa de Creusot, conocida por sus antiguas fábricas de acero.

Las escasas peripecias de aquel niño encerrado en su casa favorecen su honda meditación sobre la importancia vital de la soledad, del silencio, de la luz, de la lectura y, en resumen, le descubren cómo las auténticas palabras encierran otra vida escondida, sencilla y hermosa, en oposición a la que proporcionan las gestas espectaculares porque, afirma, “hay muchos menos milagros encima de un escenario que en la vida corriente”.

Y es que, como él nos confiesa, “esta debilidad de permanecer encerrado en la misma ciudad durante más de cincuenta años tuvo como contrapartida “hacerle conocer la persuasiva dulzura de los días sin gloria”, el esplendor abandonado de lo invisible que nos rodea, el cielo de lo banal donde habita el Dios verdadero.

Nos explica cómo, durante la lectura, “miraba las hormigas de las letras avanzar en colonias por el desierto de la página, transparentando migas de luz”. Mientras que se lamenta de lo escaso que le enseñaron sus maestros, “acaso porque hablaban desde sus certezas y no desde la ignorancia primaveral de sus almas”.

También explica cómo él reencontraba la vida en los libros disfrutando del frescor milagroso de tal o cual frase: “un libro –nos dice– puede ser tan ancho como el cielo, y nada será nunca tan enorme como un rostro abierto por el amor”. Leer, efectivamente, es descubrir los mensajes que encierran las palabras, las nubes, las olas, las flores y, sobre todo, los rostros.

Fue en la soledad de su habitación donde aprendió a encontrar el alimento necesario para su dicha y donde identificó la secreta bondad que sostiene cada cosa y cada episodio. Nos cuenta cómo la vida de cada día, la vida simple y sin prestigio, “cansada y con algunos remiendos, como una sábana de algodón, un tanto pesada, vieja por el uso”, es la que mejor preserva la belleza y la bondad.

En esta grave situación, en la que los médicos y los expertos nos advierten sobre la necesidad de un nuevo confinamiento doméstico para doblegar la curva ascendente de contagiados y de muertos, la lectura de este libro nos resultará, sin duda alguna, además de consoladora, intensamente luminosa, estimulante y provechosa.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO
  • 22.1.21
Todos los pronósticos coinciden en que durante este primer mes y, al menos, durante el primer trimestre de este nuevo año, lo pasaremos peor que en otras ocasiones porque ya estamos sufriendo la tercera ola del covid. La cuesta de este enero está siendo más empinada porque, además de los problemas económicos, tras los dispendios de las Navidades y de los Reyes, tenemos que estar pendientes de los riegos de contagiarnos e, incluso, de perder la vida.


¿No creéis vosotros que, tras las dolorosas experiencias de la primera y de la segunda olas, deberíamos haber aprendido algunas lecciones para evitar o para paliar algunos de sus perniciosos efectos? Al menos deberíamos aceptar que hemos de cambiar algunas de nuestras formas de pensar y de vivir.

Mis amigos médicos coinciden en que no podemos ser demasiado optimistas aunque este año sea el de la vacuna y, ojalá, el de una reforma de la sanidad que destine mayores medios y, sobre todo, que proporcione un trato preferencial a los profesionales. Por eso todos hemos de seguir apostando por la salud y por la sanidad siendo más generosos que en el pasado.

La rapidez con la que se han logrado las diversas vacunas contra el covid-19 demuestra que, cuando se apoya la investigación, sus frutos nos benefician a todos. Con los datos que tenemos resulta vital que analicemos con tranquilidad lo que ha ocurrido para evitar los mismos errores si se producen rebrotes o nuevas pandemias.

También es urgente que se aumente la financiación de la sanidad pública y de la investigación para elevar el nivel de atención y de los recursos médicos. El orgullo que sentimos por nuestros médicos y por los demás sanitarios que conforman el Sistema Nacional de Salud se debe demostrar apoyando sus justas demandas.

Son urgentes mejores hospitales, bien dotados, con unos profesionales reconocidos y con mejores sueldos. Hacer fuerte nuestra sanidad, nuestra ciencia y nuestra investigación es apostar de verdad por un futuro seguro que nos haga olvidar la pesadilla actual.

Bienvenidos sean los cambios si con ellos recuperamos la calma y la tranquilidad, nuestra vida en definitiva, porque hay un antídoto que nos protegerá de este y de otros virus.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO
  • 16.1.21
"Fimosis" es un tecnicismo que está tomado del griego. Pertenece al ámbito de la Cirugía y etimológicamente significa "amordazar la cabeza del perro con bozal". Aunque practicada desde tiempos inmemoriales, en la actualidad los médicos que la efectúan y los varones que la padecen la declaran sin tapujos y la cuentan con detalles.


Los manuales explican que la fimosis es la estrechez del prepucio que dificulta el descubrimiento del glande y, a veces, la micción. No podemos olvidar, sin embargo, que la operación quirúrgica, que consiste esencialmente en la ablación circular del prepucio, es un rito que ha sido practicado de manera continuada por diferentes culturas.

La Antropología nos la describe como una práctica generalizada en algunos pueblos de América Central, como los nahuas (incluidos los aztecas) y los mayas; y en el Sur del continente americano, entre los teamas y los manaos de las Amazonas. Según testimonios de Estrabón e, incluso, de algunos viajeros modernos, también se observa en varios pueblos de África como, por ejemplo, entre los cafres.

