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DIPUTACIÓN DE CÓRDOBA

CLÍNICA PAREJO Y CAÑERO - ÚNICO HOSPITAL DE DÍA DEL CENTRO DE ANDALUCÍA

Mostrando entradas con la etiqueta Palabra de hereje [Rafael Soto]. Mostrar todas las entradas
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  • 5.8.21
Es 3 de agosto de 2021 y rondan las 12.00 del mediodía en la Villa de Madrid. La temperatura es de 25,2 grados centígrados, según la Agencia Estatal de Meteorología (Aemet). Hay mucha gente por la calle, pero en una cantidad muy inferior a la habitual. Una gozada.


Mi pareja se muestra interesada por Freshly, una tienda de cosmética ecológica de la calle Fuencarral, perpendicular a Gran Vía. La acompaño por un momento, pero pronto me aburro y me asomo por la entrada. A mi izquierda, se encuentra la pequeña ermita de la Virgen de la Soledad, que está de esquina con la calle Augusto Figueroa.

Entre la esquina y la propia ermita, hay dos extranjeros de mediana edad vendiendo paquetes de pañuelitos y otros objetos. Uno es alto y ancho de hombros, y viste una camiseta negra a juego con su piel. Un portero de discoteca en potencia, si tuviera los contactos adecuados. En contraste, el otro es flaco y bajito, porta una gorra roja y parece latino, aunque su acento me hace dudar.

A mi derecha, veo salir de una tienda Primor a un individuo de mediana edad, también con gorra roja y, quizá, rondando los cincuenta, que se dirige a la esquina de Fuencarral con Augusto Figueroa. Ha cruzado el umbral de la tienda en que me encontraba y se acerca a la ermita. Va detrás de él una dependienta de la tienda, señalando que no ha pagado un objeto. Cuando me doy cuenta de la situación, me planteo qué hacer, puesto que estoy a más de seis metros de distancia, pero los inmigrantes han sido más rápidos y estaban más cerca.

El hombre de raza negra le corta el paso y el otro le indica que la chica lo estaba llamando. El sospechoso trata de zafarse del armario empotrado, pero la dependienta lo alcanza. Por suerte, no opone resistencia y vuelve a la tienda mientras que el inmigrante de la gorra grita que llamen a la Policía.

Nos quedamos mirando un momento y me indica con un acento que no puedo identificar que aquello pasaba “todos los días”. Era una vergüenza. Al rato, aparecen un furgón y un coche de la Policía. Una de las principales calles de la Capital tiene que ser o, al menos, parecer segura.

Me gustaría decir que mi visita a Madrid comenzó con este incidente, pero lo cierto es que empezó con un corte de tráfico en la calle donde estaba el aparcamiento en el que dejamos el coche. Nada grave, por suerte.

Nuestro plan era pasar el día en Madrid tras desayunar churros con chocolate cerca de nuestra vivienda, en Alcalá de Henares. En vacaciones, Madrid es especial. Como todos los lugares sin playa, supongo. Me hubiera gustado vivir Madrid a lo Virgen de agosto (Jonás Trueba, 2019), y quisiera pensar que no fue tan diferente. La pandemia tampoco ayuda.

La mañana la dedicamos a ir de tiendas, fueran del interés de uno u otro. Tras la experiencia narrada, nos dirigimos a la zona de Universidad por la calle de la Puebla.

Calle Fuencarral

Me gustan los denominados “Malasaña” y “Chueca”, zonas que, en realidad, no existen como tales, sino que se encuentran dentro del barrio de la Universidad y del barrio de Justicia. Tienen un ambiente alternativo que siempre me motiva.

Sin embargo, debo admitir que lo que más me gusta de Malasaña es que tiene la mayor concentración de tiendas de cómics por metro cuadrado que conozco. Quizá, la mayor de España. También hay un número considerable de restaurantes, casi todos orientales. Si bien, también puedes encontrar restaurantes con comida española o, incluso, un restaurante georgiano.

La mayoría de estos establecimientos se encuentran entre las calles paralelas de Luna y Estrella. En lo que a frikismo se refiere, puedes encontrar desde tiendas especializadas en Dragon Ball a otras centradas en cómic americano. También hay otras tiendas fuera de esas calles, como la muy recomendable Generación X, en la calle Puebla, que es donde empecé a echar el rato.

Hicimos una parada en un establecimiento chino de la plaza Santa María Soledad Torres Acosta, más conocida como “de la Luna”, esquina con calle de Silva. Se trata de una galería cultural, “Dinasty”, aunque se vende casi de todo. TeleMadrid le hizo un reportaje hace poco, que se puede ver aquí.

No era la primera vez que entraba, si bien, nunca me había fijado en los libros. Tienen una estantería llena de libros en chino y, en el escaparate, un libro de reproducciones de láminas de Dacheng Li exquisito. Sin embargo, se me iba de precio. Cosas que pasan.

Centro Cultural Dinasty. Plaza de la Luna

La plaza de la Luna es uno de los lugares que más me impactaron cuando conocí Madrid. A pocos metros de la glamorosa Gran Vía, hay una Oficina de Atención al Ciudadano de la Policía Local con numerosos vehículos aparcados cerca, según la hora.

Sin embargo, si sigues todo recto hacia la primera calle, Corredera de San Pablo, empieza a sorprenderte algo. De repente, entre los transeúntes, te puedes encontrar sentada a una señora bien entrada en carnes con los pechos al aire y una cantidad importante de mujeres, más o menos vistosas, cubriendo un amplio abanico de edades y, en menor medida, de nacionalidades.

La prostitución campa a sus anchas a pocos metros de una de las calles más ostentosas del país. De hecho, en una de las calles perpendiculares de Corredera de San Pablo, Loreto y Chicote, se encuentra el local de Microteatro por Dinero, un antiguo prostíbulo cuyas salas eran antiguas habitaciones de placer. También hay otros espacios culturales cercanos.

Esta imagen de convivencia fue chocante para un provinciano como yo y admito que nunca me he terminado de acostumbrar del todo. En cualquier caso, el número de prostitutas suele ser bastante bajo por la mañana.

En lo que a nuestro paseo se refiere, seguimos visitando tiendas frikis hasta que llega la hora del almuerzo. Tenemos una reserva para las 13.30 en el Amargo, en la calle del Pez. La calle del Pez es una de esas vías que demuestran que Malasaña es diferente. Por llevar la contraria, hasta tiene un árbol en flor. En concreto, una rosa de Siria –Hibiscus Syriacus, me alecciona mi pareja, experta en la materia–, que rebosa de vida entre la calle del Pez y la de las Pozas.

Rosa de Siria (Hibiscus Syriacus) entre la calle del Pez y la de las Pozas

La calle del Pez es una vía bohemia en la que, aparte del Teatro de la Victoria, hay numerosas tiendas, restaurantes o establecimientos de todo orden.

Calle del Pez
Calle del Pez
Casa del pez

Almorzamos en el Amargo donde, por supuesto, engullo todo lo que hace dos semanas me ha prohibido mi médico digestivo. Estoy en los alrededores de Malasaña y las reglas, allí, están para romperlas. Aunque no me paso demasiado, por si acaso. Tras el almuerzo, atravesamos Chueca por la calle de las Infantas, donde disfrutamos de un ambiente bohemio y alternativo.

Nos encontramos con una suerte de carteles con pretensiosas reflexiones, por denominarlo así, sobre el arte. En rojo, los atraviesa la siguiente rima: “A Ayuso incluso yo la recuso. A Almeida le doy una tragedia”. De Quevedo para arriba.

Sin embargo, estos patéticos versos me recuerdan que estamos en uno de los espacios más progres –que no progresistas– de Madrid. Su público fue la base de Manuela Carmena y nadie puede negar que gobernó para ellos. Y por eso perdió. Menos banderas de España, puedes encontrar de todo: desde el mayoritario símbolo arcoíris a una bandera de León, pasando por una de la Unión Europea.

Versos en la calle de las Infantas

Nos dirigimos a la Fundación Mapfre, en Paseo de Recoletos. Dejamos atrás la Gran Vía y vemos la Plaza de Cibeles, templete del madridismo y, dicho sea de paso, del nacionalista español más rancio.

Plaza de Cibeles

Si el tándem Malasaña y Chueca tienen el encanto del pequeñoburgués progre con ropa de marca y chapita del Ché Guevara en la mochila, Recoletos cuenta con el encanto de la burguesía rancia. Configurada al estilo de los bulevares parisinos, Recoletos es una vía amplia y lleno de lugares que visitar, como el famoso Café Gijón. Es una continuación del Paseo del Prado donde, entre otros muchos lugares, están el Museo del Prado y el Museo Thyssen.

En nuestro caso, teníamos ganas de ir a la Fundación Mapfre con ánimo de ver una exposición fotográfica de Bill Brandt (1904-1983), uno de los grandes maestros del siglo XX. Dejo aquí un enlace a los textos de la sala. Una exposición bien planteada con numeroso material. Lo disfrutamos mucho. También hay una exposición permanente de Joan Miró.

Volvemos al aparcamiento, cerca de Gran Vía y, tras pasar por Doña Manolita, el mítico establecimiento de loterías, para adquirir números de la Lotería de Navidad para nuestras respectivas familias, nos dirigimos a la Fundación Telefónica. Siempre hay alguna exposición interesante por allí, aparte de la exposición permanente sobre la historia de las telecomunicaciones.

Nos obligan a reservar antes de entrar. Nos salimos a Fuencarral y mi pareja se encarga del asunto. Mientras, yo observo a dos personas que se acercan a otra, sentada sin más. De repente, estas dos personas enseñan una placa: son policías de paisano. Cachean al hombre y registran sus pertenencias. Parece que no han encontrado nada, puesto que lo dejan ir. Mientras que están en la faena, aparece un furgón. ¿Casualidad?

Con las plazas ya reservadas, entramos en la Fundación Telefónica. Nos interesamos por dos exposiciones temporales. Una se titula Color. El conocimiento de lo invisible y, la otra, Joanie Lemercier. Paisajes de luz. No están mal, pero no me emocionan.

