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Mostrando entradas con la etiqueta Negro sobre blanco [Aureliano Sáinz]. Mostrar todas las entradas
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  • 25.4.21
La anómala situación en la que vivimos ha dado lugar a que los encuentros entre amigos que residen en distintos lugares se hayan reducido considerablemente, por lo que había que acudir a las llamadas telefónicas para mantenerse en contacto y saber cómo iba la vida de cada cual.


Esto es lo que me aconteció con Manolo Bellido con quien mantuve la relación a distancia por medio del teléfono, hasta que recientemente, y con motivo de la publicación de su libro Arte vinario y otros majuelos, y que lleva como subtítulo El Montilla-Moriles en los libros, el cine y la televisión, pudimos encontrarnos en Córdoba.

Como la amistad que me une con Manolo se remonta allá por los inicios de los ochenta, me resultaría fácil hablar de un amigo, un amigo entrañable, pues es una de las mejores personas que he conocido en mi dilatada vida.

Pero de lo que se trata, en esta ocasión, es de dar a conocer su reciente publicación, al tiempo que ofrecer una breve semblanza de su trabajo profesional, aunque me imagino que muchos de los que leen estas líneas ya saben de él por su amplia trayectoria como periodista, dado que es coordinador de Informativos de Canal Sur en Málaga, al tiempo que uno de los rostros visibles, como director y presentador, del programa Una de cine en Andalucía Televisión.

Tal como he indicado, quedamos citados en Córdoba tras este largo impasse con el fin de departir tranquilamente, hablar de su reciente libro y poder traducir este encuentro a las páginas de los medios de Andalucía Digital.

Lo que no me esperaba es que la transcripción de lo que hablamos ocuparía tanto espacio, por lo que me ha parecido razonable realizar dos entregas del coloquio que mantuvimos. Esto, a fin de cuentas, se puede comprender, pues cuando dos amigos se ven de nuevo después de tanto tiempo se charla de todo, ya que no se trata de la entrevista convencional que habitualmente suele aparecer en los medios gráficos.

* * *

—Manolo, después de más de un año sin encontrarnos, sin vernos cara a cara, y aunque hayamos contactado por teléfono, me gustaría que comenzáramos hablando de la dichosa pandemia: qué piensas de ella, de sus consecuencias más significativas, cómo la has vivido y de las alternativas que te has buscado.

—De entrada, quisiera decirte que, a mi modo de ver, una de las numerosas consecuencias inmediatas de la pandemia del coronavirus ha sido la interrupción repentina de lo que venían siendo nuestras relaciones sociales, en particular las de amistad. No es que, de pronto, hayan desaparecido, no; simplemente es que, por fuerza mayor, ha habido que reencauzarlas por otras vías, al resultar imposible el contacto personal.

Así, de la noche a la mañana, se ha sistematizado el uso de puentes de comunicación virtuales como sucedáneos de los encuentros físicos en bares, en los lugares de trabajo o sencillamente en la calle, dando un agradable paseo mientras se charla o se platica, que dirían en algunos países iberoamericanos. O sea, que así como la covid-19 ha venido a acentuar esa tendencia creciente al teletrabajo, también nos hemos visto abocados, cada uno desde su casa, a la teleamistad, sin salir del cuarto o del salón.

—Es la primera vez que escucho la palabra ‘teleamistad’. En realidad no nos ha quedado más remedio que acudir a los medios tecnológicos para suplir la falta de contacto directo. De todos modos, y en mi caso particular, los lazos afectivos no se han visto muy deteriorados en esta situación tan singular; aunque sí compruebo que ha surgido un cierto sentimiento de fragilidad del que antes no éramos conscientes.

—Es verdad. Hemos estado recluidos forzosamente, pero dentro de esa situación anómala, hemos sido capaces de encontrar rendijas tecnológicas porosas a las relaciones afectivas de que somos capaces los humanos. Aparte de esto, la crisis sanitaria que aún padecemos (ya parece que en vías de solución) ha sido una advertencia, una bofetada por creernos seres tan envanecidos. Es que ha sido así, pese a los avances científicos.

De nuevo, un enemigo invisible ha puesto contra las cuerdas al mundo, provocando una inestabilidad económica y emocional de alcance desconocido aún. Lógicamente, lo queramos o no, nuestra vida diaria, nuestro esquema de convivencia, lo que llamamos "cotidianidad", se ha visto sacudida. Y, al instante, nada más decretarse el estado de alarma, hemos sido conscientes de nuestra tremenda fragilidad. En las primeras semanas del encierro, se abrió paso la ilusión de que todo esto nos iba a ser mejores personas.

Todavía podemos acordarnos que asistimos a muestras solidarias, a reacciones espontáneas de ayuda mutua y de cariño y agradecimiento a quienes estaban en primera línea de batalla: a los sanitarios, a las fuerzas de orden público, a los medios de comunicación, pero, por desgracia, esa sensación fue desvaneciéndose con el paso de los días y, al final, hemos vuelto a donde solíamos, a que cada uno haya hecho de su capa un sayo.

—Fíjate que yo no era tan optimista con respecto a un cambio en la estructura emocional en las personas, quizás porque llevo muchos años estudiando el mundo de las emociones y las pasiones humanas que son parte inherente a nuestra condición. ¿Crees, entonces, que esa especie de optimismo inicial que parecía vivirse finalmente se ha evaporado dejándonos un panorama un tanto desolador?

—Recuerda que en plena primera ola, a la vez que íbamos comprobando a diario la desolación y los horribles estragos en hospitales y residencias para mayores, también fuimos presenciando, perplejos, la utilización descarada de las cifras de defunciones en la contienda política. Lo que ha hecho la covid es enfangar, aún más, el escenario político las relaciones entre el gobierno y la oposición.

Mientras el país se desangraba y en los crematorios se amontonaban los ataúdes, la manipulación informativa y política y sus más perniciosos efectos se fueron apoderando de todo. Las ovaciones de las ocho de la tarde fue un espejismo colectivo, porque, sin venir a cuento, de muchas ventanas y balcones empezaron a colgar banderas.

Y no hay ninguna constatación científica que permita sostener que este tipo de enseñas curen, ni siquiera que atenúen el dolor. En realidad, nada de esto es sorprendente. Es la representación más clara de que no hay vacuna contra la ideología, ni remedio que frene el fanatismo, y lo que es peor, parece que estamos de acuerdo en que no hay necesidad de inventarla.

—Es cierto que los espacios políticos y mediáticos nos muestran la cara más cínica e inamovible de la sociedad en la que nos encontramos inmersos, pareciendo que estamos condenados eternamente a una confrontación ideológica que no tiene fin. No obstante, me imagino, que habrás buscado alternativas personales, como hemos hecho casi todos, que te ayudaran a llevar lo mejor posible esta anomalía que no nos la esperábamos.

—En mi caso, este periodo de recomposición me ha permitido reencontrarme con lecturas y proyectos postergados. He redescubierto libros que me esperaban desde hace tiempo, y, en fin, he visto drásticamente modificada mi rutina doméstica y laboral. Durante casi dos meses estuve metido en casa. Resulta curioso, pero siento que nos hemos atrincherado, con el enemigo, fuera, al acecho.

Y esta inmovilidad impuesta por decreto, paradójicamente, ha agitado la naturaleza, que se ha tomado un respiro, prescindiendo de nosotros, de nuestra toxicidad durante unas cuantas semanas. Hay grabaciones que muestran pueblos y ciudades espectrales, vacías, deshabitadas. Extrañas e insólitas. La pandemia nos ha metido en casa y nos ha obligado a convivir con nosotros mismos, tan distraídos como estábamos hasta entonces, cada uno con su tarea, con su ombligo. Nos hemos apretujado en nuestras viviendas. Aunque haya sido algo forzoso, parece que sí, que la pandemia nos ha unido un poco más que antes bajo un mismo techo.

—Retrocedamos ahora hacia atrás, a los tiempos en los que las epidemias, en todo caso, podían ser temas literarios, como sucede en ese magnífico libro que es 'La peste' de Albert Camus. Recuerda, Manolo, que nos conocimos en Montilla hace nada menos que cuarenta años. Pasado el tiempo, yo me desplacé a vivir aquí a Córdoba, donde he sido profesor universitario hasta que me he jubilado, aunque mantengo vínculos docentes y de investigación con la Universidad. Tú, en cambio, te marchaste a Torremolinos. Sin embargo, vives en una especie de dualidad, ya que la relación con Montilla es muy intensa.

—Cierto, en este tipo de dualidades, creo que tú y yo somos bastante semejantes. En mi caso, llevo con plena naturalidad el hecho de residir en Torremolinos desde hace 31 años y, no por ello, me veo obligado a renunciar a Montilla. Para mí, es algo completamente compatible. Te digo más, pienso que son lugares complementarios, siendo tan diferentes. Ambos me dan cosas y me apasionan.

Hay algo que empuja a cordobeses y malagueños a coexistir, debe ser la remota esencia marina de la campiña que termina filtrándose. En la costa hay cultura pop por todas partes, ese sedimento cosmopolita que tanto me interesa. Es un espacio que ha atraído artistas geniales, hay películas en las que puede identificar sus calles y calibrar la permanente mutación a que están expuestas.

Uno se divierte y aprende constantemente en contacto con este paraíso de libertades, donde tanto se ha creado. Pero no concibo mi vida sin ese eterno retorno que, en realidad, vengo practicando toda mi vida. Hay una senda abierta entre un sitio y otro, por la que transito felizmente. Si lo tomo como una mera contabilidad estadística, resulta evidente que soy lo que se llama un montillano ausente.