Pero su empleo más frecuente desde la más remota Antigüedad está localizado en los pueblos de raza semítica o protosemítica. Entre los hebreos comenzó a practicarse como ceremonia religiosa por el patriarca Abraham, que fue el primero que se circuncidó, operándose él mismo en cumplimiento de una orden de Dios. Desde entonces, este rito es el signo y la condición de la Alianza hecha por Dios con el pueblo judío y se expresa en lengua hebrea por la palabra "berit", que significa "pacto".

El Islam lo ha generalizado entre los pueblos persas, indios, africanos, turcos, mongoles y en algunas comarcas chinas y malayas. Herodoto la interpreta como una medida higiénica, y el judío Filón, además de reconocer su eficacia para evitar el carbunclo, la explica como un símbolo de la pureza de corazón y como un medio que facilita una descendencia numerosa.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO
  • 15.1.21
La nevada ha afectado seriamente a toda nuestra vida y, como consecuencia, ha trastocado los contenidos de la información y, por supuesto, nuestras conversaciones. Hemos dejado de referirnos a las cuestiones políticas y hasta nos hemos olvidado de los problemas de coronavirus. Las precipitaciones de nieve y las fuertes rachas de viento han obligado a cortar carreteras, a paralizar las operaciones en aeropuertos, a suspender trenes y a desviar vuelos. El temporal ha influido también en los deportes hasta tal punto que la Real Federación de Fútbol ha determinado la suspensión de muchos de los encuentros programados.


Estos hechos nos demuestran cómo no solo la cronología –el paso del tiempo– sino también la meteorología –los cambios atmosféricos– nos importan mucho. Fíjense como las encuestas nos dicen que, mientras que la información política interesa a un 34 por ciento de la población, los datos meteorológicos los siguen un 70 por ciento. Es que el frío o el calor, la lluvia o el viento influyen en el trabajo y en el ocio, en las actividades comerciales y deportivas y, sobre todo, en nuestro estado de ánimo.

El tiempo, aunque lo midamos linealmente, posee múltiples dimensiones. Los relojes y los calendarios nos despistan y nos engañan porque no son capaces de informar sobre sus contenidos ni de calcular la anchura, la altura y la profundidad de cada instante: hemos de aprender a valorar el tiempo y, en la medida de lo posible, a apresarlo entre nuestras manos.

No podemos borrar, corregir ni enmendar el camino andado, pero el trayecto recorrido nos advierte sobre la senda venidera. Tengamos en cuenta que, a pesar de la erosión del tiempo, el pasado, luminoso u oscuro, alumbra el futuro. Vivir es saborear los diferentes alimentos que la vida nos proporciona, es gustar sus colores, sus olores y sus sabores, y, también, probar su amargor o su acidez.

En contra de lo que nos dicen las ciencias, podemos perder el tiempo y recuperarlo, pararlo y aligerarlo, estrecharlo y ensancharlo, alargarlo y acortarlo, enriquecerlo y empobrecerlo. ¿No es cierto que usted ha vivido unos minutos larguísimos y otros cortísimos? ¿No es verdad que ha revivido momentos de felicidad o de dolor? El tiempo, efectivamente, es un billete ambivalente: su valor depende del empleo que de él hagamos. Y es que el tiempo –el cronológico y el meteorológico-, más que oro, es vida.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO
  • 8.1.21
En esta ocasión, queridos, admirados y respetados Reyes Magos, tras contemplar y disfrutar con los regalos que me dejasteis anteayer, he decidido escribirles esta carta para mostrarles mi profundo agradecimiento por vuestra generosidad y por vuestro acierto. Y tengo la impresión de que, a pesar de que en las vísperas de vuestra/nuestra fiesta recibís millones de cartas repletas de peticiones, son escasas las que os envían, después, para daros las gracias.


Por los diversos comentarios que he escuchado a mi alrededor y, sobre todo, por las expresiones gozosas de mis familiares, amigos y colegas, he llegado a la conclusión de que este año habéis sido muy generosos, de que nos habéis traído bastantes más regalos de los que nos merecemos y de que algunos de nosotros, incluso, hemos recibido algo más de lo que habíamos pedido en nuestras cartas.

Desde hace algún tiempo, queridos Reyes Magos, cuando se acercan estas fechas, me invade una creciente inquietud al pensar en la velocidad con la que os crecen las dificultades para cumplir con vuestro complicado oficio. Algunos regalos son tan voluminosos que no caben ni siquiera en vuestras inmensas y lujosas carrozas.

El problema mayor –según me contáis– se os plantea cuando ni siquiera recibís cartas en las que, de manera clara, os formulamos las peticiones. Os comprendo cuando decís que, por más vueltas que le dais, no siempre lográis encontrar algún objeto que nos sorprenda y que colme nuestras ilusiones; es que, efectivamente, en los tiempos actuales, cada vez somos más los niños, los adultos y los ancianos a los que no nos falta de nada. Tengo también la impresión de que todavía abundan quienes se sienten solos y no han recibido ni siquiera un regalo.

Comprendo que os preocupéis sobre todo por la desilusión que experimentan algunos cuando, a pesar de haber recibido todos los regalos que habían pedido, advierten que siguen tan insatisfechos y tan vacíos como antes.

Hay que ver la facilidad con la que todos nos creemos que, como nos explica la omnipresente y omnipotente publicidad, un perfume, un traje, un collar o un reloj nos hacen más importantes y nos proporcionan la eterna felicidad. Lo malo es que, tras poseerlos, nos seguimos sintiendo tan insignificantes como antes. “Qué pena tan grande es –me decía Lola– no saber disfrutar con las cosas tan buenas que tenemos en casa”.