Nos movemos a la zona de Embajadores. Tenemos entradas para el Cine Doré a las 20.00 y tenemos que matar el tiempo. Nos sentamos en un local frente al Doré y nos refrescamos un poco. El ambiente es diferente. También tiene su punto alternativo, pero sin ese aire a progre estancado. Admito que es uno de mis lugares favoritos de Madrid. El local en el que estamos se llama Más Corazón y sus baños me sorprenden con el poema de la foto.

Poema en un retrete

Tras refrescarnos, damos un paseo por Embajadores. Me gusta el ambiente. Siempre hay algo que hacer por ahí, más allá de la actividad comercial. Llega un momento en el que ya no sé dónde estoy con exactitud, pero nos orientamos bien. Llegamos a la abarrotada plaza de Lavapiés por Argumosa y nos damos la vuelta callejeando.

Calle de los Tres Peces

Calle del Salitre

Nos sentamos en un banquito de la calle Santa Isabel, haciendo tiempo, y ya nos dejamos caer en el Cine Doré. Este edificio tiene un encanto especial por dos razones. En primer lugar, por su arquitectura de principios de siglo. En segundo lugar, por ser la sala de exhibiciones de la Fimoteca Española, donde puedes ver peliculones patrios o foráneos por tres euros. Es un lugar que adoro y al que no puedo ir desde hace tiempo. En esta ocasión, tocó visualizar Blasco Ibáñez. La novela de su vida (Luis García Berlanga, 1997), tres horas de puro entretenimiento.

Acabada la película, nos dirigimos al aparcamiento y volvimos a casa con la sensación de habernos pegado una placentera paliza. En verdad, podríamos haber ido a muchos otros sitios. Para el que visite por primera vez Madrid, el Museo del Prado, el Reina Sofía, la Plaza de España y otros lugares son de obligada visita, pero no era el caso. No es el Sur, pero tampoco se está mal aquí en lo que a ocio se refiere. Deseando bajar a Andalucía, en cualquier caso.

Haereticus dixit.

RAFAEL SOTO
  • 22.7.21
Recordemos un matiz fundamental: se puede tener perspectiva de clase sin compartir una ideología de clase. Una persona puede creer en la existencia de clases sociales, defender los derechos de los trabajadores e interpretar la realidad desde esa perspectiva y, sin embargo, no ser anarquista, comunista, ni militar en ningún partido de clase –si es que eso existe ya–. Del mismo modo, se puede tener una perspectiva de género sin compartir una ideología de género.


El feminismo es la creencia en la igualdad entre la mujer y el hombre, entre el hombre y la mujer. A partir de ahí, todo es ideología, tal y como ya planteamos en la columna Herejía feminista. Lo mismo podemos aplicar a la locura de ciertos sectores del movimiento LGTBIQ –espero no equivocarme con la sigla, no sería a propósito–, que confunden la búsqueda de la igualdad y la integración, –derechos que aquí defiendo y defenderé siempre–, con la imposición de ciertas visiones de la sociedad.

Pretender imponer una visión excluyente del feminismo o de cualquier otro movimiento es tan antidemocrático como el franquismo más rancio. Por eso me preocupa el concepto de “matria”.

“Patria” es un término traicionero. El diccionario de la Real Academia Española de la Lengua ofrece dos acepciones muy asépticas. La primera, como tierra natal o adoptiva ordenada como nación, a la que se siente ligado el ser humano por vínculos jurídicos, históricos y afectivos. La segunda, lugar, ciudad o país en que se ha nacido. Sin embargo, las connotaciones de este término son mucho más amplios y mucho menos inocentes.

Los padres de la Constitución lo sabían. Por eso, salvo error en la enumeración, la palabra “patria” solo aparece una vez en toda la Constitución Española. En concreto, en su artículo segundo: “La Constitución se fundamenta en la indisoluble unidad de la Nación española, patria común e indivisible de todos los españoles, y reconoce y garantiza el derecho a la autonomía de las nacionalidades y regiones que la integran y la solidaridad entre todas ellas”.

Esta excepción puede tener su lógica: se trata de un artículo polémico en su redacción, donde se reconocía el derecho a la autonomía. El uso de la palabra “patria común” es muy diferente al que le dio el franquismo y, a pesar de ello, debatible en su definición.

El franquismo hizo de la patria la representación abstracta de todos los españoles “de bien”. Comunistas, anarquistas, homosexuales o criminales varios, entre otros, no formaban parte de ese concepto. Más bien, eran considerados “enemigos de la patria”. Una concepción que es compartida, a la inversa, en regímenes totalitarios de polo opuesto, como Cuba o Venezuela –esta última tiene Constitución, pero se puede considerar como una auténtica narcodictadura–.

Admito que nunca me he sentido cómodo con la palabra “patria”. En especial, cuando se usa sin el adjetivo “común” o cuando lo pronuncian personas con gustos castrenses. Siempre me he sentido excluido de ese concepto.

Quizá, por este sentimiento de exclusión, me inquieta escuchar de Yolanda Díaz, negacionista de la dictadura cubana, el uso de la palabra “matria”. Si tuviera delante a la ministra, me gustaría preguntarle quién forma parte de ella. Convencido estoy de que contestaría que la matria lo forman aquellos que comparten los ‘valores democráticos’ –o sea, los suyos–, y los que combatan contra los que “quieren romper la convivencia”.

Sin lugar a dudas, el concepto de “matria” es tan excluyente como el de patria. Y de ambos me siento igual de lejano. Por un lado, por llevar el pecado original de tener un trozo de carne entre las piernas sin ser homosexual, inmigrante o partidario de las ideologías de género. Por el otro, por no estar por la labor de excluir a los que ahora están por la labor de excluirme a mí.

Puede sonar enrevesado, pero los hechos son preocupantes. En su ejercicio de la libertad de cátedra, Jesús Barrón, un profesor del IES Complutense en Alcalá de Henares con más de 25 años de experiencia docente, fue suspendido de empleo y sueldo por afirmar que, desde el punto de vista estrictamente biológico, los hombres nacen con cromosomas XY y las mujeres con cromosomas XX y, aunque se puedan transformar con operaciones, genéticamente siempre van a seguir teniendo los cromosomas XY o XX.

Tras el escándalo, la directora del centro ofreció una versión poco convincente de los hechos, en la que se evidenciaba que no solo lo habían suspendido por eso. Que más bien fue una excusa. Incluso en el caso de que fuera cierta una actitud homofóbica por parte del docente, siempre hay medidas disciplinarias previas antes que la suspensión de empleo y sueldo de un empleado público, funcionario de carrera. Fue una medida desproporcionada y, de hecho, al poco tiempo, se le ha levantado el castigo.

Lo interesante de este caso es que, siendo un caso particular, organizaciones conservadoras o, incluso, ultraconservadoras, como Abogados Cristianos, se posicionaron a favor del docente, atacando a la dirección del centro, mientras que el lobby opuesto machacó al profesional, sin contemplaciones, en redes sociales e, incluso, discursos públicos. Un auténtico caso de postcensura por ambas partes.

No es un caso aislado. Por señalar algún caso escandaloso, hemos de recordar que un profesor universitario fue boicoteado en la Pompeu Fabra en diciembre de 2019. Su crimen no fue negar la igualdad de género, ni atentar contra los derechos de nadie. El ataque se produjo por cuestionar algunas de las tesis mayoritarias del feminismo radical y de un sector del movimiento LGTBIQ. Pablo de Lora fue acosado y estigmatizado en un templo del conocimiento sin tener la oportunidad de expresarse en el acto.

Hoy son ellos. Mañana puede ser cualquiera. La ideologización de las aulas recuerda cada vez más al caso catalán e, incluso, a otros más oscuros. Cuando leí el caso del docente del IES Complutense y me interesé por su caso a través de conocidos suyos, no pude evitar el recuerdo de Juventud sin Dios de Ödön von Horváth: alumnos denunciando y acosando al profesor, presiones externas y amenazas… y todo por afirmar que todas las personas son iguales. Algo inaceptable en el primer estadio de la Alemania nazi.

Al protagonista de aquel libro le pusieron de mote ‘El negro’, y su final fue irse a dar clases a África. Cuando oigo la palabra ‘matria’ de boca de Yolanda Díaz, me da por pensar si se puede llegar a ser ‘amátrida’. Mi primer pensamiento es que es una tontería.

Después recuerdo que, hace cinco años, me hubiera parecido una tontería que apareciera un partido de extrema derecha, que un gobierno autonómico diera un golpe de estado, que se creara una comisión contra lo que quieran considerar noticias falsas sin garantías judiciales, ni la opinión de las asociaciones profesionales, que te subieran la luz un 40 por ciento sin protesta alguna en la calle o que una pandemia nos dejara encerrados en casa durante meses. Al final, me entra un escalofrío repentino que espero que quede solo en eso.

Haereticus dixit.

RAFAEL SOTO
  • 24.6.21
Pocos libros son más de mi gusto que Crónicas marcianas, de Ray Bradbury. Hace años que lo leí y admito que, junto a La peste de Albert Camus, ha sido una de las obras literarias sobre las que más he reflexionado durante la pandemia.


La obra es un conjunto bien hilado de relatos cortos. Narra la llegada de los humanos a Marte y su colonización, a la que no le falta un sentido crítico. Durante los diferentes relatos, podemos encontrar algunos con cierto aire a western o, incluso, algún texto con claras referencias a Edgar Allan Poe. Sin embargo, para mi gusto, los relatos más interesantes son los que relatan la partida de los humanos.

Conforme a la cronología de la obra, en noviembre de 2005, se produce un hecho decisivo. Los últimos marcianos dan aviso a un vendedor de comida ambulante de que algo va a ocurrir esa noche y le otorgan un acta de concesión de más de cien mil kilómetros cuadrados de territorio. Porque aquella iba a ser la Gran Noche –no, no había concierto de Raphael–.

Los últimos marcianos no pudieron escoger una mejor venganza. Sobre las nueve de la noche, el vendedor, su mujer y casi todos los humanos que habitaban Marte contemplaron estupefactos el inicio de la guerra nuclear y la destrucción de parte del planeta Tierra. Ellos habían intentado vivir sin aquel planeta: “Pero ahora, esta noche, se levantaban los muertos, la Tierra volvía a poblarse, la memoria despertaba, miles de nombres venían a los labios. ¿Qué haría Fulano esa noche en la Tierra? ¿Y Zutano o Mengano?”.