El censo no admite dudas. Tengo el domicilio el Torremolinos, en la Colina, para ser más exactos. Así lo indica además el D.N.I. No opongo resistencia a ninguno de estos datos, digamos, oficiales. Pero el destino de una persona no lo marca su carné de identidad. Hay algo, en la raíz, que es como una voz profunda a la que te sientes concernido. Voy y vuelvo. No es tan raro. Hay muchos como yo.



—Como buenos y viejos amigos, compartimos ‘vicios’ de los que no logramos desprendernos. Aparte de la pasión musical, que tú desplazas a la eterna e inacabable colección de vinilos que posees, se encuentran la lectura y, de modo especial, los escritos que se transforman en artículos o en libros. Quisiera que ahora entráramos en este espacio y comentaras los tres primeros que llevan por título 'El Gran Capitán en la pantalla', 'La radio de los pueblos' y 'En septiembre'.

Doy la cara por todos esos trabajos anteriores a Arte vinario y otros majuelos. Pero, la verdad, no son libros, propiamente dichos. No quiero decir con ello que sean publicaciones menores, no, ni mucho menos. Es que sencillamente nacieron con otro sentido. Eso sí, las tres son muy significativas para mí.

En septiembre, el tercero que citas, es el pregón de la Fiesta de la Vendimia de Montilla-Moriles. Y creo que responde a ese fin, pero no quise que fuera un discurso convencional, de usar y tirar en una noche. Por eso, puse empeño en que dispusiese de una edición muy cuidada. Se hizo en Gráficas Munda, y esto se nota.

A modo de introducción (no es lo que se dice un prólogo) lleva el texto con el que, aquella noche inolvidable en Bodegas Navarro, me presentó José Antonio Ponferrada. Y además, a lo largo de sus páginas en un papel algo rugoso, se esparcen unas preciosas ilustraciones de mis amigos Juan Luque, Juan Arrabal y Rafael Rodríguez, todas ellas de temática vinatera. Es un opúsculo muy especial, al que uno, como precedente, El sitio de mi recreo, el pregoncito de mi barrio de las Casas Nuevas, con el que comparte, a ratos, un cierto tono emocional y evocador.

—¿Qué nos dices de 'El Gran Capitán en la pantalla'?

—También me siento muy orgulloso de este trabajo. Surgió como una colaboración para la revista El Ladrío, de El Coloquio de los Perros. Fueron dos entregas algo más largas de lo habitual en este medio. Lo que pasa es que este asunto de las andanzas de Gonzalo Fernández de Córdoba en el cine y la televisión da mucho de sí, por lo que finalmente se optó por darle un mayor vuelo al artículo en forma de pequeño libro.

La Casa del Inca fue el lugar en el que lo presentamos, con gran respuesta del público. Fue una tarde luminosa de junio que, bruscamente se nubló. Al terminar el acto, ese día, nos llegó la noticia del fallecimiento de Antonio Carpio. Me queda de entonces ese sabor agridulce. Creo que este de El Gran Capitán es un libro vivo y, por consiguiente, inacabado. Quiero decir, que ahora dispongo de más datos. Hay más títulos en la historia del cine español, algunos realmente grotescos, en los que se asoma la imponente figura de este militar, estratega, gobernante y diplomático nacido en Montilla.

—Por el tiempo que llevamos, me temo que la charla que nace de este encuentro va a ser algo más extensa de lo que habíamos previsto. Creo que podemos cerrar esta primera entrega con el comentario que consideres oportuno acerca de 'La radio en los pueblos'. En la segunda entrega, si te parece, comenzaremos con 'Arte vinario'…

—De acuerdo. Seré algo más breve. En este caso, quiero apuntarte que no es menor el cariño que le tengo a La radio de los pueblos. Salió de complemento a la exposición por el cincuenta aniversario de Radio Atalaya, la emisora de Cabra tan decisiva en mi formación y personalidad como periodista.

Con este trabajo ocurre algo parecido a lo que he dicho anteriormente. Es, realmente, un primer paso para hacer un estudio en profundidad de la historia de esta emisora y de su influencia en la vida económica, política, cultural y social de una buena parte del territorio del centro de Andalucía, pues no hay que olvidar que sus emisiones llegaban a parte de las provincias de Sevilla, Málaga y Granada, además de Córdoba, naturalmente.

AURELIANO SÁINZ
  • 18.4.21
Algo que recientemente me ha llamado la atención es que durante unas semanas el nombre de Caravaggio se haya convertido en destacada noticia en los grandes medios de comunicación, intercalándose entre aquellas otras de carácter político o las referidas a la epidemia del coronavirus y los problemas derivados de las distintas marcas de vacunas.


Ya sabemos que un Ecce Homo iba a ser subastado por la cantidad de salida de 1.500 euros. No obstante, antes del inicio de la subasta se empezó a sospechar que su autor podría ser Michelangelo Merisi di Caravaggio, uno de los grandes pintores italianos que se convirtió en el maestro del claroscuro o del tenebrismo, como también se denominó a este estilo pictórico de los inicios del Barroco.

A pesar de la corta vida de Caravaggio, ya que falleció con solo 38 años, se convirtió en el gran representante de la pintura del Barroco italiano, corriente artística muy ligada a la Contrarreforma que llevó adelante la Iglesia católica con el Concilio de Trento.

Este concilio supuso una abierta ruptura dentro de la cristiandad europea, ya que enfrentó al papado con los postulados de los diferentes reformadores, caso del teólogo agustino Martín Lutero en Alemania, o de Juan Calvino y Ulrico Zuinglio en Suiza (aunque Calvino era de origen francés). No es de extrañar, pues, que los lienzos del pintor italiano estuvieran en su mayoría relacionados con temas religiosos, especialmente con algunos de los relatos de la Biblia.

De este modo, el Ecce Homo que se iba a poner a la venta presenta la técnica del claroscuro, tan querida por Caravaggio, al tiempo que la fisionomía de Jesús y los dos rostros de quienes le acompañan ofrecieron motivos para que su venta se paralizase, pues podría adquirir el rango de Bien de Interés Cultural una vez que se confirmara por los especialistas que la obra pertenece al pintor italiano.


Sobre Caravaggio quisiera apuntar que hace alrededor de cinco años, en el Museo Thyssen-Bornemisza de Madrid, se llevó a cabo una exposición antológica de este autor y a la que pude asistir. Es por lo que me parece oportuno, en estos días que su nombre está presente en los medios, ofrecer unas cortas líneas sobre su vida, al tiempo que comentar escuetamente algunas de las obras que pude contemplar de manera directa.

La vida de Caravaggio, tal como he apuntado, fue muy breve, pues nació en Milán en 1571 y falleció en Porto Ercole en 1610, aunque suficiente para dejar una clara impronta dentro del arte. Y si exceptuamos sus inicios pictóricos, gran parte de su obra es de corte religioso, por lo que se aleja de los temas mitológicos que eran tan frecuentes entre los pintores italianos del Renacimiento.

Lo indicado puede inducirnos a pensar que era un hombre piadoso. Gran error, pues como bien apuntó Floris van Dyck, pintor holandés coetáneo de Caravaggio, era “una persona trabajadora, pero a la vez muy orgullosa, terca y siempre dispuesta a participar en una discusión o pelea, por lo que era difícil llevarse bien con él”. No es de extrañar, pues, que, al estar habitualmente enfrascado en riñas, la noche del 29 de mayo de 1606 llegara a matar, posiblemente por accidente, a un hombre llamado Ranuccio Tomassoni.

Procesado por la justicia de Roma, lugar en el que tenía su taller de pintura, huye a Nápoles para buscar la protección de los Colonna. De este modo, y sin que esto hubiera estado en sus proyectos, se convierte en la estrella de la pintura napolitana, aunque no por mucho tiempo, ya que falleció cuatro años después de llegar a la ciudad.

A pesar de su gran prestigio como pintor, conviene apuntar que con frecuencia sus escenas escandalizaban y los lienzos eran rechazados por quienes se los habían encargado, ya que sus imágenes religiosas estaban cargadas de un fuerte naturalismo, lejos del idealismo que se esperaba encontrar en sus trabajos.

La razón provenía de que sus figuras procedían de gente de muy baja condición social. Así, en vez de plasmar bellas y etéreas imágenes para representar a los personajes de las escenas bíblicas, prefería escoger sus modelos entre las prostitutas, los muchachos de la calle o los mendigos.


Una de las obras de Caravaggio presente en aquella exposición antológica está basada El sacrificio de Isaac, tema del que realizó dos versiones y que ambas me parecen dignas de explicarse.

Pero antes de comenzar, quisiera apuntar que cuando yo era pequeño y escuchaba la historia de Abraham me impresionaba muchísimo, ya que no entendía que un padre pudiera sacrificar a su hijo porque Dios quería poner a prueba su fidelidad. Lo cierto es que el Dios que se narra en el Pentateuco, es decir, en los cinco primeros libros del Antiguo Testamento, nos lo presentan en gran medida como a un ser fuertemente autoritario, cruel y vengativo.

Recordemos que a Abraham se le considera, dentro de las religiones judía, cristiana e islámica, el primero de los patriarcas, por lo que su nombre significa “padre de muchos pueblos”. Según el relato bíblico, tuvo dos hijos: Ismael e Isaac. De este segundo nacería Jacob, padre a su vez de doce hijos que son el origen de las doce tribus de Israel.

Diferentes pintores del Barroco abordaron la temática del sacrificio apoyándose en el texto del Génesis (22:2) en el que aparece escrito: “Y Dios le dijo: Toma a Isaac, tu único hijo, al que tanto amas, y vete a la tierra de Moria. Una vez allí, ofrécelo en holocausto sobre el cerro que yo te señalaré”.

A partir de esta cita bíblica (que parece contradictoria al apuntar a Isaac como hijo único, ya que en otras partes se hace referencia a Ismael que Abraham tuvo con su esclava Agar) se llevaron a cabo numerosas representaciones pictóricas.