Gracias, queridos Reyes Magos, por habernos ilusionado y sorprendido, por las veces que habéis pensado en nosotros, por haber tratado de acertar con nuestros gustos, por el tiempo que habéis gastado en buscar los regalos. Gracias, sobre todo, porque hemos descubierto que, en realidad, solo pretendéis que nos demos cuenta de una vez lo mucho que nos queréis. Un beso a cada uno.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO
  • 5.1.21
Ya sé que el Evangelio de Mateo habla de estos personajes sin darnos sus nombres, sin afirmar que fuesen reyes, ni que fueran tres. Pero estoy convencido de que, dotados de todas esos rasgos con los que hoy los dibujamos, “existen en la realidad imaginaria” de la tradición, en las entrañas íntimas nuestra cultura, en la médula de las creencias populares y en el diccionario habitual del lenguaje popular.


Al menos tendríamos que reconocer que existe de la misma manera “efectiva” que, por ejemplo, Ulises, el primer gran héroe de la literatura, Don Quijote de la Mancha, personaje más universal de la Literatura española, o Hamlet el legendario personaje que, creado por Shakespeare, era un soñador y un contemplativo que estaba sumido permanentemente en sus dudas y en sus ilusiones.

Me atrevo a afirmar, incluso, que en la actualidad los Reyes Magos están vivos en nuestras mentes porque intervienen alentando nuestros sueños, nuestros deseos de ser sorprendidos con regalos y nuestras esperanzas de experimentar nuevas vivencias. 

Los Reyes Magos nos proporcionan la oportunidad de acceder a un mundo creado por la imaginación de ese niño que fuimos y que seguimos siendo porque, por muy racionales que nos creamos los adultos, los sueños siguen animándonos para que busquemos alicientes nuevos y experiencias inéditas, para que compensemos los temores generados por la dichosa pandemia.

Estas reflexiones se me han ocurrido tras conversar con un amigo que está hospedado en la Residencia de Ancianos de San Juan de Dios. Me confiesa que, a sus 96 años, sigue creyendo en los Reyes Magos y que, en muchas ocasiones durante su larga vida, los ha visto y ha hablado con ellos y les ha mostrado su agradecimiento por esos regalos que tanto le han servido para soportar algunos de los golpes que ha recibido.

Me ha explicado con detalles cómo, desde hace algún tiempo, cuando se acercan estas fechas, le invade una creciente inquietud cuando piensa en la velocidad con la que crecen las dificultades para que los Reyes cumplan con su complicado oficio.

Hace unos años –me dice– era suficiente con que repartieran pelotas, trenes o patines a los niños, y muñecas, cocinitas y costureros a las niñas. Por eso viajaban en aquellos parsimoniosos camellos. Fíjate cómo, en la actualidad, traen numerosos regalos a todos los miembros de la familia: a los hijos, a los padres, a los abuelos, a los nietos, a los tíos, a los sobrinos y hasta al perro y al gato.

Él lamenta, sin embargo, que, a pesar de esos excesos de regalos, cada vez es más difícil colmar las ilusiones porque –me dice textualmente– en los tiempos actuales, cada vez somos más los niños y los adultos a los que no nos falta de nada: hay que ver la desilusión que experimentan algunos cuando, tras recibir todos los regalos que habían pedido, siguen tan insatisfechos y tan vacíos como antes.

Son aquellos que viven en permanente desasosiego porque no disfrutan con lo que poseen y porque sufren con lo que tienen los demás. Son los que descubren que el caballo de cartón piedra, el balón de reglamento, la Barbie, la videoconsola, el televisor de plasma, el móvil, el ordenador e, incluso, el automóvil son globos multicolores que, cuando explotan en sus manos, solo contienen aire a presión. Os deseo –queridos amigos– que este año los Reyes acierten con vuestros deseos.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO
  • 1.1.21
A pesar de que estamos convencidos de que el cambio de calendario es un ejercicio formulista y convencional, y, aunque sabemos que los años no están separados por escalones, creemos que esta transición representa una oportunidad más para dar esos saltos que nos hacen reaccionar ante la apatía, la desgana y el cansancio.


Por muy tópico que resulte, esta variación de fecha puede ser aprovechada para repasar lo que dio de sí el año tan agitado que dejamos ayer atrás. En este mundo tan cambiante nos vendría bien reflexionar un poco sobre el Año Pasado y sobre lo que, unidos, todavía tenemos que alcanzar: estar unidos con la familia y con los amigos es el mejor regalo que podemos desear. Los buenos propósitos de año nuevo son excelentes, especialmente cuando la meta es luchar disciplinadamente para mantener y para aumentar la salud.

Pienso que, personal, familiar y colectivamente, con realismo y, al mismo tiempo con esperanza y con ilusión, podríamos, deberíamos, hacer planes para el Nuevo Año: ojalá sea un año de oportunidades en la familia, en el trabajo, en la vida de amor, en el descanso e, incluso, en la diversión.

Ojalá represente una nueva oportunidad para seguir creciendo. Ojalá muchos de nuestros sueños –a pesar de las serias dificultades que nos saldrán al paso– gracias al esfuerzo de todos se conviertan en realidades. El comienzo de un Año Nuevo es el momento oportuno para renovar los sueños, para buscar soluciones inteligentes y generosas, para revisar nuestras actuaciones y para proponernos unas metas más ambiciosas, aprovechando todas las oportunidades que se nos presenten.

