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Mostrando entradas con la etiqueta Lienzo de Babel [Daniel Guerrero]. Mostrar todas las entradas
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  • 24.9.19
Al final, no hubo milagro, ni sensatez ni sentido de Estado. Al final, nos llevan a nuevas elecciones para volver a elegir a los mismos que ayer se comportaron con claro desprecio a los votantes, sin acatar su voluntad ya expresada en las urnas el pasado 28 de abril. Nos obligan a repetir la jugada. Nos obligan ajustar nuestros votos a sus intereses partidarios.



Si el PSOE no puede gobernar en solitario porque no tiene mayoría absoluta ni sabe reunir apoyos para hacerlo en minoría, tendremos que votar otra vez para corregir aquellos resultados. Y el resto de partidos juega a lo mismo, juega con los ciudadanos y su paciencia, para no tener que asumir que, más allá de la posición que sus escaños le conceden, han de priorizar el interés general del país al de sus particulares ambiciones y rencillas.

Con la investidura fallida del candidato de la minoría mayoritaria, el socialista Pedro Sánchez, se han perdido cinco meses, desde abril pasado, en poner vetos y negociar poco por alcanzar algún acuerdo que permita el arranque de la legislatura. Y no lo hubo. Nadie quiso bajarse del burro.

Al final, repetición de elecciones el próximo 10 de noviembre. Enésima campaña electoral (¿de dónde sacarán los partidos el dinero para financiar tantas campañas?), enésima presencia de loros repitiendo eslóganes, enésima confrontación y crispación entre candidatos y enésima tomadura de pelo a los votantes y enésima banalización de la democracia, la cual reducen a una simple papeleta y no a respetar sus resultados electorales.

Y nada de pensar en los retos que, como país, tenemos encima, en los próximos meses: la sentencia del Supremo en el juicio a los políticos catalanes presos que podría provocar tensiones y movilizaciones; las consecuencias para España del Brexit sin acuerdo de Inglaterra, nuestro principal mercado para la exportación de bienes y servicios; los imprescindibles acuerdos que habrán de adoptarse para respaldar nuestras empresas en caso de que continúe la guerra comercial entre Estados Unidos y China; la adopción de alternativas que garanticen nuestro abastecimiento energético en caso de agravamiento del conflicto en los países suministradores del Golfo Pérsico; las medidas necesarias para afrontar la desaceleración de la economía para que no afecte a la creación de empleo ni al bolsillo de los ciudadanos; y otros problemas de idéntica gravedad.

Todo esto, al parecer, puede esperar, puede quedar relegado mientras los partidos, en vez de pensar en resolverlo, se dedican a echarse pulsos entre ellos, culpabilizarse mutuamente y tratar a los electores como menores de edad que no saben votar e insistir en que lo hagamos como a ellos convenga.

Al final, nuevas elecciones. Pero, ¡ojo!, no se equivoquen. No son los ciudadanos los que no saben votar, son sus elegidos los que no saben asumir el veredicto de las urnas. Después, no se quejen de la abstención y de la desafección ciudadana. Y den gracias a Dios de que no se decidan –porque a ustedes no les interesa que sepan usarlo– por el voto en blanco de manera mayoritaria.

A estas alturas de la democracia, y tras cinco años de inestabilidad, sería la mejor respuesta que podrían darles: ninguno sirve ni es digno para representar a los españoes, ni Sánchez, ni Casado, ni Rivera, ni Iglesias ni, mucho menos, Abascal. Como dejó escrito Tirso de Molina, en el siglo XVII, en El burlador de Sevilla: “La desvergüenza en España se ha hecho caballería”.

DANIEL GUERRERO
  • 17.9.19
El presidente de Estados Unidos, el impredecible Donald Trump, se comporta como un elefante en una cacharrería. Se mete en todos los “fregaos” que sus antecesores no pudieron resolver, sin respetar modos, normas ni prácticas habituales en política exterior y relaciones internacionales. Como todo fanático engreído, se cree en posesión de la verdad y con capacidad providencial para lograr cuanto se proponga. Y así le va, de fracaso en fracaso.



El último, un fallido acuerdo con los talibán de Afganistán en unas negociaciones tan insólitas como clandestinas. Su ilusión se acaba de estrellar contra la realidad del enésimo atentado talibán en suelo afgano, en el que murió un soldado norteamericano, que ha obligado a Trump, por decoro, romper abruptamente las negociaciones y suspender en el último momento una reunión en Camp David en la que se iba a firmar un documento por el que las tropas de Estados Unidos abandonarían aquel país, tras cerca de 18 años de lo que es la intervención militar en el extranjero más larga de la historia norteamericana. Trump pensaba que iba a resolverla de un plumazo.

Este nuevo “triunfo” de la Administración “trumpista” se enmarca en una política exterior errática e incoherente que parece obedecer a criterios nihilistas y mediáticos antes que a razones objetivas por resolver conflictos y poner orden en las relaciones entre países, sobre la base de la democracia, los derechos humanos y el respeto mutuo.

Como empresario fullero, Trump, principal impulsor de esta iniciativa, buscaba algún éxito con el que presentarse a la próxima campaña electoral de 2020 en la que persigue su reelección. Pero sin un plan serio ni apoyos regionales, ha vuelto a cosechar un fracaso estrepitoso. ¿Cuál será su próxima ocurrencia?

Ya había demostrado, en otras ocasiones, sus virtudes para avivar avisperos y empeorar los problemas, a pesar de sus promesas electorales de centrarse en los asuntos internos (America first) y no hacer de gendarme del mundo. Pero, contradictoriamente, Trump iniciaría su mandato lanzando la “madre” de todas las bombas convencionales –no atómica– precisamente sobre Afganistán, sin que todavía se conozcan los motivos ni la finalidad de aquella acción, más espectacular que militar, con que inauguraba su cometido como comandante en jefe del Ejército de los Estados Unidos.

Sus críticas a los mandatarios que le antecedieron, en especial a Obama, de no haber sabido “defender” los intereses de Norteamérica e involucrarla en guerras que le eran ajenas y de las que no salía “victoriosa”, se vuelven contra él y su heterodoxa actuación en el exterior. Ahí está, para atestiguarlo, la intervención yankee en Afganistán de la que no sabe cómo salir, sin que parezca una derrota.

También está en “lío” de Siria, donde se pretendía expulsar del poder al “tirano” Bashar al-Assad, aprovechando las revueltas conocidas como “primaveras árabes” (que tumbaron a tres dictadores, pero dejaron en el poder a otros tantos), y se ha acabado apoyando a su Régimen y Ejército en la guerra que libra, desde 2011, contra un batiburrillo de insurgentes y el autollamado Estado islámico.

Estados Unidos justificó su entrada en el conflicto alegando supuestos crímenes del Gobierno sirio por efectuar ataques químicos. Así, la segunda orden militar de Trump, desde que asumió el mando en la Casa Blanca, fue lanzar un ataque con misiles contra instalaciones sirias en las que supuestamente se fabricaba o almacenaba armamento químico, a pesar de que, como sucedió en el Irak de Sadam Hussein, jamás se han encontrado tales armas ni evidencias que impliquen al Gobierno sirio de su tenencia y uso.

Más aún, la Organización para la Prohibición de Armas Químicas, respaldada por la ONU, Médicos Suecos por los Derechos Humanos o el Instituto Tecnológico de Massachusets cuestionan su existencia. De este modo, Siria se ha convertido en el escenario geoestratégico de batallas a múltiples niveles.

En un nivel está Siria contra Al Qaeda. En otro, Estados Unidos, Israel, Arabia Saudí, Jordania y Emiratos Árabes Unidos, por un lado, y Rusia, Irán y China, por el otro, enfrentados, con la excusa de defender a quien no consultan –al pueblo sirio–, por mantener o ampliar sus respectivas influencias en una región rica en recursos y consolidar sus intereses económicos y políticos. Mientras tanto, Al-Assad sigue en el poder y Trump involucrado en otro conflicto del que no sabe cómo escapar, a pesar de considerarse un genio de las negociaciones.

Una “genialidad” puesta en evidencia con el ridículo de sus intentos por lograr un acuerdo con Corea del Norte que ponga fin a la carrera nuclear y balística de un país con el que formalmente Estados Unidos sigue en estado guerra. Ni sus visitas ni sus contrapartidas han conseguido lo que anteriores mandatarios no pudieron: doblegar al hermético régimen de Pyongyang para que se desarme y deje de constituir una amenaza a los intereses de Occidente.

Tras sendas reuniones inimaginables entre Trump y Kim Jong-un (en junio de 2018 en Singapur y febrero de 2019 en Hanoi), otra vez más mediáticas que diplomáticas, en las que se intercambiaron promesas de “normalización” de las relaciones, Corea del Norte continúa lanzando proyectiles hacia el Mar de Japón, con los que prueba nuevos lanzadores y misiles balísticos, al tiempo que Estados Unidos mantiene las sanciones económicas.

Si, de paso, pretendía alejarla de la “protección” china y la “comprensión” rusa, ha conseguido todo lo contrario. Y un fracaso que sumar a la caótica política exterior del inefable Donald Trump, que soñaba con ponerse la medalla por arrancar la “espinita” que hiere el orgullo de Estados Unidos desde la guerra de Corea. Pero ni sus métodos ni su personalidad incoherente le permiten materializar sus ensoñaciones, salvo la de gobernar, incomprensiblemente, el país más poderoso de la Tierra.

Ensoñaciones como las que lo llevan a intervenir, a su estilo, en el conflicto entre Israel y Palestina, decantándose abierta e incondicionalmente del lado hebreo y en contra de la legalidad internacional y las resoluciones de la ONU. Con ayuda de su yerno (que para eso está la familia, no el cuerpo de diplomáticos y expertos del Departamento de Estado), propugna un “acuerdo de paz” que, a cambio de inversiones sin concretar, renuncia a la solución de los dos Estados y a la devolución de los territorios palestinos ocupados.

Ello, unido a las decisiones que ha tomado de cortar toda ayuda a la causa palestina, incluidas las humanitarias, y al beneplácito con que ha consentido cuantas acciones ilegales ha cometido Israel (declarar Jerusalén como capital del Estado, derribos de barrios palestinos, disparar contra manifestantes civiles desarmados...), ha envalentonado al extremista gobierno de Benjamín Netanyahu, que actúa sin miramientos en su afán por destruir todo rastro árabe (un 20 por ciento de la población) en el Estado judío, extender la soberanía de Israel más allá de las fronteras establecidas por la ONU y despreciar los derechos que asisten al pueblo palestino.

Ni siquiera con tan formidable apoyo tiene garantizado Netanyahu su reelección como presidente sionista, en unas elecciones que han tenido que repetirse al no poder conformar una mayoría en el Parlamento. Y es que las maniobras de Trump, para forzar una solución del conflicto según convenga a una de las partes, parecen destinadas a cosechar un nuevo y sonoro fracaso.

Pero, no contento con los problemas que ya tiene en la región, Trump se empeña en sacudir el avispero de Irán (país con el que Estados Unidos no mantiene relaciones diplomáticas desde hace cuatro décadas) con su retirada unilateral del acuerdo nuclear, alcanzado en 2015 por Rusia, China, Reino Unido, Francia, Alemania y Estados Unidos, por el que Teherán se comprometía a reducir el enriquecimiento de uranio y poner su programa nuclear bajo supervisión del Organismo Internacional de la Energía Atómica, a cambio del levantamiento de las sanciones económicas internacionales que lastraban su economía.