El primer cuadro de Caravaggio de El sacrificio de Isaac, que acabamos de ver, fue pintado en 1598. Pertenece a una colección privada ubicada en la ciudad estadounidense de Princeton. En el mismo, el contraste de la luz y las sombras se muestra muy intenso, de modo que es el ángel el que protagoniza la escena ya que su rostro está claramente iluminado al ser el que transmite a Abraham que, finalmente, el sacrificio de Isaac no debe llevarse a cabo, dado que ha obedecido fielmente el mandato divino.


La segunda versión de El sacrificio de Isaac, pintada en 1603, y que estaba dentro del conjunto de lienzos seleccionados para la exposición en el Museo Thyssen-Bornemisza, pertenece a los fondos de la Galería de los Uffizi de Florencia.

Esta obra causó bastante escándalo en los medios eclesiásticos de Roma, puesto que el rostro de Isaac muestra todo el horror y espanto ante la proximidad del degollamiento por parte de su padre. Para comprender el rechazo que suscitó, hemos de tener en cuenta que hasta ese momento todas las representaciones que se habían realizado de este tema mostraban al joven Isaac en una actitud dócil y sumisa ante la muerte.

Comprobamos que, tanto compositiva como cromáticamente, son dos obras distintas. La primera en más amable, pues el ángel parece hablarle a Abraham para indicarle que no es necesario que sacrifique a Isaac, dado que ha dado muestras de fidelidad al mandato divino; en la segunda, en la que predominan las tonalidades ocres, el ángel enviado agarra con firmeza el brazo derecho del padre a punto de degollar a su hijo, al tiempo que le señala el carnero que se encuentra junto a ellos. El dramatismo es evidente en el segundo caso.

Para cerrar, me gustaría indicar que en todos los cuadros que abordan esta temática siempre aparecen los cuatro protagonistas de la escena: Abraham, Isaac, el ángel y el carnero, puesto que una vez que el ángel le dice al patriarca que ha sido comprobada su fidelidad al mandato divino no es necesario el sacrificio de su hijo, por lo que finalmente será el carnero el que sea sacrificado.

Este es el origen de la fiesta del cordero que celebran todos los años los musulmanes en conmemoración de este hecho, aunque en el Corán no se cita a Isaac, sino a Ismael como el hijo que debería ser sacrificado por su padre Abraham.

AURELIANO SÁINZ
  • 11.4.21
Penetrar en el mundo del arte, especialmente en el campo de las artes pictóricas, es realizar un recorrido por los ámbitos del poder social a lo largo de la historia. Esto podemos entenderlo si consideramos que las clases sociales que carecían o carecen del poder que generan el rango social y el dinero apenas aparecen representadas en los lienzos que se cuelgan en los museos.


Tendríamos que acercarnos hacia mediados del siglo XIX, cuando los artistas se independizan de los mecenas que los sostenían económicamente, para que las escenas de los cuadros que ensalzaban a los monarcas, a la aristocracia y al alto clero no tengan ya un claro contenido religioso, ni tampoco mitológico, ni en ellas se plasmen las grandes batallas y tampoco sean de los retratos de los personajes poderosos que dominan en los distintos países. La independencia del artista conlleva a que, en cierto modo, adquiera libertad para elegir aquellos temas que le interesa plasmar en sus lienzos.

El diecinueve es el siglo que conoce la llegada de la revolución industrial y en la que emerge una nueva clase de trabajadores a los que teóricos como Proudhon, Marx o Engels denominan "proletariado". En la actualidad este término ha caído en desuso (ya que proletariado hacía alusión a la prole, es decir, a los numerosos hijos que tenían), por lo que se les suele llamar "obreros" o, de modo más genérico, trabajadores que viven del salario que ganan con el esfuerzo físico y manual. Es decir, aquellos que conocen los bajos salarios o el paro como dos de las lacras endémicas del capitalismo avanzado.

¿Y por qué los trabajadores a lo largo de la historia no han sido los protagonistas de escenas pictóricas que pudieran explicar visualmente su mundo y sus necesidades? La respuesta es bien sencilla: carecen del dinero para adquirir los cuadros que los pintores de cierto renombre pintan. Por otro lado, ellos tampoco interesan a los artistas que desean codearse con las galerías, los museos y esa burguesía culta, o con deseos de ostentación, cuyos gustos no caminan precisamente por contemplar plasmadas en lienzos las miserias de los que viven en los estratos más bajos de la sociedad.

Sin embargo, hay excepciones, como en casi todas las facetas de la vida, por lo que en esta ocasión quisiera traer a colación el nombre de dos grandes pintores que plasmaron el mundo del trabajo y de sus protagonistas. Son el italiano Giuseppe Pellizza da Volpedo y el argentino Antonio Berni.


Giuseppe Pellizza (1868-1907) nos legó obras de diversa temática, aunque su cuadro más conocido es El cuarto estado, que se encuentra colgado en el Museo Novecento de Milán. Y es conocido porque su imagen aparece en el cartel y en la película Novecento del también director italiano Bernardo Bertolucci.

La escena de este enorme lienzo (que he tomado como ilustración del artículo) fue pintada en 1901, seis años antes de que su autor decidiera quitarse la vida con solo 36 años. En ella contemplamos, en un plano general, a un abigarrado grupo de obreros en huelga que camina detrás de los dos que lideran la marcha, al tiempo que una mujer, que lleva a su bebé desnudo en sus brazos, le habla al que aparece como el más adelantado.


Si nos trasladamos al continente americano, podemos encontrarnos con uno de los grandes artistas de Argentina: Antonio Berni (1905-1981). Cito a este pintor dado que en su diversidad de trabajos plasmó imágenes del mundo de los trabajadores de su país.

A diferencia de Giuseppe Pellizza, Antonio Berni tuvo una vida más prolongada, por lo que, además de pintor y grabador, también fue conocido como muralista, siguiendo la estela de los grandes muralistas mejicanos: Diego Rivera, David Alfaro Siqueiros o José Clemente Orozco.

La influencia de estos grandes creadores se puede ver en el modo de representar a las figuras que aparecen en el cuadro anterior y que lleva por título Desocupados, término que en la actualidad no utilizamos, puesto que la palabra más común es la de ‘parados’, ya que el paro, como he indicado, es una lacra que penetra en la vida de muchas personas, con especial incidencia en las clases populares.


Otro cuadro muy conocido de Berni es el que lleva por título Manifestación. En esta obra, a diferencia de El cuarto estado de Giuseppe Pellizza, se nos muestra a los protagonistas de la escena muy cercanos al virtual espectador y en un ángulo picado. De este modo, es posible contemplar los rostros serios y curtidos por los años de duro trabajo. Rostros anónimos, de gente del pueblo, cuyo horizonte nunca deja de ser la vida dura en la que se mueven. De ahí que en un pequeño cartel que asoma al fondo aparezcan solo dos palabras: “Pan y trabajo”, elementos básicos de la vida de cualquier ser humano para poder sobrevivir.


Argentina, ese enorme país suramericano que mira al Atlántico, ha sido un territorio que acogió oleadas de emigrantes europeos que procedentes de países como España, Italia, Alemania... encontraron en sus tierras las oportunidades que no tuvieron en sus lugares de origen. De ahí ese mosaico de apellidos que encontramos entre los argentinos.

Pero también la emigración es conocida por su gente. Es por ello que no podía faltar entre las obras del pintor nacido en la ciudad de Rosario un lienzo que reflejara la tristeza y la angustia del abandono de las propias raíces; pero esos duros sentimientos aparecen ocultos bajo las gorras y los sombreros, como si también la vergüenza asomara en aquellos que esperan la llegada del barco que a lo lejos se atisba en el horizonte.


La prolija obra de Antonio Berni, aparte de los muralistas mejicanos que he mencionado, estuvo influenciada por distintos artistas europeos, caso del surrealista italiano Giorgio de Chirico, ya que los personajes creados por Berni se asemejan a obras escultóricas plasmadas cromáticamente en los lienzos.

Algunos de los cuadros de Berni que cuelgan en el Museo Nacional de Bellas Artes de Buenos Aires llevan significativos títulos como Los hacheros, La marcha de los cosecheros, La comida, Escuelita rural, Migración, El mendigo, Hombre junto a un matrero o El almuerzo.

Esto nos hace ver que el pintor argentino no quería distanciarse de la vida y de los problemas que acuciaban a las gentes del pueblo. Es por lo que, desde esta perspectiva, adquiere todo su sentido la frase que expresó antes de fallecer el 13 de octubre de 1981: “El arte es una respuesta a la vida. Ser artista es emprender una manera riesgosa de vivir, es adoptar una de las mayores formas de libertad, es no hacer concesiones”. Y el artista rosarino, de modo coherente, llevó siempre adelante esos principios hasta el final de su vida

AURELIANO SÁINZ
  • 4.4.21
Al leer todas las respuestas que daban los alumnos a la pregunta acerca de los mejores profesores que habían tenido a lo largo de los estudios, me llamó la atención que tanto desde el punto de vista positivo como negativo estuvieran centradas durante las etapas de Secundaria y de Bachillerato. Pareciera como si durante los años de la infancia que estuvieron en las aulas de Primaria la situación era de normalidad, sin que se encontraran con situaciones tan difíciles de docentes como las que manifestaban en sus escritos.


Posiblemente se deba a que en Primaria el trabajo lo ejercen maestros y maestras que se han formado de modo específico para esta función docente, por lo que la Pedagogía es esencial en sus estudios; no así el profesorado de etapas posteriores, dado que en nuestro país, tiempo atrás, en los títulos de licenciaturas no se encontraban la especialidad que encaminara al trabajo de la enseñanza de esa disciplina. Bien es cierto que en la actualidad se exige un máster que capacite para este trabajo en el que las relaciones humanas son fundamentales.

