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Mostrando entradas con la etiqueta Palabra de hereje [Rafael Soto]. Mostrar todas las entradas
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  • 15.4.21
Philipp Eduard Függer recibió una carta singular el 14 de abril de 1592, proveniente de Venecia. Philipp pertenecía a una de las familias más poderosas del mundo y tenía informadores repartidos por toda Europa. Ya fuera por promoción suya o por acción de sus informadores, era habitual que las cartas exclusivas que recibía acabaran en una imprenta.


Se entiende que los Függer eran informados de asuntos de peso, que podrían influir en sus intereses financieros o comerciales, o que les permitieran conocer alguna circunstancia de interés de reyes y príncipes. Por otro lado, Venecia era uno de los grandes nodos informativos manuscritos de la Europa Moderna.

El contenido de esta carta singular es interesante, en tanto en cuanto nos permite comprender la mentalidad del lector moderno y sus vicios. Se trataba de una noticia que informaba del posible nacimiento del Anticristo.

La carta comienza justificándose, afirmando que se basaba en un “boletín de noticias” atribuido al gran maestre de la Orden de Malta –quizá Hugues Loubenx de Verdala–, y “varios príncipes más”. Es probable que se tratase de una gaceta manuscrita u otro tipo de publicación politemática o miscelánea, o sea, con diferentes narraciones. Se comprueba que la atribución autoriza lo que sigue, haciendo referencia a una persona de alto rango social.

Una vez justificada la fuente, el informador ofrece la narratio, que empieza con una atribución para pasar a la enunciación de la información:

El boletín informa de que en cierta provincia de Babilonia ha nacido de una mujer de mala reputación un niño cuyo padre es desconocido. Afirma que el niño está cubierto de pelo de gato y tiene un aspecto terrorífico. Comenzó a hablar ocho días después de nacer y a caminar al cabo de un mes. Se dice que ha confesado ser el Hijo de Dios.

Tras ubicar el acontecimiento, se ofrece la información en tercera persona, de manera clara y concisa. El texto sigue narrando hechos prodigiosos, que generan el escepticismo del lector contemporáneo en el mejor de los casos. Sin embargo, el redactor no solo sustenta su credibilidad en la supuesta autoría del boletín, sino que rechaza otras fuentes que afirma tener a su disposición por su escasa fiabilidad:

Para ser breve, omitiré otros informes al respecto que no parecen muy creíbles. Se dice que los rabíes han llegado a la conclusión de que la criatura es en realidad el hijo de la perdición, el Anticristo.

Parémonos un momento a recapitular. Uno de los hombres más poderosos de la época, Philipp Eduard Függer, comerciante y hombre de sólida formación, paga una red de informadores que le mandan cartas manuscritas. Y un día se presenta en su casa una carta señalando el posible nacimiento del Anticristo y, como señala la carta en otro punto, que ya se le rinde culto local. Inconcebible para el lector actual, pero lógico para el lector moderno. Sabemos que la carta fue después impresa, convirtiéndose así en un producto del primer periodismo europeo.

Y es que Honoré de Balzac se quedó corto en su crítica a la prensa cuando escribió, en el contexto de la prensa parisina de la década de 1840, que “para el periodista todo lo que es probable, es verdadero”. Ese juicio de verosimilitud también corresponde al lector.

Como bien señalan las teorías más recientes sobre la recepción, se trata de un proceso interactivo y de negociación del sentido entre un emisor y un receptor. Es un proceso de producción activa y que está marcada por diferentes variables.

Dicho de otra manera, el lector también participa en el proceso informativo, no es un elemento pasivo. Por ejemplo, las noticias falsas con intención de serlo, más conocidas como fake news en el universo de los anglicismos, se verían muy limitadas si los lectores fuesen críticos y exigentes. Ellos son los que le dan credibilidad, ellos son los que los difunden.

El profesional de la información tiene una responsabilidad, pero el lector también. José Ortega y Gasset lo sabía bien. El autor de La rebelión de las masas hizo un llamamiento al público en el primer número de El espectador, “Verdad y perspectiva” (1916), un conjunto de ensayos con claros matices periodísticos:

El escritor, para condensar su esfuerzo, necesita de un público, como el licor de la copa en que se vierte. Por esto es El Espectador la conmovida apelación a un público de amigos de mirar, de lectores a quienes interesen las cosas aparte de sus consecuencias, cualesquiera que ellas sean, morales inclusive. Lectores meditabundos que se complazcan en perseguir la fisonomía de los objetos en toda su delicada, compleja estructura. Lectores sin prisa, advertidos de que toda opinión justa es larga de expresar. Lectores que al leer repiensen por sí mismos los temas sobre que han leído. Lectores que no exijan ser convencidos, pero, a la vez, se hallen dispuestos a renacer en toda hora de un credo habitual a un credo insólito. Lectores que, como el autor, se hayan reservado un trozo de alma antipolítico. En suma: lectores incapaces de oír un sermón, de apasionarse en un mitin y juzgar de personas y cosas en una tertulia de café.

A hombres y mujeres de tan rara índole se dirige El Espectador, que es un libro escrito en voz baja.

Ortega y Gasset no quería cualquier público, sino que quería lectores “sin prisa”. Solicitaba su atención, consciente de que el gran público es un estercolero. Una conclusión a la que Mariano José de Larra llegó con 23 años.

Larra publica en agosto de 1832 El pobrecito hablador: Revista satírica de costumbres en Madrid (disponible aquí). Lo hace con el pseudónimo “Bachiller D. Juan Pérez de Munguía” y, en el primer número, tras dedicar “dos palabras” a los lectores para presentar su publicación, titula el primer texto como “Quién es el público, y dónde se le encuentra”:

[…] el ilustrado público gusta de hablar de lo que no entiende […] no existe un público único, invariable, juez imparcial, como se pretende; que cada clase de la sociedad tiene su público particular, de cuyos rasgos y caracteres diversos y aun heterogéneos sé compone la fisonomía monstruosa del que llamamos publico; que este es caprichoso, y casi siempre tan injusto y parcial como la mayor parte de los hombres que le componen; que es intolerante al mismo tiempo que sufrido, y rutinero al mismo tiempo que novelero, aunque parezcan dos paradojas; que prefiere sin razón, y se decide sin motivo fundado; que se deja llevar de impresiones pasageras; que ama con idolatría sin por que, y aborrece de muerte sin causa; que es maligno y mal pensado, y se recrea con la mordacidad; que por lo regular siente en masa y reunido de una manera muy distinta que cada uno de sus individuos en particular; que suele ser su favorita la medianía intrigante y charlatana, y objeto de su olvido ó de su desprecio el mérito modesto […].

La impresora María Pérez publicó en la Ciudad del Betis, en 1621, Victoria que el armada de Inglaterra alcançò con solos diez Galeones de diez y siete Naos de Turcos, a vista de Tarifa, tres dias despues de la que alcançò nuestra Armada en el Estrecho de Gibraltar y assi mismo se refiere el daño que la dicha Armada hizo (disponible aquí).

Sobre el público, Pérez destaca al final de su texto, tras una breve reivindicación profesional:

Nuestro trabajo es fuerza que salga a manos de cultos y de idiotas, a las del sabio y a las del rustico, al uno no hay para que satisfacer, el otro contentese con entretenerse por un cuarto.

La heterogeneidad del público es un hecho reseñado en los tres casos. Asimismo, todos señalan de manera implícita o explícita que el lector no siempre está capacitado para comprender o gestionar bien la información.

Por un lado, tanto emisor como receptor comparten un espacio comunicativo, con sus imaginarios y creencias, que facilita la credibilidad de ciertos mensajes. Por otro, hay un público que demanda un producto, sea información, opinión o entretenimiento. Y mientras que haya demanda, habrá oferta. Los programas más repugnantes de la televisión triunfan porque tienen una audiencia fiel. Los bulos se difunden porque son creíbles y porque, en el fondo, el lector le quiere dar credibilidad.

No había alfabetización mediática en el siglo XVI. Es un invento moderno, de los buenos, que Natalia Bernabeu y otros expertos definen como “la capacidad para acceder, analizar y evaluar el poder de las imágenes, los sonidos y los mensajes a los que nos enfrentamos día a día y que son una parte importante de nuestra cultura contemporánea, así como la capacidad para comunicarse competentemente disponiendo de los medios de comunicación a título personal”.

La alfabetización mediática, en especial la informacional, tiene sus límites. Como ya hemos indicado, si crees en el Anticristo, es más probable que estés dispuesto a creer una información vinculada con su llegada. En cualquier caso, la Sociedad de la Información exige una especial sensibilidad con la transmisión de información, y que es esencial si queremos mantener un entorno mediático sano y unas instituciones democráticas libres.

Porque ayer creían en el Anticristo. Hoy, en Estados Unidos, hay una parte importante de la población que cree en un fraude electoral. Y mañana, Iván Redondo nos puede hacer creer lo que le plazca... si es que no lo hace ya.

Haereticus dixit.

RAFAEL SOTO
  • 1.4.21
La muerte es siempre una cuestión delicada, y lo es aún más en los tiempos que corren. Sin embargo, es Semana Santa. Da igual cómo se quiera endulzar, la Pasión es una historia de muerte y, sí, también de resurrección.


Puesto que las ‘pelis de romanos’ están ya muy vistas, vamos a recomendar dos películas que toda persona cultivada debería conocer y que están de aniversario. En concreto, nos centraremos en sus representaciones de la muerte, la Muerte como personaje: Las tres luces y El séptimo sello. Advertencia: el texto está plagado de spoilers, pero también de buen cine.

Hace un siglo, en 1921, se estrena en Alemania Der müde Tod, de Fritz Lang, que llegaría a España en 1923 como La muerte cansada o Las tres luces. Su estreno germano vino precedido por otras películas que se integran en el movimiento conocido como ‘Expresionismo Alemán’, al que ya dedicamos unas palabras aquí –para profundizar en el cine alemán de Entreguerras, recomiendo el exquisito documental Von Caligari zu Hitler: Das deutsche Kino im Zeitalter der Massen (De Caligari a Hitler: el cine alemán en la era de las masas, 2014), presentado en el Festival de Cine de Sevilla.


El director de Der müde Tod, Fritz Lang, es uno de los grandes directores de la Historia del Cine. Maestro en todos los géneros que trató, es conocido por la primera gran saga cinematográfica de la Historia, la del Doctor Mabuse o por su monumental Metrópolis (1927). Sus dos partes de Die Nibelungen (Los Nibelungos, 1924), siguen siendo una lección de fotografía y hasta tuvo la valentía de dar voz a un asesino de niños ante un tribunal de mafiosos en M (M, el vampiro de Düsseldorf, 1931).


