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  • 17.5.18
La información que ofrezco a continuación posiblemente pasó sin pena ni gloria porque había en esos días, sobre el tablero informativo, un impedimento, una barrera emocional seria o, si quieren, un obstáculo de mayor calado a nivel social y, por tanto, periodístico.



La anécdota a la que me refiero, si se le puede llamar así, ocurrió en plena vorágine de la sentencia contra los valientes abusadores que, desde su aplastante superioridad física, llevaron a cabo un atropello o acto violento contra una mujer en los Sanfermines del año 2016. El revuelo provocado por la sentencia sigue generando debate por bastantes razones.

La noticia es incluso chusca por la picardía que pueda reflejar, aunque raya lo desvergonzado e irrespetuoso. Dos agüeletes de 87 y 93 años son sorprendidos teniendo sexo oral –practicando una felación el uno al otro– a plena luz del día. El evento ocurre sobre las tres de la tarde en un parque público de Gijón por el que corretean niños y hay algunos adultos.

Uno de los dos vejestorios, sin ningún recato, se baja los pantalones a la par que le ofrece al otro 10 euros a cambio de sexo oral. Fueron denunciados por los adultos presentes. Uno de ellos se meó encima (“patas abajo”) ante la presencia de la Policía que acude al lugar de los hechos.

La travesura, “acción digna de represión y castigo”, llevada a cabo por dos vejetes que a sus noventa años parece juegan a ser niños no tendría mayor trascendencia si el suceso hubiera ocurrido en un espacio más discreto, privado. En el parque ocasiona escándalo.

Fueron identificados por la Policía y serán sancionados por “un acto de exhibición obscena ante menores de edad”. Parece ser que el susodicho parque ya ha sido testigo de otras situaciones similares. La información procede de El Comercio de Gijón.

El incidente quedaría como algo curioso amén de poderlo calificar como una guarrería “acción sucia e indecente” (sic) que se realiza en público. ¿Podrían haberla practicado en privado? Por supuesto que sí. Pero cuando se calienta la bragueta dicen que se pierde la chaveta. Una historieta más…

No estoy clamando por una moral pública estrecha y anquilosada: solo apunto a algo de higiene tanto mental como física. Viejos verdes (chochos) que no han sido capaces de saber estar y saber hacer en público. Siendo ya nonagenarios habría que matizar que han tenido sobrado tiempo para faenar en dicho sentido.

Cambio de tercio. Los jóvenes, por aquello de que “la primavera la sangre altera”, se ponen verracos (salidos de madre por urgencia de apetito sexual) en determinados momentos y circunstancias. Hasta aquí, algo normal en muchos sujetos humanos. Lo que se sale de la norma es hacerlo a plena luz del día y públicamente a la vista de todos.

Estamos ante un segundo botón de muestra de desinhibición en otro sector de esta sociedad en la que nos movemos. No es nada agradable apreciar o avistar escenas de cargado tono morboso en plena calle, en parques o en la playa.

Acción que hoy por hoy, no deja de ser llamativamente indecente. Hasta puede resultar algo guarra y obscena al cien por cien, es decir “impúdica, ofensiva al pudor” de los demás. No invento la historieta.

Si la curiosidad te hace mirar conseguirás o que te increpen diciéndote "¿tú qué coño miras?". Uso esta frase hecha y conocida por todos y que viene a pelo. La respuesta podría ser obvia: “el que tú estás trasteando”, en el caso de querer dar una réplica a la pregunta procedente de tan resuelto “semental”.

O te puede espetar: "¿miras porque tienes envidia?". Para esta segunda pregunta afloran al menos dos posibilidades. Puede que tenga envidia o puede, mas bien, que desprecie el animalismo que ello comporta. "Elige tú zascandil", sería la respuesta adecuada al asunto y sus circunstancias.

Pienso que hemos perdido el respeto a nosotros mismos con dicha modalidad de comportamientos. Follar en plena calle o jardín va ganado adeptos hasta el punto de que parece que está de moda. Es una ofensa a la propia dignidad de quienes lo hacen.

Ni somos pacatos monjes, ni desenfrenados animales ¿o sí? Hay y debe haber unas normas de comportamiento para convivir con los demás. Según el Código Penal, el sexo en público es objeto de sanción, bien con cárcel o con multa.

Siempre que se actúe con plena libertad y consentimiento mutuo estarán de más las reprensiones moralistas pero no en plena vía pública. Las relaciones íntimas son patrimonio y territorio de la vida privada de cada cual. Al menos, lo eran hasta hace poco.

En tiempos no muy lejanos, ciertas manifestaciones amoroso-eróticas realizadas en público estaban absolutamente vetadas, amén de mostrar un ordinariez por parte de los practicadores de dichas acciones. Copular sexualmente es propio de humanos y no está vedado. Hacerlo en público, esté o no esté prohibido, es de mal gusto.

No es cuestión de rasgarse las vestiduras al más puro talante del puritanismo. Intimidad personal, respeto mutuo ante determinados actos son parte de la clave de la dignidad de cada persona.

Nuestra sociedad se ha ido relajando en un amplio abanico de cuestiones que antes gozaban de una cierta intimidad. Mear en la calle a plena luz del día poco a poco se va haciendo normal. Cagar entre coche y coche después de salir de un sarao festolero, sobre todo por la noche, se está convirtiendo en algo natural al menos en las grandes ciudades. Coitar (follar) en la playa, en el césped del parque o donde me acose el deseo va por los mismos derroteros.

La convivencia entre humanos necesita de normas elementales para poder con-vivir. No hay que ser un lince para aceptar la afirmación anterior. Las normas son necesarias aun si las tenemos en cuenta desde el más puro y simple egoísmo. Crecer sin normas acarrea una serie de consecuencias que a la larga pueden, y de hecho lo consiguen, dejar serias secuelas y daños colaterales en el sujeto.

El filósofo y sociólogo Bauman acuñó con acierto los conceptos de "modernidad líquida", "sociedad líquida" o "amor líquido" en referencia al actual momento de nuestro mundo en el que todo es fugaz, provisional, donde las realidades sólidas en las que creímos vivir, se han volatizado dando paso a la provisionalidad del momento. Es lo que vengo llamando sociedad clínex (“pañuelo desechable de papel”) en la que todo es de usar y tirar , incluidas las personas.

El amor líquido (hacer el amor) es motivo para que chirríen los oídos. Hacer el amor no deja de ser un eufemismo aceptado como sinónimo de realizar el coito ("follar" nos parece malsonante). Hasta esta manifestación fisiológica, envuelta en algo de afecto, la hemos embrutecido en la mayoría de casos.

Los ejemplos de sexualidad explicitados más arriba son puro animalismo o son una manifestación monda y lironda de una exigencia animal que, a veces, edulcoramos con mimos y regalos. Las fechas para el Día de… ya están marcadas por la publicidad.

Cierro estas líneas con un susurro. Hablar de "Amor" es algo grande e importante que trasciende los umbrales del solo apetito sexual para ofrecer a la otra persona infinidad de detalles, hechos, gestos, obsequios, tiempo dedicado a ella o él y un largo etcétera. Obras son amores…

PEPE CANTILLO

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