Aquella decisión de Trump propició la respuesta iraní de retomar su programa nuclear si el resto de firmantes no garantizaba lo convenido. Creía Trump poder doblegar al gobierno de Hassan Rohani y obligarlo a negociar otro acuerdo, con la amenaza de nuevas sanciones e impidiendo la venta de petróleo iraní a terceros países. Pero ni Irán se pliega ni la voluntad europea es decidida, por lo que Teherán advierte con aumentar la producción de uranio enriquecido, combustible que sirve tanto para producir energía eléctrica como la bomba atómica.

Por si fuera poco, Irán endurece el control naviero por el estrecho de Ormuz, por el que circula más del 20 por ciento del petróleo mundial. La zona se ha convertido en un punto de fricción, con cargueros apresados o atacados, que podría desencadenar una guerra. Y todo por el empecinamiento estúpido de Trump de echar un pulso, provocando una crisis que no sabemos cómo acabará, en un asunto que estaba ya en vías de solución. Otro acto fallido de su política exterior estrambótica.

Y es que las iniciativas de Donald Trump son impulsivas, viscerales, impredecibles e incoherentes y, por tanto, peligrosas y hasta contrarias a los propios intereses de Estados Unidos. Solo el populismo radical explica algunas de ellas, con su visión cortoplacista, intransigente y simplista de los problemas, como son el abandono de los acuerdos climáticos del Tratado de París o la ruptura del tratado para la eliminación de misiles de medio y corto alcance (INF), firmado con la Unión Soviética en tiempos de Reagan y Gorbachov, lo que ha desatado una nueva carrera armamentística.

Con sus extravagancias, Trump ha impulsado el destrozo ambiental (ahí está Bolsonaro siguiendo su ejemplo) y la proliferación de armas de gran alcance y devastadora potencia. Todo un “triunfo” de su particular manera de abordar y agravar los asuntos en los que mete mano.

Como en Venezuela. Sus intentos de provocar un golpe de estado, de derrocar como sea al gobierno de Nicolás Maduro y de levantar al país, dividiendo a su población, en contra de sus dirigentes, sólo han conseguido alimentar una enorme crisis nacional –económica, política y social– en aquel país sudamericano, han ocasionado un empobrecimiento general que se ha cebado con los ciudadanos más vulnerables y han generado una avalancha migratoria de las que tanto teme Trump, pero han afianzado en el poder al Gobierno bolivariano, lo contrario de las pretensiones perseguidas.

Ni el reconocimiento a Guaidó como presidente interino, encabezando toda la oposición a Maduro, ni las ayudas prestadas –legal o subrepticiamente– a los movimientos antigubernamentales, con el apoyo explícito de Trump, han conseguido sus propósitos de sustituir un gobierno “hereje”, pero democrático, por otro afín a los intereses de Estados Unidos en la región. Otro fracaso más.

Queda por ver, por abreviar, lo que pasará con la guerra comercial con China, que va subiendo en grados y aranceles que encarecen los precios finales de los productos. Lo grave es que no es una batalla por igualar la balanza comercial entre ambos países, como se aduce con esa invención sistemática de falsedades a que acostumbra el discurso político, sino una guerra por el predominio tecnológico y la capacidad china de convertirse en un actor que disputa la supremacía de Estados Unidos en el mundo.

Trump ve con ojeriza sus avances tecnológicos y espaciales, su capacidad económica para invertir en todo el planeta y su potencial comercial para competir a escala global, pero se enfrenta a semejante reto con las armas pueriles de su matonismo negociador, aunque ello conduzca a una ralentización de la economía, incluida la del propio Estados Unidos.

No cabe duda de que las revueltas de Hong Kong se inscriben en ese enfrentamiento que libran ambos países. También sus amenazas a la Organización Mundial de Comercio (OMC), a la que tiene bloqueada e impide su función reguladora de las diferencias del mercado, para que cambie las reglas y considere ricas a naciones en desarrollo, como China, que hacen competencia al monopolio mundial norteamericano. Está por ver cómo queda esta guerra con China, pero por los resultados que avalan la conducta de Trump en política exterior, mucho nos tememos que acumulará un nuevo fracaso. Lo que pagaremos todos.

DANIEL GUERRERO
  • 10.9.19
Poca broma con la salud pública. Nada de chistes con la infección por carne mechada contaminada que se ha producido en Andalucía. Más seriedad con un asunto en el que han fallado, por causas diversas, los controles que debían proteger a los consumidores de productos alimenticios ante cualquier manipulación, durante su obtención, elaboración, conservación y distribución, que no se ajuste a las debidas garantías higiénico-sanitarias.



Poca broma, pues, con el primer contagio masivo por listeriosis conocido en España y que ya ha ocasionado tres muertos, siete abortos y más de dos centenares de personas ingresadas en los hospitales tras consumir carne mechada. El asunto es delicado y muy grave.

Porque es incomprensible, aunque pueda explicarse, que de una fábrica, registrada y autorizada para tal fin, salgan productos a la venta para consumo público contaminados con una bacteria que causa una infección en quienes los consuman, sin que ningún control de calidad interno ni ninguna inspección sanitaria, a la que está regularmente obligada, los detecte.

Sin embargo, ha sucedido, y en dos empresas diferentes, evidenciando un cúmulo de irregularidades y negligencias que deberán ser aclaradas, corregidas y, si procede, castigadas con la exigencia de responsabilidades administrativas y penales que correspondan. Porque con la salud pública no se juega, máxime si el “juego” tiene consecuencias luctuosas para los ciudadanos.

Los culpables de esta situación, sea por acción u omisión, han de pagarlo, puesto que no se trata de un accidente o una eventualidad imprevista, sino de una falta de rigor en quienes manipulan carne con fines lucrativos y de los encargados en controlar que tal actividad se realice con todas las garantías pertinentes.

Están en juego la confianza en las instituciones gubernamentales u organismos oficiales de control y la profesionalidad de las empresas y la fiabilidad de los productos que se consumen bajo el marchamo de una presunta calidad y garantía sanitarias. Y tal confianza, que depende de las explicaciones y la gestión de esta crisis, pero también de las medidas que se adopten para evitar que se repita, es, hoy por hoy, ínfima. La actuación de las autoridades deja mucho que desear.

En primer lugar, por no haber detectado a tiempo el problema y evitado el contagio masivo de ciudadanos. Desde que se descubrió que el foco de la infección se hallaba en la empresa cárnica Magrudis, radicada en Sevilla, que comercializa carne mechada con la marca La Mechá, hasta que se incautaron tales productos y, finalmente, se clausuró la empresa, transcurrieron injustificadamente demasiados días que solo sirvieron para que el brote se extendiera entre la población.

Desde mediados de julio, la Junta de Andalucía conocía el pico de casos por listeriosis en los centros de salud pero, hasta el 15 de agosto, la Dirección General de Salud Pública y Ordenación Farmacéutica de Andalucía no decretó la alerta sanitaria. Demasiados días para comprobar que el producto en cuestión era el causante del brote infeccioso.

Se fueron tomando decisiones a expensas de los acontecimientos y no con la debida celeridad para anticiparse a ellos y evitarlos. Se produjo, incluso, un cruce de reproches entre administraciones (autonómica y municipal, con competencias compartidas en la inspección sanitaria) que en nada contribuía a tranquilizar a la población y minimizar el problema.

Mientras la cifra de afectados aumentaba, la información ofrecida por las autoridades, pese a la aparente asepsia profesional de los datos médicos, causaba más alarma que tranquilidad. De hecho, el llamamiento, primero, a todas las embarazadas y, posteriormente, a las que solo hubieran comido carne contaminada para someterse a un tratamiento preventivo con antibióticos, no ha ayudado a transmitir confianza sobre su necesidad, por cuanto muchas de ellas temen que la medida perjudique al desarrollo de los fetos.

Y, peor aún, denota que el alcance de la infección no se conoce ni se controla, ya que la circulación de los alimentos contaminados no se paralizó hasta muy tarde y, en todo caso, han ido apareciendo nuevos productos también contaminados que obligan a la Consejería de Salud y Familias a ampliar la alerta sanitaria, el día 23 de agosto, más de un mes más tarde de que apareciera el pico por listeriosis. Y más tarde aún, el 28 de agosto, se extiende la alerta a todos los productos de la empresa Magrudis.

Cuando al fin va remitiendo el número de afectados en los hospitales, después de dejar un reguero de muertos, abortos y más de 200 personas infectadas, un segundo foco de contagio se localiza en otra empresa, gaditana esta vez, que comercializa productos cárnicos con la etiqueta Sabores de Paterna y los distribuye por Cádiz, Huelva, Málaga, Madrid y otras provincias.

Ante este nuevo brote, se afronta la situación con más determinación y celeridad, decretándose una nueva alerta sanitaria el día 6 de septiembre, al poco de detectarse una intoxicación por consumo de carne contaminada. Ello hace que, en la actualidad, ambas empresas estén ya clausuradas e inmovilizada y retirada de la circulación toda su producción.

Pero ambas, también, son muestras evidentes de que algo no ha funcionado bien en el control e inspección sanitarios de los alimentos destinados al consumo humano. Unas irregularidades y unas negligencias que deberán corregirse, depurando responsabilidades, para evitar que vuelvan a darse. Y, derivado de todo lo anterior, unos delitos contra la salud pública que habrán de dirimirse, para que nadie crea que infringir la ley y las ordenanzas sale gratis, con la contundencia ejemplarizante de la Justicia.

Hay que tomárselo en serio porque no es ninguna broma atentar contra la salud de los ciudadanos. Y porque no es de recibo que una empresa mantenga una actividad sin que sea sometida con regularidad y rigor a las inspecciones sanitarias y controles correspondientes.

También, además, para exigir que la actuación de las autoridades competentes y la gestión de toda alarma sanitaria sean mucho más eficaces y celosas de lo que han sido, ya que, en el caso Magrudis, parecían mostrar una “cautela” que priorizaba el interés de la empresa a la salud de los ciudadanos.

Se perdía así, en aras de no perjudicar el buen nombre de un negocio, un tiempo que favoreció la extensión del contagio entre la población, cuando el posible daño a la empresa se compensaría con las indemnizaciones pertinentes, pero las muertes y quebrantos de salud de los ciudadanos no hay modo de restituirlos, mucho menos con dinero.

Ese tiempo perdido –algo más de un mes– en tomar las medidas oportunas –dictar la alerta, inmovilizar los productos y clausurar la empresa– para no perjudicar a una empresa, como ha argumentado algún responsable de la Consejería de Salud, no debiera consentirse ni repetirse. Pero, desgraciadamente, ha pasado en el primer y mayor contagio masivo por listeriosis acaecido en España. Es algo muy grave como para tomárselo a broma.

DANIEL GUERRERO
  • 3.9.19
Arde la Amazonia. En lo que llevamos de año, ha habido cerca de un 90 por ciento más de incendios que el año pasado, según datos del Instituto Nacional de Investigaciones Espaciales (INPE), organismo que, desde 2013, vigila desde satélites la deforestación a la que está sometida la mayor selva tropical del mundo, el “pulmón del planeta” que proporciona el 20 por ciento del oxígeno del aire y, al mismo tiempo, la que más dióxido de carbono (CO2) absorbe, mitigando el efecto invernadero que provoca este gas en la atmósfera, causante del calentamiento global.