En cuanto se produjo el desastre, lo primero que hicieron los colonos fue pensar en sus familiares y amigos. La Tierra hizo un llamamiento para que los humanos volvieran y, lo más curioso, es que casi todos lo hicieron.

Cuando leí esta parte del libro, admito que sentí cierto escepticismo, casi condescendencia. Me pareció un giro romántico por parte del autor. Cuando lo leí en su día, despertaba con noticias diarias sobre el drama de los refugiados sirios. En la vida real, las personas tienden a huir de la guerra, no a meterse en ella de cabeza. Eso pensé.

Sin embargo, en plena pandemia, las personas tendieron a juntarse, a visitar a sus personas queridas, cuando no convivir con ellas. Lo lógico hubiera sido tender al aislamiento social, y el hecho es que es algo que solo se consiguió con amenazas y con la buena disposición de muchos ciudadanos.

Con los años, me doy cuenta de la agudeza de Bradbury, que publicó el libro con apenas 30 años, tras haber pasado una guerra mundial, y en medio de la Guerra Fría. Cuando hay una amenaza, la gente tiende a unirse a los suyos, aunque sea arriesgado. Es difícil mantenerse al margen.

Por eso, en el libro, los terrestres vuelven con los suyos, a pesar de la amenaza. Muchos no salen de un país en guerra, en efecto, por la familia o el entorno. Y muchos otros que sí buscan refugio, lo hacen con los familiares a cuestas.

Puede que sea una idea romántica, pero creo que vale la reflexión. Da igual el modelo de familia, al final, ni todo el individualismo, ni todo el narcisismo propio de la sociedad postindustrial pueden combatir los instintos más primarios.

Aunque hay de todo, la mayoría de las personas demostraron una actitud gregaria durante la pandemia. Para los que no podíamos reunirnos con los nuestros, nada era más duro que el aislamiento. Sabiendo, como sabíamos, que era arriesgado y que lo más lógico y racional era quedarse en casa.

Sin pretender parecer ahora un provida, entre tanto pseudoprogresismo y patriotismo de pandereta, quizá sea buen momento para hablar de la familia, con independencia de su modelo.

Es tiempo de reflexionar sobre la necesidad que tenemos de la familia, sobre cómo seguir cumpliendo el derecho de las personas y el deber constitucional del Estado de protegerla, y de reevaluar las medidas sociales vinculadas con la conciliación, la protección de la infancia y la adolescencia y, sobre todo, la protección de las personas mayores, las grandes víctimas de este desastre.

Quizá va siendo hora de centrarse en lo que de verdad importa.

Haereticus dixit.

RAFAEL SOTO
  • 10.6.21
Es fácil criticar a los partidos conservadores, llamados ‘de derecha’ según los convencionalismos de la jerga político-social. Incluso en democracia, la derecha es autoritaria, centralista, tiende a la corrupción por exceso de autoridad y falta de medidas de vigilancia, es religiosa hasta la hipocresía y suele desear lo contrario de lo que requiere el común de la población.


Sin embargo, eso ya lo sabemos. No me faltan textos publicados en los tiempos de Rajoy en los que no critique estas taras. Meterse con la mal llamada ‘derecha’ es fácil. En especial, cuando tienes ideas progresistas. Mucho más valor, agudeza y sentido común requiere evaluar y criticar a aquellos que, en teoría, comparten trinchera contigo. En especial, cuando estás, o te hacen creer que estás en medio de un conflicto.

Aristóteles afirmó que aquellos que cometen injusticias lo hacen porque piensan que “han de quedar ocultos”, o bien, que no sufrirán proceso y que, si lo sufrieran, no tendrían pena o que podría ser mínima. Quizá por ello, el ‘Gobierno progresista’ esté cometiendo tantas.

El tándem Pedro Sánchez-Iván Redondo ha conmocionado a la izquierda española, si es que eso existe. Llamó y sigue llamando al progresismo español a una cruzada contra el supuesto fascismo, esgrimiendo argumentos cambiantes, según las necesidades de su voluntad de poder.

Los que se llaman progresistas ya no están solo obligados a serlo, sino que tienen que demostrarlo, mutando el progresismo de ideología o mentalidad a identidad. Ya no basta con ser progresista: tienes que ser antifascista. Y fascista es todo aquel que no se involucre en la cruzada. Los tibios son los peores.

Lo cierto es que los mal autodenominados ‘progresistas’ están teniendo que hacer la vista gorda ante demasiadas cosas. La defensa de la monarquía; la ausencia de regulación en el precio del alquiler; la falta de veracidad de los datos oficiales; la corrupción del PSOE andaluz; el autoritarismo dentro de los partidos ‘progresistas’; la gestión politizada de la pandemia; el ataque continuo a la libertad de información; el malgasto de dinero público; el debilitamiento del Estado del Bienestar; las mentiras descaradas y los “temazos”; el encarecimiento de los bienes de primera necesidad; el empobrecimiento del sistema educativo… Demasiados hechos que callar, que ignorar…

Es muy fácil atacar la corrupción de la derecha, el recorte de libertades que sufrimos en tiempos de Rajoy, el austericidio… Pero lo cierto es que Sánchez, con pandemia o sin ella, ha recortado más derechos y empeorado más la vida de la población que los gobiernos de Aznar y Rajoy juntos.

El equipo Sánchez-Redondo sigue llamando a la cruzada. La población demuestra lo progre que es compartiendo noticias y opiniones, no siempre verdaderas, para recordarnos a diario dos cosas: lo progresistas que son y lo malos que son los de enfrente. La crítica a las propias filas es una herejía imperdonable.

Y parte de la población, poco capacitada, se alía con el enemigo, los partidos de “extrema necesidad”, incluso sin estar de acuerdo con toda su ideología. Pero en la guerra hay que posicionarse. Y la cruzada es una guerra de identidades. Como diría Juan Soto Ivars, esto es la catalanización de España.

La subida de la tarifa de la luz es un crimen en tiempos de pandemia. Un escándalo. FACUA-Consumidores en Acción ha solicitado la intervención de la Comisión Nacional de los Mercados y la Competencia y denuncia que el recibo mensual del usuario medio se ha disparado un 42 por ciento interanual en los siete primeros días de junio. Una barbaridad.

Sin embargo, este atentado contra la población no ha tenido ni una cuarta parte de la contestación social que tuvo proceso del rapero supremacista Pablo Hasél. De nuevo, el equipo Sánchez-Redondo ha utilizado la cortina de humo de los presos catalanes, un guante que tanto el Partido Popular como Vox y Ciudadanos han tomado con placer.

El mensaje progresista se ha pervertido hasta tal punto, que hasta los ministros del Gobierno se unen a manifestaciones dirigidas contra ellos mismos. Sin embargo, el llamamiento a la cruzada sigue teniendo sus efectos. Los pseudoprogresistas callan, disculpan o defienden las medidas del Gobierno que atentan contra sus propios principios, dando armas a una derecha que no debería tener ninguna.

Afirmaba Michel de Montaigne: “Si como la verdad, la mentira no tuviera más que una cara, estaríamos mejor dispuestos para conocer aquélla, pues tomaríamos por cierto lo opuesto a lo que dijera el embustero; mas el reverso de la verdad reviste cien mil figuras y se extiende por un campo indefinido”. La verdad a medias –o la mentira a medias– ha sido, durante años, la herramienta de manipulación de los dos extremos políticos y de los supremacistas vascos y catalanes.

El tándem Sánchez-Redondo ha convertido esas “cien mil figuras” en piedra angular de su estrategia comunicativa, para desesperación de aquellos que quieren ver progresar el país, que quieren estar en el lado correcto de la trinchera, pero que no pueden evitar discrepar ante tanta manipulación.

Y ante cualquier duda o quebranto, solo es necesario echarle la culpa a Franco o sacar el argumento del feminismo. Como si el feminismo fuera “una, grande y libre”, los popes –y sí, estoy usando el masculino–, hacen uso de ello cada vez que se encuentran en un apuro. Lo hace Sánchez a diario, así como lo hacía Iglesias hasta que se volvió contra él. Lo último, el “temazo” de Carmen Calvo. La división ideológica ya ha llegado al Gobierno por la cuestión de la transexualidad y es cuestión de tiempo que se visualice en más aspectos.

“¡Qué fácil nos resulta rechazar y desterrar cualquier idea que moleste o importune nuestra alma, para sentirnos tranquilos!”, meditó en su día Marco Aurelio. Es cierto. ¡Cuántas cosas tiene que ignorar el progresista español para no ser tachado de facha, machista… o hereje! El valor para denunciar y combatir la injusticia empieza en el discurso, que ya es acción. Y para ello, hay que acabar con la cruzada y la agitación propagandística continua en la que vivimos.

Haereticus dixit.

RAFAEL SOTO ESCOBAR
  • 27.5.21
El dos de agosto de 2004 tenía 14 años, y estaba a pocos días de cumplir los quince. Aburrido en casa, mi familia ya se había metido en la cama y yo era dueño y señor del mando de la televisión. Estaba a oscuras, como siempre me ha gustado ver la tele de noche, y no tenía ganas de leer.


Tirado en el sofá, iba de un canal a otro sin rumbo fijo. Zapping lo llaman los amantes del anglicismo. Veía esto, veía aquello. Nada me convencía. Nada me llamaba la atención. Como teníamos canales de pago –uno de los pocos lujos que mi familia se permitía por aquel entonces–, me dirigí a ellos con la esperanza de encontrar algo. Paré en un canal de contenido musical, pero no aguanté mucho. Al final, decidí pulsar el botón número 1 y volver a revisar todos los canales uno a uno.

No tuve que esperar mucho. Me llamó la atención La 2. Había una película en blanco y negro, con una imagen muy degradada –al menos, para lo que yo estaba acostumbrado–, y me llamó la atención ver actores asiáticos vestidos con atuendos tradicionales. Era una película japonesa subtitulada. Decidí darle una oportunidad.

El argumento acontecía en el Japón feudal y, en él, se sucedían y combinaban hechos vulgares y cotidianos con otros sobrenaturales. Había acción sin especial espectacularidad. La fotografía estaba cuidada y todo el filme ofrecía belleza, o al menos me pareció eso. Era algo nuevo para mí, algo fascinante que quería que se repitiera.

