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Mostrando entradas con la etiqueta La vida empieza hoy [José Antonio Hernández]. Mostrar todas las entradas
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  • 27.11.20
Sin ánimo de restar importancia a la calidad futbolística de Diego Armando Maradona, calificado como el mejor jugador de fútbol de la historia, considero desproporcionados y peligrosos algunos –muchos– de los elogios que su fallecimiento está generando en el mundo entero. En mi opinión, la leyenda de su agitada vida fuera de los terrenos constituye el paisaje vital en el que inevitablemente se instala su virtuosismo con el balón.


Comprendo y respeto las lágrimas pero no apruebo que se canonice como modelo de dignidad ni de comportamiento humano. A la hora de aplaudir sus regates y sus goles, hemos de tener en cuenta su adicción a la cocaína, su amistad con la Camorra napolitana, su desprecio a los periodistas, sus burlas de las mujeres y su manera frívola de interpretar la vida humana.

La dignidad humana no depende del color de la camiseta, de las insignias que lucimos en las chaquetas o de los títulos que coleccionamos en las vitrinas. El valor de una persona no aumenta a medida en que crecen sus habilidades, sus riquezas, su poder o su ciencia. No confundamos la grandeza con la magnitud; la nobleza con la fama; la importancia con la vanagloria; el prestigio con la popularidad y la calidad con la cantidad.

La dignidad humana no estriba en las insignes prebendas o en los cargos honoríficos, ni el brillo de las apariencias coincide con la sustancia de la realidad, ni el ruido de la publicidad con las nueces de los hechos: no es oro puro todas las baratijas que relucen en las solapas.

La dignidad nada tiene en común con la jactancia, con la presunción o con la arrogancia, sino que se encuentra, justamente, en su cara opuesta. La dignidad humana guarda una relación directa con la integridad, con la generosidad, con la sencillez, con la naturalidad y, a veces, con la pobreza; depende más de la manera de trabajar que del puesto que ocupamos. 

Si es cierto que las peanas altas empequeñecen las figuras, también es verdad que, cuanto más bajitos somos más nos encantan las tarimas, los púlpitos y los escenarios. Yo también le deseo sinceramente que descanse en paz.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO
  • 20.11.20
Tras leer la reflexión de la semana pasada sobre la venganza estética, varios amigos me han pedido que me refiera al perdón, ese valor, ese arte y esa virtud que las ciencias humanas y las religiones explican y aplican de diferentes maneras. En el ámbito del derecho, de la política, de la ética y de la economía, se suele emplear como sinónimo genérico de indulto, amnistía, condonación, absolución, gracia o clemencia.


En su sentido más estricto, es una aportación religiosa de diferentes creencias y más concretamente de la judía, la musulmana y la cristiana, aunque los respectivos creyentes lo expresan y lo practican de diferentes maneras. Recordemos que esta palabra etimológicamente procede de “donar” y significa renunciar libre y gratuitamente a castigar un delito o una ofensa, a cobrar una deuda o a exigir una equivalencia.

Si analizamos el fondo de las acciones de perdonar y de ser perdonados descubrimos que son experiencias vitales muy hondas que están dotadas de múltiples dimensiones vitales, no solo religiosas individuales y colectivas, sino también antropológicas, psicológicas, sociológicas, jurídicas y políticas.

Por muy petulantes o ingenuos que seamos, hemos de reconocer que, por el mero hecho de ser humanos, desde el nacimiento hasta la muerte, estamos cargados de limitaciones, de deudas y de culpas, y que, en consecuencia, el perdón, más que un rebajamiento, es una necesidad y una grandeza. Todos –por muy íntegros que nos creamos–, para vivir en paz con nosotros mismos y con los demás, necesitamos continuamente perdonar y ser perdonados.

La experiencia del perdón fortalece la convicción de que no estamos de más en una comunidad, de que podemos ser alguien y hacer algo, de que no somos simplemente tolerados y, sobre todo, que, a pesar de nuestros errores, podemos seguir siendo nosotros mismos aceptando nuestra fragilidad consustancial. 

Cuando la experiencia del perdón es creativa, se instauran nuevas relaciones interhumanas y nuevos lazos interpersonales que, incluso, puede dar origen a una amistad más profunda, a una colaboración más eficaz y, en consecuencia, a una nueva vida.

Perdonar, efectivamente, es asumir la apuesta y el riesgo de rememorar el pasado asumiéndolo, y de encontrarse con el otro adoptando una actitud positiva, por encima de la culpabilidad que le atribuimos. Perdonar es un arte y hay que aprenderlo. Francisco recuerda que el primero en pedir perdón es el más valiente; que el primero en perdonar es el más fuerte y que el primero en olvidar es el más feliz.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO
  • 13.11.20
Tras escuchar la queja que un cualificado diputado profirió hace unos días en el Congreso ("Su venganza, señoría, no ha sido ética ni, mucho menos, estética"), algunos amigos me han preguntado con extrañeza, cómo un vicio, que por su naturaleza pertenece al ámbito de la moral, puede ser evaluado también artísticamente.


Recordemos que la "venganza" ha sido tratada, valorada y ejecutada de diferentes maneras en nuestra civilización judeo-cristiana. Si en el léxico actual, "vengarse" es castigar una ofensa devolviendo mal por mal, en el lenguaje bíblico la venganza restablece la justicia sobre el mal. Aunque la Biblia prohíbe vengarse por odio, permite que la sociedad y, sobre todo, Dios –el único vengador legítimo de la justicia– restituya el derecho atropellado compensando los males causados.

La venganza solidaria era un arma defensiva de la sociedad nómada israelita en sus orígenes; por eso, el "vengador de la sangre", convencido de que la sangre derramada clamaba venganza, compensaba al clan matando al asesino. Posteriormente, la Ley del Talión ("ojo por ojo y diente por diente") prohibió la venganza ilimitada de los tiempos bárbaros y frenó la pasión humana, pronta a devolver mal por mal.

En mi opinión, la venganza más eficaz y, probablemente, la más gratificante, es la estética: es la respuesta inesperada del agredido que, con un gesto elegante y con una palabra sobria, restablece el equilibrio; es la reacción controlada del ofendido que, con una sonrisa abierta o con unos elogios comedidos, se enfrenta a la cólera encendida del agresor y a las injurias apasionadas del atacante.

