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  • 19.4.16
Perdonen de antemano mi escepticismo, pero debo comenzar este artículo afirmando que la polémica suscitada por la filtración de los Papeles de Panamá es una farsa. Una escenificación pretendidamente épica a cargo de los periodistas y ese espíritu novelesco de búsqueda de la verdad, vigilancia de los poderes y demás ideales con los que justificar ocasionalmente la existencia de una profesión que la mayor parte del tiempo se encarga de velar por los intereses de los grupos económicos y políticos que lo sustentan.



La revelación de personajes famosos y empresas conocidas entre los clientes del despacho panameño de abogados Mossack Fonseca es como los últimos diez minutos de esas películas de intriga en las que sabes desde el principio quién es el asesino y por ello te puedes permitir incluso echarte una siesta para así ahorrar todo el proceso de pesquisas y situaciones rocambolescas. ¿Acaso alguien cree que las grandes fortunas del mundo y empresas que generan beneficios de miles de millones de euros tributan al 30 por ciento en sus países de origen?

Sería absurdo tan sólo pensar en ello. Por algo son ricos. Y por eso existen los paraísos fiscales. Y también por esa razón ninguna institución política va a emprender cruzada alguna para desmantelar los entramados de ingeniería fiscal que permiten evadir impuestos. Porque son los encargados de acometer esas leyes los que se benefician de esa zona gris de secretos bancarios y empresas opacas que les otorgan el poder. Es pura lógica.

Pero claro, iniciar un telediario informando que un ministro, un cantante o un escritor tienen o han tenido una de esas sociedades offshore con las que han burlado a Hacienda tiene ese encanto propio de las grandes gestas periodísticas, al estilo del caso Watergate. Y si además puedes provocar una dimisión o una declaración de arrepentimiento pública la sensación de poder debe ser algo cercano al éxtasis.

Ahora bien, seamos serios. Tener una empresa offshore, es decir, registrada en un país en el que no desarrollas ningún tipo de actividad económica y en el que se disfruta de ventajas fiscales y confidencialidad, no es ningún delito. Al menos a priori. Al igual que tampoco es ilegal que colectivos de empresas y millonarios evadan impuestos a través de las sicav. Todos lo hacen. Es parte del juego. La clave es que la opinión pública no sea consciente de ello para que no se propague la idea de que el ciudadano medio es el único idiota que tiene que cumplir con sus obligaciones.

En cualquier caso, todos podemos llegar a entender este comportamiento. Cuando apareció en la prensa que Bertín Osborne había sido titular de una de estas sociedades panameñas, su argumento fue que todos en Miami la tenían, que era algo habitual. Todos los que ganan suficiente dinero como para intentar a toda costa evitar pagar impuestos, naturalmente. Pensemos por un momento en el cabreo que cogemos cuando nos enteramos que un tercio de lo ganado en la lotería se lo lleva Hacienda. Y ni siquiera nos va a tocar.

Después de los Papeles de Panamá ya sabemos que alguna gente famosa evade impuestos. Bueno, ¿y qué? En realidad se han filtrado algunos de los clientes de uno de los miles de despachos de abogados de uno de los muchos de paraísos fiscales que existen en el mundo. Panamá ni siquiera es un paraíso fiscal para el Gobierno español. La metáfora de la punta del iceberg sería demasiado optimista. Este escándalo no es ni eso, es una simple constatación de algo que se sabe, que se permite y que se seguirá legitimando para siempre. Pero, y lo entretenidos que estamos…

JESÚS C. ÁLVAREZ

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