Si seguimos trabajando unidos, seremos capaces de superar los desafíos que nos salgan al paso y de tomar unas decisiones apropiadas que nos acerquen a ese modelo de ciudad que todos ansiamos. Ojalá que, desde la situación en la que nos encontramos, tras el balance económico, político y social del año que terminó ayer, podamos dirigir hacia el nuevo año una mirada, si no optimista, al menos esperanzada. 

Sería una suerte que, apoyándonos en las promesas que las diferentes administraciones, nos sintiéramos más animados para seguir caminado hacia un futuro inmediato en el que realmente hubieran desaparecido esos densos nubarrones, esos obstáculos, que, obstinados, aún permanecen inalterados y que nos parecen insalvables.

No tenemos más remedio que reanimarnos mutuamente e ilusionarnos contemplando un horizonte prometedor. Desde una perspectiva realista, razonable y positiva, tras un análisis riguroso de las posibilidades y de las dificultades, deberíamos aprovechar la oportunidad para iniciar una nueva etapa que estuviera apoyada en la construcción de un entramado ciudadano, mediante la apertura de cauces de diálogo y a través de un diseño de vías de colaboración de todos las instituciones y de aquellos colectivos que tengan ganas, ilusiones, ideas y medios.

Es el momento para hacer realidad nuestros irrenunciables deseos, para intentar un mayor bienestar viviendo y dejando vivir, para aprender del pasado, para disfrutar el presente y para construir un futuro mejor. Feliz Año Nuevo.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO
  • 25.12.20
La cena de Nochebuena –cena de recuerdos y de deseos– es una de las señales que, de manera gráfica, marca el paso y el peso de los años; mide el ritmo vertiginoso y el curso irrevocable del tiempo, y dibuja la curva en espiral de la vida humana. Esta cena –una costumbre familiar que ha logrado un considerable grado de formalización– pone de manifiesto la necesidad humana de verbalizar y de escenificar los encuentros humanos, de ritualizar los gestos de acercamiento mutuo y de sacralizar los comportamientos colectivos.


La cena de Nochebuena es una ceremonia de liturgia civil que, en nuestra sociedad occidental, de manera progresiva, se ha ido ajustando a unas pautas estrictas de comportamiento y en la que los diversos "actores" representan unos papeles que, en cada familia, están definido de antemano de una manera rígida y minuciosa.

Los alimentos –el pavo prensado, los langostinos atigrados, las tabletas de turrón de Jijona– los vinos de marca y de una cosecha acreditada, los licores y los cavas, los vestidos, la decoración del salón y la disposición de la mesa, el "nacimiento" y el "árbol", las lucecitas multicolores, la distribución de los comensales, los tristes y, al mismo tiempo, alegres villancicos que se cantan y hasta los programas de televisión que sirven de telón de fondo, responden a unas "rúbricas" que no podemos transgredir si pretendemos que la cena sea eso: una "cena de Nochebuena".

Es una cena –nostálgica y depresiva, esperanzadora e ilusionada– en la que pasamos lista a los miembros ausentes de la familia, a los que han fallecido y a los que están lejos; en ella tienen especial protagonismo los niños, con sus gracias, y los viejos, con sus recuerdos. En ella actúa inevitablemente el tío gracioso que cuenta el último chiste, y el sobrino malage que gasta la broma pesada.

Pero, sobre todo, es una cena en la que nunca pueden faltar dos personajes característicos: el experto catador de caldos, que explica con detalle las cosechas mejores y los supermercados en los que se encuentran los vinos más exquisitos, y el señor mayor –no siempre demasiado anciano– que, año tras año, con tono sentencioso y con gesto grave, solicita atención y cariño, anunciando que es el último que lo pasará en compañía de los demás, lamentando que ese trozo de turrón, que ceremoniosamente se lleva a la boca, sea, posiblemente, el último que comerá. Y lo malo es que, alguna vez a buen seguro, se cumplirá su pronóstico de manera fatal.

Les reitero –queridos amigos y amigas– mis hondos deseos de felicidades, en plural y con minúsculas y, también, de FELICIDAD, en singular y con mayúsculas. Un beso, amigos y amigas.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO
  • 18.12.20
Nuestra Navidad, mezcla de realismo y de idealismo, de objetos sencillos y de episodios hermosos, de canciones tradicionales y de cantes irreverentes, nos transmite unas nuevas ganas de ser más buenos y unos sinceros deseos de amistad, de respeto y de generosidad.


Tengo la impresión de que, a pesar de la continua invasión de “modas” procedentes de las más remotas civilizaciones, los valores medulares de nuestra cultura siguen nutriendo nuestra peculiar manera de celebrar estas fiestas.

Si prestamos atención a los comportamientos realmente populares llegamos a la conclusión de que en su fondo laten unas emociones que tienen mucho que ver con los mensajes que nos transmiten las escenas del portal de Belén conforme a la descripción del Evangelio de San Lucas: en un establo en el que hay animales, un buey y una mula, una mujer, María, un hombre, José, y un niño, Jesús, envuelto en pañales.