Aunque es cierto que el dominio de las armas dialécticas es una destreza difícil de alcanzar, también es verdad que devolver amabilidad cortés por toscas groserías, suavidad discreta por asperezas vulgares y silencio distante por gritos estridentes constituyen una estrategia de sorpresa, una táctica de disuasión y, a veces, un arma persuasiva. La venganza es un vicio ético, pero puede ser también una habilidad estética.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO
  • 6.11.20
Todos conocemos a personas que disfrutan recordando los hechos dolorosos del pasado, destacando los aspectos negativos del presente y asustándonos con los peligros del futuro. Son aquellos dolientes para quienes “todo tiempo pasado fue peor”, si no fuera porque el presente les parece todavía más horrible que el pasado y porque están convencidos de que caminamos veloz e irremisiblemente hacia el caos fatal y hacia la catástrofe más aniquiladora.


Cuando comentamos con ellos cualquier suceso, estos conciudadanos inconsolables nos recuerdan, sobre todo, las calamidades desoladoras, los rostros cínicos, las miradas crueles y las perversas acciones: la memoria, la razón y la imaginación constituyen para ellos unas temibles luces que alumbran a un mundo que es un sórdido museo de penalidades, un infierno de padecimientos y un antro de vergonzosas perversidades.

En mi opinión, hemos de defendernos de estos “aguafiestas” para evitar que nos estropeen el día y nos amarguen la existencia. Sin caer en ingenuos optimismos, hemos de buscar la fórmula eficaz para impedir que esta desolación pesimista nos contagie y tiña toda nuestra existencia con los colores lúgubres de sus lamentos pero, además, hemos de encontrar un acicate en el que agarrarnos y una clave que nos ayude a interpretar los signos de esperanza que lucen en medio de ese oscuro paisaje. 

Si las sombras y los nubarrones pueden servir para resaltar las luces y para aprovechar mejor los días soleados, la profundización en el dolor y en la miseria del mundo nos puede ayudar para que descubramos el germen vital que late en el fondo de la existencia humana. 

Si pretendemos evitar el desánimo, hemos de evaluar los otros datos positivos que compensan los malos tragos. Apoyándonos, por ejemplo, en la convicción de la dignidad y de la libertad del ser humano, en nuestra capacidad para mejorar las situaciones y para aprender, sobre todo de los errores, podemos alentar esperanzas y elaborar proyectos de progreso permanente de cada uno de nosotros y de la sociedad a la que pertenecemos.

Reconociendo el declive que el individualismo contemporáneo ha introducido en las relaciones humanas, esta "ansiedad de perfección" nos permitirá compartir el sentido positivo de la vida, generar unos vínculos más estrechos entre los hombres y recuperar el diálogo con los demás y el reconocimiento del mundo que nos rodea. Sólo así mantendremos la posibilidad del amor y los gestos supremos de la vida. 

Si pretendemos que nuestras vidas no sean escenas sueltas –“hojas tenues, inciertas y livianas, arrastradas por el furioso y sin sentido viento del tiempo”–, hemos de buscar ese vínculo, ese hilo conductor, que las rehilvane y que proporcione unidad, armonía y sentido a nuestros deseos y a nuestros temores, a nuestras luchas y a nuestras derrotas.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ
  • 30.10.20
“La media naranja”, esa imagen metafórica tan tópica que muchos usamos para referirnos al cónyuge, constituye, en mi opinión, un error de interpretación y, lo que es más grave, una concepción de la pareja seriamente peligrosa. Aunque es cierto que algunas mujeres y muchos hombres buscan y encuentran un consorte que complete sus carencias, compense sus deficiencias, corrija sus defectos y solucione sus problemas; aunque es frecuente que se explique la unión matrimonial como una fórmula para nivelar los desequilibrios psicológicos, culturales y hasta económicos, también es verdad que la experiencia nos demuestra que esta receta compensatoria aboca, en muchas ocasiones, a la frustración personal y al fracaso familiar.


No pongo en duda que el ser humano es esencialmente imperfecto, indigente, incompleto, defectuoso y necesitado. Estoy de acuerdo en que, para “realizarnos”, para llegar a ser nosotros mismos, requerimos la ayuda de los demás, pero opino que esta colaboración, más que a remediar nuestras carencias o a aliviar nuestras dolencias, ha de contribuir a que cada uno despliegue todas sus facultades, supere por sí solo sus dificultades, alcance sus metas y logre su peculiar plenitud. 

Como suele repetir María del Carmen, “los seres humanos –cada ser humano– hombre o mujer, joven o anciano, soltero o casado, no somos seres mutilados, sino que somos o debemos llegar a ser unos proyectos completos y unas obras acabadas”. 

Cada uno de nosotros encierra en lo más profundo de sus entrañas un diseño propio y un plan diferente que, con la ayuda de todos los demás acompañantes y compañeros, ha de desarrollar y cumplir. El proyecto común de cualquier grupo de personas –sobre todo de las que integran la unidad familiar– vale sólo en la medida en la que sirve para facilitar que cada uno de sus miembros identifique y construya su modelo singular; para que viva su vida y para que logre su bienestar. Los cónyuges no somos medias naranjas, somos... naranjas enteras.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO
  • 23.10.20
Es cierto que las plantas, los animales y los seres humanos experimentamos un esencial impulso para permanecer, para conservar lo que poseemos y para mantener lo que hemos logrado, pero también es verdad que los objetos que poseemos y los hábitos de comportamiento son expresiones del ansia de crecer, de cambiar y de progresar. 


Reconozcamos que los seres humanos poseemos una ilimitada capacidad para empezar algo nuevo y para configurar el mundo que nos rodea de acuerdo con esos modelos mentales que dibujamos con nuestras ideas y con nuestros deseos: tenemos una notable capacidad para renacer y para recomenzar.

Por eso suelo repetir que dejar de aprender es un síntoma preocupante de que estamos envejeciendo. Una de las diferencias que nos separan a los seres humanos de los demás vivientes es nuestra mayor capacidad y nuestra mayor necesidad de aprender. Una gaviota o un elefante, por ejemplo, a las pocas semanas de vida, ya han aprendido la mayoría de sus conocimientos y han desarrollado casi todas sus destrezas.

Los hombres y las mujeres, por el contrario, hemos de seguir aprendiendo a lo largo de toda nuestra vida. Aunque parezca exagerado, podemos afirmar que un recién nacido abandonado, no sólo no llegaría a ser hombre o mujer en el pleno sentido de estas palabras, sino que, a los pocos días, perecerían. Si es verdad esta afirmación en general y cuando la referimos a las tareas laborales, es aún más cierta cuando la aplicamos a las normas éticas y a las pautas sociales.

