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Mostrando entradas con la etiqueta Negro sobre blanco [Aureliano Sáinz]. Mostrar todas las entradas
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  • 20.6.21
Al lado de mi mesa de trabajo tengo colgado un original calendario editado por el Ministerio de Ciencia e Innovación en el que cada día aparecen, no los santos o las vírgenes como tradicionalmente nos habían acostumbrado, sino los nombres de científicos, hombres y mujeres, así como las efemérides o los inventos más significativos, indicando también el año en el que se produjeron.


Lo suelo mirar con frecuencia por las mañanas, así me voy enterando de cosas de algunos personajes y de curiosidades que desconocía. En este ojear cotidiano, resulta que al llegar al pasado día 6 de junio, que caía en domingo, debajo del dibujo de una pequeña caja de cartón de color verde, pude leer: “1907. Se lanzó Persil al mercado. Fue el primer detergente de ropa de acción automática”.

Me quedé un tanto sorprendido, pues no me imaginaba que el nacimiento de Persil estuviera a la altura del descubrimiento de una nueva galaxia, de la creación de un singular telescopio o de la primera demostración de la televisión en España… que, por cierto, fue en 1948, el mismo año en el que a mí se me ocurrió venir a este mundo.

Como he sido (soy aún) profesor de arte, imagen y publicidad en la universidad, recogí con cierto alborozo la noticia. ¡Resulta que el famoso Persil vino a revolucionar el ámbito de la limpieza hace más de un siglo! ¡Esto –pienso para mis adentros– se lo tengo que plantear a mis alumnos que creen que el mundo nació con ellos o que no existió antes de la aparición del WhatsApp!

Y es que, aunque parezca mentira, en el fondo de mi cerebro (no sé en qué parte, pues a mí los cerebros me parecen verdaderos laberintos de cables entrecruzados) todavía resuenan las notas musicales que acompañaban a ese eslogan que escuchábamos en la radio y que decía: “Case su ropa con Persil…”.

Lo cierto es que los directivos de la empresa que lo comercializaban se habían puesto muy finos y habían acudido, nada más y nada menos, que a un fragmento de la obertura El sueño de una noche de verano de Félix Mendelssohn para acompañar la frase que hicieron famosa.


Era, pues, cuestión de enterarse y saber a quién se la había ocurrido la brillante idea de crear y comercializar el jabón en polvo que, como bien dice mi calendario científico, fue una revolución al lograr la limpieza de ‘forma automática’, por lo que la mujer ya no tendría que romperse la cintura con aquellas rústicas tablas de lavar mientras frotaban la ropa con las enormes pastillas de jabón de color verde o anaranjado que desprendían un intenso olor (ojo, que no perfume, pues esto ya vendría después con marcas tipo Mimosín, ya que parece que ahora toda la casa tiene que oler a fragancias primaverales, según nos dice la insistente publicidad).

Como a mí me encanta el diseño gráfico, lo primero que hice fue mirar a los primeros carteles que promocionarían el Persil. Todos estaban en alemán, ese extraño idioma que nos suena tan raro por la cantidad de jotas que pronuncian. Ya me daban la primera pista del país en el que nació este detergente. Pero es que también los encontré en francés, por lo que imaginé que pronto se extendió el producto más allá de las fronteras germánicas.

Eso sí, todos estaban protagonizados por figuras femeninas. ¡De ningún modo podría aparecer algún hombre, ni siquiera un niño ayudando, a pesar de que en las escenas familiares de otros carteles todos se sentían muy contentos contemplando la ropa recién limpia que la sufrida ama de casa, toda orgullosa, mostraba sabiendo cómo se lograba tal perfección!


Sigo averiguando y leo lo siguiente: “La empresa alemana Henkel inventó en 1907 un polvo para lavar que comercializó bajo el nombre de la marca Persil. El nombre proviene de dos de los ingredientes originales: perborato y silicato, pero esto es poco conocido en los mercados internacionales”.

¡Genial! ¡Ya me he enterado de que su nombre procede de las dos primeras sílabas de perborato y silicato! Pero esto yo no se lo diré a mis alumnos; simplemente, les explicaré que el nombre del detergente proviene de esos dos componentes, por lo que quedaré fenomenal, dando la impresión de que sé mucho de química, aunque lo cierto es que desde el bachillerato no he vuelto a abrir ningún libro de esta materia.

Como decía, el nuevo detergente era tan femenino que, incluso, a las niñas desde muy pequeñitas había que acostumbrarlas a esta marca. Aunque la publicidad por aquellos años no estaba tan desarrollada como hoy acontece, intuían que si se las sacaban en los carteles jugando a planchar la ropa tras haber sido lavada con Persil o a imitando a sus mamás, esas imágenes quedarían grabadas en sus pequeños e inocentes cerebros y las acompañarían para el resto de sus vidas. Sin darse cuenta, esos avispados empresarios descubrieron lo que posteriormente se llamaría “fidelidad a la marca”.


Y si hablamos de fidelidad, ¿qué mayor que la que se establece cuando te preguntan, ante el cura o el juez, si quieres casarte con quien tienes al lado? Supongo que a la empresa le pareció genial la frase “Case su ropa con Persil”, como si el detergente fuera el agraciado galán que acudiría presto a ayudar a la joven y futura ama de casa en la ingrata tarea de la limpieza de la colada (y digo "joven" porque en el maravilloso mundo de la publicidad no pueden aparecer verdaderas amas de casa, ni siquiera simuladas, puesto que más allá de los treinta años las mujeres se vuelven invisibles en los anuncios).

Pasados los años, como no podía ser de otro modo en la dura batalla que establecen las numerosas marcas, la de procedencia alemana se ha visto enfrentada a otras muchas que compiten entre sí por ganarse el corazón y el bolsillo de las atribuladas féminas que necesitan estímulos suplementarios para no abandonar a su detergente favorito.

Sabiendo que vivimos en un mundo en el que suena muy bien eso de ‘amores eternos’, pero sospechando que ahora la eternidad ahora dura como mucho dos o tres años, los dueños de Henkel consideraron que viene bien echar una sutil ‘ayudita’, diciéndoles a las fieles seguidoras de que con “Persil pueden ser millonarias”. ¡No está nada mal eso de llegar a ser millonaria simplemente como premio a la fidelidad a la marca alemana!

Y las preguntas que ahora caben hacerse son la siguiente: ¿Compartirá la afortunada los millones con su pareja o lo dejará plantado con un par de narices? ¿Se imaginará en una feliz estancia en el Caribe, tendida al sol en una hamaca, con un daiquiri de limas recién cortadas del árbol y al lado de un solícito camarero, que por fin se ha liberado para siempre de las eternas coladas que no la dejaban ni respirar?

AURELIANO SÁINZ
  • 13.6.21
El reciente conflicto que ha tenido la ciudad de Ceuta con la entrada masiva de diversa gente formada mayoritariamente por niños y jóvenes marroquíes, también por algunos jóvenes subsaharianos, ha dado lugar a que tangencialmente se hable del pueblo saharaui, aunque sea a través de Brahim Ghali, líder del Frente Polisario y presidente de la República Árabe Saharaui Democrática (RASD), que fue ingresado en un hospital de Logroño para ser tratado de covid-19 y de un cáncer.


De lo que no se ha hablado es de que Ghali, como todos los saharauis que nacieron cuando el Sahara Occidental recibía el estatus de provincia, tenía nacionalidad española, situación que no se vio alterada hasta que vergonzosamente el territorio fue abandonado a su suerte tras la denominada Marcha Verde de 1975, organizada por Hassan II, el entonces rey de Marruecos.

Al igual que le acontece al pueblo palestino, el pueblo saharaui se siente internacionalmente aislado y sin apoyos sólidos, dado que su legítimo derecho a tener un Estado propio queda fuera de la agenda de las grandes potencias, especialmente de Estados Unidos. A partir de Donald Trump no solo se respalda abiertamente la política de apartheid del Gobierno de Israel con los palestinos, sino que también dio el visto bueno a la política anexionista de Marruecos con el Sáhara Occidental.

De nada sirve que por parte de las Naciones Unidas fuera aprobada una resolución que determinaba que el pueblo saharaui tenía derecho a un referéndum de autodeterminación acerca de si deseaba ser independiente o de pertenecer a Marruecos. Este último país siempre se ha negado a cumplir esta resolución por distintos medios, boicoteándola y chantajeando para que no pueda llevarse a cabo, pues sabe que mayoritariamente los saharauis desean ser soberanos de su propio territorio.

Para que podamos entender esta situación, brevemente, quisiera apuntar algunas fechas claves en la evolución del territorio saharaui.

La presencia de los españoles en el territorio del África sahariana se remonta hacia 1884. Un año después de la fecha mencionada, se comienza la construcción de Villa Cisneros y el establecimiento de factorías en Río de Oro y Bahía Blanca como núcleos estables (respetamos las denominaciones que por entonces se acuñaron).

En 1959, en plena dictadura franquista, un decreto del Gobierno español dispuso la unión de Río de Oro y Saguía el Hamra para la constitución de lo que sería la provincia africana del Sahara español. Ocho años más tarde, en 1967, la ONU recomienda a España su descolonización.

A pesar de las reivindicaciones constantes de Marruecos, a las que se sumó Mauritania, España se comprometió en 1974 a la celebración de un referéndum de autodeterminación, que se debía realizar en el año siguiente, al tiempo que aprueba la libertad de creación de partidos políticos.

Se forman, pues, dos partidos nacionalistas saharauis: el Frente Polisario y el Partido de la Unión Nacional Saharaui (PUNS). Con el paso de los años, solamente el primero de ellos permanecerá como el referente político de los saharauis que reclaman la independencia a través de una consulta al pueblo.

