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  • 1.5.16
Se suele citar a Leonardo da Vinci como el genio renacentista que fue capaz de unir en su persona no solo al creador que había trabajado en distintas facetas artísticas, sino también como al investigador en el ámbito de las ciencias, al inventor y al pensador que plasmaba en sus escritos sus reflexiones de carácter ético o moral.



Bien es cierto que el siglo en el que Leonardo había vivido los conocimientos científicos y técnicos eran reducidos si los comparamos con los que se alcanzaron en el siglo veinte. Estos avances a lo largo de los últimos tiempos dieron lugar a que los científicos se fueran especializando en distintas disciplinas en las que era posible destacar.

No obstante, hay casos singulares que nos recuerdan al del genio renacentista en el sentido de abarcar campos de investigación y creación dispares. Es lo que sucedió con Le Corbusier que fue capaz de trabajar en arquitectura, urbanismo, pintura, escultura, diseño gráfico, publicidad e, incluso, se adentró en los estudios teóricos publicando numerosos libros y artículos.

Charles-Édouard Jeanneret, que así era su nombre, había nacido en la ciudad suiza La Chaux-de-Fonds, el 6 de octubre de 1887, muy cercana a la frontera francesa. Dado que su padre era esmaltador de cajas de relojes, en él nace tempranamente la inclinación hacia el campo de las artes, dando lugar a que a los 15 años ingresara en la Escuela de Arte de su ciudad natal. Posteriormente, completaría su formación en el campo de la Arquitectura.

Llama la atención que el arquitecto suizo, nacionalizado francés, sea mundialmente conocido por su apodo y que pocos sepan su verdadero nombre. Y es que el apodo que llevaría a lo largo de su vida (que nunca llegó a explicarlo, puesto que no se corresponde con ningún término francés) lo tomaría a partir de 1920, cuando tenía 33 años y ya contaba con un cierto reconocimiento.

Para que entendamos el significado de Le Corbusier y de la obra que llevaría a cabo, vienen bien las siguientes líneas de Jean-Louis Cohen, y que entresaco de una biografía acerca del genial arquitecto.

“Pocos arquitectos han reflejado las esperanzas y el desencanto de la era industrial como Le Corbusier y pocos han escandalizado tanto a sus coetáneos, con la clara excepción de Adolf Loos durante una determinada época y de Frank Lloyd Wright a lo largo de toda su vida. Los sarcasmos y las calumnias acompañaron gran parte de su vida a uno de los escasos arquitectos cuyo nombre conoce el gran público”.

Cuando Cohen habla de desencanto hace alusión al segundo período de Le Corbusier ya que, inicialmente, se entregó con total entusiasmo a los avances del desarrollo científico y tecnológico de finales del siglo diecinueve y comienzos del veinte, puesto que creía, al igual que lo hicieron los pintores de la corriente denominada futurismo, que la nueva sociedad, la sociedad del futuro, estaba ligada a los avances de la ciencia y sus aplicaciones tecnológicas.

De todos modos, a pesar de la decepción que supuso conocer la catástrofe humana de la Primera Guerra Mundial, la pasión creativa de Le Corbusier nunca decayó a lo largo de los años en los que se mantuvo trabajando. Para que esto lo entendamos, acudo de nuevo a Jean-Louis Cohen.

“Desde la casa Fallet, que diseña en 1906-1907, hasta sus obras póstumas, resulta asombrosa la intensidad de producción que alcanzó durante seis décadas. Le Corbusier construyó 75 edificios en doce países y diseñó 42 proyectos urbanísticos importantes. Dejó como legado 8.000 dibujos, más de 400 cuadros, 44 esculturas y 27 cartones para tapices. Escribió 34 libros, que suman 7.000 páginas, cientos de artículos y conferencias y una correspondencia privada de 6.500 cartas, que vienen a añadirse a las innumerables de su estudio”.

Ante tamaña producción, lo único que cabe dar en este breve artículo es un somero repaso de seis obras arquitectónicas que ejemplifican su portentosa creatividad a lo largo de esas seis décadas de las que se nos habla.



Comenzamos por la Ville Saboye que le fue encargada por el matrimonio que llevaba este apellido para ser construida en la ciudad francesa de Poissy entre 1928 y 1931. Es un claro ejemplo de lo que podíamos denominar como arquitectura racionalista, en la que se abandona todo elemento decorativo y superfluo para dejar ‘hablar’ a las formas puras de la geometría, que en esta villa se nos presentan de un intenso color blanco.

