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  • 8.5.16
A quienes nos gusta la música, contamos con nuestra lista particular de discos favoritos que los tenemos archivados no solamente en las estanterías sino también en la memoria. Pero no son únicamente las canciones lo que recordamos de ellos, sino también las portadas de los mismos, pues es difícil aislar la imagen de la música, ya que, tanto a una como a la otra, las asociamos cuando escuchamos o nos viene a la mente el título de uno de esos especiales discos.



Y es que las portadas poseían un inapreciable valor en aquellos elepés que contenían los discos de vinilo que durante décadas estuvieron en el mercado. Más tarde, con la aparición del disco compacto, se relegó a un segundo lugar la portada del disco, aunque nunca perdió su importancia como presentación visual del contenido musical.

Pero la nostalgia del elepé, su singularidad, el diseño de sus carátulas, su sonido muy alejado de la pulcritud que nos ofrecen los cedés, dieron lugar a que sorprendentemente volvieran al mercado, de modo que en las generaciones más jóvenes han aparecido amantes de ese formato que durante un tiempo parecía condenado al ostracismo de los contados coleccionistas que fervientemente buscaban las deseadas piezas para ampliar sus colecciones.

Por otro lado, debemos ser conscientes que la música rock y pop, es decir, la que escucha prioritariamente la gente joven, tiene ya una larga trayectoria cuyos inicios se remontan a las décadas de los cincuenta y sesenta del siglo pasado. Así pues, podemos afirmar, sin ningún tipo de duda, que nos encontramos con un tipo de arte musical que cuenta con su propia historia, por lo que conviene conocerla echando una mirada atrás y sabiendo que tiene unos orígenes que todo buen aficionado no debe olvidar.

A partir de lo indicado, me ha parecido interesante iniciar una serie de artículos que con el título de Discos y portadas vayamos haciendo un repaso de aquellos que tuvieron una significación relevante, fuera por la propia música o por el singular diseño de su carátula, pues, también algunas portadas han marcado un hito en la historia del rock.



Como no podía ser de otro modo, comenzamos por el disco que gran parte de los especialistas en música popular consideran como el mejor de la historia del rock. Me refiriendo a Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band que los Beatles sacaron al mercado allá por 1967. Esto quiere decir que el próximo año es posible conmemorar sus cincuenta cumpleaños.

Como confirmación de lo que indico, quisiera apuntar que este disco fue elegido por los críticos de la prestigiosa revista Rolling Stone como el primero en su número dedicado a seleccionar y comentar los 500 mejores álbumes de todos los tiempos.

Cierto que la aparición del Sgt. Pepper’s, como continuación de aquella otra maravilla titulada Revolver que había hecho su aparición el año anterior y en la que se encontraban joyas como ‘Eleanor Rigby’ o la divertida ‘Yellow Submarine’, fue un auténtico revulsivo, no solo musicalmente sino que la portada realiza por Peter Blake se convirtió en un auténtico icono del mundo del diseño gráfico.

De la misma se hablaba, se discutía, se buscaban distintas interpretaciones que se atribuían a signos ocultos en la abigarrada imagen de la carátula. Lo cierto es que Paul McCartney, John Lennon, George Harrison y Ringo Starr aparecían dos veces: una, como miembros de la banda del ‘Sargento Pimienta’ y, la otra, como esculturas del Museo de Cera.

Tras ellos, multitud de variopintos personajes: Marilyn Monroe, Johnny Weissmuller, Fred Astaire, Bob Dylan, Dylan Thomas, Mae West, Karl Marx, Albert Einstein, Stan Laurel y Oliver Hardy… Lo cierto es que la portada fue muy laboriosa de ejecución, pues había que solicitar permiso por cada uno de los personajes que aparecían en la misma.



La multiplicidad de grupos que surgieron en la década de los sesenta dio lugar a que la creatividad se multiplicara, dando origen a distintos estilos musicales. Uno de ellos sería el que más adelante se denominaría como rock sinfónico, en el sentido de que optaban por temas largos que ocupaban una e, incluso, las dos caras del elepé, y en el que solían aparecer arreglos de tipo orquestal. En la cima de este estilo se encontraron King Crimson, Yes, Moody Blues y, de modo muy especial, Pink Floyd.