Por aquellas fechas, las reivindicaciones anexionistas de Marruecos se acentuaban, dado que la situación terminal de Franco y la crisis del sistema político en el que se encontraba sumido el pueblo español favorecían sus pretensiones.

Con sus presiones, Marruecos logró que la ONU suspendiera el anunciado referéndum y accediera a someter la cuestión al Tribunal Internacional de La Haya. El dictamen de este alto tribunal, en septiembre de 1975, no aclaró del todo el problema, por lo que Hasan II aprovechó la crisis institucional española para invadir el territorio con la llamada Marcha Verde.

Ante la ocupación del territorio saharaui, el Gobierno español respondió con clara debilidad, llegando a un acuerdo tripartito con Marruecos y Mauritania para compartir la administración del Sahara Occidental. Este acuerdo suscitó el rechazo total de Argelia y del Frente Polisario, proclamando este último, el 27 de febrero de 1976, la República Árabe Saharaui Democrática (RASD).


La lucha llevada a cabo por el Frente Polisario provocó la retirada de Mauritania del Sahara, ocasión aprovechada por Marruecos para anexionarse todo el territorio. A pesar de la ocupación, los derechos de los saharauis recibieron el respaldo internacional, puesto que la RASD fue admitida formalmente, en 1982, dentro de la Organización para la Unidad Africana (OUA) como miembro de pleno derecho, lo que provocó la salida de Marruecos de esta organización.

En 1985, una resolución de las Naciones Unidas instaba a una negociación, condicionando la celebración de un referéndum en el Sahara Occidental a la retirada previa de las tropas marroquíes del territorio. Más tarde, en octubre de 1988, la ONU reafirmó el derecho inalienable del pueblo saharaui a la autodeterminación y a la independencia si mayoritariamente era respaldada esta opción.

Recordemos que tras la ocupación por Marruecos, una gran parte de la población huyó de su territorio para instalarse en Tinduf, zona desértica del suroeste de Argelia, donde viven aproximadamente 200.000 saharauis que esperan pacientemente volver a su tierra, tras la convocatoria del referéndum eternamente aplazado por los intereses de Marruecos.

En la actualidad, el pueblo saharaui está literalmente abandonado a su suerte, pues, tal como he apuntado, potencias como Estados Unidos y Francia le han dado la espalda, al tiempo que el Gobierno español se fue alejando paulatinamente de la responsabilidad de defender claramente a una población que fue considerada una provincia, por lo que los saharauis también eran españoles.

A pesar de este abandono, los saharauis siempre han contado con las simpatías de la población española, especialmente la andaluza, dada que es la zona geográfica de la península más cercana al continente africano. Esto da lugar a que los proyectos de ayuda y colaboración centrados en la enseñanza hayan sido habituales hasta que los cooperantes fueron amenazados por el terrorismo de la versión de Al-Qaeda en el Magreb y hubo que detener esta línea de trabajo.

De todos modos, quiero mostrar algunos de los dibujos de niños y niñas saharauis que realizaron en una experiencia educativa que durante unos años coordiné y que llevó una alumna de doctorado. Se trataba de que representaran gráficamente los símbolos que para ellos les eran más próximos, así como sus tradiciones, la vida en la familia, su relación con España, los paisajes que a ellos les gustaría conocer, etc.


Hemos de considerar que eran escolares que aprendían español en sus modestas escuelas, por lo que en sus paredes aparecía, junto a otras láminas, un mapa de España que era la referencia que tenían de nuestro país, teniendo en cuenta que algunos de ellos habían pasado algunos veranos en proyectos de acogida con familias andaluzas.


Todos ellos tenían muy claro la historia de su pueblo y la bandera que los representaba, por lo que era frecuente que apareciera en sus dibujos. También dibujaban las jaimas, como habitual vivienda familiar, junto a las casitas de adobe, todo ello en un terreno desértico en el que únicamente se veían cabras, aunque, ocasionalmente, se mostraran camellos.


El sueño de volver al Sahara Occidental, la tierra de sus padres y abuelos, estaba muy presente en sus mentes, aunque eran conscientes de las grandes dificultades que tenían. Ver un río con peces, contemplar un bosque de palmeras o conocer el mar eran imágenes que se repetían en los dibujos en los que plasmaban sus sueños.


En oposición a esos sueños, la tierra árida y seca, el viento que levantaba la arena de un suelo desértico, el sol abrasador del verano, el intenso frío de las silenciosas noches de invierno, eran los escenarios en los que se movían cotidianamente.

Niños y niñas saharauis, educados con criterios de igualdad en las aulas, sabían que se encontraban viviendo en los espacios solitarios de un país, Argelia, que los había acogido; quizás el único gobierno extranjero que ha hecho frente al sátrapa del país vecino. Otros países que podían tomar algunas medidas contra la anexión marroquí se han olvidado de los saharauis, dejándolos, en la práctica, abandonados a su suerte.

AURELIANO SÁINZ
FOTOGRAFÍAS: BLAS SEGOVIA
  • 6.6.21
Desde principios de mayo estamos recibiendo noticias inquietantes de Colombia, ese país de habla hispana colindante con Venezuela del que, por otras razones, este segundo se había convertido en el foco de los incansables ataques de la derecha política, como si todos los males se concentraran en la tierra de Simón Bolívar.


Colombia, como país que tiene el doble se superficie que España y que posee una población que supera los 50 millones de personas, tiene su propia historia, alberga una enorme riqueza cultural y humana, apenas es conocido por nosotros, a pesar de los lazos que nos unen.

Así, las noticias puntuales que nos llegan son flases que apenas nos posibilitan entender el levantamiento popular que se ha producido contra la subida de impuestos que el Gobierno de Iván Duque aprobó y que suponía una sobrecarga a una población que soporta crisis que se van superponiendo unas a otras.

Puesto que recientemente escribí sobre Chile, me ha parecido oportuno hacerlo en esta ocasión con este otro país hermano. En este caso pensé que lo mejor sería hacerlo con la profesora María Isabel Mena, del grupo Culturales –al que pertenezco–, formado por profesores universitarios de México, Colombia, Chile, Argentina y España, y que quincenalmente se reúne telemáticamente para abrir debates de diversos temas de interés común.

Sobre María Isabel Mena, sucintamente, quisiera indicar que es licenciada en Historia por la Universidad del Valle y magíster en Investigación Social Interdisciplinaria. En la actualidad está realizando su tesis doctoral en la Universidad Pablo de Olavide de Sevilla.

Coordinadora del movimiento pedagógico “África en la escuela”, en 2017 fue galardonada con el grado de Honoris Causa en Cultura de Paz por la fundación Amigos de la Unesco. Ex asesora externa del Ministerio de Cultura y del Ministerio de Educación. Imparte docencia en la cátedra sobre derechos humanos, raza, enseñanza de la historia, infancia de la negritud en universidades tanto nacionales como internacionales.

—Para comenzar, María, me gustaría que nos hablaras de tu país, ya que, a pesar de que los lazos históricos que unen a los españoles con el pueblo colombiano son muy fuertes, lo cierto es que las noticias que nos llegan de los países de lengua hispana suelen ser pocas y de tono impactante, como las manifestaciones y la represión que se están produciendo por estas fechas en Colombia.

—Te puedo asegurar, Aureliano, que Colombia es una nación de gente muy buena, trabajadora y pujante. Seguramente algunas personas habrán escuchado que, dado que estamos atravesados por tres cordilleras, esa bendición nos otorga una especie de paraíso, lo que permite tener frutos todo el año, variedad de animales, plantas y recursos minerales en abundancia. Por ejemplo, el nacimiento de las ballenas jorobadas en nuestro territorio es una prueba de esa maravilla territorial.

Paradójicamente, esa bendición también precipita que seamos uno de los países más desiguales de América Latina. Para dar una idea de ello, las personas más ricas en Colombia son cinco familias desde la época de la colonia, y el resto, casi cuarenta millones de ciudadanos, vive en la extrema pobreza, al punto que el rebusque es la única fuente de empleo para millares de hogares.

Vivir tanta gente en condiciones de marginalidad llevó a que los niños y jóvenes, entre otros grupos, sean presa fácil de la delincuencia común, como también de los actores ilegales que hoy nos convierten en el segundo país en víctimas de la guerra interna que desangra al país, día a día. Casi ocho millones de víctimas. Es un dato espeluznante. Y el 70 por ciento de ellas son de raza negra, lo que da una idea particular de la textura social de mi país.

—Con lo que nos dices, cuesta imaginar el abismo de desigualdad y violencia que nos comentas, más aún, teniendo en cuenta la diversidad racial que hay en tu país… Puesto que tú eres de raza negra, te invitaría a que nos explicaras el origen de la población negra en Colombia y nos contaras qué representa en el conjunto del país.

—Gracias por esta pregunta. Te comento que las élites colombianas sufren un exacerbado narcisismo, se sienten descendientes directos de los europeos, por lo que han mantenido una idea de pureza racial que contrasta con una mínima ojeada al territorio colombiano, donde el ojo se percata inmediatamente que somos un pueblo bastante colorido, producto del fenómeno histórico de la trata y la esclavitud africana.

Hoy somos alrededor de cinco millones de ciudadanos los que nos reconocemos como parte de la comunidad negra en Colombia. Este no es un dato menor, ya que el Estado nacional siempre ha querido negar esa presencia por la vía del subregistro de esta población y, con ello, bajarle la temperatura a las demandas por la dignidad que aparecen desde el mismo momento de la historia africana.

—Tú has sido una gran defensora de la negritud y, en concreto, de la negritud colombiana. Ya que eres profesora, ahora te pregunto: ¿cómo la viven los niños y niñas negros su identidad racial, ya que este es el tema de tu tesis doctoral?