Si bien, vamos a desacralizar. Lang era un maestro del espectáculo al que se le daba genial narrar. Su padre era arquitecto y lo convirtió en un estudiante forzoso de Arquitectura. El muchacho tenía aspiraciones artísticas en una sociedad destrozada por la guerra y encontró en el cine, todavía en pañales como arte, y en la industria cinematográfica alemana –que todavía podía competir con Hollywood–, un ámbito artístico donde desarrollar su enorme talento.

Es fácil y, a la vez, complejo comparar Der müde Tod con la sueca Det sjunde inseglet (1957), que llegaría hace sesenta años a España, en 1961, a través de San Sebastián como El séptimo sello. Se trata de una de las obras clave de la cinefilia gafapasta y, sin duda, una de las mejores representaciones de la muerte en el Séptimo Arte.

Su director, Ingmar Bergman, era hijo de un pastor luterano y su obra cinematográfica está salpicada de conflictos humanos, casi metafísicos, necesitados de narración. Abnegado en su obra cinematográfica y teatral, Jungfrukällan (El manantial de la doncella, 1960), la perturbadora Vargtimmen (La hora del lobo, 1968) o la descorazonadora Gycklarnas afton (Noche de circo, 1953) son algunas de sus obras más relevantes.


Tanto en Der müde Tod como en Det sjunde inseglet, la muerte aparece como un personaje masculino condicionante de la acción. En Der müde Tod, en un momento y lugar indeterminados que se asemeja a la Alemania profunda decimonónica, la Muerte se lleva al amado de la protagonista mientras están de luna de miel.


La Muerte (Bernhard Goetzke) ofrece cuatro oportunidades a la protagonista (Lil Dagover) para recuperar a su amado (Walter Janssen). En las tres primeras, debe evitar que la Muerte, personificada y caracterizada, acabe con el amado antes de que se apaguen tres velas encendidas. Cada vela se corresponde con tres escenarios y situaciones diferentes: una ciudad musulmana durante el Ramadán, Venecia durante su carnaval o la China Imperial. Por supuesto, la Muerte triunfa en todas las ocasiones.

Sin embargo, la protagonista tiene una última oportunidad, que es donde la película alcanza cierto fondo moral: intercambiar el alma de su esposo por el de cualquier otro. Inconsciente, la recién casada cuenta su historia y pide a otros que hagan el sacrificio de sus vidas. Los interesados se niegan, como es lógico.

Tras producirse un incendio, un bebé queda atrapado y la protagonista debe decidir entre cambiarlo por su esposo o devolvérselo a su madre. En un último acto de lucidez, la amante devuelve el niño a su madre y acepta la oferta de la Muerte de ir con él para reencontrarse con su amado.

Der müde Tod es una historia romántica en el que un conflicto humano es excusa para llevar a cabo una película de aventuras con fondo moralista. No hay tanta reflexión metafísica como tal. Todo lo contrario que Det sjunde inseglet. Un cruzado (Max von Sydow) y su escudero (Gunnar Björnstrand) retornan a Suecia. Naufragan en el camino y la Muerte se dispone a llevarse al cruzado, Antonio Block.


Block no se siente preparado para morir y desea tiempo para encontrar un sentido a su vida. Le pide una partida de ajedrez a la Muerte, que acepta por diversión. Una prórroga que alargará lo inevitable, pero que le permitirá profundizar en sus conflictos y realizar una buena acción antes del fin. Por otro lado, Block se encuentra con unos comediantes vitalistas que contrastan con el ambiente opresivo de la Suecia medieval y con la angustia generalizada que produce la peste negra.

En ambos casos, la Muerte como personaje tiene un rol clave. De hecho, no son pocos los que han señalado la influencia de la Muerte representada por Goetzke en la Muerte de Ekerot. Sin embargo, sus concepciones son diferentes.

Bernhard Goetzke nos ofrece una personificación de la muerte que, en efecto, es ineludible. Serio y eficiente, se las arregla para llevar a cabo sus ejecuciones con precisión. Si bien, lo más interesante del personaje puede ser que es un ente de la existencia que siente cierta piedad y compasión. Ejerce su cometido porque tiene que hacerlo, puesto que forma parte de algo más grande que él.

Una muerte romántica a la alemana. Es el final de la joven, que encuentra en su fin la única manera de reencontrarse con su amado. Llegados a este punto, quizá sea interesante señalar, como anécdota, que el título de la película fue traducido como Destiny en su versión inglesa. El destino de todos es la muerte, aunque le pese a él mismo.

A todos los efectos, la Muerte de Bengt Ekerot es un funcionario. No tiene piedad, ni concede prórrogas, aunque no duda en posponer la ejecución de la ‘resolución administrativa’, por decirlo de algún modo, si puede divertirse un poco. En cualquier caso, al final, la ejecución de la resolución es ineludible. Forma parte de algo más grande que él, al igual que la Muerte de Der müde Tod, pero al mismo tiempo desconoce qué cosa es esa. No se integra en una realidad superior sino que, al igual que el ser humano, él mismo es una pieza aislada bajo un cielo que guarda silencio.

La Muerte se permite jugar con el cruzado y, frente al rostro serio e, incluso, amargado del ejemplo anterior, Ekerot nos muestra una Muerte de sonrisa irónica, casi pícara. Mientras mata a uno de los comediantes, que había simulado un suicidio, no duda en hacer uso del sarcasmo: “¿Acaso no te habías suicidado?”. Admite no saber qué hay más allá de él. No conoce el ‘sentido’ que busca Block. Sin embargo, al final, sin que aparezca ante la cámara, su presencia se torna tan oscura como temible, deshumanizada.

Si la característica más humana de la Muerte de Der müde Tod es su compasión, hasta el punto de ofrecer consuelo –aunque a su manera–, las de la Muerte de Det sjunde inseglet son su desconocimiento de lo que hay más allá de él y su curiosidad. El ejecutor de la ira de Dios desconoce de Su existencia y siente cierta curiosidad por las tribulaciones del cruzado.

Si la imagen de la Muerte con un muro sin fin a sus espaldas tiene un cariz romántico, la escena de la confesión de Block es una oda al existencialismo. Atormentado, Block se aferra a una reja: “Quiero confesarme y no sé qué decir; mi corazón está vacío”. Al otro lado de la reja, sin que él lo sepa, no lo escucha un sacerdote, sino la propia Muerte. Caronte hacia lo desconocido –la nada, el Infierno, el Purgatorio o la Salvación–, la Muerte escucha con curiosidad las tribulaciones del cruzado y le cuestiona sobre el origen de sus sufrimientos.

Lang toma una cuestión existencial de excusa para narrar al gusto de un público de Entreguerras necesitado de evasión, mientras que Bergman hace uso de los artificios del discurso cinematográfico para ofrecer una reflexión de carácter existencia a la generación del baby boom, la generación que aprendió a temer la bomba atómica.

Una diferencia notable en la narración que no podemos obviar es que, aunque ambas películas están en blanco y negro, Der müde Tod es una película muda, mientras que Det sjunde inseglet está llena de sonidos y matices. La película germana se encuentra más limitada en la narración, aunque no lo consideramos excusa para no ofrecer cierta profundidad.


Las también alemanas Das Cabinet des Dr. Caligari (El gabinete del doctor Caligari, 1920), de Robert Wiene, y Von morgens bis Mitternacht (Del mediodía a la medianoche, 1920), de Karl Heinz Martin, son dos películas que ofrecen reflexiones interesantes que, sin embargo, preceden a Der müde Tod.


La pasión es otro punto divergente. La joven esposa no gestiona bien el duelo y, en un acto romántico, acepta la muerte como forma de reencontrarse con su amado. Por tanto, Der müde Tod es la historia de un duelo. Por el contrario, Det sjunde inseglet es una historia de pasión. Aunque llega a alcanzar cierto grado de aceptación en el momento en que facilita la huida a los comediantes, al final, Block se derrumba, tapándose la cara con las manos. Da lo mismo, pues acaba sumándose a la danza macabra.

El fondo de la película alemana es interesante, pero trivial, al igual que ocurre con otras películas de Lang, como la saga de Mabuse o Die Nibelungen. Quizá, la excepción la encontremos en M –me niego a aceptar Metrópolis como una película profunda–, donde el guion ofrece una reflexión genuina y valiente. Como bien señala Siegfried Kracauer, la mafia resulta más eficiente que el Estado, los mafiosos se convierten en jueces de la moral y un asesino de niños acaba siendo víctima de la enfermedad mental y del loco deseo capitalista.


Si bien conviene señalar que M desciende a los asuntos humanos más inmediatos, y no entra en cuestiones metafísicas. Por el contrario, Bergman nos ofrece un canto a la vida tan potente como el Zarathustra nietzscheano. Gozar la vida como los comediantes, desde la aceptación de la muerte.

Lang se nos presenta como maestro del artificio, Bergman como el filósofo de la cámara. Las tres luces y El séptimo sello son dos relatos de muerte, pero también de amor y compasión. Dos recomendaciones cinematográficas que están de aniversario y que pueden ofrecer una visión alternativa de un tema manido, sí, pero interesante, en tiempos de Pasión.

RAFAEL SOTO
  • 18.3.21
Los militantes del Partido Popular tienen nuevo eslogan: “socialismo o libertad”. Es potente. Gusta incluso a la derecha “sin complejos”. Y surge unos días después de que la izquierda más irreflexiva haya apoyado los actos violentos de quienes afirmaban defender la libertad de expresión. Libertad al fin.


¡Hasta qué punto nos puede hacer perder la cabeza esa palabra suprema! Robert Graves lo refleja a la perfección en su novela histórica Claudio, el dios, y su esposa Mesalina. Cuando el emperador le pide explicaciones por su frustrada revuelta, Cayo Silio responde: “Mis planes eran vagos. Hablé de libertad con muchos de mis amigos y ya sabes cómo es eso, cuando uno habla de libertad todo parece maravillosamente sencillo. Uno espera que todas las puertas se abran y todos los muros se derrumben y todas las voces griten de alegría”.

¿No podemos identificarnos con estas palabras todos aquellos que participamos en las protestas de 2011 contra el bipartidismo, la corrupción y contra otras tantas cosas? Hay una extensa bibliografía que trata sobre este concepto. En lo que a mí respecta, solo he leído una reflexión sobre la libertad que me haya impresionado.