De todos modos, existe una palabra llamada “vocación que es clave en este trabajo. Podemos entenderla como predisposición para enseñar que se puede tener previamente a los estudios o adquirirlas en ellos, e, incluso, en el trabajo práctico, a pesar de ciertas connotaciones religiosas heredadas de años atrás.

No es de extrañar que en la primera entrada del diccionario de la RAE aparezca lo siguiente: “Inspiración con que Dios llama a algún estado, especialmente al de religión”. Hay que pasar a la cuarta para que nos diga lo siguiente: “Inclinación a cualquier estado, profesión o carrera”, que es a la que me refiero.

De todos modos, mucho me temo que esas reminiscencias, en una sociedad ya ampliamente secularizada, haya dado lugar a que el término “vocación ahora apenas se use para la docencia, pues esa “inspiración divina” de la que se nos habla en el diccionario de la RAE tiene un tono místico que no se corresponde con la entrega a un trabajo que camina por otro lado.

Volviendo a la pregunta realizada a los estudiantes, y puesto que en el primer artículo mostraba dos comentarios referidos a profesores de Matemáticas y Lengua, materias que a los estudiantes se les suelen ‘atragantar’, en esta ocasión quisiera traer tres referidos a otras disciplinas, comenzando por la de Historia.

Pero antes de dar paso a estos comentarios, quisiera apuntar que en los distintos campos de las Ciencias, de las Artes y de las Humanidades se conocen los nombres de autores que han alcanzado el reconocimiento social y se los cita con admiración; sin embargo, en una actividad milenaria como es la enseñanza, sus protagonistas quedan en el anonimato.

Es por lo que, al menos, quisiera mostrar una imagen del gran pedagogo brasileño Paulo Freire, el autor de la Pedagogía del oprimido, quien orientaba su trabajo en el sentido de formar a los marginados y olvidados de la sociedad, ya que una buena enseñanza, una buena educación, es un medio de liberación personal y social.


Nada más oír esta pregunta, se me vino a la mente mi profesor David, que impartía clases de Historia cuando yo cursaba primero de la ESO. He de decir que, antes de tener la suerte de encontrarme con profesores como él, esta asignatura me parecía muy aburrida, no me gustaba nada, lo que hacía que mi interés por atender y aprender en las clases de esta materia hubiese sido relativamente pequeño. Sin embargo, mi opinión cambió radicalmente cuando recibí clases impartidas por este profesor, ya que ponía todas sus ganas en que sus alumnos aprendieran.

David tenía algo que le diferenciaba de muchos profesores: además de asegurarse que sus alumnos saliesen de sus clases con una sonrisa de oreja a oreja, él se preocupaba hacerlas lo más dinámicas y amenas posibles. Tengo que destacar la gran importancia que le daba para evitar el monólogo del profesor, tan frecuente, y se interesaba en que sus alumnos participen en todo momento y captasen todos los conceptos que pretendía transmitir.

Era un profesor que tenía siempre el ansia de buscar medios y métodos nuevos para que una asignatura que, en principio, pudiese parecer algo aburrida llegase a ser amada por sus alumnos. Y fue desde entonces cuando la Historia empezó a interesarme y a no parecerme tan aburrida como siempre para mí lo había sido
”.

Evitar el aburrimiento, tan característico de las clases monocordes; hacer amenos los contenidos, planteando nuevos métodos y recursos; manifestar las ganas de enseñar a todos, no solo al reducido grupo de los que tienen el mayor nivel; buscar la amenidad en la exposición, etcétera, son algunas de las expresiones que encontramos en las respuestas.

Por otro lado, hay asignaturas que, a priori, no tiene la relevancia de las citadas, por lo que lograr el interés del alumnado hacia ellas implica redoblar el esfuerzo y la entrega por hacerlas atractivas. Es lo que se manifiesta en este escrito referido a Historia del Arte:

Antes de acceder a la universidad, he tenido la suerte de encontrarme a varios profesores que han despertado en mí el interés de aprender. Entre ellos, voy a destacar a un profesor que tuve en 2º de bachillerato que me dio Historia del Arte.

En primer lugar, quisiera indicar que utilizaba una metodología muy diferente a lo que estaba acostumbrada: enseñaba a partir de fotos o imágenes, porque la asignatura así lo requería. No hacía uso de libros ni daba apuntes elaborados por él, lo que nos obligaba a tomar apuntes. Esto, creo, que favorecía el aprendizaje puesto que no podías desconectar en ningún momento de la clase.

Asimismo, se notaba que su trabajo le gustaba, no solo porque mostraba interés en que nos enterásemos de las cosas, sino también por el tono de voz y los gestos que utilizaba, ya que juntos expresaban ese sentimiento de pasión hacia la asignatura que tenía y que, desgraciadamente, no la he notado en otros profesores que me han dado clase.

A esta asignatura la considero difícil puesto que son muchos datos y elementos que hay que conocer, lo que, supongo, conduce a que muchos la estudiarían de memoria; sin embargo, su forma de explicar y repasar los contenidos fue tan buena que cuando llegaba el examen ya te lo sabías casi todo. Actualmente, no solo me encanta todo lo que tiene que ver con la Historia del Arte sino que me sigo acordando de muchas cosas sobre lo que me explicó ese profesor
”.

Nos podemos imaginar que en la escala de asignaturas, supuestamente poco útiles para el mundo en el que vivimos, estaría encabezada por las lenguas clásicas, como el latín y el griego. Hay que tener un magnetismo especial para ser capaces de seducir al alumnado frente unas materias que pueden imaginar que son verdaderamente inservibles. Conviene, pues, leer lo que esta alumna me respondió:

A lo largo de mi vida académica han pasado muchos profesores, unos mejores, otros peores, y muy pocos que realmente dejan una huella imborrable (…) Pero, sin duda, si tuviera que elegir a mi profesor o profesora ideal sería mi querida Amparo, mi profesora de Latín y Griego durante los tres últimos años de instituto.

La conocí en 4º de la ESO, cuando todavía no tenía las ideas muy claras sobre mi futuro en Bachillerato. A principio de curso yo me imaginaba pasando al Bachillerato Social, el de Economía; pero tal fue el impacto que tuvo en mí, que acabé en el de Humanidades.

Suerte fue la que tuvimos mis compañeros y compañeras y yo de toparnos con una profesora así, capaz de mantenernos atentos en cada momento, de compartir y transmitirnos cada uno de sus conocimientos y de la pasión por lo que enseñaba, de querernos como si fuéramos parte de su familia y de no haber tirado nunca la toalla con ninguno de nosotros.

No fueron dos asignaturas fáciles debido al inmenso contenido que aportaban, tanto de gramática como de la historia presentes en ambas, pero esta profesora las hacía tan amenas que parecía que realmente estabas viviendo en aquella época, con sus canciones, su cultura y su lengua
”.

Para finalizar, conviene reconocer que hay magníficos profesores o profesoras que son capaces de abrir el campo de las expectativas de los adolescentes hacia estudios y profesiones que con anterioridad no habían pensado en ellos, tal como se ha descrito en los párrafos anteriores. Estos son los mejores: los que dejan una huella profunda en aquellos estudiantes que nunca los olvidan. Y merece la pena luchar por encontrarse en ese reducido grupo que permanecerá en la memoria de sus antiguos alumnos.

AURELIANO SÁINZ
  • 28.3.21
En uno de los encuentros, vía internet, libres y abiertos que mantenemos quincenalmente diferentes profesores amigos de universidades de Andalucía y de países de América Latina (México, Colombia, Chile y Argentina), recogí una frase de Christian, profesor chileno, que me resultó muy oportuna, por lo que la copié textualmente, aunque su significado yo lo compartía desde que pasé de la arquitectura a la docencia.


Tengo que apuntar que estos debates los preparamos con anterioridad, de forma que uno de los participantes propone un tema previamente para centrarnos en él, por lo que por su carácter libre puede derivarse por otros derroteros que colindan con el tema con el que se comienza.

Realmente es un verdadero placer participar en encuentros de esta índole que no están marcados por la disciplina académica, sino por el deseo de conocer y de intercambiar opiniones que nos ayudan a estrechar lazos al tiempo que disfrutar de visiones diferentes a la que cual posee.

La frase aludida, una vez que la preparé para el alumnado de segundo curso al que imparto docencia en la Facultad de Ciencias de la Educación de la Universidad de Córdoba, fue la siguiente: “¿En alguna ocasión has sentido que el profesor o la profesora de la clase te despertara el deseo de aprender?”

Estos estudiantes serán en el futuro maestros o maestras, por lo que, tras explicarle que la pregunta era personal, y que podían incluirla voluntariamente al final del trabajo de análisis de los dibujos de los escolares que les proporcioné, recibí sus correspondientes respuestas en las que expresaban de modos muy diversos esas experiencias motivadoras, en qué asignaturas y cursos se habían producido, cómo actuaron sus profesores, qué había significado para ellos esa percepción distinta a la rutina y la monotonía con la que suelen enfrentarse con cierta frecuencia en las aulas.

Puesto que todos recordamos aquel profesor o aquella profesora que nos dejó una significativa huella en la larga trayectoria de los estudios, que van desde los iniciales de la infancia a los de madurez, si se entra en la universidad, me ha parecido oportuno seleccionar algunos de los comentarios, dado que es muy probable que quien esté leyendo estas líneas pueda identificarse con algunos de estos casos.

Dado que son diversas las respuestas, me ha parecido oportuno traerlas tal como fueron escritas, por lo que ahora veremos un par de ellas, manteniendo el anonimato de sus autores, ya que así fue como lo expresé en la clase al indicarles que serían publicadas en este medio. Por otro lado, me ha parecido oportuno acudir a una obra, Niña leyendo, del pintor impresionista francés Renoir para ilustrar el artículo, ya que la lectura forma parte fundamental del proceso educativo.