—Es cierto. Parte de mi activismo se basa en la visibilidad de los niños negros que parecen no existir ni en la academia colombiana, ni en la política pública, ni curiosamente para el mismo movimiento de la negritud que moviliza una agenda bastante nutrida por la eliminación del racismo y la discriminación racial.

A pesar de ello, se documentan pocos casos de racismo con niños escolarizados y ese es el objetivo central de mi tesis doctoral: explorar cómo se expresan los niños pintando su negritud a sabiendas de la existencia de un color, conocido como ‘color piel’, que los obliga a colorear el cuerpo con esa única tonalidad. Esa situación hay que frenarla, porque les causa sufrimiento y les obliga a socializarse en cuerpo ajeno. En consecuencia, hay una identidad racial ambigua desde ese tipo de sujeto y, por mi parte, estoy encantada de contribuir a dar a conocer esta situación.

—Pasemos a otro tema. Durante años, Colombia vivía sumida en un largo conflicto armado en el que participaban las guerrillas de las FARC y el ELN, las que mayor tiempo de existencia han tenido en América Latina. Para resolverlo, se abrió un proceso de paz de las FARC con el Gobierno que culminó el 24 de noviembre de 2016. ¿Cómo se ha vivido ese proceso con la guerrilla más numerosa de tu país?

—El proceso de paz tiene muchas complejidades. Así, desde que se armó la guerrilla hasta hoy no se ha podido resolver porque hay fracciones de las hegemonías colombianas a las que les conviene la guerra, para venderle al ciudadano que es necesario la creación de ejércitos locales de quien pueda pagarles.

De este modo, el surgimiento del paramilitarismo está atado a esa idea de que el Estado no protege a la ciudadanía, ni ha sido eficiente en la eliminación de los carteles de la droga o las armas. Pero sí logra movilizar su artillería cuando se trata de la gente de a pie que grita y clama por los bienes más básicos de la sociedad: empleo, salud, educación. La ausencia total del Estado para responder por los derechos más elementales hizo que grandes grupos de guerrilleros no se desmovilizaron y, por ello, la masacre de líderes siguió contando víctimas en paralelo a ese proceso. Además, sectores de los paramilitares o autodefensas, no sintieron confianza en el mismo Estado para dejar su actividad delictiva, así que existe un proceso de paz en medio de la guerra.

—Si pasamos a la actualidad nos encontramos con un fuerte conflicto social. ¿Cómo se origina ese estallido social que por estas fechas sacude a Colombia? ¿Cuáles son los motivos de esa movilización tan grande? ¿Por qué esa represión tan brutal en la que participa el ejército?

—Las personas comprometidas en Colombia siempre participan en movilizaciones porque las trampas del Estado están al orden del día. La corrupción, el clientelismo y demás males de los gobiernos de turno, hacen que siempre estemos a la vanguardia de las querellas por un buen vivir; sin embargo, a pesar de las protestas por el incremento desmedido de impuestos que llegan directo al bolsillo de los políticos, este presidente presentó un texto desvergonzado que generó el estallido que hoy nos hace famosos en el mundo entero.

Vale decir que encima de todos los males sociales de este pobre país, se pretendía gravar más la base de la canasta familiar de productos, como los huevos, que se volvían inalcanzables para las familias colombianas. De ese tamaño fue la gota que derramó la copa. La gente se lanzó a la calle a pesar de las dramáticas muertes por covid, bajo el lema de que si el virus no te mata, el gobierno lo hace sin ningún sonrojo.

Este histórico paro derrumbó la reforma aprobada, también al ministro de Hacienda y algunas estatuas coloniales, al tiempo que generó unos bloqueos sin antecedentes en la historia reciente colombiana. Por supuesto que el costo en vidas humanas es la página más dolorosa de esta historia, y demostró que el modelo político se derrumba en mil pedazos. Para seguir pegando el país a su antojo, se requiere la fuerza desmedida del Escuadrón Móvil Antidisturbios (ESMAD) y la militarización de territorios enteros. Por ello han muerto todas esas personas, que no estaban haciendo otra cosa que protestar pacíficamente contra el estatus quo.

—En medio de esta situación tan convulsa de tu país, para finalizar, me gustaría que brevemente nos apuntaras cuáles son tus horizontes de esperanzas y hacia dónde crees que camina tu país.

—Mis estudios tienen que ver con la escuela y los sujetos negros que transitan por esa institución. No puede haber lugar a la desesperanza si, después del paro, nace un país garante de los derechos humanos. Entonces, creo, que todo este tiempo de sacrificio valió la pena. Es posible que siga el baño de sangre porque el gobierno no quiere entender que los jóvenes están especialmente decididos a cambiar la estructura en la que ellos no tienen futuro. Estudian con todo el esfuerzo de su parentela para que al salir de un pre o posgrado y resulta que no encuentran fuentes de empleo. Y si eres un joven negro peor será la situación.

Así que, Aureliano, quiero agradecerte esta entrevista que me haces porque ayuda a que muchas personas puedan entender lo que está pasando en Colombia y posibilite que nos sigan acompañando en una sociedad cuya única aspiración es vivir dignamente. Un abrazo también para los lectores de estas columnas.

AURELIANO SÁINZ
  • 30.5.21
En el mismo día que escribo estas líneas (lunes, 24 de mayo de 2021) un genio de la música llamado Robert Allen Zimmerman nacía hace ochenta años en la pequeña ciudad de Duluth, que se encuentra en las orillas del lago Superior, en el Estado de Minnesota.


No sé si hubo algo premonitorio en la familia Zimmerman, pero lo cierto es que ese niño que posteriormente se metamorfoseaba con el nombre de Bob Dylan acabaría siendo una de las personas que mayor impronta ha dejado no solo dentro del mundo de la música, sino también en el campo de las letras que acompañaban a sus canciones, pues como ya sabemos se le concedió el Premio Nobel de Literatura en 2016.

Toda una extensa vida creativa que comienza en los inicios de la década de los sesenta del siglo pasado y que se alarga, como si fuera una senda serpenteante con sus vueltas y revueltas, hasta llegar a estos días del convulso siglo veintiuno.

Evidentemente, no tiene ningún sentido que yo haga ninguna semblanza de este genial personaje; en cambio, sí puedo declarar mi larga admiración por él manifestando que hace exactamente diez años, en este mismo medio, escribí un artículo titulado Que setenta años no son nada, aludiendo, con cierto tono de incredulidad, que ya había cumplido siete décadas y rememorando la primera actuación que llevó a cabo en la capital de nuestro país y a la que con enorme entusiasmo acudí con dos amigos.

Pero, como bien sabemos, el tiempo es implacable y no se detiene, camina impertérrito sin atender a nuestros deseos de que en algún momento se parase y, así, pudiéramos contemplar la existencia propia y ajena desde una atalaya tan alta que nos posibilitara visionar sin perder detalle de todo lo ocurrido en tantos años.

Entonces, ¿qué puedo yo contar ahora de este excepcional músico después de haber seguido sus pasos y haber escrito en diferentes ocasiones sobre algún aspecto de su larga y fructífera trayectoria?

Creo que, para no quedar en la mera anécdota, lo más razonable sería traer a colación el primero y el último de sus álbumes en esta breve reseña, para así mostrar que entre ambas grabaciones han transcurrido casi sesenta años. ¡Nada menos que seis décadas de creatividad ininterrumpida!


Comenzamos, pues, remontándonos al 19 de febrero de 1962, que es la fecha en la que apareció el primer álbum de un joven Bob Dylan que contaba con tan solo 20 años.

Como suelo comentar de modo habitual los diseños de las portadas, en este caso vemos al autor en una fotografía a color, en primer plano y ángulo contrapicado. Porta gorra negra y cazadora de piel con cuello vuelto hacia arriba, al tiempo que sostiene con las dos manos su guitarra con total confianza.

En la parte superior de la izquierda aparece el logotipo del sello Columbia en el que grabaría sus éxitos, mientras que, en el lado derecho y debajo de su nombre, se despliegan los títulos de las trece canciones que contiene el álbum.

Desde ese espacio cuadrado nos mira con gesto arrogante y clara autosuficiencia, como si estuviera totalmente seguro de sí mismo, al tiempo que parece decirnos: “Miradme bien despacio, porque, aunque no os lo creáis, os encontráis ante un genio que va a revolucionar el mundo de la música”.

Quizás exagero en esta apreciación; sin embargo, atendiendo a los comentarios de su productor, John Hammond, tengo que indicar que fue un auténtico suplicio grabarle las canciones, dado que no atendía a las instrucciones que se le daban desde la mesa de mezclas, ni siquiera el que acercara su boca al micro para que se le escuchara bien.

En aquellas fechas, Dylan, con su característica voz nasal, se acompañaba solamente de la guitarra acústica y de la armónica, sin que fuera consciente de que para un productor el disco que estaban grabando era un producto que saldría al mercado y que debería tener buena acogida con el fin de que fuera un álbum vendible.

Eran sus inicios, y el joven cantante de Duluth no atendía a los requerimientos comerciales. Así, de los trece temas grabados, solo dos estaban firmados por él mismo. Se trataba de Talkin’ New York y Song to Woody; el resto eran composiciones de otros autores, entre los que se encontraba, cómo no, su admirado Woody Guthrie, una auténtica leyenda de la canción popular estadounidense.

Como curiosidad, tengo que apuntar que en este primer álbum también aparecía la tradicional The House of the Rising Sun (La casa del sol naciente), que dos años después se hizo muy popular en la versión del grupo británico The Animals.


Antes de pasar al último de sus discos, tal como he apuntado, no me resisto traer la portada de su tercer álbum por el gran cambio que supuso en la imagen de Dylan (que, por cierto, fue el tema prioritario en el diseño de la mayoría de sus carátulas, hasta que bien avanzado en edad desapareció su imagen de las portadas para presentar los álbumes con otros temas visuales).

