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Mostrando entradas con la etiqueta Desde el Llanete de la Cruz [Pepe Cantillo]. Mostrar todas las entradas
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  • 22.4.21
Octubre de 2016 fue un mes que cambió la vida de mi amigo Federico y de su compañera Marisol. Acontecimiento aciago dentro del cual nadan dos personas que, a veces, parecen estar a punto de ahogarse. En otros momentos emergen a la superficie, respiran hondo y enjuagan el mal sabor de boca que les dejó un instante anterior.


Un escalón de entrada (rebate o sardinet) traicionero y camuflado en color negro intenso semejante al del azabache provocó una caída de bruces casi mortal para Marisol que, a partir de entonces, torció sus andares. Su futuro vivir se encadena al dolor y al sufrimiento, a quirófanos y a camas hospitalarias y a una dependencia casi total. Su vida dio un giro total.

Ironías del destino. Ambos se han ido de excursión, por unos días, a los llamados “pueblos negros” situados en el corazón de Guadalajara. En un pueblo cualquiera de dicho destino a Marisol le espera la discapacidad. La pérdida de la autonomía personal se ha adelantado a la guadaña mortífera de los dioses.

Gea, diosa de la fertilidad, de la vida y de la muerte, le dejará vivir posiblemente porque aun tiene trabajo pendiente en este mundo a veces confuso y poco amistoso. Le esperan unos nietos que actúan como mágico analgésico mitigando los dolores que recorren el dolorido cuerpo transcurrido el accidente. Marisol sufre, unas veces en silencio, otras deja que resbalen por su rostro unas furtivas lágrimas imposibles de reprimir.

Dice Federico que Valverde de los Arroyos –así se llama el pueblo que está incrustado en la serranía– les deja atascados para el resto de su deambular por el mapa peninsular. Era la segunda vez que llegaban hasta los “pueblos negros”.

Seguro que no podrán volver más porque un mísero escaloncillo que daba paso a otra dependencia les cierra el territorio y su entorno. Ya no volverán a recorrer ni pueblos negros, ni pueblos relucientes de blanca cal anclados en el sur de la Península.

El cuerpo humano tiene sus limitaciones y ellos han tocado fondo en ese curiosear turístico, buscando un pueblo singular y bonito o las históricas ruinas de otros momentos vividos en esta piel de toro. Siempre les encantó remolonear por valles o suaves colinas para disfrutar de un horizonte plantado de árboles que esconden peñascales solitarios.

Coincidencias, casualidades, jugarreta del destino o, simplemente, una parada obligada en el recorrido vital de ambos a partir de ese momento. El vivir diario se convierte en un mar de lágrimas que anegan el rostro de Marisol y se niega a aceptar un conformismo nihilista.

La realidad es tozuda y frena esa movilidad inquieta que quedó almacenada en las extremidades inferiores, cuyos músculos se irán haciendo flácidos y poco andadores con el transcurrir del tiempo. A partir de ese momento, el sendero vital de ambos discurre por vericuetos que jamás desearon y menos aun imaginaron. Han entrado en la llamada dependencia, por la necesidad las veinticuatro horas del día, de un cuidador.

El caminar diario se obstruye a causa de un deterioro muscular que el fortuito accidente acrecienta por momentos. Medicina e ilusiones por rellenar son incompatibles en este caso. Marisol ya no sueña con parajes seductores de su curiosidad. Sufre la impotencia de unas piernas adormecidas que titubean al menor esfuerzo andarín.

Poco a poco el horizonte sembrado de negras nubes, se ha ido limitando a cicateros claros que un vientecillo suave y bonachón permite contemplar de hito en hito, algo más allá del raquítico contorno que burlón asoma entre unas confusas cortinas.

La memoria de Federico le canturrea “caminante no hay camino, se hace camino al andar”. La tristeza nubla su cantar porque llora la dificultad andariega que atora las piernas de Marisol.

En los oídos de Marisol resuena hiriente la voz del poeta cuando anuncia “caminante no hay camino, se hace camino al andar y al volver la vista atrás se ve la senda que nunca se ha de volver a pisar”. Es duro admitir ese “nunca” cuya negatividad perfora tanto el cuerpo como las ilusiones.

No hay camino, “solo estelas en la mar” que las pinta un vientecillo suave, mientras Marisol desde su impotencia unas veces piensa y añora momentos pasados, otras deja que de sus ojos se descuelguen unas lágrimas silenciosas. La canción les suena a ambos como una burla del destino: “…no hay camino, sino estelas en la mar”.


Marisol y Federico, tanto monta, monta tanto, han tenido que fondear su velero en un recóndito espacio que frustra todas las ilusiones por vivir. La esperanza se amodorra lenta y en silencio en el fondo de los días que, cansinos, se desprenden de un calendario vital ya maltratado de por sí. Los deseos, carcomidos por el gusano de la impotencia, explotan como globos que el sol hubiera licuado su textura.

La vida es el camino que nos toca vivir. Dicho sendero unas veces lo trazamos cada cual; otras se interponen en nuestro caminar accidentes que nos acorralan e impiden el paso de nuestro navegar. Pero no queda más alternativa que continuar.

Atrás irán quedando sueños, tropezones y, sobre todo, momentos: unos llenos de flores teñidas de felicidad; otros menos felices y que en su minuto nos provocaron lágrimas cargadas de dolor. Aun así, el recorrido vital depende en parte de cada uno de nosotros hasta que llega el final y caemos en manos de la muerte.

Lo que venga después de dicho final terrestre se desdibuja en un enigma al que cada cual le da un fin según creencias o convicciones religiosas, éticas o políticas a las que se está fuertemente adherido. Abrimos camino y quedan nuestros pasos marcados en un pasado. Andamos caminos y nuestras pisadas van dejando huellas como recuerdos para los demás.

Federico dedica todo su tiempo al cuidado y atención de Marisol. Hablamos siempre que encontramos un hueco entre los distintos menesteres que consumen las horas del día a día de esta pareja, de las pequeñas alegrías envueltas unas veces en el papel de seda de una sonrisa o de las tristezas y sinsabores que se amontonan en una anodina bolsa de plástico olvidada en un rincón cualquiera de la roída memoria. Federico suspira…

PEPE CANTILLO
  • 8.4.21
Hace poco que terminé de leer el libro de Julia Navarro titulado Historia de un canalla. Los comentarios que se pueden hacer del mismo son diversos, tanto los que están a favor como los contrarios. En mi caso, reconozco que me ha costado finalizar la lectura, pero también admito que cierta dosis de curiosidad morbosa me impelía a seguir.


Hay momentos que dan nauseas seguir leyendo pero fui incapaz de dejar el libro. El comentario que cito a continuación es claro y preciso y coincido con él: “Un audaz cambio de registro en el que Julia Navarro disecciona la ambición, la codicia y el egoísmo del ser humano”. La autora nos ofrece un “análisis pormenorizado de la conducta” del protagonista que tiene muy claro y sabe cómo conseguir todo lo que desea, cueste lo que cueste y caiga quien caiga.

Sin minusvalorar el juicio que hace la editorial, tengo que añadir que hay momentos en los que el protagonista da asco por lo que pueda estar haciendo sin que sienta el menor remordimiento, sin que tan siquiera muestre un atisbo de piedad hacia las personas que en esos momentos está dañando miserablemente y sin que se le revuelvan las tripas.

Pisa situaciones, machaca iniciativas y, sobre todo, humilla a personas, en este caso, cómo no, mujeres a las que usa, de las que se aprovecha, las confina con un continuado boicot que las convierte en rehenes de sí mismas. Abusa de ellas en todos los terrenos. Dichas mujeres están muertas de antemano y sepultadas en un chantaje tal que solo son sombra de lo que eran. Sus vidas están hipotecadas al antojo de “un despreciable canalla”.

Me hago eco de un resumen-síntesis de la editorial que, por su claridad y contundencia, merece tenerse en cuenta. “Soy un canalla y no me arrepiento de serlo. He mentido, engañado y manipulado a mi antojo sin que me importaran las consecuencias. He destruido sueños y reputaciones, he traicionado a los que me han sido leales, he provocado dolor a aquellos que quisieron ayudarme. He jugado con las esperanzas de quienes pensaron que podrían cambiar lo que soy. Sé lo que hice y siempre supe lo que debí hacer pero no lo hice. Esta es la historia de un canalla. La mía”.

Para este prototipo de sujeto, el triángulo de las Bermudas donde sumergir a los demás se reduce a mentir, engañar y manipular. Dicen que en dicho triángulo desaparece todo lo que surca sus olas. ¿Verdad o mentira? Un misterio más de los muchos a los que los humanos hemos dado cierta credibilidad.

Volvamos al tema. La caricatura que podría reflejar al susodicho se reduciría en las tres siguientes líneas. Mentir en principio implica “inducir a error” al otro, puesto que el mentiroso está “diciendo o manifestando lo contrario de lo que piensa”.

Engañar también ofrece varios significados que vienen a cuento. “Seducir a alguien con halagos y mentiras” y/o “hacer creer a alguien que algo falso es verdadero” o, a la inversa, que “algo verdadero es falso”.

Manipular creo que resulta clara y contundente con una de las explicaciones que nos da el diccionario: “intervenir con medios hábiles y arteros en la política, en el mercado, en la información… con distorsión de la verdad o la justicia, y al servicio de intereses particulares”.

Para un canalla mentir es más fácil que respirar. Engañar, lo que se dice engañar, le cuesta bien poco si con ello obtiene lo que pretende. Manipular al otro es la línea que cierra el antedicho triángulo. Todo se podría resumir en jugar con la confianza del otro a cambio de promesas por llegar, pero que son una fantasía carente de realidad.

No hay duda de que este tipo de modelo canallesco existe en abundancia en la realidad diaria. Traicionar amistades leales suele darse con frecuencia por parte del canalla de turno, para el cual, mentir o traicionar son una constante.

Desciendo al mundo real. Jugar con la esperanza ajena solemos entenderlo como la capacidad de “llevar al huerto al otro” porque lo hemos podido convencer de algo que pretendíamos. Desde el poder se miente un día sí y al otro también.

El libro está editado a principios de 2016 pero, en algunos momentos, da la impresión de que se publicara en tiempo de la pandemia. No hay virus en su recorrido, solo existen mentiras, dobleces, abusos, chantajes, desprecio a quien se ponga por delante.