La generosidad o la solidaridad, la paz o la justicia, por ejemplo, no son el resultado espontáneo de algún automatismo biológico, sino el fruto posible de un difícil y lento aprendizaje. La democracia no se deduce de la razón ni de la historia, sino de un proyecto ilusionante y de una experiencia dolorosa. 

La solidaridad no es una aspiración innata, sino una solución a problemas reales. El progreso ético es lento y costoso; el tránsito, por ejemplo, de la guerra de todos contra todos a la consideración de los demás como fines en sí mismos más allá de la relación instrumental está durando milenios.

Lograr la autenticidad personal es más difícil que dejarse manipular: llegar a ser uno mismo y autogobernarse constituye una empresa ardua y, para muchos, imposible. Esquivamos comprometernos con nuestras propias vidas y nos cuesta reconocer los errores y aceptar las derrotas, por eso disfrazamos los errores y disimulamos las culpas. 

Podemos afirmar que las leyes naturales –como, por ejemplo, la del más fuerte– no son racionales ni humanas sino, a veces, antihumanas. Vivir humanamente es –no lo olvidemos– una disciplina complicada y, en muchos casos, una asignatura pendiente. Dejar de aprender es síntoma, más que de ser viejo, de estar envejecido.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO
  • 17.10.20
En las últimas conversaciones sobre las consecuencias de la pandemia hemos llegado a tres conclusiones comunes. Estamos de acuerdo en que lo más doloroso han sido las muertes de esos seres queridos que, probablemente en otras condiciones, se habrían podido evitar. Hemos coincidido también en la gravedad de los efectos económicos, en especial los que padecen los padres y las madres de familias que han perdido sus trabajos. Y, en tercer lugar, opinamos que está siendo muy triste la soledad de los ancianos que, aislados en residencias o en sus domicilios, están desconectados de sus familiares y amigos.

En mi opinión, deberíamos seguir reflexionando sobre las importantes lecciones que nos enseñan estas situaciones amargas y dolorosas con el fin de que, en la medida de lo posible, evitemos que empeoren aún más las condiciones de la vida que aún nos quede. Sería lamentable que estas tristes experiencias no nos sirvieran, al menos, para distinguir las cuestiones verdaderamente importantes de aquellas otras que no son absolutamente decisivas para sobrevivir y para vivir de una manera digna y humana.

Esta crisis nos debería ayudar para que recobremos la lucidez y para que valoremos la importancia de las tareas realmente imprescindibles como, por ejemplo, la medicina, la enfermería e, incluso, esos otros oficios que, aunque están escasamente reconocidos y mal pagados, adquieren una importancia realmente vital. Fijemos nuestra atención, por ejemplo, en los investigadores científicos, en los cuidadores de las personas mayores, en los que limpian nuestras calles y en los que recogen nuestras basuras.

No es el momento de hacer demagogia pero cuando nos enteramos de las cifras astronómicas que perciben algunos deportistas, estrellas de cine o de televisión, y jefes de empresas de telecomunicación, por ejemplo, nos resulta difícil reprimir sentimientos de indignación y de vergüenza por este modelo de sociedad. Opino que, al menos, deberíamos reflexionar con el fin de mejorar estos desequilibrios tan injustos y trabajar para acercarnos a un mundo más equitativo, solidario, seguro y sostenible.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO
  • 10.10.20
En la Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado que hemos celebrado hace unos días nos han explicado la importancia de poner rostro a esas personas con el fin de rescatarlas de las listas de cifras anónimas, sensibilizarnos ante sus graves problemas humanos y ayudarles a asegurar sus derechos de acuerdo con su dignidad humana. El Papa Francisco nos recuerda que los migrantes no son números sino personas que debemos conocer, comprender y amar. Sus sufrimientos no son problemas abstractos sino dramas que generan muertes.


En mi opinión, en esta situación de crisis sanitaria, laboral, económica, social, cultural y educativa, los migrantes pueden enseñarnos algunas lecciones como, por ejemplo, las maneras de luchar para, al menos, sobrevivir. Muchos de ellos constituyen claros modelos de esa pelea que nos serviría para mantenernos a flote en el tsunami que golpea esta tierra firme en la que estábamos cómodamente asentados. 

Estoy convencido de que ellos, por haber tenido que superar mayores dificultades, nos pueden dictar importantes lecciones prácticas con las que extraer, desde el fondo de nuestras experiencias personales, algunas habilidades para superar las situaciones difíciles que se vislumbran en el horizonte. 
 
Además de mostrarnos los procedimientos prácticos para evitar la depresión, es posible que algunos de ellos nos proporcionen unas formas de imaginar nuevos proyectos de vida y de resistir con fortaleza los momentos más difíciles. 

Nos vendría bien que, además de ayudarles, los escucháramos con atención y aprendiéramos de ellos a enfrentarnos con el nuevo mundo que se vislumbra. Además de evitar el paternalismo, podríamos fijarnos en sus maneras de resolver los problemas de cada día y sus habilidades para estimular la inteligencia práctica y la imaginación creadora. 

Al menos aprenderíamos de ellos a descubrir el potencial latente que está encerrado en nuestro interior para combatir el desánimo y para tener el coraje de no amedrentarnos cuando el horizonte se oscurece y cunde el miedo de que el barco se nos hunde.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ
  • 3.10.20
Tras comentar el último artículo sobre la imprescindible necesidad de aprender a escuchar para establecer una buena comunicación, Agustín nos propone que conversemos sobre el difícil e importante arte de la “conversación”. Nos recuerda que aprendemos a hablar de manera natural en nuestros hogares. Después –nos dice–, en los diferentes niveles de la enseñanza, mejoramos la pronunciación y la gramática, enriquecemos el vocabulario y la escritura. Pero, sin embargo, “no le damos importancia ni dedicamos tiempo a aprender a conversar”.



Aunque al principio nos sorprende su propuesta, pronto coincidimos en que conocemos a personas que hablan en público de manera brillante y escriben apasionantes novelas, pero son unos aburridísimos conversadores.

En mi opinión, una de las razones de esta “incompetencia” para conversar reside en la dificultad que tienen algunos profesionales –profesores, médicos, políticos, sacerdotes o abogados–, para escuchar atentamente a los demás. No han aprendido que la conversación es un encuentro en el que damos y recibimos, escuchamos y hablamos.