Comenzamos por un escrito de una alumna referido a sus problemas con las Matemáticas, una disciplina que suele presentar dificultades de aprendizaje en un sector del alumnado.

“Lo primero que me vino a la cabeza cuando se nos lanzó esa pregunta fue la imagen de don Manuel, un profesor de una academia a la que tuve que apuntarme.

Y es que desde primero hasta tercero de la ESO me dio Matemáticas un profesor que, desde mi punto de vista, era nefasto y solo apoyaba y se centraba en los que mejores calificaciones obtenían; y a los que teníamos menores calificaciones nos decía que no servíamos, que éramos unos casos perdidos y cosas similares.

Por culpa de este profesor yo perdí toda la fe en las Matemáticas. Llegué a odiarlas y no había forma de hacerme entender a mí misma que era capaz de sacarlas adelante.

Estuve muchos años en un calvario con esta asignatura, hasta que me apunté a esta academia y el profesor comenzó a hacerme ver que yo no era una inútil para esta materia. Lo que hizo fue explicarme de una forma más fácil todo lo que yo no entendía. Mostraba atención e interés en que las comprendiera y me dio la confianza que yo no tenía en mí misma.

Obviamente, sé que no aprobé solo por él. Yo puse mucho de mi parte, pero también sé que si no hubiera dado con este profesor, posiblemente, hubiera desistido por completo.

Gracias a él, pasé de suspender todo a sacar sobresaliente. Así, en un examen de bachillerato obtuve un 10, cosa que nunca hubiera imaginado que podría suceder. Me di cuenta de que era posible que las Matemáticas no fueran mi punto fuerte, pero, al menos, podría sacarlas como cualquier otra persona”.


Lo que apunta esta alumna pone en evidencia que, con frecuencia, las dificultades que atraviesan los estudiantes no se deben a su falta de capacidad, ni de interés, ni a su insuficiente tiempo dedicado al estudio, sino que son, de un modo más o menos explícito, la actitud de los profesores que solo atienden a aquellos que destacan en su materia.

Y lo peor de todo es que no suelen cortarse a la hora de descalificar a quienes no están a la altura de sus expectativas, por lo que sus expresiones de ‘inútiles’ o de ‘casos perdidos’ acaban siendo humillantes para quienes las reciben.

La Lengua es otra de las disciplinas que, junto a Matemáticas, genera problemas en los estudiantes. Veamos, pues, un segundo comentario relacionado con esta materia.

“Tras la lectura, y haber reflexionado sobre la pregunta planteada, he vuelto a mi infancia, ya que nunca he sido mal estudiante, pero es cierto que había asignaturas que me motivaban a la hora de ir a clase, de hacer las tareas y de estudiarlas; otras, en cambio, solo me provocaban rechazo, dado que, creo, que no solo era culpa del profesor sino de ambos.

Tanto el profesor que se mostraba con pocas ganas de enseñar y hacerla más dinámica para que aprendiéramos más rápido o yo, como alumna, dado que perdí el interés ya que tendía a compararla con otras asignaturas en las que los profesores eran más activos y mostraban más interés y ganas por enseñar.

La asignatura de la que hablo es la de Lengua. Llegó un punto en el que no me interesaba por ella y hasta la suspendí. Estaba tan desmotivada que no me apetecía nada relacionado con esta asignatura, aunque yo era consciente de la importancia que tiene en esa época de tu vida; pero a mí se me hizo un mundo estudiarla con ese profesor. Esto me sucedió en 2º de la ESO.

Casualmente, en el segundo trimestre, el profesor se dio de baja por enfermedad (se rompió un pie), por lo que vino un sustituto para reemplazarlo durante su baja. Con el nuevo profesor comprobé que tenía otra manera de explicar, con paciencia y dedicación, hacia todos mis compañeros/-as y también conmigo.

Logró que me interesara por ella y me hizo ver que todas las asignaturas tienen sentido a la hora de mi aprendizaje, de modo que todas iban a ser importantes a lo largo de mi vida, ya que depende de mi formación de ello. Y si en la vida quieres ser una persona completa, no puedes dejar de aprender y dejar que te enseñen de diferentes formas.

En conclusión, no es que la asignatura sea más fácil o más difícil, tampoco que te guste o no, sino la manera de impartirla, así como el interés y la dedicación que se demuestra en esa asignatura”
.

Estos han sido dos ejemplos de los numerosos comentarios que los estudiantes, ya universitarios, me han remitido. Pero, creo, que conviene que veamos otras respuestas, dado que tiene gran interés saber la opinión del alumnado, al que pocas veces se le pregunta y se le hace responsable único de sus logros o fracasos con los que cargan durante su período de formación educativa.

AURELIANO SÁINZ
  • 21.3.21
En un artículo anterior, Los niños y el covid-19, abordaba los inicios de una investigación amplia que tendrá como objetivo conocer qué saben y cómo se sienten los niños y los adolescentes ante la pandemia que sufrimos y que se originó a partir de un coronavirus que ahora llamamos covid-19.


Antes de avanzar, quisiera decir que, tras la difusión del término coronavirus, al que todos nos acostumbramos, empezó la denominación de Covid-19, que es el acrónimo de la expresión inglesa Corona Virus Desease y las dos últimas cifras de 2019 (COVID-19), y que se puede, según la acepción de la RAE, expresarlo en masculino (el covid-19) o femenino (la covid-19), según se haga referencia al virus o a la enfermedad. En mi caso, prefiero hacerlo en masculino por la conexión fonética que tiene con el coronavirus.

En el trabajo precedente, comprobamos por medio de los dibujos que los alumnos de segundo curso de Primaria, es decir, niños y niñas de 7 y 8 años, manifestaban inseguridad, miedo y tristeza, razón por la cual en algunas escenas aparecían llorando o decían que tenían ganas de llorar. Además, escribían que el virus era un bicho muy malo que les impedía poder jugar y abrazar a sus amigos o a sus amigas.

Esto da a entender que, en las edades más tempranas, los escolares, a la hora de describir cómo entienden la realidad en la que ahora nos encontramos, no pueden desligarse de un fuerte componente de subjetividad, por lo que, mayoritariamente, se representaban a sí mismos en las escenas que habían dibujado. Esto es lógico, si entendemos que los desarrollos cognitivo y emocional de todos los seres humanos están fuertemente unidos en esas etapas iniciales del desarrollo.

En este segundo artículo damos un importante salto y nos trasladamos al mundo de los preadolescentes, dado que expondré cómo interpretan la pandemia o el mundo que ahora vivimos con el covid-19 a partir de los dibujos de los estudiantes de primer curso de Secundaria.

La experiencia fue llevada en dos aulas diferentes y en ellas se les pedía que dibujaran cómo entendían la vida con el coronavirus, al tiempo que se les sugería que, una vez acabado el dibujo, escribieran brevemente lo que habían representado gráficamente. Lógicamente, las diferencias eran significativas con los escolares de segundo curso de Primaria, puesto que los preadolescentes no se centraban en la expresión de sus propias emociones, ya que tienden a reservarlas, por lo que se inclinaban hacia una descripción más neutra y un tanto alejada de la manifestación de los sentimientos personales.

Así pues, en sus escenas prevalecen la descripción visual de los virus (mayoritariamente con formas animistas), de los modos y los medios que debemos utilizar para controlarlos, de las consecuencias fatales de los contagios, de los hogares en los que nos podemos resguardar, de los hospitales en los que atienden a los contagiados, etc. Aunque, aparecen dibujos, como el de la portada, de corte simbólico, y otros en los que el mundo de la fantasía y la ficción todavía está presente en algunos de ellos.

Como inicio de los comentarios, deseo referirme al que ilustra el artículo, cuya autora, con ese dibujo tan contundente, escribía por detrás de la lámina: “La Tierra está contaminada y, a la vez, con covid-19. Con esto quiero decir que hay que salvar al planeta”. Y ahora, pasamos a los otros seis dibujos que he seleccionado y deseo a comentar.


La escena que vemos sobre estas líneas pertenece a un estudiante de 13 años. En ella ha representado a una chica que se encuentra próxima al virtual espectador, sin mascarilla, de la que van saliendo unos pequeños coronavirus, con rostros animistas, hacia un chico que sí la porta y con la que se protege. Como aclaración, el autor ha trazado un globo de cómic como si fuera una frase que pronuncia el personaje masculino y en la que dice lo siguiente: “¡Tengo un escudo de protección!”. Por detrás de la lámina ha escrito: “Dibujo a una mujer que tiene el COVID-19 y está sin mascarilla y lo suelta por todo el aire. Y un hombre que lleva la mascarilla dice que es inmune porque está protegido”.


El dibujo que acabamos de ver pertenece a una alumna de 12 años. Comprobamos que en el centro de la lámina ha trazado una figura femenina, con la mascarilla puesta, al tiempo que se encuentra rodeada de cuatro nubes. En una de ellas muestra dos figuras de coronavirus y, en las otras, los tres comportamientos básicos para la protección: la casa, como lugar en el que nos encontramos resguardados de los contagios; una botella de gel hidroalcohólico, que debemos utilizar; y la distancia mínima de 1,5 metros. La frase que la autora escribe por detrás de la lámina es muy escueta: “He dibujado muchas cosas que me recuerdan al covid-19”.


El tercer trabajo, de un chico de 1º de ESO, se intenta representar visual y simbólicamente la lucha que se establece entre el bien (la mascarilla) contra el mal (el coronavirus). Esto también lo expresa en su breve comentario cuando nos dice “He dibujado la gran batalla de Covid-19 vs. Mascarilla, que es la verdad. Son como los protagonistas de una película”. En este caso, al igual que en otros de los dibujos recogidos, los autores acuden al mundo de la ficción como manifestación del arquetipo de la confrontación del Bien contra el Mal, tal habitual en gran parte de las narraciones cinematográficas.