Pero, aunque sea normal que en los meses secos (de julio a octubre) se produzcan incendios por causas naturales (rayos, por ejemplo), no lo es tanto que el número de ellos y su intensidad sean este año desproporcionados, hasta el punto de que se hayan registrados ya más de 75.000 incendios. Una cifra, a todas luces, preocupante y sintomática de que “algo” huele a quemado en la Amazonia.

Y no es una licencia literaria porque, por culpa del fuego, desde 2000 a 2017, se ha perdido en Brasil, según Greenpeace, una extensión de selva del tamaño de Alemania, es decir, unos 400.000 kilómetros cuadrados. Se trata de un auténtico crimen medioambiental del que el semanario The Economist señala posibles responsables, entre culpables directos y los que consienten la catástrofe sin hacer nada, al advertir que, desde que Jais Bolsonaro llegó al poder, los árboles desaparecen en Brasil a razón de dos Manhattans por semana. Es evidente que el presidente Bolsonaro no prende los fuegos, pero los facilita y los deja arder sin hacer apenas nada.

Y es que bajo su administración, formada por ultraconservadores y militares, se han tomado iniciativas tendentes a recortar la financiación de la preservación de la naturaleza y la protección del hábitat de las tribus de indígenas que habitan la selva. Reducir tales recursos y desmantelar organismos encargados de la protección medioambiental, como el Instituto Brasileño de Medio Ambiente y Recursos Naturales Renovables, han tenido como consecuencia una descontrolada y exacerbada deforestación de amplias zonas de la Amazonia y el incremento desmesurado de los incendios, la mayoría de ellos provocados.

Tan masiva es la agresión que, en los últimos 40 años, la Amazonia brasileña ha perdido un 20 por ciento de su masa selvática. Un ritmo de destrucción que Bolsonaro ha acelerado y que, de mantenerse, podría llevar a la desaparición de la selva amazónica en cuestión de pocas décadas.

La nefasta política medioambiental del dirigente ultraconservador brasileño es reflejo de su ideología neoliberal, la cual dogmatiza que los recursos y bienes de un país -y, por ende, del mundo- han de estar supeditados a la actividad mercantil, sin más regulación que la de la oferta y la demanda.

Es la mentalidad actualmente imperante en el planeta y la que hace resurgir los populismos ultranacionalistas de derechas, de los que Bolsonaro es sólo un ejemplo, y no precisamente el más destacado. Dicha mentalidad –lo primero es el negocio– es la que impulsa a algunos agricultores y ganaderos a perforar cientos de pozos ilegales en el entorno de Doñana, espacio natural protegido de España, para beneficio de sus explotaciones agrícolas o ganaderas, pero que ponen en serio peligro las reservas acuíferas y la viabilidad de un parque con humedales de excepcional riqueza y biodiversidad.

O la que mueve a Trump a revocar las regulaciones de la era de Obama, en su lucha contra el cambio climático, sobre los escapes de Metano de las instalaciones petrolíferas y gasísticas, y a revertir las restricciones a la explotación forestal, minera y energética del Bosque Nacional Tongass (Alaska), uno de los más importantes del mundo, permitiendo la construcción de carreteras y oleoductos.

La Amazonia brasileña arde, pues, por un afán desmesurado de explotar sus vastos recursos naturales y ampliar las posibilidades de un negocio que proporciona pingues beneficios a la élite económica y política del país. Así, se talan árboles –o se queman– para ampliar los espacios agrícolas y aumentar las áreas de pastos para el mayor rebaño comercial del mundo (más de 200 millones de bovinos), y potenciar un sector agroindustrial que mueve más de 100.000 millones de dólares en soja, carne y productos agropecuarios, como explica el periodista Heriberto Araújo en un artículo reciente.

Un negocio al que acompañan, como las rémoras a los grandes peces, la especulación lucrativa de la tierra, arrebatándosela a indígenas que apenas tienen contacto con la “civilización” y a humildes campesinos, para hacerse con el control y la propiedad de enormes extensiones de terreno, tan grandes como provincias o comunidades autónomas de España; los madereros clandestinos, los buscadores de oro ilegales y hasta las empresas de obras públicas y privadas que priorizan su cuenta de resultados a la protección del Medio Ambiente.

Para todos ellos, Bolsonaro es el instrumento que, aupado al poder, tolera desde el Gobierno esa catástrofe ambiental para favorecer los intereses mercantiles y económicos de la oligarquía del país. Y sólo ante las presiones de la comunidad internacional y las amenazas de los países que aportan donaciones millonarias, como Alemania y Noruega, para reducir la deforestación de la selva amazónica, es cuando el presidente de Brasil ha decidido enviar al Ejército para apagar los fuegos y ha aceptado, tras rechazarla inicialmente, la ayuda económica que la Unión Europea le ha ofrecido al respecto.

La ecología y el cambio climático son, para estas mentalidades neoliberales, simples argucias de sospechosos izquierdistas que pretenden boicotear la libertad de mercado y el sacrosanto derecho a la iniciativa y propiedad privadas, como si de mandamientos divinos se trataran.

Las advertencias de la ciencia sobre la necesidad de mantener el equilibrio de la biodiversidad y de evitar las emisiones contaminantes que la actividad humana provoca y que contribuyen, como factor determinante, al calentamiento de la atmósfera y el cambio climático, son recibidas por estos detractores de la sostenibilidad como si fueran auténticas “fake news”, mera y falsa propaganda proteccionista que obstaculiza el crecimiento económico y la creación de riqueza (riqueza para algunos, no todos, naturalmente).

Mientras tanto, la selva se destruye como nunca antes en la historia y el bosque amazónico que paliaba, absorbiendo CO2, nuestras emisiones de gases de efecto invernadero, apenas cumple con tal función que beneficia globalmente a la atmósfera del planeta. Los incendios que arrasan la masa forestal se transforman en una fuente de emisión de CO2.

Según un estudio de la Universidad de Lancaster, supusieron en 2014 el 6 por ciento de las emisiones anuales de todo Brasil. Aún no se sabe lo que supondrán este año, cuando Brasil lleva más de 70.000 incendios declarados hasta la fecha. Para los científicos, nos acercamos a un punto en que no será posible preservar las masas verdes del planeta.

Es decir, de seguir con los actuales índices de degradación de la naturaleza, nuestra propia supervivencia, y no sólo la Amazonia, estará en peligro. Por eso es imprescindible señalar a los que queman, hoy, la selva amazónica y cuantos desprecian la lucha por la protección el Medio Ambiente y contra el cambio climático. Nos va el futuro en ello.

DANIEL GUERRERO
  • 27.8.19
Después del fracaso, en julio pasado, de la investidura como presidente de Gobierno del candidato del Partido Socialista Obrero Español (PSOE), Pedro Sánchez, queda un último cartucho, un segundo acto final, para conseguir los votos necesarios –más síes que noes– en un Parlamento fragmentado con los socialistas como primera fuerza política (123 escaños), aunque sin mayoría absoluta, y evitar una nueva convocatoria a elecciones, la quinta en Andalucía en los últimos cuatro años.



No obstante, los condenados a entenderse, PSOE y Unidas Podemos (UP) como representantes de una izquierda que, en su conjunto (incluyendo nacionalistas e independentistas), constituye mayoría en el Congreso, no parecen dispuestos a ello y la amenaza de volver a las urnas, conforme se acerca el último plazo, parece cada vez más inevitable, a pesar de que nadie asegura preferir nuevas elecciones, aunque todos las tengan en cuenta en sus cálculos estratégicos. Lo que niegan con la boca, lo desmienten con sus actitudes y con esa incapacidad de dialogar “en serio” para llegar a un acuerdo que permita la formación de un Gobierno estable por primera vez en un lustro.

No hay que olvidar que llevamos en una situación de interinidad gubernamental desde diciembre de 2015, cuando el PP obtuvo los mismos escaños que hoy tiene el PSOE y Mariano Rajoy no pudo entonces reunir los votos necesarios para conseguir ser refrendado como presidente del Gobierno.

UP y PSOE pugnaron en aquella ocasión por conformar un Gobierno alternativo que fracasó por las mismas razones que actualmente les impide conseguir esa unión de las izquierdas: desconfianzas y ambiciones mutuas por encabezar el liderazgo.

Se tuvieron que repetir las elecciones en junio de 2016, con las que Rajoy logró al fin ser investido por el Congreso de los Diputados tras 10 meses en funciones, gracias a la abstención del PSOE para desbloquear la situación, una decisión que fracturó al partido y supuso la renuncia de Pedro Sánchez a su escaño y a la secretaría general del PSOE.

Aquel Gobierno, el segundo de Rajoy, duró poco y andaba en continuos sobresaltos. Varios de sus ministros fueron reprobados por el Congreso, algunos de ellos hasta en dos ocasiones. La reprobación de un miembro del Ejecutivo era algo insólito, aunque no inédito, en la democracia española.

Rajoy soportó hasta seis reprobaciones que afectaron a cinco de sus ministros. Más tarde dimitía el ministro de Economía para ocupar un nuevo puesto: vicepresidente del Banco Central Europeo. Pero lo peor, lo que tumbó aquel Gobierno en 2018, fue la sentencia de la Audiencia Nacional sobre el caso Gürtel que condenaba al PP como partícipe a título lucrativo en esa trama de corrupción.

Era la primera vez que un partido político era condenado en España, lo que motivó una moción de censura, también la primera con éxito en democracia, aprobada por mayoría absoluta del Parlamento, que aupó al líder socialista, Pedro Sánchez, a la presidencia del Gobierno.

Ocho meses más tarde, Sánchez se vería obligado a convocar nuevas elecciones anticipadas, en abril de 2019, al no poder aprobar los Presupuestos para ese año. Y con ello, volvemos a una posición similar a la inicial: PSOE, con 123 escaños, es incapaz de reunir los apoyos suficientes para investir presidente a su candidato. En Andalucía, además, hubo comicios municipales en mayo de 2019, y adelanto de la autonómica en diciembre de 2018.

Hoy seguimos instalados en la parálisis política y en la inestabilidad gubernamental. La intransigencia de unos y el inmovilismo maximalista de otros bloquean el consenso y la confianza requeridos para cerrar pactos de gobierno. El PSOE de Sánchez se cierra en banda a formar un gobierno de coalición con una formación, UP, que es la cuarta fuerza política del Parlamento y cuyos votos no le otorgan la mayoría suficiente para gobernar.

Los 42 votos de UP son muchos, pero insuficientes, máxime si las derechas, representadas por el Partido Popular (PP) y Ciudadanos (Cs), cumplen su previsión de votar en contra de la investidura. Necesitarían, en tal caso, el apoyo de las formaciones nacionalistas e independentistas con asiento en el Congreso para reunir más síes que noes, cosa que en principio están dispuestas a negociar a cambio de determinadas concesiones para sus regiones, la mayoría de ellas en inversiones y transferencias de competencias autonómicas, salvo los catalanes, que exigen diálogo para sus demandas soberanistas.