Sin embargo, ¡ay! No es sabio volver donde se fue feliz. Sin ser cinéfilo, he disfrutado mucho con el cine. Incluso he llegado a llorar de emoción. Pero jamás he vuelto a tener ese mismo sentimiento de descubrimiento.

Con los años, supe que la película que vi fue Ugetsu Monogatari (Cuentos de la luna pálida de agosto, 1953), de Kenji Mizoguchi. Se proyectó en el programa número 415 de ‘Qué grande es el cine’, presentado por José Luis Garci y que, en aquella ocasión, contó con la colaboración de Oti Rodríguez Marchante, Clara Sánchez y Juan Miguel Lamet.

Mentiría si dijera que es mi película favorita. Más allá del cariño, ni siquiera estaría en una selección de diez. Y, sin embargo, puedo afirmar con rotundidad que fue una llave importante para ver otro cine, un cine diferente.

Es cierto que fue una combinación perfecta: aburrimiento, curiosidad, oportunidad. Si bien, no es óbice para que otros jóvenes puedan, al menos, llegar a tener acceso a un cine más allá de la actual industria de Hollywood.

Quizá sea hora de dar un mayor protagonismo al cine en las aulas, educando en el cine del mismo modo que se educa en la lectura. No estoy diciendo que se les proyecte El gatopardo a chicos de 12 años, ni que se enseñe Historia del Cine, si bien creo que se debería favorecer cierta educación cinematográfica que fomente la creatividad, el ocio sano y el conocimiento de los adolescentes.

Ahora que la nueva reforma educativa favorece la vagancia y la ley del mínimo esfuerzo, estoy convencido de que se puede encontrar hueco para estas propuestas. Hay algunas interesantes, como Educafilmoteca, un proyecto de Filmoteca Española para acercar el cine a las aulas.

En cualquier caso, creo que es importante integrar el cine en las aulas como una fuente de cultura, y no como una simple solución para las guardias o para ilustrar contenidos. Una ventana a la cultura para una generación abocada a la ignorancia y, aún más que hoy, a los caprichos del mercado.

Haereticus dixit.

RAFAEL SOTO
  • 13.5.21
El día después de las elecciones en la Comunidad de Madrid está marcado por la extrañeza. Una sensación similar a cuando la Selección Española de Fútbol ganó el Mundial o, por el contrario, le tocó caer antes de tiempo. Salvo el día en que Vox entró en el Parlamento andaluz, lo cierto es que nunca he visto que la expresión “resaca electoral” tuviera tanto sentido. En especial, en la propia Comunidad.


Me acerqué a votar después del trabajo. En mi colegio electoral, la cola ocupaba el perímetro de más de media manzana. Cerca ya de la entrada, una señora mayor que andaba apoyada en muletas se acercó a un policía. “Con usted quería yo hablar”, le indicó al agente, que no tardó en acercarse.

“¿De verdad tengo que esperar toda esta cola?”, preguntó con voz lastimera mientras señalaba con una de las muletas a las personas que esperaban su turno. “Por supuesto que no, señora. ¡Venga conmigo!” le respondió el policía, muy bien dispuesto. Alrededor, había unas personas de mediana edad que intentaban colarse y que desistieron por la presencia policial.


Había ganas de votar. Había ganas de expresarse. Que yo haya vivido, no he visto nunca una jornada electoral con tanto ambiente. El proceso se desarrolló con tranquilidad, salvo el circo de FEMEN en el colegio electoral de Rocío Monasterio. Algunos fueron con la idea de vencer al comunismo. Otros, con la idea de parar al fascismo.

En cambio, no fueron pocos los que rumiaban en las colas los agravios del sanchismo a una Comunidad que ha sabido equilibrar salud y economía. Y si hay algo que ha demostrado la política en los últimos años es lo que une un agravio. Los madrileños han sido los apestados de la pandemia, señalados por un sanchismo que obviaba a propósito las proporciones relativas de otras zonas donde la gestión había sido mucho más nefasta. En especial, Navarra y Cataluña.

Tampoco fueron pocos los que recordaron las afirmaciones de precampaña de dirigentes del Partido Socialista y de Unidas Podemos, que señalaban a Madrid como poco menos que un paraíso fiscal. La negativa de Gabilondo a subir impuestos no era creíble. Tan poco como su deseo de regular el mercado del alquiler, que manifestó días después de que los dirigentes del PSOE estatal desecharan la idea, para frustración de Unidas Podemos.

La noche fue corta, y no por el toque de queda. La paliza de Ayuso a sus contrincantes se hacía manifiesta con menos del 50 por ciento escrutado. Ni siquiera iba a necesitar a Vox. Algunos no entendimos el hecho de que Casado diera un discurso antes que la candidata, y tan largo. Estuvo fuera de lugar. Incluso Vox, ese partido tan machista y retrógrado, dejó hablar a Monasterio antes que a su líder.

Sin embargo, como ya es costumbre, la nota la tuvo que dar otro Pablo, Iglesias en concreto. Tras lloriquear que su fracaso se había debido a que el mundo no lo comprendía y que todos eran muy malos, malísimos, –o tontos, tontísimos–, manifestó su deseo de abandonar todos sus cargos políticos. Y lo hace el día en que el partido fundado por su amigo, y ahora rival, Íñigo Errejón, hiciera en Madrid lo que él no pudo nunca: el sorpasso al PSOE. De la mano de Mónica García, eso sí, tras una campaña en la que demostró que Más País mantiene lo peor de Podemos: el feminismo descerebrado, las propuestas radicales vacías de contenido y la propaganda populista.

Como ya se ha indicado, el día después fue de resaca. De acuerdo con la propaganda pseudoprogresista, el fascismo había pasado. Los insultos, el mal perder, y la incomprensión a los madrileños por su elección recuerdan al ascenso de Vox en Andalucía. Autocrítica nula, empatía en extinción.

Para otros, se mantiene la calma y el orden. Un día normal, con muchas ganas de comentar los resultados... o muy pocas. Y un placer casi generalizado por la fuga de Iglesias, incluso, entre los votantes pseudoprogresistas. Tras la hiperventilación, no hay cambios significativos en el día a día.

Como todavía no me ha tocado la lotería, he tenido que ir a trabajar todos los días entresemana desde entonces, y admito que todavía no he tenido que saludar a la romana a nadie.

Como la Mahou, Ayuso solo gusta en Madrid, por más que para los medios generalistas, España se reduzca a la Meseta. Llevará a cabo políticas que gusten más, y otras que gusten menos. Como todo en democracia. Seguirá la tendencia privatizadora y seguirá el enfrentamiento con Sánchez, que el Kennedy español alimenta con placer en su orgía de agitación política.

Madrid Central ha caído, como no podía ser de otra manera. Eso sí, con el pecado original de que Almeida ha sido incapaz de proponer una alternativa. Pablo Iglesias ya no tiene cola para que se la agarren. Gabilondo y Franco han caído en desgracia ante su amo. En cuanto a Ciudadanos, que tanta paz lleve como descanso deja.

La pseudoizquierda española tiene ahora un problema, como refleja el hecho de que el primer movimiento ha sido mirar a Andalucía. Y también se la juega Casado, impotente en su mediocridad y en su incapacidad para limpiar la casa... En este sentido, tiene mucho que aprender de Sánchez. Al menos, él lo aparenta. La vida sigue igual.

Haereticus dixit.

RAFAEL SOTO
  • 29.4.21
El anecdotario de las singulares elecciones a la Asamblea de Madrid es extenso. Me gustaría compartir algunas de mi cosecha puesto que, estoy convencido, reflejan el ambiente político madrileño con casi tanto rigor que el barómetro del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS). Reitero la veracidad de las anécdotas, que es más de lo que puede garantizar el señor Tezanos.


Primera anécdota. Hace un mes, alrededor de las 15.00 o 15.30 de la tarde, estaba volviendo de mi puesto de trabajo junto con mi pareja. Había sido un día duro para ambos y nos arrastrábamos cabizbajos hacia casa. El sol no era de justicia, pero emanaba suficiente luz y calor como para hacernos pesados los abrigos que nos colgaban del brazo y las mochilas que cargábamos en la espalda.

Ensimismados, rumiábamos los eventos de la mañana cuando oímos voces procedentes de un bar. Se trataba del dueño, que conocíamos de vista por la frecuencia con la que pasábamos por la entrada del local. Las palabras que escuchamos fueron las siguientes: “[…] Porque Ayuso es la única que nos quiere ayudar. Pero el cabrón de Sánchez lo quiere cerrar todo […]”.

No pude escuchar bien el final de su queja. Teníamos puesta la marcha automática y no tuvimos la agilidad mental suficiente como para detenernos a escuchar el final. Tampoco hay que tener una bola de cristal para imaginarla.

Segunda anécdota. Ante la imposibilidad de visitar a nuestras familias en Andalucía, inquietos por la cantidad de personas que sabíamos que huirían a la Sierra de Madrid entre el Miércoles y el Jueves Santos, decidimos ir a la Sierra los primeros días de la semana para descansar. El jueves nos volvimos, dejando atrás colas kilométricas que se dirigían hacia el lugar que nosotros abandonábamos.

Dejamos las maletas en casa y nos dirigimos al centro de la ciudad para comer. Era temprano, sobre las 12.30-13.00, pero no me importaba. Si no fuera por el trabajo, sería de esas personas que disfrutarían del brunch, anglicismo cool que viene a referirse a la comida del que desayuna tarde o almuerza temprano.

Nos dirigimos a la calle Mayor de Alcalá de Henares, vía principal de la Ciudad, que nos coge cerca de casa. Las calles están abarrotadísimas y nos damos cuenta de que, en Semana Santa, había ocio fuera de la Sierra para los habitantes de la Meseta. Abarrotada la calle hasta el punto de inquietarnos, con o sin covid, nos encontramos un tapón de personas junto a la casa natal de Miguel de Cervantes. Hay varias cámaras y curiosos.

Como soy sevillano y es Semana Santa, me dirijo de cabeza hacia el centro de la bulla sin pensármelo demasiado y no tardo en alcanzar mi objetivo. Solo faltaba el olor a incienso para empezar a buscar la cruz de guía. Sin embargo, lo que encontré estaba lejos de ser una cofradía, aunque tenía algo de crucificado.

