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  • 9.12.15
Llegó tarde, como la mayoría de las cosas buenas de la vida, ya entrando el curso en esa etapa en la que todos los papeles están asignados y la clase repartida y las amistades hechas y tu maldita atención desbocada por el interminable ritmo diario de llevar varios niveles adelante. Ni su nombre ni su físico ayudaban. Eso fue algo que supe al verlo entrar por la puerta acompañado de la jefa de estudios el día que leíamos a Roald Dahl. Ella lo presentó porque él no quiso hacerlo y, cabizbajo, fue parsimoniosamente, encabezando una comitiva invisible, a sentarse en la segunda fila, en el pupitre que quedaba libre justo delante de mí.



—¿Has leído a Roald Dahl? –le pregunté en busca de la misma negativa que había encontrado minutos antes.

—Sí, he leído Charlie y Las Brujas –dijo mientras se subió con el dedo índice sus gafas redondas, caídas de mirar constantemente al suelo.

La clase acechó agazapada esperando el momento oportuno y lanzó en manada una risa estridente que rebotó en las paredes como una bala perdida. Odiaba que se rieran de la cultura, más aun en aquella ocasión: con aquel niño exponiéndose en campo abierto y el grupo dispuesto a empezar la cacería.

Siempre tuve la sensación de que no se vestía él, de que su madre le preparaba la ropa, aunque ella lo negara cada vez que viniera al instituto a tratar el tema de la no integración de su hijo. Vestía una clase de luto anticipado, precoz en un niño de su edad; claro que había tantas cosas precoces en aquella alma cristalina que quizá vestía de negro para que la luz no atravesase lo transparente de su alma.

Los días que me tocaba guardia lo observaba en el recreo: "¡levanta la cabeza!", le gritaba mientras me tocaba la barbilla, porque siempre miraba al suelo. Entonces lo llamaba y él se acercaba y me miraba desde abajo con sus grandes gafas redondas: “son como un empate a cero, maestro”, y yo me reía y me sorprendía a la vez de que con su edad ya dominase las metáforas, cuando debido al nivel del personal no podía empezar a explicarlas hasta dos cursos superiores al suyo.

El día que me enteré de la primera paliza me enfadé muchísimo. Hubiera entrado arrasando la clase y echando el pestillo por dentro. Nadie había hecho nada, por supuesto, y desde Orientación se nos pidió actuar con cautela porque el asunto había ocurrido en una calle del pueblo por la tarde, fuera de nuestro horario y competencia.

La madre no se lo quiso llevar. Llevaban toda su vida huyendo: primero de su madre –su abuela–, una tirana sacada de Bernarda Alba, descontextualizada en una sociedad que no vivía acorde con su manera de pensar; luego de su padre, un cabrón que no supo apreciar lo que la vida le había regalado y los molía a palos las noches que ella lo dejaba entrar borracho en la casa. No sabían siquiera si estaba vivo, y la verdad es que no nos importaba lo más mínimo.

Un día me hizo que leyera un relato que había escrito sobre su padre. Era el único de la clase que utilizaba oraciones subordinadas y los demás compañeros no entendían lo que él escribía. Al principio dudé de su talento y lo puse a escribir a traición delante de mí: fue entonces cuando vi la coreografía perfecta, armoniosa y espontánea que ejecutaba el bolígrafo entre sus dedos, y ya nunca más pude olvidarlo. No había rencor en sus palabras, tampoco pena. Los malos recuerdos eran encarnados por animales que merodeaban su existencia y su madre se relacionaba siempre con los días soleados o lluviosos que alternaban en sus escritos.

Era algo entre magnífico y aterrador bucear en sus líneas y, perdido entre sus palabras, su figura se me antojaba enorme, colosal erguida frente a mí. Entonces me olvidaba de que era un niño y le hablaba de Ganivet, de Hemingway, de Larra, de Virginia Woolf y él me miraba trascendente desde un punto de la existencia que sólo él habitaba y juro por Dios que parecía que sabía de lo que le hablaba.

El día que se fue me emborraché y estuve a punto de quemar algunas casas y el instituto. No podía mirar a nadie a los ojos; ni siquiera era capaz de verme reflejado en el espejo sin sentir asco. Cuando me llamaron a declarar tuve que reconocer que no me había dado cuenta de nada, que pensaba que eran cosas de chiquillos, que sí, que sabía que no se había adaptado bien y que le habían pegado fuera del centro y que alguna colleja también había visto por los pasillos y que, joder, habíamos puesto en marcha el puto protocolo y avisado a su madre.

Lo enterraron con las gafas puestas. “Empate a cero”, pensé. Pero a ver quién coño seguía ahora con el partido.

PABLO POÓ

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