En Así habló Zarathustra, Friedrich Nietzsche nos habla de “El camino creador”. Este camino requiere una actitud, consecuencia de la reflexión. Así, reclama: “¿Eres alguien con derecho de escapar de algún yugo? Pues no faltan quienes perdieron su último valor al escapar de la servidumbre. ¿Libre de qué? ¡Qué importa eso a Zarathustra! Tus ojos deben decirme claramente: libre, ¿para qué?”.

Y es ahí donde encuentro el gran fracaso de mi generación y, en general, de la sociedad occidental actual. Los jóvenes nos levantamos contra un estado de cosas sin una actitud creadora. Hemos sido incapaces de proponer una realidad alternativa a aquella contra la que nos opusimos.

A diferencia de la sociedad de Posguerra, que buscó crear un mundo nuevo, nos hemos centrado en mantener y recuperar lo que teníamos antes de la crisis. Sí, es cierto. Las mujeres y el colectivo LGBTIQ+ han ganado en derechos y libertades, que no es poco.

Sin embargo, los pobres son más pobres y los ricos más ricos. Hemos analizado el capitalismo con la precisión de un microscopio de fuerza atómica, pero no hemos sido capaces de crear una alternativa viable al mismo.

Hemos apoyado nuevos partidos políticos, nuevos referentes e, incluso, la renovación de las viejas formaciones. Sin embargo, sus jugadas maestras, sus expertos en estrategia y sus juegos de comunicación política, cuando no institucional, no solo están lejos de configurar una ‘nueva política’, sino que nos han recordado a la vieja. Los principios lampedusianos siguen en pie.

La sociedad española no solo no es más democrática, sino que tiende cada vez más a los extremos autoritarios. Incluso hemos vivido persecuciones políticas civilizadas, como la que los pablistas llevaron a cabo contra los errejonistas en la Comunidad de Madrid. O menos civilizadas, como las que han llevado a cabo supremacistas catalanes en Cataluña contra los mal denominados ‘españolistas’.

El acceso a la vivienda sigue siendo una reivindicación vacía en los programas electorales. El último chiste de mal gusto del gobierno ‘progre’: incentivos que supuestamente ya existen para que los arrendadores bajen el precio de sus alquileres.

No hemos sido capaces de cambiar nada. ¿Para qué reivindicamos libertad? Hemos fallado porque no hemos sabido decir para qué queríamos esa libertad que tanto reivindicamos. Y por eso, ahora, no son pocos los que afirman que echan de menos la política aburrida.

¿Aceptamos la hipótesis del puñal en la espalda? ¿Podemos y Ciudadanos nos fallaron? ¿O acaso hemos sido nosotros los que hemos fracasado? Con mucha probabilidad, haya sido una combinación de todo.

Haereticus dixit.

RAFAEL SOTO
  • 4.3.21
Vas a la peluquería y pides que te hagan el corte de una manera determinada. Hasta tal punto que, en ocasiones, transmites ideas contradictorias. En otros momentos, das una respuesta parca a la consulta del profesional. Si te conoce, incluso le puedes responder que “como siempre”.


En cualquier caso, al final, te estás poniendo en manos de un profesional que interpreta tus instrucciones como mejor puede, sabe y/o quiere. Incluso, en el caso más bienintencionado, el peluquero tiene una destreza profesional que puede ir desde la excelencia a la incompetencia. Y en los casos peor intencionados, puede hacer lo que le dé la gana, dentro de unos límites, o te convence para que adoptes el corte que más le convenga. Vamos, lo que pasa en todos los oficios.

Cuando se solicita un recorte de derechos y libertades públicas ocurre algo análogo. Todos confiamos en el buen criterio y saber hacer del legislador. En un país que supera los cuarenta millones de seleccionadores nacionales, cada cual da su opinión y su criterio. Y en esa peluquería que puede llegar a ser el Congreso de los Diputados, tenemos en plantilla a figuras como Santiago Abascal, Gabriel Rufián o Irene Montero, flor y nata de la mediocridad hispana.

Unos pedirán al legislador que, por sentido común, los partidos independentistas sean ilegalizados. Otros solicitarán que se ilegalice a los partidos que denominan ‘fascistas’, mientras que otros exigirán que se haga lo propio con esos “masones” y “comunistas” que “se están cargando España”. Conforme al artículo 6 de la Constitución, los partidos políticos son el instrumento fundamental de participación política, ¿a quién se la deniegas? ¿Cómo haces para ejercer el recorte con moderación?

Sin ir más lejos, todavía estamos sufriendo las manifestaciones pacíficas y no tan pacíficas de quienes reivindican el derecho a enaltecer el terrorismo en una canción –libertad de expresión y, a su vez, a la creación artística, artículos 20.1a) y 20.1b) de la Constitución–, así como a decir cualquier cosa, por muy bárbara que nos parezca.

Otros, en cambio, defenderán la censura de todo aquel que atente contra ideas feministas –o de algunas feministas–, contra creencias religiosas o cualquier otro concepto o tema contradictorio, en una creación artística o en un género de opinión en prensa, por ejemplo. Porque sus ideas propias deben ser aceptadas y sus contrarias rechazadas en cualquier estado democrático, so pena de no serlo.

Esos que defienden la comisión contra las fake news sin representación judicial, ni del oficio periodístico –volvemos al artículo 20 de la Constitución–, ¿se imaginan un arma así en manos de un Jorge Fernández Díaz? Si mañana hubiera un Gobierno de coalición entre PP y Vox –hoy en día, todo es posible–, ¿se imaginan a estos personajes en una comisión que decidiese qué noticias son falsas y/o tienen intención de serlo, y cuáles no? ¿Con qué derecho moral podrían los ‘progres’ oponerse?

Y otros tantos ejemplos de derechos que están en peligro de ser recortados y, lo que es peor, que una parte significativa de la población está solicitando que se recorten. Siempre y cuando se limiten en los términos que estos ciudadanos soliciten, por supuesto.

Son los legisladores los que deben aprobar las leyes que materializarán estas limitaciones o recortes solicitados. Personas que tienen ideología y, sobre todo, intereses. Tienen una estrategia de comunicación y una disciplina de partido. Hoy pueden limitar derechos al gusto de unos, y mañana pueden hacerlo al gusto de los que se encuentran en la acera contraria. Y a los dos asiste el mismo derecho.

No lo olvidemos: no sería la primera vez que esos derechos y libertades se limitan o recortan al disgusto de casi todos. La reforma del artículo 135 de la Constitución se pudo resumir pronto y mal en que, ya nos podemos estar muriendo de hambre, que el Estado priorizará siempre el pago de la deuda externa. Y esa reforma se hizo con un acuerdo entre ‘progres’ y ‘fachas’ del PSOE y del PP.

Por todo lo expuesto, hay que ser cuidadosos cuando se defiende el recorte de derechos y libertades. Porque el ‘peluquero’ puede ser mejor o peor intencionado. Y también puede tener más o menos habilidad. Pero como entremos en ese juego, antes o después, el que acabará fastidiado serás tú.

Haereticus dixit.

RAFAEL SOTO
  • 21.1.21
El pasado 14 de enero, Endesa publicó en su página web una explicación divulgativa sobre las causas de la subida de la electricidad en el mercado regulado. En esta explicación, que es consultable aquí, se señala la importancia del mercado en la fijación de los precios: “El precio del kWh en la tarifa regulada PVPC cambia según la oferta y la demanda de energía”. Dicho de otra manera, esto es el capitalismo y te fastidias, chaval.


Como no han tardado en recordarnos los pastores pseudoprogresistas, fueron Felipe González y, sobre todo, José María Aznar los que promovieron la liberalización del mercado energético. Una liberalización que Aznar llegaría a calificar en 2002 como “irreversible”. Ni el Partido Socialista, ni el Partido Popular están en posición de dar lecciones al respecto.

Ahora bien, dicho esto, quisiera realizar una serie de consideraciones. En primer lugar, pocas realidades me resultan irreversibles si hay voluntad de cambiarlas. En segundo lugar, España tiene un serio problema con el almacenamiento de energía. Es cierto que es de los que más energía renovable almacena pero, en términos generales, el almacenamiento de energía en España es difícil y caro.

Por otro lado, la subvención de la factura eléctrica no es una opción. Más allá del necesario bono social para la protección de las personas en situación vulnerable –cosa innecesaria si el mercado no se hubiera liberalizado o, al menos, hubiera alternativas públicas–, lo cierto es que no podemos pretender que el Estado cubra toda la factura eléctrica.

Por último, hay opciones, dentro del mercado. Lo han demostrado Barcelona Energía y, sobre todo, Eléctrica de Cádiz, vinculados con los ayuntamientos de Ada Colau y José María González Santos, Kichi. Es cierto que son realidades que todavía deben asentarse, pero han demostrado que es posible plantear alternativas. 

De hecho, entre las propuestas electorales de Unidas Podemos estaba “crear una empresa pública eléctrica para para llevar a cabo la transición ecológica, luchar contra el cambio climático y bajar la factura de la luz”. Hay opciones, pero hay que tener la voluntad de encontrarlas.

Puesto que Unidas Podemos y el excelentísimo Gobierno del que forma parte están tan preocupados por los cortes de suministro, ¿no se podía haber hecho algo antes? Nadie podía prevenir Filomena hasta pocos días antes. Ahora bien, ¿acaso no sabemos todos que en enero y julio sube la factura?

En lo que llevamos de legislatura, eterna legislatura, se ha aprobado la urgentísima y necesarísima Ley de Educación, más conocida como Ley Celaá, sin diálogo con el sector educativo. Por otro lado, otra ley sin la que no podíamos pasar era la Ley de Memoria Democrática, que sustituía a otra norma con rango legal que nunca se llegó a cumplir del todo. 

Desde el punto de vista normativo, parece que no podíamos vivir tampoco sin el Procedimiento de actuación contra la desinformación que, como ya explicamos aquí, puede dar lugar en la práctica a una oficina censora.

Sí, es cierto. En su haber tiene leyes necesarias, como la Ley de Eutanasia o la Ley de Protección de la Infancia y la Adolescencia. Algo bueno tendrán que hacer. Pero incluso las medidas conducentes al Salario Mínimo Vital ha demostrado ser un fraude político por su escaso alcance y lo reducido de su cuantía. ¿No era mejor reforzar las ayudas que ya había?

Las grandes preocupaciones de los españoles siguen sin ser atendidas. Apenas se ha tocado la normativa vinculada con los precios de la electricidad, el agua o el alquiler. Por otro lado, más allá de la verborrea habitual, la reforma laboral de Rajoy sigue en pie, según Yolanda Díaz, ministra podemita de Trabajo, por la complejidad de su reforma.

