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  • 10.10.15
Sería maravilloso que nuestra mente se quedara parada a los cuatro años y viviésemos siempre en el universo de las mil posibilidades. Ayer, en el autobús, una niña blandía su corona de cartón como la más bella de las princesas Disney. Ella era maravillosa, única. Sus padres la miraban y le hacían sentir que así era. No había en este mundo una nena más bonita que ella. Yo la miraba con esa ternura que viene en nuestro ADN y nos hace sonreír de manera hipnótica ante un bebé.



No me cabe la menor duda de que sus compañeros de clase la ven preciosa y muchos querrán ser sus novios. A esa edad solo hay lugar para la felicidad y los amigos eternos. Pero esta etapa tendrá fin y con ella se irá la candidez y aparecerán los estereotipos, las tiranías de la moda y lo que es peor: la inseguridad.

Y entonces ella descubrirá que sus ojos no son como los de los demás, que a sus ojos no llega la luz de forma clara y que se mueven sin que ella pueda pararlos. Y entrará en el mundo falso de la madurez.

Otra vez lo he hecho. Otra vez he caído en lo mismo. De nuevo he vuelto a mirar desde mi sito en la atalaya a los demás. Los prejuicios y miedos me han poseído. ¿Es que acaso ella será menos feliz que la niña rubia y perfecta del anuncio? No lo creo.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ


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