La lectura a conciencia que estoy haciendo con dicho ejemplar me arrastra al duro, oscuro y ponzoñoso momento que estamos viviendo como consecuencia del nefasto virus. De entrada habría que decir que, desde el poder, nos están vapuleando duramente. Abundan las mentiras, junto a las medias verdades o las verdades a medias. Hoy se nos ofrece un caramelo para poder soportar el hachazo que nos darán mañana. La confusión es tal que en algún momento nos agobia no saber en qué escalón del recorrido debemos quedarnos.

Todo esto está desconcertando al resto del personal. En agosto de 2020 ya se decía que “el timón de la pandemia ya no lo lleva nadie, es un caos”. Somos un país incapaz de controlar la epidemia. Vamos a merced de las circunstancias y una de las graves consecuencias, además del aumento de los contagios, es el frenazo del vivir diario lo que nos descoloca.

Son los dos años que nos han robado de vivir con la familia, de reunirnos con amigos, de quitarnos el trabajo. A estos golpes hay que añadir una economía a la deriva con el consiguiente aumento del paro. El virus lo ha transformado todo.

Unos meses después de la reseña anterior, Pedro Baños, autor del libro El dominio mental, es entrevistado por ABC y deja claro lo siguiente: “Con el covid podemos perder la esencia de la democracia y que surjan cesarismos. Aquellos que más presumen de apoyar la libertad son los que más la limitan”. El golpe es contundente y parece no desdeñable.

¿Para qué sirvió el encierro cuando, unos meses después de salir del mismo, parecía que la situación era aun más grave? Estamos ante un obstáculo que solo se aminorará con nuestra colaboración. Pero…provocar al virus es una locura por parte del personal. No nos enfrentamos a un monstruito de Disney que, una vez apagado el televisor, lo mandamos a dormir. Éste no descansa. A veces parece que desde el poder, unos y otros juegan al escondite con nosotros mientras que el virus ¡ay, dolor! sigue su marcha imperturbable.

Ejemplos recientes que se deben tener en cuenta son los acaecidos el fin de semana pasado. Encuentros futboleros, broncas en la playa, fiestas con abundante número de asistentes, botellones por acá y acullá… Ya pasaron las últimas fiestas. Finalizamos una tercera ola que va dejando paso a un posible cuarto caos. La suerte está echada aunque nos dicen que “estamos al principio del fin”.

Termino con la referencia de otro libro que puede sernos de utilidad en los tiempos locos que estamos viviendo. El título del libro es Confía en mí, estoy mintiendo, cuyo autor es Ryan Holiday. Cito: “Mi trabajo es mentir a los medios para que ellos puedan mentiros a vosotros. Hago trampas, soborno y me confabulo en beneficio de los autores superventas y de las marcas multimillonarias, abuso de mi conocimiento de Internet para hacerlo”. Un ejemplo más de la cruda realidad.

PEPE CANTILLO
  • 25.3.21
Parto de las recomendaciones que, en su momento, propuso el informe Delors en La educación encierra un tesoro (UNESCO, 1996) como fundamento de la educación para el siglo XXI. Dichos pilares son los siguientes: aprender a conocer para aprovechar las posibilidades que debe ofrecer la educación; aprender a hacer para afrontar situaciones vivenciales; aprender a ser para obrar con autonomía, con responsabilidad; aprender a vivir juntos (con-vivir) desde la comprensión, la aceptación del otro y el respeto a los valores de una sociedad plural. En el pilar de la convivencia es donde tiene cabida el valor de la empatía.


En la escuela siempre nos hemos preocupado por enseñar conocimientos, dejando en un discreto segundo plano la educación en valores o la educación para la convivencia ante la aparición de conflictos. A lo sumo, estas parcelas han sido relegadas a la llamada "transversalidad" que, se supone, es de todos y resulta ser de nadie. Siempre se ha insistido en que a la escuela se va a aprender y punto (¿!?).

Pero la educación ha de ser integral para crear adultos completos que deben tener conciencia del propio yo al reconocerse en los sentimientos personales. La percepción de la propia identidad nos permite detectar emociones y la posibilidad de aprender a controlarlas. Conseguido este nivel estaremos en condiciones de prestar atención a los otros (próximos) por medio de la empatía que, por supuesto, está un escalón superior a la simpatía. Aunque resulte claro que es más fácil ser simpático que empático.

La empatía, como valor, consiste en la capacidad para ponerse en el lugar del otro y percatarse de lo que siente. Sería algo así como saber leer en los demás percibiendo la información de lo que nos transmiten, lo que hacen, cómo lo hacen, la expresión de cara que nos ponen. Estos indicios están relacionados con la inteligencia emocional.

Se trata, en definitiva, de interpretar toda una serie de mensajes que nos envían por medio de un lenguaje tanto verbal como gestual. Todo ello requiere estar atentos a la otra persona, lo que implica no pasar de ella.

Por lo general, caemos en la superficialidad y, con frecuencia, en la indiferencia porque, en definitiva, el otro nos importa poco. Ser empático obliga a algo más que a esbozar una educada sonrisa de cortesía. Se puede ser simpático mientras dura la sonrisa pero no por ello seremos empáticos. La empatía obliga a con-prometerse con el otro. Solo desde la comprensión y la apertura de miras podemos captar el mensaje que envían los demás.

La persona con inteligencia emocional es capaz de ponerse en el lugar del otro para entender sus estados de alegría o de dolor. La alegría ajena, por ser consecuencia de una fase de bienestar, parece que estamos menos propensos a asumirla –supuestamente nos congratulamos e, incluso, hasta la envidiamos–.

Por el contrario, ante el sufrimiento ajeno aparentamos ser más sensibles, más solidarios, más compasivos. Es cierto que un alto grado de empatía conduce a la compasión (sufrir-con) en el sentido más humano del término, hasta el punto de hacer nuestros los sufrimientos ajenos con la intención de compartir su desgracia. Una manifestación de esto es el socorrido –no por ello falso– “le acompaño en el sentimiento” cuando ha fallecido una persona querida.

La empatía viene a ser algo así como nuestra conciencia social, pues a través de ella se pueden apreciar los sentimientos y necesidades de los demás, El proceder con empatía no significa estar de acuerdo con lo que piense el otro, aunque es cierto que tendemos a ser más empáticos con las personas afines a nuestra manera de pensar. ¡Evidentemente! En el proceso de socialización cobran especial importancia, entre otros, valores como la dignidad de la persona, la familia, el diálogo, la convivencia desde el respeto, además de la tolerancia.

¿Dónde se aprende la empatía? Una vez más hay que hacer hincapié en la sufrida –y a la par imprescindible– querida familia. Ella es nuestro colchón emocional en el que, desde la infancia, nos con-formamos (formamos o deformamos) como sujetos sociales. La escuela es la otra parcela que puede terminar de anclar valores socioafectivos como la amabilidad, la amistad, el aprecio, la unión... con los demás.

Ser empáticos obliga a observar y estar muy atentos a las personas que nos circundan, portarles atención. Recuerden que leer requiere conocimiento de los códigos, atención para enterarse de lo leído. Y leer en los demás para poder con-partir una situación emocional demanda todo un esfuerzo de concentración en los mensajes que envía dicha persona.

La empatía como valor es un abono necesario para el crecimiento y el desarrollo mental, emocional y moral, hasta tal punto que hace a la persona abierta, receptiva para ser capaz de ponerse en el lugar del otro. El sujeto empático es comprensivo, solidario y sobre todo tolerante, rasgos que conformarían la personalidad y completarían la madurez emocional de una persona.

Si somos negados para identificarnos mental y afectivamente con el estado de ánimo del otro, significa que, como personas, estamos limitados tanto en capacidad emocional como intelectual. La falta de empatía entraña indiferencia, es una manifestación muy sutil del egoísmo que nos hace pasar del otro y sus problemas.

El no empático –necesariamente no tiene que ser antipático– está abocado al fracaso en sus relaciones con los demás, ya sea con su pareja, con el círculo de conocidos –no digo amigos, porque la ausencia de empatía amputa la amistad–, con los compañeros de trabajo, etcétera.

Dicho en otros términos: la vida es un juego de reciprocidad en la que recibimos lo que damos, lo que sembramos. Expresado así puede sonar a puro egoísmo por aquello de tanto me das, tanto te doy, pero si partimos de aceptar que en la base de la moralidad debe ubicarse la empatía en la cual, a su vez, está la raíz del altruismo como valor capaz de procurar el bien ajeno aun a costa del propio, entonces habremos dejado de ser analfabetos emocionales.

La realidad es que vivimos en una sociedad en la que cada vez escurrimos más el bulto y nos recluimos en nosotros mismos. Solemos justificarnos con un "¡bastante tengo ya con mis problemas!". Poco a poco, la Sociedad de la Información nos ha ido encerrando en una burbuja personal. Hay que reconocer que la televisión, el móvil e internet colaboran en dicho aislamiento, en la medida en que nos transportan a una especie de autismo que nos repliega en nosotros mismos.

Como dato significativo no resulta extraño ver cómo el móvil acapara nuestra atención más que las personas con las que compartimos un rato de asueto. Al igual que podemos sentir muy cercana una catástrofe ocurrida a mucha distancia y no prestar atención a los problemas del entorno más próximo. ¡Maravillas de la técnica!

PEPE CANTILLO
  • 11.3.21
Hace ya un año, por estas fechas, habían saltado a escena toda una serie de noticias nada halagüeñas que revoloteaban por el aire de un mes de marzo algo fresco. Desde finales de 2019 habían circulado malos augurios al respecto pero no les dieron importancia. Estas noticias fueron tomando poco a poco cuerpo e invadiendo la realidad ciudadana.


Un virus maligno desconocido invadía Europa a buena velocidad. Las autoridades no daban crédito a tales rumores. Incluso desmentían que fueran verdad. La clave podría resumirse en un “aquí no pasa nada” con el que se pretende acallar malos augurios. Pero la realidad es más tozuda y el primer trimestre del año se llenó de abundantes contagios.

Como botón de muestra, de lo que estaba por venir, cito Valencia. Desde el primer día de marzo hasta el 19, festividad de San José, a las dos de la tarde el personal acude a las proximidades de la plaza del Ayuntamiento para escuchar el ruido atronador de la mascletá. Hablar de petardos (fuegos artificiales) y en marzo nos traslada a Fallas, primera fiesta popular anulada para evitar contactos multitudinarios. A partir de ahí irán cayendo todas las demás fiestas populares por razones sanitarias obvias.