UP de Pablo Iglesias, por su parte, insiste en participar en un Gobierno de coalición a cambio de su apoyo, y se niega a cualquier otra alternativa que posibilite la formación de un Ejecutivo sin su presencia en el mismo. Inquieto por la espera, elabora un amplio documento programático, que envía al Gobierno en funciones y al partido que lo sustenta, en el que vuelve a condicionar su apoyo a cambio de gestionar tres ministerios y detentar una vicepresidencia.

De ahí no se mueve, mientras Pedro Sánchez rechaza la oferta y da largas a las negociaciones, consumiendo un plazo que finaliza el 23 de septiembre. Pierde el tiempo en reunirse con colectivos y representantes de la sociedad civil, con voz pero sin voto, para pulsar sus demandas y perfilar un programa que se supone negociará con sus potenciales aliados.

Tal desidia para alcanzar acuerdos políticos que conduzcan a la formación de Gobierno, en los que ningún partido se baja del burro y le importa muy poco que el país no esté en condiciones para afrontar los retos que se ciernen sobre nuestras cabezas (amenaza de una nueva recesión económica, la guerra comercial entre Estados Unidos y China, el Brexit duro que parece inesquivable, el fenómeno de la migración que afecta a las fronteras de Europa, los problemas de seguridad y defensa que se derivan de las tensiones en Irán, Siria, Ucrania y norte de África, los conflictos territoriales con Cataluña, el problema de la sostenibilidad de las pensiones y, por encima de todo, la creación de empleo estable y dignamente remunerado, entre otros), traslada al electorado un desprecio hacia su opinión, reiteradamente expresada en estos últimos años en las urnas y no tenida en cuenta por sus representantes políticos.

En este último acto de la investidura, que lleva el rumbo de concluir sin acuerdo como en julio, están puestas las esperanzas de los sufridos votantes para que, por fin, un Gobierno comience a ejercer su función sin precariedad temporal y sin cortapisas electorales.

Después de los últimos cuatro meses de parálisis y cerca de un lustro de interinidad, los españoles confían –sin mucho entusiasmo, todo hay que decirlo–, en que los líderes y sus partidos estén a la altura de su responsabilidad y atiendan el mandato popular, es decir, que se pongan a gobernar, sacrificando intereses partidistas y priorizando el bien común. ¿Tan pocos políticos, dignos de tal nombre, tenemos en España?

DANIEL GUERRERO
  • 20.8.19
Alcanzada cierta edad, nos volvemos torpes o imposibilitados para desenvolvernos por nosotros mismos. Nuestros sentidos se abotargan, las articulaciones se atrancan como bisagras oxidadas y el aparato locomotor –huesos y músculos– apenas tiene fuerzas para movernos y está tan fatigado como el ánimo que lo impulsa. Incluso los esfínteres se relajan al menor estornudo y dejan escapar rastros indignos de nuestro deterioro orgánico.



Nos volvemos vulnerables y dependientes de atenciones y cuidados por parte de familiares, en el mejor de los casos, o de entidades dedicadas crematísticamente a ello. Es decir, nos convertimos en una carga para quienes, en verano, podrían correr, volar y nadar sin ataduras ni preocupaciones, disfrutando de vacaciones y asueto sin duda merecidos.

Durante el mes de agosto he podido presenciar en el barrio la estampa de ancianos, apoyados en bastones o del brazo -supongo- del familiar que los acompaña, paseando despacito por la acera. Al cruzarme con ellos, más que sus rostros, miraba al de la persona, casi siempre una mujer, que les ayudaba en su andar lento, impreciso y tal vez molesto, si no doloroso.

Veía un semblante que irradiaba paciencia, comprensión y ternura en quien se presta a servir de apoyo, físico y psíquico, del anciano, hombre o mujer, que aun sintiéndose incapaz no puede resistir el deseo de hacer lo que antes podía por sí solo: pasear, sentir el aire o el calor en su cara y ver a la gente por la calle.

Como si, a pesar de los achaques, rehuyera de permanecer encerrado entre las paredes de unos males que lo confinan a la parálisis, la invalidez o el aislamiento. Y agradeciera la oportunidad de que lo ayudaran a sentirse vivo quejumbroso, pero vivo, aunque supunga una carga para su familia.

No todos los viejos abuelitos tienen la misma suerte. O carecen de familiares sin recursos ni tiempo para dedicarlos al cuidado de sus mayores. O constituyen un obstáculo para la rutina acelerada de una sociedad hedonista y consumista que no puede perder ni un minuto en actividades improductivas.

En tales casos, el abuelo queda a merced de la soledad de su hogar, propio o familiar, o acaba recluido en una residencia o asilo donde pasa las horas frente al televisor y comparte mesa, manías y babas con los demás internos de esas guarderías de la tercera edad. Tampoco son los más desafortunados porque sus familiares procuran ofrecerles una atención compatible a sus necesidades.

Otros, en cambio, son víctimas de la ingratitud y el egoísmo de los que no están dispuestos a sacrificar su ocio vacacional y quedan abandonados en hospitales, sin que nadie se haga cargo de ellos cuando reciben el alta médica.

Enfermos crónicos, dada su avanzada edad, que reingresan cada verano con el pretexto de unas patologías que ya no tienen cura, pero requieren de unos cuidados que sus parientes cercanos, con los que viven, no parecen dispuestos atender mientras disfrutan de vacaciones.

Cada verano son recurrentes estas estampas de un anciano asistido de compañía durante un paseo matutino, departiendo en un banco con los de su generación, acompañando a su familia también en vacaciones, compartiendo reclusión y cuidados en hospicios u olvidados en centros hospitalarios hasta que haya alguien que se haga cargo.

Y cada verano me asalta la amarga presunción de lo triste que es culminar la vida con la sensación de ser un estorbo. Pero que más triste ha de ser no merecer la compasión y el afecto, cuando más se necesita, de tus seres queridos.

DANIEL GUERRERO
  • 13.8.19
Hace unos días se produjo, desgraciadamente, la enésima matanza de ciudadanos inocentes en Estados Unidos a manos de un fanático descerebrado que, ejerciendo un controvertido derecho existente en aquel país a poseer armas de fuego, la emprende a tiros contra cualquiera que considere objetivo potencial de sus manías. Es, por tanto, el autor de tales crímenes el único culpable de unos hechos que horrorizan a personas dentro y fuera de Estados Unidos.



Y es que asesinar por las buenas –o por las malas, da igual– a clientes de un supermercado en la ciudad de El Paso (Texas), disparando contra la multitud con un arma semiautomática que deja un reguero de más de 20 personas muertas y decenas de heridos, es un crimen del que sólo cabe culpabilizar al que empuña el arma.

Como también lo es el autor de otra matanza en Dayton (Ohio), cometida horas después de la de Texas, en la que otro pistolero abrió fuego en el pleno centro de la ciudad contra los viandantes que andaban de copas a la una de la madrugada, provocando la muerte de, al menos, nueve de ellos y causando decenas de heridos, antes de que la policía abatiera al agresor, sólo un minuto después de comenzar la carnicería. Nadie pone en duda que ambos autores son culpables de sus fechorías asesinas. Y que merecen las consecuencias y castigos derivados de sus actos.

Pero más allá de la autoría material de los hechos, existen responsabilidades morales y políticas en quienes no impiden o, cuando menos, no dificultan que esos comportamientos criminales puedan manifestarse tan fácilmente. Porque un país, en el que comprar un rifle o una pistola es algo tan “normal” como adquirir chucherías en un quiosco, no puede limitarse a condenar sólo al que aprieta el gatillo en los crímenes que se cometen con tales armas de fuego.

Los gobernantes de ese país deberían dejar de escudarse en una mal entendida libertad para regular con el máximo rigor y mayor restricción la adquisición y tenencia de armas letales por parte de cualquier ciudadano, al que le mueve sólo el capricho de poseer un arma de fuego. Ya no se debe aguardar, si no se quiere ser cómplice involuntario, a que se cometa otra matanza de inocentes para abordar con seriedad un problema que sectores de la sociedad estadounidense y representantes políticos son reacios a reconocer y solucionar.

¿Cuántos muertos más hacen falta para admitir que la “libertad” de portar armas causa más estragos mortales entre la población que su prohibición o severa limitación? ¿De verdad sería más insegura la sociedad si careciera de “libertad” a portar armas de fuego? ¿Cuántos inocentes deberán pagar con su vida por una norma legal que ha demostrado su ineficacia para cumplir con su objetivo –la defensa personal– y constituye un peligro creciente para la seguridad del conjunto de la población?

Existen, pues, responsabilidades políticas por parte de aquellas autoridades que paralizan iniciativas tendentes a impedir la venta de armas de fuego a particulares, desoyendo los llantos y el clamor de las familias de las víctimas.

Porque por mucho poder e influencia que tenga la Asociación Nacional del Rifle (NRA en sus siglas inglesas y cuyo rostro fue Charlton Heston) y por mucha capacidad que tenga para ejercer de “lobby” de la industria de armas ligeras ante Congresistas y Senadores, es hora ya de exigir públicas responsabilidades a quienes banalizan la posesión de armas de fuego y hacen apología de las balas como instrumento de una supuesta libertad.

Libertad para matar sin que ninguna ley disuada ni obstaculice la facilidad para cometer asesinatos. ¿Qué impedimento existe para que el poder político regule este aspecto que erosiona la convivencia pacífica de la sociedad, como corresponde a su función? ¿Qué intereses tan formidables impiden una regulación legal más severa en el control de las armas de fuego?

¿Acaso la inmigración provoca más muertes que esa “libertad” de ir armado como para priorizar las leyes contra los flujos migratorios en vez de contra la adquisición y tenencia de armas? Hay, por todo ello, responsabilidades políticas por la desidia ante una lacra mortal que no se extirpa de la sociedad de Estados Unidos.

Pero también existen responsabilidades morales. Hay responsabilidades por avivar el odio y el rechazo a las minorías, especialmente la hispana, entre la población predominantemente blanca del país, por parte de sus máximos dirigentes. No son culpables de matar a nadie, pero sí de propiciar el ambiente de exclusión y hasta de miedo al diferente y de azuzar emocionalmente comportamientos xenófobos y hasta racistas en una población que no puede evitar ser plural y diversa, como es la estadounidense.

Y uno de los que debe asumir su responsabilidad moral y política es el actual inquilino de la Casa Blanca, Donald Trump, quien no ha dejado de sembrar vientos en su campaña electoral y durante su mandato contra los inmigrantes, obsesionado en construir muros fronterizos y criminalizando continuamente al migrante, por lo que ahora recoge las tempestades que desatan sus mensajes supremacistas y sus iniciativas restrictivas de la inmigración por motivos raciales y religiosos.

Trump debe responsabilizarse –moral y políticamente–, al alentar el resentimiento racial, de los actos de violencia racista que han acontecido bajo su mandato, desde el de Charlosttesville (Virginia), donde la ultraderecha dejó un muerto durante un enfrentamiento con grupos antiracistas y del que culpó a ambos bandos, hasta los últimos del pasado fin de semana, uno de los cuales fue el mayor crimen racista contra hispanos en la historia reciente de Estados Unidos. Donald Trump es responsable por acción y omisión.