Delante de un roll up, una suerte de cartel enrollable, Edmundo Bal, candidato de Ciudadanos, estaba dirigiéndose a la prensa. “Buen movimiento para ganar visibilidad”, pensé, “si no hubiera covid”. Tras acordarme de toda su familia por taponar la calle principal de la ciudad, me dispongo a alejarme del lugar para buscar un espacio más tranquilo y seguro. “Vaya elemento, que tengan narices de quejarse de la saturación de los espacios públicos”, pensé, si bien omito alguna palabra malsonante que negaré ante cualquier juez.

Mientras nos damos la vuelta, veo a un señor gritando desde el otro lado de la calle al candidato naranja: “¡Pero si estáis acabados!”. Los viandantes de alrededor nos dividimos entre los que nos reprimimos la carcajada y los que no. No ofende el que dice verdad.

Tercera anécdota. Es 15 de marzo. Nos llega la noticia de que Pablo Iglesias abandona la Vicepresidencia para presentarse a la Asamblea. Lo hablo con un compañero poco sospechoso de ser ‘facha’. Su expresión fue clara: “Me van a obligar a votar a quien no quiero”.

Mientras que hablamos de esta cuestión, mis amistades debaten sobre lo mismo en un grupo de WhatsApp. Cuando me paro a mirar, me sorprenden las palabras de una buena y sensata amiga: “Al final me van a obligar a votar a quien no quiero, únicamente por no tener a ese gilipollas de presidente [tres emoticonos de caritas sonrientes boca abajo]”.

No sé qué me sorprendió más, si el hecho de que usara la misma expresión que mi compañero o el hecho de que creyera que Iglesias podría llegar a presidente. Yo solo podía pensar en lo a gusto que debía de haberse quedado Pedro Sánchez, mientras me lo imaginaba en La Moncloa, fumándose un puro con los pies sobre su escritorio y con una sonrisa de oreja a oreja. También me lo imaginé con un whiskey con hielo en la mano, y admito que eché de menos no poder tomar un trago.

Cuarta anécdota. Las puertas de los retretes son interesantes. No suelen ofrecer muestras de alta cultura, si bien, no dejan de ser un elemento cotidiano donde se producen procesos interesantes.

Tal y como se puede comprobar en la imagen, un día me sorprendió ver pegada en la puerta de un retrete una imagen electoral de Más País. En ella, se puede ver un retrato de Mónica García con las palabras sobreimpresas “Mónica ǀ Madrileña ǀ Médica ǀ Madre”.

Intenté reflexionar sobre el mensaje. ¿Qué mérito político supone ser madrileña, médica y madre? Gádor Joya es madrileña, médica y madre, y eso no es óbice para que pertenezca al sector más reaccionario de Vox. ¿Mal mensaje? ¿Intento de apropiación?

Unos días después, tal y como puede verse en la foto, me encontré con que la imagen apareció tachada y rodeada de dos mensajes escritos: “VOX” y “VIVA ESPAÑA”. “Los extremismos de siempre”, pensé.

Sin embargo, un par de días después, encontré una respuesta que me sorprendió. Al mensaje “VOX” se le añadió un “FUCK”, que no pienso traducir, así como un recuadro para darle unidad al mensaje. Por otro lado, al mensaje de “VIVA ESPAÑA”, se le añadió una coma y las siguientes palabras: “NO LA ESPAÑA QUE VOX QUIERE”. Para concluir el panorama, entre ambos mensajes encontré dos líneas cruzadas que, asumo, era un tachón, cuya función comunicativa me es imposible descifrar puesto que, como pueden comprobar, no tachan nada.

Para ser sinceros, no sé qué fue lo más sorprendente. Como persona interesada en la comunicación política, admito que me fascinó comprobar que esa comunicación podía producirse hasta en la puerta de un retrete. En efecto, al haber intercambio e intencionalidad, se producen las condiciones para hablar de acto comunicativo.

Por otro lado, me pareció curiosa la voluntad de imponer el mensaje propio, recordándome a los salvajes procesos de intercambio de pareceres de las redes sociales. Admito que también me llamó la atención la defensa del concepto de España por un militante o simpatizante de extrema izquierda en España. ¿Un rayo de esperanza?

Por último, no dejó de ser fascinante comprobar cómo la extrema izquierda y la extrema derecha llevaban a cabo acciones propias de redes sociales en la puerta, no lo olvidemos, de un retrete. Para que después digan que no se pueden tener pensamientos profundos mientras se vacía la vejiga…

Tengo algunas anécdotas más vinculadas con Gabilondo, pero son casi tan sosas como el propio político, por lo que me las ahorro. Todo lo narrado, insisto, es verídico. Desde la conciencia de que no dejan de ser fragmentos de una experiencia personal, no dejan de ser vivencias que todos los que vivimos “a la madrileña” nos encontramos en el día a día.

Asisto perplejo a una campaña sucia en la que ambas partes –porque ellos mismos han decidido dividirse en dos bloques, no lo olvidemos–, intentan demostrar la barbarie de su rival. Ambos justifican la violencia contra el enemigo, ya sea el ataque antidemocrático que recibió Vox en Vallecas –o Vallekas, como gustéis–, o las amenazas recibidas por diferentes políticos “demócratas” –me encanta ese sentido del humor tan retorcido–.

Unas amenazas que, de ser ciertas, reflejan serios agujeros de seguridad que sorprenden en un contexto como el español. Hay cosas que no me cuadran. Que Rocío Monasterio actúe como una macarra, no tanto. Ni tampoco que los estómagos agradecidos calienten una campaña que, si no fuera por este circo, el bloque de la pseudoizquierda tendría perdida por goleada.

Mientras escribo estas líneas, la última hora es que Isabel Díaz Ayuso ha recibido también amenazas. ¿En un año serán recordadas como simples anécdotas de campaña? Estoy convencido de ello.

Haereticus dixit.

RAFAEL SOTO
  • 15.4.21
Philipp Eduard Függer recibió una carta singular el 14 de abril de 1592, proveniente de Venecia. Philipp pertenecía a una de las familias más poderosas del mundo y tenía informadores repartidos por toda Europa. Ya fuera por promoción suya o por acción de sus informadores, era habitual que las cartas exclusivas que recibía acabaran en una imprenta.


Se entiende que los Függer eran informados de asuntos de peso, que podrían influir en sus intereses financieros o comerciales, o que les permitieran conocer alguna circunstancia de interés de reyes y príncipes. Por otro lado, Venecia era uno de los grandes nodos informativos manuscritos de la Europa Moderna.

El contenido de esta carta singular es interesante, en tanto en cuanto nos permite comprender la mentalidad del lector moderno y sus vicios. Se trataba de una noticia que informaba del posible nacimiento del Anticristo.

La carta comienza justificándose, afirmando que se basaba en un “boletín de noticias” atribuido al gran maestre de la Orden de Malta –quizá Hugues Loubenx de Verdala–, y “varios príncipes más”. Es probable que se tratase de una gaceta manuscrita u otro tipo de publicación politemática o miscelánea, o sea, con diferentes narraciones. Se comprueba que la atribución autoriza lo que sigue, haciendo referencia a una persona de alto rango social.

Una vez justificada la fuente, el informador ofrece la narratio, que empieza con una atribución para pasar a la enunciación de la información:

El boletín informa de que en cierta provincia de Babilonia ha nacido de una mujer de mala reputación un niño cuyo padre es desconocido. Afirma que el niño está cubierto de pelo de gato y tiene un aspecto terrorífico. Comenzó a hablar ocho días después de nacer y a caminar al cabo de un mes. Se dice que ha confesado ser el Hijo de Dios.

Tras ubicar el acontecimiento, se ofrece la información en tercera persona, de manera clara y concisa. El texto sigue narrando hechos prodigiosos, que generan el escepticismo del lector contemporáneo en el mejor de los casos. Sin embargo, el redactor no solo sustenta su credibilidad en la supuesta autoría del boletín, sino que rechaza otras fuentes que afirma tener a su disposición por su escasa fiabilidad:

Para ser breve, omitiré otros informes al respecto que no parecen muy creíbles. Se dice que los rabíes han llegado a la conclusión de que la criatura es en realidad el hijo de la perdición, el Anticristo.

Parémonos un momento a recapitular. Uno de los hombres más poderosos de la época, Philipp Eduard Függer, comerciante y hombre de sólida formación, paga una red de informadores que le mandan cartas manuscritas. Y un día se presenta en su casa una carta señalando el posible nacimiento del Anticristo y, como señala la carta en otro punto, que ya se le rinde culto local. Inconcebible para el lector actual, pero lógico para el lector moderno. Sabemos que la carta fue después impresa, convirtiéndose así en un producto del primer periodismo europeo.

Y es que Honoré de Balzac se quedó corto en su crítica a la prensa cuando escribió, en el contexto de la prensa parisina de la década de 1840, que “para el periodista todo lo que es probable, es verdadero”. Ese juicio de verosimilitud también corresponde al lector.

Como bien señalan las teorías más recientes sobre la recepción, se trata de un proceso interactivo y de negociación del sentido entre un emisor y un receptor. Es un proceso de producción activa y que está marcada por diferentes variables.

Dicho de otra manera, el lector también participa en el proceso informativo, no es un elemento pasivo. Por ejemplo, las noticias falsas con intención de serlo, más conocidas como fake news en el universo de los anglicismos, se verían muy limitadas si los lectores fuesen críticos y exigentes. Ellos son los que le dan credibilidad, ellos son los que los difunden.

El profesional de la información tiene una responsabilidad, pero el lector también. José Ortega y Gasset lo sabía bien. El autor de La rebelión de las masas hizo un llamamiento al público en el primer número de El espectador, “Verdad y perspectiva” (1916), un conjunto de ensayos con claros matices periodísticos:

El escritor, para condensar su esfuerzo, necesita de un público, como el licor de la copa en que se vierte. Por esto es El Espectador la conmovida apelación a un público de amigos de mirar, de lectores a quienes interesen las cosas aparte de sus consecuencias, cualesquiera que ellas sean, morales inclusive. Lectores meditabundos que se complazcan en perseguir la fisonomía de los objetos en toda su delicada, compleja estructura. Lectores sin prisa, advertidos de que toda opinión justa es larga de expresar. Lectores que al leer repiensen por sí mismos los temas sobre que han leído. Lectores que no exijan ser convencidos, pero, a la vez, se hallen dispuestos a renacer en toda hora de un credo habitual a un credo insólito. Lectores que, como el autor, se hayan reservado un trozo de alma antipolítico. En suma: lectores incapaces de oír un sermón, de apasionarse en un mitin y juzgar de personas y cosas en una tertulia de café.