Ya el 8M había congregado, con el beneplácito del Gobierno y presencia de cargos importantes, una gran cantidad de personas que se manifestaron por las calles de Madrid. Fue un bombazo que aceleró los contagios. Otro cantar es que se admita. Esperemos no “hocicar” de nuevo, pero solo el ser humano tropieza dos veces en la misma piedra.

Decían que era fácil contagiarse y que, para evitarlo, bastaba con cumplir determinadas pautas. Surgieron poco a poco y “a la trágala” dieron todo un conjunto de normas para evitar el contagio como lavarse las manos, usar mascarillas, mantener distancias... Pautas que nos parecían ridículas, pero no sabíamos mucho más.

La verdad era que se aconsejaba (casi se imponía) la necesidad de guardar tales medidas como defensa ante posibles contagios. Desde “el poder” político se nos había dicho que lo del contagio nos afectaría de forma leve. Que todo ello era un rumor sin fundamento.

Desgraciadamente no fue así, como pudo demostrar el ulterior encierro de la población en los hogares, que comenzó el 14 de marzo. Reclusión que surgió como una especie de “cacicada”, no porque no fuera necesario, sino por la forma en la que se puso en marcha. Todo el país fue confinado en la cárcel de cada hogar... Aquello nos descolocó a la mayoría del pueblo llano.

El entonces ministro de Sanidad nos vendía que “las medidas tomadas por España son las más duras de Europa e incluso del mundo”. Como siempre ¡somos los mejores! El estado de alarma llega tarde, pero duro. Razones sanitarias obligan a permanecer enclaustrados.

Y así vivimos un tiempo, prisioneros entre las reducidas paredes de un piso. Guisar para comer, dormir, limpiar, leer, ver la tele, teclear en el ordenador o pasear por un universo digital es todo lo más que podíamos hacer. El paso del tiempo aun pesa en la terraza del cerebro. ¿Hasta cuándo? La respuesta, cada día que pasa, es más confusa, difusa y parece que lejana. Esa fue la realidad.

Desde el confinamiento, palabra clave que la “vox populi” (opinión del pueblo) llamó “confitados”, se aplaudía la labor de los sanitarios que pasan a ser los protagonistas imprescindibles para hacer frente a los contagios que llenan los hospitales y las UCI.

Frente a dichos aplausos sonaron ruidosas “caceroladas”. Eran protestas contra el Gobierno por su improvisación, por sus tejemanejes, por los enredos “faltos de claridad” ante lo que se estaba convirtiendo en una pandemia.

La vida de todo un pueblo se congeló a la espera de que pasara la tormenta vírica que, según fuentes oficiales, no duraría mucho. Lo chungo es que, a partir de esos momentos, entramos en un juego peligroso en el que proliferaban las supuestas verdades que mañana se traducían en mentiras. Negros nubarrones cargados de confusión amenazan tormenta.

La información se convirtió en una bola de nieve que crecía según se deslizaba por la pendiente del tiempo. La frase que refleja mejor la anterior referencia puede ser el trabalenguas “donde digo 'digo', no digo 'digo', sino que digo Diego”.

A partir de entonces “eruditos informadores oficiales” tratan de explicarnos la situación y lo que hoy era así, en cuanto al número de contagiados y/o muertes, mañana será asá. Y el Gobierno paseaba por el BOE (Boletín Oficial del Estado) preocupado por cuestiones ajenas a la ya confirmada pandemia, y se declaraban ordenes sacadas de la manga sin contar con el Congreso de Diputados, que también estaba “confitado”.

Y llegó el primer problema serio desgajado de la pandemia. Los muertos, que decían no eran muchos, se almacenaban solitarios a la espera de poder enterrarlos o incinerarlos. Las funerarias estaban saturadas. En Madrid, el Palacio de Hielo fue habilitado como morgue para mantener los cadáveres a la debida temperatura.

¿Cuántos muertos? En aquellos momentos no se “sabía”. La información se dislocaba para que el pueblo no se asustase más de lo que ya estaba, o tal vez era por conveniencia política. En todo el mundo han muerto más del millón de personas. La cifra de España es confusa y difusa, va de 32.000 a más de 50.000 personas. Es el rastro dejado por el coronavirus.

El luctuoso número de muertos no se ha conocido nunca con exactitud. Por cierto, ya que murieron en absoluta soledad, se tardó mucho en ofrecerles un recuerdo oficial. Tener un detalle de adiós cuesta poco y podría ser un calmante emocional para los familiares.

Nuevamente, mientras unos observaban las normas, otros seguían poniendo en peligro a la población con sus encuentros fiesteros. Desgraciadamente el desmadre continúa hasta nuestros días. ¿Para qué sirvió el encierro cuando unos meses después de salir del mismo la situación es aún más grave?

Después del encierro vino la desescalada que provocó una salida masiva de la gente. Parques, terrazas, playas… se saturaron de una población ansiosa por recuperar su libertad. Pronto nos dimos cuenta de que aquel olvido de las medidas adoptadas con anterioridad provoca una segunda oleada de la pandemia. Era como si ya se hubiese “derrotado al virus” lo cual era y es mentira. El verano continuó igual.

No volvimos al confinamiento total pero sí al miedo por el contagio y volvimos a resguardarnos en nuestras casas. A partir de dicho momento, las decisiones pasaron del Gobierno a las autoridades autonómicas.

En esta segunda oleada hubo novedades. El virus llegó a las aulas. La escuela se convierte en casi virtual. Aparece el teletrabajo y el confinamiento cambió a “perimetral”. La confusión aumenta un poco más.

La tercera oleada de contagios, después de Navidad, fue por desgracia la más peligrosa. A pesar de los consejos dados por los Gobiernos autonómicos la cantidad de contagios fue mayor y en menor tiempo. Las UCI se desbordan hasta el punto de improvisar espacios adecuados con más o menos eficacia en cuanto a las instalaciones.

Las consecuencias son fatales. Muertos e infectados nos agobian. El entramado laboral hace aguas. El número de personas en paro aumenta día tras día. Las “colas del hambre” crecen y hacen temblar a muchas familias que, de la noche a la mañana, se han encontrado a las puertas de la miseria. El Gobierno calla y sigue su deambular. Es más, las malas lenguas dicen que se ha incrementado el presupuesto de altos cargos y asesores. Eso está bien, que por lo menos ellos no pasen hambre (¿¡?).

Después de un año cargado de sinsabores, de miedo, se extiende por doquier una fatiga pandémica que nos confunde aun más. La sensación de soledad aumenta. En el terreno laboral cae el empleo y ya hay más de cuatro millones de parados y muchas empresas están ahogadas. El futuro es algo incierto y esto dicen que va para largo.

PEPE CANTILLO
FOTOGRAFÍA: JOSÉ ANTONIO AGUILAR
  • 28.1.21
Hace ya algún tiempo, ante la humilde queja que salía del deseo de ver a los nietos, mi hijo me soltó con cierto enfado la siguiente perogrullada: “Nosotros también tenemos vida”. Encierros y limitaciones restringen el vivir diario. Indudablemente me mordí los labios y solo fui capaz de decir: “Tienes razón, hijo”. Para qué llorar…


¿A qué tipo de vida aludía? Supongo que, en defensa de la propia libertad de movimiento, hacía referencia al deseo de poder ir donde quisiera solo o con su familia. Es decir, ¿vida se ha convertido solo en moverse? ¿En hacer algo? Suena a simpleza.

¿Qué es la vida? Un misterio, un rompecabezas, un embrollo, un cúmulo de sucesos positivos o negativos para el sujeto. La lista de posibles respuestas es muy amplia. Para cada persona, el día a día de la vida puede ser tranquilo, agradable, sereno, positivo o negativo, conflictivo, angustioso, triste...

La religión, la biología, la filosofía o la medicina ofrecen distintos enfoques para explicar qué es la vida en general y el vivir en concreto. En un sentido biológico muy estricto, la vida sería el tiempo que transcurre desde la gestación hasta el momento en que morimos. Entonces, ¿qué es la vida? Sugiero dos enfoques que apuntan posibles “caminitos”, pero que nos dejan en el aire porque no ofrecen salidas.

A lo largo de la historia y a través de la música se han intentado dar suaves pinceladas sobre la vida. La música es una creación humana que pretende recorrer, realzar e ilustrar momentos vitales. Por lo normal, no siempre consigue la meta pero despierta emociones y sentimientos que dulcifican el vivir.

Estas líneas pretenden reflejar dos miradas distintas, manifestadas en la voz de dos cantantes que dejaron con su canto parte de la huella del tiempo que les tocó vivir en contextos también diferentes. El primer ejemplo lo constituye Tómbola, cuya letra afirma que “la vida es una tómbola de luz y de color…”. Así lo reflejaba Marisol en esta canción, allá por los años sesenta. Con razón o sin ella, en tal bosquejo dependeríamos solo de la suerte, es decir, de “algo fortuito o casual”.


Parte de su vida, como niña prodigio, fue de luz y de color. Pero también de sombras, como en cada casa de vecinos. Se retiró de los escenarios en 1986. Películas y canciones le dan fama en todo el mundo hispanohablante. Las razones de una vida tan concreta son muchas, difusas y confusas. Sugiero oír Háblame del mar marinero, una de las cancines de Pepa Flores.

Síntesis de la letra de Tómbola: “La vida es una tómbola de luz y de color…Y todos encuentran un amor…, he tenido mucha suerte porque todo mi cariño a tu número jugué…, soñaba con tu nombre, esperaba conocerte. Y la tómbola del mundo, me premió con tu querer...”. 

Sigamos con el tema de “la vida” y sus diferentes epítetos. Con frecuencia oímos decir que “la vida es una mierda, un asco, un estercolero. ¡No hay quién soporte esta puta vida! ¿Exageración? Es posible. “Cada cual habla de la feria según le va en ella”, dice el sentir popular.

Las interrogantes que formulemos al respecto son tan amplias como los enfoques que hagamos de ella desde la biología, la sociedad, la política o la religión. Desde el sentido común, cada cual intenta una salida lo más satisfactoria posible. ¿Qué es la vida, en qué consiste, cómo llevarla, cuál es su sentido? Es un enigma por descifrar, un misterio por descubrir, un secreto por revelar y una aventura cuyos resultados están por ver.