Un aspecto que se debe tener en cuenta en los dibujos de los chicos y chicas adolescentes cuando representan a un único personaje dentro de la escena que han creado es que lo hacen de sus propios géneros. Es lo que sucede con el de esta chica en la que aparece un rostro femenino, con la mascarilla puesta y llorando, junto a un coronavirus de gran tamaño, con rostro animista y sonriente malicia, como si disfrutara del dolor y los daños que está causando a la población. Por otro lado, acude al dibujo de una cruz roja para hacer referencia al hospital como centro sanitario que media entre ambos personajes.


Un hecho que especialmente ha quedado en la memoria de niños y adolescentes fue el confinamiento de la población que trajo la aprobación del estado de alarma por parte del Gobierno de la nación. Comenzó el domingo, 15 de marzo, prolongándose hasta el 21 de junio, aunque previamente hubo procesos, denominados “desescaladas, en los que paulatinamente se iban aprobando aperturas parciales, con posibilidades de salir a la calle. Pues bien, ese tiempo de encierro lo manifiesta la alumna autora del anterior dibujo, como expresión del alivio que suponía pisar la calle y que lo manifiesta escribiendo: “Cuando estábamos en cuarentena (sic) y por fin nos dijeron que podríamos salir de casa”.


Cierro esta breve selección con el dibujo de un alumno de 12 años que me parece sorprendente, aunque tengo que apuntar que no es el único que acude al mundo de la ficción para representar algo tan intenso, dramático y real como es la vivencia de la pandemia del covid-19. En la lámina, como se puede apreciar, sobre una línea de base, que representa la tierra, aparecen distintas escenas de personajes, acompañados de un gran coronavirus al que se quiere eliminar desde un helicóptero con un pulverizador. Pero lo más llamativo de todo es que sobre ellos vuela un enorme dragón de cuya boca sale una gran llamarada. Es como si la amenaza proviniera de una gran fuerza maligna.

Sorprende que el mundo de un chico que entra en la adolescencia esté cargado de imágenes provenientes de películas o videojuegos, sin saber diferenciar la realidad del mundo de la ficción. Eso nos lleva a pensar en la importancia que tienen ciertos medios audiovisuales en la conformación de un pensamiento que los acaba alejando de la realidad.

AURELIANO SÁINZ
  • 14.3.21
En la puerta de mi despacho en la Facultad de Ciencias de la Educación de la Universidad de Córdoba tengo pegada una pequeña lámina plastificada de El abrazo de Juan Genovés. De este modo, cualquier alumno que viene a visitarme tiene necesariamente que contemplar la alegórica obra de este gran pintor que representaba la petición de amnistía para los presos políticos, una vez muerto Francisco Franco. Ese era su significado original, aunque posteriormente se reinterpretó como el deseo de reconciliación entre los españoles ya acabada la dictadura.


Una vez que el alumno pasa, y antes de girar hacia la derecha del despacho donde me suelo colocar para trabajar, se encuentra de frente ante una reproducción enmarcada y colgada en la pared. Se trata de la figura, con rostro serio y mirada de medio perfil, de un joven que lleva por título El hombre del guante. Excelente retrato de Tiziano, uno de los grandes artistas italianos que formaron parte de la corte de pintores del rey Felipe II.

Siempre es aconsejable conocer la obra de este magnífico pintor, pero si le traigo en esta ocasión se debe a que el Museo del Prado ha tenido el acierto de llevar adelante una exposición temporal que, con el título de Pasiones mitológicas, nos muestra, aparte de lienzos de Velázquez, Rubens y Poussin, los seis de Tiziano que realizó por encargo de Felipe II, entre los años 1553 y 1562, y que el propio autor los denominó Poesías.

Son obras con fondo mitológico, dado que en el Renacimiento se volvió la mirada hacia la Grecia y la Roma clásicas, por lo que las mitologías de ambas culturas, que fascinaban a la nobleza europea de entonces, se reinterpretaron dentro de las artes pictóricas.

Dada la brevedad de este artículo, me parece que lo más oportuno es indicar cuáles fueron esas seis obras de Tiziano que él mismo tituló como Poesías, y mostrarlos con un breve comentario. Los cuadros, todos de gran formato, son las siguientes:

1. Venus y Adonis.
2. Dánae.
3. El rapto de Europa.
4. Diana y Acteón.
5. Diana y Calisto.
6. Perseo y Andrómeda.


Uno de los rasgos comunes de estos lienzos es la alta carga de erotismo que todos desprenden ante la mirada del espectador. En el caso de Venus y Adonis, basado en un fragmento de la Metamorfosis de Publio Ovidio Nasón, nos muestra el hermoso desnudo de Venus, representado de espaldas, y en el que la diosa, conocedora del destino fatal que tendrá Adonis, dado que Artemisa enviará un jabalí que lo matará con sus colmillos, intenta retenerlo e impedir su marcha. Una vez fallecido, Venus crea con su sangre la flor de la anémona, muy bella, pero de vida tan fugaz como la de su amado Adonis.


En esta obra, Tiziano acude al mito de Dánae, que ha sido encerrada en una sala del palacio por mandato de su padre el rey de Argos. La escena nos muestra a una hermosa joven, desnuda y recostada sobre la cama, rodeada de tejidos blancos y magentas, en el momento en que es tomada por el dios Zeus en forma de lluvia de oro. Contrastando con la plenitud de Dánae, aparece, de espaldas, la envejecida criada que la acompaña y que con su mandil va recogiendo las monedas de oro que caen del cielo en el que se muestra levemente el rostro de Zeus.


El mito de El rapto de Europa llevado a cabo por el dios romano Júpiter (o Zeus en la versión griega), aparte de Tiziano, fue también plasmado por otros pintores como Rembrandt, Martin de Vos e, incluso, por Fernando Botero, el pintor colombiano de personajes voluminosos. El lienzo de Tiziano, el más conocido de todos ellos, nos muestra a Júpiter en el momento que se disfraza de toro blanco para raptar a la princesa Europa, hija del rey de la ciudad fenicia de Sidón, con el fin de llevarla al continente que ahora porta su nombre.


El cuarto lienzo de las Poesías lleva por título Diana y Acteón. Se encuentra, compartido, en la Galería Nacional de Escocia y en la Galería Nacional de Londres, ya que su exhibición se alterna en ambas galerías cada cinco años. En este caso, Tiziano vuelve otra vez a la Metamorfosis del poeta romano Ovidio para mostrarnos el momento en el que Acteón, un diestro cazador, contempla la desnudez de Diana, diosa de la caza y de la naturaleza (en su versión griega será Artemisa), episodio que provocará la terrible venganza de la diosa por la osadía que ha tenido el cazador al penetrar en su intimidad.


Otra interpretación de la diosa Diana por parte de Tiziano es la que lleva por denominación Diana y Calisto. El segundo nombre, Calisto, puede inducir a confusión, dado que no se trata de un personaje masculino, sino que es el nombre de una de las doncellas de Diana. En el lienzo contemplamos a nueve mujeres desnudas, dado que la diosa, entristecida, está tomando el baño acompañada de sus doncellas, mientras que Calisto, que ha quedado embarazada de Júpiter, tiende los brazos hacia ella, ya que fue engañada por el dios al haberse disfrazado de la propia Diana. Y es que el amor entre personajes femeninos existía en la mitología greco-romana.


El sexto de los lienzos de Tiziano es el que lleva por título Perseo y Andrómeda. Puesto que las mitologías griega y romana son fuentes inagotables de relatos y de personajes, habría que decir que Perseo, un semidiós, era hijo de Zeus y de la mortal Dánae, al tiempo que Andrómeda, hija de reyes míticos de Etiopía, era la esposa de Perseo y la madre de sus siete hijos.

En la escena del pintor italiano vemos que Andrómeda se encuentra encadenada a un acantilado y a punto de ser atacada por un monstruo marino, por lo que Perseo, tras herir al monstruo, se aproxima volando al lugar en el que se encuentra su esposa.

Para cerrar esta rápida descripción de las denominadas seis Poesías de Tiziano, quisiera apuntar que la exposición Pasiones mitológicas que se exhibe en el Museo del Prado estará abierta hasta el 4 de julio de este año, por lo que para los amantes del arte y de la mitología es una buena ocasión para contemplar unos magníficos lienzos que se encuentran tanto en el museo de Madrid como en galerías de distintos países.

AURELIANO SÁINZ
  • 7.3.21
En estos tiempos agitados de silencio y aislamiento, son frecuentes los libros de los grandes escritores españoles que apelan a sus vidas pasadas, a sus recuerdos o a sus experiencias durante el confinamiento para manifestarnos los sentimientos y emociones que les invaden, por lo que acuden a relatos que nos aproximan a sus vivencias más íntimas. Es lo que sucede con Julio Llamazares y Luis Landero con sus obras recientes: Primavera extremeña y El huerto de Emerson, respectivamente, y de las que he hablado en este medio.


También, por estas fechas, me encuentro finalizando La escapada, magnífico relato de Gonzalo Hidalgo Bayal, autor extremeño nacido en el pueblecito de Higuera de Albalat, y que podríamos incluirlo en la modalidad de ‘autoficción’, esto es, un relato en el que el escritor se convierte en la voz del narrador, de modo que, acudiendo a hechos que marcaron su vida, acaban entremezclados con las reflexiones que lleva a cabo nacidas a partir de los diálogos mantenidos con un personaje creado ficticiamente.

En el fondo, es un intento de recuperar el tiempo perdido; ese tiempo que se fue definitivamente y que solo a través de la evocación de aquellas imágenes que fueron archivadas en la memoria se hace posible traerlo a un presente cargado de melancolía.