Para que sea una verdadera conversación es imprescindible que intercambiemos experiencias en un plano de igualdad y situados todos en el mismo nivel. Es imposible conversar con quien está encaramado encima de una tarima, de una cátedra o de un púlpito.

Antonio nos explica que conversar no consiste, como algunos afirman, en emitir y en recibir informaciones, sino en intercambiar experiencias sobre diferentes maneras de percibir y de vivir unos hechos compartidos. Es ahí donde reside la importancia de la conversación como senda para conocernos a nosotros mismos y como ocasión para contrastar nuestra visión de la realidad con las personas próximas, en un clima de cordialidad.

Para conversar necesitamos, efectivamente, activar todos los sentidos porque, para comprender el significado de las palabras de nuestros interlocutores necesitamos no sólo escucharlos sino también ver los movimientos de sus brazos y de sus manos y, sobre todo, advertir las expresiones de sus caras, de sus ojos y de sus labios.

Me atrevo a decir algo más: es imprescindible “escuchar” pero también, en cierta medida, ver, oír, oler, gustar y tocar porque nuestras palabras no cumplen plenamente su función hasta que logramos captar las resonancias que han producido en la persona con las que conversamos. Por eso los especialistas coinciden en que, en los mensajes por teléfono, WhatsApp o chats, perdemos una elevada cantidad de matices que son necesarios para establecer una verdadera conversación.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

  • 26.9.20
¿Son buenos comunicadores nuestros políticos? A las repetidas preguntas de varios lectores sobre las destrezas comunicativas de los “profesionales de las palabras” me limito a exponer mis dudas y algunas ideas elementales apoyadas en consideraciones de la psicología popular.



Estoy convencido de que, a lo largo de toda la historia, pero sobre todo en estos momentos, la mayoría de los políticos padece una alarmante sordera emocional, una incapacidad casi total para escuchar los sentimientos, las preocupaciones y los problemas de los ciudadanos.

Son muchos los que aún no se han enterado de que, para comunicarse, es imprescindible, como ocurre con la radio, conectar con la onda de los oyentes, y esto quiere decir que es necesario sintonizar con sus sentimientos, con sus aspiraciones y con sus temores. Todavía no han comprendido que para interesar a los oyentes o a los lectores, aún más importante que conocer sus maneras de pensar, han de “con-sentir” con sus formas de sentir.

Para comunicarnos es imprescindible, en primer lugar, entender al otro y comprender su estado de ánimo, y, en segundo lugar, compartir un clima de comprensión mutua, esa “empatía” que consiste en participar en su manera de entender y de vivir la vida. Esta participación es imposible cuando se observan los problemas de los ciudadanos desde una extremada distancia física, económica y social.

Fíjense lo claras que resultan las palabras de Goethe que el profesor Alfred Sonnenfeld cita en su libro Armonía: “Tras la pregunta del aprendiz Wagner acerca de cómo comunicarse con los demás, Fausto responde: «si no lo sentís de verdad, no lo lograréis… Os lo aseguro: si no os sale del corazón, no habrá sintonía de corazones […]. No basta con dominar la técnica de la comunicación. Haz saltar una llama de tu montón de cenizas… No seáis un bufón cascabelero»” (p. 11).

Los políticos informan, pregonan, acusan, se defienden, protestan, se indignan y hacen propaganda pero lo que se dice comunicar, rara vez lo hacen. ¿Por qué? Quizás porque padecen una sordera emocional.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO
  • 19.9.20
Opino –querido Luis– que sería saludable para todos –para ti y para mí– aprovechar las restricciones impuestas por el imparable desbordamiento del coronavirus. Estaría bien que, por ejemplo, revisáramos las maneras de divertirnos con nuestros familiares, compañeros y amigos. Es normal que deseemos –a veces son ansiedad– expresar nuestra alegría de manera libre y espontánea.



La dura lucha que libramos diariamente para sobrevivir nos exige descanso, diversión y juerga. Es cierto, además, que las fiestas son las formas características de nuestra cultura y las expresiones directas de nuestra identidad, pero es necesario que, en determinados momentos, seamos capaces de usar el freno con el fin de que el “desenfreno” no nos conduzca a la pérdida del bienestar personal, familiar, profesional y social. A veces no caemos en la cuenta de que la destreza en el manejo de los frenos es uno de los atributos de los seres humanos y uno de los rasgos que nos diferencian de los demás animales.

Los deseos tan vehementes y las apetencias tan extendidas de disfrutar tienen que ver, quizás, con la necesidad de apagar el temor que en estos momentos nos invade de la proximidad de un final inevitable. Es posible que busquemos, de manera inconsciente, que se desvanezca la certeza de nuestra desaparición física y que tratemos de evitar que tan rápidamente se imponga el olvido.

Por eso, quizás empujados por la fuerza deslumbrante de los medios de comunicación, aspiramos a participar en los espectáculos glamurosos, en las concentraciones, en botellones, en fiestas en discotecas y en reuniones familiares y de amigos.

Deberíamos tener en cuenta, sin embargo, que los datos publicados confirman que más de la mitad de los brotes registrados en las últimas semanas están relacionados con fiestas en 'lugares de ocio nocturno', en discotecas, en reuniones familiares o en espacios improvisados que constituyen unos caldos de cultivo ideales para favorecer el contagio del dichoso virus.

Esta urgencia de diversión explica el disgusto que muchos muestran por la supresión de fiestas populares –espacios de alegría– y de espectáculos competitivos –augurios de "victoria"–, que, en esta situación pueden conducirnos a la enfermedad, a la muerte y, por lo tanto, al fracaso.

A todos –a la familia, a la sociedad y a los medios de comunicación– nos compete la obligación de poner los remedios eficaces para crear un clima de convivencia, un ambiente de alegría e, incluso, una atmósfera de fiesta pero cumpliendo con respeto y con exactitud las normas –los frenos– dictadas por las autoridades competentes de acuerdo con las pautas trazadas por los profesionales de la salud.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO
  • 12.9.20
En esta ocasión todos los contertulios hemos estado de acuerdo en que la reacción más generalizada tras la “dichosa pandemia” ha sido la perplejidad. La invasión mundial del tsunami del coronavirus nos ha desconcertado, asustado y aturdido. En opinión de Carmen, este golpe está derribando, de manera implacable, unos modelos individuales y colectivos de vida que creíamos seguros, estables e infalibles. El impacto está siendo tan profundo –afirma– que hasta nos resulta difícil formularnos preguntas sobre lo que nos está ocurriendo y, por lo tanto, responderlas de manera coherente.