A hombres y mujeres de tan rara índole se dirige El Espectador, que es un libro escrito en voz baja.

Ortega y Gasset no quería cualquier público, sino que quería lectores “sin prisa”. Solicitaba su atención, consciente de que el gran público es un estercolero. Una conclusión a la que Mariano José de Larra llegó con 23 años.

Larra publica en agosto de 1832 El pobrecito hablador: Revista satírica de costumbres en Madrid (disponible aquí). Lo hace con el pseudónimo “Bachiller D. Juan Pérez de Munguía” y, en el primer número, tras dedicar “dos palabras” a los lectores para presentar su publicación, titula el primer texto como “Quién es el público, y dónde se le encuentra”:

[…] el ilustrado público gusta de hablar de lo que no entiende […] no existe un público único, invariable, juez imparcial, como se pretende; que cada clase de la sociedad tiene su público particular, de cuyos rasgos y caracteres diversos y aun heterogéneos sé compone la fisonomía monstruosa del que llamamos publico; que este es caprichoso, y casi siempre tan injusto y parcial como la mayor parte de los hombres que le componen; que es intolerante al mismo tiempo que sufrido, y rutinero al mismo tiempo que novelero, aunque parezcan dos paradojas; que prefiere sin razón, y se decide sin motivo fundado; que se deja llevar de impresiones pasageras; que ama con idolatría sin por que, y aborrece de muerte sin causa; que es maligno y mal pensado, y se recrea con la mordacidad; que por lo regular siente en masa y reunido de una manera muy distinta que cada uno de sus individuos en particular; que suele ser su favorita la medianía intrigante y charlatana, y objeto de su olvido ó de su desprecio el mérito modesto […].

La impresora María Pérez publicó en la Ciudad del Betis, en 1621, Victoria que el armada de Inglaterra alcançò con solos diez Galeones de diez y siete Naos de Turcos, a vista de Tarifa, tres dias despues de la que alcançò nuestra Armada en el Estrecho de Gibraltar y assi mismo se refiere el daño que la dicha Armada hizo (disponible aquí).

Sobre el público, Pérez destaca al final de su texto, tras una breve reivindicación profesional:

Nuestro trabajo es fuerza que salga a manos de cultos y de idiotas, a las del sabio y a las del rustico, al uno no hay para que satisfacer, el otro contentese con entretenerse por un cuarto.

La heterogeneidad del público es un hecho reseñado en los tres casos. Asimismo, todos señalan de manera implícita o explícita que el lector no siempre está capacitado para comprender o gestionar bien la información.

Por un lado, tanto emisor como receptor comparten un espacio comunicativo, con sus imaginarios y creencias, que facilita la credibilidad de ciertos mensajes. Por otro, hay un público que demanda un producto, sea información, opinión o entretenimiento. Y mientras que haya demanda, habrá oferta. Los programas más repugnantes de la televisión triunfan porque tienen una audiencia fiel. Los bulos se difunden porque son creíbles y porque, en el fondo, el lector le quiere dar credibilidad.

No había alfabetización mediática en el siglo XVI. Es un invento moderno, de los buenos, que Natalia Bernabeu y otros expertos definen como “la capacidad para acceder, analizar y evaluar el poder de las imágenes, los sonidos y los mensajes a los que nos enfrentamos día a día y que son una parte importante de nuestra cultura contemporánea, así como la capacidad para comunicarse competentemente disponiendo de los medios de comunicación a título personal”.

La alfabetización mediática, en especial la informacional, tiene sus límites. Como ya hemos indicado, si crees en el Anticristo, es más probable que estés dispuesto a creer una información vinculada con su llegada. En cualquier caso, la Sociedad de la Información exige una especial sensibilidad con la transmisión de información, y que es esencial si queremos mantener un entorno mediático sano y unas instituciones democráticas libres.

Porque ayer creían en el Anticristo. Hoy, en Estados Unidos, hay una parte importante de la población que cree en un fraude electoral. Y mañana, Iván Redondo nos puede hacer creer lo que le plazca... si es que no lo hace ya.

Haereticus dixit.

RAFAEL SOTO
  • 1.4.21
La muerte es siempre una cuestión delicada, y lo es aún más en los tiempos que corren. Sin embargo, es Semana Santa. Da igual cómo se quiera endulzar, la Pasión es una historia de muerte y, sí, también de resurrección.


Puesto que las ‘pelis de romanos’ están ya muy vistas, vamos a recomendar dos películas que toda persona cultivada debería conocer y que están de aniversario. En concreto, nos centraremos en sus representaciones de la muerte, la Muerte como personaje: Las tres luces y El séptimo sello. Advertencia: el texto está plagado de spoilers, pero también de buen cine.

Hace un siglo, en 1921, se estrena en Alemania Der müde Tod, de Fritz Lang, que llegaría a España en 1923 como La muerte cansada o Las tres luces. Su estreno germano vino precedido por otras películas que se integran en el movimiento conocido como ‘Expresionismo Alemán’, al que ya dedicamos unas palabras aquí –para profundizar en el cine alemán de Entreguerras, recomiendo el exquisito documental Von Caligari zu Hitler: Das deutsche Kino im Zeitalter der Massen (De Caligari a Hitler: el cine alemán en la era de las masas, 2014), presentado en el Festival de Cine de Sevilla.


El director de Der müde Tod, Fritz Lang, es uno de los grandes directores de la Historia del Cine. Maestro en todos los géneros que trató, es conocido por la primera gran saga cinematográfica de la Historia, la del Doctor Mabuse o por su monumental Metrópolis (1927). Sus dos partes de Die Nibelungen (Los Nibelungos, 1924), siguen siendo una lección de fotografía y hasta tuvo la valentía de dar voz a un asesino de niños ante un tribunal de mafiosos en M (M, el vampiro de Düsseldorf, 1931).


Si bien, vamos a desacralizar. Lang era un maestro del espectáculo al que se le daba genial narrar. Su padre era arquitecto y lo convirtió en un estudiante forzoso de Arquitectura. El muchacho tenía aspiraciones artísticas en una sociedad destrozada por la guerra y encontró en el cine, todavía en pañales como arte, y en la industria cinematográfica alemana –que todavía podía competir con Hollywood–, un ámbito artístico donde desarrollar su enorme talento.

Es fácil y, a la vez, complejo comparar Der müde Tod con la sueca Det sjunde inseglet (1957), que llegaría hace sesenta años a España, en 1961, a través de San Sebastián como El séptimo sello. Se trata de una de las obras clave de la cinefilia gafapasta y, sin duda, una de las mejores representaciones de la muerte en el Séptimo Arte.

Su director, Ingmar Bergman, era hijo de un pastor luterano y su obra cinematográfica está salpicada de conflictos humanos, casi metafísicos, necesitados de narración. Abnegado en su obra cinematográfica y teatral, Jungfrukällan (El manantial de la doncella, 1960), la perturbadora Vargtimmen (La hora del lobo, 1968) o la descorazonadora Gycklarnas afton (Noche de circo, 1953) son algunas de sus obras más relevantes.


Tanto en Der müde Tod como en Det sjunde inseglet, la muerte aparece como un personaje masculino condicionante de la acción. En Der müde Tod, en un momento y lugar indeterminados que se asemeja a la Alemania profunda decimonónica, la Muerte se lleva al amado de la protagonista mientras están de luna de miel.


La Muerte (Bernhard Goetzke) ofrece cuatro oportunidades a la protagonista (Lil Dagover) para recuperar a su amado (Walter Janssen). En las tres primeras, debe evitar que la Muerte, personificada y caracterizada, acabe con el amado antes de que se apaguen tres velas encendidas. Cada vela se corresponde con tres escenarios y situaciones diferentes: una ciudad musulmana durante el Ramadán, Venecia durante su carnaval o la China Imperial. Por supuesto, la Muerte triunfa en todas las ocasiones.

Sin embargo, la protagonista tiene una última oportunidad, que es donde la película alcanza cierto fondo moral: intercambiar el alma de su esposo por el de cualquier otro. Inconsciente, la recién casada cuenta su historia y pide a otros que hagan el sacrificio de sus vidas. Los interesados se niegan, como es lógico.

Tras producirse un incendio, un bebé queda atrapado y la protagonista debe decidir entre cambiarlo por su esposo o devolvérselo a su madre. En un último acto de lucidez, la amante devuelve el niño a su madre y acepta la oferta de la Muerte de ir con él para reencontrarse con su amado.

Der müde Tod es una historia romántica en el que un conflicto humano es excusa para llevar a cabo una película de aventuras con fondo moralista. No hay tanta reflexión metafísica como tal. Todo lo contrario que Det sjunde inseglet. Un cruzado (Max von Sydow) y su escudero (Gunnar Björnstrand) retornan a Suecia. Naufragan en el camino y la Muerte se dispone a llevarse al cruzado, Antonio Block.


Block no se siente preparado para morir y desea tiempo para encontrar un sentido a su vida. Le pide una partida de ajedrez a la Muerte, que acepta por diversión. Una prórroga que alargará lo inevitable, pero que le permitirá profundizar en sus conflictos y realizar una buena acción antes del fin. Por otro lado, Block se encuentra con unos comediantes vitalistas que contrastan con el ambiente opresivo de la Suecia medieval y con la angustia generalizada que produce la peste negra.

En ambos casos, la Muerte como personaje tiene un rol clave. De hecho, no son pocos los que han señalado la influencia de la Muerte representada por Goetzke en la Muerte de Ekerot. Sin embargo, sus concepciones son diferentes.

Bernhard Goetzke nos ofrece una personificación de la muerte que, en efecto, es ineludible. Serio y eficiente, se las arregla para llevar a cabo sus ejecuciones con precisión. Si bien, lo más interesante del personaje puede ser que es un ente de la existencia que siente cierta piedad y compasión. Ejerce su cometido porque tiene que hacerlo, puesto que forma parte de algo más grande que él.