En cierto modo, y salvando las distancias de los estilos literarios que cada cual trabaja, a mi modo de ver, estas tramas suponen un acercamiento por diferentes rutas a la obra magna del escritor francés Marcel Proust: En busca del tiempo perdido.

Tengo que apuntar que Marcel Proust (1871-1922), injustamente, no recibió el Premio Nobel de Literatura. Tampoco lo recibieron Franz Kafka, ni Virginia Woolf, ni James Joyce, ni Jorge Luis Borges, ni Fernando Pessoa, ni Julio Cortázar, ni Antón Chéjov... De todas formas, no es necesario ser reconocido por el jurado de este aclamado premio para encontrarse dentro de los escritores que han dejado una profunda huella dentro de la literatura.

Cierto que Proust no era un filósofo; pero no es necesario ser un autor de ensayos para reflexionar en las obras de ficción sobre los múltiples aspectos de la vida, más aún, cuando un escritor se embarca en la inmensa tarea de basarse en los recuerdos que se han acumulado a lo largo de los años como intento de recobrar el tiempo que se fue o una época que ya la consideramos definitivamente extraviada en la vorágine de hechos que se superponen sin ninguna pausa.

De este modo, a la largo de esta inmensa obra se deslizan reflexiones sobre la propia vida, acerca del poder evocador de la memoria, sobre la nostalgia del tiempo que inapelablemente se marchitó, así como de la fragilidad la existencia humana y, necesariamente, sobre su sentido o su sinsentido.

Todo lo que he indicado es posible rastrearlo en los siete volúmenes de En busca del tiempo perdido: Por el camino de Swann (CS); A la sombra de las muchachas en flor (S); El mundo de Guermantes (MG); Sodoma y Gomorra (SG); La prisionera (P); La fugitiva o Albertina ha desaparecido (F) y El tiempo recobrado (TR).

Es lo que a continuación realizaré por medio de frases extraídas de esos volúmenes, indicando, al final de cada una de ellas, las obras en las que se encuentran por medio de las iniciales colocadas entre paréntesis. Al final de la lectura, comprobaremos que hay dos ideas que subyacen de forma reiterada en la obra de Proust: el tiempo y la memoria.


“El hombre no tiene la longitud de su cuerpo, sino la de sus años. Debe arrastrarlos con él cuando se mueve, tarea cada vez más enorme y que acaba por vencerle” (TR).

“Con adolescentes que duran un número suficiente de años es con lo que la vida hace ancianos” (TR).

“Cada cual, según su edad, conoció momentos distintos, y la discreción de los ancianos impide a los jóvenes formarse una idea del pasado y abarcar un ciclo entero” (MG).

“Los días de antaño recubren poco a poco los que les precedieron y a su vez quedan sepultados por los que les siguen. Cada día de antaño ha quedado dispuesto en nosotros como en una inmensa biblioteca donde hubiera, entre los libros más viejos, un ejemplar que sin duda nadie irá a pedir jamás” (P).

Marcel Proust vivió solamente 51 años; sin embargo, contemplaba con melancolía el devenir del tiempo, de modo que el futuro era un camino hacia la senectud, hacia un tiempo todavía no escrito, y en el que los recuerdos se almacenan, se arrastran, como parte de una memoria inútil, ya que a los más jóvenes no les interesa ese pasado.

Sin embargo, el autor, en otros momentos, echa de menos el relato de los ancianos para que quienes les siguen puedan hacerse una idea cabal del ciclo completo que es la vida. Entre la necesidad de explicación y el desinterés, cada cual va construyendo su ruta marcada por las sombras de la incertidumbre.

“Nuestros recuerdos nos pertenecen, pero solo a la manera de aquellas propiedades que tienen pequeñas puertas ocultas que ni siquiera nosotros conocíamos y que algún vecino nos abre, de manera que, al menos por un lado por el que nunca habíamos entrado, nos encontramos de nuevo en casa” (F).

“El pasado no solo no es fugaz, es que no se mueve de sitio” (MG).

“Si nuestra vida es vagabunda, nuestra memoria es sedentaria” (TR).

“A los trastornos de la memoria van ligadas a las intermitencias del corazón. Sin duda es la existencia de nuestro cuerpo, que nos parece un recipiente en el que estaría encerrada nuestra espiritualidad, lo que nos induce a suponer que todos nuestros bienes interiores, nuestras alegrías pasadas, todos nuestros dolores, están perpetuamente en nuestra posesión” (SG).

Ciertamente, a medida que avanzamos, a medida que crecemos, sin ser conscientes de ello, vamos construyendo la memoria de lo que hemos sido, que es la que explica y da sentido a lo que somos ahora. Bien es cierto que, como poéticamente dice Proust, en esa memoria hay ‘puertas’ no conocidas y que son otros los que nos las pueden abrir. Son puertas que muchas veces corresponden al tiempo de la infancia y de la adolescencia, épocas en las que todavía no había asomado la capacidad de introspección o de reflexión sobre uno mismo.

Serán otros, entonces, los que en algunos momentos nos aclaran hechos pasados sobre los que no teníamos suficientes datos para dar una interpretación lo más ajustada posible de aquellas imágenes que confusamente asomaban en nuestra mente. Y eran como pasos que se nos abrían e iluminaban la oscuridad de borrosos recuerdos.

“Cuando hemos pasado cierta edad, el alma del niño que fuimos y el alma de los muertos de los que surgimos vienen a lanzarnos a puñados sus riquezas y sus maleficios, pidiendo cooperar con los nuevos sentimientos que experimentamos y en los que, borrando su antigua efigie, los refundimos en una creación original” (P).

“El ser que yo seré después de mi muerte no tiene más razones de acordarse del hombre que soy desde mi nacimiento, de las que tiene este de acordarse de lo que fui antes de nacer” (SG).

“Nuestro más justo y cruel castigo por el olvido total, tranquilo como el de los cementerios, con el que nos hemos alejado de aquellos que ya dejamos de amar, es que entrevemos este mismo olvido referido a aquellos que aún amamos” (F).

Y en este perpetuo movimiento que es la vida, llegará el momento en el que finalmente nosotros también acabemos convertidos en recuerdo. Seremos memoria y tiempo pasado que, quizás, acaben alojándose en la mente o en el corazón de algunos a los que hemos querido a lo largo de nuestra existencia.

AURELIANO SÁINZ
  • 28.2.21
Cuando visito el Museo del Prado, algo que acontece con cierta frecuencia, suelo pasar por la sala en la que se encuentran las obras de El Bosco, el pintor genial que entusiasmó a Felipe II, ya que este monarca fue quien encargó que se adquirieran algunos de sus trabajos y que en la actualidad podemos maravillarnos contemplándolos detenidamente. Y digo "detenidamente", dado que son cuadros que parecen miniaturas realizadas en formatos de gran tamaño, por lo que hay que estar un rato largo mirándolos para comprender sus significados.


Dentro de los trabajos del pintor holandés se destaca el tríptico El jardín de las delicias. Como su propio nombre indica, es un cuadro compuesto de tres partes, en el que podían cerrarse las laterales sobre la central, de modo que solo se abría para los momentos en los que se deseaba contemplarlo de manera completa.

Puesto que en la ilustración de este artículo solo muestro un fragmento del centro, quisiera indicar que, aparte del carácter extrañamente simbólico de todas sus escenas, hay un significado netamente religioso en el conjunto del tríptico.

Así, en la tabla de la izquierda aparece la figura de Jesús, de pie y vestido con una túnica rosada, junto con Adán sentado en el suelo y Eva de rodillas, en lo que podía ser el Paraíso terrenal. La del centro, la de mayor tamaño, simboliza el mundo real, al que se accedió tras el pecado original de nuestros primeros padres. Allí se muestran decenas de personajes, masculinos y femeninos, todos desnudos en las más extrañas y sorprendentes situaciones, junto a diferentes y extraños animales. Y en la de la derecha, con tintes oscuros, se contemplan escenas de los condenados al infierno.

Dada la fuerte religiosidad del monarca, puede entenderse que le entusiasmara esta obra, ya que era la explicación canónica del devenir de la existencia humana según la doctrina oficial de la Iglesia católica.

Pero aparte del significado religioso, los expertos en la obra de El Bosco han analizado minuciosamente el sentido de las variadas escenas que se muestran en el tríptico; sin embargo, hay una sobre la que se han dado diversas interpretaciones. Se trata de una pareja que se encuentra en el interior de una burbuja transparente que nace como si fuera el extremo de una planta que florece.


Esta imagen, más de una vez, me ha hecho pensar en la frase “Vivir en una burbuja” que solemos utilizar para aquellas personas o colectivos que viven, o quieren vivir, aislados de la realidad que nos encontramos, de forma que se construyen mentalmente un mundo a su medida, en el que no penetran las ideas u opiniones de los demás, ya que, según ellos, no dejan de ser incordios sin fundamento que se hacen para molestar o desprestigiar (no me refiero, de ningún modo, a quienes en la actualidad tienen que reducir sus contactos como protección ante la situación pandémica que padecemos).

Debemos tener en cuenta que son muchos los que, a lo largo de la historia, de una forma u otra, se han refugiado en sus burbujas, en las que se sienten plácidamente tranquilos. En el fondo, es una actitud egocéntrica con rasgos infantiles, la misma que les impide asomarse a un mundo muy distinto al que personalmente se han montado.

Podríamos hablar, por ejemplo, de esos youtubers que han trasladado su domicilio fiscal a Andorra y que muchos de sus seguidores lo justifican, puesto que consideran que evitar impuestos es una medida inteligente que ellos también adoptarían. O la astronómica y mareante cifra propuesta para la renovación del contrato de Leo Messi (más de 555 millones de euros por cuatro temporadas), que no deja de ser una obscenidad en los tiempos de una pandemia que empuja a muchas familias a la precariedad o, simplemente, a la pobreza.