La sencillez de los comportamientos cotidianos, simbolizada de esta manera tan humana, nos descubre las justas dimensiones de nuestras vidas de cada día. Para calar en la profundidad de estos sentidos íntimos, hemos de estar atentos y recordar (“revivir”) aquellas vivencias hondas de nuestra infancia que nos siguen ayudando –ahora que seguimos siendo pequeños– a acompañarnos, a respetarnos, a comprendernos y a acogernos, esas experiencias que nos proporcionan alegría y nos enseñan a sentir las sensaciones y a “experimentar los sentimientos”, a saber qué es el calor y el frío, el hambre y la comida, la sed y el agua, la enfermedad y la salud, a palpar qué es la soledad, la lejanía o la ausencia de la familia, el abandono de los ancianos, a interpretar el sentido de nuestros miedos y suspiros, a darnos aliento y a ayudarnos y a querernos un poquito más.

El Papa Francisco lo acaba de formular de manera clara, aguda y precisa: “Si queremos celebrar la verdadera Navidad, contemplemos este signo: la sencillez frágil de un niño recién nacido, la dulzura al verlo recostado, la ternura de los pañales que lo cubren.

Nos explica cómo el Belén "es realmente un ejercicio de fantasía creativa, que utiliza los materiales más dispares para crear pequeñas obras maestras llenas de belleza. Y es que, efectivamente: “Ayuda bien quien lo hace desde la propia debilidad”.

Felicidades queridas amigas, queridos amigos.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO
  • 11.12.20
Aunque aceptemos que –debido a la facilidad de las comunicaciones– es inútil que nos esforcemos para evitar la influencia de otras culturas, hemos de reconocer que, en la actualidad, el Nacimiento, cuyo origen se atribuye a Francisco de Asís, entre 1200 y 1226, sigue siendo el símbolo que mejor ambienta, adorna e ilustra nuestras fiestas navideñas y, además, la alegoría que mejor explica nuestras peculiares maneras de pensar, de sentir y de vivir.


A veces –queridos amigos– caemos en la frivolidad de despreciar la contribución de las tradiciones culturales sin preocuparnos por conocer sus raíces históricas y su influencia en nuestras vidas personales, familiares y sociales. Con qué facilidad consideramos que el Belén con el Niño Jesús, la Virgen, San José, los Pastores y los Reyes Magos son meras supervivencias arcaizantes de unos usos pasados de moda.

En esta ocasión me refiero claramente a aquellos “dogmáticos intelectuales” que “pasan” de los ritos festivos y tratan de desacreditarlos tachándolos de “simples hábitos culturales”. Es posible que usted –querido lector– conozca a algunos de los “ilustrados” que se ríen de esos rituales festivos que, además de expresar simbólicamente unos significados religiosos, poseen unos contenidos sociales, estéticos y lúdicos que nos hacen disfrutar y sentirnos hermanados.

Me llama la atención también cómo algunos “ilustrados” creyentes coinciden con los “intelectuales” agnósticos cuando menosprecian las manifestaciones populares a las que califican como simplemente culturales. En mi opinión, unos y otros caen en un género de “catetismo” cuando piensan que estas maneras de sentir y de expresarnos son superficiales y carentes de significados.

No advierten que pertenecen a lo que Jung califica de “arquetipos”, esos modelos colectivos que poseen unos altos contenidos emocionales y que son los cauces que nos ayudan a la educación sentimental y a la intensificación de nuestras relaciones humanas. Estos ritos actualizan el sentimiento de formar parte de una comunidad, reproducen simbólicamente nuestra identidad colectiva y reafirman nuestro peculiar modo de vivir. 

Feliz Navidad, amigos y amigas.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO
  • 8.12.20
Respondo disciplinadamente a la propuesta que me hace Manoli para que me refiera a la fiesta de la Inmaculada aunque, como es natural, no haré un sermón porque ni a mí me corresponde ni este es el lugar adecuado para predicar. Lo primero que se me ocurre es que me resulta contradictoria la elevada importancia que en la Iglesia alcanza María y el escaso protagonismo de las mujeres en las tareas más importantes.


Es cierto que son las que más acuden a los templos y las que más colaboran en las tareas de catequesis pero exactamente eso quiero decir: son colaboradoras pero sin ostentar los principales oficios y cargos. El primero que denuncia y lamenta esta situación es el papa Francisco pero esos cambios necesarios que ha anunciado tardan demasiado en realizarse.

¿Cómo podemos celebrar este día los creyentes y los no creyentes? En mi opinión, tanto uno como otros, podríamos aprovechar la ocasión para hacer un ejercicio interesante: celebrar una entrevista virtual e imaginaria con ella y solicitarle que se convierta en nuestra confidente.

A los creyentes les serviría como una manera sencilla de hacer oración, y los a los no creyentes les proporcionaría la oportunidad de hacer un ejercicio literario original. Estoy convencido de que la conversación, cuando sabemos escuchar y hablar, además de un ejercicio agradable, es un procedimiento eficaz para aprender y, a veces, para transformar nuestra manera de pensar y de actuar.

Podríamos preguntarle qué pensaba cuando veía a su hijo que trataba con todo el mundo, que sanaba a los enfermos, que se sentaba en la mesa con los pecadores, que era amigo de hombres y de mujeres, que echaba del templo a los vendedores y sobre todo le podríamos preguntar que nos contara con confianza lo que sentía y pensaba cuando, acompañada de otras mujeres, estaba sentada junto a la cruz en la que estaba clavado su hijo.