Me estoy refiriendo a The Times They Are a-Changin’, aparecido dos años después en 1964. En medio de ambos trabajos, había publicado The Freewheelin' Bob Dylan, un rotundo éxito al contener canciones como Blowin’ in the Wind, Masters of War o A Hard Rain´s a-Gonna Fall que se convirtieron en auténticos himnos de aquella generación.

Como podemos ver, en este tercer álbum se nos muestra a un Dylan fotografiado en blanco y negro, en un primer plano, con rostro serio y los ojos entornados, como si estuviera concentrado en sí mismo. Una imagen totalmente alejada de la primera, ya que ahora intencionadamente se pretende mostrar a un cantautor maduro, algo huraño y desmañado, cuando curiosamente solo tenía veintitrés años.

Disco, por otro lado, inolvidable, ya que contenía la que sería una de sus canciones más emblemáticas, que era la que daba el título al álbum y que acabó convirtiéndose en un verdadero himno a la esperanza, de modo que la expresión de “los tiempos están cambiando” sería la referencia de toda una generación que renegaba de gran parte de los valores de quienes la precedieron.


Con el último disco de Bob Dylan damos un enorme salto desde que comenzó sus grabaciones de estudio en 1962 hasta el 2020, año en el que vería la luz su más reciente álbum, aparecido en medio de la pandemia que marcará un antes y un después en nuestra historia. Se trata de Roug And Rowdy Ways, que hace el número treinta y nueve de los grabados en estudio.

Tal como he apuntado, en la mayoría de sus últimos trabajos se acudió a diseñar escenas en las que el rostro o la figura de Dylan no protagonizaban las portadas. En este caso se nos muestra una fotografía realizada por Josh, quien presenta una escena ‘retro’ de un posible bar de carretera en el que aparece una pareja bailando, al tiempo que otro personaje se encuentra mirando al jukebox para ver qué tema está sonando.

La escena nos remite a tiempos pasados, algo que, a fin de cuentas, es lo que pretende con este trabajo su autor: volver la mirada hacia algunas de las voces más populares del pueblo norteamericano. El propio título del disco es una referencia al cantante de country tradicional Jimmy Rodgers y de su canción My Roug And Rowdy Ways. También hay un homenaje a Frank Sinatra, a Jimmy Reed, uno de los bluesmen del Mississippi, a Billy ‘The Kid’ Emerson, etcétera.

Un magnífico recorrido que lleva a cabo el infatigable cantautor de Duluth, y, aunque solo fuera por su persistencia en no rendirse al paso del tiempo, merece toda nuestra admiración en estos tiempos de tantas ‘estrellas fugaces’ como pueblan el firmamento del espectáculo y de la música.

AURELIANO SÁINZ
  • 23.5.21
Uno no deja de asombrarse del modo en el que las noticias destacadas son seleccionadas por los medios de comunicación. Ya sabemos que los grandes medios están controlados por potentes grupos o consorcios que orientan sus programas e informaciones según sus criterios mercantiles e ideológicos, decidiendo lo que es importante y lo que no lo es, así como lo que debe aparecer en portada (o prime time, según la terminología audiovisual) y la forma en cómo presentarlo.


Hago esta pequeña reflexión porque me ha sorprendido que un hecho acontecido en Chile, a mi modo de ver de gran relevancia, no haya sido comentado por los medios televisivos y apenas citado por los impresos. Claro está que no es un acontecimiento espectacular ni calamitoso de esos que tanto gustan mostrar en los medios para impactar emocionalmente a la audiencia o a los espectadores, dado que nos encontramos en la denominada “sociedad del espectáculo”, tal como premonitoriamente vaticinaba el pensador francés Guy Debord décadas atrás.

Se trata de algo tan sencillo como que el pueblo chileno fue llamado a las urnas el domingo día 16 de mayo. Pero esta llamada a las urnas tuvo un significado muy especial, diferente a todas las convocatorias que habíamos conocido hasta ahora.

Era un llamamiento para votar por los 155 representantes que formarían la Convención Constituyente que, de modo paritario (77 mujeres y 78 hombres), redactarían la nueva Constitución chilena que sustituirá a la del dictador Augusto Pinochet que seguía vigente, aunque había sufrido ciertas reformas. El proyecto de Constitución que salga de esos representantes elegidos en las urnas tendrá que ser refrendado en el 2022 por la ciudadanía chilena.

Esta convocatoria contiene todos los especiales ingredientes para que fuera conocida en nuestro país, al ser la primera vez que en una democracia se le da directamente la voz al pueblo para que, a través de una amplia representación popular, debata y redacte un proyecto de Constitución, de modo que una vez elaborada vuelva de nuevo a la ciudadanía para que la refrende, de modo favorable o desfavorable, en una consulta. ¡Magnífica lección de democracia participativa de la que todos tendríamos que aprender!

Recordemos que la Constitución Española aprobada en 1978, tras la agonizante dictadura franquista, fue redactada por tan solo siete ponentes (todos hombres) a los que con cierto aire de solemnidad se les denominó ‘Padres de la Constitución’, como si fuera un texto cuasi sagrado al que habría que citarlo con reverencia, ya que parecía que se escribiera con el fin de que fuera eterno (lo cierto es que, tras más de cincuenta años, prácticamente, no se ha tocado).


Pero quisiera que volviéramos la mirada hacia el pueblo chileno, ya que este acto profundamente democrático no ha caído llovido del cielo; aunque no me voy a remitir a la historia de este país, ni a la memoria del inolvidable Salvador Allende, puesto que sirven acontecimientos recientes para que entendamos cómo las luchas populares marcan también el rumbo de los acontecimientos políticos.

Basta echar una mirada a casi dos años atrás. Si hacemos memoria y nos situamos en octubre del 2019, podemos recordar las grandes movilizaciones que se iniciaron en las calles del país andino, inicialmente, como respuesta a la subida de los precios de los medios de transportes públicos de la capital.

Hemos de tener en cuenta que estos medios son vitales en las vidas de los trabajadores. La postura del Gobierno no se hizo esperar: desproporcionada, brutal y despiadada, ya que, aparte de los miles de civiles que tuvieron que ser hospitalizados, murieron 32 personas por munición de las fuerzas del orden público.

Como respuesta a la dura represión de los carabineros, para el 25 de octubre se convocó una concentración que alcanzaría rango histórico, ya que la memorable “Marcha del millón”, solo en Santiago, la capital chilena, llegó a convocar 1.200.000 manifestantes.

Si tenemos en cuenta que Chile cuenta con cerca de 19 millones de habitantes, podemos entender que esta marcha pacífica fue el grito de rabia y de rebeldía de un pueblo que no soportaba más por el modo en que era gobernado por el actual presidente Santiago Piñera.

Como suele ser habitual en las grandes movilizaciones, aparecen frases que se convierten en símbolos de lucha y resistencia. En la chilena surgió “Nos costó tanto encontrarnos. No nos soltemos”, lema que se coreaba por los miles y miles de asistentes.

Ciertamente, tras tantos años de frío y duro neoliberalismo, ideología y política económica que predica que cada cual vaya a lo suyo, la gente que lo sufría de nuevo se encontraba, se reunía, se veían las caras, por lo que era preciso imaginarse unidos, sentir que todos formaban un cuerpo social que no debe desmembrarse.


Conviene recordar que este fue también el lema que utilizó el movimiento de las mujeres chilenas que, agrupadas bajo el nombre de “Las Tesis”, llegó a darse a conocer internacionalmente cuando crearon una performance en la que cantaban “Un violador en tu camino”. Era también una imaginativa expresión de rabia y de dolor para manifestar que cinco de cada seis mujeres habían sufrido violencia sexual y de género a lo largo de sus vidas.

Pues bien, estas luchas, estos movimientos sociales, no quedaron en el vacío. Confluyeron y se plasmaron, tal como he apuntado, en un acto profundamente democrático cuando se abrieron las urnas para que pudiera llevarse a cabo una experiencia inédita como es la de elaborar una nueva Constitución con la participación de todos los ciudadanos.

Una vez que fueron conocidos los resultados, los candidatos elegidos fueron los siguientes: la derecha oficialista de Santiago Piñera, que estaba acompañada del Partido Republicano (la extrema derecha chilena) obtuvo 37 representantes; la lista ‘Apruebo’ de centroizquierda logró 25 escaños; la de ‘Apruebo Dignidad’, la izquierda formada por el Partido Comunista y el Frente Amplio alcanzó 28 candidatos; quienes se presentaban como independientes lograron 48; finalmente, se reservaban 17 escaños fijos para los pueblos indígenas (mapuche, aimara, quechua, rapanui...).

La lista del partido gobernante no alcanzó siquiera la cuarta parte de los 155 escaños, lo que implicaba un rechazo de la mayoría de la población. Por otro lado, hay que tener en consideración el alto número de elegidos como independientes que habían participado en los movimientos sociales, con lo que se reconocía la importancia que tienen no solo los partidos políticos sino también esos movimientos sociales que habían empujado a la sociedad chilena hacia este cambio profundo.

Para cerrar, quisiera apuntar que, coincidiendo con las elecciones por quienes elaborarían el proyecto de un nueva Constitución, también se celebraban elecciones municipales.

A diferencia de lo que acontece en Europa donde asistimos al resurgir de los nuevos fascismos, o de las extremas derechas, en Chile se mira hacia los defensores de los derechos del pueblo. No es de extrañar, pues, que para la propia capital fuera elegida como alcaldesa la muy joven Irací Hassler, ingeniera comercial, o que fuera renovada la alcaldía de la ciudad de Recoleta en Oscar Daniel Jadue, arquitecto y sociólogo, ambos militantes del Partido Comunista de Chile.