He aprovechado la oportunidad para comentar el libro titulado Vivir en lo esencial. Ideas y preguntas después de la pandemia, escrito por el prestigioso filósofo y teólogo Francesc Torralba (Barcelona, Plataforma Editorial, 2020). Su acierto radica en la habilidad con la que el autor señala los síntomas, en la profundidad con la que formula sus diagnósticos y, sobre todo, en la claridad con la que nos proporciona unas razonables orientaciones para que afrontemos sus previsibles efectos.

Partiendo de la constatación de las consecuencias que él vislumbra en el horizonte, y de la observación de los sufrimientos que están causando en muchas familias, llega a la conclusión de que se avecina una verdadera “catástrofe”, pero reconoce que esta crisis nos está permitiendo redescubrir importantes valores como el cuidado, la escucha, la gratitud, la humildad, la solidaridad, la paciencia, la perseverancia frente al mal, la cooperación intergeneracional, la generosidad y la entrega, unos bienes que, en la práctica, no ocupaban lugares relevantes en nuestra sociedad.

¿Cambiará nuestra vida esta crisis? El profesor Torralba advierte que la incertidumbre del futuro social, económico, laboral, educativo, cultural, sanitario y espiritual es patente. Tras sus agudos análisis llega a la conclusión de que los cambios serán inevitables.

Nos propone que repensemos nuestra actual manera de vivir, de relacionarnos, de producir y de consumir y, además, nos invita a que imaginemos un futuro distinto, a que soñemos otro mundo posible para nosotros y para las generaciones venideras.

Describe con detalle cómo los diferentes entramados sociales están cambiando porque ya somos conscientes de que, por ejemplo, se “volatilizan” los empleos, las empresas, las organizaciones, las celebraciones, las competiciones y los espectáculos. Efectivamente, por muy poco reflexivos que seamos, ya sabemos que todos somos interdependientes, frágiles y vulnerables.

En la segunda parte identifica las diferentes respuestas emocionales que esta crisis ha generado: sorpresa, desconcierto, rebelión, resignación y, finalmente, aceptación: no hemos tenido más remedio que “aceptar la realidad y asumirla con todas sus consecuencias”. Es posible que hayamos aprendido a mirar con atención –a “contemplar”– a los que se cruzan en nuestras vidas, a ver lo mismo pero de otra manera.

Oportunas son, a mi juicio, sus detalladas explicaciones de los valores de los rituales como lenguajes corporales que expresan de manera directa nuestros mejores sentimientos y como medios provechosos para evocar emociones colectivas, valores compartidos y creencias arraigadas.

Muy oportunos son sus análisis de los cambios de valoración de otros valores como, por ejemplo, la importancia de la tarea de cuidar. De manera contundente afirma que “tenemos que articular liderazgos fundados en el cuidado, y políticas públicas centradas en el cuidado de los ciudadanos, en especial, de los más frágiles.

De imprescindible lectura son, sin duda alguna, las “siete cartas para el día después” dirigidas respectivamente a las madres, a las maestras, a los profesionales de la salud, a los políticos, a los profesionales del mundo social, a las personas mayores y a los jóvenes.

Todas sus propuestas están fundamentadas, orientadas y alentadas por una honda esperanza. Es posible que, tras la atenta lectura de este oportuno libro, lleguemos a la conclusión de que, como indica el título, a partir de ahora nos sentiremos obligados a Vivir en lo esencial.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO
  • 5.9.20
Por supuesto –querida María del Carmen y querido Pepe– por culpa de esta dichosa pandemia, echo de menos los besos. Fijaos cómo, desde aquel beso que dimos a nuestra madre tras el primer sorbo de leche nutricia no hemos parado de besar para expresar, de manera directa, los sentimientos más nobles y los mensajes más inefables.



Y es que el beso es, sin duda alguna, el lenguaje corporal más primitivo, el más universal y el más expresivo. Se ha practicado de forma habitual en todas las civilizaciones y, de maneras diferentes, lo empleamos en todas las épocas de nuestra vida. Besamos la mejilla para saludarnos, la mano en señal de respeto, la frente como manifestación de ternura, los pies como demostración de pleitesía y los labios para transmitir la entrega apasionada.

Sí –en mi opinión– el beso es un lenguaje dotado de singular vigor expresivo y comunicativo. Posee mayor fuerza que los demás gestos y, a veces, que las palabras. Recordemos que la prosa nació del verso; el verso del canto y el canto del grito.

Pero, como dicen los darwinistas, el grito partió de aquel gruñido mediante con el que algunos simios trataban de imitar los sonidos de la naturaleza: el gorgoteo del agua, el silbido del viento, el chasquido de los cuerpos o el fragor de las fieras.

Cada uno de aquellos gruñidos se ha transformado en palabras dulces o profundas, de igual forma que algunos de los salvajes mordiscos del primer hombre han terminado siendo delicados besos. Esta interpretación, sin embargo, solo es válida si aceptamos que la evolución fue posible cuando este gesto instintivo se llenó de significados emocionales, cuando sirvió para transmitir sentimientos nobles de respeto, de admiración y, sobre todo, de cariño.

Aunque la voz humana, enriquecida con matices y adaptada a las variaciones de los sueños, de las imágenes, de los deseos y de los temores, es el vehículo privilegiado de la comunicación, tengo la impresión de que el lenguaje más directo sigue siendo el del beso.

Fijaos cómo esos besos ritualizados que, aunque entre nosotros poseen unos valores simbólicos, siguen conservando unas resonancias afectivas y psicobiológicas asociadas a la intimidad, al placer del contacto, a las fantasías inconscientes y al valor social que les otorgan las diferentes sociedades.

Se ha usado desde tiempo inmemorial como gesto amable de bienvenida y de despedida, o como signo de lealtad entre los líderes políticos, como sello de paz entre contendientes, como muestra de devoción a imágenes, estampas u objetos sagrados.

Ya sé que algunos besos rutinarios, fríos y vacíos carecen de sentido, pero me preocupan más aquellos otros besos que, carentes de generosidad y de respeto, regresan a su origen animal y son expresiones desenfrenadas de feroz egoísmo, esos que sólo manifiestan unos sentimientos primarios de animales hambrientos o asustados.

