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  • 9.4.16
Me encanta observar, mirar, imaginar las vidas ajenas. Me considero intuitiva y sé ver en los ojos y en los gestos de la gente la verdad que esconden. Llego a la playa, hay un hombre de pie, le gustan todas menos su mujer. Él se cuida, entrena, se siente atractivo. Su mujer se evade sentada en la arena, no levanta la cabeza del móvil. Ojos que no ven, corazón que no siente. Mejor con este que sola.



Llega una pareja de ancianos. Se ayudan, traen sus sillas, su sombra y su compañía. Juntan sus toallas y se tumban. Con los ojos cerrados se dan la mano. Ternura. Mi única duda es cuánto hace que están juntos. Pueden ser unos afortunados que lograron crecer en el camino. O puede que se hayan conocido recientemente.

Otro año más ahí está el chico que toma el sol. Siempre solo. Sin toalla, con un libro y la arena. Miro hacia el mar, las olas se pierden en el agua. El chico está acompañado. Una chica con un sobrero blanco se sienta a su lado. Ella le acaricia la nuca, él la mira sonriendo. Él le acaricia la mejilla. Se besan. Ya no está solo.

Mis tobillos empiezan a arder. El agua está fría. Me sumerjo de nuevo en la vida de un profesor que tiene ELA y se está muriendo. Da sus últimas clases de vida. Su alumno siempre llega los martes. El mensaje: amar.

Pastora canta en mi oreja: “Cuando solita está en casa, se asoma por la ventana…”. Me la canta a mí. A la mirona. Y como ella dice: “quien mira no echa a caminar”. Me levanto. Meto todo en mi bolsa marrón. La orilla me llama. Camino.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

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