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  • 12.6.17
Estamos viviendo unos días que presumen de verano y vienen cargados de complicaciones. Las temperaturas, que ya venían elevadas, se dispararon aun más el viernes pasado, cuando el presidente catalán dio a conocer, por fin, la fecha en que celebrará un referéndum ilegal del que hasta el último momento dice estar dispuesto a negociar con el Gobierno central para acordar su autorización con todas las de la ley. Es decir, sí o sí.



Es una complicación que el presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, deberá afrontar como no lo ha hecho nunca hasta la fecha, haciéndole frente y tomando decisiones, cosas que no le gusta hacer. Pero la ley y la Constitución son diáfanas: ningún referéndum puede convocarse sin cesión de competencias y la autorización del Gobierno de España.

Por tanto, ante el desafío catalán sólo queda una salida, ahora ya con premura y las prisas del último minuto: coger el toro por los cuernos y dar alguna solución política que sea respetuosa con la legalidad. Entre el “dontancredismo” de Rajoy y la huida hacia delante a la desesperada de Puigdemont y los independentistas catalanes queda poco espacio para el diálogo, pero suficiente para provocar un choque frontal que unos y otros parecen estar deseando.

Ya sabemos, desde ese viernes cuasi veraniego, la fecha exacta del desastre: el día uno de octubre, domingo, jornada para rezar o mandar los guardias a los colegios electorales a impedir que los catalanes digan si quieren “que Cataluña sea un Estado independiente en forma de república”. Una complicación que coge a Rajoy y a su Gobierno en horas bajas.

Claro que tampoco es la única. Ya venía soportando otras complicaciones que van dejando sin contenido el legado que pretendía transmitir a quien le sucediera en el Gobierno, eventualidad que parece factible más pronto que tarde.

Y es que al lío catalán se suma el del Tribunal Constitucional, con la anulación de la amnistía fiscal que el Gobierno nunca quiso reconocer como tal pero con la que perdonó a los defraudadores los impuestos y las multas que debieran haber pagado por evadir capitales y no tributar por ellos.

El responsable directo del embrollo, el ministro de Hacienda, Cristóbal Montoro, queda así muy cuestionado por su medida estrella ante un Parlamento que nunca creyó las excusas recaudatorias con las que se disfrazó un privilegio fiscal para que los ricos retornaran, sin coste ni castigo, el dinero que tenían a buen recaudo fuera de España.

La oposición pide a coro su dimisión por una iniciativa anticonstitucional e inútil fiscalmente, pero que al menos sirvió para poner rostro a algunos de esos delincuentes acaudalados que, encima, alardean de patriotismo. Con Montoro en la cuerda floja, las complicaciones acorralan a un Gobierno en minoría que no sale de una para enfrentarse a otra.

Como la cosa siga así, desbaratando todo lo elaborado en los últimos años cuando se disfrutaba de mayoría absoluta, la herencia de Rajoy será de pena. Porque, con tal de conseguir los apoyos que le permitan mantenerse en el poder, el Ejecutivo ha tenido que sacrificar la LOMCE, aquella ley de educación, cuestionada por toda la comunidad educativa, que recuperaba los viejos tiempos de las reválidas, las clases de Religión y hasta las dificultades para estudiar del pobre.

Tal era, al parecer, el modelo que se quiso volver a implantar. Al impresentable ministro que la impulsó, aquel José Ignacio Wert al que hasta los estudiantes premiados se negaban a saludar, lo consolaron con un destino diplomático en París, pero su ley –de infame memoria– fue de las primeras en ser derogada. No duró ni una legislatura. Una complicación que Rajoy asumió como el precio a pagar para continuar en La Moncloa.

Lo mismo que se está haciendo con la Ley Mordaza, la del miembro del Gobierno que concedía medallitas a vírgenes y hermandades religiosas por sus méritos policiales, pero que perseguía y multaba a los ciudadanos (estudiantes, desahuciados, parados...) que se habían creído que podían ejercer el derecho a manifestarse y protestar en la calle.

Era otra ley que nos devolvía a los tiempos del palo y el tientetieso, hecha a medida de un ministro del Interior que utilizaba su despacho y los recursos de su Ministerio para maniobrar contra adversarios políticos de Cataluña.

Fue descubierto por unas oportunas grabaciones anónimas por las que tuvo que comparecer a dar explicaciones en el Congreso de los Diputados tras abandonar el cargo. En cualquier caso, otra complicación que se suma a las demás.

Ya queda por ser invalidada la única reforma que sigue vigente, la reforma laboral, pero que tiene los días contados, exactamente los que dure en activo el actual Gobierno. Cuando se derogue, del paso de Rajoy por el Gobierno sólo figurará para la historia la ristra de complicaciones en las que enredó todo cuanto quiso hacer y deshacer.

Pero para complicación gorda, la que obligará al presidente del Gobierno a sentarse en el banquillo del caso Gürtel para testificar sobre la corrupción que existía en su propio partido y de la que él, según esgrime, no se enteraba. No sabía nada, ni siquiera cuando era el secretario general del mismo, pero el tesorero bajo sus órdenes ha acabado con sus huesos en la cárcel por llevar esa contabilidad “creativa” que servía para la financiación ilegal de la formación y el enriquecimiento ilícito de unos cuantos listillos, gracias a las aportaciones “voluntarias” de empresas y empresarios a cambio de contrataciones públicas.

Rajoy insiste en desconocer la existencia de ese entramado turbio a pesar de que las iniciales de su nombre aparecen en los famosos “papeles de Bárcenas” como receptor de sobresueldos. Y es que Rajoy es un lince esquivando verse acorralado por los casos de corrupción que corroen a su partido desde hace mucho tiempo.

Dispone de una sorprendente capacidad para afirmar sin despeinarse que “todo es falso, excepto alguna cosa”, que deja en la inconcreción de su léxico habitual. Será sorprendente ver lo que testifica ante el juez todo un presidente de Gobierno en activo, jurando decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad sin que le tiemble el ojo izquierdo.

Pueden ser insolaciones, pero estos días de calor veraniego y tantas complicaciones encadenadas nos abocan a un tiempo de incertidumbres y a un otoño complicado y de máxima presión. Entre otras cosas porque, con tantas complicaciones, nada está decidido de antemano y las cartas siguen barajándose.

¿Qué nuevas complicaciones pueden surgir todavía? Que hasta un fiscal Anticorrupción tenga que dimitir significa que no se ha hecho más que empezar a levantar las alfombras. Además, gobernando en minoría todo puede suceder, incluida esa moción de censura de Podemos, condenada al fracaso, pero que hará que todos se retraten como son y como piensan en realidad. Y es que con un calor que nos coge desprevenidos y con las meninges reblandecidas, y tantas complicaciones por doquier, el verano se presenta de aúpa y lleno de sobresaltos.

DANIEL GUERRERO

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