Por acción, al estar continuamente criminalizando al inmigrante y acusándolo de querer entrar en Estados Unidos para robar y violar, convirtiéndolo en el único culpable de todos los males que aquejan a esa sociedad. Ha sembrado odios y miedos infundados por motivos raciales y religiosos, sin más datos que confirmen sus denuncias del rechazo al inmigrante, sobre todo hispano, que su palabra y su convencimiento, como si fueran verdades reveladas.

Y lo hace cínicamente movido por la rentabilidad electoral que le proporciona blandir un supremacismo blanco y “autóctono” en una sociedad que recela de la multiculturalidad y de una globalización que obliga a competir y perder privilegios comerciales y económicos. Trump, aunque parezca lo contrario, no es tonto, pero es inmoral e indecente, hasta el punto de tener posibilidad de ser reelegido con los votos de aquella “américa profunda”, machista y racista, que teme perder su antiguo modo de vida.

Trump se ha dedicado toda la vida a agitar el miedo al inmigrante, acusándolo de ir a Estados Unidos a abusar de las ayudas sociales, quitar puestos de trabajo y aumentar la criminalidad, porque le depara votos, sin importarle que ello despertara el racismo latente y la xenofobia en una sociedad que hasta hace relativamente poco mantenía políticas de discriminación racial sobre la minoría negra de la población.

Pero también lo es por omisión, por no promover un mayor control sobre las armas de fuego en un país en el que, según un estudio del Servicio de Investigación del Congreso, de 2012, con una población de 321 millones de habitantes, posee 310 millones de armas, supuestamente para defenderse en nombre de la libertad.

Una “defensa” que, en la mayoría de los casos, se hace contra civiles desarmados e inocentes. Y en nombre de una “libertad” que ocasiona una media de 40 muertos al día, según datos de la organización Gun Violence Archive. ¿Y qué hace Trump ente este problema? No hace nada, salvo aventar el racismo, la intransigencia y el miedo entre la población.

Es verdad que la violencia por armas de fuego es crónica en Estados Unidos y no hay que endosársela al actual presidente. Viene de antiguo y obedece a circunstancias históricas que la explican, pero no la justifican. La tenencia y uso de armas está amparado por la Constitución estadounidense. Y cualquier cambio que restringa esa “libertad” es considerado una injerencia o intervencionismo del Gobierno.

Los republicanos y, por supuesto, Donald Trump defienden la consagración de esa “libertad” constitucional, según ellos necesaria para la defensa de cualquier persona. Pero, al menos, podría regularse para evitar que depare más perjuicios –mortales– que beneficios, más inseguridad que seguridad.

Es lo que procuró hacer su antecesor en la Casa Blanca, Barack Obama, quien a pesar de intentar endurecer el control de las armas de fuego, no pudo evitar que sus iniciativas fueran rechazadas por el Congreso y que todos los años de su mandato se vieran salpicados por alguna masacre con víctimas por disparos de armas en poder de particulares.

El único cambio significativo se produjo en 2007, cuando se prohibió la venta de armas a personas con trastornos mentales y antecedentes penales. Fue la mayor restricción jamás impulsada en Estados Unidos sobre la “libertad” de tener armas. Pero Trump ni eso.

Obligado por las circunstancias, Donald Trump condena ahora, por primera vez, “el racismo, la intolerancia y el supremacismo blanco” que han motivado la matanza de El Paso, una ciudad fronteriza con casi un 85 por ciento de población hispana. Y acude a esa ciudad a expiar su responsabilidad política y moral en un atentado de odio que el autor material del mismo ha confesado que responde “a la invasión hispana de Texas”.

Resulta un sarcasmo que el propio Trump, quien ha inoculado hasta la saciedad el miedo a la invasión para referirse a la inmigración hispana en todos sus mítines y declaraciones públicas, vaya ahora a esa ciudad a condenar el racismo y la intolerancia que él mismo promueve en la sociedad.

Y que no hace nada para atajar su manifestación más violenta, los asesinatos de inocentes, regulando un control más estricto de las armas de fuego. Así es la hipocresía del cínico que habita la Casa Blanca. Siembra vientos de odio, pero esquiva recoger las tempestades de violencia racista. Y, así, hasta la siguiente matanza.

DANIEL GUERRERO
  • 6.8.19
En nuestros gustos y costumbres, sucumbimos de buen grado a lo fácil y cómodo que el mercado, siempre atento a nuestras tendencias como consumidores, nos ofrece en bandeja de manera constante. Rehuimos del esfuerzo y complicaciones, aunque sean la manera más segura de coronar nuestras metas y ambiciones (tanto de ocio como de formación o trabajo), para entregarnos a lo ligero y asequible, a sabiendas de que esa facilidad va en perjuicio precisamente de la calidad y la satisfacción duraderas, y no garantiza ningún objetivo.



Como consumistas compulsivos, valoramos más al sustituto que el original en muchos aspectos de nuestros comportamientos y apetitos cotidianos. Es por ello que preferimos hablar por el teléfono móvil antes que conversar directamente con una persona física. De hecho, es posible que constituyan una mayoría los que interrumpen una conversación para atender con entusiasmo una llamada telefónica, a la que conceden prioridad.

También, a la hora de conservar un buen estado físico, sean muchos los que se decantan por el gimnasio y sus máquinas antes que correr al aire libre por un parque o levantar mancuernas en su casa. Sin el estímulo del sudor gregario, competitivo y hasta exhibicionista del gimnasio, algunos abandonarían su preocupación por los músculos y la figura corporal. La soledad les resulta aburrida.

De igual modo, son legión los que eligen una película frente al libro del que se extrae la historia, incluso aguardan a la versión cinematográfica del mismo, a sabiendas de que el relato literario pierde riqueza, complejidad y detalles en su traducción audiovisual. Se excusan con el tópico de que una imagen vale más que mil palabras. Pero no deja de ser una consecuencia de aquellas vagancias infantiles que nos hacían adictos a las viñetas de los tebeos y reacios a los textos escritos.

Una tendencia a lo simple que, en última instancia, nos ha empujado masivamente a sustituir el whatsapp escrito y leído por el dictado y escuchado, el antiguo mensajito sin límite por el tuit de 280 caracteres, y la arcaica carta de correos por todo lo anterior. Nos hemos vuelto vulnerables –y manipulables– por lo fácil y cómodo, aunque ello nos obligue a modificar costumbres y olvidar los buenos modales. Modernos pero incívicos individualistas.

Ese afán por la copia fácil que sustituye a lo original y complicado va a peor. Lo último será, al parecer, comer carne sin que sea carne, sino un manufacturado vegetal que, aseguran, servirá para abaratar costes, disminuir sacrificios de animales y librar de complicaciones la cocina. Carne vegetal con apariencia, sabor y hasta olor de la carne original, que tanta grasa suelta, ensucia y engorda. Pero su precio, ya lo verán, será equivalente al de la carne animal, si no más caro.

Se trata de un paso más hacia ese futuro, en el que ya estamos, en que las copias y las sustituciones nos harán olvidar lo original y auténtico. Entonces tomaremos, como lo más natural del mundo, hamburguesas de carne artificial, café descafeinado, leche desnatada, sacarina, refrescos que no se extraen de ninguna fruta, vasos de cartón, cubiertos de plástico, vistamos tejidos sintéticos, nos desplacemos en patinetes eléctricos y paguemos todo ello con bitcoins o tarjetas en vez de dinero en efectivo, mientras charlamos por el móvil con ese amigo virtual que tanto nos entretiene la existencia. ¡Qué asco!

DANIEL GUERRERO
  • 30.7.19
He de confesar, de entrada, que desde la adolescencia he sentido una inusitada atracción por el Universo y los viajes espaciales, es decir, por la astronomía y la astronáutica. Tal afición juvenil me empujaba ir a las bibliotecas a hojear obras sobre enanas blancas, asteroides o planetas y coleccionar cuantos reportajes aparecían en la prensa que compraba mi padre acerca de los proyectos Mercury, Géminis y Apolo, además de noticias que hacían referencia a la NASA y Wernher von Braun, así como a los cohetes Saturno, las naves Spuniks, Sayuz y todos aquellos héroes, como el ruso Yuri Gagarin y el norteamericano John Glenn, que fueron pioneros en la fascinante aventura espacial, incluyendo, naturalmente, a la perrita Laika y el chimpancé Ham. Es algo que todavía me apasiona.



Pero también me ha interesado tempranamente la política y los enrevesados manejes de la gobernación, junto a las ideologías e intereses en que se basan. Tal inquietud tal vez naciera de la curiosidad por comprender la realidad política de donde procedía y la del régimen dictatorial al que recalaba por avatares familiares.

También, sin duda, por lo heredado de un padre interesado y familiarizado con la política y su pertinaz manía lectora de periódicos. Eran tiempos en que me creía capaz, con cierta pedantería, de cuestionar a Franco y su régimen ante amigos españoles de mi edad que parecían desconocer la historia contemporánea de su país, a partir de la sublevación de un general que lideró una guerra civil e instauró una dictadura que ofrecía sólo una versión torticera de lo acontecido. Como los noticiarios del NoDo.

Y en esas me he mantenido. Así, presencié en directo, a través de la retransmisión televisiva de madrugada de Jesús Hermida, la llegada del hombre a la Luna, de la que se cumplen ahora 50 años, y fui testigo de la evolución de la dictadura a la democracia, como ciudadano con derecho al voto, mediante una Transición que, con la indulgencia del tiempo, resulta sorprendente y hasta milagrosa, puesto que podía haber acabado a garrotazo limpio, como algunos pretendieron.

No ocultaré que, en plena vorágine por la democracia, yo prefería la ruptura a la reforma y optaba por la república en vez de la monarquía. Aquel apasionamiento juvenil, que me hacía devorar Triunfo, Cuadernos para el Diálogo y Cambio 16, entre otras publicaciones, fue calmándose hasta mutar en un interés adulto que contempla el devenir de lo que sucede en el espacio y en la Tierra sin las urgencias de lo inmediato y con referencias a la experiencia. Prácticamente, como cualquier abuelo que cuenta sus batallitas.

En la actualidad, conservo el interés por ambos campos de la realidad, junto a otros, pero prefiero la aventura espacial a la terrestre. Me emocionan las hazañas de rovers que recorren la superficie de la Luna o Marte, las sondas que “aterrizan” en satélites de otros planetas o sobre asteroides llenos de arrugas y los descubrimientos de exoplanetas u otros cuerpos más allá de los límites de lo conocido en el espacio profundo.

Me dejan con la boca abierta esos nuevos cohetes cuyas fases impulsoras retornan controladamente al punto de partida, y no al mar en paracaídas, para volver a ser reutilizados, y los sofisticados instrumentos, como el reloj atómico que controlará las señales, sin pérdida de tiempo por la distancia, que sirven para calcular la ubicación y la trayectoria de las naves espaciales.

También la incorporación de otros actores a la carrera espacial, como Europa y China, que rompen el monopolio de rusos y norteamericanos en la investigación científica del cosmos, y hasta las revelaciones que confirman teorías de la física, como las fuerzas gravitacionales, o nos muestran por primera vez la imagen de un agujero negro, del que se supone ni la luz puede escapar.