El Plan Anual Normativo aprobado en 2020, donde se recogen las iniciativas legislativas y reglamentarias que el Gobierno tiene previsto aprobar antes de finalizar el año, apenas recogió normas vinculadas con estas cuestiones fundamentales.

Unidas Podemos sabe que la desidia del Gobierno en el que se integra no es razonable, ni siquiera para los suyos. Por eso, lleva meses optando por la auto-oposición, criticando las decisiones del Gobierno como si no formara parte del mismo. 

Hasta tal punto llegó esta esquizofrenia, que llegó a poner trabas a la aprobación en el Congreso de unos Presupuestos a los que ellos mismos dieron luz verde en el Consejo de Ministros. Y eso, por no hablar de que, según el propio líder morado, han tenido que soportar el feo de que no se les informara de la fuga del Emérito.

Cabe preguntarse, ya que tan mal ven las decisiones del Gobierno, si no les valdría la pena abandonarlo. Pero claro, surge la eterna cuestión: sin ellos no podrán realizarse las grandes reformas necesarias. Como si de los cuidadores del patio se tratasen, los ministros podemitas velan por el buen comportamiento de los miembros socialistas del Gobierno.

Sin embargo, tras el tiempo pasado, cabe también preguntarse qué reformas son esas que se quieren implementar y que no han podido o querido aprobar todavía. Hasta Alemania, país poco sospechoso de seguir la ortodoxia progresista, ha aprobado mecanismos análogos a los expedientes de regulación temporal de empleo (ERTE). ¿De qué puede sacar pecho este Gobierno?

Hasta ahora, en líneas generales, las normas que se han aprobado son aquellas que han facilitado la polarización de la población o han dado más poderes al Gobierno, si no prebendas a las autonomías de siempre. Los debates han sido estériles y han ido dirigidos a los mismos fines. Las auténticas preocupaciones de los ciudadanos siguen sin ser atendidas.

Puede que los responsables del desastre de la factura eléctrica no sean los miembros de este Gobierno, así como de otras materias ya mencionada. En cambio, sí son responsables de anteponer sus intereses partidistas y de polarizar a una población exhausta, antes de solucionar sus problemas reales.

Haereticus dixit.

RAFAEL SOTO
  • 7.1.21
Tanto los datos de Bloomberg como los de Forbes son elocuentes: los ricos se han vuelto aún más ricos en 2020. Y eso ocurre en un momento en el que los pobres son cada día más pobres en todo el mundo. Es más, de acuerdo con Bloomberg, ha sido un año récord, con un aumento de los beneficios de 785.764 millones de dólares para las cincuenta personas más adineradas del mundo. 


Este hecho contrasta con el contexto de auténtica ruina que viven tanto los ciudadanos como el propio Estado. Hace unos días, la ministra de Hacienda y Administraciones Públicas, María Jesús Montero, señaló la posibilidad de una caída del déficit público del 11,3 por ciento en España.

Llama la atención que muchos de los que defendieron hasta hace poco las políticas más neoliberales y austericidas, ahora hayan pasado a defender una suerte de ‘capitalismo de Estado’ para reducir las desigualdades sociales. Pero ojo, no en el sentido de Estado del Bienestar, que es el viejo sueño del auténtico progresismo europeo.

Este ‘capitalismo de Estado’ tendría como fin alargar las medidas excepcionales adoptadas para paliar los efectos de la pandemia para favorecer una mutación del sistema económico capitalista. Este sistema facilitaría la liquidez a las empresas, Boletín Oficial del Estado mediante, a la vez que se mantiene subvencionada a buena parte de la población. Esta última idea resulta tentadora para diferentes políticos sin escrúpulos, que ven la oportunidad de crear redes clientelares y dependencias electorales. De las pequeñas y medianas empresas nadie habla, por supuesto…

La opinión más interesante al respecto la he encontrado en Bloomberg. Desde una perspectiva liberal, Andreas Kluth plantea una crítica tanto al liberalismo salvaje precedente como a la intención de crear dependencias económicas. En este sentido, Kluth destaca los peligros para la democracia y para las libertades individuales que puede suponer este cambio. Los fantasmas que Byung-Chul Han previó en marzo empiezan a materializarse.

Es evidente que la inseguridad y la dependencia económicas provocan recortes de libertades y derechos. Es la nueva era que viene, basándose en un principio ya bastante consabido: la desigualdad inherente al sistema capitalista.

Thomas Piketty estudió esta cuestión concienzudamente en una de las grandes obras de referencia de lo que llevamos de siglo: El Capital en el Siglo XXI. Esta obra de difícil lectura y aún más difícil producción produjo numerosas ampollas en los defensores del neoliberalismo. Algunos afirmaron que su trabajo contaba con errores estadísticos, otros que era un radical peligroso. En cualquier caso, admito tener en estima el trabajo de este académico. Y lo hago por dos razones concretas.

La primera de esas razones es que ha demostrado ser un académico honesto, en tanto en cuanto dejó en acceso abierto sus datos de investigación. Sus datos cumplen con los principios FAIR, que todavía hoy no son seguidos por la mayoría de la Comunidad Científica: Findable (localizable), Accesible (accesible), Interoperable (interoperable) y Reusable (reutilizable). La segunda razón es que sus propuestas, aunque atrevidas y progresistas, demuestran en todo momento basarse en el mundo real. Parte de un pensamiento progresista real y responsable.

Una de sus propuestas más interesantes es el impuesto progresivo sobre el capital. En la misma línea que la conocida como ‘tasa Tobin’ –que empezará a aplicarse en España en unos días tras la aprobación de los nuevos Presupuestos–, la idea de este impuesto es reducir las desigualdades entre los más adinerados y los más desfavorecidos gravando el capital.

Sin embargo, Piketty no olvida un detalle fundamental: la necesidad de cooperación internacional para evitar la evasión fiscal. De hecho, en una entrevista publicada en 2014, insiste en la necesidad de la cooperación entre Estados Unidos y la Unión Europea. En especial, con respecto a la tasa Tobin: “Es que técnicamente es muy complicada, más complicada que el impuesto mundial sobre el patrimonio. Que, además, introducirá más transparencia financiera, se sabrá el origen de cada elemento de capital”.

Si bien señala que no hace falta esperar a la existencia de un gobierno mundial, Piketty plantea la necesidad de cooperación entre las grandes economías. Quizá por ello me genere dudas la tasa Tobin que empezará a aplicarse en España. Habrá que comprobar sus efectos, y más en el contexto actual.

En cualquier caso, como bien señala el economista galo, estas propuestas son solo parches que no resuelven el verdadero problema: las desigualdades inherentes al capitalismo. Mientras que la tasa de rendimiento privado del capital sea mayor que la tasa de crecimiento del ingreso y de la producción, las desigualdades seguirán en aumento. Dicho de otra manera: “Una vez constituido, el capital se reproduce solo, más rápidamente de lo que crece la producción. El pasado devora el porvenir”.

En cualquier caso, como bien señala Agustín Monzón: “La crisis del coronavirus habría representado así la puntilla a un modelo que parecía herido, por la sucesión de fallas del mercado y la percepción de que sus costes han recaído sobre las capas más desfavorecidas, mientras las clases altas han podido sacar rédito de las políticas de estímulo implementadas por los bancos centrales, que han supuesto, sobre todo, un impulso al precio de los activos financieros”.

El sistema económico y financiero no se sostiene, no por una pandemia, sino por una situación que ya era precaria. Cada ideología buscará una solución acorde a sus ideas. El capitalismo es el único sistema económico realista que tenemos por delante. Sin embargo, plantea una contradicción inherente que crea desigualdades y que va a más en tiempos de incertidumbre. 

Y no veo solución favorable en un momento en que la población parece más adocenada y sumisa que nunca, más orgullosa de su becerril ignorancia y, sobre todo, más sensible a una situación de incertidumbre que ya parece crónica.

El capitalismo es un mal necesario por falta de alternativas serias. Por suerte, es un sistema moldeable, que debemos adaptar en beneficio de la ciudadanía para reducir las desigualdades inherentes al sistema. Una labor difícil en un momento en el que hasta el agua cotiza en bolsa.

Haereticus dixit.

RAFAEL SOTO
  • 24.12.20
Este año no puedo ir a casa de mi familia por varias razones que no vienen al caso. Echaré de menos a los míos, y más en soledad, pero hay algo que no echaré en falta: el discurso del Rey. Me estoy refiriendo a una tradición, como lo es en otras familias. La costumbre en mi hogar era escuchar el mensaje del Rey como si de un sacerdote en su púlpito se tratase. Incluso mis familiares más locuaces cerraban la boca para escuchar al ya Emérito, y ahora al hijo de su padre.


Sin embargo, a fuerza de ser sinceros, ¿qué expresa el mensaje navideño? No es más que un recordatorio de que el jefe del Estado está ahí. El discurso no aporta nada que no se sepa ya, ni tiene el más mínimo interés práctico.

De una manera ingenua, algunos buscan reproches a los que, a diferencia de él, sí gobiernan. Otros buscan razones para criticarlo, con razón y sin ella. Y lo cierto es que un Borbón, sea el que sea, no se mete en charcos cuando ofrece discursos de esta naturaleza. Son textos vacíos y bien preparados que no tienen otra finalidad que demostrar que la Corona está por encima del bien y del mal.

Como republicano, no puedo más que sentir repugnancia por estas demostraciones de poder. No lo echaré de menos. Sin embargo, en pleno siglo XXI, ¿cómo es posible apoyar un monarca como jefe de Estado? Y más a estos…

Una clave que muchas veces obviamos es que, dentro del instinto forofo, dicotómico y cainita español, los enemigos del monarca son, para muchos, su mayor justificación. Aunque parezca paradójico, la propaganda de la extrema derecha y la propaganda de la extrema izquierda han conseguido imponer en las clases más populares la idea de que la república es patrimonio de la extrema izquierda.

La virulenta oposición de podemitas (y toda su sopa de letras), proetarras, supremacistas vascos y catalanes, y otros sectores con mala imagen, incluso en los moderados de derechas, así como su reivindicación de una república, o de repúblicas de izquierda, han sido el mayor garante de la continuidad de los Borbones. Para el ciudadano de a pie, salvo que tenga formación –y muchas veces, ni eso–, es inconcebible un partido republicano de derechas.

Estoy convencido de que si la pseudoizquierda española hiciera fuerza por una república de todos, muchas de esas personas a las que hacíamos referencia reclamarían la República sin miedo. Sin embargo, eso requeriría inteligencia y responsabilidad política. Y en España, de eso no sobra.