De esta manera la fiesta de la Inmaculada se puede transformar en la fiesta de todos nosotros y, al menos, proporcionarnos algunas esperanzas. Y termino con una frase del papa Francisco: Si queremos un mundo mejor, que sea una casa de paz y no un patio de guerra, debemos hacer todos mucho más por la dignidad de cada mujer.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO
  • 4.12.20
La principal consecuencia de la pandemia del coronavirus está siendo la valoración de la vida humana y, por lo tanto, de la salud como el bien humano primordial. En estos momentos –y ojalá que perdure por mucho tiempo– los demás bienes como la ciencia, el arte, el trabajo, la diversión y, por supuesto, la economía, están o deberían estar al servicio de la defensa de la vida y de la conservación de la salud física y mental. Esta nueva clasificación de los valores y de las actividades humanas deberían tenerla muy en cuenta, al menos, los políticos de las diferentes ideologías y de los distintos ámbitos de la Administración.


Si tenemos en cuenta las consecuencias mortales que estamos sufriendo, carece de sentido ético que discutamos sobre qué es más importante, si salvar vidas humanas, mantener la actividad económica, disfrutar con espectáculos públicos o aumentar el número de votantes para las eventuales elecciones políticas.

En esta grave situación no existe otra opción que poner al servicio de la salud las investigaciones científicas, los medios económicos y, por supuesto, las ideas, los objetivos y las estrategias políticas. Todos deberíamos tener claro que el enemigo común, el covid-19, es más poderoso que cada uno de nosotros por muy importantes, fuertes o listos que seamos. Su maldad está por encima de nuestras astucias estratégicas, de nuestros conocimientos científicos y de nuestros recursos económicos.

Reconozcamos, al menos, que incluso los principales gobiernos la Unión Europea, de Rusia, de Norteamérica e, incluso de China aún no han sido capaces de vencer totalmente a ese peligroso enemigo. Los científicos, a pesar de los importantes avances alcanzados, se siguen mostrando desconfiados porque reconocen que este virus presenta características nuevas y que, a pesar del profundo conocimiento de la organización viral no han sido capaces de prevenir y de controlar sus terribles consecuencias mortales.

Entre los economistas y empresarios ha cundido el pánico tras comprobar la desastrosa influencia del virus en las bolsas de valores, en la caída del precio del petróleo, en la paralización de los préstamos bancarios y en las inversiones.

A mi juicio, la conclusión tras este somero análisis debería ser que todos aceptáramos y aplicáramos un principio: no es posible salvar la política, la ciencia ni la economía sin salvar a las personas y, por lo tanto, la salud –la personal y la colectiva– ese el valor que determina –que debería determinar– la orientación y el nivel de las actividades políticas, científicas y económicas de nuestro país.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO
  • 27.11.20
Sin ánimo de restar importancia a la calidad futbolística de Diego Armando Maradona, calificado como el mejor jugador de fútbol de la historia, considero desproporcionados y peligrosos algunos –muchos– de los elogios que su fallecimiento está generando en el mundo entero. En mi opinión, la leyenda de su agitada vida fuera de los terrenos constituye el paisaje vital en el que inevitablemente se instala su virtuosismo con el balón.


Comprendo y respeto las lágrimas pero no apruebo que se canonice como modelo de dignidad ni de comportamiento humano. A la hora de aplaudir sus regates y sus goles, hemos de tener en cuenta su adicción a la cocaína, su amistad con la Camorra napolitana, su desprecio a los periodistas, sus burlas de las mujeres y su manera frívola de interpretar la vida humana.

La dignidad humana no depende del color de la camiseta, de las insignias que lucimos en las chaquetas o de los títulos que coleccionamos en las vitrinas. El valor de una persona no aumenta a medida en que crecen sus habilidades, sus riquezas, su poder o su ciencia. No confundamos la grandeza con la magnitud; la nobleza con la fama; la importancia con la vanagloria; el prestigio con la popularidad y la calidad con la cantidad.

La dignidad humana no estriba en las insignes prebendas o en los cargos honoríficos, ni el brillo de las apariencias coincide con la sustancia de la realidad, ni el ruido de la publicidad con las nueces de los hechos: no es oro puro todas las baratijas que relucen en las solapas.

La dignidad nada tiene en común con la jactancia, con la presunción o con la arrogancia, sino que se encuentra, justamente, en su cara opuesta. La dignidad humana guarda una relación directa con la integridad, con la generosidad, con la sencillez, con la naturalidad y, a veces, con la pobreza; depende más de la manera de trabajar que del puesto que ocupamos. 

Si es cierto que las peanas altas empequeñecen las figuras, también es verdad que, cuanto más bajitos somos más nos encantan las tarimas, los púlpitos y los escenarios. Yo también le deseo sinceramente que descanse en paz.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO
  • 20.11.20
Tras leer la reflexión de la semana pasada sobre la venganza estética, varios amigos me han pedido que me refiera al perdón, ese valor, ese arte y esa virtud que las ciencias humanas y las religiones explican y aplican de diferentes maneras. En el ámbito del derecho, de la política, de la ética y de la economía, se suele emplear como sinónimo genérico de indulto, amnistía, condonación, absolución, gracia o clemencia.


En su sentido más estricto, es una aportación religiosa de diferentes creencias y más concretamente de la judía, la musulmana y la cristiana, aunque los respectivos creyentes lo expresan y lo practican de diferentes maneras. Recordemos que esta palabra etimológicamente procede de “donar” y significa renunciar libre y gratuitamente a castigar un delito o una ofensa, a cobrar una deuda o a exigir una equivalencia.

Si analizamos el fondo de las acciones de perdonar y de ser perdonados descubrimos que son experiencias vitales muy hondas que están dotadas de múltiples dimensiones vitales, no solo religiosas individuales y colectivas, sino también antropológicas, psicológicas, sociológicas, jurídicas y políticas.