Para Ortega y Gasset, filósofo español, el mundo es un conjunto de resistencias y, por ello, la vida humana es un continuo problema, algo que se nos ha dado sin contar con nosotros. El hombre tiene que hacerse a sí mismo y ha de determinar lo que va a ser.

Simplificando podríamos reducir todo ello a “nacer, crecer, vivir y morir”. Está claro que no vamos a encontrar una razón envolvente para todos los gustos. Cada cual ve la vida y la vive según las circunstancias en la que se desarrolla. Posiblemente sea lo que nosotros queramos porque, con frecuencia, nuestra mente se obtura y se pierde el posible horizonte.

Quede claro que hay respuestas para todos los colores, lo que implica que cada cual ve la vida según situaciones familiares, económicas, sociales, políticas y/o religiosas. Recordemos que cada credo da una respuesta al origen, al desarrollo y al final de la vida. No podemos obviar circunstancias fisiológicas u orgánicas del cuerpo “que está (o no) con disposición o aptitud para vivir”.

Desde el planteamiento orgánico vienen a la mente aquellas personas a las que el camino de la vida se les torció, les trazó otro rumbo por un accidente, un tropezón impertinente y camuflado o una enfermedad incurable. No olvidemos a esa persona que llega a la vida “con una carencia física o mental congénita que le impide o dificulta sus actividades”. Dejo en libertad la mente para recorrer esos senderos mentales cargados de trampas y recordar también a esas personas que les tumbó el camino.

Demos la vuelta a la moneda. Quede claro que las circunstancias de cada humano son diferentes e intransferibles. En el tablero juega nuestra capacidad para tomar decisiones, acertadas o no: depende de cada cual. Vivir es todo un desafío. No sabemos lo que nos espera en la última estación del recorrido.

La clave de la vida es bastante simple: ser uno mismo. Fácil de decir y difícil de hacer dado que circunstancias ajenas tanto familiares como sociales o políticas nos llevan por caminos diversos que ni hemos escogido y seguramente tampoco deseamos.

La vida está cercada de miedos que asedian el día a día. Miedos procedentes tanto del exterior –reales o no es otro problema– como de nuestro propio interior. Por eso el vivir con frecuencia es una carrera de obstáculos. La clave está en ser capaces de aprender a superar los miedos para vencer los obstáculos.

Cada uno de nosotros, con frecuencia o en momentos concretos, nos preguntamos por el sentido de la vida, sobre todo cuando estamos en situaciones límite, en atolladeros a los que no les vemos salida. Luego brota el “mañana será otro día” y proseguimos en el camino. En resumen, el rumbo de la vida es una incertidumbre que nos sigue durante todo el camino, hasta que nos encuentre la muerte.

Finalizo estas líneas con la canción Gracias a la vida, de Violeta Parra, publicada en 1966. Canción que es toda una referencia en el mundo de la música. Un año después se suicidaría. ¿Por qué? Las razones son una incógnita aunque creen que suena a agradecida y obligada despedida.


Gracias a la vida ofrece una visión del vivir basada en momentos vitales que dejarán una huella perdurable. La canción consta de seis estrofas que desgranan lo que la vida le dio. Resumo brevemente el rastro vital y las razones de la gratitud.

“La vida me ha dado tanto…dos luceros para diferenciar lo negro del blanco y un cielo repleto de estrellas; el oído que capta grillos, canarios, chubascos, sonidos y palabras como madre, amigo…personas queridas y luz indicando el caminar por ciudades, playas, desiertos, montañas o llanos; me dio un corazón para distanciar al bueno del malo;…risa y llanto para distinguir dicha y felicidad de penalidades, llanto y fracaso. Mi canción está configurada con felicidad e infortunio, con suerte y desdicha, con amistad y olvido e ingratitud, con simpatía e indiferencia”.

Aunque la vida ofrece gozos y tormentos, en el fondo hay que sentirse agradecidos por lo bueno que tenemos. Familia, amigos, salud, deseos de un futuro hasta donde llegue y sortear de la mejor manera posible baches, socavones físicos y psíquicos, fracasos y con algo de suerte al maldito virus. Pero ante todo hay que vivir… Ese es el desafío.

A Manuela (Marinela para los amigos), que el camino quiso cambiarle el horizonte y no lo dejó.

PEPE CANTILLO
  • 14.1.21
Desde hace algún tiempo, entre diciembre y enero, he dedicado unas líneas a las fiestas de Navidad y Reyes. Este año tampoco quiero dejar el tema de lado y, aunque sea a toro pasado, intentaré dar un repaso de estas fiestas que han contado con un final que, para desgracia de todos nosotros, está bloqueado y amargado por las secuelas del virus que nos rodea.


Confieso que las fiestas navideñas nunca me han entusiasmado. Supongo que a muchos de los hijos del hambre, la escasez y el estraperlo de la posguerra “incívica”, es decir, a los nacidos de 1940 a 1960, nos trae malos recuerdos. Y de eso van estas líneas. En el Llanete de la Cruz, la Navidad no era especialmente significativa para muchos de nosotros. ¿Y de Reyes para qué hablar? Los agujereados zapatos amanecían helados y vacíos. 

Como los Reyes Magos han sido atípicos este año, dadas las circunstancias, echo mano de uno de los poetas más cercanos para mí, que vivió en tiempos revueltos y con obstáculos por los cuatro costados. Me refiero a Miguel Hernández. Él, como otros tantos poetas, estuvo en el saco del olvido bastante tiempo después de la Guerra Civil.

Hernández nos dejó un filón de palabras cargadas de emociones y sentimientos. Son las vivencias de la España de su época, de una vida ligada e injertada a un ambiente rural repleto de pobreza, de analfabetismo y de intranquilidad sociopolítica. Tiempos de incertidumbre y confusión. En mi columna titulada El cabrero poeta dejé amplias referencias.

El 2 de enero de 1937, vísperas de Reyes, Hernández publica en la revista Ayuda del semanario Socorro Rojo el poema titulado Las desiertas abarcas, dado a conocer por su parte con toda intencionalidad. Cuando lo leí, mucho después, se me clavó en lo más recóndito del alma. ¿Motivo? Son versos cargados de tristeza, de frustración... 

La rabia runruneaba y apolillaba deseos, sueños, ilusiones de muchos de nosotros que, con hambre atrasada, gritábamos a los Reyes mendigando caramelos. Y los juguetes no llegaban por penuria cargada de hambre.

El poema refleja toda la pobreza y la miseria que había en la mayoría de la población en esos momentos. Es una queja personal cargada de rabia ante la injusticia social y política; es un grito rebelde lanzado a posteriori por alguien (el Hernández niño) que aun echa de menos la ausencia de los regalos de Reyes.

¿Por qué me identifico con este poema? La respuesta es simple: mi generación sí había tenido la suerte de aprender a leer y si, posteriormente a dicha fortuna, encontrábamos poetas como Machado, Lorca, Neruda o Miguel Hernández –que era todo un hallazgo por la belleza de sus versos–, ya podíamos sentirnos contentos.

En esa elegía, Miguel Hernández reivindica la triste y mísera situación en la que malvive el pueblo, analfabeto en su gran mayoría, saturado de pobreza física y económica. Para colmo, los horrores de una guerra fratricida agravan el momento. Pobreza, miseria, desesperanza... están reflejadas en unas abarcas rotas, vacías de regalos en un Día de Reyes en el que la ilusión florece en los ojos infantiles.

En el poema aflora todo ello en boca de un niño cualquiera, cuyas penalidades delata el poeta personalizándolo. Cierto que se trata de uno de los poemas menos conocidos, aun a pesar de ponerle música Serrat e incluirlo en el disco Hijo de la luz y de la sombra, editado en 2010. Pero tampoco consiguió hacerlo popular, por lo que también el poema pasó, digamos, algo desapercibido.


Quizás a algunos lectores más mayores, leer o releer el poema les refresque recuerdos envueltos en nostalgia manchada de tristeza. Más adelante dejo la letra e invito a oírlo cantado por Serrat. Realmente, el poema proyecta una queja contra todos aquellos que obvian la miseria que padece el pueblo. 

Es un amargo clamor contra los distintos estamentos del poder que se muestran ajenos a la desolación de gran parte de la población y, para gritarlo, se sirve de un acontecimiento aparentemente gozoso como era y es la llegada de los Reyes Magos.

Uno de los cantautores más importantes e interesantes para muchos conciudadanos que ya somos mayores fue, en esos momentos, Joan Manuel Serrat, que se atrevió a poner música a una serie de poetas de los años difíciles de este país: la Generación del 27.

En 1972 se atrevió a grabar un álbum con la poesía de Miguel Hernández. Y digo que "se atrevió" porque, en esas fechas, una serie de poetas –entre los que se encontraba el de Orihuela– seguían prisioneros en el maletón del olvido, ya que no eran bien “vistos” (conocidos ni reconocidos). Y nos fueron devueltos gracias a él.

Por esas fechas tuve la suerte de oírle en directo en Madrid. Aplaudí emocionado. En ese concierto abundaba la gente joven y atrevida para aquellos momentos. La Policía permanecía muy a la vista. Recuerdo que cuando Serrat se arrancó con la canción-poema Para la libertad, el griterío y los aplausos fueron atronadores.

El concierto lo seguí en compañía de un buen amigo que, posteriormente, un cruce de caminos nos separó y solo quedó en la lejanía de recuerdos que se apolillan con el tiempo. El disco consta de diez poemas de Miguel Hernández convertidos en canciones, entre las cuales no está el poema-canción que me incita a escribir estas líneas.

Las abarcas desiertas

Por el cinco de enero,
cada enero ponía
mi calzado cabrero
a la ventana fría.

Y encontraban los días,
que derriban las puertas,
mis abarcas vacías,
mis abarcas desiertas.

Nunca tuve zapatos,
ni trajes, ni palabras:
siempre tuve regatos,
siempre penas y cabras.

Me vistió la pobreza,
me lamió el cuerpo el río,
y del pie a la cabeza,
pasto fui del rocío.

Por el cinco de enero,
para el seis, yo quería
que fuera el mundo entero
una juguetería.

Y al andar la alborada
removiendo las huertas,
mis abarcas sin nada,
mis abarcas desiertas.

Ningún rey coronado
tuvo pie, tuvo gana
para ver el calzado
de mi pobre ventana.