Conservo, en fin, una enorme fascinación por el progreso en el espacio y los logros de la astronáutica, pero me decepciona, también enormemente, el retroceso en el acontecer terrenal, donde los nacionalismos, la estrechez de miras y el egoísmo convierten la acción política del hombre en una asquerosa batalla movida por ambiciones particulares o partidistas que genera conflictos, desigualdades, guerras y pobreza por doquier.

Los avances en el espacio no se corresponden con los de la Tierra. Trump, por ejemplo, gobierna EE UU –la única superpotencia del planeta– y ordena el mundo a impulsos de sus instintos primarios e insolidarios y enarbolando un discurso grosero y ofensivo, como cualquier matón de los bajos fondos.

Ya no existen telones de acero que separen territorios en función de ideologías enfrentadas, pero continúan las divisiones por el control económico, energético, militar, político y hasta cultural de cada bando. África se desangra por hambrunas, enfermedades y conflictos que hacen huir a sus poblaciones en desbandada.

Y de Sudamérica también se huye con lo puesto por la mala gestión y los abusos en países que prometían un paraíso y acabaron instalando un infierno de déspotas y ladrones. Nuevos muros y vallas, por tierra y mar, intentan contener esas avalanchas de desesperados, que nos parecen más peligrosos que la peste, para que no se cuelen en nuestras casas y arrebaten la riqueza y el bienestar que acaparamos para nosotros solamente.

Las religiones siguen empeñadas en sus sectarismos espirituales mientras aspiran a influir en lo material, sea gobierno, sociedad o intimidad de cada cual, todo lo que pueden, como si estuvieran en posesión de la Moral absoluta y, aseguran, revelada.

Y en España, para no ir más lejos, volvemos a los viejos cainismos e intransigencias que, de antiguo, nos impiden progresar en pacífica convivencia ni estar a la altura que corresponde a un país moderno, plural, libre y civilizado. Derechos conquistados con sudor son cuestionados por exigencias del mercado y libertades arrancadas tras años de lucha y sangre son, a su vez, limitados o condicionados por unas élites que nunca han renunciado a sus privilegios ni a su modelo tradicional de sociedad.

La cultura y el conocimiento están supeditados al espectáculo o a la manipulación más insidiosa del consumismo. Comparados con los frutos de la ciencia en el espacio, la deriva de la política hacia maximalismos excluyentes, lenguajes arrabaleros y estrategias cortoplacistas o populistas que no atienden al interés general, plagadas de banderías, vetos y consignas, resultan tan desagradables que, si no fuera porque nos afectan, los aborreceríamos e ignoraríamos olímpicamente.

Pero eso es lo que quieren. Su objetivo es defraudar, que no nos interese la política, que nos conformemos con eslóganes y lugares comunes y no profundicemos en las causas y consecuencias de cada hecho, cada doctrina, cada problema y cada supuesta solución.

Que nos comportemos como un rebaño manso que vota aleccionado por la oportuna propaganda cada cuatro años o cada seis meses, según les convenga. Y que nos olvidemos de progresar como organización social de la misma manera que progresamos en el espacio.

Que no descubramos nada nuevo en la Tierra, como se consigue allá arriba donde giran los cuerpos celestes, que nos sirva para librarnos de prejuicios, supersticiones y demás ataduras de la ignorancia y la opresión. Que el individualismo, el egoísmo y la mediocridad nos hagan esclavos en cada parcela donde pleiteamos ambiciones y banalidades, y no que la cooperación, la solidaridad y el esfuerzo por el bien común orienten nuestras preocupaciones, como suele en la investigación espacial.

Y eso es lo malo de las aficiones: que unas dan satisfacciones y, otras, sufrimientos. Pero de ninguna te puedes zafar sin renunciar a tu manera de ser y tu trayectoria vital. ¿Qué se le va a hacer?

DANIEL GUERRERO
  • 1.7.19
Ha sido noticia, y no ha habido barra de bar donde no haya sido comentada, el hecho de que un juez argentino haya sentenciado que una orangutana, llamada Sandra, tenga derechos como “persona no humana” y que, como tales, sean reconocidos, respetados y protegidos por ley. Ello ha provocado que más de un cliente de esas tabernas se llevara las manos a la cabeza para acompañar con gestos un comentario de burla con el que se mofaba no solo del mono, sino también del magistrado.



Y es que, en esos ambientes de cultura desinhibida, que los animales posean derechos como las personas, era lo último que cabía escuchar y menos aún entender, sin perder, eso sí, la sed. De ahí que la conclusión fuera aplaudida por la concurrencia: "Llene aquí, maestro, antes que vengan los monos a quitarnos la cerveza".

Podría parecer trivial la reacción del parroquiano de tasca, pero no es así. Ante un asunto que concierne a media población –en un cálculo a voleo– que es dueña de animales de compañía y que, de alguna manera, adquiere obligaciones de respetar normas y derechos reconocidos a sus mascotas, la reacción pone de relieve, a través de los comentarios que genera, un grado de ignorancia e irresponsabilidad alarmante.

Es verdad, por supuesto, que ningún ciudadano acoge en su casa a un homínido o gran simio, que son los animales que se reconocen como “persona no humana”, en cuanto sujetos de derecho, a nivel jurídico, por sus especiales especificidades cognitivas y una sensibilidad que evidencia rasgos de cierta conciencia e inteligencia. Pero que no tengamos monos en nuestras casas, sino en los zoológicos, no significa que gatos, perros, pájaros o peces, por ejemplo, no sean merecedores de consideración y respeto en tanto seres vivos y sensibles. Y es este aspecto el que me gustaría matizar.

Porque, si nos reímos de las normas que amparan a los animales más cercanos a nosotros en la escala evolutiva, cómo nos comportaremos con los que consideramos criaturas inferiores que sólo nos sirven de esparcimiento y diversión.

Aunque España suscribió, en 2015, el Convenio Europeo que establece que nadie debe infligir innecesariamente dolor, sufrimiento o angustia a ningún animal de compañía, todavía queda mucha labor de concienciación para erradicar el comportamiento de dueños que maltratan, no cuidan o abandonan a sus animales de compañía cuando les estorban o pierden interés por ellos. Y es que el deseo por adquirir una mascota parece ligado a modas pasajeras, incluso para satisfacer caprichos de los hijos, antes que a un convencimiento meditado de dar protección a un animal, responsabilizándonos de su salud y bienestar.

Está estudiado que, en nuestras ciudades de soledades multitudinarias, el cuidado de animales de compañía viene a compensar el progresivo alejamiento del medio rural y satisfacer una nostalgia romántica de la naturaleza, como constata la socióloga Belén Barreiro en su libro La sociedad que seremos (Planeta, 2017), citado por Luis García Montero en Las palabras rotas (Alfaguara, 2019).

Sin querer nos delatan nuestros comentarios, porque detrás de las chanzas en bares se oculta una actitud o unas tendencias de menosprecio hacia animales que consideramos inferiores y carentes de derechos, a pesar de ser seres tan vivos como nosotros y con capacidad de sentir dolor, angustia o sufrimiento, pero también afectos y empatía hacia sus cuidadores, a quienes han dado, en innumerables ocasiones, muestras de una fidelidad y entrega inconcebibles.

Sin embargo, todavía es bastante común, cada verano, los relatos sobre perros abandonados por sus amos en carreteras y gasolineras mientras partían de vacaciones, caballos reventados por agotamiento o de hambre durante romerías o excursiones ecuestres, galgos colgados de cualquier rama cuando ya resultan inútiles para las carreras y hasta de peces asfixiados en su propia pecera por falta de alimentación o aporte de agua limpia cuando sus propietarios tuvieron que ausentarse un tiempo.

Tales comportamientos denotan que algunos propietarios consideran a sus animales de compañía simples artículos de consumo de usar y tirar, sin valorar que sus vidas no son desechables como un objeto y que moralmente están comprometidos en no infligirles ningún sufrimiento innecesario. Máxime cuando la posesión de un animal doméstico obedece a un acto al que no estamos obligados.

Pero invertir la relación es igualmente preocupante, puesto que dispensar a las mascotas un trato como si fuesen humanos y miembros de la familia suele ser síntoma, más bien, de un trastorno afectivo, de alguna carencia emocional, que lleva a confundir al animal con un ser humano, incluso con un hijo.

Humanizar las mascotas y los animales de compañía es una forma de violencia que afecta a sus instintos como abandonarlos en un descampado cuando nos molestan. Establecer un vínculo emocional tan intenso es desaconsejable tanto para el animal como para su propietario.

Por un lado, arranca al animal de su hábitat natural y condiciona su comportamiento a nuestras atenciones y caricias. Y lo que es peor, lo expone a sufrir ansiedad, temor y frustraciones cuando no recibe el trato al que estaba acostumbrado. Y por otro, el dueño focaliza un amor tan exagerado que lo induce a considerar al animal como si fuera un ser humano, una atención tan “personalizada” que a veces es fruto de la pérdida de afectos en el ámbito familiar u otras patologías de orden psicológico.

Hay que respetar y querer a los animales como son por su condición y, a ser posible, en su entorno natural, sin forzarlos a adaptar sus instintos y sus comportamientos en función de nuestras apetencias o nuestras necesidades de diversión y compañía.

Perros, gatos, peces o monos tienen derecho a la vida y a vivirla en el ambiente en el que se han desarrollado y de acuerdo a su condición animal. Ello implica que, gracias a nuestra comprensión del proceso evolutivo por el que la hominización nos transformó de primates en humanos, reconozcamos a los homínidos antropomorfos, por su intelecto y cercanía biológica, como “persona no humana”.

Se trata de una manifestación de nuestra inteligencia, un avance moral y una consecuencia de la comprensión de nuestro lugar como especie animal, cuya cúspide ocupamos. En definitiva, un hecho para alegrarse, no para hacer chanzas dando muestras de ignorancia.

DANIEL GUERRERO
  • 23.6.19
El Gobierno de derechas de Andalucía –de dos cabezas y una cola de intenso pelaje azul–, que hace menos de seis meses desalojó a los socialistas del poder tras detentarlo durante 36 años ininterrumpidamente, no hace más que presumir de medidas de fuerte contenido social, mucho más sociales que las de los socialistas, con las que intentan ocultar su ideología política y sus intenciones neoliberales de adelgazamiento de la Administración Autonómica respecto de lo que consideran “gasto” o “despilfarro”, destinado a corregir desigualdades o brindar oportunidades a los más desfavorecidos.



Llama la atención ese afán por destacar en lo que siempre ha despreciado y menos le importa a la derecha: invertir recursos públicos en medidas supuestamente sociales o “progresistas”. Incluso, hace uso de esa etiqueta (“los más sociales de la historia”) para calificar al proyecto de Ley de los primeros Presupuestos que el Gobierno, formado por el Partido Popular y Ciudadanos, ha remitido al Parlamento andaluz para su trámite y aprobación, encontrándose no sólo con el rechazo de la oposición, sino con una enmienda a la totalidad de Vox, la formación de ultraderecha, su socio parlamentario y, por tanto, la cola inseparable del Ejecutivo.

Como cabía esperar tras el teatral desencuentro, al final los ultras retiraron su veto a los Presupuestos andaluces una vez ejecutado el trueque de cromos que realizaron en Madrid los líderes de estas tres derechas para acordar exhibir una complicidad menos hipócrita entre ellas en aquellos municipios y gobiernos regionales donde puedan repetir el “modelo andaluz” de explícita tricefalia, pero ya sin cola: repartiéndose cargos y prebendas.