Para comprender su sentido volumétrico, hay que saber que fue concebida para que los automóviles tuvieran la máxima facilidad de acceso, de modo que en la planta baja aparcan entre los pilotes (pilares cilíndricos), concebidos sus distanciamientos para que se diera el radio mínimo de giro. Esta planta baja se completaba con los servicios de la vivienda.

La planta superior se concebía como vivienda del matrimonio Saboye, que, por cierto, apenas la habitó. Este alejamiento dio lugar a que estuviera a punto de ser derribada en 1958. Se salvó gracias a la intervención de André Malraux, ya que por entonces era ministro de Cultura. Se la declaró Monumento Histórico, y hoy es visitada por cientos de personas que acuden a verla como una de las obras maestras de la arquitectura contemporánea.



En el mismo año en el que comienzan las obras de la Ville Saboye, también inicia el proyecto del gran edificio que llevaría a cabo en Moscú: el Centrosoyuz, lugar destinado a ser la sede de las cooperativas soviéticas. Así, en 1928, es recibido con enorme entusiasmo en Moscú, dado que Le Corbusier ya tiene un claro reconocimiento internacional.

Si tenemos en cuenta que Le Corbusier despreciaba a los arquitectos estadounidenses que parecían competir entre ellos a ver quién proyectaba el rascacielos más alto, para este edificio huyó de la idea del ‘palacio unitario’ y buscó soluciones con el fin de articular elementos repetitivos, como eran las plantas de oficinas, con otros espacios distintos como los auditorios o los salones de descanso.

Por otro lado, diseñó un sistema de ‘aire acondicionado’ cuando todavía no se había inventado esta tecnología. Para ello, buscó combinar un ‘muro neutralizante’ con dos paredes de vidrio separadas por un vacío de aire con un sistema de movimiento del mismo, para así proporcionar aire caliente a cada habitación. Dado que el sistema encarecía mucho, la obra se abandonó y no fue llevado a cabo.

He de apuntar que hubo algunos críticos que arremetieron contra el Centrosoyuz al que consideraban “una orgía de vidrio y hormigón”. No obstante, también contó con grandes defensores, especialmente entre los arquitectos que llevaron adelante la estética del constructivismo en la emergente Unión Soviética.





Tras la Segunda Guerra Mundial, en 1946, Le Corbusier recibe el primer encargo del Estado francés para la ciudad de Marsella con el fin de realojar a las víctimas de los barrios que fueron destruidos en esta ciudad.

Para llevar adelante la obra de realojamiento, toma algunas de las ideas que se trajo de Moscú de los constructivistas rusos que apostaban por la ‘casa común’ en la que se desarrollaban servicios comunitarios para las familias que habitarían lo que él llegó a denominar como la Unidad de Habitación (Unité d’Habitation).

El proyecto fue bastante complejo de ejecutar, dado los ataques sufridos por Le Corbusier por los arquitectos conservadores y los denominados higienistas, que pronosticaban el aumento de enfermedades mentales a quienes fueran a vivir a un edificio que contaba con servicios como guardería, gimnasios, piscina en la terraza… Concebir el interior del edificio como calles que daban a las viviendas, a estos arquitectos les parecía un disparate, por lo que acabaron llamando al proyecto como la “Maison du Fada” o casa del loco.

Sin embargo, el arquitecto al que tildaban como “loco” se preocupaba de todos los detalles de sus obras, como podemos comprobar en la segunda fotografía que nos muestra el acabado de la terraza de la Unidad de Habitación de Marsella.

Bien es cierto que llevar adelante una especie ‘ciudad vertical’, en oposición a la construcción de chalés tan queridos por la pequeña burguesía, suponía un choque ideológico entre los que defendían modos de vida comunales, caso de Le Corbusier, a los que defendían el individualismo a ultranza.





Le Corbusier siempre se había mostrado muy crítico y bastante distanciado de la Iglesia católica; a pesar de ello, aceptó llevar a cabo el proyecto que quizás más fama le diera de toda su extensa producción. Me refiero a la capilla ubicada en la colina de Bourlémont, en la cordillera de los Vosgos. Se trata de la capilla Notre-Dame-du Haut (Nuestra Señora del Alto, Ronchamp), centro de peregrinación y que había sido destruido durante los bombardeos de la Segunda Guerra.