En ocasiones, se hace necesario que quienes se encuentran en sus cerrados mundos vivan alguna experiencia concreta que les abra los ojos y comprueben que existen otras vidas muy diferentes a las suyas. Y ya que he hablado de Messi, en este momento me viene a la mente un ejemplo que puede servir de ilustración de lo que indico.


Se trataba de una noticia periodística acerca de la Selección de Fútbol argentina. En el momento en el que la leí, se encontraba concentrada preparándose para un campeonato. Hacía poco que sus jugadores habían sido campeones del mundo, por lo que estaban eufóricos y con ganas de disfrutar lo máximo posible.

En uno de esos días, el entrenador de la Selección había planificado una sesión algo más larga de lo habitual. Los míticos jugadores argentinos se quejaron abiertamente, ya que consideraban que, al ser campeones, estaban suficientemente preparados y no necesitaban el esfuerzo suplementario que se les pedía. Ante las reiteradas quejas, el entrenador suspendió el entrenamiento y volvieron al hotel.

A la mañana siguiente, los levantó muy temprano. Tras desayunar, se montaron en el autobús que los llevaría al campo en el que entrenaban. Todos pensaron que ese día les castigaría con un ensayo más duro. Sin embargo, lo que no imaginaban es que entrarían en la populosa ciudad de Buenos Aires y que, tras un largo recorrido por la ciudad, atravesando la amplia Avenida 9 de Julio, el autobús aparcaría cerca de una boca de metro.

El entrenador les invitó a que se bajaran del autobús, que entraran en el metro y que observaran con detenimiento todo lo que acontecía dentro de él.

Ante el desconcierto que reflejaban en sus rostros, les manifestó que todos aquellos que veían caminando, con caras soñolientas, se habían levantado más temprano aún que ellos. Insistió en que se fijaran en sus vestimentas y comprobaran que ninguno llevaba ropa de marca selecta, sino indumentarias humildes con las que acudían al trabajo. Les añadió que por su cometido ganaban una ínfima cantidad de lo que ellos obtenían en sus millonarios contratos, y que, después de una agotadora jornada, volvían a sus modestas casas cuando sus hijos ya estaban en la cama durmiendo.

A aquellas estrellas del fútbol, por una vez, les abrió los ojos y las sacó de las burbujas en las que vivían y, con el deseo de que no olvidaran esa experiencia, les manifestó que ellos, a fin de cuentas, eran personas iguales a la gente que todos los días luchaba por ganarse el sustento para mantener a sus familias.

Ha pasado un cierto tiempo desde que leí esta ejemplar noticia. No sé qué aprendieron los jugadores argentinos de la experiencia a la que les sometió su entrenador. Es posible que algunos abrieran los ojos y comprendieran que había otras vidas muy distintas a las que ellos llevaban protegidas por esas burbujas invisibles que les distanciaban de los demás.

Hoy, lamentablemente, nos encontramos envueltos en una pandemia que azota duramente a muchas familias; otras, en cambio, quizás las menos, viven instaladas en sus impolutos refugios, físicos y mentales, aisladas de los fuertes vientos que sacuden el mundo exterior. Quizás, algún día, lleguen a entender que esas burbujas en realidad son ficciones, como las que magistralmente creaba El Bosco, pues navegamos en la misma nave y, les guste o no, o nos salvamos todos o todos acabaremos ahogándonos en un mar de pesadillas.

AURELIANO SÁINZ
  • 24.1.21
“¡Nos veremos pronto!”, así se despidió (o amenazó) al dejar la presidencia un personaje que nunca debió de estar en ese cargo y que, finalmente, su ‘no presencia’ en el acto de la jura del nuevo presidente John Biden supuso un alivio para una población que se temía lo peor.


Y es que en los inicios del 2021 habíamos asistido atónitos a las imágenes que los distintos canales televisivos nos mostraban del asalto al Capitolio estadounidense, situado en la ciudad de Washington, por una absurda y variopinta turba armada, tras ser incitada a ello por el propio presidente de los Estados Unidos: Donald Trump.

Las declaraciones posteriores a ese asalto de algunos de los miembros de la Cámara de Representantes, caso de la demócrata Alexandra Ocasio-Cortez, nos hacían ver que estaban convencidos de que morirían durante esa penetración. Pero la información más contundente fue aquella que nos informaba de que un grupo de asaltantes iba directamente a por el vicepresidente Mike Pence al que consideraban un traidor y que salvó la vida porque un policía les condujo por un pasillo contrario al lugar en el que tenía el despacho.

Pareciera que la actual mayor potencia mundial está condenada a conocer cada cierto tiempo el asesinato de políticos o personajes relevantes. Es lo que deducimos tras la lectura del libro Magnicidio. Crónica negra de los presidentes asesinados en Estados Unidos, editado en 2018, siendo su autor José Luis Hernández Garvi.

Las causas de los magnicidios son varias, pero conviene no olvidar que en este país la población es libre de poseer armas de fuego, por lo que a partir de los 18 años cualquier ciudadano, presentando su documento de identidad a las numerosas tiendas que hay a lo largo y ancho del territorio, puede tener en casa un verdadero arsenal.

No es de extrañar, pues, que el 14 de abril de 1864 fuera asesinado con un tiro en la cabeza el decimosexto presidente de Estados Unidos, Abraham Lincoln, a manos de un actor llamado John Wilkes Booth mientras se encontraba en el palco del teatro Ford de la ciudad de Washington viendo la obra Our american cousin (Nuestro primo americano).

Hemos de recordar que Lincoln era presidente por el Partido Republicano que abogaba por la abolición de la esclavitud de la población negra que procedente de África trabajaba, principalmente, en los estados sureños. Así, la Guerra Civil o Guerra de Secesión de los Estados Unidos, que se desarrolló entre 1861 y 1865, fue el conflicto más sangriento que se produjo entre los Estados Confederados del Sur que deseaban mantener el sistema esclavista, ya que era fundamental para su producción, y los Estados Unionistas del Norte que se pronunciaron en contra de la esclavitud.

Aunque haya transcurrido siglo y medio de aquella guerra, todavía en el Sur muchos mantienen la bandera confederal como seña de identidad (una de las que vimos en el asalto al Capitolio), ya que el racismo sigue vivo en una parte significativa de la población blanca que no perdona aquella derrota y abiertamente odia a los negros. Y si a esto le sumamos que hay más armas de fuego en manos civiles que población en Estados Unidos podemos entender que el magnicidio en este país no sea un hecho aislado.


Tras el asesinato de Abraham Lincoln se produjeron los de otros tres presidentes: James A. Garfield en 1881, el de William McKinley en 1901 y el de John Fitzgerald Kennedy, que fue abatido el 22 de noviembre de 1963 en la ciudad de Dallas, Texas, cuando viajaba en un coche descubierto junto a su mujer Jacqueline, al tiempo que era aclamado por la gente que abarrotaba las aceras.

Como autor de este último magnicidio, fue detenido el exmarine Lee Harvey Oswald. Dos días después, el 24 de noviembre, la policía de Dallas decide trasladarlo a la cárcel del condado. Mientras es conducido por los estacionamientos subterráneos del cuartel de la policía, en medio de la multitud de periodistas, es asesinado a quemarropa por un disparo de Jack Ruby. Esto dio lugar a que no pudiera aclararse la posible conspiración que tenía como objetivo asesinar al presidente, por lo que se han escrito numerosos libros para explicar las diferentes versiones de este magnicidio.

Casi cinco años después, el 5 de junio de junio de 1968, Robert F. Kennedy, fiscal general de los Estados Unidos desde 1961 y hermano del anterior presidente, también fue abatido por un disparo en la ciudad de Los Ángeles por un ciudadano estadounidense, Sirhan Bishara, de origen palestino, al ser contrario al apoyo político que el entonces ya senador manifestaba al Estado de Israel. Robert F. Kennedy fallecería al día siguiente. El 9 de junio, presidente Lyndon B. Johnson declararía un día de luto nacional en su memoria.

Parecía que el ‘clan’ de los Kennedy, algunos de ellos reconocidos miembros del Partido Demócrata, estaban destinados a tener un trágico final. Sin embargo, el tercero de los miembros destacados en el campo político, Edward (Ted) Kennedy, llegó a ser senador por el estado de Massachusetts, falleciendo de manera natural en 2009.


No podemos dejar de lado la muerte violenta de Martin Luther King, uno de los grandes líderes en la defensa de los derechos civiles de la población negra estadounidense.

Nacido el 15 de enero de 1929 en Atlanta, capital del estado de Georgia, fue pastor de la iglesia bautista. Su compromiso social se manifiesta tempranamente cuando participa de manera activa en contra de la guerra que sostiene Estados Unidos contra Vietnam. Esta posición de compromiso social le condujo a que se implicara a favor de los derechos civiles de la población negra estadounidense, oponiéndose el fuerte racismo que existía especialmente en los estados sureños.

Martin Luther King siempre fue pacifista, dado que consideraba que la violencia no era el camino para la solución de los conflictos sociales. Recibió, en 1964, el premio Nobel de la Paz; no obstante, fue asesinado cuatro años más tarde en Memphis, cuando se preparaba para una cena con un grupo de amigos.

Para cerrar, y tal como he apuntado anteriormente, hay que indicar que los magnicidios han existido a lo largo de la historia, pero no deja de sorprender que en Estados Unidos la venta de armas sea abiertamente libre y que los distintos presidentes no sean capaces de doblegar a la poderosa Asociación Nacional del Rifle que pone todo su empeño en que no se limite la venta de armamento. Todo esto tiene sus consecuencias.

AURELIANO SÁINZ

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