Por muy petulantes o ingenuos que seamos, hemos de reconocer que, por el mero hecho de ser humanos, desde el nacimiento hasta la muerte, estamos cargados de limitaciones, de deudas y de culpas, y que, en consecuencia, el perdón, más que un rebajamiento, es una necesidad y una grandeza. Todos –por muy íntegros que nos creamos–, para vivir en paz con nosotros mismos y con los demás, necesitamos continuamente perdonar y ser perdonados.

La experiencia del perdón fortalece la convicción de que no estamos de más en una comunidad, de que podemos ser alguien y hacer algo, de que no somos simplemente tolerados y, sobre todo, que, a pesar de nuestros errores, podemos seguir siendo nosotros mismos aceptando nuestra fragilidad consustancial. 

Cuando la experiencia del perdón es creativa, se instauran nuevas relaciones interhumanas y nuevos lazos interpersonales que, incluso, puede dar origen a una amistad más profunda, a una colaboración más eficaz y, en consecuencia, a una nueva vida.

Perdonar, efectivamente, es asumir la apuesta y el riesgo de rememorar el pasado asumiéndolo, y de encontrarse con el otro adoptando una actitud positiva, por encima de la culpabilidad que le atribuimos. Perdonar es un arte y hay que aprenderlo. Francisco recuerda que el primero en pedir perdón es el más valiente; que el primero en perdonar es el más fuerte y que el primero en olvidar es el más feliz.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO
  • 13.11.20
Tras escuchar la queja que un cualificado diputado profirió hace unos días en el Congreso ("Su venganza, señoría, no ha sido ética ni, mucho menos, estética"), algunos amigos me han preguntado con extrañeza, cómo un vicio, que por su naturaleza pertenece al ámbito de la moral, puede ser evaluado también artísticamente.


Recordemos que la "venganza" ha sido tratada, valorada y ejecutada de diferentes maneras en nuestra civilización judeo-cristiana. Si en el léxico actual, "vengarse" es castigar una ofensa devolviendo mal por mal, en el lenguaje bíblico la venganza restablece la justicia sobre el mal. Aunque la Biblia prohíbe vengarse por odio, permite que la sociedad y, sobre todo, Dios –el único vengador legítimo de la justicia– restituya el derecho atropellado compensando los males causados.

La venganza solidaria era un arma defensiva de la sociedad nómada israelita en sus orígenes; por eso, el "vengador de la sangre", convencido de que la sangre derramada clamaba venganza, compensaba al clan matando al asesino. Posteriormente, la Ley del Talión ("ojo por ojo y diente por diente") prohibió la venganza ilimitada de los tiempos bárbaros y frenó la pasión humana, pronta a devolver mal por mal.

En mi opinión, la venganza más eficaz y, probablemente, la más gratificante, es la estética: es la respuesta inesperada del agredido que, con un gesto elegante y con una palabra sobria, restablece el equilibrio; es la reacción controlada del ofendido que, con una sonrisa abierta o con unos elogios comedidos, se enfrenta a la cólera encendida del agresor y a las injurias apasionadas del atacante.

Aunque es cierto que el dominio de las armas dialécticas es una destreza difícil de alcanzar, también es verdad que devolver amabilidad cortés por toscas groserías, suavidad discreta por asperezas vulgares y silencio distante por gritos estridentes constituyen una estrategia de sorpresa, una táctica de disuasión y, a veces, un arma persuasiva. La venganza es un vicio ético, pero puede ser también una habilidad estética.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO
  • 6.11.20
Todos conocemos a personas que disfrutan recordando los hechos dolorosos del pasado, destacando los aspectos negativos del presente y asustándonos con los peligros del futuro. Son aquellos dolientes para quienes “todo tiempo pasado fue peor”, si no fuera porque el presente les parece todavía más horrible que el pasado y porque están convencidos de que caminamos veloz e irremisiblemente hacia el caos fatal y hacia la catástrofe más aniquiladora.


Cuando comentamos con ellos cualquier suceso, estos conciudadanos inconsolables nos recuerdan, sobre todo, las calamidades desoladoras, los rostros cínicos, las miradas crueles y las perversas acciones: la memoria, la razón y la imaginación constituyen para ellos unas temibles luces que alumbran a un mundo que es un sórdido museo de penalidades, un infierno de padecimientos y un antro de vergonzosas perversidades.

En mi opinión, hemos de defendernos de estos “aguafiestas” para evitar que nos estropeen el día y nos amarguen la existencia. Sin caer en ingenuos optimismos, hemos de buscar la fórmula eficaz para impedir que esta desolación pesimista nos contagie y tiña toda nuestra existencia con los colores lúgubres de sus lamentos pero, además, hemos de encontrar un acicate en el que agarrarnos y una clave que nos ayude a interpretar los signos de esperanza que lucen en medio de ese oscuro paisaje. 

Si las sombras y los nubarrones pueden servir para resaltar las luces y para aprovechar mejor los días soleados, la profundización en el dolor y en la miseria del mundo nos puede ayudar para que descubramos el germen vital que late en el fondo de la existencia humana. 

Si pretendemos evitar el desánimo, hemos de evaluar los otros datos positivos que compensan los malos tragos. Apoyándonos, por ejemplo, en la convicción de la dignidad y de la libertad del ser humano, en nuestra capacidad para mejorar las situaciones y para aprender, sobre todo de los errores, podemos alentar esperanzas y elaborar proyectos de progreso permanente de cada uno de nosotros y de la sociedad a la que pertenecemos.

