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  • 24.6.17
Cuando sonó el despertador esta mañana, una frase flotaba en mi inconsciencia aún no despierta: "Él dijo que yo olvidaría, pero ¿cómo podría no recordarlo?". Un sentimiento algodonoso de pasión envolvía ese pensamiento. Mi mente abría cajones y cajones buscando un recuerdo que tuviera esa oración que invitaba a querer saber. ¿Qué había pasado? ¿Por qué era inolvidable?



A medida que mis órganos despertaban de mi letargo y la realidad iba cobrando forma, iba apareciendo la cara de Jane Fonda en mi pantalla de cine interna. ¡Eureka! Era Gringo Viejo, una película que descubrí por casualidad y que he visto miles de veces.

Me atraparon desde el principio las ganas de sentirse viva de la protagonista, que cambia su tranquila vida de solterona en Estados Unidos, custodiada por una madre absorbente, por vivir mil aventuras en un Mêjico en plena revolución. Y ahí está él: un hombre de principios del siglo XX, valiente y con ideales, que la mira de una manera que ella no creía que fuera posible o que existiera.

La maestra madura y virgen se encuentra con el atractivo revolucionario que emana fuerza y pasión. Dos ingredientes que ella no conocía. Él quería cambiar el mundo y sí que lo cambio. Cambió el de ella. El moño y el corsé dejaron paso al agua cayendo por un pelo libre, sintiendo cada pequeño trocito de un cuerpo que llevaba toda la vida sin existir.

Descubrir las burbujas que te hacen sonreír como una tonta; volverte adicta a una piel y a una sensación... Lo que más me gusta es la valentía de ella, recubierta de la inocencia de quien no sabe ni conoce nada del mundo o del amor... Y se deja caer. Se deja caer por un tobogán en el que no se ve el fin, lo que hace del viaje un misterio lleno de miedo y de dulzura. Frío y calor; muerte y vida.

Pequeñas muertes que te resucitan a una existencia más brillante y luminosa. Al gringo viejo le gustaban las mujeres que suspiran. ¡Ay! Hace tanto que yo no suspiro...

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

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