Toda gente de trono,
toda gente de botas
se rio con encono
de mis abarcas rotas.

Rabié de llanto,
hasta cubrir de sal mi piel
por un mundo de pasta
y unos hombres de miel.

Por el cinco de enero,
de la majada mía
mi calzado cabrero
a la escarcha salía.

Y hacia el seis, mis miradas
hallaban en sus puertas
mis abarcas heladas,
mis abarcas desiertas.

La estrofa en color rojo no aparece en la canción de Serrat y no he conseguido saber por qué. De entrada, rompe el hilo conductor del poema. Puedo pensar que es el grito del poeta que rabia, que llora ante un mundo injusto donde la pobreza aplasta toda ilusión y tampoco deja paso a unos brotes de alegría infantil. ¿Pretende el cantante que solo haga mención a la frustrada ilusión y por eso evita el grito de los mayores?

También es posible que Serrat suprimiera esos versos para que el poema fuera solo un lamento infantil. Seguro que los eruditos conocedores de la poesía de Hernández y del quehacer lírico de Serrat tendrán mejor explicación. Ni que decir tiene que las abarcas son “un calzado pobre de cuero o de caucho que solo cubre la planta del pie y se sujeta con cuerdas o correas sobre el empeine y el tobillo”.

Miguel Hernández conoció el lado más triste y mísero de la infancia: despiertan sus recuerdos y los plasma magistralmente en versos tan sentidos y conocidos como el poema Las nanas de la cebolla, que escribe para su hijo en 1939, estando ya en la cárcel. 

Y reitero: la España de buena parte del siglo XX sufre de pobreza y analfabetismo. Para más escarnio, se mete en una guerra a muerte (valga la redundancia, dado que toda guerra es "a muerte"). Las abarcas desiertas reflejan la penuria con la que el poeta vivió sus días: el hambre era el pan nuestro de cada día en aquella época. Son unos versos de lejano recuerdo infantil, quebrado por la rabia, la desilusión y la desesperanza de cada 6 de enero, con abundante calzado desierto o alpargatas vacías. La miseria no perdona. 

PEPE CANTILLO
  • 31.12.20
Estas líneas de hoy, 31 de diciembre de 2020, no pretendo ni deseo que sean agoreras y, menos, que nos amarguen el día, aunque soy consciente de la tristeza que nos envuelve. Razones para una cierta angustia no nos faltan.


Una nota para la curiosidad. Los villancicos surgen a partir del siglo XV en España y Portugal y pronto se popularizaron llegando hasta allende los mares. Son canciones de origen popular cuyo tema es la Navidad. Digamos adiós al 2020 con un villancico

Quisiera impregnar mis palabras, en la medida de lo posible, de esperanza, sazonarlas de confianza y coraje para seguir adelante. Todo ello requiere esfuerzo, ánimo, ilusión y optimismo frente al pesimismo, el abatimiento, la angustia y la tristeza que nos están dejando estas abruptas y raras circunstancias.

Sabíamos de antemano que las tradicionales fiestas de Navidad y Año Nuevo serían atípicas en este año que ya tarda en marcharse; que limitarían el júbilo de momentos ya pasados. Es posible que de boca para fuera deseáramos disfrutarlas como siempre pero la situación sigue siendo adversa.

Al año 2020 le quedan pocas horas para arrancar la última hoja del calendario y, a la par, abrirnos las puertas de un nuevo año que, tal como se vislumbra, no será muy diferente del que vamos a enterrar, aunque por “desgracias mil” no lo olvidemos.

El 2020 pasará a la Historia como el año de la pandemia y, también, como el año de las mentiras, de las verdades a medias, del chanchullo político; será el año de los bulos, de las chapucerías y enfrentamientos sectarios, de la falta de unidad entre las autoridades sanitarias, políticas, autonómicas y el Gobierno. Un mal año…

Mientras tanto, el pueblo sufre los zarpazos bien por motivos sanitarios, laborales y hasta el hambre invade al personal. En algunos momentos, parece que el Gobierno central no está ni se le espera. Pactos por acá y acullá, con el solo interés de permanecer en la palestra, priman sobre otros frentes más importantes y primordiales. ¿Es el año de los embrollos y embustes, es decir de “mentiras disfrazadas con artificio”? Es posible.

Entraremos en el nuevo año con cierto temor, dado que los rebrotes pueden aumentar y, por tanto, el peligro se cierne sobre nuestras cabezas. Para colmo, el virus, como si tuviera envidia, ha parido algunos nuevos hijitos que se añaden veloces para seguir aumentando el peligro.

Siempre hemos brindado para que la entrada del nuevo año nos deparase doce meses cargados de instantes felices. En estos momentos finales de 2020 solo suspiramos para que el año entrante sea algo mejor del que dejamos atrás.

El sentir general nos dice que “la esperanza es lo último que se pierde”. Indudablemente, dicha esperanza, si nos atenemos a la primera explicación del diccionario, puede que nos quedemos algo suspendidos en el aire de lo difusa que es, dadas las circunstancias poco jubilosas en las que despedimos el año.

La esperanza se puede entender como el “estado de ánimo que surge cuando se presenta como alcanzable lo que se desea”. A la esperanza la llamaremos “la vacuna” que parece (dicen) estar ya disponible para ampararnos ante el virus. Esa es la fe que nos mueve hacia adelante. Pero hasta el tema vacuna ha sido presentado como confuso y difuso.

Se hizo una presentación a bombo y platillo para vacunar a Araceli y Mónica. Prensa y policía aguardaban la llegada de las vacunas. A dicho momento había que darle máxima publicidad. Pegatinas llamativas pretendían captar la atención popular. “El cargamento que debía entregarse el lunes sufre un retraso”. ¡Qué mala pata…! Por cierto, la vacuna ha sido gestionada por la Comisión Europea y no por nuestro país.

En las circunstancias en las que nos movemos, alimentarse de esperanzas supondría “esperar, con poco fundamento, que se conseguirá lo deseado o prometido”. Y eso es lo que nos ocurre cuando ponemos nuestros deseos e ilusiones en juego.

Quisiera tener un recuerdo especial y sincero para todas esas personas que, a lo largo del año, cayeron en el hoyo de la dependencia y comparten su sufrida situación con algún familiar (hombre o mujer) que se ocupa de ellas. En este tipo de casos, la esperanza se ciñe al día a día y mañana… ya se verá por dónde poder ir.

Tampoco olvidemos a esa cantidad de gente mayor que, o bien estando en “residencias” o viviendo con algún familiar o, cómo no, viviendo solitarios, sufre desamparo. Están prisioneros de la peor soledad que se pueda tener al final del camino: la ausencia de seres queridos. La pandemia los ha masacrado y ha aumentado su soledad.

La residencia suena muy bien frente al primitivo asilo “establecimiento benéfico en que se recogían menesterosos, o se dispensaba algún tipo de asistencia”. El asilo como consecuencia de la pobreza no se pagaba y en las residencias, con frecuencia, la cantidad que hay que pagar es elevada.

Un deseo imperioso para el año que está a punto de nacer podríamos apiñarlo en salud, esperanza, solidaridad, fraternidad, compromiso y, sobre todo, responsabilidad, tanto política como social, para autoprotegernos y proteger a los demás. No olvidemos la generosidad que han demostrado ciertas asociaciones de caridad, vecinales y particulares. En el fondo, somos un pueblo bondadoso.

Caso contrario, el virus y sus hijitos podrían entrar en nuestras vidas como un elefante en una cacharrería. La posibilidad está a la vuelta de la esquina. No hay que ser muy listos y mucho menos muy inteligentes para saber que el peligro nos rodea, que pasadas las fiestas aumentarán los contagiados, que estamos en guerra permanente con el virus. Como botón de muestra, los virus recién llegados ya están engordando.

Por doquier llegan mensajes cargados de tranquilidad. El mantra es “meditar, pensar, reflexionar, relajarnos y tener máximo bienestar en cada coyuntura”. Y ¿todo eso donde se encuentra? Por otro lado nos dicen que “la vida, cuanto más vacía está, más pesa”. ¡Fabuloso! Pero en unas circunstancias tan peligrosas, ¿cómo la llevaremos a cabo?

Recordemos que lo único que tenemos es el momento presente. El pasado poco a poco se desdibuja en el olvido y el futuro es una esperanza sin fundamento, una entelequia, un viaje al más allá, a lo desconocido, o tal vez ¿a la nada? Dicha nada será un edén, un nirvana o un cielo para los creyentes que justifican los pesares del mundo perdido. Lo anterior encierra un recuerdo especial a los que nos dejaron por culpa del virus.

La felicidad es el significado y el propósito de la vida, la meta general y el final de la existencia humana. Asumamos una felicidad compartida en primera instancia con los seres queridos para poder saltar hasta el resto de los humanos.

Bajo esa dulzona capa de merengue se esconde la dura y amarga masa de contrariedades y problemas que configuran el pastelón de la realidad con un amplio sector de parados, cierre de empresas y largas colas de hambre, amén de unos cuantos virus dispuestos a “hacernos la Pascua”. No hablamos de mendigos y sí de necesitados a los que el azar dejó sin trabajo.

Para terminar, una reflexión y un deseo. El año entra siempre cargado de lo que pueda agarrar porque nunca es selectivo o, más bien, nosotros no lo podemos hacer selectivo. Cada año nuevo es un libro por escribir en el que se irán anotando contextos personales junto con los del mundo circundante dentro del escenario general.

Momentos felices se sumarán a circunstancias no tan gozosas. Nacimientos de hijos, despedidas definitivas de seres queridos, amigos, conocidos… La llamada Noche Vieja nos da paso al Nuevo Año. Abramos el libro deseando suerte…, mientras engullimos las doce uvas. Que Papá Noel o la bruja Befana o los Reyes Magos traigan algo de sosiego (“quietud, tranquilidad, serenidad”) para 2021, que parece no pintar muy claro por culpa del virus.

PEPE CANTILLO
  • 17.12.20
Desde 1950, el día 10 de diciembre se viene recordando e intentando hacer presente el valor y la importancia que tienen para todos nosotros los Derechos Humanos. Ya han transcurrido 72 años de su declaración y la meta queda aún lejana. A estas alturas del siglo XXI seguimos intentando que sean respetados en la mayoría de países. Alcanzar dicha meta es importante pero la realidad del día a día es tozuda y queda mucho camino por andar.