Pink Floyd se forma en 1965 con Syd Barrett (voz y guitarra), Roger Waters (bajo) Nick Mason (batería) y Richard Wright (teclados). El nombre que adoptan lo toman de los bluesmen Pink Anderson y Floyd Council, por los que sentían admiración.

Por la influencia de Syd Barret, inicialmente, su música está ligada con el blues y la psicodelia. De todos modos, su adicción a las drogas da lugar a que sus compañeros consideren que no debe continuar en el grupo, por lo que en 1968 es sustituido por Dave Gilmour, quien sería el cuarto miembro permanente de la banda.

Aunque la mayoría de los discos de Pink Floyd tuvieron una gran acogida, uno de sus mayores éxitos alcanzado lo obtuvieron con Dark Side of the Moon (El lado oscuro de la Luna). El disco era el resultado de una gran experimentación de efectos sonoros y con canciones que abordaban la temática del individuo abocado a la locura por las presiones de la sociedad. Si hubiera que seleccionar un tema, indudablemente, habría que citar ‘Money’, cuyos sonidos de tragaperras dan lugar a que rápidamente se le identifique.

No solamente fue un magnífico disco, sino que también la portada responde a un excelente diseño conceptual, en el sentido de que se intenta, con los mínimos elementos gráficos, reflejar metafóricamente el contenido de las canciones. Así, sobre un fondo negro, vemos un rayo de luz blanco horizontal que atraviesa un prisma triangular, por lo que acaba descomponiéndose en los colores primarios y secundarios, tal como acontece con la formación de los arcoíris.

Las interpretaciones que se han dado de esta magnífica portada aluden de forma alegórica a la soledad en la que se encuentra el hombre de las grandes ciudades, pero que es posible que un rayo de luz ilumine su vida, recobrando la alegría que proporcionan los colores a la existencia humana.



A diferencia de las dos portadas que he comentado, que fueron pensadas y realizadas por diseñadores gráficos, la de Nevermind del grupo Nirvana fue ocurrencia del propio Kurt Cobain, como pasaré a explicar. Pero antes hagamos un pequeño recorrido acerca de la breve, intensa y trágica existencia del líder de Nirvana, grupo a caballo entre finales de los ochenta y principios de los noventa.

Este era el segundo disco que la banda grunge lanzaba al mercado. Para el mismo, tomaron como referencias musicales las de Black Sabbath, los Beatles y los Pixies, creando un sonido lleno de rabia y de angustia, nacido de las guitarras y de la voz arrastrada y áspera del líder del grupo.

Como podemos comprobar, la fama no siempre es la panacea para algunos miembros de grupos de rock, cuyas inestabilidades emocionales acaban finalmente con ellos. Es lo que sucedió con Kurt Cobain que encontró en el suicidio el cierre de una existencia angustiosa, a la que dio fin en 1994, contando solamente con 27 años.

Apenas le dio tiempo a saber que Nevermind estuvo considerado como uno de los mejores discos de la década de los noventa. Pero no solo fue por la música desplegada, sino también por la imaginativa portada, que, a diferencia de los dos anteriores, la del grupo Nirvana se debió a la idea de Kurt Cobain, que, obsesionado por el alumbramiento de bebés en medios acuáticos, buscó una idea alternativa, pues la primera resultaba difícil llevarla a cabo.

Finalmente, prevaleció la que encontramos en la funda del disco: vemos a un bebé buceando en el agua lanzado hacia un anzuelo del que prende un billete de dólar. La ejecución de la idea se debió a Robert Fisher, director artístico de la compañía discográfica Geffen. De este modo, el bebé de tres meses que aparece nadando es Spencer Elden, hijo del fotógrafo Rick Elden, amigo del director artístico de Geffen. El resultado: la portada de Nevermind acabó convirtiéndose en la impactante imagen que todos recordamos.

AURELIANO SÁINZ

DEPORTES - MONTALBÁN DIGITAL

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