En medio de la confusión y del desconcierto en el que vivimos, la ejemplar experiencia chilena se nos muestra como un faro de esperanza en el sentido de que es posible confiar en una profundización de la democracia como horizonte ante la desconfianza que suscitan en los distintos sectores sociales las innumerables injusticias y atropellos que se dan en un mundo que parece caminar sin rumbo.

Antes de concluir, me gustaría indicar que las fotografías que acompañan al artículo me han sido proporcionadas por la profesora chilena Rosa Cristina Gaete, quien, cordialmente, me ha facilitado algunas de las informaciones relevantes para su elaboración.

AURELIANO SÁINZ
FOTOGRAFÍA: ROSA CRISTINA GAETE
  • 16.5.21
Quienes se acercan por primera vez al arte de los niños comprueban que sus dibujos están cargados de ensueño, ingenuidad y fantasía. Es pura delicia ver esas escenas, las sorprendentes figuras que han plasmado y esos extraños personajes que se nos antojan como extraídos de un insólito mundo que, a los adultos, a fuerza de realismo, ya nos cuesta imaginar por nuestra cuenta, por lo que nos sacan una sonrisa cuando pensamos que un día también nosotros creíamos que el mundo estaba poblado de extraños y misteriosos seres con los que podíamos dialogar e, incluso, mandarles órdenes, a cual más caprichosa.


Esta grata sorpresa les suele acontecer a los padres jóvenes, cuando, asombrados, descubren que su hijo pequeño despliega un mundo gráfico que ellos no conocían previamente, puesto que no suele ser habitual la tradición de guardar sus dibujos puesto que no suelen darle gran importancia, ya que están realizados en una superficie que es el papel y con materiales tan modestos como son los rotuladores o lápices de colores.

Bien es cierto que hay padres o madres que acogen con cierto entusiasmo estas primeras creaciones infantiles y las suelen colocar en un tablero en la pared o en la puerta del frigorífico. Incluso, algunos entienden que merece la pena conservarlas y las guardan en una carpeta, que se la abrirán cuando tenga más edad, con lo que la sorpresa para sus autores queda aplazada para tiempo después.

Puesto que llevo muchos años trabajando en esta temática, algunos padres me entregan trabajos de sus hijos para que se los comente y les explique el significado de las escenas que han plasmado. Hay ocasiones que he estado presente en la realización de los dibujos, por lo que son los pequeños autores quienes me los regalan sabiendo mi interés por sus “pequeñas obras de arte”, tal como les suelo decir.

Al cabo del tiempo me he hecho con un amplio archivo de dibujos que tengo escaneados y archivados por temáticas, que, habitualmente, son bastante diversas.


Entre todas ellas hay una que apasiona a los más pequeños: dibujar dinosaurios. La verdad es que no sé de dónde procede el entusiasmo por esos grandes ‘monstruos’ ya desaparecidos de la faz de la Tierra. Quizás se deba al éxito de algunas películas como Parque Jurásico, a los libros ilustrados en los que aparecen o a su difusión y reproducción en juguetes. Lo cierto es que esa pasión por el mundo de estos enormes carnívoros y herbívoros continúa con el paso de los años.

Un ejemplo de lo que indico es la reciente instalación en un descampado de Córdoba de una gran carpa en la que se podían contemplar la reproducción de varios de ellos al tamaño que originalmente podrían tener, lo que despertó el entusiasmo de niños y adolescentes que acudían acompañados de sus padres para ver si eran capaces de contener el miedo que podrían suscitarles, dado que una cosa es verlos en el cine y otra observarlos directamente, aunque en el fondo fueran robots gigantes.


Esta instalación me animó a buscar en la ‘memoria externa’ del ordenador en la que archivo miles de dibujos. Mirando en ella localicé los dibujos que, años atrás, realizaba Roberto de los dinosaurios cuando tan solo contaba con unos cinco años.

Por entonces, a Roberto le apasionaba el mundo de los dinosaurios, de modo que tenía varios libros ilustrados con excelentes láminas, en las que se mostraban a esos enormes bichos de forma detallada y en las que, lógicamente, aparecían sus nombres y todas las características de cada uno de ellos.

Yo jugaba con él a preguntarle, y comprobaba que se lo sabía todo. Pero lo más sorprendente para mí eran los dibujos que realizaba con bolígrafos en los folios que le proporcionaban sus padres.

Eran de un trazado preciso, seguro e impecable a la hora de plasmar los contornos y las posturas de las figuras de los distintos dinosaurios. No le hacía ninguna rectificación; cosa bastante difícil, puesto que como todos sabemos el trazado de líneas con los bolígrafos, a diferencia de las que se realizan con lápices, no se puede borrar.

Además, cuando dibujaba otro de menor tamaño era porque quería manifestar que ese dinosaurio se encontraba alejado. Esto es un hecho bastante sorprendente para los años que tenía, dado que a su edad los niños no han adquirido todavía la capacidad de expresar la profundidad del espacio con la disminución del tamaño de las figuras.


Roberto también sabía que esos enormes animales desaparecieron por el impacto de un meteorito que cayó del espacio sobre la superficie de la Tierra hace unos 65 millones de años, por lo que ahora no era posible verlos vivos. Es la razón por la que en uno de sus dibujos plasmó una escena en la que aparece un dinosaurio que mira hacia arriba contemplando una especie de bola que se acerca a toda velocidad, mientras que otro se agachaba, como si temiera el impacto que se iba a producir.

Han pasado los años y ahora Roberto es un joven adolescente que se encuentra inmerso en el mundo digital, como todos los de su generación, en el que predomina la infinidad de imágenes que pueden registrarse y archivarse con las cámaras de los móviles. El dibujo, en la mayoría de ellos, pasa a un segundo plano. No obstante, es posible que recuerde su pasión infantil por ese mundo enigmático y sorprendente en el que esos gigantes reinaban en la Tierra a su antojo.

De todos modos, tal como he indicado al principio, no deja de sorprenderme que la historia se repita y a los más pequeños (caso de mi nieto Abel, con solo tres años) ya empiezan a apasionarse con estas grandes fieras. Claro está que los niños más pequeños no acudían a verlos a esa carpa en la que se encontraban instalados, pues se asustarían muchísimo al comprobar lo grandes que eran y los rugidos (mecánicos) que emitían. Para ellos no dejan de ser animales fabulosos que se mueven al ritmo de los cuentos y relatos mágicos que bullen en sus mentes.

AURELIANO SÁINZ
  • 9.5.21
Creo que ya es conocida por la mayoría de la población del planeta la brutalidad con la que un sector de la Policía estadounidense trata a la gente de raza negra de ese país. Las imágenes filmadas del asesinato de George Floyd, siendo asfixiado en el suelo con la rodilla puesta en su cuello por el agente Derek Chauvin, dieron la vuelta al mundo, generando una ola de indignación de todos los que nos sentimos profundamente antirracistas.


Este era el enésimo caso de ese racismo que existe no solo en el estamento policial, sino también en una parte de una población, especialmente la sureña, que desprecia a sus compatriotas de raza negra, ya que estos son los descendientes de aquellos esclavos que fueron arrancados de sus países africanos para ser llevados a trabajar en condiciones crueles, porque se les había quitado la condición de seres humanos al ser considerados como animales para ser explotados, especialmente, en los campos de algodón con el fin de que sus dueños obtuvieran los mayores beneficios de esa mano de obra.

Pero no es solo en Estados Unidos donde hay una numerosa ciudadanía negra heredera de aquella esclavitud. También existe en el Caribe y en otros países que estando en el continente suramericano, caso de Colombia, no olvida sus raíces africanas que perviven tanto en el color de su piel como en muchas de sus ancestrales tradiciones.

Y si cito a Colombia (país que por estas fechas sufre una fuerte convulsión social en forma de revuelta popular, y brutal represión policial, ante la subida de los impuestos que grava duramente a las clases populares) es porque una amiga, profesora universitaria colombiana, está llevando a cabo una investigación en su tesis doctoral para averiguar el nivel de aceptación que niños y niñas de ocho años sienten sobre su propia negritud a partir del color de su piel.


Sobre este tema he hablado extensamente con ella y uno de sus directores de tesis, catedrático de la Universidad Pablo de Olavide de Sevilla, ya que es en esta ciudad donde defenderá su trabajo. El debate se ha producido porque se les pedía a esos escolares que se dibujaran a sí mismos en una hoja en blanco, con el fin de averiguar si se representaban con el color de su propia piel o si tenían dificultades para aceptarse como tales ante las miradas ajenas. Lo cierto es que había un amplio número que dejaba sin colorear el rostro, sintiendo inseguridad sobre su propia identidad racial.

Esta profesora, que nos ha explicado a grandes rasgos cómo es la población negra de Colombia, se siente preocupada porque los escolares que ella ha estudiado tengan esa incertidumbre acerca de su propia raza y del color de su piel, dado que la identificación con los propios rasgos físicos es también una forma de adhesión a la cultura y las tradiciones de un pueblo al que ellos pertenecen.

De todos modos, esta inseguridad también puede ser la expresión visible de que ellos sienten que no tienen el mismo reconocimiento que sus compañeros de raza blanca. Y no solo porque la blanca sea cuantitativamente mayoritaria, sino porque, a pesar de su corta edad, perciben que se encuentran relegados en sus vidas cotidianas.

Reflexionando sobre esta cuestión, compruebo que en ocasiones surgen conexiones inesperadas que amplían la perspectiva que se tenía de un determinado trabajo. Es lo que me ha sucedido al relacionar la tesis citada con otra que estoy supervisando y en la que se estudian las emociones (positivas y negativas a través del dibujo) de los escolares de algunos centros de enseñanza Primaria de España y Portugal.