Y es que esa cola indisciplinada constituye en realidad la cabeza del león, en tanto en cuanto domina el quehacer gubernamental, imponiéndole las metas e iniciativas a seguir (violencia intrafamiliar, quitar recursos a la inmigración, reducción de “chiringuitos” de la Administración, etc.), como acaba de demostrar en Andalucía a la hora de condicionar los Presupuestos de los próximos años.

De ahí que, ante la imposición por parte de Voz de “derechizar” cuanto antes la realidad social y política de Andalucía, que sus socios asumen pero que preferirían dosificar, el Gobierno del Partido Popular y Ciudadanos intenta exhibir una máscara social que disimule sus reales intenciones conservadoras y neoliberales.

Pretende ocultar lo que hace cuando gobierna, como, por ejemplo, en Madrid, Murcia, Galicia y Castilla y León, comunidad esta última donde, por cierto, el PP acapara el poder desde hace 30 años sin merecer el insulto (a los votantes) de “régimen” con el que calificó en Andalucía a los gobiernos del PSOE. Allí, permanecer en el poder durante décadas, es democracia; aquí, tal longevidad conseguida en las urnas, es sinónimo de “régimen” clientelar de votantes sobornados. Así de descarada y faltona es la derecha.

Por eso, desde el primer minuto, el gobierno tricéfalo de la Junta de Andalucía ha emprendido una campaña por aparentar ser el más “social” de la historia. No hay duda de que sabe vender sus primeras iniciativas, las más estratégicas y mediáticas, para ganarse la confianza de los ciudadanos. Así, ha bonificado al 99 por ciento el Impuesto de Sucesiones y Donaciones que grava herencias a partir del millón de euros. Se supone que era lo que demandaba la ciudadanía, sobre todo los trabajadores y clases medias.

Por el mismo motivo, también ha descubierto, en un tiempo récord, que los anteriores gobiernos “maquillaban” el volumen real de las listas de espera de la sanidad pública, razón por la que ha puesto en marcha, con su correspondiente campaña mediática, un “plan de choque” para reducir tales listas en los hospitales del SAS (Servicio Andaluz de Salud) y, si fuera necesario, “externalizarlas” a clínicas privadas que mantengan conciertos con la sanidad pública.

Y como, al parecer, ya existe financiación sin recortes (que impuso el Gobierno del PP de Mariano Rajoy en 2012), la derecha gobernante en Andalucía anuncia, a bombo y platillo, que los nuevos contratos de eventuales en la sanidad serán, como mínimo, de seis meses de duración; que ampliarán unas plantillas depauperadas precisamente a causa de aquellos recortes; que pagarán horas extras sin límites; que adquirirán decenas de TAC y Resonancias Magnéticas y, por supuesto, que suspenderá de inmediato la “ideológica” subasta de medicamentos que aplicaba el antiguo Ejecutivo andaluz y se sumará a la central de compras nacional, centralizada en Madrid.

Lástima que este último anuncio choque con lo recomendado por la AIReF, puesto que la Autoridad Independiente de Responsabilidad Fiscal aconseja aplicar a escala nacional el sistema andaluz de subastas de medicamentos, que supondría un ahorro de hasta 1.000 millones de euros hasta 2022. En fin…

Que la derecha pretenda parecer más “social” que la izquierda, puede ser una estrategia a corto plazo y dirigida a los más ingenuos, pero que, a la larga, no engaña a nadie ni sirve para nada. Porque, tarde o temprano, acaba comportándose tal cual es: favorecedora de las élites y el capital, con intenciones de adelgazar al Estado para que el mercado satisfaga las necesidades de los ciudadanos, deseosa de imponer su modelo social (elitista y tradicional), económico (capitalista) y moral (católica que tutela a la sociedad) a toda la población, incluida la que no le vota ni comulga con sus ideas.

Es intolerante y sectaria, y contraria acérrima del gasto “social”, aunque ahora pretenda emular una preocupación por la inversión pública en materias de esta naturaleza. Pura estratagema coyuntural con fines, no sociales, sino electoralistas.

Tras los planes de choques contra las listas de espera vendrán “externalizaciones” de más servicios y prestaciones sanitarias; tras los derechos de los padres a una educación “a la carta”, aparecerán más conciertos con colegios privados segregacionistas y católicos; tras la central de compras de medicamentos, retornarán los copagos en función de la renta o los intereses farmacéuticos; tras la bajada de impuestos (directos, naturalmente), florecerán los impuestos indirectos que no discriminan según los ingresos ni suponen ninguna progresividad fiscal; tras todas las supuestas bondades “sociales” ahora expresadas por la derecha, acabarán imponiéndose condicionantes de “sostenibilidad” o rentabilidad que las cercenarán de las partidas presupuestarias y de los programas políticos. En definitiva, se caerá la máscara social de la derecha. Y si no, al tiempo.

DANIEL GUERRERO
  • 16.6.19
¿A qué fue Donald Trump al Reino Unido? El momento de la visita no podía ser más inoportuno: con la primera ministra británica dimitida, aunque en funciones, y con el problema del Brexit más enconado que nunca, sin acuerdo para una salida “ordenada” de Inglaterra de la Unión Europea. Como si escogiera la fecha adrede, el presidente de EE UU parece que fue a Gran Bretaña a echar gasolina al fuego y a pavonearse ante la reina como un vaquero que aprecia más sus reses que a sus vecinos y que desprecia lo que ignora, aunque lo lleven a un concierto de música clásica, rodeado de lores y demás aristócratas ingleses.



El presidente-empresario, cuyo mérito ha consistido en amasar una fortuna que le ha permitido codearse con lo más rancio del Partido Republicano para, con “ayuda” soviética y de la mano de Steve Bannon, auparse a la Casa Blanca y vestir la chaqueta de comandante en jefe del mayor y más poderoso ejército del mundo. No es triunfo despreciable, pero para el que no está capacitado. Y lo demuestra cada vez que abre la boca, escribe un tuit o hace una visita al extranjero, como ésta a la pérfida Albión.

Fiel a su estilo faltón y provocativo, el más extraño a los usos diplomáticos, Trump “caldeó” su visita publicando tuits ofensivos contra el alcalde de Londres, Sadiq Khan, al que calificó de “perdedor irrecuperable”, por haber criticado su visita, y de ser un alcalde terrible para la ciudad, tal vez porque en ella no se producen las periódicas matanzas que protagonizan los norteamericanos que poseen armas de fuego.

En otro mensaje aconsejaba al Gobierno británico abandonar la UE, sin pagar ninguna factura, y cuestionaba a la premier Theresa May por su fracaso en las negociaciones del Brexit, motivo de su dimisión, al tiempo que mostraba sin recato su apoyo al euroescéptico Boris Johnson como sucesor de ella en Downing Street.

También se permitía recomendar al eurófobo Nigel Farage –líder del partido ultranacionalista que provocó el referendo de la discordia– responder con “taza y media” a los negociadores burócratas de Bruselas. Esta fue su manera de tratar a los anfitriones de su visita oficial al Reino Unido, con una cortesía propia en establos, además de mostrar su particular visión sobre las relaciones internacionales y la consideración que le merecen los países aliados de EE UU.

Aquella regla no escrita de la diplomacia, relativa a obviar en las visitas de Estado cualquier alusión que pueda considerarse una intromisión en los asuntos internos del anfitrión, fue olímpicamente pisoteada por el impulsivo presidente Trump. A él no le van las sutilezas.

Claro que su comportamiento tampoco ha cogido por sorpresa a nadie. A estas alturas de su mandato, el mundo entero conoce al procaz presidente norteamericano y su forma de proceder, en la que no escatima insultos, amenazas y descalificaciones groseras para conseguir sus propósitos.

Con esa estrategia fue al Reino Unido, obsesionado por conseguir que el país consuma su separación de la Unión Europea, ofreciéndole para ello el mejor y más goloso acuerdo bilateral de ayuda comercial jamás firmado entre ambos países, como si el resto de Europa sea el enemigo.

Es la misma estrategia que está llevando a cabo con su plan-haraquiri de Palestina, a la que también promete ayuda futura, si firma la rendición que su yerno le ofrece para acabar con su conflicto con Israel, al que todo le consiente sin rechistar. En suma, es su forma de hacer negocios: presionar, amenazar y chantajear. Y cree que gobernar se hace de igual modo.

Los ingleses deberían tener en cuenta, antes de firmar nada, la validez que Trump concede a los acuerdos y tratados que asume, como el de Libre Comercio con México y Canadá, el cual ignora a la hora de elevar arbitrariamente los aranceles de lo que importa del país centroamericano para chantajearlo por el problema migratorio.

Ni la palabra ni la firma del actual presidente norteamericano sirven para garantizar ningún compromiso, sea económico o político, que permita unas relaciones entre países en condiciones de respeto y equidad. Ya lo demostró con el abandono del Acuerdo sobre el Cambio Climático, su desvinculación con el suscrito con Irán para el control de su plan nuclear y hasta con su denuncia del Tratado de limitación de misiles balísticos con Rusia.

Su “America first” se traduce como “el negocio, lo primero”: ganar en todos los campos en los que EE UU está implicado, aunque ello comprometa el equilibrio y la convivencia pacífica entre las naciones.

Y por eso fue al Reino Unido: a apoyar, prometiendo en tal caso un acuerdo “fenomenal”, un Brexit duro cuestionado por una mayoría de ingleses –de ahí las resistencias a celebrar un segundo referendo–, y que debilita el proyecto de una Europa unida, a la que combate por todos los medios posibles y a la que amenaza con represalias si continúa con los planes para dotarse de una fuerza militar conjunta y autónoma que de alguna manera escape de la dependencia, no militar pero sí comercial, con la poderosa industria armamentística yankee.

Más que la seguridad, persigue el beneficio y la preponderancia comercial. Si la moneda europea y Airbus ya hacen competencia al dólar y a la industria de aviación y aeroespacial de EE UU, Donald Trump no está dispuesto que la UE se fortalezca en otros ámbitos, como el militar y hasta el automovilístico.

Busca dividir a los países miembros de la UE con sus proclamas ultranacionalistas y aislacionistas, alentando por un lado el Brexit británico e incubando, por el otro, la eurofobia a través de partidos ultraderechistas que, con ayuda de Bannon, esparce por todo el Continente. Su exigencia de que los países europeos destinaran mayores recursos a Defensa no significaba que se fortalecieran, sino que aumentaran sus compras militares a empresas norteamericanas.

Su mentalidad empresarial, que no de hombre de Estado, es la que lo impulsa, también, a abrir una guerra comercial con China, no por los peligros de seguridad a los que alude como pretexto –el país que más espía a través de Internet, telefonía y redes sociales es EE UU–, sino por su aventajado dominio en tecnología 5G, la que impulsará un salto cualitativo en la comunicación, las redes sociales y en el ecosistema del Internet de las Cosas.

Huawei no representa mayor peligro para los usuarios que Google, Facebook o Microsoft, cuyos abusos de posición empresarial dominante y por utilización de la información supuestamente confidencial que disponen de sus clientes han sido repetidamente demostrados. El peligro real es la política expansiva de China como potencia emergente a escala internacional, capaz de competir con la supremacía estratégica de USA en el mundo. Pero Trump sólo advierte de la competencia económica y comercial que representa China para los intereses de EE UU.

