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  • 13.3.16
En la primera vez que visité Viena, se consideraba totalmente necesario acudir a ver las obras del pintor más famoso de esa pequeña nación que es Austria. Puesto que uno procede de un país de pintores por antonomasia, me acercaba con bastante confianza al Museo Belvedere, puesto que ser de la misma tierra que pisaron Velázquez, Goya, Picasso, Dalí, Miró, etcétera, no dejaba de ser un orgullo que cualquier español puede portar cuando sale de las fronteras de la piel de toro, especialmente cuando visita alguna exposición.



Bien es cierto que la propia Viena es una ciudad maravillosa que, situada en pleno corazón de Europa, merece la pena ser visitada. Aunque no se disponga de mucho tiempo, es un verdadero placer recorrer sus calles, contemplar sus amplias plazas cargadas de monumentos, contemplar los edificios que proyectó aquel genial arquitecto llamado Adolf Loos, autor de Ornamento y delito, obra en la que preconizaba una arquitectura alejada de toda ornamentación superficial.

Como he apuntado al principio, visitar el Museo Belvedere, en el que se encuentra gran parte de las obras del pintor simbolista Gustav Klimt, se ha convertido en un rito casi obligatorio para todo visitante que arribe a la capital austríaca. Ni que decir tiene que el lienzo titulado ‘El beso’ se ha convertido en un auténtico símbolo del país; y aunque no se acudiera al museo en el que se encuentra, es imposible desmarcarse de los múltiples suvenires en los que aparece la pareja de enamorados que se están besando.



Este cuadro, cargado de un halo de romanticismo, nos presenta a una pareja en la que el personaje masculino envuelve en un abrazo amoroso a la mujer que le acompaña, al tiempo que besa el rostro de su figura frágil que, arrodillada, parece acoger con gozo ese estado de mutua entrega. Flores, hojas, vestimentas con adornos dorados, rodean a ambos personajes, que parecen fusionarse entre sí, formando un todo perfectamente unido.

Una vez concluida la vista, es difícil regresar de Viena sin que uno no haya comprado algún suvenir que nos haga recordar a este célebre lienzo. En mi caso, fue un pequeño reloj de pared, de formato rectangular, que tengo colgado en el estudio y que siempre me trae a la memoria aquellos espléndidos días que allí pasé.



Pero no solamente la obra del pintor vienés es la que se ha convertido en el icono del beso de una pareja y que se haya extendido a nivel planetario. Es posible rastrear más imágenes que nos recuerden a una pareja enamorada en la que ambos manifiestan el amor que se profesan.

Hay otra, en este caso una fotografía, que también lleva el mismo título que el cuadro de Klimt (aunque también se la conoce como “El día de la victoria en Times Square”). Me estoy refiriendo a la instantánea que registró el fotógrafo alemán Alfred Eisenstaedt en el año 1945, en la que un marino y una enfermera celebran su reencuentro tras la victoria de las fuerzas de Estados Unidos sobre las japonesas.

Según se nos dice, el fotógrafo envió todo el reportaje de fotografías que había tomado ese día en las avenidas de Nueva York, pero fue precisamente esta la que a la redacción más le interesó por el romanticismo que transmitía. Le preguntaron a Eisenstaedt quiénes eran los jóvenes apasionados que allí aparecían; pero, lógicamente, no supo decir de quiénes se trataba, dado que fue un hecho totalmente imprevisto que pudo registrar fortuitamente con la lente de su cámara.



Pero no todos los besos en los que se unen los labios de la pareja son de tipo romántico. Por ejemplo, sabemos que los miembros de la Mafia siciliana tienen entre sus ritos el besarse entre ellos como signo de fidelidad, obediencia al jefe y de pertenencia inquebrantable a esta organización criminal.

Son besos entre personas del mismo sexo que no tienen contenidos sexuales. Entonces surge la pregunta: ¿pueden los hombres darse besos sin que la gente se escandalice y considere que forman una pareja homosexual?

Pues sí: hay culturas en las que dos hombres pueden besarse como signo de fraternidad y lealtad, sea por vínculos familiares o por compartir determinados valores o concepciones sociales.

Quizás el que más llamó la atención fue el que llevaron a cabo los dirigentes comunistas Brezhnev, presidente de la extinta Unión Soviética, y Erich Honecker, de la República Democrática Alemana, y que quedó plasmado en una instantánea en el encuentro que tuvieron en 1979, como señal de hermanamiento de los países que dirigían. Esto, aunque parezca extraño, es una tradición ancestral que aún se mantiene en ciertas partes de los países eslavos.

La instantánea, como no podía ser de otro modo, dio la vuelta al mundo; pues una cosa es que dos hombres ya muy mayores se besaran como signo de hermandad en los pueblos de la Rusia tradicional y otra que lo hicieran dos de los más fríos dirigentes de las antiguas repúblicas socialistas.



No es necesario que diga que en fechas pasadas ha estado de forma omnipresente el debate para elección a la investidura a la Presidencia del Gobierno; tema, por otro lado, que nos tendrá ocupados a los españoles durante unos meses, en el caso de que no entremos en unas nuevas elecciones.

¿Y qué quedó en nuestras mentes de todo aquello? Cada uno de nosotros, como no podría ser de otro modo, podría dar su versión de los resultados, de sus opiniones favorables o desfavorables a lo que aconteció, según nuestras posiciones políticas o ideológicas. Pero si hay algo que quedará para la historia será “el beso”.

Por suerte, como en otra ocasión comenté, España es el país más tolerante con respecto a las relaciones homosexuales, por lo que el ‘apasionado’ beso que se estamparon Pablo Iglesias y Xavier Domènech no llegó a escandalizar a los ministros del Partido Popular que muy cerca presenciaron ese ‘romance apasionado’ entre los dos dirigentes de la izquierda. Solo el rostro del ministro De Guindos pareció interrogarse: “¿Pero qué hacen estos en este sacrosanto lugar?”.

¿He dicho homosexual…? Ni siquiera la prensa conservadora aludió a ellos en este sentido. Entonces… si no eran gays, ¿por qué se besaban en los labios?

Dado que no estaba cercano el Día del Orgullo Gay, entiendo que no tenía un contenido reivindicativo. Ellos han dicho que fue algo espontáneo; pero yo no me lo creo.

Ya vimos a Carolina Bescansa llevar a su bebé el hemiciclo, con lo que ‘esa hazaña’ se convirtió en el comentario central de los diarios en ese y los siguientes días. Por otro lado, siendo dos políticos con gran formación, ¿acaso desconocían el beso entre Brezhnev y Honecker y que se difundió a escala mundial? ¿No buscarían, pues, un nuevo titular para los numerosos medios pendientes de lo acontecía ese día en el Parlamento?

En fin, ya tenemos otro beso que ha cruzado las fronteras de nuestro país y que parece formará parte de la iconografía de este mundo digitalizado en el que las imágenes se mueven con la soltura de las nubes en un día que amenaza tormenta, pero que, una vez pasada la misma, vuelve el sol a mostrarse con la normalidad con la que habitualmente lo vemos en el cielo. Es lo que tiene este mundo ávidamente necesitado de sensacionalismo y de noticias que nos saquen de nuestra rutina diaria.

AURELIANO SÁINZ

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