Quizá, algún día, podamos evitar esa tradición tan fastidiosa que es ver el mensaje del Rey. Quizá podamos vivir una España democrática y republicana. Mientras… ajo y agua.

Haereticus dixit.

RAFAEL SOTO
  • 10.12.20
De acuerdo con la mitología clásica, Calipso era hija de Atlante, también conocido como Atlas, y de la oceánide Pléyane –aunque de esto último hay varias versiones. Cosa curiosa, porque lo normal es que suela ser al revés–. Por tanto, era una deidad, aunque no gozara de los dones del Olimpo.


En concreto, la dama había sido desterrada a las islas Ogigias por ser hija de su padre, castigado a sostener el Mundo en sus hombros por rebelarse contra la autoridad. Por alguna razón, Zeus no le otorgó el tercer grado. ¡Qué cosas!

Hoy, estas islas son conocidas como Islas Calipso en su honor, en los territorios que hoy se identifican con los territorios de Malta. Vivía con sus sirvientas, sin molestar, ni ser molestada, si bien lamentaba su soltería.

Un buen día, un náufrago llegó a su isla. Por lo que cuentan los mitos, el señor era experimentado y tenía buen parecer. Se trataba del rey de un territorio miserable llamado Ítaca, que ganó la gloria luchando en la terrible Guerra de Troya. Es más, el astuto Odiseo tenía fama de haber ideado la estratagema que dio la victoria a los griegos: un caballo de madera. Se contaba, además, que estaba de malas con Poseidón por haber cegado a su hijo, el cíclope Polifemo. Algo lógico, si lo pensamos bien.

Guapo, afamado y desvalido. No necesitó mucho para meterse en la cama de la pobre Calipso. De acuerdo con los relatos homéricos, ella lo cuidó y le ofreció la inmortalidad si se quedaba con ella, cosa que no aceptó, supuestamente, por recuerdo de su esposa, su hijo Telémaco y su tierra. Muy bonito todo.

Los relatos afirman que Calipso lo mantuvo preso en la isla durante siete años. Zeus se acabó apiadando de él y decidió ante los dioses olímpicos que retornase a casa. Y como ya entonces había disciplina de partido, Poseidón se tuvo que tragar el tridente y a Hermes le tocó hacerle una visita a Calipso en lo que, en la mentalidad griega, era el culo del Mundo.

Un inciso. Como ya hemos señalado, los relatos homéricos señalan que Odiseo estuvo aprisionado siete años. Hesíodo, autor cercano en el tiempo a los relatos homéricos y poco sospechoso de trabajar para el Ministerio de Igualdad, señala en su Teogonía que: “Calipso, la divina entre las diosas, habiendo tenido agradable consorcio con Odiseo, fue madre de Nausítoo y Nausínoo”.

Un “agradable consorcio” que ya había mantenido con otro de sus ligues, Circe. Al igual que ocurre con la Atlántida, la Odisea nos relata los amores del héroe con Circe, pero no nos da detalles de los hijos habidos en aquel escarceo amoroso. De acuerdo con Hesíodo, de la unión nacieron dos retoños, el “irreprochable y fuerte Latino y también a Telégono, merced a la dorada Afrodita” –me reconozco como fan de los eufemismos de Hesíodo–

Apolodoro da una versión ligeramente diferente en su Biblioteca Mitológica, afirmando que Circe fue madre de Telégono. Sobre Calipso señala escuetamente: “Allí lo acoge Calipso, hija de Atlante, y de sus amores pare a Latino. Permanece con ella cinco años, al cabo de los cuales fabrica una almadía y zarpa”–lo lamento, sigo prefiriendo los eufemismos de Hesíodo–

Por aportar un último testimonio, Cayo Julio Higino, ya en época romana, señala en sus Fábulas que Circe fue madre de Telégono y Nausítoo. No reconoce hijo alguno a Calipso, de la que dice que solo retuvo un año al astuto Odiseo.

Por tanto, Odiseo se paseó por el Mediterráneo, aceptando “agradables consorcios” con mujeres que le dieron sustento durante años, y dejándoles retoños que, por necesidad, hubo de conocer. Eso sí, según los relatos homéricos, el buen hombre fornicaba con deidades con gran pesar y recuerdo de su casa, por supuesto.

Hecho este inciso, volvemos al relato homérico. Hermes llega a las Islas Ogigias y se presenta ante Calipso para informarle de la decisión de Zeus. Le dice que le tiene que ayudar a embarcar, y que pobre de ella si se opone. Vamos, como suele decirse, encima de puta, ahora le tocaba poner la cama. Las palabras de Calipso no pueden ser más dignas de lástima:

Sois crueles, dioses, y envidiosos más que nadie, ya que os irritáis contra las diosas que duermen abiertamente con un hombre si lo han hecho su amante. Así, cuando Eos, de rosados dedos, arrebató a Orión, os irritasteis los dioses que vivís con facilidad, hasta que la casta Artemis de trono de oro lo mató en Ortigia, atacándole con dulces dardos. Así, cuando Deméter, de hermosas trenzas, cediendo a su impulso, se unió en amor y lecho con Jasión en campo tres veces labrado. No tardó mucho Zeus en enterarse, y lo mató alcanzándolo con el resplandeciente rayo. 

Así ahora os irritáis contra mí, dioses, porque está conmigo un mortal. Yo lo salvé, que Zeus le destrozó la rápida nave arrojándole el brillante rayo en medio del ponto rojo como el vino. Allí murieron todos sus nobles compañeros, pero a él el viento y las olas lo acercaron aquí. Yo lo traté como amigo y lo alimenté y le prometí hacerlo inmortal y sin vejez para siempre.

Pero puesto que no es posible a ningún dios rebasar ni dejar sin cumplir la voluntad de Zeus, el que lleva la égida, que se vaya por el mar estéril si aquél lo impulsa y se lo manda. Mas yo no te despediré de cualquier manera, pues no tiene naves provistas de remos ni compañeros que lo acompañen sobre el ancho lomo del mar. Sin embargo, le aconsejaré benévola y nada le ocultaré para que llegue a su tierra sano y salvo
.

En un último acto desesperado, Calipso decide dar una última oportunidad a Odiseo, que rechaza seguir con ella, aunque no ir “al interior de la cóncava cueva a deleitarse con el amor en mutua compañía”– sigo prefiriendo los eufemismos de Hesíodo–

Higino nos describe la misma escena, pero con otros matices: “[…] la ninfa Calipso, seducida por la belleza de Ulises [Odiseo], lo retuvo durante un año entero y no quiso dejarlo partir hasta que Mercurio [Hermes], siguiendo un mandato de Júpiter [Zeus], se lo ordenó a la Ninfa”. No nos ofrece los lamentos de la Atalante, pero nos cuenta que acabó suicidándose por amor a Odiseo. Cosa curiosa, si tenemos en cuenta su naturaleza divina.

Sea cual sea la versión que aceptemos, Calipso es abandonada por Odiseo, vividor y follador por excelencia de la mitología grecolatina, dejando atrás al hijo o a los hijos que quizá tuvo con ella. Y por segunda vez, pues ya había abandonado a Circe. Y no sería la última, al parecer. Todo ello, a pesar de que Calipso se arrastrase de todas las maneras posibles ante aquel vividor.

De acuerdo con los relatos homéricos, su esposa Penélope le fue fiel durante los casi veinte años de su ausencia, haciéndola objeto de proverbios vinculados con la fidelidad marital. Apolodoro es más realista y ofrece otras versiones alternativas a la versión oficial, que también recoge. Así, nos cuenta que había sido “pervertida” por el pretendiente Antínoo, o bien por Anfínomo. Tras tal deshonra a su casa, no se sabe con seguridad si Odiseo “la devolvió” a su padre Icario, como si de un objeto se tratase, o bien la mató allí mismo.

O sea, que las versiones alternativas vienen a señalar que Penélope, tras casi veinte años de ausencia marital entre la guerra y la vuelta –los sabios no se ponen de acuerdo con las fechas, como hemos comprobado–, tuvo un par de noches locas con alguno de sus pretendientes. Y el buen señor, a su vuelta, la mata o la “devuelve” a su padre por “pervertirse”, después de dejar no se sabe cuántos hijos ilegítimos a lo largo y ancho del Mediterráneo. Para el pensamiento grecolatino, “pervertirse” era cosa de hombres. Aunque no hay que irse a la mitología para encontrar casos análogos.

Todos los días nos encontramos con desaprensivos que maltratan física o psicológicamente a sus mujeres, y a mujeres que se arrastran por miedo a la soledad o por amor, desde la creencia de que éste todo lo puede. O por los hijos, que no es poca cosa. Ya sea por imposiciones sociales, miedos, deudas, hijos y otros hechos, son muchas las parejas que no pueden separarse, ni siquiera de quienes los o las maltratan física y/o psicológicamente.

Hoy no pude evitar recordar las historias de Calipso, Circe y Penélope. Historias de mujeres que no merecían el abandono, el desprecio, ni la violencia de sus parejas. Mujeres que fueron juguetes de hombres sin escrúpulos.

Según la mitología griega, Odiseo muere a manos de Telégono, hijo de Circe. Lo mató sin saber que se trataba de su padre. No puedo dejar de pensar que hay cierta justicia en ello. Y, quizá, los griegos también lo pensaron. Quizá se le ocurriera a un hijo abandonado. Porque cabrones ha habido siempre, en diferente grado y con diferente aceptación social. La diferencia es que hoy ya no pasamos ni una. O no deberíamos.

Haereticus dixit.

RAFAEL SOTO
  • 26.11.20
En el momento de escribir estas líneas tenía otra columna muy diferente a falta de rematar. En ella, para variar, criticaba al Kennedy español y su extraño concepto del diálogo. Sin embargo, he decidido dejarlo para mejor ocasión. Acabo de enterarme de la muerte de Diego Armando Maradona, y ese hombre me merece bastante más atención.


La Mano de Dios crea fascinación incluso entre sus detractores. Dejando la moralidad en la parroquia, nadie puede negar que es un fenómeno psicológico y sociológico. En este momento, medio mundo periodístico le está dedicando sus más emotivos elogios y sus más agrios reproches.

En este sentido, viene a mi memoria el recuerdo de un libro que me impactó mucho en mi adolescencia: La presentación de la persona en la vida cotidiana, de Erving Goffman. La obra desarrollaba la hipótesis de que la vida cotidiana era asumida por las personas mediante distintos enfoques dramatúrgicos. Diferentes roles para diferentes contextos y situaciones. No hay una identidad estable como tal, ni independiente, pues depende de una serie de interacciones sociales.