Así, en los casos de escolares de raza negra que habíamos encontrado en los dos países de la Península ibérica no se producía la situación que se nos expresaba de Colombia. Bien es cierto que en este segundo caso se trataba de niños y niñas negros que se encontraban en colegios en los que mayoritariamente eran de raza blanca, pero había algunas circunstancias distintas a las de América Latina.

En el caso portugués, los trabajos del dibujo de la familia o de los propios escolares acerca de cómo se veían a sí mismos se realizaron en dos colegios de la periferia de Lisboa. Para entender sus dibujos, hay que saber que la población negra que reside en Portugal procede en su mayoría de las antiguas colonias (Angola, Mozambique, Cabo Verde…) que finalmente tuvieron el estatus de provincias, por lo que sus habitantes podían adquirir la doble nacionalidad.

Si nos remitimos al caso español, el país que primero fue colonia y después provincia es Guinea Ecuatorial, con una pequeña población en el conjunto de ese gran continente que es África. Así, la población negra en nuestro país es bastante minoritaria; aunque los racistas (y el racismo que se extiende en la actualidad) crean verlos por todos los lados.


De este modo, los dibujos que hemos recogido de escolares de raza negra no han sido numerosos en España; a diferencia de Portugal, que aparecieron en bastantes casos. Lo que sí podemos afirmar es que en sus autores no se ha producido ninguna incertidumbre a la hora de colorear las figuras que los representan con el tono cromático más cercano a su piel.

Es lo que acontece con el primero de los dibujos que he seleccionado de una niña de ocho años, cuyos padres (él, de origen senegalés y ella, española de nacimiento y de raza blanca) aparecen en el dibujo de la familia que propusimos en el aula. La pequeña no tuvo duda en representarse con el mismo color de piel que el su padre, así como el de sus dos hermanos más pequeños. Ella sabe que su madre tiene una piel de tono más claro, pero esto no le supuso ningún problema.

El segundo de los dibujos que muestro corresponde a una alumna de diez años de un colegio portugués. La niña se representó, en el tema de dibujarse a sí mismo, en plano medio y con el color que ella consideraba más cercano al de su piel.

¿Esto quiere decir que en la Península ibérica el racismo es menor que en América Latina? No lo creo. Sucede que las historias que subyacen en estos escolares han sido bien distintas y que, de algún modo, se ven reflejadas en sus dibujos.

Y ahora que voy cerrando este tema, explicaré el sentido del título de este escrito, ya que en nuestro país, como en otros de Europa, avanza peligrosamente el racismo y la xenofobia, a caballo de partidos de extrema derecha que emergen como supuestos salvadores en períodos de grandes crisis sociales.

La razón se encuentra en que, quizás con un paternalismo difuso, se ha extendido el eufemismo de llamar “gente de color” a quienes son de raza negra. Esto no tiene ningún sentido, porque todas las personas tenemos algún tipo de color en los diversos pigmentos de nuestra piel, sean más claros o más oscuros. No existe una población que represente la ‘pureza racial’, como sostenían los nazis con respecto a la raza aria.

A fin de cuentas, todos somos herederos de aquellos primeros humanos que procedentes de África, según nos informa la Antropología, acabaron saliendo de su entorno natural para extenderse, con el paso de los milenios, por todos los confines del planeta. Y ahora, con la brutalidad y la ignorancia que nacen del racismo y la xenofobia, algunos desprecian a quienes llevan las huellas de los primeros pobladores de la Tierra.

AURELIANO SÁINZ
  • 2.5.21
Es normal que cuando dos amigos se encuentren después de largo tiempo sin verse, vayan recorriendo todos los escenarios conocidos por ambos: desde la familia, el trabajo que cada uno desarrolla, los proyectos pendientes o el convulso panorama actual de nuestro país, hasta los lejanos recuerdos compartidos que nos retrotraen a tiempos que archivamos en nuestras memorias,


Y uno de esos gratos recuerdos que comparto con el periodista Manolo Bellido son las visitas que con frecuencia hacíamos a los rastrillos de Fuengirola y Torremolinos para ir mirando, caja por caja, los elepés (en su caso) y los cedés (en el mío).

Sobre nuestras aficiones musicales, tengo que apuntar que yo cerré la compra de vinilos hace años, a pesar de que ha habido una sorprendente recuperación de este formato; en su caso, siente una verdadera devoción por esos discos de gran tamaño cuyas fundas suelen ser pequeñas joyas del diseño gráfico.

Estas visitas estaban precedidas por mis idas a Torremolinos en fines de semana. Yo solía subir, solo o con Manolo, al altillo de la casa, lugar en el que acumula cientos y cientos de vinilos, tantos que yo me preguntaba si un día no se hundiría el forjado ante el enorme peso que estaba soportando. Pero esto era una mera especulación, pues como arquitecto sé que se construye con materiales que aguantan mucho más de lo que la gente suele imaginar.

Estos recuerdos, inevitablemente, asomaron en la charla que iniciamos la semana pasada y a la que ahora doy continuidad en esta segunda entrega.

* * *

—Recuerda, Manolo, que habíamos cerrado nuestra plática en los libros que habías publicado. Quedaba pendiente por comentar ese magnífico trabajo cuyo título inicialmente desconcierta, puesto que para los que no están inmersos en el mundo del vino pueden creer que has cometido una falta de ortografía en el título al poner ‘vinario’ en vez de ‘binario’.

—Tienes razón, ha llegado el momento de hablar de Arte vinario y otros majuelos. Por hechuras y por contenido, considero que este sí es, con todas las letras, mi primer libro. De entrada, tengo que agradecer al Ayuntamiento de Montilla que lo haya publicado y a Antonio Gázquez por haberlo cuidado. Tampoco habría sido posible sin las fotografías de Rafa Jiménez, que le dan una impronta netamente vinícola de principio a fin. Además, ha sido esencial la ayuda de Isabel Bellido y de Luis Clemente.

Mi hija, que sabe mucho de libros, ha obrado el milagro de que el texto, y su disposición, no parezca lo que es, el trabajo de un principiante, porque, insisto, este sí se puede decir, con todas las de la ley, que es mi primer libro, pues lleva hasta su correspondiente registro de ISBN. E, incluso, ya figura en la memoria de la Biblioteca Nacional y de la Real Academia de Córdoba, de lo que se ha ocupado José Antonio Ponferrada.

—¿Cómo has estructurado el libro? ¿Tenías claro hacia dónde te conduciría este trabajo?

Arte vinario y otros majuelos es mucho más de lo que yo esperaba cuando me puse a escribirlo, sin saber muy bien hasta dónde me llevaría. Está estructurado en cuatro capítulos, a modo de majuelos, esas porciones de viñas. Y es el vino lo que le da cohesión.

A lo largo de sus páginas, con profusión de datos, se habla de vides y de vidas. A ratos, es un texto confesional, en el que yo mismo, como periodista, estoy metido. Es un juego literario que invita a adentrarse en un laberinto interconectado por puentes, vínculos y pasadizos insospechados.

También, como una ramificación más, ofrece la posibilidad de descubrir quince anuncios de bodegas de Montilla-Moriles, pertenecientes a la llamada "Edad de oro de la publicidad en televisión", la del periodo del blanco y negro hasta la irrupción del color, algo que, curiosamente, coincide con el óbito del dictador Franco.

Esos spots, algunos rescatados de estanterías olvidadas, constituyen un tesoro audiovisual, al que se puede acceder por medio de un código QR, otro vericueto más de un libro que, por encima de todo, tiene espíritu periodístico.


—Antes de que pases a hablarme de tu profesión como periodista, te agradezco que me hayas proporcionado las dos fotografías que aparecen en esta entrega: en la de la portada se te ve en los estudios charlando con el actor y director de cine Jaime Ordóñez y en la segunda te encuentras con la actriz Fiorella Faltoyano. Y, ahora, siendo concisos, me gustaría que me explicaras cómo ves el periodismo en el mundo digital en el que nos encontramos inmersos y si no sientes que hay una especie de ritmo vertiginoso que acaba desbordándonos.

—Creo que lo que vive el periodismo desde hace años ya no es una mutación, es un centrifugado. Da la sensación de que el soporte tradicional, el papel impreso, está expirando. Lentamente, pero agoniza. A pasos agigantados se ignora el periódico como lo hemos conocido hasta ahora. Incluso, en las propias facultades de Comunicación no es bien recibido. He visto ejemplares apilados, de distribución gratuita (ni siquiera hay que pagar por cogerlos). Por la tarde está el mismo montón que había por la mañana. Nadie le presta atención. Ni los periodistas del futuro, ni tampoco los que les enseñan el camino. Su sitio, cada vez mayor, lo ocupan los medios digitales.

Medios independientes o no, francotiradores, panfletos… aumenta el ruido en las redes sociales. El exabrupto tiene arrinconada a la reflexión. Se prioriza la bronca, la chulería, el desprecio… No es una visión negativa: es lo que hay. La Red es infinita y en ella, cómo no, cabe el periodismo que se sustenta en un trabajo riguroso. La cosa es abrirse paso en la refriega.

Un terminal tiene una capacidad ilimitada de recibir y emitir información; lo importante es marginar las noticias tóxicas, no dejarse arrastrar por ellas. Pero el espacio digital es incontrolable, campean en él las opiniones desmesuradas, no la información contrastada.

La única vacuna contra este pernicioso ‘virus’, más violento de lo que se pueda creer, es tener una sólida formación, un criterio robusto que te permita identificar y rechazar los mensajes, muy abundantes, orientados a la manipulación, tan peligrosos… En este aspecto, claro, hay un verdadero peligro.