Quienes invitaron a Le Corbusier a la realización del proyecto sabían perfectamente que la obra resultante en nada se le parecería a la capilla derruida. En efecto, los anchos muros de hormigón armado que a modo de lienzos se curvan, junto a la cubierta que recordaba el ala de un avión, en nada aludían a las formas sacras tradicionales. Por otro lado, la asimetría de la planta alejaba a la nueva capilla de aquellas que en forma de cruz habían prevalecido a lo largo de los siglos en los distintos estilos arquitectónicos sacros conocidos.

Sin embargo, Notre-Dame-du-Haut, acabada en 1955, terminó convirtiéndose en la obra de referencia del arquitecto suizo-francés. ¿La razón de ello?, en lo alto de una montaña y rodeada de rocas, el visitante entiende que las formas que contempla, tanto en su interior como en su exterior, se asemejan a las que percibe en la naturaleza, por lo que bien podía hablarse de espiritualidad en un sentido amplio de comunión con la naturaleza que rodea el entorno.

Como podemos ver, los juegos de luces y el empleo del hormigón armado que se plasma en esta capilla plantean un nuevo modelo de arquitectura que tuvo algunos continuadores, caso de la arquitecta iraní recientemente fallecida Zaha Hadid, a la que dediqué otro artículo en esta serie.



Cuando el presidente indio Jawaharlal Nehru deseó una nueva capital para el Estado de Punjab, tras la secesión de Pakistán, dado que Lahore, su histórica capital, había quedado en territorio paquistaní, piensa en el urbanista neoyorquino Albert Mayer, dado que este había pasado los años de la guerra en la India y tenía un buen conocimiento de este pueblo.

La muerte en accidente de aviación de Mayer, trastoca el deseo de Nehru y contrata a Le Corbusier para que termine el proyecto urbanístico de Chandigarh, la nueva capital, así bautizada en homenaje a la diosa Chandi, de modo que sea “una ciudad que simbolice la libertad de la India, liberada de las tradiciones del pasado… y con la fe puesta en el futuro de la nueva nación”.

Le Corbusier conserva en su proyecto el principio de unidades de vecindad propuesto por Mayer para los barrios de la ciudad; no obstante, ordena las vías de circulación en función de la velocidad que puede desarrollarse en las mismas, al tiempo que el centro urbano lo consagra al poder político y no al mundo de los negocios, como empezaba a afianzarse en el capitalismo renaciente tras la Segunda Guerra.

Son tres las construcciones principales las que definen este centro político: el Palacio de Justicia, el Secretariado y el Palacio de la Asamblea, tres grandes edificios realizados en hormigón armado, material constructivo por el que Le Corbusier sentía predilección.

Esta imagen del Parlamento, que muestra la entrada al mismo al lado de un estanque, presenta reminiscencias de la cultura hindú, puesto que la fachada está recorrida por un enorme pórtico cubierto por un lienzo de hormigón armado que recuerda a los encorvados cuernos bovinos indios.





Acercándose al final de su vida, ya que fallecería en 1965, Charles-Édouard Jeanneret vería acabada la que sería su segunda obra de carácter religioso, y que todos aquellos que abordan su biografía y sus obras la citan entre las más significativas. Se trata del convento de la orden de los dominicos llamado La Tourette, que se encuentra en las afueras de Lyon.

Como muchas de las obras de Le Corbusier, el hormigón externamente se hace visible como el elemento constructivo que define al conjunto. El edificio en forma de U, ubicado sobre una pendiente, aloja las celdas de los monjes, con repetitivos apartamentos de unidades de habitación que quedan, en este caso, reducidos a la mínima expresión.

La iglesia del convento se muestra como un elemento autónomo en forma de paralelepípedo vacío, cuyas paredes pintadas con los colores primarios (rojo, azul y amarillo) en nada recuerdan a los espacios tradicionales eclesiásticos.

Lo cierto que, al igual que cuando Le Corbusier abordó la capilla de Notre-Dame-du-Haut, la orden de los dominicos sabía que el arquitecto al que encargaban la obra no daría una respuesta convencional, sino que reinterpretaría todo el simbolismo religioso, tal como él lo podía entender. Pasados los años, y tras la crisis de vocaciones, hoy el convento se ha convertido en un centro cultural de encuentros.

AURELIANO SÁINZ

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