Una muerte romántica a la alemana. Es el final de la joven, que encuentra en su fin la única manera de reencontrarse con su amado. Llegados a este punto, quizá sea interesante señalar, como anécdota, que el título de la película fue traducido como Destiny en su versión inglesa. El destino de todos es la muerte, aunque le pese a él mismo.

A todos los efectos, la Muerte de Bengt Ekerot es un funcionario. No tiene piedad, ni concede prórrogas, aunque no duda en posponer la ejecución de la ‘resolución administrativa’, por decirlo de algún modo, si puede divertirse un poco. En cualquier caso, al final, la ejecución de la resolución es ineludible. Forma parte de algo más grande que él, al igual que la Muerte de Der müde Tod, pero al mismo tiempo desconoce qué cosa es esa. No se integra en una realidad superior sino que, al igual que el ser humano, él mismo es una pieza aislada bajo un cielo que guarda silencio.

La Muerte se permite jugar con el cruzado y, frente al rostro serio e, incluso, amargado del ejemplo anterior, Ekerot nos muestra una Muerte de sonrisa irónica, casi pícara. Mientras mata a uno de los comediantes, que había simulado un suicidio, no duda en hacer uso del sarcasmo: “¿Acaso no te habías suicidado?”. Admite no saber qué hay más allá de él. No conoce el ‘sentido’ que busca Block. Sin embargo, al final, sin que aparezca ante la cámara, su presencia se torna tan oscura como temible, deshumanizada.

Si la característica más humana de la Muerte de Der müde Tod es su compasión, hasta el punto de ofrecer consuelo –aunque a su manera–, las de la Muerte de Det sjunde inseglet son su desconocimiento de lo que hay más allá de él y su curiosidad. El ejecutor de la ira de Dios desconoce de Su existencia y siente cierta curiosidad por las tribulaciones del cruzado.

Si la imagen de la Muerte con un muro sin fin a sus espaldas tiene un cariz romántico, la escena de la confesión de Block es una oda al existencialismo. Atormentado, Block se aferra a una reja: “Quiero confesarme y no sé qué decir; mi corazón está vacío”. Al otro lado de la reja, sin que él lo sepa, no lo escucha un sacerdote, sino la propia Muerte. Caronte hacia lo desconocido –la nada, el Infierno, el Purgatorio o la Salvación–, la Muerte escucha con curiosidad las tribulaciones del cruzado y le cuestiona sobre el origen de sus sufrimientos.

Lang toma una cuestión existencial de excusa para narrar al gusto de un público de Entreguerras necesitado de evasión, mientras que Bergman hace uso de los artificios del discurso cinematográfico para ofrecer una reflexión de carácter existencia a la generación del baby boom, la generación que aprendió a temer la bomba atómica.

Una diferencia notable en la narración que no podemos obviar es que, aunque ambas películas están en blanco y negro, Der müde Tod es una película muda, mientras que Det sjunde inseglet está llena de sonidos y matices. La película germana se encuentra más limitada en la narración, aunque no lo consideramos excusa para no ofrecer cierta profundidad.


Las también alemanas Das Cabinet des Dr. Caligari (El gabinete del doctor Caligari, 1920), de Robert Wiene, y Von morgens bis Mitternacht (Del mediodía a la medianoche, 1920), de Karl Heinz Martin, son dos películas que ofrecen reflexiones interesantes que, sin embargo, preceden a Der müde Tod.


La pasión es otro punto divergente. La joven esposa no gestiona bien el duelo y, en un acto romántico, acepta la muerte como forma de reencontrarse con su amado. Por tanto, Der müde Tod es la historia de un duelo. Por el contrario, Det sjunde inseglet es una historia de pasión. Aunque llega a alcanzar cierto grado de aceptación en el momento en que facilita la huida a los comediantes, al final, Block se derrumba, tapándose la cara con las manos. Da lo mismo, pues acaba sumándose a la danza macabra.

El fondo de la película alemana es interesante, pero trivial, al igual que ocurre con otras películas de Lang, como la saga de Mabuse o Die Nibelungen. Quizá, la excepción la encontremos en M –me niego a aceptar Metrópolis como una película profunda–, donde el guion ofrece una reflexión genuina y valiente. Como bien señala Siegfried Kracauer, la mafia resulta más eficiente que el Estado, los mafiosos se convierten en jueces de la moral y un asesino de niños acaba siendo víctima de la enfermedad mental y del loco deseo capitalista.


Si bien conviene señalar que M desciende a los asuntos humanos más inmediatos, y no entra en cuestiones metafísicas. Por el contrario, Bergman nos ofrece un canto a la vida tan potente como el Zarathustra nietzscheano. Gozar la vida como los comediantes, desde la aceptación de la muerte.

Lang se nos presenta como maestro del artificio, Bergman como el filósofo de la cámara. Las tres luces y El séptimo sello son dos relatos de muerte, pero también de amor y compasión. Dos recomendaciones cinematográficas que están de aniversario y que pueden ofrecer una visión alternativa de un tema manido, sí, pero interesante, en tiempos de Pasión.

RAFAEL SOTO
  • 18.3.21
Los militantes del Partido Popular tienen nuevo eslogan: “socialismo o libertad”. Es potente. Gusta incluso a la derecha “sin complejos”. Y surge unos días después de que la izquierda más irreflexiva haya apoyado los actos violentos de quienes afirmaban defender la libertad de expresión. Libertad al fin.


¡Hasta qué punto nos puede hacer perder la cabeza esa palabra suprema! Robert Graves lo refleja a la perfección en su novela histórica Claudio, el dios, y su esposa Mesalina. Cuando el emperador le pide explicaciones por su frustrada revuelta, Cayo Silio responde: “Mis planes eran vagos. Hablé de libertad con muchos de mis amigos y ya sabes cómo es eso, cuando uno habla de libertad todo parece maravillosamente sencillo. Uno espera que todas las puertas se abran y todos los muros se derrumben y todas las voces griten de alegría”.

¿No podemos identificarnos con estas palabras todos aquellos que participamos en las protestas de 2011 contra el bipartidismo, la corrupción y contra otras tantas cosas? Hay una extensa bibliografía que trata sobre este concepto. En lo que a mí respecta, solo he leído una reflexión sobre la libertad que me haya impresionado.

En Así habló Zarathustra, Friedrich Nietzsche nos habla de “El camino creador”. Este camino requiere una actitud, consecuencia de la reflexión. Así, reclama: “¿Eres alguien con derecho de escapar de algún yugo? Pues no faltan quienes perdieron su último valor al escapar de la servidumbre. ¿Libre de qué? ¡Qué importa eso a Zarathustra! Tus ojos deben decirme claramente: libre, ¿para qué?”.

Y es ahí donde encuentro el gran fracaso de mi generación y, en general, de la sociedad occidental actual. Los jóvenes nos levantamos contra un estado de cosas sin una actitud creadora. Hemos sido incapaces de proponer una realidad alternativa a aquella contra la que nos opusimos.

A diferencia de la sociedad de Posguerra, que buscó crear un mundo nuevo, nos hemos centrado en mantener y recuperar lo que teníamos antes de la crisis. Sí, es cierto. Las mujeres y el colectivo LGBTIQ+ han ganado en derechos y libertades, que no es poco.

Sin embargo, los pobres son más pobres y los ricos más ricos. Hemos analizado el capitalismo con la precisión de un microscopio de fuerza atómica, pero no hemos sido capaces de crear una alternativa viable al mismo.

Hemos apoyado nuevos partidos políticos, nuevos referentes e, incluso, la renovación de las viejas formaciones. Sin embargo, sus jugadas maestras, sus expertos en estrategia y sus juegos de comunicación política, cuando no institucional, no solo están lejos de configurar una ‘nueva política’, sino que nos han recordado a la vieja. Los principios lampedusianos siguen en pie.

La sociedad española no solo no es más democrática, sino que tiende cada vez más a los extremos autoritarios. Incluso hemos vivido persecuciones políticas civilizadas, como la que los pablistas llevaron a cabo contra los errejonistas en la Comunidad de Madrid. O menos civilizadas, como las que han llevado a cabo supremacistas catalanes en Cataluña contra los mal denominados ‘españolistas’.

El acceso a la vivienda sigue siendo una reivindicación vacía en los programas electorales. El último chiste de mal gusto del gobierno ‘progre’: incentivos que supuestamente ya existen para que los arrendadores bajen el precio de sus alquileres.

No hemos sido capaces de cambiar nada. ¿Para qué reivindicamos libertad? Hemos fallado porque no hemos sabido decir para qué queríamos esa libertad que tanto reivindicamos. Y por eso, ahora, no son pocos los que afirman que echan de menos la política aburrida.

¿Aceptamos la hipótesis del puñal en la espalda? ¿Podemos y Ciudadanos nos fallaron? ¿O acaso hemos sido nosotros los que hemos fracasado? Con mucha probabilidad, haya sido una combinación de todo.

Haereticus dixit.

RAFAEL SOTO
  • 4.3.21
Vas a la peluquería y pides que te hagan el corte de una manera determinada. Hasta tal punto que, en ocasiones, transmites ideas contradictorias. En otros momentos, das una respuesta parca a la consulta del profesional. Si te conoce, incluso le puedes responder que “como siempre”.


En cualquier caso, al final, te estás poniendo en manos de un profesional que interpreta tus instrucciones como mejor puede, sabe y/o quiere. Incluso, en el caso más bienintencionado, el peluquero tiene una destreza profesional que puede ir desde la excelencia a la incompetencia. Y en los casos peor intencionados, puede hacer lo que le dé la gana, dentro de unos límites, o te convence para que adoptes el corte que más le convenga. Vamos, lo que pasa en todos los oficios.

Cuando se solicita un recorte de derechos y libertades públicas ocurre algo análogo. Todos confiamos en el buen criterio y saber hacer del legislador. En un país que supera los cuarenta millones de seleccionadores nacionales, cada cual da su opinión y su criterio. Y en esa peluquería que puede llegar a ser el Congreso de los Diputados, tenemos en plantilla a figuras como Santiago Abascal, Gabriel Rufián o Irene Montero, flor y nata de la mediocridad hispana.

Unos pedirán al legislador que, por sentido común, los partidos independentistas sean ilegalizados. Otros solicitarán que se ilegalice a los partidos que denominan ‘fascistas’, mientras que otros exigirán que se haga lo propio con esos “masones” y “comunistas” que “se están cargando España”. Conforme al artículo 6 de la Constitución, los partidos políticos son el instrumento fundamental de participación política, ¿a quién se la deniegas? ¿Cómo haces para ejercer el recorte con moderación?