El año 2020 agoniza sumergido en una confusión general, tanto sanitaria como social y, en nuestro caso, política. Muertes, mentiras, arbitrariedades políticas, hambre, desmadres varios, empañan el cielo de nuestro vivir. Sigamos.

Hagamos un breve repaso al origen de la Declaración Universal desde su inicio a hoy. En el periodo que va entre 1914 a 1945, Europa se tira los trastos a la cabeza con dos guerras mundiales y una guerra civil (la española) que transcurre de 1936 a 1939. Escribir y hablar sobre guerra implica recordarnos que acabaron con la vida de millones de personas a la par que fueron violados derechos a los que ningún humano quiere ni debe renunciar.

El deseo de que tal barbarie no volviera a ocurrir más (ilusión utópica) fue el motivo que impulsó la Declaración de Derechos Humanos como base de un nuevo orden mundial que era y sigue siendo necesario establecer, partiendo del reconocimiento de la dignidad humana, para garantizar la convivencia pacífica y la construcción de un mundo más justo y solidario.

De entrada, hay que reclamar que el reconocimiento de la dignidad humana y de los valores correspondientes, encontrará su expresión en la Declaración de los Derechos Humanos (DDHH). El testimonio de tales DDHH es la historia de la humanidad por conseguir su mayoría de edad en lo referente al respeto de las libertades más elementales.

En resumen, los DDHH son universales, inalienables y perdurables tanto si se respetan o no y son irrenunciables. Constituyen la base de los sistemas democráticos y condicionan la actividad misma de los gobernantes. Otro cantar será que se respeten realmente en los Estados democráticos. Tenemos sobrados datos de que no son respetados debidamente.

Tales derechos son exigencias éticas de los seres humanos para dar respuesta a los problemas de su vida social. Tienen como finalidad afrontar las amenazas contra la dignidad y existencia de las personas. Estas exigencias son aplicables y deseables para todo ser humano, sin distinción de época, raza, cultura, religión, nacionalidad, sexo…

Son propiedades ideales a las que siempre han aspirado y han valorado los humanos, como algo necesario para poder desarrollar todas sus potencialidades y cualidades. Y sean respetadas o no, son irrenunciables.

Son los “mínimos morales” en los que pretendemos (quisiéramos) estar de acuerdo todos. Tienen el valor de “obligaciones éticas” elementales por encima de cualquier gobierno, puesto que son la base legitimadora de los sistemas democráticos.

Se puede decir que los DDHH tienen tres dimensiones básicas: una ética, otra jurídica y otra política. Una dimensión ética porque tales derechos, como exigencia de libertad, igualdad, justicia y solidaridad, manifiestan los valores éticos que reafirman la dignidad humana.

Una dimensión jurídica porque necesitan instrumentos y procedimientos del derecho positivo que garanticen su satisfacción. Su fuerza ética es tal, que todos los humanos estamos legitimados para hacerlos valer como derechos, aunque vivamos en Estados que no los reconozcan en su totalidad. A día de hoy, unos derechos se reconocen y otros quedan camuflados a la espera de mejores ocasiones, piensa el gobernante.

Y una dimensión política porque, por un lado, se vinculan a modelos políticos basados en la libertad y participación de los ciudadanos y, por otro, necesitan de la voluntad de los gobernantes para ser protegidos y desarrollados, pues desgraciadamente, hasta en los estados democráticos no se cumplen en muchas ocasiones.

El poder político debe tomarlos en serio y respetarlos. No es suficiente con incorporar tales derechos en las respectivas legislaciones: es necesario que de hecho no se violen, que el político tenga claro que está al servicio del pueblo. Ahora bien, decirse "demócrata", por desgracia, no supone en absoluto el respeto de tales derechos.

Breve cita de algunos momentos históricos. La historia humana es un constante esfuerzo por alcanzar metas de unificación, igualdad y libertad para todos. En las primitivas tribus estaba mal hacer daño a un miembro del mismo clan pero los de la tribu vecina eran enemigos sin ningún derecho y se les podía machacar. Dicho planteamiento ha ido cambiando poco a poco a través de los tiempos.

En el siglo XVI la toma de conciencia de ciertos derechos conlleva el reconocimiento de la libertad y la igualdad para todos, propiciada por la Reforma protestante. El Edicto de Nantes (1598) y la Paz de Wesfalia (1648) pretenden asegurar dichos objetivos.

En 1776, la Declaración de Independencia de Estados Unidos reconoce los derechos del ciudadano. En 1789, la Asamblea Nacional Francesa formula los derechos fundamentales de todos los humanos en la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano

Como hito importante, Olympe de Gouges (1791) redactará la Declaración de los Derechos de la Mujer y de la Ciudadana, documento que propone por primera vez la emancipación femenina y la igualdad de derechos con el hombre.

Y así podremos llegar a la Declaración Universal de Derechos Humanos (1948) base de un nuevo orden mundial. El deseo de que nunca más entráramos en guerra, fue y es el motivo que impulsa dicha Declaración. Objetivo deseable pero difícil de conseguir.

Volvamos a la tribu la cual se define como “un grupo social primitivo de un mismo origen, real o supuesto y cuyos miembros suelen tener en común usos y costumbres”. Recalco el calificativo “supuesto” dado que después de miles de años, la pureza “real” de pertenencia a una tribu o pueblo es bastante dudosa por la mezcla a la que nos ha sometido el constante devenir migratorio y la misma globalización.

Y se cae en el exclusivismo que alimenta un tribalismo que, como “tendencia a sentirse muy ligado al grupo de gente al que se pertenece, y a ignorar al resto de la sociedad”, es raquítico y excluyente hasta el punto de “vender la moto” buscando convencer de algo, aunque sea media verdad o falso y poco creíble. Tribalismo y exclusivismo si se basan en la pureza de sangre, raza, lengua, religión son más dañinos de lo que pensamos.

La península ibérica es un claro ejemplo de dicha ensalada de gentes, lenguas y culturas aunque determinados sectores quieran vendernos “su burra” exclusivista y cierta pureza de sangre. Y en estos momentos está alborotada por cierto estado de sedición entendida como “alzamiento colectivo y violento contra la autoridad legalmente establecida”, solo que dicha sedición es selectiva y no colectiva. De momento.

Y la mancha de desajuste se extiende de norte a sur con peligro para la convivencia. Pese a todo, la historia humana es un intento por alcanzar metas de unificación, igualdad y libertad para todos. Es necesario reconocer todo un proceso de maduración y progreso que se inicia en la Grecia clásica, madre de las democracias modernas.

Aristóteles nos dice que “el hombre es un ser social por naturaleza que vive en la ciudad entre iguales”. Sofistas, estoicos y epicúreos apuntan la idea de una condición humana común e igual para todos los seres humanos. Más tarde, el cristianismo establecerá que somos superiores al resto de seres, que poseemos una dignidad especial y que todos los humanos somos iguales.

Surgen algunas preguntas. ¿Tiene sentido hablar de bienestar cuando gran cantidad de personas están sumidas en la más mísera pobreza? ¿Hablar de libertad de expresión cuando desde el poder nos está rondando una limitación de libertad de prensa desde un supuesto “ministerio de la verdad”? Suena a burla grotesca y fachosa.

El Consejo de Seguridad Nacional, en su reunión del día 6 de octubre de 2020, ha aprobado el Procedimiento de actuación contra la desinformación, tal y como se recoge en el Boletín Oficial del Estado (BOE). . Amparados en la pandemia se han publicado algunas directrices confusas.

¿Hablar de ciudadanía universal cuando multitud de humanos vagan por campos de nadie sin un hogar? ¿Tiene sentido hablar de democracia cuando cerca de nosotros se juega al escondite con ella? ¿Estamos llegando a una tiranía de la democracia por uso interesado de la misma? Da la impresión de que sí.

PEPE CANTILLO
  • 3.12.20
Cito: “El 25 de noviembre se conmemora el Día contra la Violencia de Género, un movimiento iniciado en 1981 en recuerdo de las hermanas Mirabal, activistas políticas asesinadas en 1960 por orden del dictador Trujillo”. En estricta interpretación, dichas muertes parece que fueron por motivos políticos, lo que no descarta que el dictador mostrara una clara misoginia (“aversión a las mujeres”). Otro matiz: prefiero más la palabra “recordar”, ya que “conmemorar me suena a fiesta. 


En el año 2000, la Asamblea General de la ONU declarará el 25 de noviembre Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer. Con anterioridad (1993), la ONU definía la violencia contra la mujer como “todo acto de violencia que tenga o pueda tener como resultado un daño o sufrimiento físico, sexual o sicológico para la mujer, así como las amenazas de tales actos, la coacción o la privación arbitraria de la libertad, tanto si se producen en la vida pública como en la vida privada”.

La violencia contra la mujer es una lacra que arrastramos desde tiempos inmemoriales y se materializa en diversas formas: física, psicológica, sexual, acoso, explotación sexual. Los ejecutores suelen ser la pareja con la que se convive o los exmaridos.

No olvidemos que las niñas también son mujeres y entran en el saco del abuso físico. En este maltrato (profanación) se cuelan –por desgracia– hasta familiares de las mismas, incluso algún padre. No es lo habitual, pero también sucede.

Las circunstancias a las que nos ha llevado el virus son penosas: está cambiando nuestra forma de convivir; incluso está consiguiendo que no hablemos ni nos preocupemos de otros problemas, dejando cicatrices profundas en el día a día, hasta tal punto que la convivencia está agujereada por los cuatro costados.

¿Ha aumentado la violencia contra la mujer desde el inicio de la pandemia? Parece que sí, aunque no hay muchos datos sobre el tema porque el daño y el miedo al virus acapara la atención en todo el mundo. Es posible que la mayoría de ciudadanos ni sepamos cuántas mujeres han quedado en la cuneta por culpa de la violencia. Preocupa más el futuro a medio y largo plazo.

Según datos del Servicio de Estadística del Consejo General del Poder Judicial (CGPJ), lo que sí han aumentado son las demandas de divorcios con todo el daño que esto supone para los hijos. ¿Daños colaterales del encierro pandémico? Con toda seguridad, sí.

Nos movemos en un ambiente incierto, en el que la información sobre determinados problemas se diluye con intencionada facilidad. Hay tantos frentes abiertos que ya no sabemos a dónde mirar. Los “ventiladores” siguen despistando al personal.

