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Mostrando entradas con la etiqueta La vida empieza hoy [José Antonio Hernández]. Mostrar todas las entradas
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  • 11.7.20
Como tú pides –querida amiga Asunción, querido amigo Agustín–, te responderé a tu directa y urgente pregunta: ¿existe el bienestar? Te contesto: sí. Te aseguro que, en esta ocasión, no he pedido ayudas a teorías acreditadas ni a doctrinas probadas. Mi respuesta –inmediata, ingenua e irreflexiva– solo se apoya en la experiencia personal: en la mía, en la tuya, en la nuestra.



Traigo a la memoria algunos de esos momentos intensos en los que, extasiados, la hemos disfrutado y, también, recuerdo ese estado de ánimo permanente, ese bienestar razonable, inseguro y tenue que hemos alcanzado –eso sí– desarrollando unos esfuerzos ímprobos. Tú has podido comprobar cómo, apoyándonos mutuamente, es posible mantener los equilibrios inestables de la convivencia, prolongar los días huidizos y ahondar los fugaces minutos de nuestra corta existencia.

Tú –igual que yo– has gozado de esas chispas instantáneas, conmovedoras y fascinantes que nos habían producido una simple mirada penetrante, un gesto complaciente, una suave caricia, una sosegada meditación, un encuentro afortunado, una compañía grata, un intenso silencio, la armoniosa cadencia de una melodía musical o, simplemente, la luz matizada de cualquier atardecer.

Tú –igual que yo– te has deleitado con esas partículas minúsculas, densas y sabrosas, que eran capaces de sazonar todas las fibras de nuestra existencia humana; tú –igual que yo– has saboreado los aromas sutiles, excitantes y sugestivos que han transformado nuestra visión de la vida.

Pero, también, tú tienes constancia probada de la posibilidad –de la urgente necesidad– de alcanzar el nivel aceptable de un bienestar durable. Para lograrlo, tú –igual que yo, limitación e historia– tienes que aceptar los estrechos límites de tus espacios, superar las arduas dificultades de tus tiempos, dominar a los feroces enemigos de tu identidad y pagar los altos costes del desánimo, de la indolencia o de la apatía: no tenemos más remedio que trabajar, luchar y sufrir.

El bienestar es una meta suprema y un objetivo irrenunciable que, tenaz y paradójicamente, hemos de perseguir y alcanzar mientras que, ansiosos, recorremos los caminos zigzagueantes de un mundo dislocado y mientras que, fatigados, subimos las empinadas sendas de un universo desarticulado.

Ya sé que tú –igual que yo– abrigas la profunda convicción de que algunos tesoros humanos, los más valiosos, no pueden ser devaluados por el desgaste de la rutina, por el deterioro de las enfermedades ni, siquiera, por la decadencia de la senectud.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO
  • 4.7.20
Como punto de partida de nuestra conversación, te propongo –querida amiga, querido amigo– que reflexionemos en voz alta sobre la idea de que supervivir o sobrevivir no es sólo añadir minutos a los minutos sino, sobre todo, lograr que cada instante se convierta en un renacer o, quizás, en un nacer. La luz de cada amanecer nos descubre un paisaje que, por muy parecido que sea al del día anterior, es completamente diferente, nos abre un panorama que está cubierto de novedades, de sorpresas y de interrogantes.



Sí; no sólo cada nuevo año, sino también cada nuevo día es un misterio que hemos de desvelar y un reto que hemos de afrontar. Despertarnos es advertir que tenemos toda la vida por delante y percatarnos de que lo mejor de la vida nos queda por vivir.

La etapa que ya hemos cubierto –sea cual sea nuestra edad– no resta nada al camino que nos queda por recorrer sino que, por el contrario, potencia nuestra marcha, asegura nuestros pasos, ensancha nuestros horizontes y profundiza nuestra conciencia de que, efectivamente, cada minuto es una nueva oportunidad que no hemos de desperdiciar.

La vida empieza hoy, tenemos toda la vida por delante y lo mejor de la vida nos queda por vivir. Los años ya vividos y las experiencias acumuladas, más que tiempo gastado, son recursos efectivos, fértiles cosechas y frutos maduros que, si los administramos con habilidad, están disponibles para que los aprovechemos y le saquemos todo su jugo. Cada episodio vivido encierra semillas fecundas que, si las cultivamos con esmero, germinarán y nos proporcionarán cosechas abundantes.

En contra de todas las apariencias, los caminos ya recorridos nos descubren unos horizontes más diáfanos, nos abren nuevas puertas y nos rompen ataduras convencionales. Madurar humanamente es ensanchar nuestra libertad para acercarnos a nuestra meta personal, para cumplir nuestra peculiar misión, para realizar nuestro proyecto inédito y para alcanzar ese bienestar razonable, necesario y, por lo tanto, posible.

Creer que la felicidad es aún posible es la primera condición para que trabajemos denodadamente por lograrla. En segundo lugar hemos de repasar esa amplia lista de razones que nos impulsan a pensar que merece la pena vivir: esos objetos bellos que nos recrean, esos seres buenos que nos estimulan, esos proyectos alentadores que nos apasionan.

En tercer lugar, con serenidad y con responsabilidad, hemos de considerar algunas de las situaciones molestas y nocivas que dañan el bienestar y que están en nuestras manos, al menos, aliviar, ayudando modestamente a poner orden y a asear nuestro entorno como, por ejemplo, a disminuir la crueldad, la ignorancia, el odio, el engaño y la miseria.

Hoy, sin duda alguna, se nos presentarán ocasiones propicias para crecer, para madurar y para disfrutar. Desde una perspectiva humana, podemos decir que no es cierta esa afirmación que repiten los manuales de Biología de que, a los veintitantos años, dejamos de crecer porque la mayoría de nuestras facultades –tallos permanentemente tiernos y fértiles– a medida en que más las usamos, aumentan su lozanía, su vigor y su rendimiento.

¿Quién te ha dicho que los años disminuyen nuestra capacidad de saborear, por ejemplo, un simple guiso de arroz con habichuelas o una rebanada de crujiente pan con manteca? Los sentidos corporales y, sobre todo, las aptitudes mentales, el gusto estético y la sensibilidad moral son herramientas que no sólo permanecen en pleno funcionamiento mientras no enferman sino que, si las cuidamos y las entrenamos de manera adecuada y constante, se desarrollan y aumentan sus poderes, se hacen más finos, más ágiles y más eficaces. Cuanto más vivimos, mayor capacidad poseemos para vivir.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO



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