¿Cómo juzgar a un personaje como Maradona desde el prisma dramatúrgico? Si aceptamos que no hay una identidad estable y constante, tengo dudas sobre nuestra capacidad de juzgar moralmente a una persona en su conjunto. Como mucho, las acciones de los roles que adopta.

Y pocos ejemplos son tan dados a la perspectiva dramatúrgica como el de La Mano de Dios. En este punto, me atengo a las palabras de un hombre bastante más sabio que yo. El veterano periodista Ernesto Cherquis Bialo, en una entrevista en Televisión Pública Argentina en mayo de 2019, fue preguntado por la figura de Diego Armando Maradona. Su definición es impecable.


Por un lado, Cherquis resalta su naturaleza polifacética:

¿Usted cree que hay un solo Maradona? Yo creo que hay muchos. Hay por lo menos ocho, nueve Maradonas. Hay un Maradona que jugó al fútbol; hay un Maradona que alcanzó la celebridad; hay un Maradona hijo, que murió cuando murieron sus padres. Hay un Maradona padre, que se reinventa cada día; hay un Maradona amigo, que barre cambiando amistad. 

Hay un Maradona afectivo, un Maradona sublime, y hay un Maradona abyecto y un Maradona fenomenal. Hay un Maradona de frases inolvidables, y hay un Maradona cuyas frases es mejor no recordar. Es la suma de todo eso, en un solo hombre. Un genio”.

¿Cuál es el verdadero Maradona? ¿El que golpeaba a su pareja borracho o el que defendía las tesis bolivarianas? ¿El analista sublime o el entrenador inconstante? ¿El padre de sus padres o el padre de sus hijos? ¿El dios de la Iglesia Maradoniana o el vil payaso grotesco que nos pintan sus detractores? ¿Hasta qué punto fue influido por su entorno en cada uno de estos roles? “Canillas de oro, y letrina”, insiste el veterano periodista.

Por otro lado, Cherquis nos enseña otra dimensión fascinante de La Mano de Dios. No siguió el orden natural, a diferencia de Leo Messi:

Messi fue el hijo de su papá, y es el hijo de su mamá. Es el hermano de sus hermanos. Messi es el mejor de sus compañeros. Es el mejor jugador de fútbol en la actualidad. Pero siempre estuvo en el rol lógico, en el que la vida lo puso. Quizá por eso, los periodistas convertimos a Messi en un personaje que no es, y para el cual no está preparado para ser”. En cambio, “Maradona fue el papá de sus padres, el papá de sus hermanos, el superamigo de sus amigos, el protector de su protegido”.

Un hombre hecho a sí mismo. Un genio. Un hombre único que no negó exceso alguno, tomó el placer donde lo halló, y que fue capaz de lo mejor y de lo peor. Maradona no siguió nunca las leyes de la lógica y, hasta cierto punto, este hecho puede ser razonable si asumimos su rol familiar y social. ¿Cuántas personas puede haber fuera de ese rol lógico? ¿Salir de lo previsible te hace un genio? Claro que no.

Soy de la opinión de que todas las personas, y sus acciones, están más allá del bien y del mal. Como mucho, podemos juzgar las acciones realizadas en sus diferentes roles, y ni eso tengo claro. Prefiero dejar la moralidad al rebaño –y a los sanchistas y podemitas, que no dejan de ser otro rebaño–

Que Maradona descanse en paz. El mundo será el mismo sin él. Puede que incluso mejor. Pero, sin duda, mucho más aburrido.

Haereticus dixit.

RAFAEL SOTO
  • 12.11.20
¿Cómo se explica que un Gobierno al que no le importa dialogar con proetarras y sediciosos en prisión no quiera ahora dialogar con los representantes de los profesionales del Periodismo? Por supuesto, hay que combatir las fake news, pero son la Justicia y las organizaciones profesionales que representan a los periodistas y que regulan la profesión los que deben velar por la salud informativa del país.


Empecemos por una definición. La Comisión Europea, parte interesada como veremos más adelante, define las fake news como “información verificablemente falsa o engañosa que se crea, presenta y divulga con fines lucrativos o para engañar deliberadamente a la población, y que puede causar un perjuicio público”.

Esta definición incluye dos obviedades que, a menudo, se obvian. La primera es que se trata de una pieza informativa, que no de opinión. Por tanto, desde un punto de vista jurídico, afecta al derecho reconocido en el artículo 20.1 d) de la Constitución, de “comunicar o recibir libremente información veraz por cualquier medio de difusión” y, en ningún caso, al artículo 20.1 a), referido a la libertad de expresión, que también peligra. Obsérvese que ambas son libertades blindadísimas en la Carta Magna.

La segunda obviedad que suele obviarse, y es la más importante, es que una fake news es una noticia falsa, pero no en el sentido de ser errónea. O sea, una noticia equivocada o un reportaje con datos erróneos no es una fake news en sentido estricto, sino un texto informativo intencionadamente erróneo. Este punto es vital.

Por tanto, una fake news no es un texto de opinión que desagrade, ni una información que uno considere que es falsa o tendenciosa. Es una pieza informativa, o al menos en apariencia, que tiene como intencionalidad engañar en términos absolutos, o usando medias verdades.

Sin embargo, es esta segunda obviedad la que nos debe preocupar. En primer lugar, ¿cómo puedes estar seguro de la intencionalidad de nadie? En segundo lugar, ¿qué es verdad y qué no lo es? ¿Una verdad a medias hace pasable lo que no lo es? En según qué casos, entramos en el engorroso umbral de la Filosofía, que resulta bella para la reflexión, pero de difícil aplicación jurídica.

Noticias falsas, que no erróneas, ha habido siempre. Y casi siempre con la misma intencionalidad, que es beneficiar a un bando político o ideológico, y/o atacar a otro. Incluso se ha usado para atacar pueblos, razas y etnias.

¿Por qué son un problema ahora? La respuesta rápida, sencilla e interesada es que la culpa la tiene la proliferación de información en redes sociales, que desinforma a la población. Sin embargo, esa es una verdad bastante discutible.

Sin duda, las redes sociales han aumentado el flujo de información, pero no han creado nada que antes no existiera. La gran complicación es que esa información ya no se puede controlar. Un medio de comunicación tradicional tiene que pasar por un registro. Un blog o un pseudomedio digital, no.

Es más, cualquiera con ciertos conocimientos informáticos o con dinero para contratar a los que los tengan puede crear un medio digital de la noche a la mañana, con información de interés general veraz, salpimentada con mayores o menores cantidades de noticias falsas.

Ahora bien, he aquí la auténtica preocupación de Europa: las fake news han hecho ganar y perder elecciones, y nada menos que en EE.UU., como vimos con Donald Trump en su día. La injerencia rusa es un hecho poco debatible y los populismos están aprovechando una coyuntura favorable para aumentar sus filas. Y la falta de formación e interés por formarse de muchas personas han llevado a una ausencia creciente de capacidad crítica, que no de criticar.

Sin embargo, tal y como vaticinó Byung-Chul Han, en este caos, la tendencia no es reforzar el Estado de Derecho y dotarlo de recursos. La tendencia es avanzar hacia un Estado cada vez más autoritario. El sueño húmedo de Pedro Sánchez.

Solo el Poder Judicial y la propia profesión, a través de sus colegios profesionales y organizaciones, tienen legitimidad para combatir las fake news en democracia. La Justicia ya tiene herramientas para ello, si bien admito que son mejorables. Asimismo, ya hay proyectos interesantes como The Trust Project.

Sin embargo, ni esa ha sido la senda europea, ni está siendo la española. De acuerdo con el art. 3 de la Orden PCM/1030/2020, de 30 de octubre, por la que se publica el Procedimiento de actuación contra la desinformación aprobado por el Consejo de Seguridad Nacional, son instituciones o unidades gubernamentales las encargadas de responder, entre otras, a esas preguntas a las que hacíamos mención: ¿Cómo puedes estar seguro de la intencionalidad de nadie? ¿Qué es verdad y qué no lo es? ¿Una verdad a medias hace pasable lo que no lo es?

Terrorífico desde el punto de vista democrático. Dependeríamos de la buena voluntad de cada Gobierno. ¿Nos parecería así de bien si la respuesta a esas preguntas dependiera de personas como Ángel Acebes o Jorge Fernández Díaz?

En el texto no hay ni una sola referencia a organizaciones profesionales, como la Federación de Asociaciones de Periodistas de España (FAPE) o la Red de Colegios Profesionales de Periodistas.

De hecho, esta última señaló que consideraba “inaceptable” que la Orden 1030/2020 no reconociera a los periodistas y a las corporaciones de derecho público que les representan el “papel esencial en la lucha contra la desinformación” que sí atribuye a “los medios de comunicación, las plataformas digitales, el mundo académico, el sector tecnológico, las organizaciones no gubernamentales y la sociedad en general”.

Por su parte, la FAPE se ha mostrado preocupada por la medida, afirmando que: “La disposición publicada en el BOE deja en el aire varios aspectos importantes que nos suscitan una profunda preocupación por las eventuales consecuencias que pueda acarrear al libre ejercicio del periodismo”.

¿Serán organizaciones ‘fachas’ la FAPE y la Red de Colegios Profesionales de Periodistas? Y en lo que toca a la Justicia, la encontramos exhausta, falta de recursos y hastiada de los intentos partidistas de desacreditarla. Y, ahora, se le relega de su función de juzgar.

Los forofos del Gobierno del cambio –como si no lo fueran todos–, se escudan en el mandato europeo. Un mandato de la Comisión Europea motivada por el supuesto peligro que supone para la democracia este tipo de informaciones. Una mentira como un piano, pero útil como justificación.

A la Comisión, al igual que al Gobierno progresista, les importa muy poco la salud democrática europea, el bienestar de su gente y sus opiniones, siempre y cuando se vote ‘correctamente’. Lo que les preocupa es la injerencia de países extranjeros u otras fuerzas, como muchos de ellos mismos han hecho en otros países. Lo que les preocupa es perder sus privilegios. Y prueba de ello es que la censura, pues esto no es otra cosa por mal que suene, quedará en manos gubernamentales.

Todo lo europeo suena bien. Es como hace unos años el Tribunal Constitucional en España, hasta su descrédito por mérito propio. Todo lo que vaya bendecido por Europa es visto por una mayoría de la población como algo positivo. Y eso no es cierto, como puede atestiguar cualquier griego.

España es el país más incumplidor de Europa. Hasta tal punto que ha suscitado el interés de no pocos investigadores. Nuestro país paga multas copiosas todos los años por su retraso en adoptar o adaptar las medidas impuestas por Europa. ¿Es una casualidad la prisa por cumplir con esta medida en concreto? Dejemos el forofismo en el estadio, por favor.

