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  • 5.3.17
A comienzos de este curso y al terminar la clase de una de las asignaturas que imparto, se me acercó una alumna para preguntarme: “Aureliano, ¿puedo enseñarte el dibujo de un sobrino mío, ya que mis tíos quisieran que me dieras tu opinión sobre el mismo?”. Al momento me mostró la hoja en el que el pequeño de cinco años se dibujaba con un vestido, tacones, pendientes y pelo largo.



“Veo que se ha representado como si fuera una niña, ¿lo ha hecho en este dibujo o es algo habitual en el niño?”, le indico al contemplar la escena en la que aparece de ese modo entre su madre y su padre. “Desde muy pequeñito siempre ha querido ser una niña. Juega con las muñecas barbies, se viste como ellas y quiere que le llamen por su nombre en femenino”, me responde, al tiempo que espera que le manifieste si es algo transitorio o que forma parte del carácter de su sobrino.

Ya habíamos abordado en clase el dibujo de la familia con toda su complejidad, explicando la diferencia entre sexo y género, en el sentido de que todos los seres humanos nacemos biológicamente determinados por uno de los dos sexos; sin embargo, el género o la identidad sexual, que es un proceso cultural o de formación subjetiva, no necesariamente tiene que coincidir con el sexo biológico.

De ahí que puedan darse situaciones en las que hombres y/o mujeres, niños y/o niñas no se sientan identificados con el sexo con el que han nacido, ya que lo hacen con el opuesto al suyo. Este hecho está reconocido científicamente por la Medicina y, especialmente, por la Psicología. A pesar de ello, hay gente que su ideología no le permite aceptar esta realidad y actúa con ferocidad contra todo aquello que se salga de sus estrechos cauces mentales.

Esto se lo comenté a la alumna que me hacía la pregunta acerca de las inclinaciones de su pequeño sobrino. De todos modos, le indiqué que podíamos esperar a que el curso avanzara de modo que le podríamos pedir algún dibujo que fuera “Dibújate a ti mismo como mejor te gusta” para saber si seguía representándose como si fuera una niña.

También le comenté que tiempo atrás había publicado un artículo titulado Transexuales en la familia, en el que explicaba el caso de un chico que había decidido, con el respaldo de sus padres, cambiarse de sexo, ya que desde siempre se había sentido mujer. Esto quedaba expresado en el dibujo que había realizado su hermano menor que él y que, al preguntarle un tanto extrañado, me dijo que “Era su hermano que se había cambiado de sexo”.

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Tal como indicaba en el artículo, el autor del dibujo seguía llamándole “hermano”; todavía no había integrado la denominación de “hermana”, a pesar de que sus padres ya la llamaban “hija” y con un nombre femenino. No obstante, y de forma curiosa, el niño había trazado, en primer lugar, a sus tres sus mascotas y, seguidamente, a su hermana, lo que era indicio de la importancia que tenía para él la presencia de esa figura en su familia.

Puesto que la alumna que me hacía la consulta residía fuera de Córdoba, le indiqué que en ese mismo artículo hacía alusión a un hecho muy positivo: en Almendral, una pequeña localidad de la provincia de Badajoz, el año anterior había sido elegida reina de las fiestas una chica transexual. Lo cierto es que todo el pueblo la respaldaba, pues el cariño hacia ella y a sus padres era palpable en esta población. Circunstancia muy positiva, ya que para alguien que toma tan difícil camino lo menos que necesita es el rechazo social a su decisión.

Pues bien, lamentablemente, parece ser que el fanatismo y la intolerancia siguen campando en este país como si el espíritu del franquismo todavía estuviera presente en las mentes de algunos sectores de la población.

Así, en 2017, es decir, en pleno siglo veintiuno, grupos de fanáticos de la asociación ultracatólica HazteOir ha tenido la ocurrencia de sacar un autobús para que se pasee por las calles de Madrid (y que según la pretensión de sus patrocinadores es la de recorrer otras ciudades) con figuras esquemáticas de un niño y una niña, junto con el siguiente mensaje: “Los niños tienen pene. Las niñas tienen vulva. Que no te engañen. // Si naces hombre, eres hombre. Si eres mujer, seguirás siéndolo”.

En los distintos medios de comunicación se han hecho eco de esta cuestión. Se ha hablado. Se ha debatido. Se ha dicho que hay que defender la libertad de expresión. Se ha informado de las características de la asociación que lleva a cabo esta y otras campañas similares…

Por mi parte, quisiera añadir un aspecto que apenas lo he visto en los debates: el mensaje está dirigido a la infancia, puesto que se usa figuras infantiles de ambos sexos, al tiempo que se hacen unas afirmaciones que son obvias para los adultos, seguidas de un consejo que es para los más pequeños: “Que no te engañen” (expresión acompañadas de otras aseveraciones que son falsas).

Nos encontramos ante una campaña que atenta abiertamente contra los niños y niñas que no se sienten identificados con su sexo, pues su identidad la encuentran en el otro género. Y es muy grave penetrar inquisitorialmente en el mundo de los más pequeños, e, indirectamente, incitar a algunos a acosar a quienes son diferentes.

Relacionado con lo dicho se encuentra algo que los docentes que están en contacto con escolares y adolescentes conocen bien: el acoso escolar. Esta campaña, potencialmente, incita a las burlas y las humillaciones que pudieran sufrir niños o niñas por el mero hecho de ser algo distintos a los demás, ya que las razones esgrimidas en el autobús pueden ser tomadas por los grupos acosadores (tan habituales en los centros de enseñanza este país) para descargar sus agresividades con los más indefensos.

Recordemos, por ejemplo, que a principios de año hemos conocido el suicidio de Lucía, una niña de 13 años de un pequeño pueblo de Murcia que no pudo superar el acoso al que fue sometida por un grupo del centro en el que estuvo antes de ser cambiada por sus padres.

Personalmente, me parece repugnante que un autobús se pueda pasear por las calles de este país con un mensaje que atenta abiertamente contra los niños y niñas transexuales o que pudieran decantarse por esta opción.

Supongo que a los promotores de esta campaña les será indiferente el sufrimiento que pueden crearles a quienes están necesitados de apoyo, cariño y comprensión, no solo por parte de sus familias y del entorno social en el que viven, sino también de sus profesores para que transmitan a los compañeros del centro los valores de tolerancia y buen compañerismo hacia los que son diferentes a ellos.

Como cierre de este alegato en defensa de la libertad personal a decidir sobre la propia vida, quisiera apuntar que hay que decir ‘basta ya’ a la intolerancia y el fanatismo que se están extendiendo como un reguero de pólvora por distintos países y que ha llegado, nada menos, al más poderoso del planeta en forma de grotesco personaje de pelaje dorado.

AURELIANO SÁINZ

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