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  • 14.10.18
Más que catalán, independentista. No sabía qué término utilizar en el título de esta columna porque este último podría referirse a cualquier problema secesionista del mundo y, el primero y por el que me decido, sólo al único problema existente actualmente en Cataluña: el esperpento de los soberanistas (una parte minoritaria de catalanes) con su fanatismo independentista y las manipulaciones de las que echan mano para movilizar a parte de la ciudadanía de aquella región.



Así llevamos, entre drama y farsa, unos cuantos años de enfrentamientos, división social, violaciones de la legalidad constitucional y desgobierno en una de las comunidades autónomas más prósperas y ricas del reino de España. Y la cosa no parece tener visos de entendimiento o solución en el horizonte inmediato por cuanto las partes están enrocadas en sus respectivas posiciones, aunque ambas apelen continuamente al diálogo. A un concepto de diálogo que se limita exigir que se conceda lo que demanda cada interlocutor, aunque sea ilegal o imposible.

De este modo, el “conflicto” catalán se expresa en clave de esperpento valleinclanesco que, si no fuera por la gravedad que supone para la convivencia pacífica y democrática en Cataluña y el resto de España, movería a risa por lo grotesco. Y es que gran parte de su contenido argumental y la “perfomance” con que actúa, son propios de una comedia costumbrista y bufa. Aún así, atrae la simpatía de cientos de miles de catalanes, atrapados en el engaño de una representación que sus autores mantienen empecinadamente en el candelero.

Desde esa mentalidad tramoyista cabía esperar que este año se ensayaran todo tipo de provocaciones y se recuperaran mentiras ya desmontadas por la realidad a la hora de celebrar el primer aniversario de aquel simulacro de república catalana.

La trama del espectáculo se adapta, así, al guión previsible. Desde implorar un inexistente mandato surgido de un falso referéndum hasta convertir en fecha icónica una proclamación que no fue tal pero que ya forma parte del imaginario de los independentistas más fieles al método “goebbeliano” de convertir mentiras en verdades. Es decir, apelar a una república ficticia a partir de un refrendo fraudulento, ilegal y carente de reconocimiento por autoridad alguna. Se trata de refugiarse en una ilusión antes que aceptar la derrota del proyecto soberanista. Y, menos aún, de asumir las consecuencias judiciales de una confrontación con el Estado y la violación de la legalidad vigente.

Todo ello ocasiona diferencias y rupturas entre los mismos independentistas cuando han de ponerse de acuerdo para resolver el entuerto. Los pragmáticos, que han aprendido la lección aunque sea entre rejas, consideran fracasada la vía unilateral y de desobediencia hacia la independencia y predican perseguir tal objetivo con respeto a la legalidad, buscando una mayor –y mayoritaria– base social.

Los fanáticos, con Puigdemont y la CUP al frente, optan en cambio por exacerbar el enfrentamiento con el Estado, utilizar a los políticos presos como banderín con el que avivar los sentimientos de agravio e injusticia y continuar interpretando el “mandato del 1 de Octubre” como fuero simbólico de legitimidad que no puede traicionarse.

Son estrategias diferentes por la pugna del electorado independentista que enfrentan a ERC (el partido independentista histórico), cuyo líder, Oriol Junqueras, está en la cárcel, y PDeCat (la antigua Convergència conversa al independentismo tras los escándalos de corrupción que la hicieron desaparecer) de Carles Puigdemont, huido a Bruselas. Ambas formaciones tienen motivos para “sostenella y no emnendalla” y no quedar en entredicho, pero varían en el método para conseguirlo.

El presidente “suplente” de la Generalitat, Quim Torra, cuyos hilos maneja desde la distancia el prófugo de Bruselas, intenta contentar a unos y a otros, aguantando las presiones que desde la calle le somete la CUP (los antisistema, radicales independentistas) y sus CDR (Comités de Defensa de la República) y tratando de mantener el frágil diálogo con el Gobierno, al que un día amenaza con sustraerle el apoyo en el Parlamento si no ofrece un referéndum de autodeterminación en el plazo de un mes, y al siguiente apuesta por la distensión con la solicitud de una reunión, sin aludir a ninguna amenaza y sin marcar “líneas rojas”. Procura mantener la tensión, que alcanzó su máxima cota el 27 de octubre de 2017 para luego caer en la frustración, sin olvidar las consecuencias judiciales que penden sobre decisiones políticas incompatibles con la legalidad.

De este modo, gobierna sin efectividad, emite soflamas retóricas sin valor y mantiene a las instituciones en una parálisis que provoca el estancamiento de la política, la desconfianza de la economía y la desorientación social. Y todo por no reconocer unas mentiras que sólo sirvieron para diseñar una estrategia política de los partidarios de la independencia (unos, para escapar de sus vínculos con la corrupción, y otros, por obsesiones nacionalistas de privilegios) y no para atender ninguna reclamación pendiente de la historia. Una estrategia rocambolesca que ha devenido esperpento y no se sabe cómo resolver sin hacer el ridículo. De risa si no causara llanto.

DANIEL GUERRERO

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