Me acuerdo, por ejemplo, de los besos de la Mafia que, además de reconocimiento pueden significar la muerte, pienso también en el traicionero beso que Judas dio a Jesús de Nazaret, o en los besos de Satán que conducen a la condenación. Efectivamente, algunos besos son asesinos, chantajistas y estafadores. Hoy me despido de todos ustedes dándoles un respetuoso ósculo de amistad y de paz.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO
  • 29.8.20
La dignidad humana guarda una relación directa con la generosidad, con la sencillez y, a veces, con la pobreza. “La dignidad del puesto que ocupo me impide que atienda directamente el teléfono”. Esta fue la respuesta que me dio la semana pasada un alto cargo político al que, aturdido por aquel timbre impertinente, me atreví a sugerirle que lo descolgara.



Me acordé, en ese momento, de aquel obispo preconciliar que, sentado solemnemente en su sillón, dejó que unos cerrajeros desmontaran la puerta de su despacho porque su secretario particular no estaba allí para abrirla: “¡Cómo Nos –exclamaba– vamos a ejecutar estas funciones”.

Ahora mismo un amigo me acaba de decir: “Yo, por dignidad, no permito que mi mujer baje la bolsa de la basura al contenedor de la esquina”. Y un colega defiende que “para dignificar su asignatura no tiene más remedio que suspender a la mayoría de los alumnos”.

La dignidad es un concepto ambiguo. No depende de las insignias que lucimos en las chaquetas o de los títulos que coleccionamos en las vitrinas. No aumenta a medida en que crecen las riquezas, el poder o la ciencia. No confundamos la grandeza con la magnitud; la nobleza con el señoritismo; la importancia con la vanagloria; el valor con el precio; el prestigio con la popularidad y la calidad con la cantidad.

La dignidad no estriba en las insignes prebendas o en los cargos honoríficos, ni el brillo de las apariencias coincide con la sustancia de la realidad, ni el ruido de la publicidad con las nueces de los hechos: no son oro puro todas las baratijas que relucen en las solapas.

La dignidad nada tiene en común con la jactancia, con la presunción o con la arrogancia, sino que se encuentra, justamente, en su cara opuesta. La dignidad humana guarda una relación directa con la integridad, con la generosidad, con la sencillez, con la naturalidad y, a veces, con la pobreza; depende más de la manera de trabajar que del puesto que ocupamos. Si es cierto que las peanas altas empequeñecen las figuras, también es verdad que, cuanto más bajitos somos, más nos encantan las tarimas, los púlpitos y los escenarios.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

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  • 22.8.20
Estoy convencido de que, por muchos años que vayamos cumpliendo, nunca es tarde para disfrutar de la infancia, ese baúl en el que guardamos los tesoros de los deseos y de las ganas de vivir. ¿Recuerdas –querido amigo José Tomás– aquella época infantil en la que, desvalidos, no teníamos inconvenientes para pedir y para aceptar ayudas?



Cuando, quizás con un tono despectivo, algunos amigos dicen que los ancianos somos “unos niños pequeños”, a poco que lo pienso llego a la conclusión de que tienen más razón de lo que ellos imaginan. Por eso, deberíamos recuperar algunas de aquellas pautas de comportamiento que, grabadas en nuestras conciencias –en nuestras neuronas– facilitan las actividades y hacen más grata la convivencia con los familiares y con los amigos.

Tras observar detenidamente algunas de las reacciones de compañeros y de amigos de diferentes profesiones y de diversos estatus sociales, he llegado a la conclusión de que los mayores requieren un trato peculiar, diferente al que les dispensábamos cuando se encontraban en plenitud de facultades físicas y mentales, y algo parecido al que damos a los niños o los adolescentes.

Si les prestamos atención, podemos aprender de ellos lecciones importantes. Me he fijado, por ejemplo, en los que, en el atardecer de las vidas, tanto los que han descendido de las confortables poltronas y se han despojado de ornamentos, de capisayos, de insignias y de galones, como quienes son personas sencillas, solo conocidas y apreciadas en los ámbitos familiares –esos hombres y mujeres que no han sido beatificados en procesos canónicos ni santificados oficialmente por las curias políticas, periodísticas o académicas– nos transmiten unos valores importantes –los realmente importantes– que pueden orientar nuestros comportamientos y, quizás, curarnos de esas suficiencias y tonterías que caracterizan a las personas “importantes”.

Estoy convencido de que a todos nos resulta saludable y gratificante sacar a la luz esas virtudes sencillas que dotan de consistencia y proporcionan solidez a las vidas normales de los seres mayores que conviven con nosotros y que ya están alejadas de las convenciones sociales más o menos arbitrarias.

Es ahora cuando podemos descubrir la verdad que llevan dentro, esas cualidades escondidas que definen su talante más que su talento, su ética más que su estética, su bondad más que su santidad, su sencillez más que su grandeza, su sobriedad más que su exuberancia, sus silencios más que su elocuencia y su discreción más que su pedantería.

¿Por qué los he comparado con la infancia? Porque tengo la impresión, de que, en gran medida, los rasgos principales de los mayores coinciden con los de los menores como, por ejemplo, la menor necesidad de alimentos, la torpeza al andar, la identificación de la realidad y lo imaginario y, sobre todo, la disminución del nivel egocéntrico, el aumento de la vulnerabilidad y la importancia del tacto, sí, el tacto sensorial y, sobre todo, el tacto sentimental.

Para lograr una ancianidad satisfactoria hemos de cuidar el organismo con el fin de prolongar su capacidad de movimiento y de aumentar la sensibilidad, esa facultad de disfrutar con los olores, con los sabores, con los sonidos, con las texturas, con las luces y con los colores, pero, sobre todo, hemos de cultivar nuestra mente y nuestra sensibilidad con el propósito de lograr que se desarrollen las destrezas de recordar y de olvidar, de esperar y de soñar, de hablar y de callar, de amar y de crear.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

  • 18.8.20
Es posible que, en la actualidad, los seres vivos no podamos alargar demasiado nuestras vidas; pero también es cierto que, si nos decidimos, podremos dilatar y ahondar cada uno de nuestros minutos. Si nos empeñamos, este preciso instante puede ser el más rico de nuestra existencia.