Reconociendo el declive que el individualismo contemporáneo ha introducido en las relaciones humanas, esta "ansiedad de perfección" nos permitirá compartir el sentido positivo de la vida, generar unos vínculos más estrechos entre los hombres y recuperar el diálogo con los demás y el reconocimiento del mundo que nos rodea. Sólo así mantendremos la posibilidad del amor y los gestos supremos de la vida. 

Si pretendemos que nuestras vidas no sean escenas sueltas –“hojas tenues, inciertas y livianas, arrastradas por el furioso y sin sentido viento del tiempo”–, hemos de buscar ese vínculo, ese hilo conductor, que las rehilvane y que proporcione unidad, armonía y sentido a nuestros deseos y a nuestros temores, a nuestras luchas y a nuestras derrotas.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ
  • 30.10.20
“La media naranja”, esa imagen metafórica tan tópica que muchos usamos para referirnos al cónyuge, constituye, en mi opinión, un error de interpretación y, lo que es más grave, una concepción de la pareja seriamente peligrosa. Aunque es cierto que algunas mujeres y muchos hombres buscan y encuentran un consorte que complete sus carencias, compense sus deficiencias, corrija sus defectos y solucione sus problemas; aunque es frecuente que se explique la unión matrimonial como una fórmula para nivelar los desequilibrios psicológicos, culturales y hasta económicos, también es verdad que la experiencia nos demuestra que esta receta compensatoria aboca, en muchas ocasiones, a la frustración personal y al fracaso familiar.


No pongo en duda que el ser humano es esencialmente imperfecto, indigente, incompleto, defectuoso y necesitado. Estoy de acuerdo en que, para “realizarnos”, para llegar a ser nosotros mismos, requerimos la ayuda de los demás, pero opino que esta colaboración, más que a remediar nuestras carencias o a aliviar nuestras dolencias, ha de contribuir a que cada uno despliegue todas sus facultades, supere por sí solo sus dificultades, alcance sus metas y logre su peculiar plenitud. 

Como suele repetir María del Carmen, “los seres humanos –cada ser humano– hombre o mujer, joven o anciano, soltero o casado, no somos seres mutilados, sino que somos o debemos llegar a ser unos proyectos completos y unas obras acabadas”. 

Cada uno de nosotros encierra en lo más profundo de sus entrañas un diseño propio y un plan diferente que, con la ayuda de todos los demás acompañantes y compañeros, ha de desarrollar y cumplir. El proyecto común de cualquier grupo de personas –sobre todo de las que integran la unidad familiar– vale sólo en la medida en la que sirve para facilitar que cada uno de sus miembros identifique y construya su modelo singular; para que viva su vida y para que logre su bienestar. Los cónyuges no somos medias naranjas, somos... naranjas enteras.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO
  • 23.10.20
Es cierto que las plantas, los animales y los seres humanos experimentamos un esencial impulso para permanecer, para conservar lo que poseemos y para mantener lo que hemos logrado, pero también es verdad que los objetos que poseemos y los hábitos de comportamiento son expresiones del ansia de crecer, de cambiar y de progresar. 


Reconozcamos que los seres humanos poseemos una ilimitada capacidad para empezar algo nuevo y para configurar el mundo que nos rodea de acuerdo con esos modelos mentales que dibujamos con nuestras ideas y con nuestros deseos: tenemos una notable capacidad para renacer y para recomenzar.

Por eso suelo repetir que dejar de aprender es un síntoma preocupante de que estamos envejeciendo. Una de las diferencias que nos separan a los seres humanos de los demás vivientes es nuestra mayor capacidad y nuestra mayor necesidad de aprender. Una gaviota o un elefante, por ejemplo, a las pocas semanas de vida, ya han aprendido la mayoría de sus conocimientos y han desarrollado casi todas sus destrezas.

Los hombres y las mujeres, por el contrario, hemos de seguir aprendiendo a lo largo de toda nuestra vida. Aunque parezca exagerado, podemos afirmar que un recién nacido abandonado, no sólo no llegaría a ser hombre o mujer en el pleno sentido de estas palabras, sino que, a los pocos días, perecerían. Si es verdad esta afirmación en general y cuando la referimos a las tareas laborales, es aún más cierta cuando la aplicamos a las normas éticas y a las pautas sociales.

La generosidad o la solidaridad, la paz o la justicia, por ejemplo, no son el resultado espontáneo de algún automatismo biológico, sino el fruto posible de un difícil y lento aprendizaje. La democracia no se deduce de la razón ni de la historia, sino de un proyecto ilusionante y de una experiencia dolorosa. 

La solidaridad no es una aspiración innata, sino una solución a problemas reales. El progreso ético es lento y costoso; el tránsito, por ejemplo, de la guerra de todos contra todos a la consideración de los demás como fines en sí mismos más allá de la relación instrumental está durando milenios.

Lograr la autenticidad personal es más difícil que dejarse manipular: llegar a ser uno mismo y autogobernarse constituye una empresa ardua y, para muchos, imposible. Esquivamos comprometernos con nuestras propias vidas y nos cuesta reconocer los errores y aceptar las derrotas, por eso disfrazamos los errores y disimulamos las culpas. 

Podemos afirmar que las leyes naturales –como, por ejemplo, la del más fuerte– no son racionales ni humanas sino, a veces, antihumanas. Vivir humanamente es –no lo olvidemos– una disciplina complicada y, en muchos casos, una asignatura pendiente. Dejar de aprender es síntoma, más que de ser viejo, de estar envejecido.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

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