Una información procedente de 'El País' me anima a tratar el tema que, en estos tiempos que corren, está medio oculto por intereses varios. El artículo en cuestión ofrece una dolorosa lista de mujeres asesinadas a manos de su pareja o expareja. Parece que en lo que llevamos de año, y en el momento de escribir estas líneas, hay 41 víctimas, de las cuales 35 ni tan siquiera habían denunciado al agresor.

Recordemos que el 8 de marzo se celebró la indebida manifestación en conmemoración del “Día de la Mujer Trabajadora”. Indebida porque, guste o no, en dicha fecha el virus ya estaba trabajando a marchas forzadas entre nosotros e hizo de las suyas. Y guste o no, oficialmente ya se sabía lo que se avecinaba. En fin, “a lo hecho, pecho”. Sigamos.

El tema de la violencia contra la mujer lo he tratado en distintos momentos. Sugiero dar un vistazo al artículo La maté porque era mía quizás porque el título puede llevar a error y hasta se puede pensar lo contrario. Insisto: el maltrato contra la mujer hasta llegar a matarla clama justicia y aplicación de la ley con todas sus consecuencias.

Me cuelo en este asunto porque no se ha dicho mucho sobre el mismo, ya que nuestra atención está centrada en el virus, en la subida y bajada de infectados, en el amplio número de muertes cuya cantidad sigue medio oculta o si quieren está tan manipulada y utilizada con tantos intereses creados desde varios frentes, que tendrá que transcurrir tiempo para que sepamos cuántos cadáveres quedaron en el camino.

Está claro que la mayoría de nosotros hemos estado, estamos y estaremos pendientes del virus y sus secuelas, cuestión primordial para todos pero su importancia hace que ignoremos otros temas graves. Parece que la violencia, sea del tipo que sea, ha aumentado en el presente año. 

Nuestra atención estaba y está hipotecada por el virus quedando al margen problemas como el maltrato contra mujeres y niñas. El asunto se ha hecho ya endémico pero no podemos ni debemos obviarlo. El silencio siempre será cómplice.

Entresaco algunos datos de dicha información. La lista ofrece mes y día con el nombre de víctimas y sus asesinos, la edad e, incluso, su origen de nacimiento; también apunta a quién es el asesino, marido o compañero, amante... Alude a las razones de tal descalabro y si había denuncia o no de su acoso. Una veintena de menores han quedado huérfanos y algunos han muerto de rebote.


Hasta no hace mucho, la prensa o la televisión no daban determinados datos como el origen del maltratador. Parece ser que había presiones para que se omitieran dichos detalles porque no se quería ofender. Vamos, que no era políticamente correcto dar una determinada información.

Conclusión a la que se llegaba: el macho, supuestamente español, es una bestia asesina. No nos engañemos: tan animal puede ser el autóctono de este país como los venidos de otras tierras, por ejemplo, de allende los mares. En esta ocasión aparece la procedencia de maltratadas y su maltratadores.

“Cronología de víctimas mortales de violencia de género de 2020” hasta noviembre. A la cabeza de muertes van Andalucía y Cataluña, mientras que el tercer lugar lo ocupa la Comunidad Valenciana. Por edades, los grupos más numerosos son el de 40 a 50 años, con diez mujeres, y el de 31 a 40 años, con nueve. Veintidós de las víctimas mortales eran españolas. Solo en seis casos existían denuncias previas contra los agresores y solo en un caso había medidas de protección vigentes. Treinta de las mujeres convivían con su agresor.

La lista tiene tanto españoles como rumanos; una uruguaya, una guatemalteca y su pareja colombiano; una sudamericana, una pareja supuestamente árabes en la que él no acepta la separación... Una china y un peruano, una francesa y un inglés. La lista es amplia y dura. El rosario se hace monótono además de insoportable. Todos pierden y cuando hay hijos pequeños, el sufrimiento se hace crónico. Veintitrés menores han quedado huérfanos por la violencia machista en lo que va de año.

¿Qué hacer para reducir hasta cero esta situación? El tema es complicado por más ganas que tengamos desde las directrices que pueda sugerir el sentido común. Las heridas que deja dicha violencia son terribles. Las físicas cicatrizan con el tiempo; otras, como las psicológicas, dejan huellas indelebles en lo más profundo del alma. Desde la mísera humillación a la muerte hay todo un infierno moral.

Vaya por delante que matar por amor no es tolerable. Creo que el problema tiene raíces más profundas. El macho humano despechado mata por resabios, porque “sólo eres mía”, que se puede traducir en un batiburrillo entre celos, control, dominio, saña, posesión a machamartillo, abuso físico o sexual. Un infierno que, por desgracia, no lo padece solo nuestro país, aunque eso no consuela. 

Cuando llegan señaladas fechas en las que recordamos el valor y la presencia de la mujer (25 de noviembre, 8 de marzo), gritamos alto, proclamando el derecho a la vida, a la igualdad en todos los ámbitos. Puede que nuestro ego se sienta gratificado porque hemos cumplido con la teoría. Unos actuarán convencidos de lo que hacen y dicen; otros, arrastrados por el entorno para no señalarse; los más vociferaran desde lo políticamente correcto. Y la cuenta de muertes sigue implacable.

PEPE CANTILLO
  • 19.11.20
Estamos enredados en los tentáculos de un pulpo maléfico llamado Coronavirus. Dicen que si se pudieran reunir todos los que pululan actualmente por el mundo cabrían en una cucharita y sobraría espacio para muchos más de la misma rama. El desastre es atroz.


Son muchas las personas que han caído en sus tentáculos. Desde que nos declaró la guerra, unas personas han muerto y otras luchan con dicho virus y están padeciendo los efectos y posibles secuelas que puedan quedar. El número de contagios parece hasta irreal. La confusión se une al miedo que podamos tener frente a esta amenaza. Digamos que nuestro mundo está patas arriba, que el miedo nos paraliza, que no se vislumbra la salida de este laberinto.

Las consecuencias son fatales. Muertos e infectados nos agobian. El entramado laboral hace aguas por los cuatro costados. Como consecuencia de dicho panorama, el número de personas sin trabajo aumenta día tras día. Las “colas del hambre” aumentan a buen paso y hacen temblar a muchas familias que, de la noche a la mañana, se han encontrado a las puertas de la miseria, sin saber hacia dónde vamos.

La información oficial sobre el tema confunde cada día más. El Gobierno va a la suya, jugando con las pocas esperanzas que pueda tener el pueblo. Ahora nos dicen que aumentarán el sueldo por aquí y mañana subiremos los impuestos. Como detalle penoso, a una familia con cuatro miembros las mascarillas –no olvidemos que son obligatorias por el bien de todos– suponen un buen puñado de euros a cuenta de un ERTE que se demora en pagarse o del paro cuando se cobre.

Hasta ahora tales (mas)carillas estaban gravadas con el 21 por ciento de IVA, lo que hacía que tal material protector y obligatorio fuera mucho más caro que lo soportable para una familia. Luego prometieron reducir el susodicho impuesto, algo que se terminó aprobando el pasado martes.

Por otro lado, el negocio de estos protectores suponemos que debe estar aportando pingües ganancias para los listillos de turno que trafican con ellas y les importa poco que sean falsas o no. Aquí me acojo a aquello de “piensa mal y acertarás”.

El personal aumenta a buen paso en las llamadas “colas del hambre y el Gobierno calla y sigue su deambular. Es más, las malas lenguas dicen que se ha incrementado el presupuesto de altos cargos y asesores. Eso está bien, que no pasen hambre (¿¡?).

Si miramos una foto, solo del personal de Gobierno, la vista parece titubear ante la gran cantidad de ministros dentro de sus correspondientes ministerios, lo cual hace que también haya crecido el número de directores generales, asesores, coches oficiales, servicios de seguridad (guardaespaldas se les llama) y un largo etcétera.

Los pasillos del nepotismo favorecedor están repletos. Quienes antes denunciaban las puertas giratorias del enchufismo ahora parecen que están suplantando a las oficinas del desempleo. Eso sí, los gastos oficiales están bajo secreto porque no hay que airear los favores que se tengan que hacer o la fidelidad que conviene asegurar. Cuando se mira a la caterva de políticos da la impresión de que solo se miran el ombligo y pasan de los problemas reales del personal.

Sigo con las colas del hambre. Tampoco es tan grave que algún día se queden sin comer (pensarán): así puede que disminuya un poco esa amplia obesidad que presentan muchos ciudadanos, tanto hombres como mujeres y menores. La comida basura ceba y mucho.

Sin trabajo no como, pero tampoco puedo pagar el alquiler que, dicho sea de paso, parece que ha subido últimamente algo más del 10 por ciento de precio. Se habla de que el número de personas sin hogar ha crecido bastante impulsado por los zarpazos que está dando la situación pandémica.

Varias ONG, Cáritas, Cruz Roja e iniciativas privadas están desbordadas por la endémica situación. A más contagios, más paro por el cierre de negocios varios y, como consecuencia, más pobreza. Estamos hablando de familias que hasta ahora vivían dentro de una cierta seguridad. En la lista aparecen tanto adultos, hombres o mujeres, como críos. El hambre no sabe de género ni de edad. Digamos que “la actitud solidaria con el sufrimiento ajeno”, llamada “caridad”, no ha muerto. 

Pero si en líneas anteriores dudaba del negocio de las mascarillas, ahora hay que alertar de los listillos que ofrecen falsos cupones de ayuda a familias necesitadas. Suplantando organizaciones benéficas o instituciones, buscan hacerse con los datos para, luego, sacar partido de ellos. Corren timos mil como los falsos inspectores de Hacienda, el timo del bitcoin que te hará rico, ofertas de trabajo inexistentes… y muchas más falacias.

Según Cáritas, las personas sin hogar han aumentado en España durante la pandemia un 35 por ciento. Miles de personas buscan refugio y comida en los diversos bancos de alimentos. Decenas de ONG dicen estar desbordadas por la crisis provocada por el coronavirus.

En la España de los años 1953 a 1963 y como consecuencia del llamado “Pacto de Madrid” firmado con EEUU en 1953, digamos que fueron los americanos quienes nos aportaron alimentos, como la leche en polvo, mantequilla y queso, para acallar un poco a las revoltosas y descontentas tripas de las familias más pobres del país. Por cierto, dicho pacto no fue gratis.