No es exagerado argumentar que ese ritmo vertiginoso al que te refieres acabe por desbordarnos, como ya está sucediendo. Pero, fíjate, también aquí, ahora que el periodismo tradicional parece abocado a su final, es un oficio que tiene que seguir desempeñando su papel, el de informar si no con la verdad por delante, sí al menos con los datos precisos para llegar a ella.

—Puesto que nos toca ir cerrando, no quisiera dejar de lado una de las aficiones que siempre hemos compartido como es la relacionada con el mundo musical. ¿Sigues con la ‘adicción’ del coleccionismo de vinilos? ¿Acudes a los rastros y a las ferias de los discos antiguos imaginando que encontrarás algún ‘tesoro’ en forma de vinilo?

—Hablando de tesoros… Los discos, mejor si son de vinilo, son objetos especiales. En ellos no solo hay excelente música (no siempre, claro); son piezas en las que se aúnan varias disciplinas artísticas, entre ellas, la imprenta. Contienen canciones, también instrumentales y grandes arreglos orquestales, que muchas veces nos llegan envueltos en maravillosos diseños gráficos. Fotógrafos eminentes, dibujantes, pintores… qué sé yo, nos han dejado fabulosas cubiertas.

El gozo se multiplica si la carpeta del disco es desplegable, lo que aumenta la capacidad de lucimiento del autor. Hay ediciones troqueladas, con imaginativas soluciones que, más allá de la calidad o no de la música, atrapan y magnetizan. De hecho, hay grabaciones que se identifican antes por el concepto gráfico que por el propio título de la obra en cuestión.

Me encantan los vinilos, su tamaño, la textura, el cromatismo e incluso la utilización audaz de la caligrafía, la disposición de las letras, con composiciones que parecen darle movimiento y vida propia a la portada, combinando colores y tipografía. Hay auténticas preciosidades.

A veces, he comprado discos simplemente por poseer un diseño atractivo. En muchas ocasiones, una buena carátula ya avisa de lo que vamos a encontrar dentro, entre esas apretadas estrías negras. El coleccionismo de vinilos es inagotable. Y sí, por supuesto, acudo a rastros y ferias de coleccionismo (más lo primero que lo segundo), buscando sorpresas, este o aquel descubrimiento. Y sucede, claro que sucede. Hay competencia, buscadores profesionales que exploran mercadillos incesantemente.

Con el tiempo, llega un momento en que, digamos, tienes más que cubierta una discoteca básica. Eso está bien. Pero es ahí, justamente, donde empieza la aventura. El acicate es localizar grabaciones raras, ediciones muy limitadas, y sobre todo artistas que están más allá de lo consabido, esto es lo verdaderamente excitante.

En los rastros de la Costa del Sol se aprende sobre la marcha. Es una cátedra ambulante en la que pululan grandes doctores, especialistas, sabios consumados de saber enciclopédico: de ellos aprendo mucho más de lo que se pueda imaginar.

—Ahora sí que cerramos con unas preguntas algo personales. Ya has superado los sesenta años, por lo que pienso que la jubilación se te va acercando, que te toca en el hombro como diciéndote que no te olvides de que tu tiempo activo se acaba... ¿Tienes miedo de entrar en el “club” de los jubilados? ¿Qué perspectivas y cómo piensas organizarte lejos de los medios de comunicación con los que has vivido siempre?

—Bueno, podría recurrir a aquello tan cinematográfico de Escarlata O´Hara: “Ya lo pensaré mañana”. Pero, tienes razón, como dices los plazos van venciendo. Objetivamente estoy en el tramo de salida, cuando ya se empieza a vislumbrar la jubilación. Lo importante, para mí, es llegar pletórico a ese momento. Y así está siendo hasta ahora.

Canal Sur Televisión (no hay que olvidar que es el medio de comunicación más implantado y poderoso en nuestra comunidad) me ha dado la oportunidad de vivir a tope todas las posibilidades de esta vocación. Nunca me he aburrido, ni me he sentido desmotivado. He sido reportero, he ejercido la información deportiva, he cubierto, intensamente, casos de corrupción, tragedias, ajustes de cuentas, elecciones, cambios políticos, macrojuicios, asesinatos… Es difícil sucumbir a la desidia y al desánimo en esta profesión tan agitada, y más en Málaga, una provincia que lidera la economía y la cultura en Andalucía.

De otra parte, siempre me he sentido atraído por todo lo referido al mundo del espectáculo y de las letras, donde Málaga también es muy profusa e incluso asombrosa. Mi forma de ser me empuja a no quedarme quieto, ni física ni mentalmente. Bullen ideas que, alguna vez, quizá se puedan concretar, sobre todo cuando disponga de más tiempo, una vez liberado de horarios laborales.

Sin embargo, nunca me ha parecido que haberse ajustado a unas estrictas jornadas de trabajo haya supuesto, para mí, un sometimiento, ni nada por el estilo. He entendido el trabajo reglado, el pertenecer a una redacción, como una aventura diaria, llena de posibilidades y variantes como lo es, en sí misma, la misma vida. He estado en múltiples foros, he viajado por el mundo y he conocido y tratado a gente que admiro.

Y todo esto solo puede atribuirse a un ejercicio que nos pone permanentemente en contacto con la realidad. He pisado alfombras y el barro me ha llegado a las rodillas en las inundaciones. Primero había que poner a salvo la noticia y luego, una vez hecha la información, también llegaba el momento de salir de allí, sin que el agua desmadrada nos ahogara. Vivo con entusiasmo y energía cada instante, y así será igualmente cuando suene la hora de la despedida de Canal Sur.

Entonces, es inútil oponerse a esto, habrá terminado esa larga etapa… pero empezará otra. Y, la verdad, tengo bastantes cosas proyectadas, unas en Montilla, otras en Málaga, los dos puntos en los que se viene apoyando mi vida. Ya veremos…

AURELIANO SÁINZ
  • 25.4.21
La anómala situación en la que vivimos ha dado lugar a que los encuentros entre amigos que residen en distintos lugares se hayan reducido considerablemente, por lo que había que acudir a las llamadas telefónicas para mantenerse en contacto y saber cómo iba la vida de cada cual.


Esto es lo que me aconteció con Manolo Bellido con quien mantuve la relación a distancia por medio del teléfono, hasta que recientemente, y con motivo de la publicación de su libro Arte vinario y otros majuelos, y que lleva como subtítulo El Montilla-Moriles en los libros, el cine y la televisión, pudimos encontrarnos en Córdoba.

Como la amistad que me une con Manolo se remonta allá por los inicios de los ochenta, me resultaría fácil hablar de un amigo, un amigo entrañable, pues es una de las mejores personas que he conocido en mi dilatada vida.

Pero de lo que se trata, en esta ocasión, es de dar a conocer su reciente publicación, al tiempo que ofrecer una breve semblanza de su trabajo profesional, aunque me imagino que muchos de los que leen estas líneas ya saben de él por su amplia trayectoria como periodista, dado que es coordinador de Informativos de Canal Sur en Málaga, al tiempo que uno de los rostros visibles, como director y presentador, del programa Una de cine en Andalucía Televisión.

Tal como he indicado, quedamos citados en Córdoba tras este largo impasse con el fin de departir tranquilamente, hablar de su reciente libro y poder traducir este encuentro a las páginas de los medios de Andalucía Digital.

Lo que no me esperaba es que la transcripción de lo que hablamos ocuparía tanto espacio, por lo que me ha parecido razonable realizar dos entregas del coloquio que mantuvimos. Esto, a fin de cuentas, se puede comprender, pues cuando dos amigos se ven de nuevo después de tanto tiempo se charla de todo, ya que no se trata de la entrevista convencional que habitualmente suele aparecer en los medios gráficos.

* * *

—Manolo, después de más de un año sin encontrarnos, sin vernos cara a cara, y aunque hayamos contactado por teléfono, me gustaría que comenzáramos hablando de la dichosa pandemia: qué piensas de ella, de sus consecuencias más significativas, cómo la has vivido y de las alternativas que te has buscado.

—De entrada, quisiera decirte que, a mi modo de ver, una de las numerosas consecuencias inmediatas de la pandemia del coronavirus ha sido la interrupción repentina de lo que venían siendo nuestras relaciones sociales, en particular las de amistad. No es que, de pronto, hayan desaparecido, no; simplemente es que, por fuerza mayor, ha habido que reencauzarlas por otras vías, al resultar imposible el contacto personal.

Así, de la noche a la mañana, se ha sistematizado el uso de puentes de comunicación virtuales como sucedáneos de los encuentros físicos en bares, en los lugares de trabajo o sencillamente en la calle, dando un agradable paseo mientras se charla o se platica, que dirían en algunos países iberoamericanos. O sea, que así como la covid-19 ha venido a acentuar esa tendencia creciente al teletrabajo, también nos hemos visto abocados, cada uno desde su casa, a la teleamistad, sin salir del cuarto o del salón.

—Es la primera vez que escucho la palabra ‘teleamistad’. En realidad no nos ha quedado más remedio que acudir a los medios tecnológicos para suplir la falta de contacto directo. De todos modos, y en mi caso particular, los lazos afectivos no se han visto muy deteriorados en esta situación tan singular; aunque sí compruebo que ha surgido un cierto sentimiento de fragilidad del que antes no éramos conscientes.

—Es verdad. Hemos estado recluidos forzosamente, pero dentro de esa situación anómala, hemos sido capaces de encontrar rendijas tecnológicas porosas a las relaciones afectivas de que somos capaces los humanos. Aparte de esto, la crisis sanitaria que aún padecemos (ya parece que en vías de solución) ha sido una advertencia, una bofetada por creernos seres tan envanecidos. Es que ha sido así, pese a los avances científicos.