La única forma eficaz y ética de luchar contra las fake news es a través de una combinación de factores. El primero, y más importante, es la formación de las personas. Cuanta mayor capacidad crítica, mayor capacidad de distinguir lo que es veraz, de lo que no, menor efecto tendrán las fake news. Y, por lo pronto, el Gobierno progresista no solo no está reforzando y dando importancia al pensamiento crítico en la Educación, sino que quiere eliminar la asignatura de Ética. Ni el PP se atrevió a tal cosa. Estos ‘fachas’...

El segundo factor es el ejemplo de los propios partidos políticos. Y estamos hablando de un Gobierno cuya ética comunicativa le permite el uso de bots en redes sociales. El tercer factor es el de dignificar y dotar a las organizaciones profesionales para que puedan hacer valer los principios deontológicos de la profesión periodística.

Por último, dotar de mejores herramientas legales a la Justicia y, por supuesto, de los recursos necesarios para agilizar denuncias y la imposición de penas. Una acción que, además, tiene que coordinarse a nivel internacional para garantizar su cumplimiento en un mundo globalizado, con unas redes globales.

Hay que combatir las fake news, nadie lo duda. Pero el procedimiento iniciado por el Gobierno no ofrece suficientes garantías democráticas, por mucha Europa que haya de por medio. Y de paso, ningunea a los propios profesionales de la Comunicación y a la Justicia. Nos jugamos nuestros derechos fundamentales. Y los estamos regalando por puro forofismo hispano.

Haereticus dixit.

RAFAEL SOTO
  • 29.10.20
El 26 de octubre de 1898, justo hace 122 años, Santiago Ramón y Cajal se lamía las heridas que le había infligido la pérdida de los últimos territorios de Ultramar. Unas heridas que, además, le afectaron en lo personal, pues había servido como médico en uno de los conflictos que asoló este territorio en las últimas décadas del siglo XIX.


Esta luminaria de la Ciencia española, aparte de ser un gran científico, era un patriota en un tiempo en el que eso era una virtud. En Recuerdos de mi vida, Cajal recuerda el año 1898 de la siguiente manera: “Fue el año de la funesta y vesánica guerra con los Estados Unidos; guerra preparada por la codicia de nuestros industriales exportadores, la rapacidad de nuestros empleados ultramarinos y el orgullo y cerril egoísmo de nuestros políticos”.

El afamado científico se sintió en la obligación moral de acudir a la llamada de la prensa, en especial de El liberal y Vida Nueva, que solicitaron a intelectuales y profesionales españoles que dieran su opinión sobre el desastre y la dirección del país.

Uno de los diferentes textos que publicó se conserva en la Biblioteca Nacional de España y es consultable aquí. Su presentación por parte de El liberal no pudo ser más crítica con la sociedad española: “Prosiguiendo nuestra tarea da dar a conocer lo que piensan, sobre la situación de ruina en que ha caído España, los hombres más eminentes de nuestra ciencia, publicamos hoy las opiniones del Dr. D. Santiago Ramón y Cajal, catedrático de Histología e Histoquimia normales, cuyos méritos insignes están tan probados, que fueron los primeros los extranjeros en descubrirlos y en estimarlos”.

Su posición con respecto a las causas del resultado de la guerra era clara: “Hemos caído ante los Estados Unidos por ignorantes y por débiles. Éramos tan ignorantes, que hasta negábamos su ciencia y su fuerza. Es preciso, pues, regenerarse por el trabajo y por el estudio”.

Sus remedios a los males de España reflejan su participación en el movimiento regeneracionista: “Renunciar para siempre á nuestro matonismo, á nuestra creencia de que somos la nación más guerrera del mundo. Renunciar también á nuestra ilusión de tomar por progreso real lo que no es más que un reflejo de la civilización extranjera; de creer que tenemos estadistas, literatos, científicos y militares, cuando, salvo tal cual excepción, no tenemos masque casi estadistas, casi literatos, casi sabios y casi militares”.

Esta y otras opiniones le valieron terribles críticas. En su mencionada autobiografía señala con amargura: “Los regeneradores del 98 sólo fuimos leídos por nosotros mismos: al modo de los sermones, las austeras predicaciones políticas edifican tan sólo a los convencidos”. ¡Actualidad absoluta!

Cajal no tenía la verdad absoluta, pero en algo contribuyó, como otros de su generación. Y no fue la primera vez. Una de las grandes polémicas de la Ciencia española es la que le enfrentó a Jaime Ferrán durante una epidemia de cólera en 1885. Cajal realizaba su actividad docente e investigadora en la Universidad de Valencia, y fue allí donde empezó a dudar de la eficacia de una vacuna propuesta por Ferrán.

Al respecto, Cajal afirmó en su autobiografía: “Como de costumbre, mostróse en el debate ese dualismo irreductible de viejos y jóvenes, de misoneístas y filoneístas […]. En fin, ciertos devotos fervientes de Ferrán llevaron su celo higiénico hasta organizar un comité o sociedad encargada de hacer propaganda, fabricar en grande escala la vacuna, gestionar del Gobierno y de las autoridades autorización para ensayar la nueva inmunización y, en fin, una vez logrado el permiso, efectuarla sistemáticamente en todas las provincias atacadas”.

Ese “comité” presionó a Cajal, que ya contaba con cierto reconocimiento, pero que todavía no había realizado sus trabajos más revolucionarios. La cuestión llegó a la prensa y la presión social fue importante: “Pocos conservamos, durante aquella efervescencia pasional, la serenidad de espíritu necesaria para juzgar, donde los intereses luchaban con más encarnizamiento que las ideas, la serenidad de espíritu necesaria para juzgar”.

Llegados a este punto, Cajal realizó un experimento que trató de demostrar los riesgos de la vacuna de Ferrán. Al final, un informe enviado al ministro de Gobernación, Francisco Romero Robledo, ocupando ya plaza en Zaragoza, dio el tiro de gracia a la vacuna de Ferrán, que no obtuvo apoyo internacional alguno. Todavía hoy, no faltan quienes continúan la citada polémica, como podemos ver en el medio supremacista catalán 'Nacional.cat'.

Hemos comprobado en los dos ejemplos anteriores que muchos intelectuales y profesionales de prestigio, entre ellos Cajal, se vieron en el pasado en la obligación de participar en la vida pública en tiempos de crisis y catástrofe.

Hoy, los intelectuales y profesionales españoles tienen ese mismo deber moral de contribuir con sus opiniones motivadas a mejorar la realidad política, económica y sanitaria española. Pero… ¡ay, amigo! ¡En el siglo XIX no había redes sociales! ¿Quién se va a atrever a criticar al gobierno “progresista”? Si Ferrán logró polarizar a parte de la sociedad en el siglo XIX, ¿qué no hubiera hecho hoy con Facebook, Twitter y otras redes sociales?

En nuestro actual contexto de pandemia, los científicos que criticaron al Gobierno en la prestigiosa revista The Lancet han sido acusados de ser ‘agentes del fascismo’. Del eminente doctor Pedro Cavadas se afirma que es una “eminencia en lo suyo”, pero que “zapatero a sus zapatos”, al tener una especialidad alejada de la Epidemiología. Y a la que sí es epidemióloga, Margarita del Val, se le acusa de “chochear”. Solo por hablar de cabezas visibles.

No suelo ser amigo de hacer caso a la prensa extranjera en sus opiniones de España. No lo voy a hacer ahora. Sin embargo, sí critico a quien usa un periódico extranjero para atizar al oponente y, después, lo rechaza o ignora según su conveniencia. The Financial Times ha criticado la gestión de Fernando Simón al frente del Centro de Coordinación de Alertas y Emergencias Sanitarias (CCAES).

¿Hablan los británicos con el elemento que tienen de primer ministro? ¿Serán franquistas? Tampoco pueden opinar, según los pseudoprogresistas. Todo por defender a un epidemiólogo sobrevalorado como Fernando Simón., que no deja de ocupar un puesto de confianza política, como es la Dirección del CCAES.

El CCAES es un órgano dependiente del Ministerio de Sanidad. Como puede comprobarse en la relación de puestos de trabajo del personal funcionario del Ministerio de Sanidad –no consta personal laboral en su relación de puestos de trabajo–, este órgano cuenta con once funcionarios, de los que uno es el director, mientras que otros cuatro ocupan puestos de jefatura. También cuentan con un secretario. De acuerdo con estos documentos, actualizados en septiembre de 2020, el CCAES solo cuenta con cinco técnicos especialistas.

De acuerdo con su orden de creación, el CCAES tiene como misión coordinar la información, procedente tanto de las redes existentes como de otras fuentes no integradas, y los sistemas de respuestas ante situaciones de crisis y emergencias para la salud y consumo de forma permanente, las 24 horas del día y todos los días del año. ¡Con once funcionarios, de los que solo cinco son técnicos!

Incluso aceptando que debe coordinarse con otros organismos estatales y autonómicos, así como que puede haber personal o servicios externos no contemplados, salta a la vista que el CCAES no anda sobrado de personal, con casi el mismo número de superiores que técnicos. Administración española en estado puro.

Por tanto, en redes, en la prensa e, incluso, en discursos políticos, se ataca a expertos, a profesionales e intelectuales críticos por defender a un organismo público infradotado de personal, y representado por un epidemiólogo que ocupa un puesto directivo y, por tanto, de confianza política. Y que dicho sea de paso, ha errado en no pocas ocasiones.

¿Cómo es posible avanzar si, cada vez más, la polarización política reprime a los que más debemos escuchar? Las postcensura es una realidad que dificulta el libre desarrollo de la convivencia democrática y que promueve, cada vez más, la autocensura.

Como bien señala Juan Soto Ivars en Arden las redes, a diferencia de la censura, la postcensura no necesita del concurso del poder: “no es un movimiento de masas ni tampoco un ataque deliberado contra la libertad de expresión emprendido por la hegemonía política, sino ruido blanco”.

Y sobre todo, la gran virtud de la postcensura es que el ejerce no es consciente del impacto de sus palabras: “Algunos, de pronto, notan que algo les quema en la mano y descubren que habían estado paseando con una antorcha”. Es un fenómeno que no permite matices y que, en consecuencia, obliga a exponerse o, por el contrario, a constreñirse, a autocensurarse.