La siguiente información es de un surrealismo inexplicable. Parece ser que gente de VOX se dedicó en Almendralejo a recoger alimentos para los necesitados, acción que ha sido criticada por socialistas del pueblo. Y creo que la polarización política “confunde el culo con las témporas”. Las colas del hambre existen porque ha aumentado la pobreza entre nosotros. ¿Se puede echar una mano para mitigar dicha penuria? ¡Adelante, pues, sea quien sea el samaritano que ayuda!




Dichas colas están integradas por personas que hasta ahora podían pasar el mes más o menos apretados, pero pasaban. Ahora han caído en un vacío total. Para paliar el hambre están surgiendo iniciativas privadas cuyo interés es exclusivamente ayudar. Por cierto: “no tengo nada que ver con VOX”.

Contrapartida. Ante las colas del hambre desfilan 36.000 coches oficiales con chofer, depósito lleno de combustible, guardaespaldas... El despilfarro y el gasto sin sentido en determinados ministerios es una de sus prioridades… ¿No preocupa lo mal que lo esté pasando parte del pueblo? ¿El cáncer de la democracia son los políticos y adláteres?

Los responsables de esta esquizofrénica situación están más preocupados por dedicar el tiempo que les pagan a casi todo, menos a intentar ayudar a los que más lo necesitan… Y el número de pobres aumenta día tras día. Mientras Moncloa blinda como “secreto oficial” algún tipo de gastos que entran en la bolsa de lo oficial.

Me cachis en la mar. No seamos tan duros y tengamos un poco de comprensión con esas decenas de políticos que, a cambio de su sacrificio diario, solo reciben incomprensión, acosos domiciliarios y ataques en las redes sociales.

Cuando oigo o leo la palabra “hambre tiemblo recordando tiempos pasados. Quienes nacimos entre los años cuarenta a sesenta del siglo pasado, dicha palabra nos roe la mente y hace que las tripas rujan por el vacío alimenticio que nos dejaron. Malos recuerdos pasean por el huerto de la memoria.

PEPE CANTILLO
  • 5.11.20
Seguramente, el ser humano nunca ha vivido solo. Los vestigios que se tienen a lo largo de su evolución nos lo muestran como un ser que necesita del grupo, que vive en sociedad. Cuando las sociedades humanas evolucionaron y se hicieron más complejas, fueron adoptando formas de organización jerarquizadas, con clases diferenciadas y con órganos de poder específicos. Alguien representaba la ley, la justicia y el gobierno. Tres derechos básicos para convivir en democracia.


La historia de la humanidad ha conocido múltiples formas de Estado y de gobierno, y ha mostrado también que no todas han sido igualmente valiosas y apreciables. Entre ellas, y hasta el momento presente, la democracia ha demostrado, eso simula, ser la más deseable y la que mejor responde a las exigencias y necesidades organizativas del ser humano.

En teoría dicha forma de convivir parece ser la mejor pero no está exenta de manipuleo. Podríamos decir que nuestras democracias actuales son “de lo bueno, lo menos malo”. También cabe afirmar que nuestro sistema de Estado representa “de lo malo, lo menos malo”. 

¿Razones? Con el uso y abuso del sistema hemos desprestigiado y mangoneado la razón última que justifica y dignifica a un Gobierno. “Mangonear viene a significar “ejercer el mando de manera despótica”. Es decir, Gobierno que se mueve por decretos sin contar con los órganos superiores representativos del poder. 

El concepto de democracia hace referencia al poder del pueblo. Dicho modelo estaba ya presente en la Atenas del siglo VI antes de Cristo. Nuestras democracias modernas tienen como referencia el modelo griego, pero son consecuencia directa de las revoluciones liberales de los siglos XVIII y XIX, al defender el derecho a gobernar con el consentimiento del pueblo y partiendo de la idea de igualdad política de los ciudadanos, que tienen derecho a participar en el poder y son los verdaderos soberanos.

En determinados momentos se puede estar gobernando sin el consentimiento del pueblo que, de alguna manera, ha sido puenteado, por eso no nos debe sorprender que la palabra “democracia sea en la actualidad una de las más manoseadas y revestida de los colores que cada grupo político quiera darle, según su conveniencia. 

En la actualidad, decir “democracia” es no decir nada desde el punto y hora que la hemos travestido de intereses partidistas. ¿Por qué? El pueblo vota cada determinado tiempo a su partido –ya la palabra partido da una cierta grima–. Será después cuando las alianzas (intereses partidistas) permitan un tipo de gobierno u otro. En dicho modelo “sometido a las opiniones de un partido”, el pueblo ya no pinta nada de nada: solo vota. 

Antes, durante y después de elecciones, el plató público parece una casa de subastas donde cada grupo es tentado por el partido con más posibilidades de gobernar, que ofrecerá “el oro y el moro” a los posibles grupos supuestamente afines que, sumando votos, podrán darle el poder. El tejemaneje como “enredo poco claro para conseguir algo” será la moneda de cambio.

La palabra “partido tiene muchos significados. En referencia política, la entendemos como “conjunto o agregado de personas que siguen y defienden una misma opinión o causa”. También significa “sacar provecho, ventaja o conveniencia. Sacar partido”. Ya hemos caído en la trampa y, de paso, la “Democracia” queda deshonrada. 

Posiblemente sea una de las voces que más hemos prostituido en los últimos tiempos. No digo que se va con cualquiera sino que se la lleva cualquiera para subirla a su carro, a veces ideológico y otras veces ni siquiera eso y, en nombre de la misma, “mamonearla” para “conseguir, lograr algo que concuerde con mis intereses democráticos”, dicen y se justifica el sacar partido.

Una vez votado y refrendado un grupo político, éste actuará a su aire soslayando las promesas y, si no ha sido votado, puede pasar a gobernar por efecto de una “moción de censura”. En España, dicha moción permite al Congreso de los Diputados retirar su confianza al Gobierno y forzar su dimisión según consta en el artículo 113 de la vigente Constitución.

Para poder hablar de democracia es preciso partir de la aceptación de unos valores y derechos que se reconocen a todo ser humano: la libertad, la igualdad y la solidaridad. La libertad permite participar en las decisiones públicas y elegir nuestra forma de vida. 

La igualdad lleva a reconocer el valor del ser humano por su dignidad como persona, más allá de las diferencias que puedan existir entre ellos. La solidaridad nos impulsa a respetar a los otros, a interesarnos por ellos y a participar en proyectos comunes.

Podemos decir que la democracia es la organización política que mejor permite la implantación de un Estado de derecho, caracterizado por el establecimiento de la ley y la defensa de las libertades. En la democracia, las leyes reconocen y garantizan los derechos de los ciudadanos. En teoría, porque cada día que pasa se hace más patente aquello de “todo para el pueblo pero sin el pueblo”.

Dicha frase aparece en Francia en el siglo XVIII y se convierte en el lema del despotismo ilustrado. El gobernante ofrece al pueblo lo que necesita pero sin pasarse de la raya. En los momentos actuales nos movemos dentro de ese “toma y calla” que ni tan siquiera llega a un posible paternalismo como en la Europa de dicha época. Vamos, que no es necesario que el pueblo se caliente la cabeza. Y lo de “ilustrados es un decir. 

Pongo como ejemplo lo que sigue. Los cantos de sirena “dicen” que nos protegen de posibles abusos. También nos “venden” que nos aseguran las condiciones mínimas de vida que nos corresponden por justicia. Nos “prometen” elegir y decidir con autonomía lo relacionado con los asuntos propios. Nos “ilusionan” con una posible participación en los asuntos públicos. El resto, déjenlo al Estado…

No puede alguien decir que es demócrata por el hecho de que vive en una democracia cuando, personalmente, se comporta con los demás de modo intolerante o impositivo. Y no solo que el otro es un igual sino que el político está a mi servicio, no a su beneficio. Una vez más estamos ante una “pura utopía”.

Por último, es preciso señalar que la democracia, más que una conquista definitiva, algo que se tiene ya, es ante todo un proceso, un quehacer diario con el que se pretende ir avanzando y perfeccionando el funcionamiento de las instituciones y la conducta de las personas, de acuerdo con los valores que la orientan. Es más una meta, un camino, que una situación lograda. La democracia debe ser defendida con su constante participación.

La organización del país, para que funcione debidamente, depende de tres columnas básicas (poderes). Si quitamos una de ellas, el sistema hace agua. El Poder Legislativo elabora las leyes. Está representado por las Cortes (Congreso y Senado) y sus miembros son elegidos cada cuatro años. Los diputados votan las leyes. 

El Poder Ejecutivo gobierna y debe poner las leyes en práctica y atender debidamente los asuntos públicos como la sanidad, la educación o las fuerzas militares y policiales. El Poder Judicial se encarga de que se cumplan las leyes y, caso contrario, debe aplicar sanciones. El Consejo General del Poder Judicial (CGPJ) es el órgano de gobierno de jueces y magistrados. Dicho CGPJ parece que está en crisis.

Según la Constitución, los poderes del Estado deben estar en instituciones separadas. Otro cantar será que tal mandato se cumpla. En estos momentos hay una gran incógnita sobre dicho cumplimiento, entre otras razones porque, al socaire del tozudo virus, salen decretos como rosquillas o se “usa” dicho poder de forma interesada.

Hemos llegado a un runruneo general preguntándonos por el Gobierno. ¿Dónde están los ministros y el propio presidente? Sabemos que existen porque se han subido el sueldo y porque alguno asoma la cabecita de tarde en tarde, amén de algún que otro “cargo o destino que se ha obtenido sin méritos, por amistad o por influencia política”, verbigracia, lazo marital y que en lenguaje popular se le llama “enchufefavoritismo e incluso breva (“empleo o negocio lucrativo y poco trabajoso”). 

Último pelotazo. La idea de que la Constitución vigente no me gusta, no la acepto, ni la comparto. ¡Vale! Seamos capaces de renovarla, no de derrocarla. Caso contrario, el futuro puede que se muestre aun más oscuro. Y como remate democrático, una de las enmiendas (¿enmierdas?) de la “Ley Celaá” (Ley de Educación): el castellano (español), lengua general de los españoles, tiene los días contados si se acepta la propuesta de PSOE, Unidas Podemos y Esquerra Republicana. Veremos.

PEPE CANTILLO
FOTOGRAFÍA: JOSÉ ANTONIO AGUILAR

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