Podremos extenderlo, ensancharlo y profundizarlo; podremos aprovechar hasta sus más mínimas partículas; podremos saborear y extraer toda su sustancia y todo su jugo. Este momento es el cofre mágico que, probablemente en desorden, guarda todas las experiencias vitales que hemos acumulado a lo largo de nuestra vida. Aquí están las alegrías y las penas, los sufrimientos y los placeres, el trabajo y el ocio: los tesoros que constituyen el balance de nuestro capital biográfico.

En el fondo secreto de este baúl prodigioso también se encuentran, quizás escondidos y enmarañados, los proyectos, las ilusiones y las esperanzas que deben orientar nuestros pasos y estimular nuestra marcha ascendente. En nuestras manos –en nuestra decisión y en nuestra habilidad– está la posibilidad de que rentabilicemos o desperdiciemos todas las ganancias acumuladas hasta ahora.

El momento presente es la ocasión decisiva para recuperar, para aprovechar y para disfrutar todos los otros momentos que constituyen nuestro pasado –ya suavizado por el tamiz del recuerdo– y nuestro futuro –encendido por el fuego de las ilusiones–. Ésta es la oportunidad para seguir la ruta emprendiendo nuevos derroteros.

De nuestra falta de voluntad y de la carencia de destreza también depende, por supuesto, que renunciemos a vivir, que nos abandonemos tranquilamente a la apatía, que nos dejemos dominar por la indolencia, por la dejadez, por la desidia o por la pereza.

“Si nos empeñamos, este rato puede ser el más largo, el más importante y el más agradable de nuestra vida”. Estas fueron las palabras que Lola Borbón me dirigió en una habitación del Hospital Mora, cuando, tras conocer el diagnóstico de su enfermedad –un retículo-sarcoma– el médico le pronosticó quince días de vida.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO
  • 11.8.20
Aunque solemos separar la materia y el espíritu, y oponemos la naturaleza y la humanidad y, por lo tanto, el trabajo y el pensamiento, si reflexionamos detenidamente podemos llegar a la conclusión de que pensar es trabajar y trabajar es pensar. El hombre, incluso en las teorías más ortodoxas, fue formado del barro y es el resultado de un proceso evolutivo de la naturaleza.



Hasta las operaciones mentales más “espirituales” como el pensamiento se elaboran y se manifiestan gracias a los movimientos del cuerpo: pensamos y hablamos con la voz, con las expresiones de rostro y con los movimientos de las manos y de los brazos.

Por eso, podemos afirmar que pensar es una manera de trabajar, y trabajar es una manera de pensar: pensamos para ser mejores –o, a veces, peores– nosotros y para mejorar el mundo –o, a veces, para empeorarlo–. Como decía Mariano Peñalver, “somos cuerpos pensantes y manos inteligentes”.

Desde esta perspectiva no deberíamos sorprendernos al comprobar cómo las historias de la Ciencias, de la Cultura y de las Religiones son procesos de lentos acercamientos entre el hombre y la naturaleza, y cómo la dominación moderna del mundo, gracias a la ciencia y a la técnica, es el resultado de una progresiva identificación que resume la historia del hombre en su lucha por sobrevivir en su ámbito y por dominar unos espacios hostiles y extraños. Este largo proceso de "humanización" se aceleró cuando se comenzó a concebir a la naturaleza, no como un espacio oscuro o incognoscible, sino como un terreno próximo y amable.

La distancia entre la naturaleza y el hombre se acorta a medida en que descubrimos sus secretos y nos aparece como más cercana y más amiga. Fíjense cómo hemos ido pasando del miedo a la dominación y, ahora, de la dominación a la amistad.

Tengamos en cuenta, sin embargo, que tanto el hombre depredador como el hombre ecólogo se relacionaban con la naturaleza como algo diferente de lo humano pero que, poco a poco, van aceptándola como cercana, familiar y humanizada. Tampoco podemos perder de vista que, paralelamente, vamos progresando hacia la naturalización de lo humano, considerando lo natural y lo humano como un todo indisociable.

No es extraño, por lo tanto, que el Sínodo sobre la Amazonía y la Laudato Si’, nos proporcionen explicaciones de la visión cristiana de la ecología en las que se destaca la necesidad de proteger nuestra casa común mediante la unión de "toda la familia humana en la búsqueda del desarrollo sostenible e integral", y cómo cultiva la llamada “teología de la ecología” que propone una consideración de la naturaleza como una realidad profundamente espiritual.

El papa Francisco nos recuerda, incluso, que “la naturaleza está llena de palabras de amor” (Laudato Si': 225). Y es que, efectivamente, el hombre forma parte de la naturaleza y el trabajo humano es la expresión privilegiada de la energía de la naturaleza misma.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO


  • 1.8.20
El consumo actual –uno de los pilares de la economía de mercado– se estimula mediante la publicidad que, a su vez, se apoya en la ansiedad de nosotros, los clientes, por consumir, en la seducción que ejercen algunos productos y en los impulsos –a veces incontenibles– de satisfacer sueños personales y espejismos imposibles.



En el fondo de muchos de esos mensajes inquietantes –y, en ocasiones, algo engañosos– que nos lanzan algunos anuncios publicitarios encontramos, como es sabido, unas ofertas de aventuras sexuales secretas e irreales o unas promesas de imposibles éxitos personales.

No hemos de perder de vista que toda esa red laberíntica de imágenes falsas, de valores vacíos y de comportamientos erróneos posee una finalidad exclusivamente económica: la mayoría de los mercaderes de la moda, muchos de los estilistas que presentan lo superfluo como esencial y algunos de esos sublimes vendedores de humo que prometen una salvación total, basada en el aumento de nuestro poder de seducción, poseen fabulosos imperios financieros.

Reconozcamos, sin embargo, que nosotros, los clientes y los consumidores, también colaboramos con nuestros vehementes deseos de soñar despiertos y cooperamos con nuestras permanentes ansias de parecer mejores de lo que somos: más buenos, más ricos, más poderosos, más listos y, sobre todo, más guapos.

No hay duda de que estamos atrapados por nuestros propios sueños, por las representaciones que nosotros mismos hemos creado con la ayuda de las revistas en papel satinado, con las imágenes del cine y de la televisión y, sobre todo, con los reclamos eficaces de la publicidad, con los potentes emisores que nos envían mensajes creadores de hábitos de consumo y de dependencias.