Repetimos la pregunta: ¿Qué intelectual o profesional de prestigio puede tener el valor de decir las verdades del barquero en este contexto? Los necesitamos, y se les está reprimiendo en su derecho de expresarse con libertad, y en su deber moral de participar en los asuntos públicos y contribuir con sus conocimientos a la mejora de la sociedad. No siempre llevarán razón, pero darán un argumento mejor al ‘tú más’, tan extendido en la política española y en las conversaciones a pie de calle.

Haereticus dixit.

RAFAEL SOTO
  • 15.10.20
Lo clásico es lo constante, lo que permanece en el tiempo. Tanto, que ni la oscuridad medieval fue tal, entre otras razones, gracias a la leve, pero suficiente pervivencia del Mundo Clásico. Sin embargo, cabe plantearse cuál es la cualidad de una obra literaria, escultórica, arquitectónica, etc., para que pueda ser considerada clásica y, por tanto, constante en el tiempo. Si tuviera la respuesta, ya habría escrito varios libros dignos de ser considerados clásicos. Por tanto, hemos de entender que es una cualidad discutible e imposible de identificar.


En mi opinión, en el ámbito literario, quizá lo que hace más constante y permanente a una obra es su capacidad para irradiar humanidad. Los grandes clásicos de todos los tiempos no han hecho sino actualizar el intento de griegos y romanos –en especial, los primeros–, de reflejar los grandes dilemas del alma humana.

El ser humano, por naturaleza, busca una Ítaca a la que regresar, y a unos Penélopes y Telémacos por los que luchar. La Posmodernidad ha complicado algo más las cosas. Antes había una deidad y una vida posterior a las que aferrarse en último término. Ahora, como señalaba el psicoterapeuta Viktor Frankl, superviviente de los campos de exterminio nazi, nosotros hemos de buscar ese sentido, preguntándole a la vida qué espera de nosotros, y no al revés.

El ser humano se encuentra solo y desnudo en un mundo lleno de horrores. Ni la ayuda de Palas Atenea fue suficiente para evitar al sufrido Odiseo decenas de vicisitudes con las que, todavía hoy, cualquier persona puede identificarse. Es la confianza en sí mismo, y no tanto en los dioses, lo que permite a Odiseo cumplir su objetivo. Los dioses benefician al que sufre la adversidad.

Hoy en día, no todos tienen una Ítaca a la que dirigirse, ni la confianza en sí mismos como para superar las pruebas que nos impone la vida, ni la capacidad de mirar al abismo y preguntarle a la vida qué espera de nosotros. No se les puede culpar. Sin embargo, más que nunca, los clásicos son una ventana en la que verse reflejados.

Pocas cosas son más humanas que verse en un dilema imposible, de vivir una situación en la que, haga lo que se haga y decida lo que se decida, la persona está destinada a perder. En la rueda de la fortuna, ¿quién no ha estado alguna vez en una buena situación, como le ocurrió con al desgraciado Edipo, y no ha caído estrepitosamente por situaciones que no ha podido controlar?

El ser humano es juguete del destino, o quizá del azar, pero también es esclavo de sus pasiones, como comprobamos en la ira del eterno Aquiles, en los amores de Paris y Helena, quizá la primera femme fatale de la Historia, o en el conflicto fratricida entre Polinices y Eteocles, hijos de Edipo.

Pocos han reflejado la pasión de la rebeldía como Esquilo en su Prometeo encadenado, ni han sido tantos los capaces de reflejar la situación de la mujer caída en desgracia como Eurípides en Las Troyanas. Grandes y grandilocuentes mitos reflejados en el arte, que también tienen su equilibrio en la faceta humana del humor. 

Es divertido imaginarse que, en el actual contexto de bloqueo e irresponsabilidad institucional en el que nos encontramos, las respectivas parejas de los líderes de los diferentes partidos políticos españoles se pusieran de acuerdo en no mantener con ellos relaciones sexuales hasta que no hubiera acuerdo.

Aristófanes ya lo pensó en su Lisístrata, en el contexto de la Guerra del Peloponeso, el principio del fin de la cultura griega. Del mismo modo que, en el mundo romano, Plauto ridiculizaba a los Cristianos Ronaldos de la época en su Miles gloriosus, entre otras parodias dignas de Los Morancos. Por otro lado, es imposible no encontrar símiles modernos en las mordaces sátiras de Marcial.

Todos estos personajes y estas historias rezuman una humanidad con la que es fácil identificarse, lo que les garantiza su permanencia en el tiempo. Sus reinterpretaciones son constantes y necesarias como testimonio de permanencia.

Recientemente he leído La versión de Penélope, de Margaret Atwood, feminista conocida por ser autora de El cuento de la criada, que es una reinterpretación de la Odisea. Atwood da voz a una Penélope decepcionada al conocer, ya en el Hades, los devaneos de su marido de camino a Ítaca. Y es sólo un ejemplo de un número infinito de reinterpretaciones de clásicos, que esperemos que nunca tenga fin.

Mientras que el ser humano sea lo que es, mantendrá los clásicos. No por puro sentido de la conservación, sino por necesidad. Aunque no se lean los originales, las personas seguirán necesitando de los relatos, los ejemplos y los arquetipos ofrecidos por la Antigüedad Clásica como forma de verse a sí mismas.

En un momento en el que nos sentimos asediados por una realidad mucho más grave que la simple pandemia, recuperar los clásicos grecolatinos, aunque no sea a través de los textos originales, puede ser una manera de ofrecer inspiración, tan necesaria para superar estos días grises.

Haereticus dixit.

RAFAEL SOTO
  • 1.10.20
Todo el mundo habla de muertos y yo pienso que hay que tomárselo con humor. Ahora, el trifachito afirma que quiere aplicar la Ley de Memoria Histórica para quitarle honores a Largo Caballero e Indalecio Prieto en la Corte. Dan la impresión de querer competir con el Kennedy español en ver quién comete más incoherencias en esta legislatura. Hilarante.



Pero esto no va de coherencia, ¿no es así? La comunicación política actual va de calentar a la ciudadanía y hacerla caer en falsos debates. Y se dice lo que toca, lo que quede mejor ante las masas aborregadas. ¡Si Ortega y Gasset levantara la cabeza!

¿Merecen Indalecio Prieto y Largo Caballero calles en Madrid? ¿Lo merecen los cabecillas del Gobierno que, de manera deshonrosa, dejó tirado al general Miaja en la defensa de la capital frente al fascismo para, después, atacarlo sin piedad por su éxito?

El Kennedy español –por no decir Iván Redondo, que cualquier día le asesora hasta en qué horas debería ir de vientre–, ha entrado con gusto en el falso debate, y afirma que a estos personajillos que dejaron a su suerte a la población de Madrid se les recordará por su “lucha por la libertad”. Me gustaría decir que ha hilado fino, pero lo dice en serio. El pobre no da para más.

En otro orden de cosas. ¿Sabéis? He votado a la Monarquía… ¡Y no lo sabía! Sí, bueno, es verdad que indirectamente se le votó en el referéndum de la Constitución, pero… ¡No sé! Quizá padezca de alguna suerte de amnesia.

Tal vez sea esa amnesia la que me hace olvidar este punto, pero tenía entendido que el Partido Socialista era republicano. Lo era, ¿no? Es que me parece recordar que el Rey Emérito se fue del país con el conocimiento del presidente del Gobierno. Es más, según Carmen Calvo, este amante de las barbacoas y de la caza de especies exóticas no huía de nada. Habría que preguntarle a Indalecio Prieto su opinión al respecto.

Eso sí, me suenan algunos desplantes por parte de Pedro Sánchez. El último, la prohibición a Felipe VI de llevar a cabo sus funciones ante del Consejo General del Poder Judicial (CGPJ) en Barcelona. No entiendo la incoherencia. Puede que haya interpretado mal las señales o, quién sabe, quizá he ‘presupuesto’ demasiadas cosas…

Por cierto, hablando del CGPJ, según Unidas Podemos era una vergüenza que todavía no se hubiese renovado. Por eso me sorprende tanto que sus socios del Partido Socialista le hayan puesto tantos impedimentos.

Y es que Pedro y Pablo, o Pablo y Pedro, friends forever and ever, no siempre se cuentan las cosas. Como la mencionada huida del Rey Emérito que, al parecer, Pablito no conocía. Quizá Pedrito no pueda dormir bien por las noches y, con el sueño, se le olvida contar muchas cosas a su carísimo socio.

Pero bueno, estábamos hablando del trifachito y sus vicisitudes. El lobo de la corrupción les ha destrozado las casitas de madera y paja, y ahora tienen que sufrir la de ladrillo, que no está bien climatizada. Pablo Casado, sucesor del creador de grandes éxitos como “eso fue hace mucho tiempo” o “Luis, sé fuerte”, lo lleva como mejor puede.

Es más, el líder del Partido Popular se ha erigido como monárquico apostólico abudabí. Y Pedro Sánchez, supuesto republicano y buen samaritano, le responde que vaya “con cuidado”, no vaya a hacer más daño que bien a la Corona. Pobrecito, muerto de frío en ese edificio de ladrillo y sin poder votar ni a Iglesias, ni a Garzón, ¡con Franco esto no pasaba!

Aunque la verdad es que quedo sorprendido con el hecho de que Casado tenga tanta preocupación por el bienestar de la Monarquía Histórica, cuando la presidenta Isabel Díaz Ayuso sigue jugando con Sánchez a ver a quién le toca confinarse en Madrid. Se pasan la pelota de manera constante. No hay nada que hacer. ¡Esta derecha ya no es lo que era! ¡Que vuelva Fraga!

El PP está muy necesitado de sesiones de espiritismo, no cabe duda. Por otro lado, me dan ganas de decir algo de Ciudadanos, pero me da respeto. No sé. Está feo hablar mal de los muertos. Pero bueno, hay que tomarse la vida con humor, y sus coletazos no dejan de ser tragicómicos. Las voces de ultratumba de Rivera y su libro Un ciudadano libre son para despacharse a gusto.

Y hablando de Rivera, no puedo dejar de recordar aquellas palabras que Iglesias le dedicó en su día: “Usted es de lo que haga falta”. Lo aplicable que es a la Política española ahora mismo…

Todos los partidos, sin excepción, hablan de muertos, próximos y lejanos en el Congreso de los Diputados y la Cámara de los Zombis, que los sabios llaman Senado. Yo lo veo claro: ¡Partida presupuestaria para sesiones de espiritismo en el Congreso ya! Sería memorable ver al experto espiritista en la tribuna y escuchar, de repente, la voz del Caudillo en dolby surround: “Ciutadans de Catalunya, ja soc aquí!”. ¡A Santi le daría algo!

Haereticus dixit.

RAFAEL SOTO

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