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Mostrando entradas con la etiqueta Palabra de hereje [Rafael Soto]. Mostrar todas las entradas
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  • 4.10.18
En un momento de lucidez, Fernando Fernán Gómez afirmó en La silla de Fernando que el mal de los españoles no era la envidia, sino el desprecio. Y ahí nos dejó una enseñanza histórica sobre nuestro país que supera la de cualquier manual. El desprecio siempre ha estado ahí, acechándonos. ¿De qué nace? ¿Del propio carácter? ¿Del miedo? ¿Del malmeter de otras personas por sus propios intereses? Da lo mismo. El caso es que en España se desprecia y en política, más.



Pero el desprecio rara vez se encuentra en el Congreso de los Diputados. Y si se encuentra, es en las propias filas, porque son los que quieren su puesto. En cambio, en la calle sí que existe un odio al enemigo (el término ‘rival’ se deja para el deporte, y a veces ni eso) que se fomenta y que en ciertos períodos parece que se multiplica.

Hoy estamos en un momento en que el desprecio al otro y la autoreivindicación “sin complejos” –como diría José María Aznar– son tendencia. El nacionalista español (patriota se autodefine) odia al nacionalista vasco y catalán. Otro tanto se da a la inversa. El socialista y el podemita de circunstancias odian al ‘facha’ pepero y/o al anaranjado (si conviene). Y de nuevo, viceversa. También hay quien los desprecia a todos, y se autodenomina ‘apolítico’.

Al final, el hereje es el que es de izquierdas o de derechas y no tiene la sutileza de despreciar lo suficiente. Es el nacionalista moderado, el ‘sociata’ sensato, el ‘facha’ acomplejado... El hereje es la auténtica víctima de esta ola de irracionalidad.

Y hay de qué preocuparse. Como señaló Albert Camus en El Hombre Rebelde, todo lo emponzoñado por el desprecio acaba desembocando en fascismo. Aunque no sea en la ideología tal cual que se formuló en los años veinte, su brutalidad, sus ideas principales y sus métodos sí que tienden a reproducirse.

Es el caso de los independentistas catalanes, así como la de muchos españoles fuera de Cataluña. Hace justo un año, ¿cuántas veces pudo escucharse que los independentistas “te hacen facha sin quererlo”? Porque sus mentiras y medias verdades provocaron la ira de muchas personas y, con ellas, desprecio. Y si eso ha ocurrido fuera de Cataluña, la radicalización y las crecientes tendencias filofascistas de muchos no independentistas bien merecen un estudio.

Reivindiquemos la lucidez del hereje que, con dificultades, intenta observar su realidad con una mirada privada de odio. En definitiva, la figura de aquel que entiende que la política no va de tener la razón frente al otro, ni destruirlo, sino de dar a cada uno su sitio y poner a las personas de acuerdo por un bien común.

RAFAEL SOTO

  • 20.9.18
El feminismo puede aspirar a la totalidad, pero no a la unidad. El feminismo –entendido como ideología o, si se prefiere, como perspectiva– puede y, a mi entender, debe aspirar a alcanzar una mayoría social que abrume a quien pretenda ir contra ella y desplace a los márgenes del espectro político a aquellos que no la compartan. Pero el que espere que esa misma mayoría comparta una misma concepción del feminismo y una postura común sobre las cuestiones más conflictivas, razona como el más pueril de los idealistas.



A lo largo de la Historia, todas las ideologías y religiones que han aspirado a la totalidad se han visto fragmentados de manera inexorable y, casi siempre, traumática. Lo que no han conseguido papas de Roma, califas ni líderes obreros, dudo mucho que lo consigan nuestros contemporáneos. Siempre hay divisiones, siempre hay herejes.

Hasta ayer, el feminismo era patrimonio de la extrema izquierda por abandono. Más allá de la ideología personal de cada militante y político activo, el socialismo español no ha hablado en términos feministas con seriedad hasta la llegada de Zapatero. Y desde entonces, todavía sigue siendo debatible el uso instrumental que se le ha dado al feminismo.

De la derecha, ni hablamos. Con más o menos acuerdo, es a la extrema izquierda y a algunas personalidades socialistas a las que debemos que hoy, en España, se esté hablando de esta cuestión. Y eso siempre se les deberá reconocer. A partir de ahí, viene el debate de si ellas o ellos son los depositarios del "auténtico" feminismo.

No todos los cristianos creen que el papa de Roma sea el representante de Dios en la Tierra ni en la pureza y santidad de María. Nada tienen que ver un ortodoxo con un anglicano. Y ambos son cristianos. Del mismo modo, no todas las personas que buscan la igualdad entre el hombre y la mujer piensan lo mismo sobre la posible legalización del trabajo sexual, la gestación subrogada, el lenguaje inclusivo, el rol del hombre, la transexualidad o sobre algunos supuestos micromachismos.

¿Es machista acompañar a una mujer a su casa de noche? Sobre esto he escuchado de todo a mujeres poco sospechosas de estar vendidas al heteropatriarcado. Es evidente que fuera de algunos principios comunes (la violencia de género, sobre todo), no hay acuerdo.

Ahora bien, ante la falta de unidad, queda un número limitado de actitudes que depende más de las personas que de las ideas. La primera es ignorar al que piensa distinto. La segunda es, a mi entender, más civilizada y menos española, y consiste en debatir con serenidad desde la conciencia de que se comparte trinchera. A partir de ahí, solo queda el rechazo del otro y, en caso extremo, su represión (más propio de nosotros).

¿Quién se arroga el papel de juez o jueza de la moral feminista? ¿Dónde quedan regulados los principios del "auténtico" feminismo? ¿Nos aferramos a El segundo sexo de Beauvoir? Entiendo que todo juicio sobre lo que es feminista o no cuenta en exclusiva con la autoridad del que juzga. Nada más.

Se entiende que no es lo mismo una opinión de José María Aznar que la que puede proporcionar Carmen Calvo. Pero, ¿quién tiene más autoridad feminista? ¿amarna Miller, Oprah Winfrey, Catherine Deneuve o María Teresa Fernández de la Vega? Solo por poner unos ejemplos de este absurdo.

La dimisión de una directora de Trabajo por aprobar un Sindicato de Trabajadoras Sexuales y la propuesta de una vicepresidenta del Gobierno de ilegalizar la prostitución obligan a la reflexión. ¿Son víctimas del heteropatriarcado o de una suerte de puritanismo feminista? ¿Qué ha hecho este Gobierno feminista (así se autodenomina) para garantizar o, al menos, mejorar la conciliación familiar? ¿Ha planteado una reforma laboral seria? Dejémoslo ahí.

Tan perjudicial son las políticas machistas que hasta ayer han imperado en la derecha española, como el puritanismo feminista de la extrema izquierda y el feminismo instrumental y populista de Pedro Sánchez. Es necesario reconocer la "herejía", y dejar de calificar como "machista" a todo aquel que no ve el feminismo con los mismos ojos que la personalidad de turno.

Los movimientos feministas tienen una vida demasiado corta como para que haya dado tiempo a la formación y, sobre todo, asentamiento de divisiones claras y explícitas, más allá de derivaciones como el ecofeminismo, el transfeminismo o el feminismo radical, entre otras. Para ello, hace falta tiempo, debate, altura de miras y, sobre todo, aceptación del compañero de trinchera, aunque no siempre estemos de acuerdo con sus ideas.

RAFAEL SOTO


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