Los oyentes, los lectores y los espectadores, los destinatarios de las campañas publicitarias, somos, no sólo la meta, sino también el punto de partida; nuestros deseos, declarados o reprimidos, y nuestras pasiones, reveladas o inconfesadas, son los que nos hacen víctimas y cómplices de esa vertiginosa feria de vanidades, de esas "tonteras y pamplinas", como las llama Cristina Tejera.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO
  • 25.7.20
Aunque estoy de acuerdo con el sociólogo Salvador Giner en que las dos formas más frecuentes de estupidez son el optimismo y el pesimismo, pienso que hay otra tercera, probablemente más extendida en la actualidad: el excesivo realismo. El hombre de hoy está atrapado por la realidad y por sus infinitas consecuencias –pero solo de las consecuencias que abarca su vista–: solo vemos las apariencias externas y a escasos metros; solo percibimos la fachada de los hechos, sus significantes pero sin interpretar sus significados.



Por eso, la mayoría de las veces, concedemos a la realidad más de lo que encierra y más de lo que puede ofrecer. Estar demasiado sometido al mundo, a sus reglas, a sus normas y a sus estructuras, vivir acuciado por la responsabilidad y por el miedo a veces nos puede succionar la dignidad de mujeres y de hombres libres. Aunque es inevitable y saludable que experimentemos la pesadez de lo real, la gravedad de la vida y el lastre de la existencia, hemos de procurar que las cosas no nos hundan con su gravedad.

Para lograrlo hemos de intentar integrar los objetos y las acciones en un proyecto global que nos proporcione unidad y coherencia, que nos trascienda, que nos descubra lo maravilloso en lo cotidiano. Pero la verdad profunda es cuando sólo experimentamos con los sentidos, sin añadir unas gotas de imaginación, de ilusiones, de fe, de esperanzas y sobre todo, de amores, no podemos disimular el aburrimiento y el hastío.

Empujados por cierta vocación de esclavitud, nos sometemos a las dictaduras de una realidad que nos aburre, abruma, esclaviza, debilita, coacciona, nos hastía y nos infunde miedo porque, paradójicamente, con frecuencia otorgamos a la realidad unos poderes tiránicos que nos mantienen en permanente angustia.

Si pretendemos que la realidad no abuse de nosotros y que disminuya su hiriente y cruel dureza, hemos de fortalecer nuestra subjetividad; hemos de relativizar los hechos, jerarquizar los valores, pensar, imaginar, creer, esperar y, sobre todo, amar y soñar.

Os animo, queridos amigos, a que durante este verano durmáis y soñéis más. Los sueños, tanto los que protagonizamos mientras dormimos, como los que elaboramos cuando estamos despiertos, amplían los estrechos límites de nuestras experiencias cotidianas, nos proporcionan mayores goces y si a veces nos producen dolores agudos, evita que suframos las consecuencias realmente negativas de los actos realizados en plena vigilia: nos hacen protagonistas de acciones que "realizadas realmente" nos harían correr peligros graves y amenazarían nuestra salud o, incluso, nuestras vidas. Pero hemos de advertir que, para mantener el equilibrio psíquico, sólo es necesario que aceptemos una condición: que marquemos claramente los límites que separan la realidad del sueño.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO
  • 18.7.20
Con independencia de la edad que tengamos –querida amiga, querido amigo–, una reflexión sobre el tiempo –el mayor capital y el más difícil de administrar– siempre es oportuna. Es probable que tú igual que yo, alguna vez hayas experimentado la paradoja de que, cuanto más escaso es, más te cunde, y de que, por el contrario, cuando es más abundante, te resulta insuficiente para desarrollar los planes que, ilusionado, habías realizado.



En estos momentos se me ocurre que, en vez de imaginar esos ambiciosos proyectos que nos dibuja la publicidad, deberíamos elaborar una breve lista con aquellos pequeños placeres de la vida, con esos goces que no cuestan dinero y a los que, a pesar de estar al alcance de la mano, apenas les prestamos atención. Son esas sencillas actividades que más nos gratifican como, por ejemplo, leer tranquilamente un libro que, como si lo leyéramos con todo el cuerpo, nos hace sentir, soñar, pensar y, sobre todo, nos ayuda a estar con nosotros mismos.

En estos tiempos en los que las modernas tecnologías de la comunicación han tejido esa tupida red universal en la que de manera interrumpida todos nos comunicamos con todos –las páginas webs, los móviles, los chats, los foros, las redes sociales y los blogs– es un lujo suntuoso disfrutar durante un rato de nosotros mismos, recrearnos recortando trozos de nuestro pasado y dibujando esbozos de nuestro porvenir.

Es posible que, en la actualidad, los dos –tú y yo– estemos excesivamente influidos por una creciente concepción económica según la cual el tiempo es, por un lado, una herramienta de uso y lucro, como una mercancía, como una banda ancha de intercambio de comunicaciones productivas, como una mera posibilidad de remar hacia la plusvalía.

Me refiero a ese tiempo enajenado que nos convierte en unos sujetos que no somos dueños sino empleados de nuestros días. Pero, en mi opinión, es peor todavía que, cuando se nos queda vacío, lo consideremos como una seria amenaza para nuestro equilibrio psicológico. Algunos llegan a temer los días libres, porque, según dicen, se ahogan en el tiempo o languidecen entre las horas muertas; por eso, quizás, son tantos los que acuden a los espectáculos ruidosos y multitudinarios.

Estoy convencido de que, para disfrutar verdaderamente de la compañía y de las palabras de los demás, es indispensable que, previamente, hayamos aprendido a sentir el placer de estar solos y el goce de escuchar el silencio. Será entonces cuando estaremos en condiciones de comunicar esas experiencias que, sin necesidad de invertir dinero, nos resultan esencialmente útiles: esos caprichos, esos gustos y esos episodios que cumplen plenamente con su función cuando se comparten con algún otro que, al comprendernos, incrementa el valor de nuestras cosas.

Creo que deberíamos aprender algunas fórmulas eficaces para atesorar cada momento que vivimos y, sobre todo, para compartirlo con alguien especial: se trata de vivir una vida simple, en paz, con mayor tranquilidad, sin estrés y sin ansiedad.

Estoy de acuerdo con Carlos Fresneda quien, en su libro La vida simple, partiendo de una máxima de Epicteto (“La vida feliz será imposible mientras no simplifiquemos nuestros hábitos y moderemos nuestros deseos”), nos aconseja que pasemos de los excesos de la sociedad de consumo a la búsqueda de nuevos estilos de vida. Creo que ésta es la mejor fórmula para ganarle tiempo al tiempo.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

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