Su capacidad intelectual y sus modos rústicos no dan para más, para disgusto de sus compatriotas más ilustrados y preocupación para las personas sensibles del mundo, las cuales temen acabar sufriendo las consecuencias de sus bravuconadas.

No es de extrañar que su visita oficial al Reino Unido desatara las manifestaciones ciudadanas en su contra, aunque él las considere fake news, los recelos de buena parte de la clase política, incluidos los conservadores –Boris Johnson evitó fotografiarse junto a él– y la incomodidad de la monarquía y el Gobierno británicos, a pesar de su flema, con la presencia de un presidente tan imprevisible como osado (como la ignorancia), al que la propia May tuvo que explicarle cómo es el Sistema Nacional de Salud inglés ante su pretensión de incluirlo en las negociaciones sobre el futuro acuerdo “fenomenal”.

Aparte de entrometerse en la decisión de un probable abandono de Gran Bretaña de la UE y su interés por causar la división entre los países europeos, muchos se preguntan: ¿A qué fue Donald Trump al Reino Unido? Parece evidente que no fue a conmemorar el 75 aniversario del desembarco en Normandía, del 6 de junio de 1944, con el que dio comienzo la fase final de la II Guerra Mundial hasta la rendición del Ejército de Hitler.

No ofreció ni un discurso en el Parlamento –donde no fue invitado– ni una ofrenda de flores por aquellos luchadores aliados, liderados por unos EE UU diametralmente opuestos a la mentalidad que encarna Trump (insolidario, aislacionista, unilateral, xenófobo y reacio a liderar la lucha por la democracia, la libertad y la paz en el planeta), que entregaron sus vidas por liberar a Europa de las garras del nazismo.

Es lo que hubiera hecho un político de talla de gran estadista, pero lo que no se le ocurre a un mercanchifle de luces cortas metido en política. Como si lo empujaran para figurar, sólo acudió, junto a otros 15 líderes mundiales, al acto celebrado en la ciudad de Portsmouth, desde donde partieron las tropas aliadas rumbo a Normandía. La mayor hazaña de EE UU en defensa de los valores occidentales por un mundo libre, sin importar el precio, quedó relegada a los intereses mezquinos y sectarios del populista Donald Trump. Para eso, mejor que no hubiera ido al Reino Unido.

DANIEL GUERRERO
  • 9.6.19
Noa era una adolescente holandesa que ha preferido morir a seguir soportando las secuelas psíquicas que le dejó el maltrato de una vida corta pero desafortunada y una sociedad enferma. Tenía 17 años, había sufrido abusos sexuales a los 11 y 12 años de edad, y fue violada a los 14 años, hechos que le provocaron un trauma tan intenso que derivó en un sufrimiento psíquico que hacía su vida insoportable.



No soportaba la vida ni su cuerpo, al que castigó con una anorexia por la que acabó internada a la fuerza durante seis meses, lo que agravó su ansiedad y tendencias suicidas, y más tarde hospitalizada para ser alimentada a través de una sonda nasogástrica. Los médicos se afanaban por salvar su cuerpo, pero su alma estaba destrozada.

Tenía padres y dos hermanos: uno, varón y, el otro, chica, como ella. Ni su familia, que se había volcado en ayudarla, ni los médicos, que hicieron lo propio, ni la sociedad, que apenas reacciona, pudieron salvarla. Hundida en el pozo negro de su dolor y desesperación, decidió dejar de sufrir y entregarse a la muerte.

Causa espanto que un adolescente, en plena flor de la vida, no encuentre sentido a su corta existencia por culpa de los golpes que ha recibido. Pero más espanto produce que, en una sociedad avanzada y supuestamente civilizada, un niño o una niña esté expuesta a abusos sexuales en su etapa escolar y sea víctima de violación nada más alcanzar la adolescencia.

Y que ni leyes, ni la educación, ni los pocos o muchos recursos dedicados a ello logren erradicar esa enfermedad que convierte a nuestras sociedades en una selva para los depredadores sexuales, camuflados en esa atmósfera machista y patriarcal tan insana que la impregna.

Duele decir adiós a Noa, tan injustamente tratada a pesar de su juventud, y da asco pertenecer al mundo podrido que ella ha abandonado voluntariamente, asqueada de su maldad. Quiso aliviar su sufrimiento con el libro Winnen of leren (Ganar o aprender), que escribió a los 16 años para explicar y compartir su sufrimiento, confiando en que contribuyera a mejorar la atención que reciben los jóvenes en trances como el suyo.

Y aunque ganó dos premios literarios, no sirvió a sus propósitos: ni la rescató de los problemas psicológicos que le causaron las agresiones sexuales ni motivó que la sociedad prestara más interés a combatir la lacra que padece.

Solo podemos pedirle perdón por contribuir, con nuestra insensibilidad y pasividad, al infortunio con que la vida la ha maltratado. Perdón por formar parte de una sociedad que es incapaz de proteger a los débiles y vulnerables, como ella. Y perdón por no poder desterrar esa mentalidad machista que convierte a algunos hombres en animales y asesinos, ofuscados en satisfacer sus impulsos sexuales. Adiós, Noa. Y perdón.

DANIEL GUERRERO
  • 2.6.19
Para muchos, ha llegado la hora de la normalidad, entendida como la vuelta a los afanes cotidianos, a los problemas nada livianos del día a día de la gente pero que los hacen sentir protagonistas de sus vidas y responsables de su futuro. El trabajo, la familia y el bienestar propio serán, a partir de ahora, el motivo que centrará su atención y no la política de confrontación y crispación que ha caracterizado en estos últimos años la obsesiva realidad española.



Después de un período, desde 2015, de incertidumbres y sobresaltos, en el que han acontecido tres elecciones generales, con una exitosa moción de censura de por medio, dos consultas autonómicas en Cataluña, con –también de por medio– un referéndum ilegal y una proclamación de la república que se dejó en suspenso y ocasionó la huida del presidente de la Generalitat y el encarcelamiento de otros miembros de aquel gobierno secesionista, más otros comicios en Andalucía que desalojaron a los socialistas del poder tras 36 años y abrieron las puertas a la ultra derecha, convirtiéndola en socio parlamentario del nuevo gobierno del Partido Popular y Ciudadanos en la Junta de Andalucía, parece, pues, que, al fin, llega la hora de la estabilidad política y la normalidad en la gestión de la cosa pública en España. No se esperan nuevas elecciones hasta dentro de cuatro años. Hacía falta esa tranquilidad, cuando menos, electoral.

El nuevo ciclo político que se presta comenzar zanja la excepcionalidad de estos últimos cuatro años tan revueltos, en los que un presidente del gobierno en funciones ha estado seis meses sin ser investido por el Congreso; otro ha ocupado el cargo sin ser diputado y sin mediar elecciones; un partido político ha sido condenado por corrupción por primera vez en democracia; una autonomía ha sido suspendida de sus competencias y ha estado dirigida desde el poder central; políticos presos han resultado elegidos en las últimas elecciones para de nuevo ser inhabilitados de sus cargos como diputados y senadores mientras sean juzgados en el Tribunal Supremo; un novísimo partido constitucionalista veta al más antiguo partido político democrático de la actualidad; y la misma fuerza de ultra derecha que emergió en Andalucía se configura como clave para gobiernos de la derecha en algunas autonomías y alcaldías del resto de España.

Con todo, los temores al avance de formaciones radicales ultranacionalistas, xenófobas y antieuropeas no ha sido tan determinante ni en nuestro país ni en Europa, aunque ha fragmentado la representación en todos los ámbitos de la política (municipal, autonómica, nacional y europea). Tampoco los “viernes sociales” despilfarradores de los que se acusaba al anterior gobierno surgido de la moción de censura han lastrado el rumbo de recuperación de la economía española, el más vigoroso entre los países de la UE.

De hecho, han convertido al partido socialista en el más importante de su familia en la Eurocámara y la primera fuerza política de España, a pesar del veto que le impuso la derecha emergente anaranjada, obligada ahora a pactar con él si no quiere ser tachada de apéndice de la ultraderecha.

De los inmigrantes ni nos acordamos ya –y eso que nos iban a invadir– hasta la próxima oleada de pateras, el Brexit se encamina hacia una salida brusca que fagocita a cuantos en el Reino Unido lo gestionan, Trump sigue envalentonado en su guerra contra el resto del mundo, no sólo con México, Venezuela, China e Irán, y el calor se va apoderando del aire que respiramos para recordarnos que el verano está al caer.

La cotidianeidad, con sus oscilaciones, se instala progresivamente en la rutina del país y en la de sus gentes, quienes han votado por enésima vez demostrando más sensatez y sentido común que esos políticos que intentaron trasladar a ellos su sectarismo e intolerancia.

Ahora, los ciudadanos confían en que la normalidad cunda entre diputados y concejales para que se ocupen de resolver los problemas que afectan a la población y trabajen por el bien común y la convivencia pacífica entre los españoles, con lealtad a las instituciones y respeto a la Constitución y las leyes.

Esperan que desempeñen sus cargos públicos para conseguir unos pueblos y ciudades cuyo urbanismo responda a las necesidades de sus habitantes y no a las de la especulación inmobiliaria, que faciliten las condiciones para la creación de empleo estable y de calidad, que defiendan el medioambiente y la sostenibilidad de nuestro hábitat y que impulsen medidas para erradicar los vicios que arraigan la desigualdad y la injusticia social.

Tras las broncas políticas tácticas del pasado reciente, quieren que todos, desde la posición alcanzada por cada cual, se empeñen codo con codo en hacer avanzar a España, potenciar su economía y su dinamismo industrial, comercial, cultural y artístico para que la riqueza nacional revierta en el progreso y la prosperidad del conjunto de los españoles, sin distinción.

Y en reforzar nuestro Estado de bienestar para asegurar nuestros derechos y libertades. Piensan que es hora ya de dejar de mirarse el ombligo y otear el futuro con generosidad y honestidad, atendiendo a lo común antes que lo individual o partidista.

Los que votan reconocen que ahora viene lo difícil, que accedemos, con un poco de suerte, a una rutina, en un escenario fragmentado, que obliga a pactos y acuerdos alcanzados con altura de miras y voluntad de entrega a la causa del bien común.

Que ahora vienen cuatro años por delante en los que demostrar que el verdadero interés que mueve a nuestros políticos es el interés general y no el particular ni el rédito electoral. Y de asumir la política, en el día a día, como un medio para mejorar las condiciones de vida de todos los ciudadanos y no un fin para la ambición personal.

Hartos de vivir en permanente tensión y de votar cada seis meses sin necesidad, los españoles aspiran a que la normalidad sea el signo del nuevo período que ahora se abre tras las últimas y definitivas elecciones generales del domingo pasado.

Con la última papeleta, y a pesar de todos los problemas, sólo aguardan que no se frustren los deseos que han expresado en las urnas: pluralidad, convivencia, democracia y concordia en un país en el que cabemos todos y juntos somos grandes y poderosos. Los españoles, con su conducta democrática y participación colectiva, persiguen vivir con normalidad un proyecto conjunto de paz y libertad. Es lo que esperan y anhelan, merecidamente. Normalidad.

DANIEL GUERRERO

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