Sin ir más lejos, todavía estamos sufriendo las manifestaciones pacíficas y no tan pacíficas de quienes reivindican el derecho a enaltecer el terrorismo en una canción –libertad de expresión y, a su vez, a la creación artística, artículos 20.1a) y 20.1b) de la Constitución–, así como a decir cualquier cosa, por muy bárbara que nos parezca.

Otros, en cambio, defenderán la censura de todo aquel que atente contra ideas feministas –o de algunas feministas–, contra creencias religiosas o cualquier otro concepto o tema contradictorio, en una creación artística o en un género de opinión en prensa, por ejemplo. Porque sus ideas propias deben ser aceptadas y sus contrarias rechazadas en cualquier estado democrático, so pena de no serlo.

Esos que defienden la comisión contra las fake news sin representación judicial, ni del oficio periodístico –volvemos al artículo 20 de la Constitución–, ¿se imaginan un arma así en manos de un Jorge Fernández Díaz? Si mañana hubiera un Gobierno de coalición entre PP y Vox –hoy en día, todo es posible–, ¿se imaginan a estos personajes en una comisión que decidiese qué noticias son falsas y/o tienen intención de serlo, y cuáles no? ¿Con qué derecho moral podrían los ‘progres’ oponerse?

Y otros tantos ejemplos de derechos que están en peligro de ser recortados y, lo que es peor, que una parte significativa de la población está solicitando que se recorten. Siempre y cuando se limiten en los términos que estos ciudadanos soliciten, por supuesto.

Son los legisladores los que deben aprobar las leyes que materializarán estas limitaciones o recortes solicitados. Personas que tienen ideología y, sobre todo, intereses. Tienen una estrategia de comunicación y una disciplina de partido. Hoy pueden limitar derechos al gusto de unos, y mañana pueden hacerlo al gusto de los que se encuentran en la acera contraria. Y a los dos asiste el mismo derecho.

No lo olvidemos: no sería la primera vez que esos derechos y libertades se limitan o recortan al disgusto de casi todos. La reforma del artículo 135 de la Constitución se pudo resumir pronto y mal en que, ya nos podemos estar muriendo de hambre, que el Estado priorizará siempre el pago de la deuda externa. Y esa reforma se hizo con un acuerdo entre ‘progres’ y ‘fachas’ del PSOE y del PP.

Por todo lo expuesto, hay que ser cuidadosos cuando se defiende el recorte de derechos y libertades. Porque el ‘peluquero’ puede ser mejor o peor intencionado. Y también puede tener más o menos habilidad. Pero como entremos en ese juego, antes o después, el que acabará fastidiado serás tú.

Haereticus dixit.

RAFAEL SOTO
  • 18.2.21
Como buen democratacristiano, Pablo Casado es un hombre temeroso de Dios. Quizá, por eso, asediado por un pasado que, en el fondo, sabe presente, tiene muy en cuenta las palabras de San Pablo a los corintios: “Que cada cual se fije bien de qué manera construye [...] Si la obra construida sobre el fundamento resiste la prueba, el que la hizo recibirá la recompensa; si la obra es consumida, se perderá. Sin embargo, su autor se salvará, como quien se libra del fuego”.


Quizá sea esta la razón por la que este Pablo, Pablito, Pablete ha decidido que conviene abandonar aquella pecaminosa construcción de la calle Génova para buscar una nueva donde culminar su obra. Una, grande y limpia de las pezuñas de la corrupción. Y, en el fondo, puede que hasta se crea que, con eso, “el autor se salvará” del azote de Vox y de la abstención.

Pongo muy en duda que el personal olvide casi dos décadas de corrupción con un cambio de sede. Casi tanto como la pretensión de conseguirlo con un equipo que cuenta con las bendiciones del antiguo Sumo Pontífice, José María Aznar, y sus gerifaltes.

Quizá, Soraya Sáenz de Santamaría, más limpia y pura en cuanto a corrupción se refiere, podría haberlo conseguido. Fue la más apreciada por los simpatizantes en las primarias de su partido y, dicho sea de paso, por aquellos que querían lo mejor del marianismo sin lo peor de Rajoy. Ella fue la mujer que dio la cara por el Gobierno del tijeretazo, y los afiliados lo sabían.

Sin embargo, Sáenz de Santamaría no fue del gusto de los viejos gerifaltes, con los que pretendía romper para limpiar el partido. Y se fue de la política, en un gesto que demostró su superior inteligencia con respecto a sus rivales. Ella no fue una política profesional, y se fue con la cabeza alta –o tan alta como lo podía hacer un miembro de un Gobierno caído en Cortes por la corrupción de su partido–.

No me extiendo mucho más en esta cuestión, pues creo que poco queda ya por decir de un partido demasiado comprometido por su pasado. Para ser sinceros, no me gusta hablar del Partido Popular en exceso, porque poca novedad y poca denuncia se puede hacer ya de un partido que hace tiempo que olvidó lo que es la vergüenza. Ya no queda nada por decir que no se haya dicho ya.

Vamos ahora con un tocayo del buen Pablo. Y es que nuestro buen Pablo Iglesias no podía tener un nombre más religioso. Y, las cosas como son, tampoco desentonarían en su boca las palabras más duras de San Pablo a los filipenses: “¡Cuídense de los perros, de los malos obreros y de los falsos circuncisos!”.

Y es que este Pablo, Pablito, Pablete siempre ha tenido un punto de puritanismo difícil de digerir. Quizá, por eso, necesite hablar del Gobierno al que pertenece como algo ajeno, pecaminoso y detestable.

Es difícil conciliar la ortodoxia con el día a día, y la política no da facilidades a la moralidad. Él lo sabe bien, pues es fiel seguidor de la saga de Juego de Tronos. Ned Stark perdió la cabeza por seguir sus principios, y los mártires molan y se exaltan cuando su Documento Nacional de Identidad no se corresponde con el tuyo.

El líder de Unidas Podemos afirma que España vive un déficit democrático. Es cierto. La censura, la autocensura y la postcensura son realidades irrebatibles; la Justicia española está comprometida; la prensa tradicional y no tan tradicional ha perdido su credibilidad –lo que está justificando a su vez la censura–; todos los viejos partidos tienen conexiones con sus pasados corruptos –en mayor o menor medida–; el Código Penal está anticuado y otras muchas situaciones que requieren un enérgico ejercicio de limpieza.

La situación de la democracia española es peor que la que teníamos en 2011, cuando Pablo fue iluminado por el movimiento 15M, del que se acabaría adueñando. Si bien, ¿acaso no ha contribuido él mismo a empeorar esa calidad democrática con leyes de censura, persecuciones que ahora sufre en carne propia y ortodoxias que ahora le obligan a hablar de su Gobierno en tercera persona? ¿Acaso no ha denunciado, perseguido y expulsado él mismo a errejonistas, teresistas y a otros elementos díscolos de su partido, apuntando con el dedo a los “malos obreros”?

¡Ay! Perseguido se siente Pablo Hasél, un rapero que no conocían ni en su casa y que ahora ha ganado notoriedad internacional. Como ya he señalado, el Código Penal está anticuado, y las penas a este individuo son un buen ejemplo.

Nadie debería ser condenado por la vía penal por una letra, pues hay otros mecanismos de castigo menos lesivos. Ni por una letra que atente contra la Corona, ni por una letra neonazi; ni por una letra que defienda el terrorismo, ni por una que describa una violación; ni por una letra que defienda el supremacismo catalán, ni por una que defienda los beneficios de los coches bomba. 

Hay libertades que son casi sagradas en democracia. Tres de ellas están amenazadas a día de hoy: la libertad de información, la libertad de creación artística y la libertad de expresión. La corrección política nos acerca más a las antorchas que a la iluminación.

Pablo, Pablito, Pablete Hasél me parece un individuo cobarde y repugnante. Cobarde por esconderse en una universidad tras haber ladrado como el peor de los supremacistas catalanes, en la búsqueda de un relato épico cercano al martirio donde solo hay letrina. Repugnante por su enaltecimiento del terrorismo y su agresión a un profesional de la información –por el que fue condenado, con justicia, a seis meses de prisión–, entre otras bendiciones que ha ido repartiendo. Y dicho esto, insisto, nadie debería ser condenado por la vía penal por una letra.

Me he planteado si asociarle una cita bíblica, como en los dos casos anteriores, pero no deseo faltar el respeto a mis lectores más religiosos asociando a este personaje con San Pablo. La desproporcionalidad de su pena no lo hace menos despreciable.

Me preocupa seriamente que la extrema izquierda y algún confundido hayan asumido la causa de este criminal como suya. Del mismo modo, me preocupa que se equiparen la absurda pena por injurias a la Corona con el de enaltecimiento del terrorismo, o que las agresiones a periodistas sean obviadas con tanto descaro. Pero los extremistas necesitan mártires, y Pablo Hasél ha tenido el buen criterio de no irse de cerveceo a Bélgica. ¿Alcanzará la santidad?

Pablos, Pablitos, Pabletes que nos traen de cabeza. Quizá otro día hablemos de Pedro y Santiago. Uno se afana en conservar las llaves del paraíso como Gollum el anillo único, convencido de ser un personaje de House of Cards y un Kennedy con salero. El otro lidera a otros puritanos del mismo pelaje que los de Iglesias, pero con toques medievales, con la extraña costumbre de arengar a su líder al grito de “¡Santiago y cierra, España!”.

En paz descanse doña Inés, que de los muertos en política no es menester hablar. Prestemos atención, pues todavía se puede escuchar su voz entre los fríos mármoles del Congreso. Puede que el Senado sea una tumba de elefantes, pero el Congreso cuenta todavía con algún fantasma –y no, no estamos hablando de ese rufián de san Gabriel, anunciador de la buena nueva supremacista–.

¡Ay, España nuestra! Divina, humana y heroica. España diversa, empequeñecida y esclava de tus pasiones. ¿Alguna vez llegará a ti la sensatez de la república de todos? Mejor dicho, ¿algún día conocerás la sensatez?

Haereticus dixit.

RAFAEL SOTO

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