De nuevo, un enemigo invisible ha puesto contra las cuerdas al mundo, provocando una inestabilidad económica y emocional de alcance desconocido aún. Lógicamente, lo queramos o no, nuestra vida diaria, nuestro esquema de convivencia, lo que llamamos "cotidianidad", se ha visto sacudida. Y, al instante, nada más decretarse el estado de alarma, hemos sido conscientes de nuestra tremenda fragilidad. En las primeras semanas del encierro, se abrió paso la ilusión de que todo esto nos iba a ser mejores personas.

Todavía podemos acordarnos que asistimos a muestras solidarias, a reacciones espontáneas de ayuda mutua y de cariño y agradecimiento a quienes estaban en primera línea de batalla: a los sanitarios, a las fuerzas de orden público, a los medios de comunicación, pero, por desgracia, esa sensación fue desvaneciéndose con el paso de los días y, al final, hemos vuelto a donde solíamos, a que cada uno haya hecho de su capa un sayo.

—Fíjate que yo no era tan optimista con respecto a un cambio en la estructura emocional en las personas, quizás porque llevo muchos años estudiando el mundo de las emociones y las pasiones humanas que son parte inherente a nuestra condición. ¿Crees, entonces, que esa especie de optimismo inicial que parecía vivirse finalmente se ha evaporado dejándonos un panorama un tanto desolador?

—Recuerda que en plena primera ola, a la vez que íbamos comprobando a diario la desolación y los horribles estragos en hospitales y residencias para mayores, también fuimos presenciando, perplejos, la utilización descarada de las cifras de defunciones en la contienda política. Lo que ha hecho la covid es enfangar, aún más, el escenario político las relaciones entre el gobierno y la oposición.

Mientras el país se desangraba y en los crematorios se amontonaban los ataúdes, la manipulación informativa y política y sus más perniciosos efectos se fueron apoderando de todo. Las ovaciones de las ocho de la tarde fue un espejismo colectivo, porque, sin venir a cuento, de muchas ventanas y balcones empezaron a colgar banderas.

Y no hay ninguna constatación científica que permita sostener que este tipo de enseñas curen, ni siquiera que atenúen el dolor. En realidad, nada de esto es sorprendente. Es la representación más clara de que no hay vacuna contra la ideología, ni remedio que frene el fanatismo, y lo que es peor, parece que estamos de acuerdo en que no hay necesidad de inventarla.

—Es cierto que los espacios políticos y mediáticos nos muestran la cara más cínica e inamovible de la sociedad en la que nos encontramos inmersos, pareciendo que estamos condenados eternamente a una confrontación ideológica que no tiene fin. No obstante, me imagino, que habrás buscado alternativas personales, como hemos hecho casi todos, que te ayudaran a llevar lo mejor posible esta anomalía que no nos la esperábamos.

—En mi caso, este periodo de recomposición me ha permitido reencontrarme con lecturas y proyectos postergados. He redescubierto libros que me esperaban desde hace tiempo, y, en fin, he visto drásticamente modificada mi rutina doméstica y laboral. Durante casi dos meses estuve metido en casa. Resulta curioso, pero siento que nos hemos atrincherado, con el enemigo, fuera, al acecho.

Y esta inmovilidad impuesta por decreto, paradójicamente, ha agitado la naturaleza, que se ha tomado un respiro, prescindiendo de nosotros, de nuestra toxicidad durante unas cuantas semanas. Hay grabaciones que muestran pueblos y ciudades espectrales, vacías, deshabitadas. Extrañas e insólitas. La pandemia nos ha metido en casa y nos ha obligado a convivir con nosotros mismos, tan distraídos como estábamos hasta entonces, cada uno con su tarea, con su ombligo. Nos hemos apretujado en nuestras viviendas. Aunque haya sido algo forzoso, parece que sí, que la pandemia nos ha unido un poco más que antes bajo un mismo techo.

—Retrocedamos ahora hacia atrás, a los tiempos en los que las epidemias, en todo caso, podían ser temas literarios, como sucede en ese magnífico libro que es 'La peste' de Albert Camus. Recuerda, Manolo, que nos conocimos en Montilla hace nada menos que cuarenta años. Pasado el tiempo, yo me desplacé a vivir aquí a Córdoba, donde he sido profesor universitario hasta que me he jubilado, aunque mantengo vínculos docentes y de investigación con la Universidad. Tú, en cambio, te marchaste a Torremolinos. Sin embargo, vives en una especie de dualidad, ya que la relación con Montilla es muy intensa.

—Cierto, en este tipo de dualidades, creo que tú y yo somos bastante semejantes. En mi caso, llevo con plena naturalidad el hecho de residir en Torremolinos desde hace 31 años y, no por ello, me veo obligado a renunciar a Montilla. Para mí, es algo completamente compatible. Te digo más, pienso que son lugares complementarios, siendo tan diferentes. Ambos me dan cosas y me apasionan.

Hay algo que empuja a cordobeses y malagueños a coexistir, debe ser la remota esencia marina de la campiña que termina filtrándose. En la costa hay cultura pop por todas partes, ese sedimento cosmopolita que tanto me interesa. Es un espacio que ha atraído artistas geniales, hay películas en las que puede identificar sus calles y calibrar la permanente mutación a que están expuestas.

Uno se divierte y aprende constantemente en contacto con este paraíso de libertades, donde tanto se ha creado. Pero no concibo mi vida sin ese eterno retorno que, en realidad, vengo practicando toda mi vida. Hay una senda abierta entre un sitio y otro, por la que transito felizmente. Si lo tomo como una mera contabilidad estadística, resulta evidente que soy lo que se llama un montillano ausente.

El censo no admite dudas. Tengo el domicilio el Torremolinos, en la Colina, para ser más exactos. Así lo indica además el D.N.I. No opongo resistencia a ninguno de estos datos, digamos, oficiales. Pero el destino de una persona no lo marca su carné de identidad. Hay algo, en la raíz, que es como una voz profunda a la que te sientes concernido. Voy y vuelvo. No es tan raro. Hay muchos como yo.



—Como buenos y viejos amigos, compartimos ‘vicios’ de los que no logramos desprendernos. Aparte de la pasión musical, que tú desplazas a la eterna e inacabable colección de vinilos que posees, se encuentran la lectura y, de modo especial, los escritos que se transforman en artículos o en libros. Quisiera que ahora entráramos en este espacio y comentaras los tres primeros que llevan por título 'El Gran Capitán en la pantalla', 'La radio de los pueblos' y 'En septiembre'.

Doy la cara por todos esos trabajos anteriores a Arte vinario y otros majuelos. Pero, la verdad, no son libros, propiamente dichos. No quiero decir con ello que sean publicaciones menores, no, ni mucho menos. Es que sencillamente nacieron con otro sentido. Eso sí, las tres son muy significativas para mí.

En septiembre, el tercero que citas, es el pregón de la Fiesta de la Vendimia de Montilla-Moriles. Y creo que responde a ese fin, pero no quise que fuera un discurso convencional, de usar y tirar en una noche. Por eso, puse empeño en que dispusiese de una edición muy cuidada. Se hizo en Gráficas Munda, y esto se nota.

A modo de introducción (no es lo que se dice un prólogo) lleva el texto con el que, aquella noche inolvidable en Bodegas Navarro, me presentó José Antonio Ponferrada. Y además, a lo largo de sus páginas en un papel algo rugoso, se esparcen unas preciosas ilustraciones de mis amigos Juan Luque, Juan Arrabal y Rafael Rodríguez, todas ellas de temática vinatera. Es un opúsculo muy especial, al que uno, como precedente, El sitio de mi recreo, el pregoncito de mi barrio de las Casas Nuevas, con el que comparte, a ratos, un cierto tono emocional y evocador.

—¿Qué nos dices de 'El Gran Capitán en la pantalla'?

—También me siento muy orgulloso de este trabajo. Surgió como una colaboración para la revista El Ladrío, de El Coloquio de los Perros. Fueron dos entregas algo más largas de lo habitual en este medio. Lo que pasa es que este asunto de las andanzas de Gonzalo Fernández de Córdoba en el cine y la televisión da mucho de sí, por lo que finalmente se optó por darle un mayor vuelo al artículo en forma de pequeño libro.

La Casa del Inca fue el lugar en el que lo presentamos, con gran respuesta del público. Fue una tarde luminosa de junio que, bruscamente se nubló. Al terminar el acto, ese día, nos llegó la noticia del fallecimiento de Antonio Carpio. Me queda de entonces ese sabor agridulce. Creo que este de El Gran Capitán es un libro vivo y, por consiguiente, inacabado. Quiero decir, que ahora dispongo de más datos. Hay más títulos en la historia del cine español, algunos realmente grotescos, en los que se asoma la imponente figura de este militar, estratega, gobernante y diplomático nacido en Montilla.

—Por el tiempo que llevamos, me temo que la charla que nace de este encuentro va a ser algo más extensa de lo que habíamos previsto. Creo que podemos cerrar esta primera entrega con el comentario que consideres oportuno acerca de 'La radio en los pueblos'. En la segunda entrega, si te parece, comenzaremos con 'Arte vinario'…

—De acuerdo. Seré algo más breve. En este caso, quiero apuntarte que no es menor el cariño que le tengo a La radio de los pueblos. Salió de complemento a la exposición por el cincuenta aniversario de Radio Atalaya, la emisora de Cabra tan decisiva en mi formación y personalidad como periodista.

Con este trabajo ocurre algo parecido a lo que he dicho anteriormente. Es, realmente, un primer paso para hacer un estudio en profundidad de la historia de esta emisora y de su influencia en la vida económica, política, cultural y social de una buena parte del territorio del centro de Andalucía, pues no hay que olvidar que sus emisiones llegaban a parte de las provincias de Sevilla, Málaga y Granada, además de Córdoba, naturalmente.

AURELIANO SÁINZ

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